XXVII

Tenía sus papeles en regla, pasaporte, partida de bautismo, a más de

otros documentos importantes, y aquel mismo día se celebró la escritura

para llevar adelante lo pactado con don Felicísimo, asistiendo a este

acto solemne, como notario, el licenciado Lobo, a quien conocemos

desde hace veinticuatro años. Por la tarde Pipaón se llevó al amigo a

su casa, donde le obsequió bizarramente con suntuosa comida, cigarros

exquisitos y licores de primera. Esta esplendidez y el lujo de la

vivienda admiraron mucho al convidado, que no podía menos de traer a

la memoria la humildad con que el señor Bragas dio los primeros pasos

en la carrera de covachuelista. El medro había sido grandísimo y el

aprovechamiento tan colosal, que allí podrían tomar lecciones cuantas

hormigas hay en el mundo.

Los dos camaradas charlaron de lo lindo sobre cosas diversas; pero

especialmente sobre el destino y vicisitudes del amigo que por tanto

tiempo había estado ausente de España y envuelto en misterios.

Las preguntas sucedían a las preguntas y las explicaciones a las

explicaciones, y no fue todo paz y concordia en su interesante

diálogo, porque a lo mejor de él hubo peligro de que los ánimos

se soliviantaran, dando al traste con la amistad y buena armonía,

compañeras inseparables de una serie de buenos platos. Parece ser que

el amigo había enviado a Pipaón, durante los últimos años, todas las

cartas que tenía que dirigir a Madrid. El objeto de esta mediación

era que el diestro cortesano salvara de las asechanzas de la policía

en Correos una correspondencia inocente en que nada se hablaba de

política. Así lo hizo durante algún tiempo; pero desde mediados del

29, don Juan Bragas, que en las cosas privadas, lo mismo que en las

públicas, había de mostrar la doblez y bajeza de su carácter, abusó de

la confianza del emigrado, dejando de entregar algunas de sus cartas a

la persona a quien se dirigían, para dárselas a otra.

La cuestión de las cartas salió, pues, a relucir en la mesa, y Pipaón,

que en frescura y demás dotes para el fingimiento no tenía rival en el

mundo, se desenvolvió gallardamente de aquel compromiso. Su sofistería,

sus protestas de amistad, auxiliadas de su astucia, hacían quiebros

admirables, y no se dejaba él coger en mentira aunque la lógica misma

se encargara de acometerle.

—Puedes estar seguro, amigo Salvador —le decía—, de que desde octubre

del 29 no he recibido ningún paquete tuyo. Si lo recibiera, tonto,

¿para qué lo quería yo? ¿De qué podrían valerme tus cartas, no

trayendo nada de política? Y aunque trajeran algo, hombre, aunque

fuera cada letra de ellas una bomba explosiva, ¿me crees capaz de

vender a un amigo de la niñez? ¿Me crees capaz de abusar indignamente

de tu confianza? ¿Me crees capaz de violar el sacratísimo misterio

de la correspondencia...? ¡Oh!, no me des a entender que hay en ti,

no digo sospecha, pero ni siquiera un átomo de sospecha, porque nace

en mí cierta indignación terrible que me hará olvidar la amistad, la

consideración; me desvanezco, me exalto, me sulfuro... No, tú no puedes

tener de mí tan baja opinión, tú bromeas, tú has perdido la memoria de

mis buenas partes, y allá en la emigración has olvidado lo arraigada

que está la hidalguía en pechos españoles.

El amigo no se convenció con estas vehementes razones; pero no

queriendo volver sobre lo pasado, dejó aquel tema para tomar otro.

Apremiado por Bragas, contó lo más notable de su vida durante las

largas ausencias, extendiéndose mucho en los dramáticos sucesos de

su expedición a Cataluña, durante la insurrección apostólica de este

país. Pasmado le oyó el buen cortesano, y cuando su amigo llegaba a

narrar un peligro extraordinario o el acometimiento de alguna aventura

terrible, temblaba y sudaba como si él mismo se sintiera empeñado en

aquellos grandes riesgos y compromisos; tal verdad e interés había en

la relación.

Ya estaban en los postres, cuando Pipaón, oído el relato del convidado,

contó a su vez los chascos que él (Pipaón) y otra persona (Jenara) se

habían llevado en Madrid, creyendo ver al buen amigo en cada uno de los

individuos que sucesivamente iba deteniendo la policía por creerlos

emisarios de Mina o Valdés.

