amorosamente, puso el pie en la escala de seda y la subió con su
acostumbrada agilidad.
La monja, sentada al pie de la palmera, seguía todos sus movimientos con
la mirada inquieta.
--Hasta la noche--decía ella--, hasta la noche, dueño mío, amor mío.
El gitano, que había llegado al último tramo, se volvía una última vez
para sonreír a Rosita, y cuando se disponía a pasar al otro lado del
muro, la escala, de pronto, se replegó sobre sí misma, se deslizó
rápidamente a lo largo de la pared, y el gitano cayó a los pies de la
monja, ensangrentado, mutilado, con el cráneo abierto. Seguramente
habían cortado las amarras que sujetaban la escala por la parte de
fuera.
--¡Me han hecho traición!--exclamó el gitano, y sus ojos se volvieron
hacia la monja, que estaba arrodillada, con las manos juntas, pálida,
inmóvil, la mirada fija, la respiración suspendida.
--Rosita, Rosita, trata de arrastrarme detrás de esos naranjos antes de
que amanezca, porque yo no puedo valerme. ¡Oh! ¡sufro mucho!
El desgraciado se había fracturado el fémur y los huesos le agujereaban
la piel.
--Rosita, amor mío, Rosita mía, ayúdame...--repetía con voz débil.
La monja lanzó una carcajada convulsiva y violenta, sus ojos se
agrandaron de una manera espantosa, pero no se movió.
--¡Infierno! ¿es que la desgraciada se ha vuelto loca?--exclamó el
gitano, y quiso tomar una mano de la joven, pero este movimiento le
arrancó un grito penetrante.
Su fractura era viva y sangrienta.
De pronto se oyó un ruido, al principio sordo y confuso, en la dirección
de la puerta del jardín.
--Rosita, Rosita, es tu amante quien te lo suplica, sálvate tú, al menos
sálvate tú--decía el gitano en un tono desgarrador.
La joven permanecía inmóvil y arrodillada ante él.
El ruido se hacía cada vez más próximo y distinto, y el herido intentó
arrastrarse detrás de una espesa mata de madreselva, que podía ocultarle
a todos los ojos.
Después de sufrimientos inauditos, lo consiguió.
En aquel momento se abrió la puerta del claustro, y una multitud de
carabineros, frailes y gente del pueblo invadió el jardín lanzando
atroces rugidos.
--¡Muera el condenado! ¡muera el maldito!--gritaban todos.
El gitano se deslizó como una serpiente detrás de un macizo de áloes. La
multitud llegó cerca del muro, y allí, junto a la palmera, encontró a la
monja, siempre arrodillada, siempre inmóvil y con las manos juntas.
Aquellos gritos desordenados la sacaron del paroxismo en que estaba
abismada; bajó los ojos, vio sangre aún reciente en el suelo y sonrió.
Pero sus labios estaban tan convulsivamente apretados, que aquella
sonrisa resultaba atroz.
La muchedumbre se estremeció, hizo la señal de la cruz y permaneció
muda.
La monja, entonces, haciendo signo con la mano a los que la rodeaban, se
puso a seguir el rastro de sangre que el gitano había dejado sobre la
arena.
Todos marchaban en silencio, llenos de horror; llegaron por fin al
matorral que ocultaba al gitano.
Rosita entonces, se detuvo un momento para separar las hojas espesas y
barnizadas de los áloes, se abrió paso a través de la maleza, se
arrastró hasta el lado del maldito, lanzó un grito terrible, y cayó...
muerta...
--El renegado está ahí; cercad ese lugar y rechazad al pueblo.
--Ríndete, perro, porque veinte carabinas te están apuntando--exclamó el
comandante de los carabineros.
--Pobre niña, por lo menos no sufrirás sus torturas--dijo el gitano
mirando a la monja, y una lágrima que los más espantosos dolores no le
habían podido arrancar, cayó sobre su ardiente mejilla.
