—¡Barástolis!, que estamos enterados —dijo Cordero comiéndose las
últimas almendras del postre.
Pero el famoso Alelí no paró mientes en estas palabras, y empezó a
rezar en acción de gracias por la comida. Poco después se habían
levantado los manteles, y los muchachos, bien fregoteadas las manos y
la boca, tornaron a la escuela. Don Benigno, que acostumbraba dormir
muy breve siesta, la suprimió aquel día y bajó sin demora a la tienda,
porque la comida había sido más larga que de ordinario. Doña Crucita,
que no podía pasarse sin su regalado sueño de dos o tres horas, se fue
a su cuarto, llevando en un plato las golosinas con que solía obsequiar
en tal hora a sus queridas alimañas, y tras ella se fue Juan Jacobo,
con el sombrero del padre Alelí encajado en la cabeza hasta tocar los
hombros, y en la mano un látigo que él mismo había hecho con una orilla
de paño amarrada al mango roto de un molinillo de chocolate. Alelí
buscó el blando acomodo de un sillón que en el testero del comedor
estaba, y que parecía decir _dormid en mí_ con la suave hondura de su
asiento, la inclinación de su viejo respaldo gordinflón y la curva de
sus cariñosos brazos. Allí dormía antaño la siesta doña Robustiana,
y allí solía hacer sus digestiones el buen Alelí, las cuales no eran
difíciles, por ser él la sobriedad misma.
Para mayor comodidad, Sola le ponía delante una silla para que estirase
las piernas, y tras de la cabeza una mofletuda almohada de su propia
cama, con lo que el padre estaba tan bien que ni en la misma gloria.
Aquella tarde, cuando Sola trajo silla y almohada, el fraile le tomó
una mano, y mirándola con sus ojos soñolientos, le dijo:
—Cordera...
Sonriendo como la misma bondad sonreiría, Sola acomodó en la almohada
la venerable cabeza, que parecía la de un santo, y dijo así:
—¿Qué me quiere su reverencia?
—Cordera —murmuró el fraile sonriendo también como un bienaventurado—,
vete al cuarto de Benigno, y en el chaquetón, bolsillo de la
izquierda... ¿entiendes?
—Sí, un cigarrito.
—Se me olvidó pedírselo antes que bajara...
Ni medio minuto tardó la joven en traer el cigarrito, y con él la
lumbre para encenderlo.
—Es que quiero echar una fumada para despabilarme, porque desearía no
dormir siesta... ¿entiendes, paloma?
Como el fraile estaba con la cabeza echada atrás, en la más blanda y
cómoda postura que pueden apetecer humanos huesos, Sola no quiso que
se incorporase, y ella misma le encendió el cigarro en el braserillo,
no siendo aquella la primera vez que tal cosa hacía. Chupó un poco
con la inhabilidad que en tal caso es propia de mujeres (como no sean
hombrunas), y cuando logró hacer ascua de tabaco, no sin perder mucha
saliva, presentó el cigarro a su amigo, cerrando los ojos por el picor
que el humo le causaba en ellos.
—Gracias, gracias, serafín de esta casa. Comprendo muy bien que ese
santo varón... Pues, hija de mi alma, quiero despabilarme con este
cigarrito, porque necesito hablarte de una cosa grave, delicada, digo
mal, archidelicadísima.
A Sola le pasó una nube por la frente, quiero decir que se puso seria y
pensativa.
—Tiempo hay de hablar todo lo que se quiera —dijo, inclinada sobre
uno de los brazos del sillón en que el religioso estaba—. Duerma su
reverencia.
—Bueno, hijita; con tal que me llames a las tres y media...
—Eso es poco. A las cinco.
—No, no. Si me duermo, no podré hablarte del susodicho negocio, y lo he
prometido, cordera, he prometido que esta tarde misma...
Esto decía, cuando llegó un corpulento y bellísimo gato, que solía
echar sus dormidas en el mismo sillón donde estaba Alelí; y viendo
ocupado aquel lugar delicioso, dio algunas vueltas por delante con
rostro lastimero. Al fin, discurriendo que había sitio para todos,
subió al regazo del fraile, y como encontrara agasajo, se enroscó y se
echó a dormir como un bendito.
A poco de esto oyose un ruido estrepitoso, y fue que Juanito Jacobo
había cogido una bandeja de latón vieja, que olvidada estaba en
la despensa, y venía batiendo generala sobre ella con el palo del
molinillo, tan fuertemente que habría puesto en pie, con el estrépito
que hacía, a los siete durmientes. Acudió Sola y le trajo prisionero
por un brazo.
—¡Condenado chico! ¿No sabes que está tu tía durmiendo la siesta?...
