—¡Barástolis, mayoral, que ya estamos casa; pare usted, pare usted!
Esto decía don Benigno, y al punto el desclavijado vehículo se detuvo
en lo más fragoso de un caminejo lleno de guijarros y junto a una tapia
carcomida. Bajaron todos molidos y aporreados, y don Benigno enderezó
la caminata hacia la casa, que distaba como dos tiros de fusil del
lugar donde había parado el coche. Cada uno de los chicos iba abrazado
con su hucha, y entre todos conducían mal que bien los cinco perros de
Crucita. Esta no había querido confiar a nadie sus dos gatos, y por
el camino no había cesado de echar maldiciones contra el mayoral, el
camino y el coche, que era una verdadera fábrica de chichones.
El panorama de la finca se presentó de un golpe a la contemplación de
los viajeros. Don Benigno no cabía en sí de gozo, y a cada paso decía a
Sola:
—Vea usted cómo están esos almendros... ¿Quién diría que esos olivos
no tienen más que diez años?... Aquellos otros, que aún son estacas,
los planté yo por mi mano tres años ha... Mire usted a la derecha; pues
aquello es lo del tío Rezaquedito, tierras que vendrán a ser mías el
año que viene.
La casa era de labor, medianamente arreglada para vivienda cómoda.
Tenía una huertecilla, a la que daba frescura y sustancia el agua clara
de una noria. Más allá había un prado muy lucido, en el cual pastaban
algunos carneros, y las gallinas en bandadas, que regía un arrogante
y enfatuado gallo, recorrían libremente todo, olivar, viñas y prado,
respetando la huerta, donde les prohibía la entrada, con muy mal gesto,
una cerca de zarza erizada de púas.
El sitio no era prodigio de hermosura, pero sí muy agradable, y tenía
los inapreciables encantos de la soledad, del silencio campesino y del
verdor perenne, aunque un poco triste, de los olivos. Los horizontes
eran anchos, la luz viva, el aire puro y sano. Todo convidaba allí a
la vida sosegada y a desencadenar de tristezas y preocupaciones el
espíritu, dejándole libre y a sus anchas.
Interiormente la casa valía poco; pero Sola, en cuanto la vio, hizo
mentalmente la reforma y compostura de toda ella, prometiéndose
ponerla, si la dejaban, en un grado tal de limpieza, comodidad y
arreglo, que podrían allí vivir canónigos y aun obispos. Todo lo
observaba ella, y si al principio no decía nada, cuando Cordero le
preguntó su opinión, no pudo menos de darla, diciendo:
—¡Qué bien vendría aquí un tabique...!, y abrir allá una puerta..., y
alargar este corredor, poniéndole escalera exterior para bajar a la
huerta..., y en la huerta yo plantaría una fila de árboles que dieran
sombra a la casa por esta parte..., y quitaría el gallinero de donde
está para ponerlo allá en el fondo del corral, donde están las mulas...
Hay que cuidar mejor de la huerta y componer esa noria, que sin duda es
del tiempo de los moros.
Todo esto lo oía extasiado don Benigno, prometiéndose formalmente hacer
las reformas indicadas por Sola y aun algunas más.
Desgraciadamente para él, no podía estar en los Cigarrales sino un par
de días, porque le precisaba volver a Madrid; pero ¡qué feliz sería
cuando volviese definitivamente a sus queridas tierras para pasar todo
el verano! Sí, sí, sí: era ya cosa decidida en el espíritu del bueno
del comerciante liquidar cuentas, traspasar la tienda, renunciar al
comercio y hacerse labrador para el resto de sus días. Estos dulces
pensamientos le hacían sonreír a solas.
La historia cuenta que don Benigno regresó a Madrid sin que le
ocurriera nada de particular en su viaje, dejando buenos y sanos, y
además muy contentos, a los que en los Cigarrales se quedaron. También
dice que vendió muchos encajes en la temporada del Corpus, y que allá
por los últimos días de junio el héroe hizo entrega de la tienda a
un amigo de toda su confianza, y se dispuso a partir para Toledo con
sus dos hijos, Primitivo y Segundo, que ya estaban de vacaciones, con
buenas notas y las correspondientes huchas llenas de dinero. Para
colmo de dicha, el padre Alelí, a quien los médicos de la Orden habían
prescrito sosiego y campo, se disponía a acompañarle a los Cigarrales.
¿Qué faltaba? Solo faltaba para poner la veleta al edificio de la
felicidad Corderil que se resolviera un asunto del alma, un problema
de corazón, del cual pendían todos los demás problemas, cuestiones y
proyectos del héroe de Boteros. Una de las dificultades más graves, que
era la de la enunciación o planteamiento verbal del problema, estaba ya
vencida, porque don Benigno halló un medio excelente de vencer, o mejor
dicho, de esquivar su timidez, y fue escribir a Sola una larga carta
cuando ella se hallaba en los Cigarrales y él en Madrid.
La carta era tan fina, tan discreta y comedida, que no vacilamos en
reproducir algunos párrafos de ella. Decían así:
«Esto que siento no es una pasión de mozalbete, que sería impropia
de mi edad: es un afecto que empezó siendo compasión, y poco a
poco se fue volviendo un tanto egoísta; luego se robusteció con
admiraciones de las virtudes de usted, y más tarde se hizo fuerte con
la consideración de asociar a mi vida una vida tan útil por todos
conceptos, y que me traería tan gran dote de riquezas morales y de
méritos positivos.
»Aquí, apreciabilísima _Hormiga_, viene por sus pasos contados las
cuestión del agradecimiento. Usted dirá que lo tiene por mí, y yo
replico que mayor debe ser el mío, porque los favores que me ha hecho
son de los que no se pagan con nada del mundo. Usted ha criado a mis
hijos, usted ha ordenado mi casa, usted ha hecho agradable, fácil y
metódica la vida. Y quien tanto ha hecho, quien tanto merece, ¿no ha
de tener una posición digna en el mundo? Sí, y mil veces sí. Huérfana
y sola, pobre y sin más tesoro que sus virtudes, su amor al trabajo,
su tierna solicitud por todas las criaturas débiles o enfermas, usted
ha cautivado mi corazón, no con afecto ardiente de esos que más bien
hacen desgraciados que felices a los hombres, sino despertando en mí
un sentimiento puro, en el cual se enlazan el amor y el respeto, la
consideración y la ternura, el deseo vivísimo de ser feliz, y el más
vivo aún de hacer feliz, rica, considerada y señora a quien ya tiene
en su alma todas las señorías de Dios.
»No me conteste usted por escrito. Medite usted mi proposición, y
cuando yo vaya, que será dentro de ocho o diez días, me responderá
verbalmente y con una sola palabra; en la inteligencia, apreciable
_Hormiga_, de que si mi proposición mereciera una negativa, siempre
sería usted para mí lo mismo que ahora es, la primera y más santa de
las amigas, y siempre sería yo para usted el mismo leal, admirador y
ferviente amigo,
_Benigno Cordero_».
Muy satisfecho y descansado se encontró el hombre después de escrita la
carta. Leída y aprobada por el padre Alelí, don Benigno la entregó por
su propia mano al ordinario de Toledo. Aquel día vendió muchos encajes.
Dios estaba de su parte.