XX

Jenara no pudo dormir en el camastro abominable que le destinara doña

María del Sagrario, el cual estaba en un cuarto más grande que bonito,

todo blanco, todo frío, todo triste, con alto ventanillo por donde

venían mayidos y algazara de gatos. Al amanecer pudo aletargarse un

poco, y en su desvariado sueño creía ver a don Felicísimo hecho un

demonio, ora volando montado en su pluma, ora descuartizando gente con

la misma pluma, en cuchillo convertida. La casa se le representaba

como un lisiado que suelta sus muletas para arrojarse al suelo, y allí

eran el crujir de tabiques, el desplome de paredes, la pulverización

de techos y las nubes de polvo, en medio del cual, como ave rapante,

revoloteaba don Felicísimo llorando con lúgubre graznido, mientras los

demás habitantes de la casa se asfixiaban sepultados entre cascote y

astillas.

Al despertar sin haber hallado reposo, sus ojos enrojecidos

reconocieron la estancia, que más tenía de prisión que de albergue, y

acometida de viva aflicción lloró mucho. Después las reflexiones, los

planes habilísimos que había concebido, y más que nada la valentía

natural de su espíritu, la fueron serenando. Vistiose y acicalose

como pudo, echando muy de menos los primores de su tocador, y pudo

presentarse a Micaelita y a doña Sagrario con semblante risueño.

En sus planes entraba el de amoldar su conducta y sus opiniones a las

opiniones y conducta de los dueños de la casa, y así, cuando visitó

al señor don Felicísimo en su despacho y hablaron los dos, era tan

apostólica que el mismo infante la habría juzgado digna de una cartera

en su ministerio futuro. Según ella, la perseguían por apostólica, y

su _apostoliquismo_ (fue su palabra) era de tal naturaleza, que la

llevaría valientemente a la lucha y al martirio. Carnicero, que en

su marrullería no carecía de inocencia (virtud hasta cierto punto

apostólica), creyó cuanto la dama le dijo, y establecida entre ambos

la confianza, el anciano le contaba diariamente mil cosas de gran

sustancia y meollo, referentes a la causa. Sirvan de ejemplo las

siguientes confidencias.

«¡Bomba, señora! Direle a usted lo más importante que he sabido anoche.

Una monjita de las Agustinas Recoletas de la Encarnación soñó no hace

mucho que el infante se ceñía la corona asistido de no sé cuantas

legiones de ángeles. Escribió su sueño en una esquelita que remitió a

Su Alteza, el cual la besó y tuvo con esto un grandísimo gozo. Me lo ha

contado Orejón».

«¡Bomba, señora! La trapisonda de Andalucía ha terminado. Los marinos

que se sublevaron en San Fernando están ya fusilados, y el bribón de

Manzanares, que desembarcó con unos cuantos tunantes, ha perecido

también. ¡Si no hay sahumerio como la pólvora para limpiar un reino!

Que desembarquen más si quieren. El gobierno se ha preparado, arma al

brazo. Ahora, vengan pillos».

«¡Gran bomba, señora! Mañana ahorcan a Miyar, el librero de la calle

del Príncipe, por escribir cartas democráticas. Pronto le harán

compañía Olózaga, Bringas y Ángel Iznardi». Generalmente estas

noticias eran dadas al anochecer o durante la cena, en presencia de

Tablas. Después se rezaba el rosario, con asistencia de todos los de

la casa, y de Jenara, que desempeñaba su parte con extraordinario

recogimiento y edificación.

Ya se habrá comprendido que la muy pícara se valió de los ahogos

pecuniarios del bueno de Perico Tablas para sobornarle y ponerle de su

parte. El demandadero de la cárcel de Villa, que no era ciertamente un

Catón, se rindió a la voluntad dispendiosa de Jenara, sirviéndole como

se sirve a una dama que reúne en sí afabilidad, hermosura y dinero.

Dos días habían pasado desde la prisión de Olózaga, cuando se vio a

Tablas y a Pepe Olózaga, hermano menor de Salustiano, bebiendo _medios

chicos_ de vino en la taberna de la calle Mayor, esquina a la de

Milaneses. Jenara no solo supo explotar en provecho propio los buenos

servicios de Tablas, sino que los utilizó en pro de Salustiano, por

quien mucho se interesaba.

Este insigne joven, que había de alcanzar fama tan grande como orador y

hábil político, fue primero encerrado en lo que llamaban _El Infierno_,

lugar tenebroso, pero más horrendo aún por sus habitantes que por

sus tinieblas, pues estaba ocupado por bandidos y rateros, la peor

y más desvergonzada canalla del mundo. No creyéndole seguro en _El

Infierno_, el alcaide le trasladó a un calabozo, y de allí a una de

las altas buhardillas de la torre. Antes de que mediara Tablas, pudo

Pepe Olózaga ponerse en comunicación con su hermano, valiéndose de una

fiambrera de doble fondo y del palo del molinillo de la chocolatera.

