Hacia el promedio de la calle del Duque de Alba vivía el señor don
Felicísimo Carnicero, del cual es bien que se hable en esta ocasión,
no solo porque se prestó a dar asilo a la afligida dama, sino porque
dicho señor merece un párrafo entero y hasta un capítulo. Era de edad
muy avanzada, pero inapreciable, porque sus facciones habían tomado
desde muy atrás un acartonamiento o petrificación que le ponía, sin
que él lo sospechara, en los dominios de la paleontología. Su cara,
donde la piel había tomado cierta consistencia y solidez calcárea, y
donde las arrugas semejaban los hoyos y los cuarteados durísimos de
un guijarro, era de esas caras que no admiten la suposición de haber
sido menos viejas en otra época. Fuera de esta apariencia de hombre
fósil, lo que más sorprendía en la cara de don Felicísimo era lo chato
de su nariz, la cual no avanzaba fuera de la tabla del rostro más que
lo necesario para que él pudiera sonarse. Y la _chateza_ (pase el
vocablo) del señor Carnicero era tal, que no se circunscribía al reino
de la nariz, sino que daba motivo a que el espectador de su merced
hiciera las suposiciones que vamos a apuntar. Todo el que por primera
vez contemplaba al señor don Felicísimo suponía que su rostro había
sido hecho de barro o pasta muy blanda, y que en el momento en que
el artista le daba la última mano, la máscara se deslizó al suelo,
cayendo de golpe boca abajo, con lo que, aplastada la nariz y la región
propiamente facial, resultó una superficie plana desde la raíz del
cabello hasta la barba. El espectador suponía también que el artista,
viendo cómo había quedado su obra, la encontró graciosa, y echándose a
reír, la dejó en tal manera.
Ahora pongamos el santo en su nicho. A esta máscara chata, de color
de tierra, rugosa y dura, añadamos primero por la parte superior un
gorro negro que hasta el campo de las orejas se encaja y tiene su
coronamiento en una borlita que ora se inclina al lado derecho, ora
al izquierdo. Añadámosle por debajo un corbatín negro, a quien sería
mejor llamar corbatón, tan alto, que por ciertas partes se junta con
el gorro, dejando escapar algunos cabellos rucios, que a hurtadillas
salen a estirarse al aire y a la luz, recordando aún, con tristeza
suma, las grasas olientes que han tenido en el pasado siglo. Desde
los dominios de la corbata, en cuyas paredes metálicas parece hallar
eco la voz de don Felicísimo, pongamos un revuelto oleaje de pliegues
negros, el cual, o no es cosa ninguna, o debe llamarse levitón, más que
por la forma, por el ligero matiz de ala de mosca que en las partes
más usadas se advierte; derivemos de este levitón dos cabos o brazos
que a la mitad se enfundan en manguitos verdes con rayas negras como
los mandiles de los maragatos, y hagamos que de las bocas de esos
manguitos salgan, como vomitadas, unas manos, de las cuales no se ven
sino diez taponcillos de corcho que parecen dedos. El resto de la
persona no puede verse porque lo ponemos detrás de la mesa, la cual
está cubierta de negro hule, que en ciertos sitios pasaría por playa,
a causa de la arenilla que en ella se extiende. Es mesa de camilla, y
una faldamenta verde la tapa toda honestamente, la cual enagua no se
mueve sino cuando el gato entra para enroscarse en la banqueta junto a
los pies de don Felicísimo. Encima de la mesa se ve un Cristo pequeño
atado a la columna, con la espalda en pura llaga y la soga al cuello,
obra de un realismo espantoso y aterrador que se atribuye al célebre
Zarcillo. La escultura está a la derecha y vuelve su rostro dolorido y
acardenalado al don Felicísimo, cual si le pidiera informes y cuentas,
más que de los azotes que le han dado los judíos, de los motivos porque
está en aquella mesa y entre tal balumba de legajos como allí se ven.
Son papeles atados con cintas rojas, paquetes de cartas y algunos
libros de cuentas, cuyas sebosas tapas indican los años que llevan de
servicio. La escribanía es de cobre, pues aunque don Felicísimo posee
algunas de plata, no las usa, y en la que allí está, los dos cántaros
amarillos tienen tinta y arena para seis meses. Las plumas, de puro
mosqueadas, no tienen color, y hay un pisapapeles que es la pezuña de
un cabrón imitada en bronce, y está tan al vivo que no le falta más que
correr.
En aquella mesa escribe casi todo el día el señor Carnicero, a quien
el peso de los años no estorba para seguir trabajando; allí toma su
chocolate macho con bollo maimón; allí come su cocidito con más de
vaca que de carnero, algo de oreja cerdosa y algunas hilachas de jamón
que el tenedor busca entre los garbanzos azafranados; allí duerme la
siesta, echando la cabeza sobre las orejeras del sillón; allí se le
sirve la cena, que empieza invariablemente en migas esponjosas y acaba
en guisado de ternera, todo muy especioso y aromático; allí cuenta el
dinero, que es, según dicen, el más constante de sus visitadores, y se
desliza sin hacer ruido por entre sus dedos alcornoqueños, cual si por
virtud rara también el oro se sometiese a tomar las apariencias del
corcho o del pergamino en aquel imperio del silencio; allí recibe a los
que van a ocuparle, y son por lo general clérigos o frailes, y allí
está cuando entran Jenara, Pipaón y Micaelita.