--¡Ríndete, renegado! ¡o mando hacer fuego!--repetía el comandante.
--Sois unos valientes, hijos míos--respondió el gitano--: el ciervo está
herido ¡y aun le teméis! hermosa caza, en verdad.
Y se calló; entonces se precipitaron sobre él, lo agarrotaron, y tres
días después estaba en Cádiz, en la prisión de San Augusto, bajo la
custodia de un batallón de milicianos.
* * * * *
Desde hacía tiempo, los pescadores, al señalar la presencia de una canoa
que cruzaba por la noche a la vista de los muros del convento, habían
despertado las sospechas del alcalde; fueron apostados unos cuantos
hombres detrás de las rocas, se espió los pasos del gitano; fue seguido,
se le vio abordar, lanzar la escala, y cuando creyeron, por la tensión
de las cuerdas, que él subía, las cortaron por fuera, y ocurrió lo que
ya sabéis.
XII
LA CAPILLA ARDIENTE
¡Por mi birreta! creéis que se está
cómodamente sobre un edredón de
este tela, exclamó La Balue tratando
de estirarse en su jaula de hierro.
DE FORGES LE ROUTIER, «_Hist. del tiempo de Luis XI_».
En medio de la plaza de San Juan, cerca de la muralla, se eleva una
linda rotonda, cubierta de un techo de estaño, reluciente como la cúpula
de un minarete. El espacio que existe entre cada columna ha sido
cubierto con fuertes rejas de hierro, de modo que este monumento
representa bastante bien una vasta jaula circular.
En el centro de ella hay una hermosa capilla adornada con cirios de cera
blanca, con ricos osarios de paño negro y calaveras bordadas en plata;
al pie del altar, a un lado, se ve un sencillo ataúd de pino, abierto y
preparado; al otro lado, una cama compuesta de tres tablas y un saco de
ceniza; en otro departamento, separado por una balaustrada, hay un
hombre vestido de rojo, que reza arrodillado. Otro hombre, está sentado
al borde de la cama y se encorva bajo el peso de gruesas cadenas: es el
gitano--y aquel ataúd es el suyo--: el hombre que reza arrodillado es el
verdugo.
El gitano ha sido juzgado y condenado, y, según la costumbre, ha de
permanecer en la capilla o _capilla ardiente_ los tres días que preceden
a su suplicio.
Esta costumbre extraña, legada por la inquisición, consiste en cantar al
condenado las preces de los agonizantes durante el tiempo que pasa en
capilla.
En impedirle que duerma, ni de día ni de noche, a fin de que mortifique
su cuerpo y su alma y de que pueda meditar a su placer sobre el largo
viaje que pronto ha de emprender.
En ofrecerle todos los consuelos religiosos que puedan darle los monjes
y los capuchinos.
En habituarle dulcemente a la vida de la nada, poniéndole bajo los ojos
el ataúd que debe recibir su cadáver y el verdugo que debe librarle de
esta vida de miseria y de tribulación.
Al verdugo también se le obliga a permanecer allí, pero por otro motivo;
se trata de purificarle por anticipado del homicidio que va a cometer.
Todo transcurría, pues, en el orden apetecido; los cirios ardían, los
monjes cantaban, el verdugo rezaba, y el ataúd abierto esperaba.
El gitano bostezaba formidablemente, y esperaba la hora del suplicio con
tanta impaciencia como el hombre que tiene mucho sueño y desea tenderse
en su cama.
Sin embargo, faltaban aún diez y siete horas.
Los monjes cesaron de cantar, porque la voz se fatiga; el verdugo se
levantó, porque la presión del pavimento sobre las rótulas es bastante
dolorosa. Una bota de cuero llena de vino circuló entre los frailes y
el verdugo. Justo es decir que éste bebió el último; y como después de
todo era bueno y humano, pasó la bota a través de los barrotes y la
ofreció al gitano.
