Jenara no pudo dormir en el camastro abominable que le destinara doña
María del Sagrario, el cual estaba en un cuarto más grande que bonito,
todo blanco, todo frío, todo triste, con alto ventanillo por donde
venían mayidos y algazara de gatos. Al amanecer pudo aletargarse un
poco, y en su desvariado sueño creía ver a don Felicísimo hecho un
demonio, ora volando montado en su pluma, ora descuartizando gente con
la misma pluma, en cuchillo convertida. La casa se le representaba
como un lisiado que suelta sus muletas para arrojarse al suelo, y allí
eran el crujir de tabiques, el desplome de paredes, la pulverización
de techos y las nubes de polvo, en medio del cual, como ave rapante,
revoloteaba don Felicísimo llorando con lúgubre graznido, mientras los
demás habitantes de la casa se asfixiaban sepultados entre cascote y
astillas.
Al despertar sin haber hallado reposo, sus ojos enrojecidos
reconocieron la estancia, que más tenía de prisión que de albergue, y
acometida de viva aflicción lloró mucho. Después las reflexiones, los
planes habilísimos que había concebido, y más que nada la valentía
natural de su espíritu, la fueron serenando. Vistiose y acicalose
como pudo, echando muy de menos los primores de su tocador, y pudo
presentarse a Micaelita y a doña Sagrario con semblante risueño.
En sus planes entraba el de amoldar su conducta y sus opiniones a las
opiniones y conducta de los dueños de la casa, y así, cuando visitó
al señor don Felicísimo en su despacho y hablaron los dos, era tan
apostólica que el mismo infante la habría juzgado digna de una cartera
en su ministerio futuro. Según ella, la perseguían por apostólica, y
su _apostoliquismo_ (fue su palabra) era de tal naturaleza, que la
llevaría valientemente a la lucha y al martirio. Carnicero, que en
su marrullería no carecía de inocencia (virtud hasta cierto punto
apostólica), creyó cuanto la dama le dijo, y establecida entre ambos
la confianza, el anciano le contaba diariamente mil cosas de gran
sustancia y meollo, referentes a la causa. Sirvan de ejemplo las
siguientes confidencias.
«¡Bomba, señora! Direle a usted lo más importante que he sabido anoche.
Una monjita de las Agustinas Recoletas de la Encarnación soñó no hace
mucho que el infante se ceñía la corona asistido de no sé cuantas
legiones de ángeles. Escribió su sueño en una esquelita que remitió a
Su Alteza, el cual la besó y tuvo con esto un grandísimo gozo. Me lo ha
contado Orejón».
«¡Bomba, señora! La trapisonda de Andalucía ha terminado. Los marinos
que se sublevaron en San Fernando están ya fusilados, y el bribón de
Manzanares, que desembarcó con unos cuantos tunantes, ha perecido
también. ¡Si no hay sahumerio como la pólvora para limpiar un reino!
Que desembarquen más si quieren. El gobierno se ha preparado, arma al
brazo. Ahora, vengan pillos».
«¡Gran bomba, señora! Mañana ahorcan a Miyar, el librero de la calle
del Príncipe, por escribir cartas democráticas. Pronto le harán
compañía Olózaga, Bringas y Ángel Iznardi». Generalmente estas
noticias eran dadas al anochecer o durante la cena, en presencia de
Tablas. Después se rezaba el rosario, con asistencia de todos los de
la casa, y de Jenara, que desempeñaba su parte con extraordinario
recogimiento y edificación.
Ya se habrá comprendido que la muy pícara se valió de los ahogos
pecuniarios del bueno de Perico Tablas para sobornarle y ponerle de su
parte. El demandadero de la cárcel de Villa, que no era ciertamente un
Catón, se rindió a la voluntad dispendiosa de Jenara, sirviéndole como
se sirve a una dama que reúne en sí afabilidad, hermosura y dinero.
Dos días habían pasado desde la prisión de Olózaga, cuando se vio a
Tablas y a Pepe Olózaga, hermano menor de Salustiano, bebiendo _medios
chicos_ de vino en la taberna de la calle Mayor, esquina a la de
Milaneses. Jenara no solo supo explotar en provecho propio los buenos
servicios de Tablas, sino que los utilizó en pro de Salustiano, por
quien mucho se interesaba.
Este insigne joven, que había de alcanzar fama tan grande como orador y
hábil político, fue primero encerrado en lo que llamaban _El Infierno_,
lugar tenebroso, pero más horrendo aún por sus habitantes que por
sus tinieblas, pues estaba ocupado por bandidos y rateros, la peor
y más desvergonzada canalla del mundo. No creyéndole seguro en _El
Infierno_, el alcaide le trasladó a un calabozo, y de allí a una de
las altas buhardillas de la torre. Antes de que mediara Tablas, pudo
Pepe Olózaga ponerse en comunicación con su hermano, valiéndose de una
fiambrera de doble fondo y del palo del molinillo de la chocolatera.
