En la tienda, don Benigno preguntó con gran interés a su amigo por el
resultado de la conferencia que con Sola había tenido.
—Muy bien —dijo Alelí—, admirablemente bien.
Después se quedó perplejo, con los ojos fijos en el suelo y el dedo
sobre el labio, como revolviendo en el caótico montón de sus recuerdos;
y al cabo de tantas meditaciones, habló así:
—Pues, hijo, ahora caigo en que no llegué a decirle lo más importante,
porque me acometió un sueño tal, que no lo hubiera podido vencer aunque
me echaran encima un jarro de agua fría... Ya la tenía preparada; ya,
si no me engaño, había ella comprendido el objeto de mi discurso, y
manifestaba un gran contento por la felicidad que Dios le depara,
cuando... Yo no sé sino que me desperté en la oscuridad de tu comedor,
que parece la boca de un lobo... Y qué quieres, hijo..., lo demás
puedes decírselo tú, o se lo diré yo mañana. Quédate con Dios y con la
Virgen.
Marchose Alelí, y don Benigno se quedó muy contrariado y ofendido de la
poca destreza de su amigo. Juró no volver a confiar misiones delicadas
a un viejo decrépito y medio lelo, y al mismo tiempo se sentía él muy
cobarde para desempeñar por sí mismo el papel que había confiado al
otro. Cuando subió, después de cerrar la tienda, en compañía de Juan
Jacobo, que había entrado de la calle con un chichón en la frente, dijo
a Sola:
—Ya estoy convencido de que ese estafermo de Alelí es el bobo de
Coria... Apreciabilísima _Hormiga_, quisiera hablar con usted...
—¿Hablar conmigo?... Ahora mismo; ya escucho —dijo ella, sonriendo de
tal modo que a Cordero se le encandilaron los ojos.
Pero en el mismo instante le acometió la timidez de tal modo, que no se
atrevió a decir lo que decir quería, y solo balbució estas palabras:
—Es que conviene ponerle a este enemigo una venda y dos cuartos sobre
el chichón, que es el mejor medio de curarlo.
Aquella noche don Benigno estuvo muy triste y se pasó algunas horas en
su cuarto, sin leer a Rousseau, aunque bien se le acordaba aquel pasaje
del libro quinto del _Emilio_:
«Emilio es hombre, Sofía es mujer... Sofía no enamora al primer golpe
de vista, pero agrada más cada día. Sus encantos se van manifestando
por grados en la intimidad del trato. Su educación no es ni brillante
ni estrecha. Tiene gusto sin estudio, talento sin arte, y criterio
sin erudición... La desconformidad de los matrimonios no nace de la
edad, sino del carácter...».
Y luego añadía, alterando un poco el texto:
«Sofía había leído el _Telémaco_, y estaba prendada de él; pero ya
su tierno corazón ha cambiado de objeto y palpita por el buen Mentor».
Después Cordero se reía de sí mismo y de su timidez, haciendo juramento
de vencerla al día siguiente, pues lo que él sentía era un afecto
decoroso, un sentimiento de gratitud y de respeto, y no pasión ni
capricho de mozalbete.
Al día siguiente, Sola mostraba excelente humor que rayaba en festivo,
lo que dio muy buena espina al héroe de Boteros. Canturreaba entre
dientes, cosa que no hacía todos los días, y en su cara se notaba
animación, si bien podía observarse que tenía los ojos algo encendidos.
Sin duda había visto y aceptado la posibilidad de un destino nuevo,
honrado y honroso en extremo, y se complacía en él, creyéndolo
dispuesto por Dios con extraordinaria sabiduría. Pero si no se entra
en la vida sin llanto, también parece natural que no se entre en
las felicidades nuevas sin algo de lágrimas. Los nuevos estados,
aunque sean muy buenos y hermosos, no siempre seducen tanto que hagan
aborrecible la situación vieja por detestable que haya sido. De aquí
venía, sin duda, el que estando de tan buen humor, tuviese en lo
encendido de sus ojos el testimonio de haber lloriqueado algo.
