Cuando Sola se vio junto a ella, tuvo que disimular su espanto,
obligada a recibir el saludo de la dama y a devolverlo cortésmente.
Después hablaron las dos de lo bonita que estaba la carrera, de la
hermosura del tiempo, de los dichos y hechos que se contaban de la
reina Cristina y del excesivo número de personas que había en casa de
Bringas, las cuales rebosaban por los balcones como guindas en cesta.
Ocupada la mejor parte de los balcones por las señoras, los hombres
poco o casi nada podían ver. Cordero paseaba de largo a largo por
la sala, charlando con su amigo don Francisco Bringas de cosas
sustanciosas y muy importantes, como la paz entre Rusia y Turquía, la
cuestión de Grecia, que pronto iba a ser reino independiente, y las
tristes nuevas que habían llegado de la expedición americana, deshecha
y rota en Tampico, con lo que parecía terminada nuestra dominación en
aquel continente.
Don Benigno, que leía diariamente la _Gaceta_ y _Diario_, estaba al
tanto de todo, y sobre cada asunto daba juiciosos dictámenes. Los
impronunciables nombres de los puntos donde se batían turcos y rusos
salían de la boca de nuestro héroe con no poca dificultad, y Bringas,
que seguía con grandísimo ahínco el negocio de la nueva Grecia,
barajaba los nombres gatunos de los personajes de aquel país, y así
no se oía otra cosa que Miaulis, Mauromichales y también Kalocotroni,
Maurocordato y Capodistria.
Pronto tomó la conversación otro rumbo con la llegada de cierto joven
de arrogante presencia, alto de cuerpo, agraciadísimo de rostro, con el
pelo en rizos, las mejillas rosadas, el color blanco, los ojos garzos,
los ademanes desenvueltos, el vestir elegante. Respondía al nombre de
Salustiano Olózaga y era un abogado de veinticuatro años, medio célebre
ya por sus brillantes alegatos forenses, y mayormente por la defensa
que había hecho ante el Consejo y Cámara de Castilla de un pobre
albañil inclusero condenado a muerte por el robo de dos libras de
tocino. La Milicia nacional cuando había Milicia, el foro cuando había
foro y la política siempre, consumían todo el ardor de su existencia.
Era el campeón juvenil de la idea naciente; la Providencia habíale
dado, entre otras notables prendas, elocuencia, si no brillante,
varonil y sobria, con una lógica irresistible.
Los jóvenes de hoy, alumnos aprovechados del eclecticismo y del
justo medio, no comprenderán quizás el entusiasmo y valentía de
aquellos muchachos que sintiendo en su mente, por la natural índole
de los tiempos, una especie de inspiración sacerdotal, hablaban de
los déspotas y de la libertad como hablaría un romano de la primera
república. Y no se paraban en barras; aún deseaban martirios heroicos,
y se metían en las conspiraciones más absurdas e inocentes, y osaban
decir en pleno foro, delante de los consejeros, cosas que pasman por lo
valerosas o intencionadas.
Desde que entró Salustiano no se habló más de Miaulis ni del bueno de
Kalocotroni. Alejados un tanto del salón principal, y reforzado el
grupo con otras personas, el librero Miyar, el ingeniero Marcoartú y
un comerciante de la calle de Postas, llamado Bárcenas, se despacharon
todos a su gusto, siendo Olózaga tan hablador y contudente que no se
paraba en pelillos, y con su lengua, que más bien era un hacha, iba
dejando muy mal parada a lo que ya se llamaba _la situación_.
Don Benigno, que no gustaba de engolfarse mucho en política por los
peligros que pudiera traer, dejó a sus amigos para buscar en los
balcones la tertulia más grata y segura de las damas. La que vestía
de maja se había puesto a bromear con el marqués de Falfán de los
Godos, el hombre más mujeriego de aquel tiempo y también el más fino
y galante, si bien su persona, camino ya de la ruina, le ayudaba
poco en lo que él quisiera que le ayudase. A Sola, en tanto, le daba
conversación una señora muy impertinente llamada doña Salomé Porreño,
que a cada rato ponía los ojos en blanco y echaba suspiros, cual si
no tuviera en el mundo otra misión ni empleo que estarse lamentando
a todas horas de una cosa perdida. Al lado de ella campaba una joven
muy bonita, casada y por añadidura en aquel interesante estado que
anuncia la maternidad. La de Presentacioncita, que así se llamaba,
debía estar ya muy próxima, según se echaba de ver al primer examen.
