—Sí, ya está fuera de peligro, gracias al Señor y a su Santísima y
única Madre la Virgen del Sagrario. Decir lo que he padecido durante
esta larga y complicada dolencia de la apreciable _Hormiga_, durante
estos cuarenta y tantos días de vicisitudes, mejorías, inesperados
recargos y amenazas de muerte, fuera imposible. El corazón se me partía
dentro del pecho al ver cómo caía y se deslizaba hasta el borde del
sepulcro aquella criatura ejemplar, dotada por el cielo de tantas
riquezas de espíritu, y que parece puesta adrede en el mundo para
que sirva de espejo a los que necesitamos mirarnos en un alma grande
para poder engrandecer un poquito la nuestra. Y más me angustiaba el
ver cómo se moría sin quejarse, aceptando los dolores como si fueran
deberes: que su costumbre es llevar sobre sí las pesadumbres de la
vida, como llevamos todos nuestra ropa.
»Ya está fuera de peligro, y gracias a Dios sigue bien. Me parece
mentira que es así, y a cada instante tiemblo, figurándome que su cara
no recobra tan prontamente como yo quisiera los colores de la salud.
Si la oigo toser, tiemblo; si la veo triste, tiemblo también. Pero don
Pedro Castelló, que es el primer Esculapio de España, me asegura que ya
no debo temer nada. Es fabuloso lo que he gastado en médicos y botica;
pero hubiera dado hasta el último maravedí de mi fortuna por obtener
una probabilidad sola de vida. Mi conciencia está tranquila. Ni sueño
ni descanso ha habido para mí en este período terrible. He olvidado mi
tienda, mis negocios, mi persona, y al fin, con la ayuda de Dios, he
dado un bofetón a la pícara y fea muerte. ¡Viva la Virgen del Sagrario,
viva don Pedro Castelló y también Rousseau, que dice aquello tan sabio
y profundo: _no conviene que el hombre esté solo_!
Así hablaba don Benigno Cordero en la tienda con un amigo suyo muy
estimado, el marqués de Falfán. Y era verdad lo que decía de sus
congojas y del gran peligro en que había puesto a Sola una traidora
pleuresía aguda. La naturaleza, con ayuda de la ciencia y de cuidados
exquisitos, triunfó al cabo; pero después recayó la enferma, hallándose
en peligro igual, si no superior, al primero. Cuanto humanamente puede
hacerse para disputar una víctima a la muerte, lo hizo don Benigno, ya
rodeándose de los facultativos más reputados, ya procurando que las
medicinas fueran escogidas, aunque costaran doble, y principalmente
asistiendo a la enferma con un cuidado minucioso, y con puntualidad tan
refinada, que casi rayaba en extravagancia. Digamos en honor suyo que
había hecho lo mismo por su difunta esposa.
Aunque parezca extraño, doña Crucita manifestó en aquella ocasión
lastimosa una bondad de sentimientos y una ternura franca y solícita
de que antes no tenían noticia más que los irracionales. Sin dejar
de gruñir por motivos pueriles, atendía a la enferma con el más vivo
interés, velaba y hacía las medicinas caseras con paciencia y esmero.
Bueno es decir, para que lo sepa la posteridad, que doña Crucita tenía
en su gabinete el mejor herbolario de todo Madrid.
Cuando don Pedro Castelló dijo que la enferma no tenía remedio, don
Benigno manifestó grandeza de ánimo y resignación. No hizo aspavientos
ni habló a lo sentimental. Solamente decía: «Dios lo quiere así; ¿qué
hemos de hacer? Cúmplase la voluntad de Dios». La _Paloma ladrante_,
que tenía en su natural genio el quejarse de todo, no supo mantenerse
en aquellos límites de cristiana prudencia, y dijo algunas picardías
inocentes de los santos tutelares de la casa; pero a solas, cuando
nadie podía verla, se secaba las lágrimas que corrían de sus ojos. La
posteridad se enterará con asombro de las palizas que la buena señora
daba a sus perros para que no hicieran bulla ni salieran del gabinete
en que estaban encerrados.