El ingenio, la serenidad, la travesura de Salustiano eran tales, que
en pocos días se hizo querer y admirar de los presos que le rodeaban
y que allí entraron por raterías y otros desafueros. Los demás presos
no se comunicaban con él. Pepe Olózaga, después de ganar a Tablas,
a quien hizo creer que su hermano estaba encarcelado por _cosas de
mujeres_, intentó ganar también a uno de los carceleros; pero no pudo
conseguirlo. Más afortunado fue Salustiano, que, seduciendo dentro de
la prisión a sus guardianes con aquella sutilísima labia y trastienda
que Dios le dio, pudo comunicarse con Bringas. Ambos sabían que si no
se fugaban serían irremisiblemente ahorcados. Discurrieron los medios
de alargar los procedimientos para ver si ganando tiempo adelantaba
el negocio de su salvación, y al cabo convinieron en que Bringas se
fingiría mudo y Olózaga loco.
Tan bien desempeñó este su papel, que por poco le cuesta la vida.
Principió por fingirse borracho; propinose una pulmonía acostándose
desnudo sobre los ladrillos, y los carceleros le hallaron por la mañana
tieso y helado como un cadáver. Tras esto venía tan bien la farsa de su
locura, que siete médicos realistas le declararon sin juicio. Así ganó
un mes.
Miyar, que no era travieso, ni abogado, ni hombre resuelto, pereció en
la horca el 11 de abril.
Mejor le fue a Olózaga con su locura que a Bringas con su mutismo,
porque impacientes los jueces con aquel tenaz silencio, que les impedía
despachar pronto, imaginaron darle un ingenioso tormento, el cual
consistía en clavarle en las uñas astillas o estacas de caña. Nada
consiguieron con esto; pero Bringas perdió la salud y no salió de la
cárcel sino para morirse. Es un mártir oscuro, del cual se ha hablado
poco, y que merece tanta veneración como lástima.
Pepe Olózaga y los amigos de Salustiano trabajaban sin reposo. Las
comunicaciones con el preso eran frecuentes, y no solo recibió este
ganzúas y dinero, que son dos clases de llaves falsas, sino también
el correspondiente puñal y un poquillo de veneno para el momento
desesperado. Antes el suicidio que la horca.
Jenara, que salía de noche furtivamente de la casa de don Felicísimo,
iba donde se le antojaba sin que nadie la molestase, y así pudo ayudar
a la familia de Olózaga. Hízose muy amiga de la mujer del escribano
señor Raya, y también de la mujer del alcaide. A la sangre fría del
preso primeramente, a la constancia y diplomacia de su hermano Pepe,
al oro de la familia, y, por último, a la compasión y buen ingenio
de algunas mujeres, debiose la atrevidísima y dramática evasión que
referiremos más adelante en breves palabras, aunque referida está del
modo más elocuente por quien debía y sabía hacerlo mucho mejor que
nadie.
Jenara, preciso es declararlo, no tenía puestos los ojos en la cárcel
de Villa por el solo interés de Salustiano y su apreciabilísima
familia. Allí, en la siniestra torre que modernamente han pintado de
rojo, para darle cierto aire risueño, estaba un preso menos joven que
Olózaga, de gentil presencia y muchísima farándula, el cual pasaba
por preso político entre los rateros, y por un ladronzuelo entre
los políticos. Era, según Tablas, hombre de grandes fingimientos
y transmutaciones, al parecer instruido y cortés. Figuraba en los
registros con dos o tres nombres, sin que se hubiera podido averiguar
cuál era el suyo verdadero. Tablas reveló a la señora que no era ella
sola quien se interesaba por aquel hombre, sino que otras muchas de la
corte le agasajaban y atendían.
Las señas que el demandadero indicaba de la persona del preso,
convencían a Jenara de que era quien ella creía, y más aún las
respuestas que a sus preguntas daba. No obstante, la dama no pudo
lograr ver su letra, por más que a entablar correspondencia le instó
por conducto del demandadero. El preso pidió algunas onzas y se las
mandaron con mil amores. Se trabajó con jueces y escribanos para
que le soltaran, estudiose la causa, y ¿cuál sería la sorpresa, el
despecho y la vergüenza de Jenara, al descubrir que el preso misterioso
no era otro que el celebérrimo Candelas, el hombre de las múltiples
personalidades y de los infinitos nombres y disfraces, figura eminente
del reinado de Fernando VII, y que compartió con José María los
laureles de la caballería ladronera, siendo el héroe legendario de las
ciudades como aquel lo fue de los campos?
Corrida y enojada, la señora descargó su cólera contra Pipaón, a quien
puso cual no digan dueñas, y no le faltaba motivo para ello, porque
el astuto cortesano de 1815 la había engañado, aunque no a sabiendas,
diciéndole que el que buscaba estuvo primero en casa de Olózaga y
después preso en la Villa con los demás conjurados, noticias ambas
enteramente contrarias a la verdad.