El ingenio, la serenidad, la travesura de Salustiano eran tales, que

en pocos días se hizo querer y admirar de los presos que le rodeaban

y que allí entraron por raterías y otros desafueros. Los demás presos

no se comunicaban con él. Pepe Olózaga, después de ganar a Tablas,

a quien hizo creer que su hermano estaba encarcelado por _cosas de

mujeres_, intentó ganar también a uno de los carceleros; pero no pudo

conseguirlo. Más afortunado fue Salustiano, que, seduciendo dentro de

la prisión a sus guardianes con aquella sutilísima labia y trastienda

que Dios le dio, pudo comunicarse con Bringas. Ambos sabían que si no

se fugaban serían irremisiblemente ahorcados. Discurrieron los medios

de alargar los procedimientos para ver si ganando tiempo adelantaba

el negocio de su salvación, y al cabo convinieron en que Bringas se

fingiría mudo y Olózaga loco.

Tan bien desempeñó este su papel, que por poco le cuesta la vida.

Principió por fingirse borracho; propinose una pulmonía acostándose

desnudo sobre los ladrillos, y los carceleros le hallaron por la mañana

tieso y helado como un cadáver. Tras esto venía tan bien la farsa de su

locura, que siete médicos realistas le declararon sin juicio. Así ganó

un mes.

Miyar, que no era travieso, ni abogado, ni hombre resuelto, pereció en

la horca el 11 de abril.

Mejor le fue a Olózaga con su locura que a Bringas con su mutismo,

porque impacientes los jueces con aquel tenaz silencio, que les impedía

despachar pronto, imaginaron darle un ingenioso tormento, el cual

consistía en clavarle en las uñas astillas o estacas de caña. Nada

consiguieron con esto; pero Bringas perdió la salud y no salió de la

cárcel sino para morirse. Es un mártir oscuro, del cual se ha hablado

poco, y que merece tanta veneración como lástima.

Pepe Olózaga y los amigos de Salustiano trabajaban sin reposo. Las

comunicaciones con el preso eran frecuentes, y no solo recibió este

ganzúas y dinero, que son dos clases de llaves falsas, sino también

el correspondiente puñal y un poquillo de veneno para el momento

desesperado. Antes el suicidio que la horca.

Jenara, que salía de noche furtivamente de la casa de don Felicísimo,

iba donde se le antojaba sin que nadie la molestase, y así pudo ayudar

a la familia de Olózaga. Hízose muy amiga de la mujer del escribano

señor Raya, y también de la mujer del alcaide. A la sangre fría del

preso primeramente, a la constancia y diplomacia de su hermano Pepe,

al oro de la familia, y, por último, a la compasión y buen ingenio

de algunas mujeres, debiose la atrevidísima y dramática evasión que

referiremos más adelante en breves palabras, aunque referida está del

modo más elocuente por quien debía y sabía hacerlo mucho mejor que

nadie.

Jenara, preciso es declararlo, no tenía puestos los ojos en la cárcel

de Villa por el solo interés de Salustiano y su apreciabilísima

familia. Allí, en la siniestra torre que modernamente han pintado de

rojo, para darle cierto aire risueño, estaba un preso menos joven que

Olózaga, de gentil presencia y muchísima farándula, el cual pasaba

por preso político entre los rateros, y por un ladronzuelo entre

los políticos. Era, según Tablas, hombre de grandes fingimientos

y transmutaciones, al parecer instruido y cortés. Figuraba en los

registros con dos o tres nombres, sin que se hubiera podido averiguar

cuál era el suyo verdadero. Tablas reveló a la señora que no era ella

sola quien se interesaba por aquel hombre, sino que otras muchas de la

corte le agasajaban y atendían.

Las señas que el demandadero indicaba de la persona del preso,

convencían a Jenara de que era quien ella creía, y más aún las

respuestas que a sus preguntas daba. No obstante, la dama no pudo

lograr ver su letra, por más que a entablar correspondencia le instó

por conducto del demandadero. El preso pidió algunas onzas y se las

mandaron con mil amores. Se trabajó con jueces y escribanos para

que le soltaran, estudiose la causa, y ¿cuál sería la sorpresa, el

despecho y la vergüenza de Jenara, al descubrir que el preso misterioso

no era otro que el celebérrimo Candelas, el hombre de las múltiples

personalidades y de los infinitos nombres y disfraces, figura eminente

del reinado de Fernando VII, y que compartió con José María los

laureles de la caballería ladronera, siendo el héroe legendario de las

ciudades como aquel lo fue de los campos?

Corrida y enojada, la señora descargó su cólera contra Pipaón, a quien

puso cual no digan dueñas, y no le faltaba motivo para ello, porque

el astuto cortesano de 1815 la había engañado, aunque no a sabiendas,

diciéndole que el que buscaba estuvo primero en casa de Olózaga y

después preso en la Villa con los demás conjurados, noticias ambas

enteramente contrarias a la verdad.