--Gracias, hermano--dijo éste.
--¡Por Cristo! ¡está usted muy aburrido!--replicó el digno hombre--;
pero, ya lo veo, usted me desprecia a causa de mi profesión. Escuche,
pues, compadre, todos tenemos que vivir; yo tengo obligaciones: una
abuela enferma, una esposa adorada, y dos hijos pequeños, con sus
hermosos cabellos rubios y frescas mejillas rosadas... Y además...
El gitano le interrumpió por un movimiento tan brusco, que todas sus
cadenas resonaron como si se hubieran roto.
--¡Es posible!--decía con los ojos fijos sobre una robusta joven que,
mezclada con la curiosa muchedumbre, había abierto un momento su capa de
seda negra, haciéndole un signo expresivo--. ¡Blasillo, Blasillo aquí!
Las salmodias de los capuchinos comenzaron con un nuevo vigor, y el
hombre de la casaca roja continuó la obra de su purificación, mientras
que el gitano caía de nuevo en sus meditaciones, porque la joven que le
llamara la atención había desaparecido.
Vencido por la fatiga y el insomnio, empezaba a dormitar, cuando un
carmelita que lo advirtió, le hizo cosquillas con una pluma en la nariz,
diciéndole:
--Piensa en la muerte, hermano.
El gitano se despertó sobresaltado y lanzó una mirada terrible al santo
varón.
--Más bien debe bendecirme, hermano--dijo éste--, porque ahí tiene usted
al reverendo Pablo, superior de San Francisco, que viene a verle.
En efecto, un robusto monje entraba en el recinto, con los ojos bajos,
las manos cruzadas sobre el pecho.
--_Ave Maria purissima, mater Dei_--murmuró aproximándose y haciendo un
gesto al carmelita, que se alejó.
El fraile se sentó al lado del gitano, que le miraba con una singular
expresión de desprecio y de ironía; y, habiendo suspirado muchas veces,
se expresó como sigue, con una vocecita agria y chillona que contrastaba
con la enorme mole de su cuerpo:
--Que el Cielo le ayude, hermano.
--Diga más bien el diablo, hermano.
--¿Se obstina usted, pues, en morir en la impenitencia?
--Sí.
--Piense, hermano, de qué gloria se cubriría usted haciendo una
abjuración de sus errores y entrando en nuestra santa Iglesia.
--¿Vale la pena por tan poco tiempo?
--¿Y la vida eterna, hermano?
--No se haga usted el santo conmigo, compadre; lo que le interesa sobre
todo es que sea un religioso de su orden el que haya llevado a cabo la
conversión; lo comprendo, una conversión como ésta podría proporcionarle
un centenar de clientes, y eso vale la pena.
--El Cielo, hermano, es testigo de...
--Acabemos; todo esto es tan pesado y tan bajo, que usted me inspira
repugnancia. ¡Hola! compadre del chaleco rojo; ¿tan pronto se olvida
usted de los amigos?--dijo el gitano al verdugo sin querer responder a
las súplicas del reverendo.
El verdugo acudió corriendo, con la cara risueña y bonachona.
--En hora buena--dijo el gitano--; hablemos un poco, porque eres tú, mi
buen amigo, el que vas a enviarme a la eternidad. ¡Hermosa profesión la
tuya! Tú haces lo que Dios no podría hacer: a una hora fija, en un punto
dado, apagas una vida como se sopla una vela.
--Lo cierto es, hermano, que _esto_ no dura mucho más--respondió el
verdugo sonriendo.
--Figúrate que esas gentes quieren que me confiese; bueno, me confesaré
contigo; oirás singulares revelaciones; pero, no, tendrías miedo...
El hombre del chaleco rojo palideció. El fraile, que se había callado
hasta entonces, se levantó, salió un momento y luego entró acompañado de
dos vigorosos gallegos cargados con cuerdas.
