qué has llegado aquí saltando y debatiéndote como un tiburón al que
clavan el harpón?
Pero Bentek, viviendo entre mudos, había acabado por tomar horror a la
palabra y por perder casi la costumbre de hablar; de modo que no
respondió más que por el monosílabo _¡pom!_... _¡pom!_... que acompañaba
con gestos bruscos y precipitados.
--¡Ah! ya caigo--dijo Blasillo--; el viejo cormorán quiere probablemente
hablar del cañón.
Blasillo no se equivocaba, porque apenas había terminado de hablar,
cuando un cañonazo lejano se oyó, después otro y después otro.
Finalmente, advirtieron un vivo cañoneo.
Eran los valientes de Massareo que destruían la otra tartana.
--¡Por los santos del paraíso!--exclamó el ardiente joven--, ya habla el
cañón.
El gitano escuchaba silenciosamente, mientras que Bentek continuaba sin
interrumpirse sus _¡pom!_... _¡pom!_ y su viva pantomima. Blasillo,
poniéndose apresuradamente un cinturón, colocaba en él su sable, su
puñal y sus pistolas. Tenía ya el pie en la primera grada de la escalera
del sollado, cuando el gitano, que se había hundido en el diván, le
gritó:
--Blasillo, bebamos, hijo mío, y hablemos de la monja y del escalo del
convento de Santa Magdalena.
--¡Beber... hablar!... ¿en este momento?--preguntó Blasillo, confundido,
abandonando el cordón de seda rojo que iba a servirle para subir la
escalera.
El gitano miró fijamente a Bentek, e hizo un gesto que el viejo negro
comprendió en toda su expresión, porque en dos saltos desapareció.
--Sí, hijo mío, bebamos en este momento; porque, Blasillo, tú eres como
el joven y ardiente savo que, como no distingue el grito inofensivo del
alción del grito de guerra de la gaviota, afila sus uñas y su pico para
sostener un combate imaginario.
--¡Cómo!...
--Escucha atentamente ese ruido, y no oirás que esos cañonazos sean
contestados; si tú no estuvieses aquí, si no te hubieses visto obligado
por ese levante del infierno a abandonar la pobre hermana de mi tartana,
que, completamente desamparada, flota ahora al capricho de las olas como
el nido desierto de una gaviota; si tú no estuvieses aquí, querido, yo
no me quedaría tendido sobre este sofá, porque temería por ti. Así,
pues, calma ese ardor, Blasillo; se trata seguramente de algún buque que
ha zozobrado y que pide auxilio. Pero se equivoca; lo que hice ayer por
ti, Blasillo, no lo hubiese hecho ni lo haré jamás por nadie.
--Le debo la vida una segunda vez, comandante; sin usted, sin la
tempestad que me arrojó a su paso, yo me hubiera hundido con la
desgraciada canoa en que navegaba al dejar la tartana.
--Pobre niño, tú habías maniobrado, sin embargo, con una rara habilidad
para conducir a esos pesados guardacostas lejos de la punta de la Torre,
mientras que yo desembarcaba el contrabando del tonsurado... Mala noche
para él, Blasillo; ¿por qué blasfemaba?... _el buen Dios le ha
castigado_--añadió riendo y vaciando su copa.
--¡Por el alma de mi madre, comandante! la segunda tartana marchaba como
una dorada, ¡qué ligereza! hubiese virado en redondo en un vaso de agua.
¡Ay! ¿qué queda ahora de ese bonito y fino buque? ¡nada!... algunas
planchas rotas o empotradas en las rocas.
--¿Llegué, pues, bien a propósito, Blasillo?
--¡Dios del Cielo! comandante, había perdido el palo mayor y el bauprés;
las tres cuartas partes de la tripulación habían sido barridas por las
olas, y las bombas no bastaban para achicar el agua ¡ay! No tuve más
remedio que abandonar el buque, que a estas horas ya debe haberse
hundido.
En aquel momento, el ruido del cañoneo se oyó tan distintamente, que el
gitano se lanzó hacia el puente, seguido de Blasillo.
La noche era sombría y fresca, y el condenado, encontrándose en la misma
dirección que la escampavía de Massareo, que tiraba del lado opuesto,
había podido aproximarse sin ser visto, ya que el fogonazo de las
andanadas no iluminaba más que el casco del navío sobre el cual tiraban.