A todas estas, Jenara no tenía valor para abandonar la hospitalidad

que le había ofrecido don Felicísimo, y continuaba embaucándole con

su entusiasmo apostólico, sabedora de que la mayor tontería que podía

hacerse en tan benditos tiempos, era enemistarse con la gente de aquel

odioso partido.

Al anochecer de cierto día de mayo, Jenara vio salir al padre Alelí

del cuarto de don Felicísimo, y poco después de la casa. Como no tenía

noticias de Sola ni del estado de su peligrosa y larga enfermedad,

luego que el fraile se marchó fue derecha a la madriguera de don

Felicísimo para saber de la protegida del señor Cordero.

—¡Grande, estupenda bomba, señora! —dijo el anciano, a quien

acompañaba, rosario en mano, el atlético Tablas.

—¿Se sabe algo de esa joven?...

—Ya pasó a mejor o peor vida, que eso Dios lo sabrá —repuso Carnicero

volviendo hacia Jenara su cara plana, que iluminada de soslayo parecía

una luna en cuarto menguante.

—¡Ha muerto! —exclamó la dama con aflicción grande.

—Ya le han dado su merecido. Conozco que es algo atroz; pero no están

los tiempos para blanduras. Hazme la barba y hacerte he el copete.

—Yo pregunto por la pupila de nuestro amigo Cordero —insistió Jenara.

—Acabáramos: yo me refiero a esa señora que han ahorcado en Granada.

¿Cómo la llamaban, Tablillas?

—Mariana Pineda.

Eso es. Bordadme banderitas para los liberales desembarcadores. El

cabello se pone de punta al ver las iniquidades que se cometen. ¡Bordar

una bandera, servir de estafeta a los liberales!, y ¡sabe Dios las

demás picardías que los señores jueces habrán querido dejar ocultas por

miramientos al sexo femenino...!

—¡Y esa señora ha sido ahorcada! —exclamó Jenara, lívida a causa de la

indigación y el susto.

—¿Que si ha sido...? Y lo sería otra vez si resucitara. O hay justicia

o no hay justicia. Como el gobierno afloje un poco, la revolución lo

arrastra todo, monarquía, religión, clases, propiedad... Esta doña

Mariana Pineda debe ser nieta de un don Cosme Pineda que vino aquí por

los años de 98 a gestionar conmigo cierto negocio de las capellanías

de Guadix... Buena persona, sí, buena. Era poseedor de una de las

mejores ganaderías de Andalucía, la única que podía competir con la de

los Religiosos Dominicos de Jerez de la Frontera, donde se crían los

mejores toros del mundo.

—Y esa doña Mariana —dijo Jenara— era, según he oído, joven, hermosa,

discreta... ¡Bendito sea Dios que entre tantas maravillas de hermosura,

ha criado, Él sabrá por qué, tantos monstruos terribles, los leones,

las serpientes, los osos y los señores de las Comisiones Militares...!

—¿Chafalditas tenemos...? —dijo don Felicísimo echando de su boca un

como triquitraque de hipos, sonrisillas y exclamaciones que no llegaban

a ser juramentos—. Mire usted que se puede decir: «al que a mí me

trasquiló, las tijeras, ji, ji, le quedaron en la mano».

La dama le miró, reconcentrada en el corazón la ira; mas no tanto

que faltase en sus ojos un destello de aquel odio intenso que tantos

estragos hacía cuando pasaba de la voluntad a los hechos. En aquel

momento Jenara hubiera dado algunos días de su vida por poder llegarse

a don Felicísimo y retorcerle el pescuezo, como retuerce el ladrón la

fruta para arrancarla de la rama; pero excusado es decir que no solo no

puso por obra este atrevido pensamiento homicida, sino que se guardó

muy bien de manifestarlo.

—Yo no soy tampoco de piedra —añadió Carnicero echando un suspiro—;

yo me duelo de que se ahorque a una mujer; pero ella se lo ha guisado

y ella se lo ha comido, porque ¿es o no cierto que bordó la bandera?

Demostrado está que sí. Pues la ley es ley, y el decreto de octubre ha

proclamado el tente-tieso. Conque adóbenme esos liberales. Dicen que

fueron tigres los señores jueces de Granada. Calumnia, enredo. Yo sé

de buena tinta..., vea usted: aquí tengo la carta del señor Santaella,

racionero medio y tiple de la Catedral de Granada..., hombre veraz

y muy apersonado, que por no gustar del clima de Andalucía, quiere

una plaza de tiple en la Real Capilla de Madrid... Pues me dice,

vea usted, me dice que cuando la delincuente subió al patíbulo, los

voluntarios realistas que formaban el cuadro se echaron a llorar... Un

padrenuestro, Tablas; recémosle un padrenuestro a esa pobre señora.

Igual congoja que los voluntarios realistas sintió Jenara al oír el

rezo de Carnicero y Tablas; pero dominándose con su voluntad poderosa,

varió de conversación diciendo:

—¿Se sabe de la pupila de Cordero?

—Esa... —replicó don Felicísimo con desdén— está fuera de peligro.

Hierba ruin no muere.

Los apostólicos · 第 21 / 37 题