--Hermanos--les dijo dulcemente mostrándoles al gitano--, ese pecador
empedernido es bien digno de lástima; impedidle que se condene por
anticipado pronunciando tan horribles blasfemias. ¡Amordazadle, hijos
míos! y que Dios tenga compasión de él.
Dicho esto se fue, y los gallegos amordazaron al gitano, cuyos ojos se
volvieron rojos y brillantes como dos brasas encendidas.
Como parecía bastante tranquilo, al cabo de dos horas le quitaron la
mordaza, máxime cuando que algunas lindas mujeres de la mejor sociedad
de Cádiz, que se agrupaban alrededor del recinto, habían hecho muy
justamente observar que sería imposible ver bien las facciones del
gitano mientras aquella villana placa de cuero le cubriese la nariz y la
boca.
La mordaza, pues, cayó ante tan filantrópicas razones.
Pero no todo el mundo se interesaba tan tiernamente por el gitano; los
unos aplaudían la decisión de la Junta, los otros se prometían un gran
placer el día del suplicio, muchos, incluso dirigían furibundas
imprecaciones al gitano que se contentaba con sonreír.
Uno entre tantos, un hombre alto, seco y pálido, el corregidor de
Sevilla, que se encontraba en Cádiz para seguir un proceso, se
encarnizaba sobre todo con el desgraciado reo; a cada instante le decía:
--¡El infame!... ¡Qué dicha para la sociedad que semejante monstruo sea
castigado con arreglo a sus culpas!... Le vería estrangular con placer.
Parece que por fin el gitano se cansó de tantas injurias.
Enderezó altivamente la cabeza, y dijo con voz sonora:
--Señor Pérez, ¡es usted poco caritativo!
--¿Quién ha dicho mi nombre a ese miserable?--preguntó el hombre,
pálido, confuso y extrañado.
--¡Oh! amigo mío, no es sólo eso lo que sé; ¿y su quinta a orillas del
Guadalquivir? ¿y aquel lindo tocador tapizado con esteras de Lima, con
sus persianas verdes y su pila de mármol blanco?
--¡Jesús! ¡cómo ese demonio puede saber!...
--Es allí donde, durante el ardiente calor del día, la señora Pérez va a
buscar el silencio y el fresco.
--¡Perro! no profanes un nombre respetable. Pero, ¿no hay leyes, no hay
justicia más rigurosa? Mientes; cállate, o te hago amordazar de
nuevo--decía el corregidor enfurecido.
Pero la multitud, que comenzaba a encontrar la conversación muy
divertida, se aproximó más, y como el señor Pérez se encontraba en la
posibilidad de huir, el gitano continuó:
--Dice usted que miento, señor Pérez, ¿quiere usted pruebas?
--¡Te callarás, renegado!
--Helas aquí, pues. La señora es bella y joven, morena, con unos ojos
negros como el ala del cuervo; gruesa y rosada, con un pie, una cintura
y una mano que harían volver loco a un canónigo del Escorial.
--¡Infame! te atreves...
--En fin, debajo del hombro izquierdo tiene un lunarcito negro,
coquetón, aterciopelado, que hace saltar aún la deslumbrante blancura de
una piel de raso... Pero eso no es aun todo.
El corregidor espumarajeaba de rabia y no podía encontrar una sola
palabra para contestar al gitano ni a las guasas con que la multitud le
asaeteaba. Por fin exclamó, precipitándose sobre la reja:
--Pero ese infernal gitano ha sabido eso por alguna camarera de mi
mujer... o bien es que...
--No, señor Pérez, no--repuso el gitano--; lo he sabido por el capitán
de fragata que usted recibía en su casa, en Sevilla, porque ese
capitán... era...
--¡Acaba, pues, malvado!
--¡Era yo!... ¿Ya está bautizado su hijo, señor?
El furor del señor Pérez no tuvo límites; se aferró con violencia a la
reja; vanos esfuerzos, porque el gitano estaba al abrigo de su cólera.
