noche, sobre todo cuando se bordea cerca de las costas, que con
frecuencia son atravesadas por corrientes de una velocidad de cuatro o
cinco nudos.
Era, pues, de noche, y el levante que soplaba sobre la costa, erizada de
rocas, era un poco más violenta que no lo fue cuando el memorable
vendaval de 1797, que hizo naufragar a todas las embarcaciones fondeadas
en la rada de Cádiz; todo pereció, personas y buques.
Era uno de esos temibles huracanes durante los cuales los marineros se
quedan lívidos y creen en Dios.
Las estrellas brillaban, las olas, al chocar unas contra otras,
desprendían tantas luces fosforescentes, que aquella vasta llanura, de
un negro sombrío, aparecía casi iluminada por millares de chispas
azuladas, y verdaderamente, salvó el levante que mugía más que el
trueno, era un hermoso espectáculo.
Las dos escampavías que habían salido a la caza de la figurada tartana
del gitano, bailaban sobre aquella sima abierta.
Habían arriado sus gavias, sus foques, su vela mayor, y huían con el
viento de proa sólo con el aparejo de mesana; había sido amarrada la
barra del timón, y los sesenta y tres hombres que componían las dos
tripulaciones, estaban muy ocupados en el sollado poniéndose a bien con
Dios. Como no había ningún sacerdote presente, se confesaban los unos a
los otros.
La confesión es una cosa admirable en sí misma, en tierra, por ejemplo,
en una iglesia de aldea donde las vidrieras dejan penetrar un alegre
rayo de sol, cuando vais a partir para una larga campaña, y vuestra
abuela está allí arrodillada, llorosa, haciendo arder un cirio bendito
que ha dedicado a Nuestra Señora: ¡oh! sí, entonces, la confesión al
oído de un juicioso y virtuoso sacerdote de cabellos blancos, que, al
salir del confesionario y apoyando su brazo trémulo sobre el vuestro, os
dice: «Hijo mío, vamos a ver a mis ovejas que bailan bajo los sauces
allá abajo, al borde del arroyo, y de pasada llevaremos una botella de
buen vino al pobre viejo Juan Luis, el protestante.»
De este modo, sí, comprendo la confesión; pero a bordo, en medio de una
tempestad, cuando únicamente a fuerza de brazos se puede escapar a una
muerte inminente, cuando las olas se estrellan con furia contra la
embarcación, cuando a cada momento se ve desaparecer una vela, cuando
los palos se inclinan y crujen, cuando el oleaje se abate y muge sobre
el puente, lo arrolla todo y arrastra hombres, vergas, botes... ¡oh!
entonces la confesión es una práctica por lo menos fuera de uso y sin
utilidad ninguna para virar en redondo o para largar una gavia.
Quedamos en que a bordo de las dos escampavías habían sido amarradas las
barras del timón; las dos embarcaciones navegaban en las mismas aguas, y
como nadie, absolutamente nadie, había quedado sobre el puente, la
gracia de Dios cuidaba de ellas; y esto, en la práctica, resultaba
bastante mal, porque la escampavía _Urna de San José_, a consecuencia
del ángulo que su barra formaba con su quilla, se dejó ir violentamente
sobre su compañera la _Bendición de Nuestra Señora de los Siete
Dolores_ y la abordó por la popa, y como la parte de detrás de un buque
acostumbra ser menos resistente que la anterior, la _Bendición de
Nuestra Señora de los Siete Dolores_ recibió el bauprés de la _Urna de
San José_, en la obra muerta, que se abrió y dio libre acceso a una vía
de agua que echó a pique a la escampavía y a los sesenta confesados y
confesores.
Ya veis que la confesión no vale nada en semejantes ocasiones.
Pero la escampavía no se hundió rápidamente.
La _Urna de San José_ sintió, a la espantosa conmoción que
experimentara, que algo extraordinario pasaba en su exterior, y fue
enviado un grumete, que se disponía a confesar su sexagésimo tercero
pecado, para que se enterase de lo ocurrido. Montó en el acto,
arrastrándose por el puente, vio el bauprés enteramente destrozado, y a
un tiro de fusil a la otra escampavía, con la popa hundida, elevar su
proa, donde se habían refugiado los tripulantes que quedaban.
El capitán del buque que se hundía, puso sus dos manos ante su boca en
forma de trompa, y por medio de esta bocina improvisada dijo no sabemos
qué cosa al grumete que tuvo la atención de formar también con su mano
una especie de trompeta acústica.