Era ya de noche. Un gran candil de cuatro mecheros, de los cuales solo
dos estaban encendidos, echaba luz no muy copiosa, que la pantalla
dirigía sobre el pupitre. Al sentir gente, don Felicísimo alzó la
pantalla de cobre, y entonces la claridad le hirió de frente en su cara
plana, que parecía un bajorrelieve gótico roído por los siglos. Pero
esto duró poco tiempo, porque abatiendo la pantalla, volvió la luz a
caer forzosamente sobre los papeles como un estudiante desaplicado a
quien se obliga a no apartar la vista de los libros.
—¡Oh!..., _gratias tibi Domine_... Bendito Pipaón, ¿usted por aquí?
—dijo don Felicísimo con agrado—. ¡Oh! ¿Es Jenarita? La misma que
viste y calza. Sea muy bien venida a esta humilde morada. ¡Cuánto bueno
por aquí!
Y alzando la voz, que era chillona y desapacible, prosiguió:
—Sagrario, Sagrario, ven, mira quién está aquí. Micaelita, di a tu tía
que venga, y de paso da una voz en la cocina para que me traigan la
cena.
Mientras viene doña María del Sagrario, hija del señor don Felicísimo,
demos acerca de este señor las noticias que son necesarias. Llevaba más
de cuarenta años en la profesión de agente de negocios eclesiásticos,
y le había sido tan favorable la fortuna que, según el dicho del
público, estaba _podrido de dinero_. Por los rótulos de los legajos y
papeles que sobre su mesa estaban, podía venirse en conocimiento de la
multiplicidad de asuntos que bajo el dominio de sus talentos agenciales
caían. Contemplaba él con no disimulado embeleso los dichos rótulos,
asemejándose, aunque esté mal la comparación, a un borracho que antes
de beber se deleita leyendo las etiquetas de las botellas. Por un
lado se leía _Subcolecturía de Expolios, Vacantes, Medias Annatas y
Fondo pío beneficial del obispado de León_; por otro, _Santa Iglesia
Metropolitana de Granada_; más allá, _Juzgado ordinario de Capellanías,
Patronatos, Visita Eclesiástica_, etcétera; junto a esto, _Tribunal
de Cruzada_, y al lado, _Racioneros medios patrimoniales de Tarazona,
Arcedianato de Murviedro_ o _Señores Pabordres de Valencia_; al opuesto
extremo, _Agustinos Descalzos_; más lejos, _Reyes Nuevos de Toledo_, o
bien _Nuestra Señora del Favor de Padres Teatinos_.
Preciso es decir que don Felicísimo se había distinguido siempre por
su celo y actividad en despachar los mil y mil asuntos que se le
confiaban. Tomábales cariño, mirándolos como cosa propia, y ponía en
ellos sus cinco sentidos y su alma toda en tal manera que llegó a
identificarse con ellos y a asimilárselos, trayéndolos como a formar
parte de su propia sustancia. Así no había en su larga vida suceso ni
accidente que no se confundiera con cualquier negocio de su lucrativa
profesión, y así jamás contaba cosa alguna sin empezar de este o
parecido modo: _Cuando el señor Vicario Foráneo de Paterna venía a esta
casa_, o bien así: _Cuando me convidó a comer el padre prepósito de
Portaceli_...
Otra afición también muy vehemente, aunque secundaria, reinaba en el
espíritu de nuestro insigne Carnicero: era la afición a los toros,
fiesta que, si no existieran los negocios eclesiásticos, sería para él
cosa punto menos que sagrada. Como ya era tan viejo y no salía ya de
casa, contentábase con hablar de los toros pretéritos, poniéndolo cien
codos más altos que los presentes, y en estas conversaciones también
era común oírle decir: _Cierto día en que Sentimientos y el señor
Rector del Hospital de Convalecencia de Unciones vinieron a buscarme
para ir a ver el encierro_... u otra frase por el estilo.
La cantidad de dinero que don Felicísimo había ganado en tantos años
de actividad, celo y honradez, no era calculable. Hacíanla subir
algunos a un número grande de talegas, otros reducían un poco la cifra;
pero el vulgo y los vecinos juraban que siempre que se daba un golpe
en los tabiques de la casa de Carnicero o en el lienzo de los cuadros
viejos que allí tenía, sonaba un cierto tintineo como de monedas
anacoretas que en todos los huecos y escondrijos habitaban, huyendo
del mundo y sus pompas vanas. Él gastaba poco, tan poco que se había
llegado a hacer la ilusión de que era pobre siendo rico. Contaban que
para ilusionar a los demás en esta materia se negaba con tenacidad
heroica a dar dinero, y ya podían irle con lamentos los menesterosos,
que así les hacía caso como si fueran predicadores moros. Únicamente
se desprendía de alguna cantidad siempre que mediaran garantías y un
módico interés, así como de diez por ciento al mes u otra friolera
semejante.
