Mediaba el mes de marzo cuando estas hablillas llegaron a su más alto
grado. Jenara no recibía a nadie; pero no estaba enferma, porque a
menudo se la veía en la calle o paseando en coche, y visitando a
personajes de alto copete.
Un día se encontraron ella y Pipaón en la antesala de la Comisión
Militar. Jenara salía, Pipaón entraba. Eran las cinco de la tarde, hora
excelente para el paseo en aquella estación.
—Iba a su casa de usted —le dijo don Juan—, para prevenirla del peligro
que corre...
—¡Yo! —exclamó la dama con gesto de orgullo—. ¿También yo corro peligro?
—También.
—¿Y por qué?
—Salgamos de esta caverna, señora, que si en todas partes oyen las
paredes, aquí oyen las ropas que vestimos, hasta la sombra que hacemos
sobre el suelo. Vámonos.
—¿Qué hay? —dijo la señora extraordinariamente alarmada—. Quiero ver a
Maroto.
—No recibe ahora... Salgamos y hablaremos. Principiaré diciendo a usted
que hemos errado en todos nuestros cálculos. Buscábamos a nuestro amigo
en casa de Cordero, en el convento de la Trinidad, en la cárcel de
Corte, en el parador de Zaragoza, en el sótano de la botica de la calle
de Hortaleza, en la habitación del jefe del _guardamangier_ de palacio,
y ahora resulta que no estaba en ninguno de estos parajes, sino...
—¿En dónde, en dónde?
—Salgamos de esta casa, señora —añadió Pipaón poniendo el pie en el
último peldaño.
—Advierta usted que no digo está, sino estaba.
—Quiere decir que...
—Quiere decir que le han llevado a un sitio de donde ni usted ni yo
podremos fácilmente sacarle.
—Bravo, bravísimo, señor don Inservible... —dijo la dama, toda colérica
y nerviosa, abriendo con mano firme la portezuela de su coche.
En este había una joven que acompañaba a Jenara en todas sus
excursiones, y a la cual, según las lenguas cortesanas, galanteaba el
bueno de Pipaón con más calor del que la simple urbanidad consiente.
Acomodados los tres en el coche, don Juan dijo a la dama que, siendo
largo lo que tenía que contarle, convenía extender el paseo hasta
Atocha. Así se convino, y partieron.
—Beso a usted los pies, Micaelita —dijo después el cortesano—. ¿Y cómo
está el señor don Felicísimo?
—Furioso con usted porque no ha ido a verle en tres días.
—Esta noche iremos allá. Con estas cosas y el continuo trabajo en que
vivimos nos falta tiempo para dar pábulo...
—¿Ahora salimos con pábulos...? —dijo Jenara impaciente y mal
humorada—. Basta de pesadeces y dígame usted lo que tenía que decirme.
—Pábulo, sí; digo que no hay tiempo para satisfacer los puros goces de
la amistad, ni aun los del corazón.
Micaelita bajó los ojos. Pintémosla en dos palabras. Era fea. Y si
no lo fuera, ¿cómo la habría escogido Jenara para ser su inseparable
compañera, y usarla cual discreta sombra para hacer brillar más la luz
de su hermosura?
—Si empiezan las tonterías, me voy a casa —dijo la dama hermosa—.
Vamos, hable usted, don Plomo.
—Paciencia, señora, paciencia. Dígame usted, ¿se permiten las malas
noticias?
—Se permite todo lo que sea breve.
—Pues derramemos una lágrima aquí, en este sitio nefando...
Al decir esto, el coche pasaba junto al torreón del Ayuntamiento donde
estaba la cárcel de Villa. Micaelita, que para todas las ocasiones
tristes llevaba siempre apercibido un _paternoster_, lo rezó con pausa
y devoción. Jenara se puso pálida y sacó su cabeza por la portezuela
para mirar la torre.
—¡Allí! —exclamó señalando con el abanico y con sus ojos.
Vuelta a su posición primera, echó un suspiro casi tan grande como el
torreón, y habló así:
—Ahora, dígame usted dónde estaba.
—Donde menos creíamos. En casa de Olózaga.
—¿En casa de don Celestino Olózaga?
—Calle de los Preciados.
—Usted bromea: no puede ser —manifestó la dama un poco aturdida—. Veo a
Salustiano todos los días y nada me ha dicho.
—Esas cosas no se dicen.
—A mí sí... Hoy me lo dirá.