O quizás la alegría que mostraba venía más bien de la voluntad que
del corazón, como si su espíritu, tan hecho a la observancia de los
deberes, hubiese resuelto que convenía estar alegre. La razón sin duda
lo mandaba así, y la razón iba siendo la señora de ella... No hay más
sino que se dominaba maravillosamente, y lograba alcanzar tan grande
victoria sobre sí misma, que era al fin, si es permitido decirlo así,
un producto humano de todas las ideas razonables, una conciencia puesta
en acción.
Su protector le dijo que aquella tarde se verían los dos en su cuarto
para hablar a solas. El héroe se atrevía al fin. Prometió ella ser
puntual, y esperó la hora. Pero Dios, que sin duda por móviles
altísimos o inexplicables quería estorbar los honestos impulsos del
héroe, dispuso las cosas de otra manera. Ya se sabe lo que significan
todas las voluntades humanas cuando _Él_ quiere imponer la suya.
Sucedió que poco antes de la hora de comer, Juanito Jacobo, todavía
vendado por los chichones del día anterior, andaba enredando con una
pelota. Trabáronse de palabras él y su hermano Rafaelito sobre a quién
pertenecía el tal juguete. Hay indicios y aun antecedentes jurídicos
para creer que el verdadero propietario era el pequeñuelo, y así debió
sentirlo en su conciencia Rafael; que tanto imperio tiene la justicia
en la conciencia humana aunque sea conciencia en agraz.
Pero de reconocerlo en la conciencia a declararlo, hay gran distancia,
y si tal distancia no existiera, no habría abogados ni curiales en el
mundo. Por eso Rafael, no sintiéndose bastante egoísta para apandar
la pelota, ni bastante generoso para dejársela a su rival, hizo lo
que suelen hacer los chicos en estas contiendas, es a saber; cogió la
pelota y la arrojó a lo alto del armario del comedor, donde no podría
ser alcanzada ni por uno ni por otro.
¡Valiente hazaña la de Rafaelito!... Pero el pequeño Hércules no
había nacido para retroceder ante contrariedades tan tontas. ¡Bonito
genio tenía él para acobardarse porque el techo esté más alto que el
suelo!... Arrastró el sillón hasta acercarlo al armario; puso sobre
el sillón una silla, sobre la silla una banqueta, y ya trepaba él por
aquella frágil torre, cuando esta se vino al suelo con estruendo, y
rodó el chico y se abrió la cabeza contra una de las patas de la mesa.
El laberinto que se armó en la casa no es para descrito. Salió don
Benigno, acudió Sola, puso el grito en el cielo Crucita, ladraron todos
los perros, maldijo la criada todas las pelotas habidas y por haber,
lloró Rafael, gimieron sus hermanos, y el herido fue alzado del suelo
sin conocimiento. Pronto volvió en sí, y la descalabradura no parecía
grave, gracias a la mucha sangre que salió de aquella cabezota. En
tanto que Sola batía aceite con vino, y la criada, partidaria de otro
sistema, mascaba romero para hacer un emplasto, doña Crucita, que en
todas estas ocasiones se remontaba siempre al origen de los conflictos,
repartía una zurribanda general entre los muchachos mayores,
azotándoles sin piedad uno tras otro. Los perros seguían chillando, y
hasta la cotorra tuvo algo que decir acerca de tan memorable suceso.
Toda la tarde duró la agitación y nadie tuvo ganas de comer, porque el
muchacho padecía bastante con su herida. Vino el médico y dijo que, sin
ser grave, la herida era penosa y exigía mucho cuidado. No hubo, pues,
conferencia entre Cordero y Sola, porque la ocasión no era propicia.
Por la noche Juanito Jacobo se durmió sosegadamente. Sola, que en la
misma pieza puso su cama, estaba alerta vigilando al enfermito. Ya muy
tarde se despertó este intranquilo, calenturiento, pidiendo de beber y
quejándose de dolores en todo el cuerpo. Sola se arrojó del lecho medio
vestida, y echándose un mantón sobre los hombros salió para llamar
a la criada. Levantose esta, y entre las dos prepararon medicinas,
encendieron la lumbre, fueron y vinieron por los helados pasillos. A la
madrugada, cuando el chico se durmió, al parecer sosegado y repuesto,
Sola sintió un frío intensísimo con bruscas alternativas de calor
sofocante. Arrojose en su lecho y al punto sintió una postración tan
grande que su cuerpo parecía de plomo. La respiración érale a cada
instante más difícil, y no podía resistir el agudo dolor de las sienes.
