Mientras que esto pasaba en casa del vendedor de encajes, doña Jenara y
Pipaón andaban atortolados por el ningún éxito de sus averiguaciones,
y los días iban pasando y la sombra o fantasma que ambos perseguían se
les escapaba de las manos cuando creían tenerla segura. El terrible
_democracio_ albergado en la Trinidad resultó ser el más inocente y el
más calavera de todos, hombre que jamás haría nada de provecho fuera
de las hazañas en el glorioso campo del arte; gran poeta que pronto
había de señalarse cantando dolores y melancolías desgarradoras. No
sabiendo cómo lo recibiría la Superintendencia, acogiose a los frailes
trinitarios por indicación de Vega, que en aquella casa cumplió seis
años antes su condena, cuando el desastre _numantino_. Influencias de
su familia y amigos le consiguieron pronto el indulto, y decidido a
ser en lo sucesivo todo lo juicioso que su índole de poeta permitiera,
solicitó una plaza en la Guardia de la Real Persona, que le fue
concedida más adelante.
Bretón, desesperado por las horribles trabas del teatro, marchó a
Sevilla con Grimaldi, autor de la _Pata de cabra_. Vega, que luchaba
con la pobreza y era muy perezoso para escribir, quería hacerse cómico
y aun llegó a ajustarse en la compañía de Grimaldi. Considerando esto
los amigos como una deshonra, pusieron el grito en el cielo; pero como
los lamentos no podían sacar al poeta de sus apuros, fue preciso echar
un guante para rescatarle, por haber cobrado con anticipación parte
del sueldo de galán joven. Grimaldi era un empresario hábil que sabía
elegir la gente, y en su memorable excursión por Cádiz y Sevilla, dio
a conocer como actriz de grandísima precocidad a una niña llamada
Matilde, que a los doce años hacía la protagonista de _La huérfana de
Bruselas_ con extraordinario primor.
En Madrid, después de la marcha de Grimaldi, el teatro se alimentaba
de traducciones. Algunas de estas fueron hechas por un muchacho
carpintero, de modestia suma y apellido impronunciable. Era hijo de un
alemán, y hacía sillas y dramas. Fue el primero que acometió en gran
escala la restauración del teatro nacional, para sacar al gran Lope
del polvoriento rincón en que Moratín y los clásicos le habían puesto,
juntamente con los demás inmortales del siglo de oro. El infeliz
ebanista, que no podía ver representadas sus obras originales, traducía
a Voltaire y a Alfieri, refundía a Rojas y al buen Moreto. Pero su mala
estrella no le permitió abrirse camino ni hacer resonar su nombre en la
república literaria. Pocos años después, la víspera del estreno de su
gran obra original, que le llevó de un golpe a las alturas de la fama,
el lenguaraz satírico de la época, el malhumorado y bilioso escritor
a quien ya conocemos, decía: «Pues si el autor es sillero, la obra
debe de tener mucha paja». El enrevesado nombre del ebanista nacido de
alemán y criado en un taller, fue, desde que se conocieron _Los amantes
de Teruel_, uno de los más gloriosos que España tuvo y tiene en el
siglo que corre.
Y el satírico seguía satirizando en la época a que nos referimos
(1831); mas con poca fortuna todavía, y sin anunciar con sus escritos
lo que más tarde fue. Se había casado a los veinte años, y su vida no
era un modelo de arreglo ni de paz doméstica. Recibió protección de
don Manuel Fernández Varela, a quien se debe llamar _El Magnífico_
por serlo en todas sus acciones. Su corazón generoso, su amor a la
esplendidez, a las artes, a las letras, a todo lo noble y antivulgar,
su trato cortesano, las cuantiosas rentas de que dispuso, hacían de él
un verdadero prócer, un Mecenas, un magnate, superior por mil conceptos
a los estirados e ignorantes señorones de su época, a los rutinarios
y suspicaces ministros. Era la figura del señor Varela arrogante y
simpática, su habla afabilísima y galante, sus modales muy finos.
Vestía con magnificencia, y adornaba el severo vestido sacerdotal con
pieles y rasos tan artísticamente, que parecía una figura de otras
edades. En su mesa se comía mejor que en ninguna otra, de lo que fueron
testimonio dos célebres gastrónomos a quienes convidó y obsequió
mucho. El uno se llamaba Aguado, marqués de las Marismas, y el otro
Rossini, no ya marqués, sino príncipe y emperador de la Música.
El señor Varela protegió a mucha y diversa gente, distinguiendo
especialmente a sus paisanos los gallegos; fundó colegios, desecó
lagunas, erigió la estatua de Cervantes que está en la plazuela de las
Cortes, ayudó a Larra, a Espronceda y dio a conocer a Pastor Díaz.
Cuando vino Rossini en marzo de aquel año, le encargó una misa. Rossini
no quería componer misas... «Pues un _Stabat Mater_», le dijo Varela.
El maestro compuso en aquellos días el primer número de su gran obra
religiosa que parece dramática. El resto lo envió desde el extranjero.