Era su marido un tal don Gaspar de Grijalva, con más riqueza que buen
seso, y muy aficionado a meterse en trapisondas políticas, por lo que
Presentación se afligía mucho y estaba siempre sobre ascuas temiendo
que le ahorcasen. Esta señora, lo mismo que Sola, parecían tener muy
pocas ganas de conversación; pero doña Salomé, colocada entre ellas
como una especie de mediador parlante, suplía la desgana de ellas
con un insaciable apetito de palique, y no cesaba de hacer preguntas
y observaciones, poniendo en el discurso, como se pone la sal en la
comida, los suspiros y el incesante revolver de sus ojos.
Jenara, o sea la maja, hacia atrás volvía su rostro a cada instante
para responder a Falfán de los Godos, y en uno de estos dimes y diretes
habló así:
—Sí, hoy mismo he tenido noticias suyas. Pipaón me entregó esta mañana
una carta que es de perlas, por las muchas cosas ingeniosas que me
dice. Creo que en mucho tiempo no le veremos por acá. Me anuncia que
piensa casarse.
Jenara hablaba en voz muy alta; pero como Falfán de los Godos era algo
teniente, es decir, algo sordo, nadie lo extrañaba. Al mismo tiempo la
de Porreño daba con el codo a Sola y le decía:
—¿Pero no me oye usted lo que le pregunto? Tres veces le he preguntado
a usted que si conoce a aquel comandante que pasa, y no me ha dado
contestación... Por lo visto aquí todos son sordos... Se ha quedado
usted lela; ¿en qué piensa usted que está tan pálida?... ¿No oye
usted?...
—Sí, sí —replicó Sola, como se replicaría a las avispas, si la picada
de estas fuera, en vez de picada, pregunta—. He oído perfectamente.
La de Porreño, al ver que por aquella banda no sacaba nada de provecho,
se volvió a la otra y a Presentación. Después que la oyó, Presentación,
que era muy maligna, dijo así:
—Aguarde usted. Mandaré a casa por la _Guía de Forasteros_, y con
ella en la mano le diré a usted los nombres de todos los comandantes,
capitanes y coroneles que hay en España.
La de Porreño miró al cielo como si quisiera ponerle por testimonio de
tanta injusticia. Bueno es decir que no vestía de maja ni de cosa que
lo pareciera, sino a la moda pura y neta de 1822, con dulleta que ella
misma había trocado en pelliza, aplicándole los restos de un capisayo
antiguo. Su tocado era el llamado de turbante, guarnecido de cordones
que fueron de oro y unas plumas que más parecían de escribano que de
avestruz, como no pudieran aplicarse a uno y otro.
—También a mí me han dicho que piensa casarse —manifestó Falfán de los
Godos.
Entonces se oyó un murmullo, una voz sorda y general que, sin decir
nada, claramente decía: «Ya viene, ya viene, ya, ya...». La multitud se
agitó cual una gran culebra que pone en movimiento todas sus vértebras,
y en los balcones hubo un hondo suspiro de ansiedad que corrió de un
cabo a otro de la calle. Todos los ojos miraban a la Puerta del Sol,
por donde sonaba como el mugido de un mar, y al poco rato se vio que
se agitaba la superficie de cabezas, y que brincaban saltando por
encima de la gente penachos de caballos, plumas de morriones y espadas
desnudas. El murmullo creció, estalló la marcha real como un trueno, y
empezó a pasar la corte.
Sola no veía nada, sino una confusa corriente de colorines y formas,
caballos que parecían hombres, hombres que trotaban, y un rodar
continuo de formas y magnificencias, todo en tropel y borrosamente, al
modo de nube formada de la disolución de todas las visiones humanas. Un
cerebro que desfallece, permitiendo la alteración de las sensaciones
ópticas, suele producir desvanecimiento y síncope; pero Sola hizo un
esfuerzo, cerró los ojos, dejando pasar la mareante comparsa, y así
resistió, fuertemente asida a los hierros del balcón. Cuando, pasada
la corriente de abigarrados coches, solo quedaban los escuadrones
de escolta, principió a serenarse: pero todavía su visión estaba
perturbada, y las casas y balcones cuajados de damas, seguían corriendo
juntamente con la caballería.
Después de desfilar por delante de Palacio, los regimientos de
infantería pasaban por la calle.
—Ese, ese coronel, ¿quién es? —preguntó súbitamente la de Porreño.
—Si no me engaño, es el moro Muza —replicó Presentación.