—No dirá nada, como no hable la torre.
—¿Por qué?... ¿También Olózaga ha sido preso?
—También está allí, ¡ay! —afirmó lúgubremente Pipaón, señalando la
parte de la calle que iban dejando a la zaga.
—¡Qué atrocidad! Usted me engaña... Que pare el coche. Quiero entrar en
casa de Bringas a preguntarle...
—Guarda, Pablo —dijo el cortesano deteniendo a la señora en su brusco
movimiento para avisar al cochero—. El señor Bringas también...
—¿Está allí, en el torreón?
—No, a ese le han puesto en la de Corte.
—Iznardi me dirá algo... Cochero, a casa de Iznardi.
—¿Iznardi?... Ya pedí permiso para dar malas noticias, señora.
—¿También él?
—Y Miyar. Y la misma suerte habría tenido Marcoartú si no hubiera
saltado por un balcón.
—Es una iniquidad. Yo hablaré a Calomarde —manifestó con soberbia la
dama, echando atrás su mantilla, como si dentro del coche reinase un
verano riguroso.
—¡Oh!, sí, hable usted a Su Excelencia —dijo el cortesano, con aquella
sonrisa traidora que ponía en su cara un brillo semejante al del puñal
asesino al salir de la vaina—. Su Excelencia desea mucho ver a usted.
—¡Dios maldiga a Su Excelencia y a usted! —exclamó Jenara abriendo y
cerrando su abanico con tanta fuerza y rapidez que sonaba como una
carraca—. Pero todavía no me ha dicho usted lo principal.
—A eso voy. Nuestro amigo llegó aquí, según se supone, pues de cierto
no lo sé, con recadillos de Mina, Valdés y demás brujos del aquelarre
democrático. Estuvo oculto en Madrid por algunos días; luego pasó
a Aranjuez y a Quintanar de la Orden para entenderse con ciertos
militares que a estas horas están también a la sombra; regresó después
acá, concertando con Bringas, Olózaga, Miyar y compañeros mártires un
plan de revolución que si les llega a cuajar, ¡ay mi Dios!, se deja
atrás a la de Francia... Nuestro buen amiguito se pinta solo para estas
cosas, y andaba por ahí llamándose don _No sé cuántos_ Escoriaza.
—¿Y está usted seguro de que es él?
—Seguro, seguro, no. Ahora será fácil saberlo, porque el Escoriaza está
en la cárcel de Villa, y en la causa ha de salir su verdadero nombre...
Sigo mi cuento. Un hombre dignísimo, tan enemigo de revoluciones
como amante de la paz del reino, se enteró de la trama y avisó a Su
Excelencia. Yo he visto las cartas del denunciante, que se firma _El
de las diez de la noche_, y si he decir verdad, su ortografía y su
estilo no están a la altura de su realismo. Calomarde recompensó al
desconocido dándole fondos para que pudiera seguir la pista a Escoriaza
y los suyos, y con esto y un habilidoso examen de todas las cartas del
correo, se hizo el hallazgo completo de los nenes, y anoche se les
puso donde siempre debieran estar para escarmiento de bobos. Anoche
no nos acostamos en Gracia y Justicia hasta no saber que los señores
Alcaldes habían salido de su paso. ¡Ah!, esos señores Cavia y Cutanda
valen en oro más de lo que pesan. No sé cuál de los dos fue a casa de
Olózaga; pero un alguacil me ha contado que en el portal encontraron a
Pepe, y mandándole subir, entraron con él en la casa y dieron al pobre
don Celestino un susto más que mediano. Hicieron registro escrupuloso,
encontrando, en vez de papeles de conspiración, muchas cartas de novias
y queridas. Excuso decir que las leyeron todas, porque así cuadraba
al buen servicio de Su Majestad, y cuando estaban en esta ocupación
dulcísima, ved aquí que entra Salustiano muy sereno, con arrogancia,
ya sabedor de que andaba por allí la nariz de los señores Alcaldes.
El padre gimió, desmayose la hermana, siguió el registro, dando por
resultado el hallazgo de un sable, y a la media noche se llevaron a
Salustiano a la Villa, y aquí se acabó mi cuento, _arre borriquito para
el convento..._ ¡Pobre Salustiano, tan joven, tan guapo, tan listo, tan
simpático! ¡Desgraciado él mil veces, y desgraciado también ese amigo
nuestro que ahora se esconde debajo del nombre de Escoriaza! Esta vez
no escapará del peligro como tantas otras en que su misma temeridad le
ha dado alas milagrosas para salir libre y triunfante... ¡Infelices
amigos!
