LA JOVEN.--¡Caramba! ¡es bien duro oír calumniar así a un santo varón

por un comunero, un masón!

MUCHAS VOCES.--¡Un masón! ¡un comunero! ¿dónde está el masón?

FLORES (_palideciendo_).--¡Por el seno de tu madre! cállate, niña, y no

gastes esas bromas; no hizo falta más para que Pérez fuese molido a

palos.

LA JOVEN.--Ya lo oyen señores, él conoce a Pérez, que recibió, por la

gracia de Dios, más bastonazos que barbas ha rapado ese barbero hereje

en su vida. Ved, si no; lleva una cinta verde al cuello; por la Virgen

que me ve y me ilumina ¡es un masón! alejadle, pues, hijos míos,

alejadle. (_Rumores en el pueblo_.)

MUCHAS VOCES.--¡Al agua el comunero! ¡Muera el masón! ¡Al agua!

FLORES.--Les juro por la sangre de la cruz, compadres, que esa cinta no

significa nada, y que...

UN CAMPESINO (_golpeándole_).--¡Toma, recontra! ¡ah! ¡y te atreves a

mezclarte con los cristianos!

OTRO.--¡Toma! ¡toma! y a ver si tus hermanos te socorrerán, demonio;

llámales en tu auxilio.

MUCHAS VOCES.--¡Al agua, al agua!

LA JOVEN.--Bravo, señores, la Virgen os bendecirá; llevad su cinta verde

y su cabeza al alcalde, y no os faltarán los doblones ni las

indulgencias para la Cuaresma.

FLORES (_golpeado, desgarrado, lleno de polvo, pasa de mano en mano

hasta la muralla que baña el mar; allí, un vigoroso andaluz le agarra y

le echa al agua gritando_).--¡Dios me salve! ¡Así mueren los masones

herejes y los constitucionales, enemigos del rey absoluto!

LA MULTITUD.--¡Bravo! ¡Viva el rey absoluto!

UN MARINO.--¡Silencio, hijos míos, silencio! he ahí el cortejo que ya

empieza a desfilar. ¡Vive Dios! es un hermoso día para mí.

UN CAMPESINO.--Para usted y para todos, señor marino.

EL MARINO.--Para mí más ¡por Santiago! ¿No estaba yo a bordo del

guardacosta que le dio caza?

MUCHAS VOCES.--¡Cómo, señor! ¡Usted asistió a ese espantoso combate!

¡Virgen santa! ¡y aun vive!

EL MARINO.--Afortunadamente habíamos comulgado la víspera; a no ser por

eso el demonio nos hubiera arrastrado al fondo del infierno.

UN CAMPESINO.--Pero, ¿cómo ocurrió eso, señor? Porque se había dicho que

ustedes hundieron su tartana.

EL MARINO.--Y es cierto, compadre, pero acto continuo reapareció a

nuestra popa, cubierta de llamas y con más de diez mil demonios encima

que lanzaban fuego por boca y ojos.

MUCHAS VOCES.--¡Virgen santa! ¡rogad por nosotros!

EL MARINO.--Y en medio de ellos el gitano que se debatía blasfemando e

insultando a todos los santos del Cielo y al señor gobernador.

LA MULTITUD.--¡Jesús, qué horror! ¿y cómo os librasteis del monstruo?

EL MARINO.--Afortunadamente el capitán tenía una botella de agua bendita

por el arzobispo de Toledo, y como el infernal buque estaba muy cerca,

se la echamos a bordo.

EL CAMPESINO.--¿Con un cañón, compadre?

EL MARINO.--No, compadre, a mano; y entonces todo se hundió como por

encanto, entre los rugidos de los demonios.

UN CABALLERO.--Pero, señor marino, ¿cómo se ha dejado prender el gitano

en el convento si estaba dotado de ese poder infernal?

EL MARINO.--Precisamente porque estaba en un lugar sagrado.

LA MULTITUD.--¡Claro! ¿Quién se atreve a dudarlo?