La tos seca y profunda añadía una molestia más a tantas molestias, y en
su costado derecho le habían seguramente clavado un gran clavo, pues no
otra cosa parecía la insufrible punzada que la atormentaba en aquella
parte.
La criada, que al punto conoció lo grave de tales síntomas, quiso
llamar a don Benigno y a Crucita; pero Sola no consintió que se les
molestara por ella. Era la madrugada. Mientras llegaba el día, la
alcarreña preparó no sé cuántos sudoríficos y emolientes, sin resultado
satisfactorio. Al fin, cuando daban las siete, Crucita dejó las ociosas
plumas, y enterada de lo que pasaba, reprendió a la enferma por haberse
puesto mala voluntariamente; que no otra cosa significaba el haber
tomado aires colados, hallándose, como se hallaba desde hace días, con
un catarro más que regular. La avinagrada señora echó por la boca mil
prescripciones higiénicas para evitar los enfriamientos, y otros tantos
anatemas contra las personas que no se cuidaban. Cuando Cordero se
levantó, Crucita, que gozaba en anunciar los sucesos poco gratos, fue a
su encuentro y le dijo:
—Ya tenemos otro enfermo en campaña. Sola se ha puesto muy mala.
—¿Qué tiene? —dijo el héroe con repentino dolor, como presagiando una
gran desgracia.
—Pues una pulmonía fulminante.
Si lo partiera un rayo, no se quedara don Benigno más tieso, más mudo,
más parado, más muerto que en aquel momento estaba. Creía ver su dicha
futura, sus risueños proyectos desplomándose como un castillo de naipes
al traidor soplo del Guadarrama.
—Veámosla —dijo recobrando la esperanza; y corrió a la alcoba.
Sola le miró con cariñosos y agradecidos ojos. Quiso hablarle, y
la violenta tos se lo impedía. Nada pudo decir don Benigno, porque
indudablemente el corazón se le había partido en dos pedazos, y uno de
estos se le había subido a la garganta. Al fin hizo un esfuerzo, quiso
llenarle de optimismo, y echó una forzada sonrisa diciendo:
—Eso no será nada. Veamos el pulso.
¡Ay!, el pulso era tal que Cordero, en la exaltación de su miedo, creyó
que dentro de las venas de Sola había un caballo que relinchaba.
—Que venga don Pedro Castelló, el médico de Su Majestad —dijo sin poder
contener su alarma—. Que vengan todos los médicos de Madrid... Veamos,
apreciable _Hormiga_: ¿desde cuándo se sintió usted mal?
—Desde ayer tarde —pudo contestar la joven.
—¡Y no había dicho nada!... ¡Qué crueldad consigo mismo y con los demás!
—¡Ya se ve..., no dice nada!... —vociferó Crucita—. ¡Bien merecido
le está!... ¿Hase visto terquedad semejante? Esta es de las que se
morirán sin quejarse... ¿Por qué no se acostó ayer tarde, por qué?
¡Bendito de Dios, qué mujer! Si ella tuviese por costumbre, como es su
deber, consultarme, yo le habría aconsejado anoche que tomara un buen
tazón de flor de malva con unas gotas de aguardiente... Pero ella se
lo hace todo y ella se lo sabe todo... Silencio, Otelo... Vete fuera,
Mortimer... No ladres, Blanquillo.
Y en tanto que su hermana imponía silencio al ejército perruno, el
atribulado don Benigno elevaba el pensamiento a Dios Todopoderoso
pidiéndole misericordia.
Sin pérdida de tiempo hizo venir al médico de la casa, y a todos los
médicos célebres, precedidos por don Pedro Castelló, que era la primera
de las celebridades.