—Como no recibíamos cartas tuyas —dijo—, y en tanto los emigrados se

agitaban en París y Londres, siempre que teníamos noticia de la llegada

misteriosa de algún conspirador, creíamos que eras tú. En Gracia y

Justicia me enteraba yo de los soplos de la policía, y... francamente,

como siempre tuviste afición a zurcir voluntades de revolucionarios y

preparar sediciones..., no levantaban una pieza los buenos podencos

de la Superintendencia sin que Jenara y yo dijéramos «él es». Cuando

Espronceda vino y se escondió por unas horas en la Trinidad, creímos

que eras tú. ¿Llegó un tipo, un no sé quién, y estuvo tres días en la

botica de la calle de Hortaleza?..., pues eras tú. ¿Hablose de otro

que se metió en el _guardamangier_ de Palacio, y que luego resultó

ser un choricero perseguido por haber dado una paliza?..., pues tú.

¿Súpose por los serenos que un hombre encopetado había entrado a

deshora varias noches en casa de Olózaga?..., pues tú. Pero el más

gracioso engaño fue el que padeció nuestra paisanita durante la prisión

de Olózaga, engaño en el cual no he tenido parte ni responsabilidad.

Ella sobornó carceleros y compró mequetrefes de cárcel, de esos que

traen y llevan recados. Esta gente sirve bien, como anden las onzas

por medio, y lo prueba la evasión de Olózaga. Pues bien. En el torreón

de la Villa había un preso a quien daban el nombre de Escoriaza, el

cual unas veces atribuía su encerramiento a cosas de mujeres, y otras

a tramas políticas. Intrigando para salvar a Olózaga, nuestra amiga,

cuyo corazón es tan grande como su entendimiento, se interesaba por el

misterioso Escoriaza, creyendo..., no podía faltar la muletilla...,

creyendo que eras tú. Él recibió recados y dineros, comprendió que

había un engaño, y lo sostuvo hábilmente. En fin, querido, a la postre

resultó ser ese raterillo a quien llaman Candelas, que si Dios no lo

remedia, pasará a la posteridad por sus hazañas. Mira, Salvador, cuando

lo supe, estuve riéndome dos horas... Por último, al cabo de tantas

equivocaciones vino la verdad, y la sin par Generosa, que te buscaba

en todas partes, te encontró de improviso en su propia casa, en casa

de don Felicísimo. Y fue de la manera más inesperada y más teatral.

Un día vio sobre la mesa de Carnicero una carta para don Jaime Servet,

nombre que usaste en Cataluña, según nos dijo el marqués de Falfán de

los Godos, que te encontró en Canfranc cuando volvías sano y salvo a

Francia. Al punto Jenara..., ya sabes que es un fuego vivo de actividad

y de impaciencia..., corrió a la posada del Dragón... ¡Qué desgracia!,

no estabas... Pasaron días. La carta para ti volvió a la mesa de don

Felicísimo. Pero ayer nuestra amiga sintió una voz en el despacho

de Carnicero; ella y Micaela se acercaron, entreabrieron la puerta,

miraron... Eras tú, tú mismo, real, verdadero, efectivo. Jenara se

desmayó en el pasillo; Micaela y yo la llevamos a su cuarto, donde, sin

más medicina que un vasito de agua, volvió en sí y de repente me dijo

entre riendo y llorando: «Ha engrosado bastante ese badulaque»... Y en

conclusión, chico, esta tarde tendrás el gusto de verla, porque para

eso estás aquí y para eso te he convidado de acuerdo con ella; y ya...

El cortesano miró el reloj, añadiendo con socarronería:

—No, no es hora todavía... ¿Llevarás a mal lo que he hecho? ¡Qué

demonios! Si supieras el interés que tiene por ti... Te quiere como a

un hijo.

Salvador no dijo cosa alguna concreta acerca de este inopinado amor

de madre que la señora le tenía, y volviendo al tema pasado riose

mucho de los lances cómicos ocurridos con su supuesta persona, y

principalmente de haber sido confundido con dos hombres que habían

de ser pronto celebridades del siglo, si bien de orden muy distinto:

Espronceda y Candelas. Dijo luego que al volver a Francia de vuelta

de Cataluña, había seguido ayudando a Mina en sus planes; pero

que, desde la intentona del año 30, había cesado en sus trabajos,

renunciando para siempre y con decidido propósito a la política.

