—¿Cómo te va, Elías? Señor conde de Negri, buenas noches. Buenas
noches, señor don Rafael Maroto.
Así saludó don Felicísimo a sus amigos, entrando en la sala, candilón
en mano. Como aún no le hemos visto andar, no hemos podido decir que
andaba a pasitos cortos, muy cortos, y así tardó una buena pieza en
llegar al centro de la estancia. Viose entonces la longitud de su
levitón negro, el cual le llegaba hasta los pies, de modo que no
parecía que andaba, sino que estaba fijo sobre una tablilla con ruedas,
de la cual tirara con lentitud una invisible mano. Puso el candilón
sobre la mesa, y como la vecindad de la lámpara hacía que aquel
palideciera de envidia, lo apagó.
—Usted siempre tan fuerte —dijo uno de los amigos dando un palmetazo en
la rodilla de Carnicero.
Era este amigo un señor pequeño, o por mejor decir, archipequeño,
adamado y no muy viejo.
—Defendiéndonos admirablemente —repuso Carnicero, cogiéndose una pierna
con las manos y levantándola para ponerla sobre la otra.
—Un cigarrito —dijo aquel de los amigos que llamaban Maroto, y era
el más joven de los tres, de buena presencia, bigotudo y con señalado
aspecto marcial.
El conde de Negri, con el cigarrito en la boca, sacó eslabón y piedra
y empezó a echar chispas. Durilla era la faena, y la mecha no quería
encenderse.
—¡Maldito pedernal! —murmuró el señor conde.
Y las chispas iban en todas direcciones menos en la que se quería. Una
fue a estrellarse en la cara plana de don Felicísimo como proyectil
ardiente en la muralla de un bastión formidable; otra parecía que se
le quería meter por los ojos al propio señor conde, y chispa hubo que
llegó hasta el cuadro de Ánimas, dando instantáneamente un resplandor
verdadero a aquel purgatorio figurado. Al fin prendió la mecha.
—¡Gracias a Dios que tenemos fuego! —dijo don Felicísimo entre dos
hipos—. Con estos tubos de vidrio que han inventado ahora para encerrar
las luces, no se puede encender en las lámparas.
En tanto, el tercero de los amigos, que era bastante anciano y se
distinguía por la curvatura exagerada de su nariz, había puesto unos
papeles sobre la mesa, y los miraba y revolvía atentamente. De repente
dijo así:
—No hay que contar con Zumalacárregui.
—¡Todo sea por Dios! —exclamó Carnicero—. ¿Ha escrito? Pues a mi carta
no se dignó contestar. ¿Sigue en el Ferrol?
—Pues nos pasaremos sin él —indicó el conde de Negri—. La causa
revienta de partidarios, quiero decir que los tiene de sobra en todas
las clases de la sociedad, y así no es bien que solicite coroneles,
como es uso y costumbre entre liberalejos.
—Ya sabemos —dijo con tono de autoridad el llamado Elías, alzando los
ojos del papel— que la causa que defendemos es legalmente una batalla
ganada. Habiendo sucesor varón no puede suceder una hembra. Moralmente
también es cosa fuera de duda. El clero en masa apoya al partido de la
religión, y con el clero la mayoría del reino y la aristocracia.
—Y el ejército —declaró el conde pequeñito, plegando mucho los párpados
porque le ofendía la luz.
—Eso está por ver —replicó Elías Orejón—. Desde la guerra de la
Independencia, el ejército, lo mismo que la marina, están carcomidos
por la masonería. La revolución del 23 obra fue de los masones
militares; las intentonas de estos años también son cosa suya, y
en estos momentos, señores, se está formando una sociedad llamada
la _Confederación Isabelina_, en la que andan muchos pajarracos de
alto vuelo, y que por el rotulillo ya da a entender a dónde va.
Necesitamos...
—¡Claro, clarísimo, indubitable! —exclamó Carnicero, que deseaba meter
baza, por no hallarse conforme con su amigo en aquel tema.
—Necesitamos —prosiguió el otro alzando la voz en señal de enojo por
verse interrumpido—, necesitamos, aunque el escrupuloso señor infante
no lo crea así, asegurar y comprometer aquellas cabezas militares más
potentes. Ya se puede decir que son _de acá_ los siguientes señores:
el conde de España, capitán general del Principado; el señor González
Moreno, gobernador militar de Málaga...
—Buenos, buenos, bonísimos —dijo Carnicero, que no podía contener sus
ganas de interrumpir a cada instante.
Orejón citó otros nombres, añadiendo luego:
—En el ramo de hombres civiles o eclesiásticos de gran nota, andamos a
la conquista del señor Abarca, obispo de León, y de don Juan Bautista
Erro, consejero de Estado, a los cuales solo les falta el canto de un
duro para caer también de la parte acá.