El réprobo se dejó ir aún un instante, hizo apagar todas las luces, y se
puso al pairo a medio tiro de fusil del guardacostas, que continuaba
disparando, y cuyos tripulantes, atentos, estaban agrupados sobre los
empalletados. Se oían perfectamente las voces de Santiago y del valiente
Massareo.
--¡Por el Cielo! ¡es el casco de la otra tartana el que hunden esos
perros!--exclamó Blasillo en voz baja, mostrando al gitano los restos
del pobre buque, que, iluminado a cada andanada, comenzaba efectivamente
a hundirse--. ¡Fuego sobre ellos, comandante, fuego!
--Silencio, niño--respondió el condenado.
Y se llevó a la cámara a Blasillo, haciendo descender también a Bentek.
Se sabe que después de la heroica expedición de Santiago contra la
tartana que sólo tenía un inocente buey por todo defensor, se sabe que,
vuelto a bordo, el digno teniente de la _Urna de San José_, había
decidido al capitán Massareo a destruir la embarcación, esperando así
borrar las trazas de su mentira.
Su voz agria y chillona lo dominaba todo a bordo de la escampavía.
--¡Vamos, valor, hijos míos!--decía--, Dios es justo y por su asistencia
y la mía nos vemos libres de ese infernal gitano.
--¡Cómo!--preguntó el honrado Massareo--, ¿está usted bien seguro,
Santiago, de que el condenado está entre el número de los muertos?
--¿Dónde quiere usted que esté, capitán? Con semejante tiempo no era
posible salvarse a nado. Pero, escuche--dijo al ver que la tartana ya se
hundía--; he querido reservarle una sorpresa; tengo la certeza de que ha
muerto, porque yo mismo lo he derribado al suelo y lo he agarrotado.
--¡Tú!--dijo Massareo con aire de incredulidad.
--¡Yo!--contestó Santiago con un impudor inconcebible.
--Santiago, si puedes darme pruebas de lo que dices, ¡por el dedo
pequeño del pie de San Bernardo!, la aduana y el señor gobernador de
Cádiz te darán más escudos que los que necesites para armar y equipar un
buen buque de tres palos y hacer viajes a Méjico.
--Una prueba, capitán... aunque no fuesen más que esos horribles
aullidos... ¿cree usted que un hombre ordinario puede gritar de esa
manera?... ¿quién quiere que sea más que el condenado?
Se trataba del desgraciado buey, que, presintiendo su fin, mugía
lamentablemente.
--La verdad es, Santiago--repuso el capitán estremeciéndose--, que ni
usted ni yo pediríamos socorro de esa manera.
--¡Y si hubiese visto usted al maldito--continuó Santiago--cuando yo le
planté dos balas en el costado! ¡si usted hubiera visto al monstruo cómo
se debatía! pero ¡por los siete Dolores de la Virgen! su sangre era
negra, negra como el alquitrán, y olía tan fuertemente a azufre, que
Benito creyó que quemaban mechas en la cala.
--¡Santa Virgen, tened piedad de nosotros!--dijo el bueno de Massareo
interesado hasta el último punto--; pero, ¿por qué ha tardado usted
tanto en dar esos detalles?
Como partió una andanada al mismo tiempo que la pregunta del capitán,
Santiago aparentó no haberla oído, y continuó con una imperturbable
impudicia:
--Aún le veo, capitán, todo vestido de rojo ¡el malvado! con unas
calaveras bordadas de plata, y después una talla... ocho pies y algunas
pulgadas; unos hombros... unos hombros anchos como la popa de la
escampavía, y después una barba roja, cabellos rojos, ojos brillantes, y
unos dientes... es decir, unos colmillos como un jabalí. En cuanto a los
pies, los tenía torcidos como las patas de mi carnero _Pelieko_.
Massareo bendecía a Dios, persignándose de que, por su voluntad, se
hubiera podido librar a la costa de un tal réprobo.
En aquel momento, la tartana se hundió destrozada, entre los alegres
gritos de la tripulación del guardacostas, y el espesor de las
tinieblas, que, durante aquel largo cañoneo, habíanse disipado a
intervalos, parecía aumentar. El mar estaba casi tranquilo, y no se
notaba más que una débil brisa del Sud.
--En fin--exclamó el capitán--, por la intercesión de Nuestra Señora y
por el valor de Santiago, que puede contarlo como un milagro, nos hemos
desembarazado de ese demonio. Pero que se haga la voluntad de Dios en
todas las cosas. Hijos míos, de rodillas, y demos las gracias a Dios por
ese testimonio de su bondad hacia los bienaventurados, y de su cólera
contra los malditos.
