Sola corrió a buscar el despertador, y a su vuelta encontró al pobre
religioso más que medianamente dormido, la cabeza inclinada a un lado,
la boca entreabierta, roncando como un viejo y sonriendo como un niño.
No quiso despertarle, aunque tenía curiosidad por saber en qué pararía
aquel asunto del casamiento de su protector. Sospechaba la intención
del fraile y todo el intríngulis de aquella conferencia cortada por el
sueño, y se reía interiormente, considerando los rodeos y la timidez de
su protector.
Acomodó la cabeza del anciano en la almohada, le puso una manta en
las piernas para que no se enfriase, y le dejó dormir. Sentada en una
silla al pie de _La Creación_, le miró mucho, cual si en el semblante
frailesco estuvieran estampadas y legibles las palabras que Alelí había
dicho y las que no había tenido tiempo de decir. Profundo silencio
reinaba en el comedor. Oíase, sin embargo, el paseo igual y sereno de
la péndula y un roncar lejano, profundo, que tenía algo de la trompa
épica, y era la melopea del sueño de doña Crucita, cantada en tonante
estilo por sus órganos respiratorios. Los del reverendo Alelí no
tardaron en unir su voz a la que de la alcoba venía, y sonando primero
en aflautados preludios, después en rotundos períodos, llegaron a
concertarse tan bien con la otra música, que no parecía sino que el
mismo Haydn había andado en ello.
Entre las dos ventanas de la pieza, que recibían de un patio la poca
luz de que este podía disponer, había un armario lleno de loza fina,
tan bien dispuesta, que bastaba una ojeada para enterarse de las
distintas piezas allí guardadas. Las copas, puestas en fila y boca
abajo, sustentando cada cual una naranja, parecían enanos con turbante
amarillos. En todas las tablas, las cenefas de papel recortado caían
graciosamente formando picos como un encaje, y de este modo los
arabescos de la loza tenían mayor realce. Algunas cafeteras y jarras
echaban hacia fuera sus picos como aves que, después de tomar agua,
estiran el cuello para tragarla mejor, y las redondas soperas se
estaban muy quietas sobre su plato, como gallinas que sacan pollos. En
el chinesco juego de té que regalaron a don Benigno el día de su santo,
las tacitas puestas en círculo, semejando la empolladura recién salida
y piando junto a la madre. Un alto y descomedido botellón, cuya boca
figuraba la de un animalejo, era el rey de toda aquella muchedumbre
porcelanesca; diríase que amenazaba a las piezas vasallas con cierta
ley escrita en el fondo de una fuente. Era un letrero dorado que decía:
«Me soy de Benigno Cordero de Paz. Año de 1827».
Junto al armario había una silla de tijera, en la cual estaba Sola
con los brazos cruzados. Miraba a Alelí, a la lámpara de cuatro
brazos, a _La Creación_, al monumento de Toledo y al suelo cubierto
de estera común. También fue objeto de sus miradas el aguamanil, cuya
llavecita, un poco desgastada, dejaba caer una gota de agua a cada diez
oscilaciones de la péndula. La caja de latón en que estaba el agua
tenía pintado un pajarillo picando una flor, con tan desdichado arte,
que más bien parecía que la flor se comía al ave. También miraba Sola
al techo, donde había cuatro ligeras manchas de humo, correspondientes
a los cuatro _quinquets_ de cada uno de los brazos de la lámpara. Tales
manchas eran las únicas nubes que empañaban el azul de aquel cielo de
yeso, que en verano se estrellaba de moscas.
A todas estas partes dirigía la joven sus ojos, cual si estuviese
buscando sus pensamientos perdidos y desparramados por la estancia.
Creeríase que habían salido a holgar, volando como mariposas a
distintos parajes, y que su dueña los iba recogiendo uno a uno, o dos a
dos, para traerlos a casa y someterlos al yugo del raciocinio.