Pero desgraciadamente la _Bendición de Nuestra Señora de los Siete
Dolores_ estaba bajo el viento y el grumete no entendió ni una palabra;
pero como le habían dicho que _viese_ lo que ocurría, se acurrucó en un
rincón y miró.
Algunos de los náufragos se arrojaron al mar; pero ¡por el ángel de San
Pedro! había que nadar contra viento y marea para llegar a la
escampavía, que no obstante no estaba lejos. Imposible. Se ahogaron,
pues, los imprudentes, después de haber sido cegados por el remolino de
las olas, que les azotaba y les ensangrentaba la cara.
El grumete veía todo esto a la luz de su farol, tratando de no perder ni
una convulsión, ni un rechinar de dientes a fin de ser exacto en su
relación, pero rogaba a Dios por ellos; ¡el pobre y digno muchacho!
Bien pronto, la proa de la escampavía se hundió también, y los que
sobrevivieron a este desastre se subieron al palo de mesana, el único
que había quedado en pie, y era cosa curiosa ver este palo, sobre el
cual las cabezas de aquellos hombres estaban agrupadas, y que se me
perdone la imagen como las cerezas sobre esos ligeros bastones que tanto
placen a los niños.
Esta viga, cargada de hombres, no permaneció ni diez minutos fuera del
agua; pero durante esos diez minutos ¡qué drama más terrible!...
Al final no quedaron más que dos sobre el palo, dos hermanos, según
creo, gente piadosa y juiciosa; pero el instinto vital se sobrepuso a la
fraternidad; cuando eran niños ¡oh! se amaban mucho. El más hermoso de
los frutos era el que ellos se ofrecían, y cuando uno cometía una falta,
su madre tenía que castigar a los dos, porque el uno no quería acusar al
otro. Más tarde se enamoraron de la misma mujer, y la mataron para que
no perteneciese a ninguno de los dos. Eran españoles, perdonadles. Por
esta causa fueron condenados a cinco años de galeras; el mayor consiguió
escaparse, pero no habiendo conseguido favorecer la evasión de su
hermano, volvió a ingresar en presidio, por no querer abandonar a aquel
ser querido.
En fin, dos valientes y leales camaradas, si los hay; pero, ¿qué
queréis? enfrente de la muerte está permitido sentirse un poco egoísta.
El palo sobresalía aún unos seis pies del agua, y, para el que ocupaba
la parte más elevada de él, era una altura comparable a las de las
montañas más altas, porque en aquellos momentos decisivos, un minuto de
existencia era un año... una pulgada de terreno, era una legua.
El hermano mayor, que, no obstante, ocupaba el sitio inferior, sintiendo
la frescura del agua, que le oprimía como un círculo de hierro helado,
hizo un violento esfuerzo, y se agarró a las rodillas del menor.
Este, que oprimía el palo con todas las fuerzas convulsivas de la
agonía, intentó apoyar su pie sobre el pecho de su hermano para
ahogarle... ¡Desesperación! ¡Imposible! Se apretaba las rodillas como un
torno.
Y, cosa rara, aquellas dos cabezas, que tantas veces se habían
alegremente sonreído y tiernamente besado, allí se seguían con ojos de
odio, se mataban con la mirada.
En fin, el que ocupaba lo alto del palo, lo abandonó un instante.
El otro advirtió el movimiento, y se soltó también.
Es lo que el pequeño esperaba. Le arrojó los dos brazos alrededor del
cuello, no suavemente como otras veces y diciéndole: «Buenos días,
hermano», sino con frenesí. De modo que le estranguló oprimiéndole la
garganta contra un tope de la mesana con un cabo de cuerda que flotaba.
¡Crimen inútil! sólo el pensamiento se extinguió en aquel cuerpo, porque
los brazos del cadáver estrechaban siempre las rodillas del fratricida,
hasta que desaparecieron los dos.
Cuando el grumete no vio nada más, se frotó los ojos, miró aún otra vez
y bajó para contar lo que había presenciado, causando gran extrañeza,
pero le dejaron con la palabra en la boca, con la promesa de que le
dejarían acabar otra vez su relación, y el encargado del cuarto de
babor, subió al puente por orden del capitán. El viento soplaba con un
poco menos de violencia, pero la noche era clara; colocose un buen
marinero en la barra del timón para evitar la deriva, y continuó la
embarcación con rumbo al Oeste.
Hacía algún tiempo que se dejaban llevar en esta dirección, cuando el
marinero de guardia gritó:
-¡Barco a estribor!
Se precipitaron todos a la luz de los faroles y pudieron ver a la
tartana completamente desmantelada, ¡a la tartana que perseguían desde
la víspera! ¡a la tartana causa primera de todos sus desastres!