--Amén--respondió la tripulación, que se arrodilló, y todos entonaron
una especie de _Te Deum_ de un efecto muy agradable.
El aire era pesado, la noche sombría, y a dos pasos no se distinguía un
bulto.
Al fin del primer versículo se hizo el silencio, un profundo silencio.
Massareo, solo, dijo:
--Dios de bondad, que velas por tus hijos y los defiendes contra
Satanás...
No pudo decir nada más.
El, Santiago y todos los tripulantes, quedaron petrificados sobre el
puente, con los ojos fijos, extraviados, y en una espantosa inmovilidad.
--Palabra de honor... creo...
Ya sabéis que el mar estaba tranquilo, la noche obscura... todo
obscuro... ¡Pues bien!
Un inmenso foco de una luz roja y brillante se levantó de pronto; el
mar, reflejando aquella claridad deslumbrante, hizo rodar olas de fuego,
la atmósfera se inflamó y las cimas de los peñascales de la Torre se
tiñeron de una luz purpurada, como si un vasto incendio hubiera hecho
presa en la costa.
Aquella luminosa aureola era surcada en todas direcciones por largas,
cintas de fuego que estallaban en mil chispas, se entrecruzaban y caían
en lluvia de oro o de azul o de fuego. Eran millares de ardientes
meteoros que centelleaban chisporroteando, vivos y frecuentes relámpagos
de una blancura deslumbrante.
Y después, en medio de aquel lago de fuego aparecían el gitano y su
tartana.
Era el gitano en persona rodeado de su tripulación de negros, cuyas
repugnantes figuras semejaban máscaras de bronce enrojecidas al fuego...
El gitano, sobre el puente de su buque, completamente vestido de negro,
con su gorro adornado de una pluma blanca, los brazos cruzados y montado
sobre su caballito que llevaba una rica gualdrapa de púrpura, y cuyas
crines, trenzadas de hilo de oro, caían formando globitos de cristal y
de pedrería, sujetos con cintas de plata.
Al lado del réprobo y apoyado en el cuello de _Iscar_, se veía al joven
Blasillo, vestido de negro también, y teniendo en la mano una larga
carabina damasquinada; después, Bentek y sus negros, formados en dos
filas, rodeaban silenciosamente los cañones, y el ligero humo blancuzco
que se elevaba de cuando en cuando probaba que las mechas estaban
encendidas y las piezas cargadas.
No había nada en el mundo más imponente que aquel espectáculo, que
semejaba una aparición satánica; porque el profundo silencio de la
tripulación del réprobo, su inmovilidad, el buque negro que, a los ojos
de los españoles, que ignoraban que el gitano tuviese dos tartanas,
parecía surgir del fondo del abismo en medio de oleadas de luz y de
llamas, en el momento mismo en que la creían destruida para siempre; el
rostro tranquilo y frío del condenado, cuya mirada tenía algo de
sobrehumano, todo esto debía aterrorizar al desgraciado Massareo y a sus
acólitos que no vieron en esta aventura pirotécnica más que el triunfo
de Satanás.
La voz del condenado tronó, y toda la tripulación de la escampavía, que
estaba arrodillada y como fascinada ante aquel extraño espectáculo, cayó
de bruces contra el puente.
--¡Y bien!--dijo el gitano--, ¡y bien, valiente guardacostas, ya ves que
ni el viento ni el fuego pueden nada contra mí, y que cada una de tus
balas han reparado una de mis averías. ¡Por Satanás! mi dueño, ¿te
atreverás aún a perseguir al gitano, creerás aún que miserables como tú
y los tuyos puedan detener en su carrera al que resiste a los embates de
la tempestad y a la voluntad de Dios?
Nadie en la escampavía se atrevió a contestar esta impertinente
fanfarronada.
--Pero, ¡por la ardiente pupila de Moloch! ¿no respondéis? Vamos, que
ese capitán que ha restaurado mi tartana con tanta diligencia, que ese
valiente capitán se levante, o destrozo su embarcación. ¡Palabra de
honor! Pensad bien, hermanos míos, que vosotros no encontraréis como yo
en el fondo del Océano bravos demonios de alas de fuego que, saliendo de
los abismos de lava ardiente en que se agitan, tomen vuestra escampavía
sobre sus hombros para ponerla a flote. Porque la claridad que vosotros
veis, hermanos míos, no es más que el reflejo de sus alas que han
desplegado un momento. Por última vez, capitán, levántate, o atacaré tu
navío con un cierto fuego que el agua bendita y los exorcismos no podrán
apagar, te lo juro.
