Inútil es decir que las fiestas sucedieron a las fiestas; que al júbilo
oficial correspondió el del inocente pueblo, y que la inmensa mayoría
de este no comprendió la importancia extraordinaria del suceso, origen
de tanto cañoneo y regocijos tantos. Arrojada la moneda al juego de
_cara o cruz_, había salido _cara_. Los de la _cruz_ estaban como es
fácil suponer. Había que oírles en sus camarillas, conventículos y
madrigueras oscuras. No se hablaba más que de las Partidas, del Auto
acordado y de la Pragmática Sanción, y la palabra _legitimidad_ se
escribió en la oculta bandera.
Luego que Jenara y Pipaón dijeron lo que escrito queda, empezaron a
llegar a la casa los amigos, unos contentos, otros reservados. Aquella
misma noche leyeron algunos poetas los versos en que celebraban el
feliz alumbramiento de la hermosa reina, y la señora de la casa
obsequió a todos con espléndido _ambigú_, en el cual hubo tanta alegría
y abundancia tal de exquisitos vinos, que algunos salieron a la calle
con más soltura de lengua y más flaqueza de piernas de lo que fuera
menester.
Por mucho tiempo los temas de política extranjera cedieron en la
tertulia ante el grave tema de nuestros negocios. Ya no se habló más
de la revolución de julio en Francia, asunto socorridísimo que dio
para todo el verano y otoño, ni del nuevo reinillo de Grecia, ni del
reconocimiento de Luis Felipe, ni de Polonia, ni aun siquiera del
famoso decreto de 1.º de octubre, en el cual, para acabar más pronto
con los llamados _negros_, se condenaba a muerte a todo el género
humano o poco menos. Y la causa de esta barrabasada draconiana fue que
el buenazo de Luis Felipe, viendo que aquí no le querían reconocer como
rey de los franceses, abrió la frontera a los emigrados, y aun dícese
que les dio auxilio y adelantó algunos dineros. Ellos, que necesitaban
poco para armarla, cuando se vieron protegidos por el francés,
asomaron impávidos por diversas partes del Pirineo. Mina, Valdés y
Chapalangarra, acompañados de López Baños, Jáuregui, Sancho y otros
andantescos de la revolución, aparecieron por Navarra. Cataluña vio
en sus riscos a Miláns y a Brunet, y por Roncesvalles vinieron Gurrea
y Plasencia. En Gibraltar los más temibles aguardaban coyuntura para
hacer un desembarco. Pero estos amagos no pasaron adelante. El gobierno
acabó pronto con todas las partidas, y habiendo caído en la cuenta
de que debía reconocer a Luis Felipe, hízolo así, y Francia cerró la
frontera. De este modo ha jugado siempre la buena vecina con nuestras
discordias, y lo mismo será mientras haya discordias, emigrados y
fronteras.
Muchas particularidades desconocidas del público y aun del gobierno en
las frustradas intentonas, fueron sabidas de los tertulios de Jenara.
En la casa de esta había un grupo que solía reunirse a solas presidido
por la señora, y en él la confianza y la amistad habían apretado sus
dulces lazos. Allí solían leerse algunas cartas venidas de Francia, no
ciertamente con intento de conspirar, sino como mensajes de cariño.
Vega (a quien ya no es conveniente llamar _Veguita_) contaba que Pepe
Espronceda había estado en la frontera batiéndose al lado del bravo
y desgraciado Chapalangarra. Todo lo sabía Ventura por una carta que
recibió en noviembre, y en la cual se referían las aventuras que le
salieron a Espronceda desde que entró en Lisboa hasta que pasó el
Pirineo, las cuales eran tantas y tan maravillosas que bastaran a
componer la más entretenida novela de amores y batallas.
En Lisboa le metieron en un pontón, donde se enamoró de la hija de
cierto militar compañero de encierro. Este le parecía ya, más que
cárcel, un paraíso, cuando me le cogieron, y embarcándole en un pesado
buque, me le zamparon en Londres. Allí vivió, mejor dicho, murió algún
tiempo de tristeza y desesperación, cuando cierto día en que acertó
a pasar por el Támesis vio que desembarcaba su amada. Días felices
siguieron a aquel encuentro; pero cuáles serían las aventuras del
poeta, que tuvo que salir a toda prisa de Inglaterra y huir a Francia,
donde encontró a muchos emigrados, y juntándose con ellos y con
estudiantes y periodistas, empezó a alborotar en los clubs. Vinieron
las célebres ordenanzas de Polignac contra los periódicos. Ya se sabe
que de las ruinas de la prensa nacen las barricadas. Espronceda se
batió en ellas bravamente, y sucio de pólvora y fango respiró con
delicia y gritó con entusiasmo, viendo por el suelo la más venerada
monarquía del mundo, que con toda su veneración había caído ya tres
veces con estruendo pavoroso.