--¡Por fin!--aulló el capitán--, la Santa Virgen nos protege y Dios es
justo. ¡Vas a pagar, maldito, la muerte de nuestros hermanos!
Y a pesar de la impetuosidad del viento, intentó sesgar.
VIII
LA «URNA DE SAN JOSÉ»
¿Por miedo?... No, señor...
CALDERÓN.
--¡Santiago! ¡Santiago!--gritó el capitán de la _Urna de San José_--.
¡Santiago! haz que los artilleros ocupen sus piezas.
--Capitán... yo...
--¡Cualquiera diría que tiemblas!...
--No, capitán, pero el levante ha alterado mis nervios...
--¡Por Cristo! ¿Qué se diría si se viese al teniente del navío que yo
mando temblar como una gaviota entre un temporal? Vamos, artilleros, a
vuestras piezas; ¡y vosotros, rumbo hacia la tartana, que Satanás
confunda! Cuando hayamos cambiado de disposición le largaremos una
andanada. ¡Que Dios me ayude!... el levante cede... ¡Ah! ¡por la Virgen!
¡será una hermosa fiesta para el pueblo de Cádiz verte entrar con
hierros en las manos y en los pies, con tu tripulación de demonios,
perro maldito!--decía el honrado Massareo mostrando el puño a la tartana
desamparada, silenciosa y sombría, que se balanceaba al movimiento de
las olas.
Sí, sí--continuó Massareo--, ¡por San José! ¡conozco tus astucias! te
meneas menos que una boya para que me ponga a tu alcance... Entonces tú
arrojarías, a mi pobre barco una andanada de azufre que nos haría arder
lindamente... ¡o me jugarías alguna otra pasada diabólica! Pero Dios
protege al viejo Massareo. Más de una vez ha escapado con los ricos
galeones de Méjico a los garfios de esos malditos ingleses, que, no
obstante, no tienen nada de tontos, ¡los herejes!--y se persignó.
Después, dirigiéndose, al timonel:
--No vayas contra el viento; orza, orza, torpe, y piensa en virar en
redondo.
El levante disminuía sensiblemente, y se veía, por las nubes que
avanzaban rápidamente desde el horizonte y por las oscilaciones de la
brisa, que el viento cambiaba de dirección. Las estrellas aparecieron
veladas, y la noche, de clara que era, se tornó sombría. La tartana
estaba sumergida en la obscuridad; solamente un punto luminoso brillaba
en su popa, en la dirección de la cámara; pero no se oía el más ligero
ruido a bordo, ni se veía a nadie sobre el puente.
El capitán del guardacostas, habiendo efectuado dichosamente su cambio
de amuras, se dejó ir sobre la tartana, hasta una distancia de medio
tiro de pistola. Entonces llamó a su teniente Santiago, pero éste,
creyendo que se trataba de mandar el fuego, había desaparecido con la
rapidez del relámpago.
--¡Santiago!--repitió.
--Señor capitán, está en el fondo de la cala; dice que le ha enviado
usted para que vigile cómo sacan la pólvora.
--¡El miserable! ¡Por Santiago! que le traigan muerto o vivo; y tú,
Alvarez, dame mi bocina de combate.
Entonces el bravo Massareo volvió hacia el barco mudo el enorme orificio
del instrumento y gritó:
--¡Ah de la tartana!... ¡ah!
Después bajó la bocina, se llevó la mano a la oreja para no perder ni
una palabra, y escuchó atentamente.
Nada... Profundo silencio...
--¿Eh?--dijo al primer contramaestre que estaba cerca de él.
--No he oído nada absolutamente, señor capitán, a no ser una especie de
gemido; pero, ¡por el Cielo! no se fíe usted, vale más que les hable a
cañonazos; ese lenguaje lo entenderán perfectamente, ¡por San Pedro!,
porque nuestro valiente almirante Galledo, que Dios tenga bajo su brazo
derecho--aquí se quitó su gorra--, nuestro valiente almirante decía
siempre que ésta era la lengua universal, y que...
--¡Paz, Alvarez, paz! cállese el viejo congrio. Me ha parecido ver
moverse alguna cosa sobre el puente.
Y de nuevo, empuñando la inmensa bocina, gritó:
--¡Ah de la tartana!... ¡ah!... enviad una embarcación, si no os echo a
pique...
--Como perros malditos que sois--añadió Alvarez.
--¡Te callarás! pueden haber hablado, y tu necia lengua que va tan de
prisa como el gato de un cabrestante, me ha impedido oír nada--dijo el
capitán con una volubilidad colérica, repitiendo por tercera vez--: ¡Ah
de la tartana!... responded o hago fuego.