Desde que tal resolución tomó, habíase aplicado a buscar los medios

de volver libremente a España, donde le llamaban afectos nobles y una

regular herencia por recoger. Tuvo la suerte entonces de conocer a

don Alejandro Aguado, el cual le empleó en diferentes comisiones en

Bélgica e Inglaterra. Sirvió con celo y habilidad al banquero, y este

se encargó de abrirle las puertas de España. Quiso traerle cuando

vino Rossini en marzo del 31; pero entonces no fue posible. A la

vuelta de Aguado a Francia, el célebre contratista dio a Salvador el

encargo de reunirle cuadros para su afamada colección (que hoy puede

admirarse en el Louvre), y a fin de hacerle posible la residencia en

España, escribió en su obsequio cartas de recomendación, de esas que

todos los obstáculos allanan, y vencen dificultades que al oro mismo

son rebeldes. Aguado era el prestamista del Tesoro español; tenía en

su mano la fortuna pública y gran parte de la privada de esta nación

venturosísima. Por estas causas, sus relaciones en Madrid eran sólidas,

y su firma como una especie de fórmula abreviada del evangelio.

A principios de 1831 tuvo don Felicísimo correspondencia con Aguado,

con motivo de ciertos negocios de los Santos Lugares que este arregló

en París y Roma. Concluidas y zanjadas las cuentas a gusto de ambos,

lo mismo el banquero que el agente eclesiástico deseaban ocasión de

servirse mutuamente, y como en poder de Carnicero obraba todavía una

cantidad, resto de la negociación realizada y de la cual debía disponer

Aguado, este suplicó a su amigo la entregase al señor don Jaime Servet,

su deudo y corresponsal, que llegaría a Madrid en época concertada.

Reservadamente enteraba Aguado a Carnicero de quién era este Servet

y de su verdadero nombre, así como de los propósitos pacíficos que

llevaba a Madrid, por lo cual esperaba que le ayudase en todo. Con esto

y con las cartas que Salvador trajo para Calomarde, Varela, Ballesteros

y la reina Cristina, no fue difícil que al llegar a Madrid dejase su

falso nombre, entrando en el pleno goce de lo que podría llamarse

derechos civiles, y que era en realidad tolerancia o benignidad del

gobierno absoluto. La carta para Cristina, que entregó el primer día,

fue, como es de suponer, eficacísima, y todo lo demás se le hizo fácil.

Ya tenemos noticia de las buenas disposiciones de Carnicero, el cual

miraba al señor Aguado como a un Dios; pues en aquel espíritu el furor

apostólico no excluía la adoración de becerros de oro con todos los

servilismos que este culto insano trae consigo.

Ya habían concluido de comer y estaban de sobremesa fumando excelentes

puros, cuando sonó la campanilla, y Pipaón dijo a su amigo:

—Me parece que ya está ahí. Es puntual como la hora triste.

Salvador hizo una pregunta interesante por demás, a la cual contestó

el tunante de Pipaón con sonrisa maliciosa y en voz tan baja, que el

narrador se quedó en ayunas. Es evidente que la pregunta se refería a

la señora que en aquel momento a la puerta llamaba, y también lo es que

Pipaón contestó con un nombre. Lo único que pudimos percibir de este

oscurísimo coloquio, fue la observación de Salvador, diciendo:

—Me lo figuré... Le vi en Francia... ¡Qué cosas!

Era ella, en efecto. Salvador, dejando a su amigo, fue a la sala, donde

la encontró de pie, fijos los ojos en la puerta. Se saludaron con

afecto, demostrándose el uno al otro sentimientos de amistad y alegría

por verse después de tanto tiempo. En ella había cierto alborozo del

alma que luchaba por encerrarse en el círculo de lo que se llama

satisfacción en lenguaje de urbanidad, y en él había frialdad que se

mostraba de improviso, rompiendo el velo de expresiones convencionales

con que las quería cubrir. Ella estaba turbada, tan turbada, que

después de los primeros saludos decía una cosa por otra; él no parecía

sereno, pero se recobró antes que ella, y fue el primero que rio. ¡Sabe

Dios cuál sería el último!

La discreción, que en el uno emanaba naturalmente del desamor y en la

otra del remordimiento, les llevó a una conversación en que ni por

incidencia se tocó ningún punto de la vida pasada de ambos. Hablaron

del tiempo y de política, los dos temas obligados en toda reunión donde

no hay nada de qué hablar. Allí parecía más bien que ella y él temían

abordar otros asuntos. Lo único que se permitió Jenara, fuera de los

lugares comunes de la política y el tiempo, fue algunas exhortaciones

que demostraban bastante interés por el que fue su amigo.

