A pesar de su amor a la vida inalterable y metódica, don Benigno
no veía con gusto que transcurriese el tiempo sin traer cambios o
novedades en su existencia. Es que se había amparado del alma del héroe
cierta comezoncilla o desasosiego que le sacaba a veces de su natural
índole reposada. A menudo se ponía triste, cosa también muy fuera de su
condición, y sufría grandes distracciones, de lo que se asombraban los
parroquianos, los amigos y el mancebo.
En la casa no había más variaciones que las que trae consigo el tiempo:
los muchachos crecían, los pájaros se multiplicaban, los gatos y perros
rodeábanse de numerosa y agraciada prole, Crucita gruñía un poco menos
y Sola había engrosado un poco más.
De todos los amigos de Cordero, el más querido era el buen padre
Alelí, de la Orden de la Merced, viejísimo, bondadoso, campechano. Era
de Toledo, como don Benigno, y aun medio pariente suyo. Le ganaba en
edad por valor de unos treinta años, y acostumbrado a tratarle como un
chico desde que Cordero andaba a gatas por los cerros de Polán, seguía
llamándole por inveterado uso, _chicuelo, don Piojo, harto de bazofia,
el de las bragas cortas_. Cordero, por su parte, trataba a su amigo
con mucho desenfado y libertad, y como las ideas políticas de uno y
otro eran diametralmente opuestas, y Alelí no disimulaba su absolutismo
neto ni Cordero sus aficiones liberalescas, se armaba entre los dos
cada zaragata que la trastienda parecía un Congreso. Felizmente, toda
esta bulla acababa en apretones de manos, risas y platos de migas al
uso de la tierra, rociadas con vino de Yepes o Esquivias.
He aquí un modelo de conversación Alelí-Corderesca:
—Buenos días, Benignillo. ¿Cómo vas de _régimen nefando_?
—Padre Monumento, vamos tal cual. Los del régimen se entretienen en
tirarse coces unos a otros y no se acuerdan de perseguirnos.
—Don Fulastre, don Piojo, el asno será él. ¿Sabes algo del nuevo papa
que tenemos, Gregorio XVI, el cual, o no será tal papa, o no dejará un
rey liberal en toda la Europa?
—¡Barástolis! No sé más sino que allá me las den todas y que le beso la
sandalia a mi señor don Gregorio, como católico que soy.
—¿Católico y jacobista? Átame esa mosca. Oye tú, _el de las bragas
cortas_, ¿qué pasaje leíste anoche?
—Tío Latinajo, leí el pasaje que dice: _He visto en la religión la
misma falsedad que en la política. No hay religión, por buena que sea,
que no haya derramado sangre inocente._
—Sigue, que me muero de risa. Eres un filósofo de agua y lana. Cuando
acabes de volverte loco con tu _Emilio_ saldremos a enseñarte en las
ferias a dos cuartos por barba. Ven acá, almacén de sandeces y tienda
de majaderías, ¿qué sabes tú lo que es religión?
—Me lo enseñan los de sayo y teja, a quienes se puede decir... _Je, je,
son tontos y piden para las ánimas_.
—Cuando tú y tus amigos los liberales herejes os desocupéis de la
paliza que os están dando en toda la Europa, y soltéis el ronzal para
formar Congreso y decir: «señor presidente, pido el rebuzno», no
faltará quien os enseñe a hablar con respeto de las cosas sagradas.
—Día vendrá en que rompamos el ronzal, padre definidor, y entonces
definiremos la _conventualla_, diciendo: _Al fraile soga verde y
almendro seco_.
—También se dijo: _Donde las dan las toman_.
—Y también _Cuentas de beato y uñas de gato_.
—¡Ah!, mercachifle, si fueras bueno no serías rico. Esas sí que son
uñas de gato, que es como decir de filósofo.
—No sé si dijo por mí aquello de _A la puerta del rezador nunca eches
tu trigo al sol_.
—Ladrón y rapante tú; mas no nosotros, que de limosna vivimos.
—¿De limosna, eh? ¡Ah!, señor _don Cepillo de Ánimas_, qué bien dijo el
que dijo: _Reniego de sermón que acaba en daca_.
—Yo he oído que tienes la cabeza a pájaros.
—A propósito de pájaros. Yo he oído que el _abad y el gorrión dos malas
aves son_.
—Mira, Benigno —dijo Alelí cuando el tiroteo llegaba a este punto—,
vete al mismo cuerno, y echa acá un cigarrillo.
Cordero alargó su petaca al fraile, diciéndole:
—A la paz de Dios. Viva mil años mi fraile.
—¿Cómo están hoy tus nenes? —preguntó Alelí encendiendo su cigarro—.
Lo de Rafaelillo resultó indigestión como te dije, ¿no es verdad? Dale
hojas de Sen y créeme.
—No solo de Sen, sino de Can y Jafet se las ha dado Cruz, que tiene en
casa el herbolario más completo de Madrid.
—¿Ha parido la podenca?
—Todavía no; pero parirá su merced. Para ser un Retiro, a esto no
le falta más que el estanque; que de animales y hierbas tenemos
cuanto Dios crió, sin que falte el león, que es mi hermana... ¡Ah!,
me olvidaba: las perdices que traje ayer las están aderezando a la
toledana; a lo Castañar puro. Si viene usted, tendremos para diez
perdices cuatro.
—¿Pues no he de venir, hombre de Dios, señor don _Ladrón de encajes_?
No faltaba más sino desairar a la tierra... ¿Hoy?
—Hoy mismo. Además yo tengo que hablar con usted de un asunto grave.
Al decir esto, Cordero tomó un aire de seriedad y de temor, que puso en
gran curiosidad al padre Alelí.
—¿Un asunto grave? No será el primero que me consultas.
—Pero es seguramente el más delicado, el más peliagudo. Necesito
consejo y ayuda.
—Para eso estoy yo. Vengan esos cinco.
Se estrecharon las manos, y Cordero besó las flacas y temblorosas del
anciano fraile con mucho cariño.
—El mal camino andarlo pronto, y pues esto urge, tratémoslo ahora.
—Cuando quieras, hijo. A bien que ambos somos toledanos y parientes.
—¡Viva la Virgen del Sagrario! —dijo Cordero con emoción—. Es temprano:
ahora viene poca gente. El chico se quedará en la tienda. Subamos a mi
cuarto y hablaremos.
—¿Es cosa larga?
—Primero una confesión, un secreto, que si no lo suelto pronto, creo
que me hará daño; después un consejo sobre lo que se ha de hacer, y
por último... a ver si se luce el buen padre _Engarza-Credos_ con una
comisión delicada.
—Vamos, por el hábito que visto, que estoy curioso.
Salieron. Media hora después, don Benigno y su amigo reaparecieron en
la trastienda. El comerciante traía el semblante alegre y las mejillas
más que de ordinario encendidas. Alelí movía su cabeza, con más
nerviosidad y temblor que de ordinario, y al despedirse de su paisano,
le dijo:
—Me parece muy bien, Benigno de mi corazón. Yo quedo encargado de
arreglarlo.