EL CABALLERO.--Pero, ¿una vez fuera del convento, no podía recuperar su

poder?

EL MARINO.--No, porque se había tenido buen cuidado de cargarle de

cadenas... ¡casi no podía andar!...

EL CABALLERO.--¡Como que tenía una pierna rota!...

UNA MUJER.--Lo hacía ver, pero era para engañarnos...

EL CABALLERO.--Yo, señores, no lo veo muy claro...

UNA MUJER.--¡Entonces usted no es cristiano!... ¡Virgen del Carmen! ¡no

quiere creerlo!...

EL CABALLERO (_acordándose de la suerte de Flores_).--Señora, yo lo creo

todo y he prometido un cirio de treinta libras a la Virgen del Pilar;

mire, aquí tengo un rosario...

MUCHAS VOCES.--¡A ver!...

EL CABALLERO (_muy pálido_).--Mirad... y además, aquí tenéis una carta

del superior de San Juan dirigida a mí. Leed...

MUCHAS VOCES.--No sabemos leer... No le creáis... es un lazo que nos

tiende... ¡Al agua!

(_Afortunadamente en aquel momento se oyen más sonoros que nunca los

cantos de los frailes que acompañan al cortejo, y la multitud deja al

pobre hombre, que se refugia en una taberna._)

UNA MUJER.--¡Ah! ¡qué dicha, Virgen santa! Aquí está la procesión. Mira,

Juana, estamos muy cerca del cadalso, y tiene dos escaleras.

JUANA.--Eso es porque el reo había mandado un navío de guerra; el

verdugo subirá por una escalera y él por otra.

UN HOMBRE.--¡Demonio, qué injusticia! se concede eso a un renegado y se

me negaría quizás a mí.

JUANA.--Mira, Pepa, los penitentes con el ataúd.

PEPA.--Detrás va el verdugo ¡Virgen santa! no es feo para ser un

verdugo; sólo que está muy pálido.

JUANA.--Muy sencillo; es el verdugo de Córdoba que viene a reemplazar al

nuestro, y como nunca ha matado aquí... pues, claro, se encuentra

cohibido...

UN HOMBRE.--Decid, comadres, ¿veis al gitano?

JUANA.--No, hijo mío... Tenga cuidado, joven (_dirigiéndose a Blasillo

que llega en aquel momento envuelto en una capa y que se abre paso a

codazos_)... por poco me tira usted al suelo... Eso es... póngase

delante, en el mejor sitio. (_En voz baja a Pepa_). ¡Jesús, Pepa! ¿Has

visto qué mirada? ¡Parece que le arden los ojos!

PEPA.--¡Ah! será el hijo de alguna víctima del reo... Pero, ya está

aquí... ¡Qué alegría, Virgen santa! Desde el día de mi primera

comunión, nunca había estado tan contenta...

MUCHAS VOCES.--¡Muera! ¡perro maldito! ¡muera el gitano!

UN HOMBRE.--Doy veinte escudos por reemplazar al verdugo.

OTRO.--Yo cuarenta, pero quiero degollarle, que se vea su sangre.

UNA MUJER (_arrojando un rico rosario a los pies del alcalde_).--Ese

rosario vale veinte doblones; lo regalo a la Virgen, pero con la

condición de que me lo dejen matar a mí.

BLASILLO (_pisoteando el rosario y agarrando violentamente el brazo de

la mujer_).--¡Silencio! ¡silencio, si es que tienes aprecio a la vida!

LA MUJER.--¡Socorro, Dios mío! este muchacho me hunde las uñas en la

carne.

MUCHAS VOCES.--¡Silencio! ¡que se calle!

(_Llega el gitano cargado de cadenas; marcha apoyado en el sacerdote, y

lleva un ramito de jazmín entre los dedos._)

UN HOMBRE.--¡Bravo! ya está aquí; ¿sabéis que el verdugo está más pálido

que él?

