lo hundieron en parte, y antes de que los marineros hubiesen vuelto a
cargar sus armas, una masa espantosa les derribó y pasó por encima de
ellos lanzando horribles mugidos.
--¡Desconfiad!--gritaba Santiago, que estaba guarecido detrás de uno de
sus valientes al que hacía servir de escudo--; desconfiad, es una
astucia de guerra; quieren caer de improviso sobre nosotros; volved a
cargar las armas.
--Señor teniente--dijo uno de los marinos--, ¡pero si el sitiado tiene
el más hermoso par de cuernos que jamás cristiano alguno haya tenido
plantados sobre la cabeza!...
--¡Apresad al monstruo!--gritó Santiago retrocediendo con su escudo
viviente--, es el condenado, apresadle... _Vade retro, Satanas_...
¡Santiago, San José, tened piedad de nosotros!
--Pero, teniente... si esto no es... más que un buey ¡por la Virgen! un
excelente buey que se mueve. ¡Con siete balas en el cuerpo!
Y la luz que se trajo de la cámara, permitió comprobar la exactitud de
este curioso boletín. Era, en efecto, un buey destinado a la comida de
la tripulación de la tartana, y que se habían probablemente visto
obligados a dejar al abandonar la embarcación.
--¡Un buey! ¡un innoble buey!--decía Santiago--. Un plan de ataque
combinado con tanta sangre fría y ejecutado con tanta audacia para...
¡para apoderarnos de un buey al abordaje!
--Nos lo llevaremos, ¿verdad, teniente? Nos vendrá al pelo porque ¡hace
tanto tiempo que no comemos carne fresca!
--Os guardaréis de ello... ¿lo oís?--repuso Santiago con cólera--. ¡Qué
brutos y qué asnos sois! es decir, que queréis exponeros a las burlas de
vuestros camaradas presentando ese hermoso trofeo... Me opongo
terminantemente; subid al puente, seguidme, cerrad las escotillas, y
sobre todo, una vez a bordo, no desmintáis ni una palabra de lo que diré
al capitán, tanto en vuestro interés como en el mío.
Santiago volvió a bordo de la escampavía, donde ya comenzaban a estar
inquietos, e hizo con una rara imprudencia, un relato detallado de su
combate con el gitano y sus demonios.
--En fin--añadió--, en fin, lo cierto es que todos están muertos o fuera
de combate.
Al escuchar aquella heroica narración, en que la intrepidez de Santiago
se revelaba por primera vez, el capitán Massareo, que conocía
perfectamente la cobardía de su segundo, no concebía un cambio tan
rápido; pero, acordándose de la quijada de Sansón, de la burra de
Balaam, y de tantos otros milagros, acabó por mirar a Santiago como un
elegido a quien Dios había animado de pronto con un soplo divino, para
darle la fuerza de combatir a un réprobo, a un hijo del ángel rebelde.
De modo que una vez que hubo adoptado esta desgraciada idea, creyó
ciegamente todas las tonterías y todas las mentiras que Santiago tuvo a
bien contarle.
--¿Y el gitano?--preguntó el capitán.
--El gitano, capitán, estaba probablemente disfrazado, pero yo estoy
convencido de que ha muerto también. ¡Diablo de sangre, cómo
mancha!--dijo Santiago que quería sin duda desviar la conversación de un
asunto tan delicado, y se interrumpió para limpiarse un ancho trazo de
sangre que surcaba su vestido, último vestigio de la agonía del pobre
cuadrúpedo.
--¿Está usted herido, valiente Santiago?--preguntó el capitán con
interés--. ¡A ver!
--No, no, por mi madre, no verá usted nada. Es una insignificancia, una
tontería--respondió Santiago con una indiferencia afectada,
retrocediendo precipitadamente--; pero lo que es importante, capitán, es
echar a pique ese nido de demonios. Las escotillas están cerradas, es
cuestión de unos cuantos cañonazos, y habremos purgado la costa del más
grande bandido que jamás haya infestado la costa.
Massareo se moría de deseos de preguntar por qué no habían traído
prisioneros que hubieran podido dar fe del feliz éxito de la expedición;
pero comprendiendo que tendría que encargarse él de esta segunda misión,
y como ello no era muy de su gusto, accedió a todo lo que quiso el
valiente y bienaventurado Santiago, y comenzó a cañonear vigorosamente
la pretendida tartana del gitano, que no podía resistir largo tiempo un
fuego tan nutrido.