Esta vez se distinguió un gemido prolongado que no tenía nada de humano,
y que hizo estremecer al capitán Massareo.
--Capitán, si usted quiere creerme--dijo Alvarez, persignándose--,
enviémosles una andanada y viremos en redondo; porque veo el fuego de
San Telmo que revolotea en su popa, y ¡por la Virgen! no se está bien
aquí.
--¡Esto es demasiado!--exclamó Massareo--. ¡San Pablo, rogad por
nosotros! ¡Vamos! ¡por la gracia de Dios! Artilleros, a vuestras piezas;
armad vuestras baterías. Bien. Haced la señal de la cruz. Bien. Ahora
¡fuego!... ¡fuego a estribor!...
La andanada partió, y el fogonazo, iluminando un instante la tartana,
proyectó sobre las aguas un vivo reflejo de luz.
Después, cuando el humo blancuzco de la pólvora se hubo disipado, se vio
al navío inmóvil, silencioso, con su punto luminoso a popa, obscurecido
de cuando en cuando por una sombra que pasaba y repasaba en la cámara.
--¿Y bien, Alvarez?--preguntó Massareo que no comprendía la obstinación
del barco cañoneado.
--Señor, todas las balas le han caído encima y el maldito no se menea. Y
sin embargo, hay gente a bordo, lo juraría por mi rosario.
--El caso es espinoso--dijo Massareo con inquietud--; voy a hacer correr
una bordada, mientras que yo, tú, Pérez y ese poltrón de Santiago, cuyo
consejo es sin embargo muy provechoso, nos reunimos para deliberar
acerca de lo que hay que hacer.
Viraron en redondo dirigiéndose hacia el Este; se envió a buscar a
Santiago, se reunieron los cuatro miembros de la asamblea, y comenzó la
discusión.
Ningún plan había sido adoptado, cuando el prudente Santiago exclamó:
--Con la protección de la Virgen, he aquí lo que yo haría; armaría una
chalupa, me aproximaría a la tartana maldita y entraría al abordaje...
¡Eh, compadres! ¿qué les parece?
A los compadres también se les había ocurrido este medio, el único que
razonablemente podía emplearse, pero se habían guardado muy mucho de
decir esta boca es mía, porque sabían que el que propusiera esta medida
sería naturalmente encargado de ejecutarla. La inconcebible temeridad de
Santiago les sacó de su embarazo y no tuvieron más que una voz para
alabar y felicitar al autor de aquel admirable plan de campaña, que vio,
pero demasiado tarde, en qué peligrosa situación se había colocado.
--El Cielo le ha inspirado, Santiago, dele las gracias--dijo el capitán.
--¡Hermano Santiago, qué dichoso eres!--exclamó Alvarez golpeándole
amistosamente la espalda--. ¡Por Cristo! es una hermosa ocasión para
ascender a oficial. ¡No estar yo en tu lugar! ¡Cuánta gloria vas a
recoger ejecutando tu audaz proyecto! ¡¡¡Abordar al maldito!!! Venderán
tu retrato por las calles de Cádiz y te sacarán canciones. ¡Dichoso
mortal!
Y se precipitó por la escalera que conducía a la cala silbando un
motete.
--¡Pero--exclamó el desgraciado Santiago, trémulo y aturdido--, yo no he
dicho que...!
--Usted tendrá más probabilidades para abordar al maldito atacándole por
estribor, hijo mío--le dijo gravemente el artillero Pérez--; por babor
trae desgracia, y he aquí probablemente lo que la pasará: Se acerca
usted a cierta distancia... tiran contra usted... Perfectamente,
compadre... Se aproxima aún más... y desde lo alto de las vergas le
tiran un puñado de balas que caen sobre su chalupa... Muy bien,
compadre. Entonces, con la agilidad que usted debe poseer, usted y su
gente, tratan de aferrarse a los portaobenques, a las escalas y a todo
lo que esté a su alcance... Perfectamente, compadre. Pero he aquí que
¡por todos los santos del paraíso! mientras que estáis agarrados a la
borda, se abre de pronto una escotilla y os encontráis frente a la nariz
con una docena de anchos esmeriles cargados hasta la boca de balas,
clavos y lingotes que, como usted puede suponer, hacen un fuego del
infierno y matan por lo menos a las tres cuartas partes de sus hombres.