Los Corderillos mayores compartían la pena de su padre y tía, y los
minúsculos, sin darse cuenta de lo que sentían, estaban taciturnos
y con poco humor para pilladas. Deportados con las cotorras en el
gabinete de su tía, jugaban en silencio, desbaratando una obra de
encaje que Crucita tenía empezada, para rehacerla después ellos a su
modo. Cuando Sola estuvo fuera de peligro y sin fiebre, lo primero
que pidió fue ver a los chicos. Radiante de alegría les llevó don
Benigno al cuarto de la enferma diciendo: «aquí está la Guardia Real
Granadera», y al mismo tiempo se le aguaron un poco los ojos. Sola les
besó uno tras otro, y puso sobre su cama a Juan Jacobo, diciendo:
—¡Cómo ha crecido este!... Y ¡qué gordo está! Bendito sea Dios, que me
ha dejado vivir para que os siga viendo y queriendo a todos.
Cordero se había vuelto de espaldas y hacía como que jugaba con el
gato. Después se quitó las gafas para limpiarlas. Lo que realmente
hacía era defender su emoción de las miradas de Sola y los chicos. Aun
en aquel primer día de su convalecencia, pudo Sola hacer a la _Guardia
Real Granadera_ un obsequio inusitado. Desde el día anterior había
guardado cuatro piedras de azúcar de pilón, y dio una a cada muchacho,
destinando la mayor a Juanito Jacobo, precisamente por ser el más chico
y a la vez el más goloso.
—Un ángel —les dijo— que ha venido todas las noches a preguntar por mí
y a ver si se me ofrecía algo, me dio anoche estos terrones para todos,
encargándome que no se los diera si no se habían portado bien. Yo no sé
qué tal se han portado...
—Muy mal, muy mal —dijo doña Crucita—. No merecían sino azúcar de
acebuche y miel de fresno.
—Lo pasado, pasado —añadió Sola—. Ahora se portarán bien.
No había concluido de decirlo, cuando ya se oían los fuertes chasquidos
de los dientes de Juanito Jacobo partiendo el azúcar. Los cuatro
besaron a la que había hecho con ellos veces de madre, y se retiraron
muy contentos. Don Benigno no podía contener cierta expansión de gozosa
generosidad que, naciendo en su corazón, lo llenaba todo entero. Fue
tras los muchachos, y dio cuatro cuartos a cada uno para que compraran
chufas, triquitraques, pasteles o lo que quisieran. Después le pareció
poco, y a los dos mayores les dio una peseta por barba, advirtiéndoles
que aquel dinero era para correrla en celebración del restablecimiento
de Sola, y, por tanto, no debía ser metido en la hucha. Cada uno tenía
su hucha con sendos capitales.
Crucita se fue a sus quehaceres, y don Benigno se quedó solo con la
_Hormiga_. En los días de gravedad, cuando le acometía fuertemente la
calentura, Sola deliraba. Los individuos conservan en sus desvaríos
febriles casi todas las cualidades que les adornan hallándose en
estado de perfecta salud, y así Sola enferma era diligente, bondadosa
y afable. Agitándose en su lecho con horrible desvarío, mandaba a los
chicos a la escuela, le pasaba lección a Rafaelito, reñía a Juanito
Jacobo por romper los figurines del _Correo de las Damas_, bromeaba
con Crucita por cuestión de pájaras lluecas o de perros con moquillo,
daba órdenes a la criada sobre la comida, se afligía porque no estaban
planchadas las camisas de don Benigno, le pedía a este cigarros para
el padre Alelí, preguntaba a los dos qué plato era el más de su gusto
para la próxima cena, y hablaba con todos de los Cigarrales y de cierta
expedición que tenían proyectada; era una reproducción o un lúgubre
espejismo de su actividad y de sus pensamientos todos en la vida
ordinaria. Acontecía que después de un largo período de exaltación
febril, Sola se quedaba muda y sosegada otro largo rato, sin decir más
que algunas palabras a media voz. Don Benigno, que atendía a estos
monólogos con tanto dolor como interés, pudo entender algunas palabras;
entre ellas, _don Jaime Servet_.[2]
[2] Véase _Un voluntario realista_.