IX
EL RELATO
No matarás.
_Mand. de la ley de Dios._
Mientras que el bravo Massareo destruía una de las tartanas, la otra
salía del canal de la Torre, y navegaba con habilidad a pesar de las
ráfagas del levante, cuya violencia disminuía, sin embargo,
sensiblemente.
No había nada en el mundo más resplandeciente que la pequeña cámara de
aquel buque, en la cual dos invitados estaban comiendo. Un enorme globo
de cristal pendiente del plafón, proyectaba una claridad viva y pura
sobre un rico tapiz turco, de un azul brillante, en el que se veían
bordados hermosos pájaros rojos que desplegaban sus alas doradas, y
tenían entre sus patas de plata largas serpientes de escamas verdes como
esmeraldas; un diván de raso obscuro, daba la vuelta a toda la pieza.
En el centro, y cerca del diván, se levantaba una mesa servida con gusto
y riqueza exquisitos; pero en lugar de ser sostenida sólo por las patas,
cuatro ligeras cadenas la ataban al suelo, para librarla de los
vaivenes. El tinto de Rota, el Jerez y el Pajarete centelleaban en
preciosos frascos de cristal cuyas mil facetas reflejaban una luz
cambiante y coloreada como los matices del prisma, mientras que los
racimos de Sanlúcar, de granos violados y aterciopelados, las brevas de
Medina, las granadas de Sevilla, que el sol había abierto, y las
naranjas de Málaga, se elevaban en elegantes pirámides en las cestas
tejidas con un ligero hilo encarnado, tal como se ven en Esmirna; el
mantel, resplandeciente de blancura, estaba atravesado, según la moda
oriental, por brillantes dibujos de oro y de seda.
Unicamente sencillas botellas de un verde obscuro, de cuello largo y
estrecho, de tapón lacrado y sujeto por alambre, botellas, en fin, que
olían a Francia y a champaña a una legua, contrastaban singularmente con
el lujo y el aparato asiático que dominaba en aquella pieza.
Y era efectivamente champaña, porque dos copas cónicas y cilíndricas,
que se levantaban sobre su ancho pie de cristal, aparecían gloriosamente
llenas, y el licor rosado que hervía y centelleaba, elevó bien pronto su
espuma temblorosa por encima de los bordes del vaso.
--¡Atención, comandante, la marea sube!
Esto decía el joven imberbe que mandaba aquella tartana, sosia de la del
gitano, perseguida con tanto encarnizamiento y desgracia por los dos
guardacostas, mientras que el comandante desembarcaba el contrabando del
convento de San Juan al pie de las rocas de la Torre...
La misma tartana de que el valiente Santiago se apoderara al abordaje
con un buey y sus cuernos y que el no menos valiente capitán acababa de
destruir a cañonazos.
--Comandante, la marea baja, y si usted no tiene cuidado habrá bajado
del todo en un instante--repitió el muchacho, y de un trago apuró lo que
él llamaba la marea, de modo que su vaso quedó seco--. ¡Cómo amo este
vino de Francia! Porque nuestro Jerez y nuestro Málaga, con su color
amarillo sombrío, me parecen tan tristes como el canto de una dueña;
mientras que el color rosado y riente de este champaña me llenan el alma
de alegría. ¡Dios de verdad! Es como si oyese a mi Juana rasguear en mi
guitarra un vivo bolero. Por mi fe; viva el vino de Francia--repuso
dejando tan vivamente el vaso sobre la mesa, que lo rompió.
Este ruido sacó al otro comensal de su ensimismamiento: era el gitano.
--¡Francia, Blasillo! palabra ¡es un digno país!
--¡País de hospitalidad!--dijo Blasillo apurando un segundo vaso de
champaña.
El gitano miró, inclinó la cabeza hacia atrás recostándola sobre los
cojines del diván, y soltó una carcajada.
--Y de la libertad--continuó Blasillo en el mismo tono.
Aquí las carcajadas del gitano fueron tan violentas que resonaron por
encima del ruido de la tempestad eme mugía fuera, con gran confusión del
pobre Blasillo, que le miraba con aire de disgusto y de estrañeza.
El gitano lo advirtió.
--Perdón, Blasillo, perdón, hijo mío; pero tu ingenua admiración por ese
dulce país de Francia, como le llaman, ¡me ha recordado tantas
cosas!...