--Ya lo sospechaba. ¡Y no será ahorcado más que una vez!--aullaba el
infortunado corregidor sin soltarse de la reja.
Por fin, amigos caritativos le arrancaron de allí, la multitud se
dispersó poco a poco, y cuando llegó la noche ya no había casi nadie
alrededor de la capilla.
--Por fin me han dejado libre esos curiosos estúpidos--dijo el gitano
cuando daban las once en el reloj de San Francisco--. Pero no, ahí
vienen otros, y de la más peligrosa especie--dijo viendo a dos
sacerdotes, con sotana negra, que avanzaban hacia la capilla.
El hermano guardián salió a su encuentro.
--¿Qué quieren ustedes?--preguntó duramente al de más edad, porque ya se
sabe el odio que la raza monacal tiene al resto del clero.
--Oír a ese cristiano que nos ha enviado a llamar--respondió gravemente
el sacerdote.
--¡Es imposible! ¡Por Santiago! Ha despedido al reverendo padre Pablo
tratándole como a un arriero borracho.
--Es decir, ¡que nosotros mentimos, perro maldito!--exclamó el sacerdote
más joven.
El gitano, tranquilo hasta entonces, había sido simple espectador de
aquella escena; pero al oír aquella voz bien conocida, exclamó:
--¡Miserable carmelita, deja entrar a esos sacerdotes! soy yo, el
gitano, quien los ha enviado a buscar para comunicarles mis últimas
voluntades, para confesarme. ¿Qué esperas, pues?
--Puesto que usted lo quiere, sea, hermano--dijo el fraile
desconcertado--; pero, por la Virgen, ha hecho usted una tontería no
aceptando la mediación del padre Pablo! ¡Tan bien como está con el
Eterno! Amén.
En el momento en que el guardián iba a atravesar el recinto que le
separaba del gitano, el joven sacerdote se arrojó sobre la mano del
gitano, cubriéndola de lágrimas.
--¡Imprudente! ¿quiere usted perderse?--exclamó su compañero poniéndose
ante él para que el carmelita no pudiera verle.
Cuando éste se hubo alejado se aproximó al gitano y le dijo:
--Ya sé, señor, cuáles son sus intenciones, sus creencias, su voluntad;
yo no abusaré de estos momentos que son preciosos; óigame: Hace una
hora, ese joven, que es quizás el único amigo que usted tiene en el
mundo, se arrojó a mis pies... Me lo ha dicho todo, sus crímenes, sus
errores de usted... Luego me ha pedido que le proporcionara una última
entrevista con usted que él quería tener a todo trance, y he consentido.
Ha sido quizás una debilidad, pero en el momento solemne en que usted
se encuentra, he creído, puesto que usted se niega a aceptar los
consuelos de la religión, que por lo menos los de la amistad le
ayudarían a hacer más soportable su situación. Ya lo sabe usted todo...
Cuando sea media noche, tendremos que dejarle... Yo, mientras tanto, voy
a rezar por usted, porque el hombre capaz de inspirar semejante
abnegación no debe ser enteramente criminal.
Y el venerable sacerdote se arrodilló al pie del altar.
--Señor--dijo el gitano--, siento mucho que tenga tan poco tiempo para
expresarle mi reconocimiento...
--El tiempo pasa...--repuso el sacerdote.
--¡Ay! sí--dijo el gitano.
Y dirigiéndose a Blasillo, porque era él quien, sombrío y abatido, le
miraba fijamente:
--¡Qué tal! Blasillo, hijo mío, adiós. Nuestros proyectos...
--¡Mi comandante! ¡mi pobre comandante!
Y lloraba.
--Mira, si siento dejar la vida, es por ti; te amaba.
--Yo no le sobreviviré.
--Niño, ¿no tienes aún mi tartana y mis negros? Vete, huye a América...
eres joven, valiente...
--No, yo le vengaré... aquí.
