Lo azaroso de los tiempos traía entonces mudanzas muy bruscas en
todo, y las pandillas variaban a menudo, modificadas por las muertes
y destierros. En 1827 echábase de menos a _Patricio_, que estaba en
París, y a _Pepe_, que, perseguido nuevamente por sus calaveradas, se
había marchado a Lisboa con muchas ilusiones y pocas pesetas, que por
cierto arrojó al mar en la boca del Tajo. Quedaba _Veguita_, a quien
hallamos siendo núcleo de una nueva cuadrilla. Ya no se ocupaba de
política inocente. La juventud abría los ojos, columbrando la grandeza
lejana de sus destinos. ¡Generación valiente, en buen hora naciste!
Junto a _Veguita_ hallamos a un joven riojano y por añadidura tuerto,
que hacía ya las comedias más saladas que podrían imaginarse. Había
sido primero soldado raso y después empleado en los tres años, con
su impurificación correspondiente el 24. Tenía las chuscadas más
ingeniosas y las ocurrencias más felices. Hablaba mejor en verso que
en prosa, y montaba mejor en el Pegaso que en un burro alquilón, pues
restablecido en la partida el uso de las expediciones asnales, nuestro
soldado poeta apenas sabía tenerse sobre la albarda. Era el mismo
demonio para contar cuentos y para buscar consonantes, siendo tal en
esto su destreza, que no le arredraban los más difíciles y enrevesados.
El más notable después de estos, era un muchacho que hacía muy malos
versos y no muy buena prosa, medio traductor de Homero, casi abogado,
casi empleado, casi médico, que había empezado varias carreras sin
concluir ninguna. Sabía lenguas extranjeras. Tenía veinte años, y en
tan corta edad había pasado de una infancia alegre a una juventud
taciturna. Tan bruscas eran a veces las oscilaciones de su ánimo
arrebatado en un vértigo de afectos vehementes, que no se podía
distinguir en él la risa del llanto, ni el dudoso equívoco de la
expresión sincera. Había en su tono y en su lenguaje un doble sentido
que aterraba y un epigramático gracejo que seducía. Era pequeño
de cuerpo y bien proporcionado de miembros. A su pelo muy negro
acompañaban bigote y barba precoces; su color era malo, bilioso, y sus
ojos grandes y tristes. Tenía mala boca y peores dientes, lo cual le
afeaba bastante. Fumaba sin descanso, como si padeciera una sed de humo
que jamás podía aplacarse, y era en su vestir pulcro, elegante y casi
lechuguino.
Educado en Francia, afectaba a veces desprecio de su nación y la
censuraba con acritud, quejándose de ella como el prisionero que se
queja de la estrechez incómoda de su jaula. Frecuentemente, después de
alborotar en el grupo de un café con palabras impetuosas o mordaces,
se retiraba a un rincón rechazando toda compañía, o despidiéndose a la
francesa, huía. Después de largas ausencias tornaba a la pandilla con
humor hipocondríaco.
Daba su opinión sobre poesía y literatura con un aplomo y una
originalidad de juicios que pasmaba a todos. Ni _Veguita_ ni el tuerto
autor de comedias tenían conocimiento, por lo que sus maestros de aquí
les enseñaban, de aquel nuevo y peregrino modo de juzgar, buscando
el fondo más bien que la forma de las obras. Pero cuando nuestro
atrabiliario quería echarse a poeta, los mismos que le admiraban como
juez, se reían en sus barbas diciéndole que _una cosa es predicar otra
dar trigo_. Por mucho tiempo fue objeto de risa y chacota su oda a los
Terremotos de Murcia, que es de lo peor que en nuestra lengua se ha
escrito. Cuando se anunció que la reina Cristina estaba encinta, todos
los poetas echaron otra vez mano o la lira, y el hipocondríaco endilgó
su soneto
_Guarda ya el seno de Cristina hermosa_
_Vástago incierto de alta dinastía..._
Verdad es que no eran mucho mejores los que al mismo asunto compusieron
_Veguita_ y el autor de comedias.
Se agregaron a la pandilla otros muchos chicos. De ellos, algunos no
serán mencionados en razón de la oscuridad en que siempre han vivido;
otros lo serán más tarde, cuando las necesidades de esta verídica
historia lo reclamen.