Cuentan que Varela le pagó bien.
Algunos números del célebre _Stabat_ se estrenaron aquella Semana
Santa en San Felipe el Real, dirigidos por el mismo Rossini, y hubo
tantas apreturas en la iglesia, que muchos recibieron magulladuras y
contusiones, y se asfixiaron dos o tres personas en medio del tumulto.
Rossini fue obsequiado, como es de suponer, atendida su gran fama.
Tenía próximamente cuarenta años, buena figura, y su hermosa cara, un
poco napoleónica, revelaba, más que el estro músico y el aire de la
familia de Orfeo, su afición al epigrama y a los buenos platos.
Habiendo recibido en un mismo día dos invitaciones a comer, una del
señor Varela y otra de un grande de España, prefirió la del primero.
Preguntada la causa de esta preferencia, respondió:
—Porque en ninguna parte se come mejor que en casa de los curas.
En efecto: la mesa de este generoso y espléndido sacerdote era la mejor
de Madrid. A sus salones de la plazuela de Barajas concurría gente muy
escogida, no faltando en ellos damas elegantes y hermosas, porque,
a decir verdad, el señor Varela no estaba por el ascetismo en esta
materia.
Pero allí la opulencia del señor y su misma gravedad de eclesiástico
no permitían la confianza y esparcimientos de otras tertulias. La de
Cambronero, por el contrario, era de las más agradables y divertidas
dentro de los límites de la decencia más refinada.
Era el señor don Manuel María Cambronero varón dignísimo, de altas
prendas y crédito inmenso como abogado. Durante muchos años no tuvo
rival en el foro de Madrid, y todos los grandes negocios de la
aristocracia estaban a su cargo. Fue en su época lo que posteriormente
Pérez Hernández y más tarde Cortina. Su señora era castellana vieja,
algo chapada a la antigua, y sus hijos siguieron diversos destinos y
carreras. Uno de ellos, don José, casó por aquellos años con Doloritas
Armijo, guapísima muchacha, cuyo nombre parece que no viene al caso en
esta relación, y, sin embargo, está aquí muy en su lugar.
El primer pasante de Cambronero era un joven llamado Juan Bautista
Alonso, a quien el insigne letrado tomó gran cariño, legándole al
morir sus negocios y su rica biblioteca. Alonso, que más tarde fue
también abogado eminente, político y filósofo de nota, tuvo en su
mocedad aficiones de poeta, y, por tanto, amistad con todos los poetas
y literatos jóvenes de la época. Él fue, pues, quien introdujo en las
agradabilísimas y honestas tertulias de Cambronero a Vega, Espronceda,
Felipe Pardo, Juanito Pezuela, y, por último, al misántropo, al que ya
se llamaba con poca fortuna _Duende satírico_, y más tarde se había
de llamar _Pobrecito hablador_, _Bachiller Pérez de Murguía_, _Andrés
Niporesas_, y, finalmente, _Fígaro_.
El entrometido Pipaón iba también a casa de Cambronero. Jenara, sin que
se supiese la causa, había disminuido considerablemente sus tertulias;
recibía poquísima gente, y solo daba convites en muy contados días. En
cambio, frecuentaba la tertulia de Cambronero, donde hallaba casi todo
el contingente de la suya, y además otras personas que no había tratado
hasta entonces; tales como don Ángel Iznardi, don José Rives, don Juan
Bautista Erro, el conde de Negri y otros varios.
También se veía por allí al joven Olózaga, pasante, como Alonso, en el
bufete de Cambronero, si bien menos asiduo en el trabajo. Desde los
principios del año andaba Salustiano tan distraído, que no parecía el
mismo. Iba a las reuniones como por compromiso o por temor de que al
echarse de menos su persona, se le creyese empeñado en conspiraciones
políticas. Su mismo padre, don Celestino, se quejaba de sus frecuentes
ausencias de la casa. Tal conducta no podía atribuirse sino a dos
motivos: política o amores. La familia y los conocidos, inclinándose
siempre a lo menos peligroso, presumían que Salustiano andaba
enamorado. Su buena figura, su elocuencia, sus distinguidos modales,
la misma exaltación de sus ideas políticas y otras prendas de mucha
estima, dándole desde su tierna juventud gran favor entre las damas,
justificaban aquella idea.
De repente, Jenara dejó de asistir también con puntualidad a las
tertulias. El público, que todo lo quiere explicar según su especial
modo de ver, comentó aquellas ausencias con cierta malignidad, y
hasta hubo quien hablara de fuga al extranjero en busca de apartadas
y placenteras soledades, propicias al amor. Se daban pormenores, se
referían entrevistas, se repetían frases, y, sin embargo, todo esto y
lo demás que se dijo y que no es para contado, era un castillo aéreo
levantado por las delicadas manos de la chismografía. Pero acontece
que tales obras, con ser de aire, son mucho más fáciles de levantar
que de destruir, y aquella iba tomando consistencia de día en día y
alzándose más, y engalanándose con torreones de epigramas y chapiteles
de calumnias.