Micaelita, afectada por la tristeza del relato, volvió a cerrar los
ojos y a rezar para sí el _padrenuestro_ que tenía dispuesto para
cuando lo melancólico de las circunstancias lo hiciera menester. Jenara
seguía imprimiendo a su abanico los movimientos de cierra y abre, cuyo
ruido semejaba ya, por lo estrepitoso, más que al instrumento de Semana
Santa, al rasgar de una tela.
Durante un buen rato callaron los tres. Había entrado el coche en
el paseo de Atocha, cuando vieron que por este venía a pie don
Tadeo Calomarde, en compañía de su inseparable sombra el Colector
de Expolios. Paseaba grave y reposadamente, con casaca de galones,
tricornio en facha, bastón de porra de oro, y una comitiva de sucios
chiquillos, que admirados de tanto relumbrón le seguían. El célebre
ministro, a quien Fernando VII tiraba de las orejas, era todo vanidad
y finchazón en la calle. Si en Palacio adquirió gran poder fomentando
los apetitos y doblegándose a las pasiones del rey, frente a frente de
los pobres españoles parecía un ídolo asiático en cuyo pedestal debían
cortarse las cabezas humanas como si fuesen berenjenas. A su lado iba
la carroza ministerial, un armatoste del cual se puede formar idea
considerando un catafalco de funeral tirado por mulas.
—No le salude usted; ocúltese en el fondo del coche —dijo Pipaón con
mucho apuro—. No conviene que la vea a usted.
Mas ella, sacando fuera su linda cabeza y el brazo, saludó con mucha
gracia y amabilidad al poderoso ídolo asiático.
—En estos tiempos —dijo la dama al retirarse de la portezuela—,
conviene estar bien con todos los pillos.
—Señora, que los coches oyen.
—Que oigan.
Seria, cejijunta, descolorida, Jenara murmuró algunas palabras para
expresar el desprecio que le merecía el abigarrado tiranuelo a quien
poco antes saludara con tanta zalamería. En seguida dio orden al
cochero de marchar a casa.
Pasaban por el Prado, cuando Pipaón dijo con cierta timidez, precedida
de su especial modo de sonreír:
—Señora, ¿se permite la verdad?
—Se permite.
—¿Por amarga que sea?
—Aunque sea el mismo acíbar.
—Pues debo decir a usted que no puede ir a su casa.
—¡Que no puedo ir a mi casa!
—No, señora mía apreciabilísima, porque en su casa encontrará al
Alcalde de Casa y Corte y a los alguaciles, que desde las dos de la
tarde tienen la orden de prender a una de las damas más hermosas de
Madrid.
—¡A mí! —exclamó la ofendida, disparando rayos de sus ojos.
—A usted... Triste es decirlo..., pero si yo no lo dijera, sacrificando
a la amistad el servicio del rey, la señora tendría un disgustillo.
Ya está explicado este buen acuerdo mío de entretener a usted toda la
tarde, impidiéndole ir a su casa, y facilitándole, como le facilitaré,
un lugar donde se oculte.
—¡Presa yo!... No siento ira, sino asco, asco, señor de Pipaón —exclamó
la dama demostrando más bien lo primero que lo segundo—. ¿Por qué me
persiguen?
—No sé si será por alguna denuncia malévola, o a causa de los papeles
hallados en casa de Olózaga...
—Alto ahí, señor desconsiderado. En casa de Salustiano no se han
encontrado papeles de mi letra porque no los hay.
—Perdones mil, señora; no tuve intención...
—¡Presa yo!... Será preciso que me oculte hasta ver... ¡Y yo saludaba a
la serpiente!...
La rabia más que el dolor sacó dos ardorosas lágrimas a sus ojos; pero
se las limpió prontamente con el pañuelo, cual si tuviera vergüenza
de llorar. Después rompió en dos el abanico. Al ver estas lamentables
muestras de consternación, Micaelita se conmovió, y sin pensarlo, se le
vino a la boca el _padrenuestro_ que de repuesto llevaba. A la mitad lo
interrumpió para decir a su amiga:
—Puedes venir a casa.
—Me parece muy bien. Nadie sospechará que el señor Carnicero oculta
a los perseguidos de la justicia calomardina... Cochero, a casa de
Micaelita.