Reuníanse primero en el café de Venecia y después en el del Príncipe,
que desde entonces sacó el nombre de _Parnasillo_. Entonces la juventud
no tenía más que dos medios para dar desahogo a su ardor, y eran: hacer
versos o hacer diabluras. Los estudios estaban muertos; la prensa
no existía; las letras mismas y el teatro principalmente, yacían
encadenados por una censura bestial y vergonzosa; el conspirar olía a
cáñamo; la política era patrimonio de las camarillas; las bellas artes,
música y pintura, hallábanse en su alborada primera. Los muchachos
que no sentían gusto por los soeces ejercicios de la tauromaquia, se
entretenían en trepar por las asperezas del Olimpo, y como la mayor
parte carecían de estro, no tenían más recurso que la murmuración
y las travesuras. De todas las musas, la que más andaba entre los
de la pandilla, tratándoles de tú, era la _Décima_, por otro nombre
_el hambre_, a quien _Veguita_ dedicó una composición muy chusca.
Sin dinero, sin ocupación, sin estímulo, aquellos insignes poetas o
prosistas o simples mortales vivían de la poderosa fuerza íntima, que
en unos era la fantasía, en otros la conciencia de un gran valer, y en
todos el presagio de que habían de ser principio y fundamento de una
generación fecunda.
Todo cansa en el mundo, hasta el hacer versos. Así es que no podían
satisfacer al bullidor espíritu de tales muchachos las sesiones del
_Parnasillo_ y el ardiente disputar sobre odas, comedias y poemas. La
juventud necesita acción, necesita el elemento dramático de la vida,
sin el cual esta no es más que un soliloquio de dolor o un quietismo
morboso. La juventud de aquel tiempo, la más ilustre que había tenido
España desde que envejeció la gran pléyade del siglo XVII, no sabía
vivir sin drama. Es verdad que había amores y de lo fino; pero las
aventuras galantes no podían satisfacer completamente a una generación
que era la empolladura de una gran época. Si la hubiesen dejado, habría
hecho revoluciones, derribado gobiernos, aplastado ídolos entre el
tumulto estrepitoso de millares de discursos. Sentía en sí, mezclado
con la facultad y la facilidad versificante, el germen de la gloriosa
oratoria parlamentaria, que en nuestra tierra y en nuestro genio es una
especie de poesía combatiente. En España es común que el fuego de las
ambiciones rompa las liras para forjar con ellas las espadas.
La acción, que era una necesidad, un apetito irresistible de la
insigne pandilla, estaba circunscrita por Calomarde a la esfera del
_Parnasillo_. La policía no estorbaba que allí dentro se dispararan
ovillejos, quintillas y décimas, llenas de pimienta como los antiguos
vejámenes; pero el libro, el drama, el periódico, todas las grandes
armas del pensamiento, les estaban vedadas. No se les permitía más que
los alfileres.
Su instinto de grandes empresas con la palabra o con la acción les
llevaba derechamente a las travesuras, y aquellos rapaces inspirados se
ocupaban de noche en salir por ahí a romper faroles y a dar bromazos
a los vecinos pacíficos. ¡Romper un farol! ¡Cuántas delicias, cuánto
ingenio, cuánta charla preparatoria y cuántos trámites para obra
tan regocijada! Escogida por el día la víctima inocente, bien por
la diafanidad relativa de sus vidrios, bien por hallarse próxima a
cualquier casa de habitantes pusilánimes, se le formaba causa criminal.
Uno defendía en toda regla al farol, alegando sus buenos servicios,
otro le acusaba, probando su complicidad en las tinieblas de la
calle, o, por el contrario, el robo que había hecho de los rayos del
sol. Después de consultar toda la jurisprudencia farolística, recaía
sentencia en verso, y se nombraba la comisión ejecutiva. Por la noche
un repentino estruendo y el salpicar de los vidrios rotos anunciaba el
terrible cumplimiento de la justicia; con la oscuridad, la alarma de
los vecinos y la intromisión de algunos de estos en la gresca, venían
nuevas trapisondas y al cabo palos y carreras.
Otras veces se entretenían en llamar con fuertes aldabonazos a las
puertas, y daban aviso a media docena de médicos, diciéndoles con mucho
apuro que tal o cual enfermo se hallaba en crisis. Enviaban la partera
a casa de quien menos la necesitaba, y la caja de muerto a quien gozaba
de excelente salud.