JUANA.--¡Jesús! el renegado no ha querido un fraile y se hace acompañar

por un sacerdote. ¡Qué corrupción!

UNA VOZ.--¿Se han fijado, señores, cómo va vestido?

JUANA.--Todo de negro... ¡Jesús y qué desvergonzado! En lugar de pensar

en la eternidad va oliendo una ramita de jazmín...

UN HOMBRE.--El infame no parpadea siquiera. ¡Muera! ¡muera!

EL SACERDOTE.--Debe usted sufrir mucho... apóyese en mí. ¡Ay! ya

estamos bien cerca de...

EL GITANO.--Del término de nuestro viaje, es cierto.

MUCHAS VOCES.--¡Muera el perro! ¡muera! ¡Que le partan en pedazos!

EL GITANO.--Cómo gritan...

EL SACERDOTE.--Sí, pero piense usted...

EL GITANO.--¡En la muerte! ¡Para qué! ahí está el amigo del chaleco rojo

que ya piensa por mí.

UN HOMBRE.--¡Que le crucifiquen! ¡Que le quemen a fuego lento!

EL GITANO.--¡Qué sol tan puro! ¡qué cielo tan hermoso!

EL SACERDOTE.--Sí, hijo mío, piense usted en el cielo, en el cielo...

EL GITANO.--Ya hemos llegado; adiós, amigo mío; venga esa mano. Tome

esta flor, es todo lo que tengo; guárdela. Adiós, mi buen amigo.

EL SACERDOTE.--¡Ah! ¡con ese valor, con esa energía! ¿qué destino

hubiera sido el suyo?

EL GITANO (_enjugando una lágrima_).--Es verdad...

EL POPULACHO.--¡Oh! el cobarde llora. ¡Muera el cobarde!

EL GITANO (_sonriendo_).--¡Es singular! Por un amargo azar del destino

cuando estoy a punto de dejar la vida es cuando encuentro los afectos

que tan ardientemente he buscado; cuando encuentro a Blasillo, a Rosita

y a usted... y a usted sobre todo que me haría creer hasta en la

virtud...

EL PUEBLO.--¡Muera el condenado! ¡El apóstata! ¡Ya tardan demasiado!

EL VERDUGO.--Señor gitano, el pueblo se impacienta.

EL GITANO.--Nunca me perdonaría el hacer esperar a su señoría. (_Tiende

las manos al sacerdote_). Adiós, amigo mío.

EL SACERDOTE.--Aun no le dejo.

(_El gitano pone el pie en el primer escalón; Blasillo se aproxima a él

y le estrecha la mano._)

BLASILLO.--Adiós, comandante; usted será vengado, pero de una manera

terrible; todo ese populacho pagará lo que hace. Ahora, muera usted;

porque yo puedo presenciar su muerte sin palidecer.

EL GITANO (_en voz baja, subiendo las gradas_)--¡Adiós, querido

Blasillo!

JUANA.--.¡Virgen Santa! ¡sabes que ese joven de los ojos ardientes ha

hablado al gitano!

PEPA.--Yo lo he visto; sin duda le habrá reprochado algún crimen.

UN HOMBRE.--¡Ah! Por fin el maldito está en el sillón.

OTRO.--¡Alabado sea Dios! Ya le ponen el cuello en la argolla.

JUANA.--¡Santa Virgen! ¡Ya van a matarle! Pero...

UN HOMBRE.--¿Y qué?...

JUANA.--Es que nos estafan, nos roban... ¿y la mano?

EL PUEBLO.--¡Es verdad, que le corten la mano! (_Gritos, tumulto,

escándalo. El alcalde consulta con la Junta._)

EL ALCALDE.--Es justo, lo habíamos olvidado. Nuestra es la culpa.

UNO DE LA JUNTA.--Pero, así no vamos a acabar nunca.

EL ALCALDE.--Mi querido amigo, ya que tenemos tan pocas ocasiones de

popularizarnos, aprovechemos ésta. Es cuestión de un momento.