Después de un momento de silencio, el gitano se pasó rápidamente la mano
por la frente, como para desechar una idea penosa, y dijo sonriendo:
--Ahora que ya no podemos dedicarnos al contrabando y que nuestra
escuadra ha quedado reducida a la mitad, ¿a dónde iremos, Blasillo?
--¡A Italia, comandante! Como aquí, el sol es caliente, el cielo azul,
los árboles verdes; como aquí, las mujeres son morenas, cantan
acompañándose de una guitarra y se arrodillan delante de la Virgen; sin
contar con que más de una ensenada de la costa de Sicilia ofrecería un
bueno y seguro refugio a la tartana. Vamos, ¡rumbo hacia Italia,
comandante!
--¡A Italia!... no, porque los asesinos son castigados con la muerte,
¿no lo sabes, Blasillo?
--¡Dios mío! ¡usted asesino!--dijo el muchacho con espanto.
--Escucha. Blasillo, yo tenía catorce años; mi hermana Sed'lha y yo
conducíamos a nuestro padre que apenas podía andar, cuando cayó herido
de un tiro de carabina. Era el fruto del odio santo, que nos tenía un
cristiano. Yo no llevaba encima más que mi estilete; me lancé en
persecución del asesino le alcancé cerca de una roca. El era fuerte y
vigoroso, pero la sangre de mi padre había manchado mis ropas... y le
degollé con fruición. He aquí cómo abandoné Italia con mi pobre Sed'lha
¿qué habrías hecho tú, Blasillo?
--Hubiera vengado a mi padre--dijo el adolescente después de un momento
de expresivo silencio--. Viremos en redondo, comandante--añadió con un
profundo suspiro--, y vayamos a Egipto. Se dice que Mehemet Alí e
Ibrahim acogen muy bien a los extranjeros. Vamos a Alejandría...
--Es una hermosa ciudad Alejandría: es allí donde yo desembarqué al huir
de Italia. Un buen emir me recogió con mi hermana y me envió al colegio,
porque hay más instrucción y más colegios en Alejandría que en todas las
Españas, Blasillo.
--Le creo a usted, comandante.
Aprendí allí la lengua francesa, el español, la ciencia de los números,
el arte náutico. Salí de allí hecho un buen marino.
--¡Y que lo diga usted!
--Al cabo de seis años yo mandaba un brick, que tuvo un encuentro con el
brulote de Canaris, Blasillo.
Este hizo el saludo militar.
--Y volví a puerto para reparar las averías y reclutar una nueva
tripulación, lo que ocurría siempre que se encontraba a Canaris. En
Alejandría me recibieron afectuosamente. Verdaderamente es una alegre
ciudad, sobre todo en las hermosas tardes en que el sol se pone detrás
de las arenas del desierto y cuando dora con sus rayos el harem de
Mehemet, las fortificaciones del viejo puerto, el palacio del faraón y
la columna de Pompeya. Entonces el aire del mar refresca el aire
abrasador; los negros extienden la tienda rayada sobre la terraza, y
uno, tendido sobre un muelle cojín, aspira el vapor del tabaco
levantino, que se perfuma al atravesar un agua de rosas y de lilas, y
después, una hermosa joven de Candía o de Samos, se arrodilla ante uno
ofreciéndole ruborizada un sorbete helado en una copa ricamente
cincelada. Haces un signo y ella se aproxima a ti, y, con un brazo
pasado alrededor de su cuello, miras con indiferencia aquella cabeza de
ángel que se dibuja como una aparición fantástica en medio de un humo
azulado y oloroso, que se eleva en torbellinos del narguile.
Los ojos de Blasillo brillaban ciertamente tanto como las facetas
centelleantes de los frascos de vidrio:
--Vamos a Alejandría, comandante--dijo incorporándose.
--¡A Alejandría! ¿qué te parecería, mi querido niño, si te sentasen
sobre la flecha aguda de un minarete que se lanza hacia las nubes?
¡flecha, por otra parte, brillante y dorada! ¿y si se te dejase en esa
incómoda posición hasta que los cuervos hubiesen devorado las pupilas de
tus grandes ojos negros?
Esta proposición apagó el ardor de Blasillo, que llenó prestamente su
copa sonriendo:
--Viremos, pues, en redondo, comandante.
--Sí, Blasillo, tal es la suerte que me espera en Egipto, si el bauprés
de mi tartana se dirigiese hacia ese suelo encantado.
--¿Y por qué, comandante?
--¡Oh! porque yo hundí cinco veces mi kangiar en la garganta del buen
anciano emir que nos recogía a Sed'lha y a mí, y me hizo instruir como
un rabino.