—No te fíes de esta gente, ni de la buena acogida que te han hecho —le

dijo—. Esta canalla es más temible cuanto más halaga, y cuando parece

que perdona, es que prepara el golpe de muerte. La protección de la

reina Cristina, que tanto considera al señor Aguado, te servirá de

mucho mientras haya tal reina; pero, hijo, aquí no hay nada seguro;

estamos sobre un abismo. Al rey le repiten ya con más frecuencia los

ataques de gota, y el mejor día nos quedamos sin él. Ya supones lo que

pasará en la botella de cerveza el día que le falte el corcho. Muerto

el rey, adiós reina y Roque; se armará aquí una marimorena de todos los

demonios; el bando apostólico será dueño del reino y nos hará gustar

las delicias del gobierno de Cafrería. Como no me resigno a que me

gobiernen a la africana, tengo todo preparado para marchar en cuanto

haya síntomas; así, desde que el rey cojea del pie izquierdo, ya me

tienes haciendo las maletas. Prepárate tú también, y no te fíes de la

protección de Cristina, un ídolo a quien derribará de su pedestal el

último suspiro del rey.

Conviniendo en muchas de estas apreciaciones, respondió Salvador que

por nada del mundo volvería a la emigración, y que resuelto a huir de

la política, esperaba que nadie le molestaría. No queda duda alguna

de que la hermosa dama, oyéndole hablar, sentía en su alma eso que no

se puede designar sino diciendo que la agobiaba un formidable peso.

Claramente decían sus ojos que tras de la fórmula artificiosa y vana

que articulaban los labios, había una reserva de palabras verdaderas,

que al menor descuido de la voluntad saldrían en torrente diciendo

lo que ellas solas sabían decir. Que se echara fuera, por capricho

o audacia, una palabra sola, y las demás saldrían vibrando con el

sentimiento que las nutría. Por un instante se habría creído que el

volcán (demos al fenómeno referido su convencional nombre metafórico),

llegaba al momento supino de la erupción, echando fuera su lava y su

humo. Salvador tembló al ver con cuánto afán, digno de mejor motivo,

contaba la señora las varillas de su abanico, pasándolas entre los

dedos cual si fueran cuentas de rosario, y mirándolo y remirándolo

como si él también hablase. Después alzó la dama los ojos, que

empañados tenía, cual si fluctuara sobre aquel cielo azul la niebla

del lloriqueo, y echando sobre su amigo una mirada que era más bien

explosión de miradas, desplegó los labios, empezó una sílaba, y se la

tragó en seguida juntamente con otras muchas que estaban entre los

lindos dientes esperando vez. La señora se sometió a sí misma con

formidable tiranía, y en vez de aquello que iba a decir, no dijo más

que esto:

—Hoy me han regalado una cesta de albaricoques.

A esta noticia insignificante contestó Monsalud diciendo que a él

le gustaban poco los albaricoques, y que delante de un racimo de

uvas no se podía poner ninguna otra especie de fruta. Con esto se

empeñó un eruditísimo coloquio sobre cuáles eran las mejores frutas,

defendiendo la señora, con argumento irrebatible, el melón de Añover y

los albaricoques de Toledo, pasando la conversación a los Cigarrales,

y, por último, a don Benigno Cordero, a cuya obsequiosa amistad debía

Jenara la cestilla mencionada. Entonces el otro dio en hacer preguntas

y más preguntas sobre la honrada familia del encajero, y Jenara dio en

responderle con malísima gana y con tanta avaricia de palabras como

liberalidad de movimientos para darse aire con el abanico. Creeríase

que se estaba azotando el seno para castigarle de haber engrosado

más de la cuenta, y así todos los faralaes de su vestido en aquella

parte se agitaban como flámulas y gallardetes en día de festejo y de

temporal. De repente la señora cortó la conversación diciendo:

—Son las seis, y Micaelita me espera para ir al Prado. Yo estoy libre

también; ya me ha dicho hoy don Felicísimo, por encargo del _esposo de

la jorobada_ (Calomarde), que se acabó la tontería de mi persecución.

Salvador manifestó alegrarse de tal franquicia, y no dijo sino palabras

frías y convencionales para retener a la dama en la visita. También

habló de su próximo viaje a Toledo. Levantose ella, y sus bellos ojos

ya no echaban de sí sentimientos amorosos, sino un chisporroteo de

orgullo. Despidiose secamente diciéndole: «Nos veremos otro día»; y se

retiró majestuosa, como soberana que no sabe lo que es abdicar, y antes

consentirá en equivocarse mil veces que en ceder una sola.

Los apostólicos · 第 28 / 37 题