Aquel famoso día de los terrones de azúcar, don Benigno, luego que con
ella se quedó solo, le preguntó quién era el tal don Jaime Servet que
en sueños nombraba, y ella quiso explicárselo punto por punto; pero
apenas había empezado, cuando entraron Primitivo y Segundo trayendo un
grande, magnífico y oloroso ramo de rosas, que ofrecieron a Sola con
cierto énfasis de galantería caballeresca. Los dos chiquillos tuvieron
la excelente idea de emplear las dos pesetas que les dio su padre en
comprar flores para obsequiar con ellas a su segunda madre en el fausto
día de su restablecimiento; y en verdad que era de alabar la delicadeza
exquisita con que procedían, demostrando que en la edad de las
travesuras no escasea cierta inspiración precoz de acciones generosas y
de la más alta cortesía. Decir cuánto agradeció Sola la fineza, fuera
imposible; y si el fuerte olor de las flores no la marease un poco,
habría puesto el ramo sobre la almohada. Les dio besos, y luego pasó el
ramo a Cordero para que aspirase la rica fragancia.
Don Benigno no cabía en sí de satisfacción. Se puso nervioso, se
le resbalaron las gafas nariz abajo, y esta parecía hacerse más
picuda, tomando no sé qué expresión de órgano inteligente. Sonrisa de
vanagloria retozaba en sus labios, y aquel aroma parecíale que llevaba
a su alma un regalado confortamiento, paz deleitosa, esperanza, una
vida nueva. Los muchachos, al ver el éxito de su hazaña, reventaban de
orgullo.
Don Benigno se los llevó prontamente a su cuarto y les dijo:
—Tomad..., un duro para cada uno. Sois caballeros finos y agradecidos.
Muy bien; muy bien, señoritos: este rasgo me ha gustado. En vez de
comprar golosinas que os ensucian el estómago... comprasteis el
ramo..., pues... Idos a paseo: no vayáis esta tarde al colegio. Yo lo
mando... Adiós... Un duro a cada uno.
Cuando volvió al lado de Sola, Crucita había llevado, para que la
enferma los viera, los pajarillos en cría, pelados y trémulos dentro
del nido, mientras la pájara saltaba inquieta de un palo a otro, y el
pájaro ponía muy mal gesto por aquel desconsiderado transporte de la
jaula. Sola admiró todo lo que allí había que admirar, la sabiduría y
la paciencia de aquellos menudos animalillos, que así pregonaban con
su manera de criar la sabiduría maravillosa y el poder del Criador, el
cual, en todas partes donde algo respira, ha puesto un bosquejo de la
familia humana.
—Lléveselos usted —dijo Sola—, que se asustan y se enojan, y creo que
lo van a pagar los pequeñuelos, quedándose hoy sin almorzar.
Después cargó Crucita, no sin trabajo, con algunos tiestos de minutisa
y pensamientos para que Sola viera cómo con el calor de la estación se
cubrían de pintadas florecillas, las unas formando ramilletes o grupos,
como un canastillo de piedras preciosas, otras sueltas con diferentes
tamaños y matices; pero todas guapas y alegres. También trajo un lirio
que parecía un obispo, vestido de largas faldamentas moradas; un moco
de pavo, que más bien parecía gallo de cresta roja, y otras muchas
hierbas que llevaban la alegría a la alcoba, pocos días antes tan
silenciosa y fúnebre. ¡Con cuánto gusto recibía Sola aquellas visitas!
Era la vida, que tales mensajes le enviaba para cumplimentarla; era
la amada casa, que saludaba con lo hermoso y agradable que en sí
tenía. Para que nada faltase, vino también la cotorra, a quien Sola
encontró más crecida; vino el loro, que le pareció haber sufrido algún
desperfecto en su casaca verde, y, por último, entraron también los
perros en tropel, y se lanzaron a la cama aullando y lamiendo. En
tanto, don Benigno, después de permanecer un rato como en éxtasis, bajó
los ojos y apoyó la barba en su mano trémula. O rezaba o recitaba algún
famoso texto de Rousseau: en esto no parecen acordes las crónicas, y
por eso se apuntan las dos versiones para que el lector elija la que
más le cuadre.
Pasó un rato. Todo estaba en silencio. El héroe de Boteros saboreaba en
el pensamiento la dicha presente, que no era sino anticipado anuncio de
su futura dicha.
—Pues como decía a usted... —indicó Sola.
—Eso es, apreciable _Hormiga_. Siga usted su cuento y dígame quién es
ese don Jaime Servet.
Sola satisfizo cumplidamente la curiosidad de su amigo.