La casa en que vivía era de su propiedad y estaba toda blanqueada,
sin papeles ni pinturas, con las vigas del techo apanzadas cual toldo
de lienzo. Era de un solo piso alto, antiquísima, y en invierno tenía
condiciones inmejorables para que cuantos entraban en ella se hicieran
cargo de cómo es la Siberia. Había sido edificada en los tiempos en
que la calle del Duque de Alba se llamaba _de la Emperatriz_, y ya,
con tan largos servicios, no podía disimular las ganas que tenía de
reposarse en el suelo, soltando el peso del techo, estirándose de
tabiques y paredes para sepultar su cornisa en el sótano y rascarse
con las tejas de su cabeza los entumecidos pies de sus cimientos. Pero
don Felicísimo, que no consentía que su casa viviera menos que él, la
apuntaló toda, y así, desde el portal se encontraban fuertes vigas
que daban el _quién vive_. La escalera, que partía de menguados arcos
de yeso, también tenía dos o tres muletas, y los escalones se echaban
de un lado como si quisieran dormir la siesta. Arriba los pisos eran
tales, que una naranja tirada en ellos hubiera estado rodando una
hora antes de encontrar sitio en que pararse, y por los pasillos era
necesario ir con tiento, so pena de tropezar con algún poste que estaba
de centinela como un suizo, con orden de no permitir que el techo se
cayera mientras él estuviese allí.
Don Felicísimo era toledano, no se sabe a punto fijo si de Tembleque
o de Turleque, o de Manzaneque, que los biógrafos no están acordes
todavía. Estuvo casado con doña María del Sagrario Tablajero, de la que
nacieron Mariquita del Sagrario y Leocadia. De esta, que casó pronto y
mal con un tratante en ganado de cerda, nació Micaelita, que se quedó
huérfana de padre y madre a los seis años. Esta Micaelita era, pues,
heredera universal del señor don Felicísimo, circunstancia que, a pesar
de su escasa belleza, debía hacer de ella un partido apetitoso. Sin
embargo, habiendo tenido en sus quince años ciertos devaneos precoces
con un muchacho de la vecindad, quedó muy mal parada su honra. El
mancebo se fue a las Américas; don Felicísimo enfermó del disgusto;
doña María del Sagrario, tía de la joven, enfermó también; divulgose el
caso, salió mal que bien de su paso Micaelita, y ya no hubo galán que
la pretendiera. Cuentan los cronistas toledanos que desde entonces se
arraigó en Micaelita la piadosa costumbre de reservar un padrenuestro
para todas las ocasiones apuradas en que se encontrase.
Pasados algunos años, la situación de la joven había cambiado: su
carácter, agriándose en extremo, hacíala menos simpática aún de lo que
realmente era. Su abuelo, que entrañablemente la amaba, permitíale
frecuentar la sociedad y gastar algo en tocados y ropas de moda. Ella
quería borrar su mancha; pero no lo podía conseguir, careciendo de
aquellas prendas que fácilmente inspiran el perdón o el olvido. Lo
singular es que a su mal genio unía un cierto orgullito, sobremanera
repulsivo, y que sin duda nacía de su seguridad de enriquecer
considerablemente al fallecimiento del abuelo.
Todas las noches del año, en el de 1831, luego que don Felicísimo,
con un mediano vaso de vino, echaba la rúbrica a su cena (frase de
don Felicísimo), se levantaba de aquella especie de trono, y tomando
con su propia mano el candil de cuatro mecheros, dirigíase a la sala,
donde ya doña María del Sagrario había encendido una lámpara de las
llamadas de _Monsieur Quinquet_, y allí se encontraba a varios amigos
que se reunían en amena tertulia. La estancia era como una gran sala
de capítulo conventual; pero estaba blanqueada, sin más adorno que un
gran cuadro del Purgatorio, donde ardían hasta diez docenas de ánimas.
Dos cortinas de sarga, cuya amarillez declaraba haber sido verde,
cubrían los balcones, y por las cuatro paredes se enfilaban en batería
tres docenas de sillas de caoba con el respaldo tieso y el asiento
durísimo. Cuatro sillones de claveteado cuero, contemporáneo del cuadro
de las Ánimas del Purgatorio, si no del Purgatorio mismo, servían para
la comodidad relativa; una urna con imagen vestida servía para la
devoción, y una mesa que parecía pila bautismal, para que dieran golpes
sobre ella los de la tertulia. Don Felicísimo entraba diciendo: _Pax
vobis_, y después saludaba sucesivamente a sus amigos.
—Buenas noches, Elías, ¿cómo te va?... Señor conde de Negri, buenas
noches... Buenas noches, señor don Rafael Maroto.