Desde Santa Catalina hasta la Cuaresma, menudeaban entonces las
reuniones de máscaras, diversión que prevalece en épocas de poca
libertad. Eran célebres y vistosas las de Aristizábal, Commoto y
Mariátegui, familias ricas tal que recibían y obsequiaban en el tono y
forma de la urbanidad moderna. Pero el españolismo rancio tenía tantas
raíces, que las tertulias de tal especie eran señaladas y aun puestas
en ridículo por los enemigos de los cumplimientos, partidarios de la
antigua llaneza ramplona, de quien eran secuaces la incomodidad, el
desaseo, los modales burdos y la grosería.
Entre las pocas tertulias donde no imperaba el españolismo rancio,
había una que era sin duda la más agradable de todas. No ha llegado su
fama hasta nuestros días; pero esto no importa ni hace al caso, toda
vez que apenas hemos tenido, como los tuvo Francia, _salones_ célebres
que fueran centro de hábiles tramas políticas. La tertulia o salón de
doña Jenara, que tal nombre se le daba, no tuvo importancia mayor como
centro político ni podía tenerla en aquellos días; no era tampoco de
primer orden por la riqueza de su dueña, y sus únicas preeminencias
consistían en el buen gusto, en el trato amable, festivo, ligero y
exquisitamente urbano, tan distante de la afectada etiqueta como de la
llaneza; en lo escogido de los manjares, en la comodidad del servicio
de estos, en la libertad un tanto excesiva de los juegos de azar, y
principalmente en la chispa inagotable de la charla ingeniosa, rica
intención y travesura. Era opinión común que allí no entraban los
tontos. Concurrían a la tertulia menos mujeres que hombres. De los
poetas nuevos no faltaba uno, y de la gente antigua y machucha iba toda
la turbamulta volteriana.
No quiere decir esto que la tertulia fuese un centro liberalesco, ni
el volterianismo significaba de modo alguno entonces ideas avanzadas
en política; por el contrario, los más heterodoxos eran comúnmente los
más _cangrejos_, como solía decirse. Si algún color político dominaba
en las reuniones, era el absolutista tolerante o ilustrado, el ideal
monárquico con Carta a lo Luis XVIII, habilidosa componenda de donde en
tiempos más próximos había de salir el Estatuto, y luego los moderados,
doctrinarios, etc.
La dueña de la casa parecía complacerse en sostener equilibrio perfecto
entre el elemento apostólico y el reformista, pues ambos tenían algún
corifeo en sus tertulias. Pero no todo era política. Casi casi las
tres cuartas partes del tiempo se invertían en leer versos y hablar de
comedias, y la música no ocupaba el último lugar. Después que algún
aficionado tocaba al clave una sonatina de Haydn o gorjeaba un aria
de la _Zelmira_ cualquier italiano de la compañía de ópera, solía el
ama de la casa tomar la guitarra, y entonces... No hay otra manera de
expresar la gracia de su persona y de su canto sino diciendo que era
la misma Euterpe bajada del Parnaso para proclamar el descrédito del
plectro y hacer de nuestro grave instrumento nacional la verdadera lira
de los dioses.
Era hermosa sobre toda ponderación, y mujer de historia. Separada de
su esposo, no se le conocían desvaríos. Si alguien se aventuraba a
hablar de cosas que ofendieran su buen nombre, era tan por lo bajo
que aquellos vientecillos de murmuración apenas salían de un pequeño
círculo. Había viajado mucho y hablaba el francés con perfección, lo
que ya era de grandísimo valor entre los elegantes. Ofrecía su vida
pasajes misteriosos que nadie acertaba a explicar bien, y que, por el
propio misterio, se trocaban en dramáticos; y finalmente, mariposeaban
en torno a ella muchos individuos con pretensiones de cortejos;
pero aunque a todas horas le echaban memoriales de suspiros o de
galanterías, a ninguno dio ocasión para que se creyera favorecido.
La danza no podía faltar en las tertulias. ¡Ah!, entonces el baile
era baile, un verdadero arte con todos los elementos plásticos que le
hicieron eminente en Oriente y Grecia, por donde parece natural mirarle
como antecesor de la escultura. Entonces había caderas, piernas,
cinturas, agilidad, pies y brazos; hoy no hay más que armazones
desgarbadas dentro de la funda negra del traje moderno.