Ven acá: suelta eso... Ya, ya es tiempo de que tu padre te mande a
la amiga... Ríñale, padre Alelí. No se le puede aguantar. Cuando el
señorito está de vena, parece que hay un ejército en la casa.
Diciendo esto, Sola le iba quitando sombrero, bandeja y palo, y después
de sentarse le acercó a sí y le acarició, pasando suavemente su mano
por los hermosos cabellos del niño.
—Si mete bulla —dijo Alelí acariciando también con su mano los rizos—,
no le traeré a mi señor don Juan Jacobo las hostias que le prometí,
ni las velitas de cera, ni el San Miguel de alcorza... Pues te decía,
hija, que ahora vamos a hablar los dos de un asunto superlativamente
delicado... Mira, vuelve al chaquetón de Benigno y traeme otro
cigarrito, o mejor dos.
Sola hizo lo que le mandaba el reverendo, y se volvió a sentar,
aguardando el delicado asunto que manifestarle quería. Durante un rato
no pequeño, los dos estuvieron callados, y Alelí fijaba sus ojos en el
reloj, que era de los antiguos con las pesas colgando al descubierto.
La péndula se paseaba lenta y solemnemente en el breve espacio que las
leyes de la gravedad y las de la mecánica le señalan, y así marcaba con
el tono más severo el compás de la vida. Sola, por mirar algo, y el
mirar es acto preciso a las meditaciones, contemplaba _La Creación_,
gran lámina que con otra representando el monumento de la catedral
de Toledo, decoraba artísticamente el comedor. En la primera estaban
nuestros primeros padres en el traje que es de suponer, en medio
de un fértil país poblado de todas suertes de animales, recibiendo
la bendición del Padre Eterno, que, muy barbado y envuelto en una
especie de capote, se asomaba por un balcón de nubes.
—¡Qué buenos cigarros tiene Benigno! —dijo Alelí, que al fin había
encontrado la fórmula del exordio—. Pero mejor que sus cigarros es
él mismo. Te digo con toda verdad que yo he visto muchos hombres
buenos; pero ninguno como nuestro Benigno. Es el corazón más puro y
la voluntad más cristiana que he conocido en mi larga vida; es incapaz
de hacer nada malo, y capaz de las bondades más extraordinarias. Su
razón es firme, sus sentimientos generosos, su vida la carrera del
bien. No aborrece a nadie, y cuando quiere, quiere con toda su alma.
Tiene un carácter entero para hacer frente a las adversidades, y en
las bienandanzas no puede vivir contento si no distribuye su ventura
entre los que le rodean, quedándose él con la absolutamente precisa
para no ser desventurado. Si tú nos oyes diciéndonos majaderías, es
por lo mucho que nos queremos. Él me llama _Tío Engarza-Credos_, y yo
le llamo _Don Leño_ o _Chirivitas_, y así nos reímos. Eso sí, en ideas
políticas somos, como quien dice, el _toma_ y el _daca_, lo más opuesto
que puede existir; pero estos arrumacos de la política no han de tocar,
no, a las cosas del alma ni a la amistad... Porque yo digo, ¿qué me
importa que Benigno tenga la manía de leer a ese perdido hereje de
Rousseau, si por eso no deja de ser buen cristiano y de obedecer a la
Iglesia en todo?... Viva Benigno, y viva con su pepita, es decir, con
su _Emilio_ y su _Contrato social_, que así me cuido yo de estas cosas
como de los que ahora se están afeitando en la luna... No creas tú,
los padres del convento me critican por esta tolerancia mía, y yo les
contesto: «vale más un amigo en la mano que cien teorías volando». Mi
carácter es así; en burlas disputo y machaco como todos los españoles;
pero antes que tronos y repúblicas, antes que congresos y horcas, está
el corazón... ¡Cómo me reí una tarde hablando de esto! Paseaba yo a eso
de las cinco por Atocha con dos hombres de ideas contrarias, don José
Somoza, liberal, poeta, hombre ameno, dulce y cabal si los hay, y don
Juan Bautista Erro, absolutista siempre, ahora apostólico vergonzante.
Pues, señor...
—Paréceme —dijo Sola, cortando la digresión— que se resbala usted,
como dice don Benigno. Ya está sabe Dios a cuántas leguas de lo que me
estaba contando...
—¡Ah! Sí, perdona, hija..., me distraje. Te decía que ese bendito
juan-jacobesco es el mejor tragador de pan y garbanzos que he conocido,
y que ahora ha dado en la flor de querer casarse...
—¡Casarse! —exclamó Sola poniéndose encarnada.
—¿Te asombras, hija?... Más me asombré yo... No, no; no me asombré: al
contrario, me pareció muy natural. Le conviene por mil razones; y ahora
te pregunto yo: cuando Benigno tome estado, ¿no será para ti un gran
motivo de amargura el salir de esta casa, donde has sido tan amada, y
separarte de estos chicos que has criado y que como a madre te miran?...