Los españoles sufrieron un instantáneo sobresalto, como si hubiesen
recibido una conmoción eléctrica, pero nadie se levantó.
--¡Por la uña de Belcebú! es sin duda ese héroe del frac azul y de la
charretera de oro que oculta su cabeza detrás de un cañón y que no se
menea más que un pescado muerto... Blasillo, hijo mío, haz que esconda
esa pierna que se le ve aún, porque el valiente se desliza como una
culebra a lo largo de ese afuste.
Blasillo dejó caer el gatillo de su larga carabina, y el capitán
Massareo, por el brusco movimiento que le hizo hacer su herida, se
encontró casi sentado en el puente, fijando en el gitano unos ojos
mortecinos que miraban sin ver.
Creo que la bala de Blasillo le había roto una pierna.
--Ve a decir a los sabuesos de la aduana y al señor gobernador de Cádiz,
que yo hubiera podido destrozar e incendiar tu buque, y que no lo he
hecho. Mírame bien--añadió el gitano poniéndose la punta de su índice en
la frente amplia y despejada--, mírame bien, para que te acuerdes del
condenado y de su clemencia; pero como mañana podrías creer que se
trataba de un sueño, he aquí lo que te probará la realidad de tu visión.
¡Adiós, valiente!
Al mismo tiempo tomó una mecha de las manos de Bentek, y se aproximó a
un cañón; el disparo partió, la bala silbó, rompió el palo de mesana del
guardacostas, hundió una parte de la borda, mató dos hombres e hirió
tres.
Apenas había resonado el cañonazo, cuando el inmenso foco de luz en
medio del cual apareciera el gitano, se extinguió como por ensalmo, y la
obscuridad profunda que reemplazó a aquella claridad deslumbrante, hizo
las tinieblas más espesas aún; ya no se distinguía nada, ni se oía nada.
* * * * *
--Y bien, Blasillo, ¿qué dices tú de mi venganza?--preguntó el gitano a
su joven compañero después que se hubieron alejado mucho de la
escampavía por medio de los largos remos de la tartana, cuidadosamente
envueltos, de modo que la misteriosa desaparición del gitano pudiera
pasar a los ojos de los españoles por un nuevo prodigio.
--¡Su venganza, comandante, su venganza! ¿Cómo hubiera tratado, pues, a
los amigos?... ¡Dejar a esos miserables!... ¡Por la Virgen! ¡si supiera
usted lo que yo he sufrido viendo a la pobre tartana caer pieza a pieza
bajo el cañón de esos cobardes!
--¡Tú eres un niño, querido! si yo hubiera hundido a esos miserables y a
su embarcación, ¿quién lo hubiera sabido? Se les hubiera creído perdidos
a consecuencia del huracán, y mañana, otras dos escampavías se pondrían
en mi persecución. Mañana, Blasillo, ni un brick, ni una fragata, ni un
navío se atreverá a ello, tan grande ha sido el terror que he sabido
inspirarles. Hubiera matado a doce cobardes; así paralizo el valor de
diez mil bravos, porque en tu dulce país se pelea valientemente contra
los hombres, pero aun se teme al diablo... Ya lo saben los frailes; así
ellos se sirven de Dios como yo de Satanás, Blasillo. Ves, otra comedia.
Blasillo no respondió nada, pero preguntó al gitano qué es lo que
pensaba hacer.
--Palabra, hijo mío, no hay que pensar en el contrabando; no nos queda
ya más que un camino, y es el de ir a ofrecer nuestros servicios a los
insurrectos de la América del Sur; pero antes de partir quiero ver a la
monja. El terror de tus compatriotas durará mucho tiempo, Blasillo;
además, nuestro retiro continúa siendo tan seguro y tan secreto como
antes; hablemos, pues, Blasillo, del convento de Santa Magdalena.
--Hablemos, comandante.
Hablaron, y largamente.
En cuanto a Massareo y su tripulación, esperaron el día en la misma
posición, es decir, con la nariz pegada al suelo, y únicamente cuando el
sol estuvo bien alto se atrevieron a levantar la cabeza; pero como no
habían maniobrado durante aquella noche terrible, se encontraron varados
sobre la costa de Conil, enfrente del faro de señales.
Entonces aquellos desgraciados, pálidos y maltrechos, se miraron con
espanto, y de un brinco se plantaron en la playa, echando a correr con
toda la velocidad de sus piernas, como si el gitano les pisara los
talones.