Al ver en estos últimos años a ciertos hombres eminentes que han sido
(y los que viven lo son todavía) el _summum_ de la gravedad en la
magistratura, en la política y en el ejército; al mirarles, repetimos,
ora en el sillón presidencial del Senado, ora en el banco azul, ya
vestidos con la toga de la justicia, ya con el respetabilísimo uniforme
de generales, no hemos podido tener la risa considerando que vimos a
esos mismos señores dando brincos y haciendo trenzados en el salón de
doña Jenara con loco entusiasmo.
La política se trataba en aquella, casa con toda la discreción que la
época exigía. Ninguno de los sucesos que ocuparon la atención pública
desde 1829 a 1831 dejó de tratarse allí, mezclándose los exteriores
con los nacionales, según los traía la revuelta corriente del tiempo.
Allí se dijo cuanto podía decirse de la transcendentalísima Pragmática
Sanción del 29 de marzo del 30, origen inmediato de varias guerras
crueles, pretexto de esa horrible contienda histórica, secular,
característica del genio español del siglo XIX, y que no ha concluido,
no, aunque así lo indiquen las treguas en que el pérfido monstruo toma
aliento.
Esa batalla grandiosa en que han peleado con saña los ideales
hermosos y las tradiciones poéticas, los entusiasmos más firmes y
las ranciedades más respetables, los intereses más nobles y los más
bastardos, mezclándose en una y otra parte el legítimo anhelo de la
reforma con la terquedad de la costumbre, el vuelo del pensamiento con
la exaltación de la fe; esa batalla, digo, trabada hace tiempo en el
corazón y en el pensar de España, tarde o temprano había de venir al
terreno de las armas. Así tenía que ser por ley ineludible. Quiso el
cielo que nuestra revolución fuera larga, sangrienta, toda compuesta
de fieros encuentros, heroísmos, infamias y martirios, como una gran
prueba; quiso que se desataran las pasiones en una guerra sin fin,
empezada, concluida y vuelta a empezar y concluir en larga serie de
años de zozobra.
Hay pueblos que se transforman en sosiego, charlando y discutiendo
con algaradas sangrientas de tres, cuatro o cinco años, pero más bien
turbados por las lenguas que por las espadas. El nuestro ha de seguir
su camino con saltos y caídas, tumultos y atropellos. Nuestro mapa no
es una carta geográfica, sino el plano estratégico de una batalla sin
fin. Nuestro pueblo no es pueblo, sino un ejército. Nuestro gobierno
no gobierna: se defiende. Nuestros partidos no son partidos mientras
no tienen generales. Nuestros montes son trincheras, por lo cual están
sabiamente desprovistos de árboles. Nuestros campos no se cultivan,
para que pueda correr por ellos la artillería. En nuestro comercio se
advierte una timidez secular originada por la idea fija de que mañana
habrá jaleo. Lo que llamamos paz es entre nosotros como la frialdad
en física, un estado negativo, la ausencia de calor, la tregua de la
guerra. La paz es aquí un prepararse para la lucha, y un ponerse vendas
y limpiar armas para empezar de nuevo.
Pues esta guerra, esta inquietud, que ha llegado a ser en la madre
patria como un crónico mal de San Vito, se declaró abiertamente,
después de ciertos amagos, cuando se quiso averiguar quién sucedería en
el trono a nuestro amado soberano, toda vez que era creencia general
que se nos moriría pronto. Felipe V establece la ley Sálica, y Carlos
IV la deroga en secreto. Fernando VII quiere hacerlo en público, y
lo hace. El problema terrible, o sea la rivalidad de las dos ideas
cardinales, encuentra al fin un hecho en que encarnarse: la sucesión.
Tradición y libertad se miran y aguardan con mano armada y corazón
palpitante lo que dirá la esfinge. La esfinge en aquellos críticos días
es una reina encinta.
¿Varón o hembra? He aquí la duda, la pregunta general, la esperanza
y el temor juntos, la cifra misteriosa. Cuando llegó el día 10 de
octubre de 1830, día culminante en nuestra historia, y retumbó el cañón
llevando la alegría o el miedo a todos los habitantes de la Villa,
el ingenioso cortesano de 1815, don Juan de Pipaón, entró sofocado y
sudoroso en casa de Jenara. Venía sin aliento, echando los bofes, la
cara como un tomate, por la violencia del correr y de las emociones.
—¿Qué?... ¿Qué es? —preguntó Jenara con calma.
Pipaón se dejó caer en un sofá, y dándose aire con el pañuelo exclamó:
—¡Hembra!... España es nuestra.
—¡Hembra! —repitió Jenara—. ¡Pobre España!