EL SACERDOTE (_al gitano_).--Amigo mío, perdóneles usted, el fanatismo

les extravía.

EL GITANO.--Ya lo veo.

BLASILLO (_en voz alta_).--¡Bravo, pueblo! inventa nuevas torturas. El

Cielo te lo recompensará.

JUANA.--Tiene razón el pobre niño.

BLASILLO (_riendo_).--Sí, mujer, el Cielo o el infierno.

EL PUEBLO.--¡La mano, la mano del maldito!

EL ALCALDE.--Señores, un poco de silencio. La justicia, viviente y

sagrado símbolo de la Divinidad, no es una palabra vana, y esta justicia

se ha impuesto como deber el rendirse a los deseos del pueblo, juicioso

defensor de la religión y del trono.

EL PUEBLO.--¡Viva! ¡viva!

EL ALCALDE.--De modo, señores, que la Junta...

EL SACERDOTE (_interrumpiéndole_).--Señor, en nombre del Cielo, piense

que el desgraciado espera la muerte...

(_El alcalde continúa impertérrito y pronuncia un largo y conmovedor

discurso, tras el cual acaba por conceder al pueblo la mano del reo._)

LA MULTITUD.--¡Viva el alcalde! ¡viva el rey absoluto!

EL ALCALDE.--Ya has oído, obra.

EL GITANO.--¡Por fin!

EL VERDUGO.--¡No, señor!

EL ALCALDE.--¡Cómo!

EL VERDUGO.--Me han hecho venir de Córdoba para dar garrote al reo, pero

no para cortarle la mano. No tengo yo la culpa si ha muerto el verdugo

de Cádiz... Vengan diez duros más, y entonces hablaremos.

EL SACERDOTE.--¡Qué horror, Dios mío!

(_El alcalde delibera con la Junta._)

EL ALCALDE (_al verdugo_).--Vaya, no sea usted...

EL VERDUGO.--No rebajo ni un real...

EL PUEBLO (_arrojando el dinero_).--¡Ahí van los diez duros!

UN CARNICERO (_agitando su cuchillo_).--¡Por Santiago! ¡yo le cortaré

gratis la mano, y la otra y la cabeza!

EL VERDUGO.--Compadre, ¿acaso mato yo sus animales? Cada cual a lo suyo.

Venga ese cuchillo.

(_El carnicero se retira en medio de los aplausos de la multitud; el

verdugo recoge cuidadosamente el dinero, va hacia el gitano, le agarra

el brazo y le corta la mano._)

LA MULTITUD.--¡Bravo! ¡muera el hereje!

EL GITANO.--Creí que esto era más doloroso.

EL SACERDOTE (_con voz sonora y fuerte_).--Era culpable ante los

hombres, pero este martirio le absuelve ante Dios.

BLASILLO (_precipitándose sobre la mano ensangrentada y guardándola

bajo su capa_).--Sacerdote, no lo dices todo, ¡esa sangre caerá sobre

ellos! Adiós, comandante, aun me hace falta fuerza para vengarte; me

voy, porque un minuto más me mataría. (_Blasillo desaparece entre la

multitud._)

Como el momento se acerca, se hace un profundo silencio.

El sacerdote se arroja en los brazos del condenado; el verdugo se

aproxima y pone al cuello de la víctima la argolla; aprieta después el

torniquete que hay en la parte posterior y oprime violentamente el

cuello del paciente. Una vuelta más, y el gitano queda estrangulado; en

aquel momento el sacerdote le echa un velo a la cara, y cae a sus pies

rezando; la multitud aplaude de nuevo y se retira satisfecha. Por la

tarde, cuando ya el sol se oculta detrás de la torre de la Aduana, el

alcalde volvió al cadalso, donde habían dejado el cuerpo del

ajusticiado. Allí se descubrió, sin que el gitano correspondiera a su

atención, y entonces los ayudantes del verdugo arrojaron su cuerpo al

muladar, donde fue devorado por los perros.