--¡Dios del Cielo! ¡otro asesinato! ¡Usted asesino de su bienhechor!
--Había abusado de la hospitalidad que nos diera para seducir a mi
hermana, con la que no podía casarse. ¿Qué hubieras hecho en mi lugar,
Blasillo?
El joven español ocultó la cabeza entre sus manos.
--¿Y su hermana?--preguntó.
--Me quedaba aún una última prueba de afecto que darle, y se la di.
--¿Cuál?
--La maté, Blasillo.
--¿Mató también a su hermana? ¡Usted fratricida! ¡Anatema!
--¡Niño! ¿sabes tú qué suerte espera en Egipto a una joven de mi raza
que se ha dejado seducir, cuando el seductor es casado? La despojan de
sus vestidos y la pasean desnuda por la ciudad; después la mutilan del
modo más horrible, la meten en un saco y la exponen a la puerta de una
mezquita, donde todo hombre, incluso un cristiano, puede llenarla de
golpes, de injurias y de barro... ¿Qué hubieras, pues, hecho más por tu
hermana, Blasillo?
--¡Siempre asesinatos, siempre! No obstante, yo admiro a usted--dijo
Blasillo anonadado.
--¡Bebamos, niño! ¿ves? la espuma plateada tiembla y chisporrotea.
Bebamos, y arrojemos a la sombra los negros recuerdos del pasado. ¡Por
tu amante Juana, por sus ojos negros!
Blasillo repitió casi maquinalmente:
--¡Por Juana y sus ojos negros!
--Blasillo, ¿dónde iremos a arrojar el áncora?
--Propongo que en Francia, comandante--y mostraba su copa medio vacía--,
porque, por mi Juana, ¡si los franceses se parecen a su vino!...
--Justo, Blasillo, justo. Como su vino, ellos estallan, chisporrotean y
se evaporan.
--Pero por lo menos no habrá allí, así lo espero, minaretes de flechas
agudas sobre los cuales sienten a las gentes, mezquitas donde insulten a
las jóvenes, y cristianos que degüellen a un anciano como un corzo.
Además, usted no ha estado allí, ¿verdad, comandante?
--Sí, Blasillo.
--¿Y permaneció usted mucho tiempo en ese hermoso país?
--Blasillo, cuando salí de Egipto, vine a Cádiz, en tiempos de las
Cortes; ofrecí mis servicios y no me preguntaron si llevaba la cruz o el
turbante, pero me hicieron maniobrar una hermosa fragata de guerra, y
cuando vieron que yo servía para el caso, me la confiaron. Hice algunos
afortunados cruceros, y sobre todo recorrí la costa con el mayor
cuidado. Más tarde, cuando la santa alianza tuvo que reconocer que tu
dulce país tenía la fiebre amarilla...
--¡Por mi Juana! era una fiebre de libertad.
--Bien, Blasillo, fue un pequeño acceso de libertad, corto y rápido, que
la santa alianza detuvo prontamente con un poco de pólvora de cañón.
¡Hermosa victoria! porque tus compatriotas que no tiran jamás sobre un
hombre que lleva un crucifijo, tuvieron que bajar sus armas ante las
cruces, los pendones y los religiosos que precedían al ejército francés,
y se arrodillaron ante el enemigo como al pasó de una procesión. De modo
que ésta fue una victoria, una victoria de agua bendita, Blasillo. Yo
seguí otro sistema; dejé pasar las tonsuras y tiré sobre los soldados.
Por esta causa, cuando la paz de Cádiz, fui condenado a muerte por
masón, comunero, rebelde y hereje, que viene a ser lo mismo. Huí a
Tarifa, donde me refugié con Valdés y algunos otros hombres. Nos
sitiaron, y al cabo de ocho días de una vigorosa defensa, tuve la suerte
de caer moribundo entre las manos de un oficial francés que favoreció mi
fuga, y me dirigí a Bayona y de allí a París.
--¿A París, comandante? ¿Usted ha estado en París?
