Habiendo ordenado los médicos que la enferma fuera a convalecer en
el campo, empezó don Benigno a preparar el viaje a los Cigarrales
de Toledo, donde poseía extensas tierras y una casa de labranza.
Extraordinario gusto tenía el héroe en estos preparativos, por ser muy
aficionado a la dulce vida del campo, al cultivo de frutales, a la
caza, y a la crianza de aves y brutos domésticos. Por su desgracia, no
podía abandonar su comercio en aquella estación, y érale forzoso seguir
en la tienda por lo menos hasta que pasase el Corpus, fiesta de gran
despacho de encajes para Iglesia y modistería. Pero resignándose a su
esclavitud en la corte, se deleitaba pensando en el dichoso verano que
iba a pasar. Amaba la naturaleza por afición innata y por asimilación
de lo que había leído en su autor favorito y maestro. Así, nada le
parecía tan de perlas como aquella frase: _el campo enseña a amar a la
humanidad y a servirla_.
Su plan era llevar a Sola a últimos de mayo acompañada de Crucita y los
niños menores. Inmediatamente regresaría él solo a Madrid, y cuando
acabase junio, volvería con los otros dos chicos a los Cigarrales,
donde estarían todos hasta fin de septiembre.
¡Los Cigarrales! ¡Cuánta poesía, cuántas amenidades, qué de inocentes
gustos y de puros amores despertaba esta palabra sola en el alma del
buen Cordero! ¡Qué meriendas de albaricoques, qué gratos paseos por
entre almendros y olivos, qué mañanitas frescas para salir con el perro
y la escopeta a levantar algún conejo entre las olorosas matas de
tomillo, romero y mejorana! ¡Qué limpieza y frescura la de las aguas,
qué color tan hermoso el de las cerezas, y qué dulzura y maravilla en
los panales fabricados por el pasmoso arte de las abejas en el tronco
hueco de añosos alcornoques, o entre peñas y jaras! En los cercanos
montes el gruñido del jabalí hace temblar de ansiedad el corazón del
audaz montero, y abajo, junto a la margen del río aurífero, del río
profeta que ha visto levantarse y caer tan diferentes imperios, la peña
seca y el remanso profundo solicitan al pescador de caña, flor y espejo
de la paciencia. Pensando en estos cuadros poéticos, y gozando ya con
la fantasía estos legítimos placeres, don Benigno se sonreía solo, se
frotaba las manos y decía para sí:
—Barástolis, ¡qué bueno es Dios!
¡Y luego...! Esta reticencia le regocijaba más que aquellas
risueñas perspectivas bucólicas. Había decidido no hablar a Sola de
cierto asunto hasta que ambos estuvieran en los Cigarrales y ella
completamente restablecida.
Cordero fue una mañana a la Cava Baja en busca de arrieros y
trajinantes para arreglar con ellos su viaje. Entró en la posada de
la Villa, y en la que antiguamente se llamaba del Dragón. En esta
encontró a un mayoral que ha tiempo conocía, y después de concertar
ambos las condiciones del viaje, siguieron en caloroso diálogo sobre
el mismo asunto, porque se había despertado en don Benigno cierto
entusiasmo pueril por la dichosa expedición. Allí preguntó varias veces
Cordero la distancia que hay desde Madrid a Toledo; hizo comentarios
sobre tal cuesta, sobre cuál mal paso, y, finalmente, disertó largo
rato sobre si llovería o no al día siguiente, que era el señalado
para la salida. Cordero opinaba resueltamente que no llovería. Ya se
marchaba, cuando al pasar por el corredor alto, donde había varias
puertecillas numeradas, vio a un hombre que tocaba en una de estas. El
hombre preguntó en voz alta:
—¿Don Jaime Servet, vive aquí?
Detúvose Cordero y oyó una voz que de dentro gritaba:
—No ha llegado todavía.
El héroe no dio a lo que había oído más importancia de la que merece
una simple coincidencia de nombres.
¡Qué afán puso el buen señor en preparar su viaje, en disponer lo
referente a vestidos, provisiones y todo lo demás que se había
de llevar! Creeríase que iban a dar la vuelta al mundo, según la
prolijidad con que Cordero se proveía de todo, y las infinitas
precauciones que tomaba, las advertencias que hacía, el itinerario
escrupuloso que trazaba, la elección de vituallas, y el acopio de
drogas por si ocurrían descalabraduras o molimiento de huesos. Todo
le parecía poco para que a Sola no faltara ninguna comodidad, ni se
privase de nada que pudiera convenir a su espíritu y su salud. Y
deseando anticipar las delicias del viaje, aquella noche le habló de
la distancia, le describió los pueblos que habían de recorrer, pintole
paisajes de ríos y montañas, diciendo estas o parecidas cosas:
—Cuando pasemos de Torrejón de la Calzada a Casarrubuelos, fíjese en
aquellas lomas de viñas que están en fila y hacen unos bailes tan
graciosos cuando pasa el coche corriendo... Después, en tierra de la
Sagra, verá usted unos panoramas que encantan... Luego que se pasa de
Olías se quedará pasmada cuando vea allá lejos la torre de la Catedral,
que parece saluda al viajero... sin quitarse el sombrero, se entiende,
el cual es un capacete que está emparentando con el cielo y que trata
de tú a los rayos...