Encontraron un asilo en Conil; allí contaron detalladamente el prodigio,
y este relato, ya desnaturalizado por ellos, tomó, al pasar por los
labios de los campesinos de Conil y sus alrededores, un carácter tal,
que ya no se trataba de una tartana, sino de un inmenso navío, tripulado
por legiones de demonios que vomitaban llamas, con sus alas de fuego, y
llevando a la cabeza al gitano--o mejor dicho, al mismo Satanás, como ya
se dijo juiciosamente en la barbería de Flores--, que se había
precipitado al fondo del Océano, en el momento en que la tartana se
hundía a los cañonazos del guardacostas; en fin, una historia digna del
_Romancero_, pero que, por absurda que fuese, y según la predicción del
gitano, tuvo durante largo tiempo a todo el litoral en jaque y llevó a
su límite máximo el terror que inspiraba el nombre del condenado.
XI
AMOR
Quisiera poseer tantos sentidos como
estrellas las hermosas noches para ocuparlos
todos en nuestro amor; pienso
que es por eso por lo que los ángeles son
dichosos entre todas las criaturas.
C. NODIER, «_El rey de Bohemia_».
¡Oh! ¡cuánto amo una noche de estío, una bella noche de España, con su
cielo transparente y azul como en los más hermosos días de Francia, y su
luna más brillante que su sol! porque entonces todo es misterio y
silencio, todo se agranda en la obscuridad; porque entonces el ligero
estremecimiento del ala matizada de una mariposa, una flor que,
destacada de su aureola, cae zumbando sobre una hoja seca, el murmullo
de las ramas que el aire agita y balancea, resuenan más fuerte a vuestro
oído inquieto y atento que el cañón que truena en un día de fiesta.
¡Ved el convento de Santa Magdalena! ahora que el sol no le dora con sus
rayos, ¡cómo se eleva imponente con sus negros y altos muros y sus
vastos pórticos grises cortados en festones! ¡cuán bien sus pesadas
torres, sus largas galerías desiertas encuadran en la sombría verdura de
las viejas encinas! ¡cómo sus grandes sombras hacen resaltar la luz
blanca y viva que alumbra los muros, platea los techos de plomo y la
brillante flecha del campanario!
Ya os lo he dicho; todo es silencio, se distinguiría el vuelo de una
abeja del de una mariposa.
¡Atención! ¿no oís los violentos latidos de un corazón que brinca y las
inspiraciones de una respiración anhelante? ¿No oís hasta el ágil y
fresco césped murmurar bajo el ligero peso que le aprisiona?
Deslizaos detrás de esa madreselva que rodea esa hermosa palmera con sus
guirnaldas purpuradas... ¡Veis!... ¡Santo Dios! ¡es la monja! ¡es el
gitano!
Un pálido y débil rayo de luna jugueteaba sobre el encantador grupo. El
gitano estaba sentado a los pies de la monja, con los codos sobre las
rodillas de la joven; él sonreía con amor a aquella cabeza de ángel, y
se prestaba a los caprichos infantiles de la monja, que tan pronto le
echaba el pelo sobre la frente amplia y elevada, como se la descubría
apartando su espesa cabellera.
--¡Ángel de mi vida!--dijo al fin Rosita--, ¡yo quisiera morir así en
tus brazos, con los ojos fijos en los tuyos, con mis manos entre las
tuyas!
--Pues yo no, amor mío; lo que quisiera yo es vivir siempre así.
--¡Oh, sí! vivir siempre así, porque vivir es estar a tu lado; vivir es
amarte... Así, mi plegaria de cada noche a la Virgen, es que proteja
nuestros amores, querido mío.
--Ya los protege, querido ángel; ya ves, todo nos sale bien.
--Sin embargo, ¿te acuerdas de aquella tempestad? ¡Jesús! ¡qué espanto
viéndote escalar los muros a la luz de los relámpagos, para volver a tu
chalupa! El cielo parecía de fuego, ¡Virgen santa!, y yo vi más tarde,
por las heridas de tus manos, que te habías visto obligado a agarrarte a
los picos de las rocas para que las olas no te arrastrasen.
Y aun trémula al recuerdo del peligro pasado, le enlazó fuertemente con
sus brazos como si quisiera substraerle a un peligro inminente.
--¿Te acuerdas? di...
--No, ángel mío, no me acuerdo más que del beso que me diste al decirme
adiós.