--Sí, hijo mío; y allí, vida nueva; reanudé la amistad con un capitán de
la marina que había conocido en el Cairo en el momento en que iba a ser
decapitado por haber levantado el velo a una de las mujeres de un
fellah. Yo le salvé a bordo de mi brick. Al encontrarme en Francia,
quiso atestiguarme su agradecimiento, y me presentó a un pequeño número
de amigos, como un proscrito de la Inquisición. Entonces recibí tantas y
tan calurosas protestas de interés, que me conmoví, Blasillo. Bien
pronto el círculo se engrandeció, y todos quisieron oírme contar mi
desgraciada existencia. Yo me presté a ello; siempre es dulce hablar de
sus desgracias a quien las compadece, y hay en ello como una miserable
coquetería que impulsa a decir: Ved cómo mi herida sangra aún. Pero mi
vanidad fue cruelmente castigada, porque advertí un día que se me hacía
repetir con demasiada frecuencia mis desgracias. Más desconfiado,
estudié aquellas almas generosas, y escuché las reflexiones que hacían
nacer mis confesiones. Entonces pude apreciar el interés que se tenía
por el hombre que ha sufrido mucho. Al principio quedé anonadado,
después me dio risa. Figúrate tú, Blasillo, que querían a todo precio
emociones nuevas, como ellos decían, y, para proporcionárselas habrían
asistido, creo yo, a la agonía de un moribundo, y habrían analizado uno
a uno todos sus movimientos convulsivos. Y, a falta de mi agonía,
explotaban el relato de mis males, y se complacían en hacer vibrar cada
cuerda dolorosa de mi corazón, para apreciar su sonido. En cuanto a mí,
con los ojos chispeantes, el pecho hinchado por los sollozos, les
contaba la agonía de mi pobre hermana y mis horribles imprecaciones
cuando vi que estaba muerta... muerta para siempre... entonces ellos,
palmoteando, decían: «¡Qué expresión! ¡qué gesto! ¡Qué bien
representaría el Otelo!» Sí, cuando yo les contaba mis combates por la
independencia de España, que me habían proscrito; cuando mi exaltación
africana llegaba hasta el delirio y yo gritaba jadeante: ¡libertad!
¡libertad!... ellos decían: «¡Qué hermoso está! ¡Qué bien representaría
el Bruto!» Y después, cuando habían asistido a la tortura moral que me
imponían exaltando mis recuerdos, se iban tranquilamente al baile, a
sus ocupaciones, a otros placeres: porque para ellos todo estaba dicho:
la comedia ya había sido representada. Entonces, yo creía despertar de
un sueño, y me encontraba solo con mi amigo el capitán de barco,
orgulloso de mí, como el que exhibe un tigre aprisionado.
--¡Infame!--exclamó Blasillo.
--No, Blasillo; aquellas buenas gentes trataban de distraerse. ¡El día
es tan largo! y además, ¿de qué podía quejarme? no me habían silbado, al
contrario, me aplaudían. ¿Qué quieres? mi vida es un papel; así como
así, todo es comedia: amistad, valor, virtud, gloria, abnegación.
--¡Oh! ¡comandante!--exclamó Blasillo con amargura.
--¡Todo, muchacho, todo! hasta la piedad de las mujeres por la
desgracia. Y si no, escucha; yo amaba con pasión a una mujer hermosa,
joven, rica y brillante. Una tarde, yo me había deslizado en su tocador
antes de la hora, y acurrucado detrás de un espejo, esperaba. De pronto,
se abre la puerta, y Jenny entra con una mujer hermosa, joven también.
Bien pronto vinieron las confidencias, y como su amiga le envidiase mi
amor, ella respondió: «¿Crees que le amo? no, condesa; pero me choca y
me enternece; me da miedo y me divierte. ¡Qué pálidas resultan las
lamentaciones de un héroe de novela al lado de su desesperación! porque,
querida mía, cuando el pobre muchacho llega al capítulo de sus disgustos
pasados, llora con lágrimas de verdad y, ¿lo creerás tú? me conmuevo»
añadió riendo fuertemente. Ya ves, Blasillo; había faltado a sus
deberes y se había entregado a mí para hacerme representar sucesivamente
los remordimientos, el furor o el amor; me inspiró piedad entonces,
Blasillo. ¡Bebamos, muchacho! ¡Por la hospitalidad de Francia, como tú
dices, por la libertad!... Una mañana, mi amigo el capitán, vino a
decirme que mi presencia en París podría encender de nuevo la antorcha
de la revolución en España, y que si en el plazo de tres días no había
abandonado Francia, me exponía a ser detenido y a ser conducido a la
frontera... allí, ya comprendes lo que me esperaba. Viendo mi embarazo,
el excelente hombre, que debía tomar en Nantes el mando de un negrero,
me propuso partir con él; yo acepté, y diez días después estábamos a la
vista del estrecho de Gibraltar: Mi buen amigo quiso dejarme en Tánger,
donde yo permanecí algún tiempo; allí, el judío Zamerith, jefe de una de
nuestras sectas de Oriente, me cedió las dos tartanas con sus
tripulaciones de negros mudos, y tú, querido mío, y tú de propina; tú,
pobre aspirante de marina, al que habían hecho prisionero a bordo de un
yate, cuyo pasaje fue asesinado; ¡tú, pobre niño, que has querido unirte
a mi suerte! ¿Amas, pues, al condenado? di, ¿me amas?