Espronceda no se contentaba con libertar a Francia. Era preciso
libertar también a Polonia. Entonces era casi una moda el compadecer
al pueblo mártir, al pueblo amarrado, desnacionalizado, cesante de
su soberanía. La cuestión polaca fue llevada al sentimentalismo, y
al paso que se hicieron innumerables versos y cantatas con el título
de _Lágrimas de Polonia_, se formaban ejércitos de patriotas para
restablecer en su trono a la nación destituida. El que cantó al Cosaco
se alistó en uno de aquellos ejércitos, que en honor de la verdad más
tenían de sentimentales que de aguerridos. Pero afortunadamente para
el poeta, Luis Felipe, que como rey nuevecito quería estar bien con
todo el mundo, incluso con los rusos, prohibió el alistamiento. A la
sazón el banquero Lafitte daba (con mucho sigilo se entiende) dinero
y armas a los emigrados españoles para que vinieran a meter cizaña
a la frontera. En esto era correveidile del francés, que deseaba
probar a España los inconvenientes de no reconocer a los reyes nuevos.
Espronceda, que se ilusionaba fácilmente, como buen poeta, al ver
los aprestos de la emigración creyó que ya no había más que entrar,
combatir, avanzar, ganar a Madrid, repetir en él las jornadas de
julio, y quitar a Fernando el dictado de rey de España para llamarle
_de los españoles_, trocándolo de absoluto y neto en soberano popular,
_bourgeois_, _bonnet de coton_, o como quisiera llamársele. Ya se sabe
el término que tuvieron estas ilusiones. Después de las escaramuzas
quedamos, con el sanguinario decreto de octubre, más absolutos, más
netos, más apostólicos, más _narizotas_ y más _calomardizados_ que
antes.
Si Vega y otros de los tertulios recibían de peras a higos alguna
carta, Jenara las tenía constantemente y con puntualidad, cosa notable
en un tiempo en que la correspondencia, o no circulaba, o circulaba
después que la paternal policía se enteraba bien de su contenido para
evitar camorras. La correspondencia de Jenara se salvaba por mediación
del gran Bragas, que la sacaba incólume del correo, y al mismo
tiempo recibía de él numerosas confidencias de sucesos más o menos
misteriosos. De estas confidencias, muchas no le servían para nada,
otras las utilizaba para favorecer a los amigos que caían en desgracia
del gobierno, y de todas tomaba pie para burlarse a la calladita de
Calomarde, personaje a quien estimaba lo menos posible.
Habían pasado muchos días desde el nacimiento de la princesa de
Asturias, esperanza de la patria, cuando Pipaón fue a ver a Jenara y le
anunció con misterio que tenía que comunicarle cosas de importancia.
—O yo no soy quien soy —dijo sentándose junto a ella en el gabinete— y
he perdido el olfato, o nuestro endemoniado amigo está en Madrid.
—¿Será posible? ¡En Madrid!..., ¡qué locura!, ¡y sin ponerse bajo
nuestra protección! —exclamó la dama palideciendo un poco.
—Yo no le he visto; pero hay en Gracia y Justicia algunos datos que
permiten creer que está aquí... Y no habrá venido seguramente a matar
moscas. Algún jaleo lindísimo traen entre manos esos bribones, que
no quieren dejarnos en paz. El gobierno teme algo en Andalucía, por
lo cual no hay carta que no se abra, ni vivienda que no se registre.
Manzanares, Torrijos y Flores Calderón andan por allá preparando algo,
y al fin, tanto va a la fuente el cántaro de la represión, que en una
de estas se rompe...
—¡Sangre..., horca! —dijo maquinalmente Jenara mirando al suelo.
—Don Tadeo pierde cada día su fuerza, y el rey se está haciendo
todo mantecas, a medida que la gente de orden y el respetabilísimo
clero ponen los ojos en el infante, única esperanza de esta nación
francmasonizada y hecha trizas por el ateísmo. Ya no es nuestro rey
aquel hombre que se ponía verde siempre que le hablaban de liberalismo.