Y así era en efecto. Ella tenía que concertar algo en su cabeza y
discurrir. Convidábanla a ello la soledad en que estaba y la suave
sombra que empezaba a ocupar el comedor, dominando primero los ángulos,
el techo, y extendiéndose poco a poco y avanzando un paso al compás de
los que daba la péndula. Las voces, o dígase ronquidos, se apagaron
un momento, cual si los músicos que las producían descansasen para
tomar más fuerza. La de doña Crucita empezó luego a crecer, a crecer,
desafiando a la del padre Alelí. La de este sonaba entonces en el
registro del caramillo pastoril, y parecía convidar a la égloga con su
gorjeo cariñoso.
Y en tanto, el murmullo de Crucita se tornaba de llamativo en
provocador y de provocador en insolente, cual si decir quisiera: «en
esta casa nadie ronca más que yo».
Indudablemente Sola discurría con muy buen juicio en medio de estas
músicas. Pensaba que era un disparate vivir tanto tiempo en un mundo
quimérico. La edad avanzaba; la juventud, aunque todavía rozagante y
lozana en ella, había dejado ya atrás una buena parte de sí misma.
Su vida marchaba ya muy cerca de aquel límite en que están la razón
y la prudencia, las posibilidades y las prosas, de tal modo que las
ilusiones se iban quedando atrás envueltas en brumas de recuerdos,
mal iluminados por la luz vespertina de esperanzas desvanecidas.
La fantasía se cansaba de su trabajo estéril, de aquella fatigosa
edificación de castillos llevados del viento y descompuestos en aire
como las bovedillas de la espuma, que no son más que juegos del jabón,
transformándose por un instante en pedrería de mil matices. Llegaba
doña _Sola y Monda_ a la edad en que parece verificarse en la mente
un despejo de todas las jugueterías y figuraciones que traemos de
la niñez, y queda aquel aposento de nuestro espíritu limpio de las
telarañas, que parecen tapices por capricho de la luz filtrada.
El sentimiento de la realidad empezaba a hacer en ella su tardía y
radical conquista, y así sentía la imposición ineludible de ciertas
ideas. ¿Cómo vivir más tiempo por y para un fantasma? ¿Cómo subordinar
toda la existencia a lo que tal vez no tenía ya existencia real, o
si la tenía estaba tan distante que su alejamiento equivalía al no
existir? ¿No podía suceder que, sin quererlo ella misma, se destruyesen
en su alma ciertos afectos, y que de las ruinas de estos nacieran otros
con menos intensidad y lozanía, pero con más condiciones de realidad y
firmeza?
Tan abstraída estaba, que no advirtió cuán bravamente aceptaba la voz
del padre Alelí el reto de los lejanos bramidos de doña Crucita, y
dejando el tono pastoril, iba aumentando en intensidad sonora hasta
llegar a un toque de clarines que habrían infundido ideas belicosas
a todo aquel que los oyera. Los cañones respiratorios del reverendo
decían seguramente en su enérgico lenguaje: «cuando yo ronco en esta
casa, nadie me levanta el gallo». Acobardada y humillada por tan
marcial alboroto, doña Crucita se recogió y se fue aplacando, hasta que
su música no fue más que un murmullo como el de los perezosos beatos
que rezan dentro de una vasta catedral, y luego se cambió en el sollozo
de las hojas de otoño arrancadas por el viento y bailando con él.
A su vez, el victorioso ronquido de Alelí remedó el fagot de un coro de
frailes, y después dejo oír varias notas vagas, suspironas, fugitivas,
como los murmullos del órgano cuando el organista pasa los dedos sobre
el teclado en tanto que el oficiante le da con sus preces la señal de
empezar. La música roncadora se había hecho triste, coincidiendo con la
oscuridad casi completa que llenaba la pieza.