El gitano pronunció estas últimas palabras con aire emocionado. La única
lágrima que en mucho tiempo había derramado, brilló un momento en sus
ojos, y tendió la mano a Blasillo, que la asió con una exaltación
inconcebible, exclamando:
--¡En vida y en muerte, comandante!
Y una lágrima obscureció también la mirada de Blasillo; porque todo lo
que impresionaba el alma o la cara del maldito, se reflejaba en él como
en un espejo.
No obstante, y aunque hubiese adoptado las ideas del gitano, esto no era
en él la pálida y servil parodia de aquel carácter singular; pero este
carácter resumía a sus ojos todos los rasgos que hacen al hombre
superior, y lo copiaba como una bella alma copia a la virtud. Si quería
compartir todos sus peligros, es que obraba movido por una especie de
fatalismo, persuadido de que vivía de su vida y de que moriría de su
muerte. En fin, aquel hombre singular era para aquel niño apasionado más
que padre, amigo o jefe, era un dios.
Y en efecto, aquel compuesto de audacia y de sangre fría, de crueldad y
de sensibilidad; aquel golpe de vista seguro y penetrante de profundo
táctico, unido a una prontitud de ejecución siempre justificada por el
éxito; aquel lenguaje, tan pronto cargado de los colores orientales, tan
pronto abrupto y brusco; aquellos vastos conocimientos, aquellos
crímenes, excusables y comprensibles hasta cierto punto, aquel interés
que rodeaba al proscrito, aquella existencia prematuramente amargada,
las amargas revelaciones de aquella alma fuerte y generosa, a quien el
destino condujo a demostrar el amor filial por un asesinato, y el amor
fraternal por otro asesinato; en fin, la vista de aquel réprobo, grande
en medio de sus desgracias, todo aquello debía fascinar a una
imaginación ardiente y joven. Así, el gitano ejercía sobre Blasillo
aquella inevitable y potente influencia que un hombre tan extraordinario
debía imponer a todo carácter exaltado; en una palabra, Blasillo
experimentaba por él aquel sentimiento que comienza en la admiración y
acaba en la abnegación heroica.
--¡Bebamos, Blasillo!--repuso el comandante, cuya mirada había
recuperado su vivacidad habitual--, bebamos, porque acabo de hacerte una
larga y aburrida confesión, hijo mío; únicamente ten presente que no has
de volverme a hablar jamás de esto; ahora ya conoces mi vida. ¡Vamos!
¡por tu Juana!
--¡Por su monja, capitán!
--Ya la había olvidado, así como mi proyecto de escalo, porque los muros
son elevados, Blasillo.
--¡Por el Cielo, comandante! si los muros del convento de Santa
Magdalena son elevados, una flecha provista de un hilo de seda lanzada
por una ballesta, puede llegar bien alto, y caer en el jardín del
claustro.
--¿Y después, Blasillo?
--Después, comandante, la monjita que habrá recibido el hilo de seda,
del cual usted habrá guardado un cabo, se lo notifica por un ligero
movimiento; entonces usted ata una escala de cuerda a la extremidad del
hilo que cae por la parte de fuera; la joven tira hacia ella, fija la
escala en el muro, como ha hecho usted por la parte de fuera, y ¡por la
Virgen! usted puede una noche entrar en el santo recinto y salir tan
fácilmente como yo vacío esta copa.
--Por mi kangiar, joven, conoces el fuerte y el flaco del reducto, y, a
fe mía, tengo deseos de...
En aquel momento, un viejo negro de cabellos blancos, el único
tripulante que no era mudo, descendió rápidamente, se lanzó hacia la
habitación, e interrumpió al gitano.
X
EL PRODIGIO
...Yo no sé, maestro, si es demonio
o brujo; mi manta encarnada se ha
vuelto negra, y he mellado mi larga
espada escocesa golpeando el ala satinada
de un joven cisne.
WORD'WOK, «_Aventuras de Ritsborn, el buen loco_».