XIV

MAESTRO PLOCK

¡La venganza! placer de los hombres.

Creo que fue a una de esas calles de Tánger, sucias, estrechas y

fangosas, bordeada por altas casas sin aberturas, tal vez la calle de

Moab'd'hal, a donde Blasillo se dirigió después de una feliz travesía.

Muchos días habían transcurrido ya desde la muerte del gitano, y la

tartana, siempre oculta en su impenetrable retiro, había podido escapar

tanto más fácilmente, por cuanto todo Cádiz la creía hundida; de modo

que a Blasillo le fue muy fácil franquear la distancia entre Cádiz y

Tánger.

En aquella sucia y fea calle, los árabes se entregaban a sus juegos

favoritos y sobre todo a la caza de los armenios, de modo que así que

uno de ellos se atrevía a sacar la cabeza a la puerta de su casa, caía

sobre él una lluvia de balas.

En medio de ellas atravesó Blasillo la calle hasta que llegó a una

enorme verja de hierro detrás de la cual había un viejo de larga y

cadavérica cara, cubierto con una especie de gorro amarillo, que

encuadraba de una manera extraña su horroroso rostro.

BLASILLO.--Tarda usted mucho, buen hombre, y ya sabe usted, sin embargo,

que las balas llueven sobre los cristianos en esta maldita calle.

EL JUDÍO.--¿No es más que eso? Adiós, joven.

BLASILLO.--Una palabra, no se retire tan pronto.

EL JUDÍO.--Hable, pero sea breve.

BLASILLO.--Aquí en la calle no puedo; déjeme entrar en su casa, y

entonces...

EL JUDÍO.--¡Que el anillo de Salomón te sirva de collar! ¡Vete!

BLASILLO.--Puesto que usted se niega, voy a intentar un último medio.

(_Le enseña un saquito abierto de emblemas jeroglíficos._)

EL JUDÍO.--¡Que no! ¡semejante tesoro en tu poder!... ¿quién ha

podido...? Pero, entra, entra; porque las balas llueven, y no quisiera

que esos incrédulos mancillaran ese talismán.

Se abrió la puerta.

Blasillo entró bajando la cabeza, atravesó otras dos enormes rejas de

hierro y se encontró en un estrecho patio que no recibía la luz más que

por arriba.

--Déjame, hijo mío--dijo el judío--, déjame que examine ese saquito.

Y sus ojos echaban chispas bajo sus espesas cejas.

--Vea usted, padre--respondió Blasillo.

--¡Por las cinco estrellas de Stemboth! éstas son las insignas de uno de

los grados más altos de nuestra asociación, y yo debo obedecer a los que

las posean, sin informarme de qué modo han llegado a sus manos. ¿Qué me

mandas, hijo? El viejo está a tus órdenes.

--Te llaman Jacob, y no obstante tu nombre es Plock, ¿no es cierto,

anciano?

--Es verdad. Que el ángel me toque con el dedo si yo miento.

--Bien, señor Plock; ¿tiene usted unos almacenes cuya entrada da a la

playa, cerca de la ensenada de Betim'Sah?

--Es verdad. Que el ángel me toque con el dedo si yo miento.

--¿Y en esos almacenes guarda ricos tejidos de Túnez, tapices de

Constantinopla y cachemiras del Cairo?

El judío palideció pero, no obstante respondió:

--Es verdad. Que el ángel me toque con el dedo si yo miento.

--Bueno, pues esta noche vas a hacer transportar esas mercancías a una

tartana, con pabellón danés, que hay fondeada en la ensenada de

Betim'Sah.

El judío, que estaba arrodillado, se levantó como si le hubiese picado

una víbora.

--¡Por la cintura de los majos! Eso es imposible! Los cabellos se me

erizan nada más de pensarlo.

--¡Infame judío! ¿Crees que quiero que me regales tus mercancías? Toma,

aquí tienes oro para comprarte tus almacenes, a ti y a tu rabino.