A todas estas, Jenara no tenía valor para abandonar la hospitalidad
que le había ofrecido don Felicísimo, y continuaba embaucándole con
su entusiasmo apostólico, sabedora de que la mayor tontería que podía
hacerse en tan benditos tiempos, era enemistarse con la gente de aquel
odioso partido.
Al anochecer de cierto día de mayo, Jenara vio salir al padre Alelí
del cuarto de don Felicísimo, y poco después de la casa. Como no tenía
noticias de Sola ni del estado de su peligrosa y larga enfermedad,
luego que el fraile se marchó fue derecha a la madriguera de don
Felicísimo para saber de la protegida del señor Cordero.
—¡Grande, estupenda bomba, señora! —dijo el anciano, a quien
acompañaba, rosario en mano, el atlético Tablas.
—¿Se sabe algo de esa joven?...
—Ya pasó a mejor o peor vida, que eso Dios lo sabrá —repuso Carnicero
volviendo hacia Jenara su cara plana, que iluminada de soslayo parecía
una luna en cuarto menguante.
—¡Ha muerto! —exclamó la dama con aflicción grande.
—Ya le han dado su merecido. Conozco que es algo atroz; pero no están
los tiempos para blanduras. Hazme la barba y hacerte he el copete.
—Yo pregunto por la pupila de nuestro amigo Cordero —insistió Jenara.
—Acabáramos: yo me refiero a esa señora que han ahorcado en Granada.
¿Cómo la llamaban, Tablillas?
—Mariana Pineda.
Eso es. Bordadme banderitas para los liberales desembarcadores. El
cabello se pone de punta al ver las iniquidades que se cometen. ¡Bordar
una bandera, servir de estafeta a los liberales!, y ¡sabe Dios las
demás picardías que los señores jueces habrán querido dejar ocultas por
miramientos al sexo femenino...!
—¡Y esa señora ha sido ahorcada! —exclamó Jenara, lívida a causa de la
indigación y el susto.
—¿Que si ha sido...? Y lo sería otra vez si resucitara. O hay justicia
o no hay justicia. Como el gobierno afloje un poco, la revolución lo
arrastra todo, monarquía, religión, clases, propiedad... Esta doña
Mariana Pineda debe ser nieta de un don Cosme Pineda que vino aquí por
los años de 98 a gestionar conmigo cierto negocio de las capellanías
de Guadix... Buena persona, sí, buena. Era poseedor de una de las
mejores ganaderías de Andalucía, la única que podía competir con la de
los Religiosos Dominicos de Jerez de la Frontera, donde se crían los
mejores toros del mundo.
—Y esa doña Mariana —dijo Jenara— era, según he oído, joven, hermosa,
discreta... ¡Bendito sea Dios que entre tantas maravillas de hermosura,
ha criado, Él sabrá por qué, tantos monstruos terribles, los leones,
las serpientes, los osos y los señores de las Comisiones Militares...!
—¿Chafalditas tenemos...? —dijo don Felicísimo echando de su boca un
como triquitraque de hipos, sonrisillas y exclamaciones que no llegaban
a ser juramentos—. Mire usted que se puede decir: «al que a mí me
trasquiló, las tijeras, ji, ji, le quedaron en la mano».
La dama le miró, reconcentrada en el corazón la ira; mas no tanto
que faltase en sus ojos un destello de aquel odio intenso que tantos
estragos hacía cuando pasaba de la voluntad a los hechos. En aquel
momento Jenara hubiera dado algunos días de su vida por poder llegarse
a don Felicísimo y retorcerle el pescuezo, como retuerce el ladrón la
fruta para arrancarla de la rama; pero excusado es decir que no solo no
puso por obra este atrevido pensamiento homicida, sino que se guardó
muy bien de manifestarlo.
—Yo no soy tampoco de piedra —añadió Carnicero echando un suspiro—;
yo me duelo de que se ahorque a una mujer; pero ella se lo ha guisado
y ella se lo ha comido, porque ¿es o no cierto que bordó la bandera?
Demostrado está que sí. Pues la ley es ley, y el decreto de octubre ha
proclamado el tente-tieso. Conque adóbenme esos liberales. Dicen que
fueron tigres los señores jueces de Granada. Calumnia, enredo. Yo sé
de buena tinta..., vea usted: aquí tengo la carta del señor Santaella,
racionero medio y tiple de la Catedral de Granada..., hombre veraz
y muy apersonado, que por no gustar del clima de Andalucía, quiere
una plaza de tiple en la Real Capilla de Madrid... Pues me dice,
vea usted, me dice que cuando la delincuente subió al patíbulo, los
voluntarios realistas que formaban el cuadro se echaron a llorar... Un
padrenuestro, Tablas; recémosle un padrenuestro a esa pobre señora.
Igual congoja que los voluntarios realistas sintió Jenara al oír el
rezo de Carnicero y Tablas; pero dominándose con su voluntad poderosa,
varió de conversación diciendo:
—¿Se sabe de la pupila de Cordero?
—Esa... —replicó don Felicísimo con desdén— está fuera de peligro.
Hierba ruin no muere.