Diciéndolo, el caballo que montaba el teniente coronel señalado
por Salomé resbaló, y sin que el jinete pudiera sujetarlo, cayó
pesadamente, arrastrando a este. La caída fue tremenda. Oyose inmensa
gritería mujeril. Detúvose la gente, arremolinose el regimiento,
acudieron soldados y paisanos al infeliz jinete, magullado y aturdido
por la fuerza del golpe, y alzándole del suelo, le entraron en una
tienda para darle algún socorro. Era un hombre de cuerpo largo y flaco,
cara morena y varonil. Al ser levantado del suelo hacía recordar
involuntariamente la figura de don Quijote tendido en tierra después de
cualquiera de sus desventuradas aventuras.
En los balcones de Bringas agolpáronse todos para ver al caído.
—¡Pobre hombre! —exclamó Cordero.
—¡Y qué bien iba en el caballo! —dijo la de Porreño.
—Se parece al de la Triste Figura —indicó Bringas.
—Es el mismísimo don Quijote —observó Olózaga.
Jenara volviose prontamente, y con cierto tonillo de enfado dijo así:
—Pues no es don Quijote, señor discursista, sino don Tomás
Zumalacárregui, apostólico neto y con un corazón mayor que esta casa.
Cuando poco o nada había que ver en los balcones, Bringas obsequió a
sus amigos con algunas golosinas acompañadas de licores y agua fresca,
y unos hartos de dulces, otros sin probarlos, empezó el desfile. Don
Benigno, con Sola y sus hijos, fue a recorrer las calles para ver
los preparativos de las grandes fiestas que empezaban aquel día, y
principalmente para contemplar y admirar por sus cuatro costados _el
templete_, monumento de lienzo pintado de que se hablaba mucho, y que
con grandes dispendios se construyó en la Puerta del Sol sobre la misma
Mariblanca. Era la máquina más bonita que habían visto los madrileños
hasta entonces. Millares de personas la admiraban sin cesar, formando
un círculo de papamoscas, y a la verdad, las columnas pintadas, las
cuatro estatuas y el globo terráqueo, que remataba la construcción como
un bonete, harían caer de espaldas a Miguel Ángel, Herrera y demás
célebres arquitectos.
Todo lo fue examinando Cordero, y sobre todos los preparativos dio
opiniones muy discretas. En los días y noches siguientes llevó a su
familia a ver las comparsas e iluminaciones, y a admirar la gran
novedad del carro triunfal alegórico mitológico manolesco, dispuesto
por el corregidor Barrajón, y en el cual iban haciendo de ninfas varias
bellezas de Madrid, entre ellas _Pepa la Naranjera_, que, subida en el
escabel más alto, representaba a la diosa Venus.
La gente decía que iba _vestida de Venus_, de lo que resultaba un
contrasentido; pero el decoro de nuestras costumbres y la santidad de
los tiempos no habrían consentido que las diosas salieran a la calle
como andaban por el Olimpo.
V
Entre las muchas sociedades más o menos secretas que amenazaron el
poder de Calomarde, hubo una que no precisamente por lo temible, sino
por otras razones, merece las simpatías de la posteridad. Llamose de
los _Numantinos_, y componíase de mucha y diversa gente. Entre los
atrevidos fundadores de ella hubo tres, cuyos nombres ilustres conserva
y conservará siempre la historia patria: llamábanse Veguita, Pepe y
Patricio.
El objeto de los _Numantinos_ era, como quien no dice nada, _derrocar
la tiranía_. Los medios para conseguir este fin no podían ser más
sencillos. Todo se haría bonitamente por medio de la siguiente receta:
_matar al tirano_ y _fundar una república a estilo griego_.
Retratemos a los tres audaces patriotas, ante cuya grandeza heroica
palidecerían los Gracos, Brutos y Aristogitones.
El primero, _Veguita_, tenía dieciocho años y era de la piel de
Barrabás, inquieto, vivo, saltón, con la más grande inventiva que se ha
visto para idear travesuras, bien fueran una fiestecilla de pólvora,
un escalamiento de tapias, una paliza dada a tiempo, o cualquier otro
desafuero. Su casta americana se revelaba en el brillo de sus negros
ojos, en su palidez y en sus extremadas alternativas de agitación o
indolencia. Vino de América casi a la ventura. Su madre le envió a
Europa para educarse y para heredar. Si esto último no fue logrado,
en cambio su nueva patria heredó de él abundantes bienes de la mejor
calidad. Pertenecía a la célebre empolladura del colegio de San Mateo,
donde dos retóricos eminentes sacaron una robusta generación de poetas.
Antes de ser derrocador de tiranos fundó la academia del _Mirto_, cuyo
objeto era hacer versos, y allí, entre sáficos y espondeos, nació el
complot _numantino_; que en España, ya es sabido, se pasa fácilmente de
las musas a la política.