--¡Dios del cielo! guarda tu oro, porque me espanta. Te equivocas sobre

el motivo de mi negativa, joven... ¿sabes lo que pides de mí?

--Lo sé, maestro Plock.

--No lo sabes, no.

Entonces miró a su alrededor con inquietud, y, como si temiese ser oído

se aproximó a Blasillo, le habló un instante en voz baja, y después le

miró con aire interrogativo.

--Ya lo sabía.

--¿Y quiere usted...?

--Sí.

Por la noche, Blasillo vigilaba el embarque de las mercancías, y el

viejo Bentek y los negros llevaban a bordo los últimos fardos, cuando

Plock que hasta entonces había permanecido alejado, se aproximó al joven

y le dijo:

--Sólo el demonio, hijo mío, le ha podido encargar de semejante

comisión; pero yo me lavo las manos; ¡que la venganza del Cielo caiga

sobre usted y sobre los que le mandan!

--¡Que el Cielo le ayude!--dijo Blasillo tendiéndole la mano.

Pero el judío dio un salto hacia atrás.

--Es verdad, no me acordaba--dijo el joven--. Adiós, maestro, hasta la

vista.

--Hasta la vista... Tendría que ser mañana... porque antes de tres días

su madre de usted ya no tendrá hijo.

* * * * *

Un mes justo después de la ejecución del gitano, una peste espantosa

devastaba Cádiz; porque Blasillo había hecho naufragar su tartana al pie

del fuerte de Santa Catalina...

Su tartana, llena de mercancías, comprada por él en Tánger, había sido

saqueada por el pueblo.

Porque Blasillo, al comprar aquellas mercancías, que procedían de

Levante, entonces asolado por una epidemia, sabía que estaban

infectadas y que maese Plock no esperaba más que una ocasión favorable

para purificarlas[8].

El pueblo de Cádiz que ignoraba esta circunstancia, se apoderó de las

brillantes mercancías e infectó a todos los habitantes.

Hasta el alcalde y los miembros de la Junta que quisieron ver a sus

mujeres y a sus hijos vestidas como las grandes de España, fueron

atacadas por la peste.

En fin, perecieron gran número de personas en Cádiz y en sus

alrededores, porque los meses de julio y de agosto fueron muy calurosos,

y la fiebre amarilla complicó la peste.

Se calculó el número de los muertos en veintinueve mil setecientos

treinta y dos, sin contar los frailes.

En cuanto a Blasillo, no se supo lo que fue de él, como tampoco de sus

negros.

Pero había cumplido su palabra al gitano.

¡Le había vengado!

FIN

NOTAS:

[1] Guardias.

[2] Traducida esta obra con toda fidelidad, esperamos que el buen

sentido del lector subsanará las lamentables inexactitudes en que el

autor incurre a cada paso al pretender pintar las costumbres españolas

sin conocerlas, sin duda, y sabrá juzgar sus gratuitas apreciaciones,

así como el injustificado menosprecio del carácter español, que campea

en las páginas del libro. Por tratarse de una figura literaria de la

talla de Sue son más de sentir tales ligerezas, capaces de desprestigiar

al escritor de más fuste y que son imperdonables en el autor del

_Judío_.--N. del T.

[3] Espíritus malignos. (Trad. pop.)

[4] El carretón de la muerte; es arrastrado por esqueletos, y el ruido

de sus ruedas indica el fallecimiento.

[5] Espíritu maligno que preside las tempestades.

[6] Marineros escogidos.

[7] Hay más de 25 leguas de distancia entre los dos puntos.

[8] Muchos judíos de Tánger se dedican a esta lucrativa industria;

compran mercancías infectadas a bajo precio, las purifican como pueden,

y las revenden en Europa. La peste de Cádiz en 1760, no tuvo otra causa.

Un buque contrabandista escapó a las visitas sanitarias y propagó la

epidemia.

Plick y Plock · 第 13 / 13 段