Con los achaques y el mal de ojo que le ha hecho la reina, pues el amor
que le tiene parece maleficio, está más embobado que novio en vísperas.
Doña Cristina sabe a dónde va, y dulcifica que te dulcificarás, está
haciendo la cama al democratismo. Ya se habla de amnistía, de abrir la
puerta a los lobos, señora, y traernos otros tres añitos como los de
marras.
Al decir esto, el ilustre don Juan, inflamado en patriótica ira, dio un
porrazo en el suelo con la contera de su bastón, añadiendo luego:
—Pero no será, no será, que antes que doblar el cuello a las
melifluidades de la napolitana, antes que dejarnos llevar por ella a la
ratonera liberalesca, echaremos a rodar Pragmática y reina, y la _áurea
cuna de la angélica Isabel_, como dicen esos menguados poetastros, y
habrá aquí un Vesubio, señora, un Etna...
La señora no le hizo caso y seguía meditando.
—Se levantará la nación —dijo el cortesano levantándose de la silla
para expresar emblemáticamente su idea— y veremos cuántas son cinco.
Tenemos un príncipe varón, sabio, religioso, honesto; tenemos
doscientos mil voluntarios realistas que se beberán el ejército como un
vaso de agua; tenemos el reverendo clero con los reverendísimos obispos
a su cabeza; tenemos el apoyo de la Europa, que, fuera de la nación
francesa, marcha por las vías apostólicas. ¡Viva el señor don...!
—¡Silencio! —indicó la dama—. No me atormente usted con su entusiasmo.
Estoy de apostólicos hasta la corona, y deseo que los _kirieleysones_
del cuarto de don Carlos no lleguen hasta mi casa trayéndome el
olorcillo a sacristía que tanto me enfada... Pasando a otra cosa,
¿sabe usted que es temeridad venir a Madrid sin ponerse bajo nuestro
amparo?... Yo le ofrecí mi protección para que viniera... Sin ella está
en grandísimo peligro, y tan bien ahorcan a Juan como a Pedro.
—Exactamente. ¿Pero le ha visto usted hacer cosa alguna que no fuera
temeridad, locura y disparate?
—Trabajo le doy a quien intente averiguar dónde está escondido —dijo la
dama sin cuidarse de disimular su inquietud—. ¿Será posible averiguarlo?
—Muy posible —repuso Pipaón soplando fuerte, que era en él signo claro
de orgullo—. Como que ya tengo, si no averiguado, casi casi...
—¿De veras? Estará en casa de algún amigo.
—Que te quemas... digo, que se quema usted.
—¿En casa de Bringas?
—No.
—¿En casa de Olózaga?
—Nones.
—¿En casa de Marcoartú?
—Requetenones... En suma, señora mía, yo no sé fijamente dónde está;
pero tengo una presunción, una sospecha...
—Venga... Si no me lo dice usted pronto, le contaré a Calomarde sus
picardías.
—No por la amenaza de usted, sino por mi cortesía y deseo de
complacerla, le diré que me tendré por el más bobo, por el más torpe de
los cortesanos de este planeta, si no resultase que nuestro temerario
trapisondista está en casa de Cordero.
—¡En casa de Cordero!
La dama pronunció estas palabras con asombro, y quedó luego sumergida
en el mar de sus pensamientos, sin que los comentarios de Pipaón
lograran sacarla a la superficie.
—¿Estorbo? —dijo al fin el cortesano, advirtiendo que la dama no le
hacía más caso que a un mueble.
—Sí —afirmó ella con la franqueza que tanta gracia le daba en ocasiones.
—¿Va usted de paseo?
—No... me duele la cabeza... Abur, Pipaón, no olvide usted mis
recomendaciones, a saber: la canonjía, la canonjía, santo Dios; que
esos benditos primos me tienen loca..., la bandolera para el sobrino
del canónigo; que su familia no me deja respirar..., el pronto
despacho en la censura de teatros de ese nuevo drama traducido por el
busca-ruidos...; en fin, no sé qué más. Esto no es casa, es una agencia.
Despidiose Pipaón después de prometer activar aquellos asuntos, y
la dama, al punto que se vio sola, empezó a vestirse con gran prisa
y turbación. Le había ocurrido que aquel día necesitaba de ciertos
encajes, y no quería dilatar un minuto en ir a comprarlos.