—Bueno es que los clérigos y hombres civiles vengan —dijo Maroto—, pero
por santa y gloriosa que sea la causa de Su Alteza, y yo doy de barato
que es la causa de Dios, no se hará nada sin tropa.
—¿Y los voluntarios realistas?
—Son buenos como auxilio, pero nada más. Denme generales aguerridos,
jefes de valor y prestigio, y el día en que don Fernando acabe, que no
tardará, al decir de los médicos, don Carlos será rey por encima de
todas las cosas.
—Eso, eso —afirmó Elías sentando la palma de la mano sobre los
papeles—, generales aguerridos, jefes militares de valor y prestigio;
al grano, al grano.
—Todo vendrá —indicó Carnicero— cuando el caso llegue. Cuando se
cuenta, como ahora, ji, con el santo clero en masa, capaz de alzar
en masa al reino todo, como en la guerra de la Independencia, lo
demás vendrá por sus pasos contados. En cartas y por manifestaciones
verbales, me han demostrado su conformidad las siguientes órdenes
y religiones: los Agustinos Calzados, de Madrid; la Congregación
benedictina Tarraconense Cesaraugustana, de la Corona de Aragón y
de Navarra; los Menores de San Francisco, los Agustinos Recoletos o
Calzados, los Canónigos seglares del Orden Premonstratense.
—Espadas, espadas —dijo bruscamente Maroto—, y con espadas, no solo no
estarán de más las correas o rosarios, sino que servirán de mucho.
—Y yo —indicó el conde de Negri dirigiéndose al balcón a punto que
sonaba en la calle el estrepitoso rodar de un coche— me atrevo a
proponer que todas las conquistas se pospongan a la conquista del
vecino.
El coche paró junto a la casa. Era el carruaje de Calomarde, que vivía
frente por frente de Carnicero, en el palacio del duque de Alba.
—Su Excelencia ha entrado en su palacio —dijo el conde de Negri,
atisbando por los vidrios verdosos y pequeñuelos de uno de los balcones.
—Todo se andará —manifestó don Felicísimo—. La conversación que tuvimos
él y yo hace dos días, me hace creer que don Tadeo tardará en ser
apostólico lo que tarde Su Majestad en tener, ji, el ataque de gota que
corresponde al otoño próximo.
—Y si no —dijo Negri tornando a su asiento—, le barrerán. Después
veremos quién toma la escoba... ¡Cuidado con doña Cristina y qué humos
gasta! ¡Si creerá que está en Nápoles y que aquí somos _lazzaronis_...!
¿Pues no se atrevió a pedir mi destitución del puesto que tengo en
la mayordomía del señor infante? Gracias a que los señores me han
sostenido contra viento y marea. Aquí, entre cuatro amigos —añadió el
conde bajando la voz—, puede revelarse un secreto. He dado ayer un
bromazo a nuestra soberana provisional, que va a dar mucho que reír en
la corte. En imprenta que no necesito nombrar se están imprimiendo unos
versos de no sé qué poeta en elogio de su majestad napolitana. Hacia
la mitad de la composición se habla de la _angélica_ Isabel y de la
_inmortal Cristina_. Pues yo...
El conde se detuvo, sofocado por la risa.
—¿Qué?
—Pues yo, como tengo relaciones en todas partes, me introduje en la
imprenta, y di ocho duros al corrector de pruebas para que quitara
bonitamente la _t_ de la palabra inmortal.
—La _inmoral_ Cristina, ji, ji...
—Espadas, espadas —gruñó Maroto—, y no bromas de esa especie.
—Toda cooperación debe aceptarse —dijo Elías refunfuñando—, aunque sea
la cooperación de una errata de imprenta.
Cuando esto decían, la luz de la lámpara, ya fuera porque doña María
del Sagrario, firme en sus principios económicos, no le ponía todo el
aceite necesario, ya porque don Felicísimo descompusiera, a fuerza de
darle arriba y abajo, el sencillo mecanismo que mueve la mecha, empezó
a decrecer, oscureciendo por grados la estancia.
—Voy a contar a ustedes, señores —dijo Elías—, la conversación que ayer
tuve con el señor Abarca, obispo de León, el hombre de confianza de Su
Majestad... Pero, don Felicísimo, esa luz...
—Empiece usted. Es que la mecha... —replicó Carnicero moviendo la llave.
—Pues el señor Abarca me pidió informes de lo que se pensaba y se decía
en el cuarto del infante. Yo creí que con un hombre tan sabio y leal
como el señor Abarca no debía guardar misterios... Le dije pan pan,
vino vino... Pero esa luz...
—No es nada; siga usted; ya arderá.
—Le expuse la situación del país, anhelante de verse gobernado por un
príncipe real y verdaderamente absoluto, que no transija con masones,
que no admita principios revolucionarios, que cierre la puerta a las
novedades, que se apoye en el clero, que robustezca al clero, que dé
preeminencias al clero, que atienda al clero, que mime al clero... Pero
esa luz, señor don Felicísimo...