--Blasillo, te lo prohíbo; tú ejecutarás mis órdenes.
--Usted será vengado. Mi plan está aquí, fijo, cierto como la muerte que
le amenaza, porque usted va a morir. ¡Usted tan valiente, tan grande!
¡morir! ¡morir como un miserable!--decía Blasillo en voz baja para no
despertar las sospechas de los guardianes, y se retorcía los brazos.
El gitano puso una mano sobre su frente.
--Mira, Blasillo, acabemos esta escena; es atroz. ¡Adiós! Déjame.
--Comandante, aun no, aun no...
--Escucha, hijo mío; en una cajita de hierro encontrarás un mechón de
pelo: es de mi pobre hermana; encontrarás también un viejo cinturón: es
el que mi padre llevaba cuando le mataron: quema ambos objetos. Lo demás
te pertenece, todo, hasta el saquito que te hará dueño del judío de
Tánger, si es que tienes el capricho de volver por allá.
--Pero ¡no poderle salvar! ¡ver su agonía, sus sufrimientos!
--¡Por el rayo, Blasillo! ¿olvidas, hijo mío, nuestras largas y rudas
travesías, nuestros sobresaltos, nuestros peligros, seguidos siempre de
nuevas fatigas?... mientras que mañana, Blasillo, descanso, y descanso
de verdad, y para siempre. No me compadezcas, pues; si sufro, es por ti.
En fin, adiós; huye de España, vete a otro país; vende la tartana y los
negros, vete a vivir tranquilo y dichoso, y, en medio de tu felicidad,
acuérdate alguna vez del gitano.
Blasillo cayó a sus pies.
--¿No te parece, hijo mío, que es una lástima acabar mi vida por donde
debería haberla comenzado? Si yo hubiese tenido a los veinte años un
amigo como tú y una amante como Rosita, no estaría en este lugar,
tendría aún ilusiones, una familia, dulces afectos, y me extinguiría
dulcemente un día rodeado de mis nietecitos... ¡Singular destino!...
Y después de una pausa, se quitó un pañuelo de seda roja que llevaba al
cuello y se lo dio a Blasillo.
--Toma, lo llevarás en recuerdo mío. ¡Adiós!
--¡Ah! hasta la muerte...
--¡Vamos!... ¡adiós!...
El reloj de San Francisco dio las doce.
Cada campanada vibraba de un modo desgarrador en el corazón del pobre
niño; a la última, cayó desvanecido.
El gitano lanzó un grito, el sacerdote acudió corriendo y el carmelita
también.
--¡Virgen santa! ¿qué tiene su compañero?--preguntó el guardián.
--Nada; la emoción que le ha producido el oír tan grandes pecados.
--Vaya, hijo mío, tranquilícese--decía el buen anciano levantando a
Blasillo.
Este volvió en sí, miró a su alrededor, y se precipitó de nuevo en los
brazos del gitano.
--¡Cuánta caridad!--decía el guardián--; va a herirse con las cadenas de
ese bandido.
El sacerdote se vio obligado a arrancarle de sus brazos casi sin
conocimiento.
--Señor--le dijo el gitano--, quisiera volver a ver a usted mañana.
Se quedó solo, meditó profundamente toda la noche, y cuando las campanas
del _Angelus_ y la primera claridad del día le sacaron de su
ensimismamiento, se pasó la mano por la ancha frente, y dijo:
--Por mucho que haga, no puedo creer en la eternidad.
Después añadió sonriendo:
--¡Y no me disgustaría equivocarme!
XIII
EL GARROTE
Me parece que debe usted sentir
dejar esta hermosa vida, le dije yo
con el aire del más grande interés.