--¿Te acuerdas de la corrida de toros? ¿te acuerdas del día que te vi en
la llanura que se extiende ante el convento? ¡Oh! ¡cómo latía mi corazón
cuando comprendí por tus gestos que me reconocías, y cuando oí tu voz
bajo mi ventana!
--Y después--añadió en voz más baja--, cuando por medio de una flecha
echaste una escala de seda en este jardín... ¡cómo temblaba mi mano al
atarla al tronco de esa palmera!
--Mi mano temblaba también, Rosita.
--¿Te acuerdas?... Pero, ¿para qué hablar del pasado, amado mío? el
presente es nuestro, el presente y su delirio, y su alegría
embriagadora, y sus ardientes caricias, y su dulce abandono... Vaya...
cuando esté sola, cuando, en un ardiente insomnio, se agite mi pecho y
mis ojos se llenen de lágrimas, entonces... entonces será tiempo de
invocar mis recuerdos.
Y su cabeza se inclinó sobre la del gitano, y sus bocas se oprimieron.
--¡Oh! ven--la dijo levantándola dulcemente--, ven a pasear bajo esos
viejos naranjos y a respirar su perfume... ¡Mira! Rosita, yo soy tu
caballero; esta sombría alameda es el Prado de Madrid; ven, amada mía,
enlaza tu brazo al mío, baja el largo encaje de tu mantilla sobre tus
ojos, y ven a ver estos hermosos carruajes y estas magníficas libreas. Y
después, este viejo claustro negro y silencioso, es el teatro. Ven al
teatro, resplandeciente de oro, de cristales y de luz. He aquí al rey,
he aquí a la reina y a su corte deslumbrante de pedrería; los
espectadores se levantan y saludan. Tú entras en tu palco, tu vestido es
blanco como tu seno, en el pelo llevas prendida una flor roja como tus
labios... También se levantan, Rosita, también se levantan por ti como
por la reina de todas las Españas y dicen: «¡Qué bella es!»
Y la miraba sonriente como si quisiera descubrir un pensamiento de
vanidad en aquella frente pura y cándida.
--¡Oh! prefiero el viejo claustro y tu amor--repuso ella; y como se
aproximase a él, su pie tropezó con una piedra verdusca--. ¿Qué es eso,
amor mío?--preguntó el gitano.
--¡Una tumba!--dijo la joven deteniendo al gitano para que no pisase
aquella tierra sagrada, y persignándose.
--¡Cómo! ¡una tumba aquí, en el jardín de este claustro! yo creía que
los cristianos no enterraban a sus muertos más que en una tierra
bendita; ¿lo es ésta?
--No, ¡santa Virgen! porque se dice en voz baja, en el claustro, que
esta tumba es la de Pepa; de Pepa, que un día se atrevió a huir de este
santo retiro, pero fue alcanzada en el camino de Sevilla, su amante fue
muerto al querer defenderla, y ella...
--¡Y bien! ¿y ella, querido ángel?
--¡Oh! ella fue llevada al convento, y murió en medio de los mayores
tormentos. Tres años de suplicio, amor mío, acostándose sobre un lecho
de aquellas piedras, sin dormir, sin descanso, golpeada cada día, y
viviendo del alimento más miserable, en el cual echaban animales
inmundos, para mortificarla y hacerla expiar su crimen, según decía la
superiora.
--¡Por el disco del sol!--exclamó el gitano--; entonces, ¿si nos
sorprendiesen?...
Y miraba a la joven con ansiedad, porque aquella cruel pregunta se le
había escapado, por así decirlo, a su pesar, y comprendía todo lo que
semejante suposición debía tener de espantoso para ella.
--Moriría como Pepa--respondió la niña sonriendo con una admirable
expresión de amor y de resignación--; como ella, moriría por mi amante.
No es la primera vez que se me ocurre.
--¡Cómo! ese horrible destino....
--Es mil veces menos horrible que pasar un día sin verte, sin decirte:
Yo te adoro...--murmuró con los dientes apretados, y dejándose resbalar,
estremecida, a sus pies.
* * * * *
--¿Lo quieres tú? adiós, pues--contestó ella con un profundo suspiro.
--Sí, adiós, ángel mío, es preciso que nos separemos. ¿Ves? la noche ya
es menos obscura, las estrellas palidecen y esa claridad rojiza nos
anuncia la proximidad de la aurora. Adiós, pues, Rosita mía.
--Otro beso... uno solo... ¡el último! alma de mi vida.
Y el sol doraba ya las altas torres del convento, cuando aun duraba este
beso.