El segundo, _Pepe_, tenía quince años. Nació en un camino, entre el
estruendo de un ejército en marcha; arrullaron su primer sueño los
cañones de la guerra de la Independencia. Creció en medio de soldados
y cureñas, y a los cinco años montaba a caballo. Sus juguetes fueron
balas. Ya mozo, era mediano de cuerpo y agraciado de rostro, en lo
moral generoso, arrojado hasta la temeridad, ardiente en sus deseos,
pobre en caudales, rico en palabra, cuando triste tétrico, cuando
alegre casi loco. Educose también en San Mateo con los retóricos, y
desde aquella primera campaña con los libros, le atormentaba el anhelo
de cosas grandes, bien fueran hechas o sentidas. Los embriones de su
genio, brotando y creciendo antes de tiempo con fuerza impetuosa,
le exigieron acción, y de esta necesidad precoz salió la sociedad
_numantina_. También le exigían arte, y por eso en la sesiones de
la asamblea infantil, a Pepe le salía del cuerpo y del alma, en
borbotones, una elocuencia inocentemente heroica que entusiasmaba a
todo el concurso. Él no pedía niñerías; aspiraba nada menos que a
_quebrantar las cadenas que oprimían a la patria_, empresa en verdad
muy humanitaria y que iba a ser realizada en un periquete.
El tercero, _Patricio_, tenía, como _Veguita_, dieciocho años. Se le
contaba, por lo tanto, entre los respetables.
Era formalillo, atildado, de buena presencia, palabra fácil y
fantasía levantisca y alborotada. Sentía vocación por las armas y
por las letras, y lo mismo despachaba un madrigal que dirigía un
formidable ejército de estudiantes en los claustros de Doña María
de Aragón. También era orador, que es casi lo mismo que ser español
y español poeta. En los _Numantinos_ asombraba por su energía y el
aborrecimiento que mostraba a todos los tiranos del mundo. Insistía
mucho en lo de hacer trizas a Calomarde, medio excelente para llegar
después a la pulverización completa de la tiranía.
Las reuniones se celebraban en una botica de la calle de Hortaleza las
más de las veces, otras en una imprenta, y cuando cundían olores de
persecución, toda _Numancia_ se refugiaba en una cueva de las que había
en la parte inculta del Retiro, no lejos del Observatorio. Los mayores
de la cuadrilla no pasaban de veinte abriles: estos eran los ancianos,
_expertos_, o _maestros sublimes perfectos_; que, a decir verdad, la
pandilla gustaba de darse aires masónicos, sin lo cual todo habría sido
muy soso y descolorido.
Si aquello no era inocente, lo parecía, porque a lo mejor, los enemigos
del tirano, bien se hallaran en la botica, bien en la novelesca cueva
del Retiro, se distraían sin saber cómo de su misión heroica y se
ponían a acertar charadas y a representar comedias. Otras veces, cuando
alguno de ellos tenía dineros, cosa muy extraordinaria y fuera de lo
natural, alquilaban borricos y se iban en escuadrón por las afueras
dando costaladas y buscando aventuras, que siempre concluían con alguna
pesada chanza de _Pepe_.
Fuera o no pueril la sociedad _Numantinos_, lo cierto es que Calomarde
la descubrió y puso la mano en ella, dando con todos los chicos en la
cárcel de Corte, y metiendo más ruido que si cada uno de ellos fuese
un Catilina, y todos juntos el mismo Averno. La importancia que dio
aquel gobierno menguado y cobarde a la conspiración infantil puso en
gran zozobra a las familias. Se creyó que los más traviesos iban a
ser ahorcados, y había razón para temerlo, pues quien supo ahorcar
a hombres y mujeres, bien podía hacer lo mismo con los muchachos,
que era el mejor medio para extirpar el liberalismo futuro. Mas por
fortuna Calomarde no gustó de hacer el papel de Herodes, y después de
tener algunos meses en la cárcel a los que no se salvaron huyendo, les
repartió por los conventos _para que aprendieran la doctrina_.
_Patricio_ se escapó a Francia. A _Pepe_ me le enviaron al convento de
franciscanos de Guadalajara, y a _Veguita_ le tuvieron recluso en la
Trinidad de Madrid. Esta prisión eclesiástica fue muy provechosa a los
dos, porque los frailes les tomaron cariño, les perfeccionaron en el
latín y en la filosofía, y les quitaron de la cabeza todo aquel fárrago
masónico numantino y el derribo de tiranías para edificar repúblicas
griegas.