—Verdaderamente no sé qué tiene. Siga usted.
—Convino conmigo Su Ilustrísima en que por el camino que va el
rey marchamos francamente, y él el primero, por la senda de la
revolución... ¡Que nos quedamos a oscuras!...
La luz decrecía tanto que los cuatro personajes principiaron a dejar
de verse con claridad. Las sombras crecían en torno suyo. Los
empingorotados respaldos de los sillones parecían extenderse por las
paredes en correcta formación, simulando un cabildo de fantasmas
congregados para deliberar sobre el destino que debía darse a las
ánimas. Las rojas llamas del cuadro se perdían en la oscuridad, y solo
se veían los cuerpos retorcidos.
—Díjome también Su Ilustrísima que ahora se va a emprender una campaña
de exterminio contra los liberales... ¡Por Dios, señor don Felicísimo,
luz, luz!
La lámpara se debilitaba y moría, derramando con esfuerzos su última
claridad por las paredes blancas y por el techo blanco también. Lanzaba
a ratos la llama un destelllo triste, como si suspirase, y después
despedía un hilo de humo negro que se enroscaba fuera del tubo. Luego
se contraía en la grasienta mecha, y burbujeando con una especie de
lamento estertoroso, se tornaba en rojiza. Las cuatro caras aparecían
ora encendidas, ora macilentas, y la sombra jugaba en las paredes y
subía al techo, invadiendo a ratos todo el aposento, retirándose a
ratos al suelo para esconderse entre los pies y debajo de los muebles.
—Esa campaña de exterminio que se va a emprender, fíjense ustedes bien
—prosiguió Orejón—, no favorece al rey, sino al infante. Todo lo que
ahora sea reprimir es en ventaja de la gente apostólica. Así nos lo
darán todo hecho, y lo odioso del castigo caerá sobre ellos, mientras
que nosotros... ¡Luz, luz!
Don Felicísimo quiso llamar; pero en aquella casa no se conocían las
campanillas. Así es que empezó a gritar también:
—¡Luz, luz; que traigan una luz!
La lámpara se extinguió completamente y todos quedaron de un color.
—¡Luz, luz! —volvió a gritar don Felicísimo.
Orejón, que estaba muy lleno de su asunto y no quería soltarlo de la
boca, a pesar de la oscuridad, prosiguió así:
—Que utilizando con energía la horca y los fusilamientos, limpien el
reino de esas perversas alimañas, es cosa que nos viene de molde.
—Aguarde usted, hombre... Estamos a oscuras...
—Ji..., se han dormido y no nos traen luz —dijo don Felicísimo—.
Sagrario, Sagrario. Tablas... Nada, todos dormidos.
Así era en verdad.
—¿Tiene usted avíos de encender, señor conde? Aquí, en este cajoncillo
de la mesa, debe de haber, ji, ji, pajuela.
Pronto se oyó el chasquido del eslabón contra el pedernal. Las súbitas
chispas sacaban momentáneamente la estancia de la oscuridad. Se veían
como luz de relámpago las cuatro caras apostólicas, la fúnebre fila de
sillas de caoba y el cuadro de ánimas.
—La raza liberalesca y masónica estará ya exterminada cuando llegue
el momento de la sucesión de la corona —decía Orejón entusiasmado—.
¡Admirable, señores!
Don Felicísimo tenía la pajuela en la mano para acercarla a la mecha
luego que esta prendiese, y al brotar de la chispa, su cara plana, en
que se pintaban la ansiedad y la atención, parecía figura de pesadilla
o alma en pena.
—Trabajan para nosotros, y ahorcando a los liberales se ahorcan a sí
mismos.
—Es evidente —murmuró don Rafael Maroto.
—¡Demonches de pedernal!
—¡Luz, luz! —volvió a decir don Felicísimo—. Pero Sagrario... Nada, lo
que digo, todos dormidos.
Por fin prendió la mecha, y aplicada a ella la pajuela de azufre, ardió
rechinando como un condenado cuyas carnes se fríen en las ollas de
Pedro Botero. A la luz sulfúrea de la pajuela reaparecieron las cuatro
caras, bañadas de un tinte lívido, y la estancia parecía más grande,
más fría, más blanca, más sepulcral...
—De modo —continuaba Elías, cuando don Felicísimo encendía el candilón
de cuatro mecheros— que en vez de apartarles de ese camino, debemos
instarles a que por él sigan.
—Sí, que limpien, que despojen...
—Pues ahora —dijo Negri— contaré yo la conversación que tuve con Su
Alteza la infanta doña Francisca.
—Y yo —añadió Carnicero— referiré lo que me dijo ayer fray Cirilo de
Alameda y Brea.