En fin, llegó la mañana y se marcharon despedidos por Alelí, que se
quedó muy triste. Cuando el coche, dejando atrás el puente de Toledo,
entró en la extensa, libre y alegre campiña inundada de luz, don
Benigno sintió que la alegría se rebosaba del vaso de su espíritu,
chorreando fuera como las caídas de una fuente de Aranjuez, y aquel
chorrear de la alegría era en él risas, frases, exclamaciones,
chascarrillos, y, por último, la elocuente frase:
—Barástolis, ¡qué bueno es Dios!
Aquel mismo día corrió por Madrid la noticia de haberse escapado de la
cárcel de Villa el preso que ya estaba destinado a la horca. Jenara
se alegró tanto cuando Pipaón se lo dijo, que al instante salió a la
calle para felicitar a don Celestino. Hacía ya dos semanas que había
empezado a perder el miedo, y salía de noche a pie acompañada de
Micaelita, vestidas ambas en traje tan humilde que difícilmente podían
ser conocidas.
Después de dar la enhorabuena a don Celestino y a su hija, regresó a
casa de Carnicero y se entretuvo escribiendo algunas cartas. Pipaón la
visitó en su cuarto, donde hablaron un poco de la política. Jenara fue
luego a ver cenar a don Felicísimo, operación que le hacía gracia por
las singularidades y extravagancia de aquel santo hombre en tan solemne
instante, y le halló sumamente ocupado con un alón que por ninguna
parte quería dejarse comer, según estaba de cartilaginoso y duro.
—¡Bomba, señora...! —dijo Carnicero picoteando el hueso por aquí y
por allá, de modo que unas veces se lo ponía por bigote y otras lo
tascaba como un freno—. En Portugal el señor don Miguel está apretando
las clavijas a aquel insubordinado reino. Ahora dicen que vendrán del
Brasil don Pedro y doña María de la Gloria a disputar la corona a don
Miguel... Quisiera yo ver eso... Sigue, querido Tablas, lo que me
estabas contando, que esta señora no puede ser insensible a las glorias
del toreo, y si es verdad, como dices, que ese muchacho rondeño...
Tablas aseguró que el muchacho rondeño que acababa de llegar a Madrid
y se llamaba Montes, por sobrenombre _Paquiro_, era un enviado de Dios
para restablecer la decaída y casi muerta orden de la tauromaquia.
Dijo también que cuando Madrid le conociera bien sería puesto por
encima de todos sus predecesores en aquel arte, incluso Pepe-Hillo y
Romero, pues tenía todas las cualidades de los antiguos y aun algunas
más, siendo autor de varias suertes y reglas, y de un toreo nuevo...
—Por lo que deberá llamarse —dijo don Felicísimo riendo como un bobo—
el Moratín de la muleta.
Algo más se habló de este tema, aventurando en él Jenara algunas
observaciones; mas como esta dijera que se verificaría una _revolución_
en el toreo, se enfadó Carnicero al oír la palabra, y dijo que no
habría revoluciones en nada, y que bien estaba el mundo como estaba,
aunque estuviera sin toros. Dio Jenara su asentimiento, y mientras
el anciano tomaba sus últimos bocados, se entretuvo en observar la
habitación, pues nunca se cansaba de mirarla ni de reconocer la
extraordinaria concordancia que había entre ella y su habitador, de
tal manera que así como el capullo es molde del gusano, así parecía
que don Felicísimo había hilado su despacho envolviéndose en él.
Detrás del sillón de la mesa había un largo estante del tamaño de la
pared, cuyas puertas tenían, en vez de vidrios, rejillas de alambres,
y por los huecos de estas asomaban sus caras amarillentas los legajos,
como enfermos que se asoman a las rejas de un hospital. Muchos tenían
cruzados de cintas rojas y cartoncillos colgantes con rótulos. Algunos
estaban tendidos horizontalmente, semejando, no ya enfermos, sino
verdaderos cadáveres que no volverían a la vida aunque les royeran
ratones mil; otros estaban inclinados sobre sus compañeros, como
borrachos o mal heridos, y los menos aparecían completamente erguidos
y derechos. Estos eran los que se asían a las rejillas, y aun echaban
fuera sus cintas rojas cual si meditaran una evasión arriesgada. En el
más alto andamio de la sepulcral estantería, Jenara vio una colección
de objetos que semejaban tinajas negras, alternando con otros que, si
no eran avechuchos disecados, lo parecían. Eran los sombreros que había
usado don Felicísimo en su larga vida, y que en aquel retiro estaban
gozando de una pingüe jubilación de polvo y telarañas, ilusionados aún
con remozarse y pasar a cubrir las cabezas de otra generación menos
ingrata.
Todo lo que decimos iba pasando por la fantasía de Jenara, y después
esta se fijó en la mesa, donde aquella noche había, no ya un montón,
sino una cordillera de legajos por cuya recortada cima aparecía de vez
en cuando la cara de don Felicísimo, iluminada de lleno por la lámpara,
como luna que platea las cumbres de los montes. En aquella altura, que
podría ser Calvario, estaba el Cristo de la espalda en llaga y del
cuello en soga, y era de ver cómo volvía su rostro ensangrentado hacia
la pezuña de macho cabrío, pidiéndole misericordia, y cómo no hacía
maldito caso la pezuña, solo ocupada en oprimir duramente, cual si
quisiera patearla, una carta en cuyo sobrescrito se leía:
_Al señor don Jaime Servet. — Posada del Dragón._