J. JANIN, «_El asno muerto_».
(En medio de la plaza de San Juan se eleva un estrado,
al que dan acceso dos escaleras; en el centro,
un sillón de madera muy sencillo, adosado a un largo
palo; dos filas de milicianos se extienden a cada
lado del cadalso y forman un largo cordón que llega
hasta la capilla. Una numerosa multitud llena la
plaza y las ventanas, los balcones y los tejados de
las casas de la misma: las murallas y hasta las fortificaciones,
han sido también invadidas por la multitud.
Son las once, de la mañana, el sol brilla, y la
alta cúpula de San Juan, se destaca sobre un cielo
puro y azul).
EL BARBERO FLORES (_a un hombre del pueblo_).--Hágame el favor,
compadre, de ponerme delante de usted, porque como no soy muy alto,
podrá usted ver por encima de mi cabeza, y, ¡Dios me salve! estos
espectáculos son desgraciadamente tan raros, que entre cristianos hay
que ayudarse en la vía de salvación.
EL HOMBRE DEL PUEBLO.--Pase, pues, señor, y no me olvide en sus
oraciones.
FLORES.--La Virgen del Carmen le bendecirá, compadre, y usted no se
arrepentirá de haberme hecho ese favor cuando sepa que yo conozco
curiosos detalles de ese renegado que van a ajusticiar.
UNA JOVEN.--¡Virgen santa! ¿Usted lo ha visto, quizá? ¡qué dicha!
semejante suerte no se ha hecho para gentes como nosotros; durante los
tres días que el reo ha pasado en capilla, los buenos puestos delante de
la reja no eran más que para las grandes damas.
UNA JOVEN (_cargada de cintas y llena de afeites y de lunares_).--Yo
soy, pues, una gran dama, porque yo le he visto como veo la bacía de ese
barbero de piernas de garza ¡y por mi patrona!...
FLORES (_encolerizado_).--Tu patrona, hija mía, no figura en el
calendario, y si no me equivoco, ha dado muchas veces la vuelta a la
ciudad, con la cabeza rapada, y montada en una burra, con la cara vuelta
hacia la cola...
LA JOVEN (_sacando la navaja de la liga_).--Barbero del infierno, tu
garganta es demasiado estrecha para esas palabras; ¡por Cristo! te la
voy a ensanchar.
UN MAJO.--¡Vamos, cállate, cállate, joven de las cintas! vuélvete a la
calle del Fideo a tocar la guitarra y a echar flores a los transeúntes
detrás de tu celosía. Si has visto al gitano de tan cerca, es que
seguramente el verdugo te habrá ayudado muchas veces a ponerte la
mantilla, y te habrá protegido en estas circunstancias. (_Quitándole el
cuchillo_). ¡Demonio! no juegues con este alfiler, porque te puedes
pinchar y yo también. ¿Quieres que la devuelva a su sitio, hermosa?
LA JOVEN.--¡Hereje! pero seré vengada, porque ahí viene el hermano José.
UN CAPUCHINO (_llevando en una mano una linterna con dibujos que
representan diablos entre llamas, y en la otra una bolsa_).--Por las
almas que sufren en el purgatorio, hermanos, dad una limosna y Dios os
lo pagará. (_Los asistentes saludan humildemente, se arrodillan con
compunción, pero no dan nada._)
LA JOVEN DE LAS CINTAS.--_Ave Maria_, hermano José, tome este real y
ruegue porque ese perro de majo sea destripado en la primera _juerga_
que corra. Diga, hermano José, ¿le veré pronto? Mi estera es blanca; mis
alcarrazas tienen flores frescas y yo le guardo magníficos cigarros de
la Habana.
EL CAPUCHINO (_volviendo rápidamente la espalda, y gritando en alta
voz_).--¡Por las almas del purgatorio, señores!
LA JOVEN.--Hermano José, hermano José, ¿me ha olvidado, usted, pues? y
sin embargo, yo no he omitido ni una misa ni un _Angelus_.
FLORES.--Parece, compadres, que el reverendo dirige la conciencia de la
señora: afortunadamente es robusto, porque esa debe ser una terrible
tarea. ¡Amén!