El padre Alelí fijó en ella sus ojos, ávidos de leer en los de la
joven lo que de su alma saliese al rostro, si es que algo salía. El
buen fraile, que a pesar de su decrepitud, ocasionada a perturbaciones
mentales, conservaba algo de su antigua penetración, creyó ver en
Sola una pena muy viva. Esto le hacía sonreír, diciendo para su sayo:
«mujercita tenemos».
—Don Benigno no se casará —dijo ella—. ¿Será posible que caiga en
tan mala tentación? Yo de mí sé decir que si salgo de esta casa me
moriré de pena; tan tranquila, tan considerada y tan feliz he vivido
en ella. Y luego, estos diablillos del cielo, como yo les llamo; estos
muchachos, a quienes quiero tanto sin ser míos, y no tengo mejor gusto
que ocuparme de ellos... No, digo que don Benigno no se casará. Sería
un disparate; ya no está en edad para eso.
—¿Qué dices ahí, tontuela? —exclamó Alelí incorporándose con enojo—.
¿Conque mi amigo no está en edad de casarse? ¿Es acaso algún viejo
chocho? ¿Está por ventura enfermo? No, más sana y limpia está su
persona y su sangre noble que la de todos esos mozuelos del día.
Esto decía, cuando Juan Jacobo, cansado de estarse quieto tanto tiempo
y no teniendo interés en la conversación, empezó a tirarle de los
bigotes al gato, que dormido estaba en la falda del fraile. Sentirse el
animal tan malamente interrumpido en su sueño de canónigo y empezar a
dar bufidos y a sacar las uñas, fue todo uno. Alborotose el fraile con
los rasguños, y dio un coscorrón al chico; Sola le aplicó dos nalgadas,
y todo concluyó con enfadarse el muchacho y coger el gato en brazos y
marcharse con él a un rincón, donde le puso el sombrero del mercedario
para que durmiera.
—Eso es, sí, está mi sombrero para cama de gatos —refunfuñó Alelí.
—¡Jesús qué criatura!... Le voy a matar —dijo Sola amenazándole con la
mano—. Trae acá el sombrero.
Juan trajo el sombrero, y aprovechándose del interés que en la
corversación tenían el fraile y la joven, rescató su molinillo y su
bandeja y bajó a la tienda para escaparse a la calle.
—Vaya con la tonta —dijo Alelí continuando su interrumpido tema—. ¡Si
Benigno es un muchacho, un chiquillo...! ¡Si me parece que fue ayer
cuando le vi arrastrándose a gatas por un cerrillo que hay delante de
su casa...! ¡Qué piernazas aquellas, qué brazos y qué manotas tenía!
¡Y cómo se agarraba al pecho de su madre, y qué mordidas le daba el
muy antropófago! Yo le cogía en brazos y le daba unos palmetazos
en los muslos... Sabrás que fui al pueblo a restablecerme de unas
intermitentes que cogí en Madrid cuando vine a las elecciones de la
Orden. Entonces conocí al bueno de Jovellanos, un Voltaire encubierto,
dígase lo que se quiera, y al conde de Aranda, que era un Pombal
español, y a mi señor don Carlos III, que era un Federico de Prusia
españolizado...
—Al grano, al grano.
—Justo es que al grano vayamos. Cuando Nicolás Moratín y yo
disputábamos...
—Al grano.
—Pues digo que Benigno es un mozalbete. ¿No ves su arrogancia, su buen
color, sus bríos? Bah, bah... Oye una cosa, hijita: Benigno se casará,
tú te quedarás sola, y entonces será bien añadir a tu nombre otra
palabra, llamándote _Sola y Monda_ en vez de Sola a secas. Pero aquí
viene bien darte un consejo... ¿Sabes, hija mía, que me está entrando
un sueño tal, que la cabeza me parece de plomo?
—Pues deme su reverencia el consejo y duérmase después —repuso ella con
impaciencia.
—El consejo es que te cases tú también, y así, del matrimonio de
Benigno no podrá resultar ninguna desgracia... ¡Qué sueño, santo Dios!
Sola se echó a reír.
—¡Casarme yo!... Qué bromas gasta el padrito.
—Hija, el sueño me rinde... no puedo más —dijo Alelí luchando con su
propia cabeza, que sobre el pecho se caía, y tirando de sus propios
párpados con nervioso esfuerzo para impedir que se cerraran cual
pesadas compuertas.
—Otro cigarrito.
—Sí..., chupetón..., humo —murmuró Alelí, cuya flaca naturaleza era
bruscamente vencida por la necesidad del reposo.