Pero el alma de doña _Sola y Monda_ no estaba triste. Había echado una
mirada al porvenir y lo había visto placentero, tranquilo, honroso
y honrado. Su corazón, al declararse vencido por las realidades
un poco brutales, como conquistadoras que eran, no estaba vacío
de sentimientos, antes bien se llenaba de los afectos más puros,
más delicados, más nobles. La vida nueva que se le ofrecía, debía
inaugurarse, eso sí, con un poco de tristeza; pero ¡cuánta dignidad
en aquella nueva vida!, ¡qué hermoso realce en la personalidad!,
¡qué ocasión para mostrar los más nobles sentimientos, tales como la
abnegación, la constancia, la fidelidad, el trabajo!, ¡qué ocasión
para perfeccionarse constantemente y ser cada día mejor, realizando el
bien en todas las formas posibles y gozando en el sostenimiento de esa
deliciosa carga que se llama el deber!
¿Pero qué estruendo, qué fragor temeroso era aquel que Sola sentía
tan cerca y que interrumpía sus discretos pensamientos en lo mejor de
ellos? Sonaban ya sin duda las trompetas del Juicio final, pues no de
otro modo debían llamarse los destemplados y altísonos ronquidos de
Crucita y el padre Alelí. Los de este se detuvieron bruscamente, cual
si fuera a despertar, y oyose su voz que entre sueños decía:
—Vete, vete de mi celda, terrible _democracio_... ¿Qué buscas aquí?
¿a qué vienes a España y a Madrid, si no es a que te ahorquen?...
¡Vuélvete a la emigración de donde jamás debiste salir!...
¡Conspirador..., vagabundo!
Doña _Sola y Monda_ se acercó al fraile para oír mejor lo que entre
dientes seguía diciendo.
Alelí extendió los brazos, quedándose un buen rato como un crucifijo en
sabroso estiramiento de músculos, y con voz clara y entera dijo así:
—Esproncedilla..., busca-ruidos..., mequetrefe, no me comprometas...,
vete de mi celda.
Sola se acercó y le tomó una mano.
—¿Pero qué osscuridad es esta? ¿En dónde estoy?
—¡Vaya un modo de dormir y de disparatar! —replicó Sola riendo.
—¿Pues qué, he dormido yo?... Si no he hecho más que aletargarme un
instante, cinco minutos todo lo más... Vaya, que se pone pronto el sol
en esta dichosa casa... Chiquilla, dame mi sombrero, que me voy.
—Primero voy a traer luz —dijo la _Hormiga_ saliendo.
Al poco rato volvió con una lámpara, cuyos rayos ofendieron la vista
del fraile.
—Yo creí que ya habían empezado a crecer los días... ¿Qué hora es? Las
cinco y media... Lo dicho, dicho, querida señorita... ¿Reflexionarás en
lo que te he manifestado?
—¿Pues qué he de hacer sino reflexionar?
—¿Y comprenderás que se te entra por las puertas la fortuna, y que vas
a ser la más dichosa de las mujeres?
—Pues claro que sí.
—¡Bendita seas tú y bendito quien te trajo a esta casa! —exclamó Alelí
con acento muy evangélico.
Abriose con no poco estrépito la puerta del comedor, y apareció Crucita
de malísimo talante, diciendo:
—No he podido pegar los ojos en toda la tarde con la dichosa
conversación de la niña y el fraile.
—Quita allá, _Cruz del Mal Ladrón_ —replicó Alelí—. Lo que ha sido
es que con la trompeta de tus roncamientos no me has dejado a mí
descabezar un mal sueño.
—Sí, porque a fe que el padrito toca algún cascabelillo sordo cuando
duerme... Me habéis tenido toda la tarde despabilada como un lince,
primero con la charla de sus mercedes y luego con los piporrazos de su
reverencia... ¡Qué importunidad, Santo Dios! Busque usted un momento de
tranquilidad en esta casa.
—Cállate, _serpiente del Paraíso_, que así guardas silencio dormida
como despierta, y no hables de eso, que el que más y el que menos,
todos, todos repicamos, y abur.
Echáronse a reír Sola y el fraile, y al fin también se rio un poco
Crucita, pues su genio arisco también tenía flores de cuando en cuando,
si bien estas eran como las plantas marinas, que están en el fondo y
casi siempre en el fondo mueren.