Entonces los que quedan, si es que queda alguno, se lanzan ágilmente al
abordaje como gatos salvajes, el puñal entre los dientes y la pistola en
la mano; viene una lucha cuerpo a cuerpo, se mata, se muere... pero
siempre se recoge gloria y... esto es todo. ¡Por los dolores de Nuestra
Señora, que no esté yo en su lugar! ¡oh! sí, ¡que no esté yo en su
lugar, hijo mío!--repitió lanzando un ardiente suspiro, pero
desapareciendo velozmente en el sollado.
--¡Pero, Santa Virgen!--exclamó Santiago que había estado a punto de
interrumpir veinte veces al artillero Pérez--, pero ¡por la corona de
espinas de Jesucristo! si yo he dado ese consejo, no ha sido para
ejecutarlo yo mismo, y puesto que envidian mi lugar...
--No, Santiago--repuso el bravo Massareo--, eso sería una injusticia;
esa misión le pertenece de derecho, y usted la tendrá, Santiago, usted
la tendrá. Sería llevar la delicadeza demasiado lejos.
--Usted ha sembrado, justo es que recoja--dijo otro.
--Sin duda, hace falta mucho valor, sangre fría, agilidad y sobre todo
mucha suerte para llevar a cabo una empresa tan peligrosa; pero con la
ayuda de Dios y de su patrón, Santiago, usted saldrá de ella con honor,
o bien morirá con la muerte de los valientes, lo que no es dable a todo
el mundo. Vamos, hijo mío, cumpla bien, que Dios y su jefe tienen la
vista fija en usted--dijo el capitán.
--¡Pero, por todos los santos de la capilla de la catedral de
Cádiz!--exclamó Santiago pálido de cólera y de temor--, yo quiero al
instante...
--No puedo por menos que alabar semejante prisa, Santiago. Voy, pues, a
dar las órdenes oportunas para hacer armar la chalupa. Nada le faltará:
puñales, hachas, picas de abordaje, esmeriles, balas, cartuchos de
metralla. Esté tranquilo, hijo mío, que yo velo con la solicitud de un
padre... Vamos, vamos, modere ese ardor, y, como un verdadero español,
piense en Dios, en su rey y en su dama, si es que usted la tiene.
Piense, pues, cuál será su alegría, cuando le vea volver moribundo,
cubierto de heridas y seguido de la multitud que gritará: «¡Es él, es el
vencedor del gitano! ¡es el valeroso Santiago!» ¡Ah! hijo mío; si mi
cargo no me obligase a permanecer a bordo... ¡muerte de mi vida! no
tendría usted esa misión. ¡No, por Santiago! yo se la habría disputado.
Y tomaba el mismo camino que los demás miembros del consejo, cuando
Santiago le retuvo por el brazo gritando:
--No, capitán, no; preferiría mejor no descubrirme en la iglesia, no
arrodillarme ante el Santo Sacramento, faltar a mi rosario, que ir a
bordo de ese condenado barco, de ese barco donde Satanás tiene su corte;
y además--continuó con tranquilidad, muy convencido de haber encontrado
un argumento sin réplica--, además, mi religión me prohíbe el contacto
de los excomulgados y de los apóstatas.
--¿Quién habla de eso, hijo mío?--dijo el capitán persignándose--; soy
demasiado buen cristiano, aprecio demasiado la salvación del cuerpo y
del alma de mis marineros para exponerlos así.
--En hora buena, capitán, eso es; cuide sobre todo de la salvación del
_cuerpo_, ¿entiende usted? del cuerpo de sus marinos, es lo más
importante--dijo Santiago un poco más tranquilo.
--Hijo mío--repuso el capitán--, usted no me ha comprendido; yo estoy
lejos de exigir de usted que estrangule al descreído con sus propias
manos. ¡Virgen santa! no, sin duda; ese contacto me hace estremecer de
horror; pero la bala de su mosquete o la hoja de su puñal evitará esa
mancilla a sus cristianas manos.
Santiago, más exasperado aún por la decepción que experimentaba,
exclamó:
--¡Ni el hierro, ni el plomo, ni yo daremos muerte a ese excomulgado!
¡No iré a bordo, por las mil llagas de San Julián, no, no iré!--añadió
golpeando violentamente el suelo con el pie.
--Santiago, amigo mío--dijo fríamente el capitán--; tengo el derecho de
vida y muerte sobre todo hombre de mi tripulación que se me rebele o se
niegue a ejecutar mis órdenes.
Y diciendo esto, le mostró dos pistolas que había sobre el cabrestante.
Ante aquella espantosa alternativa, Santiago prefirió el abordaje, y
descendió a la chalupa que le esperaba, con la sombría resignación del
hombre a quien llevan a la muerte.
Al alejarse de la escampavía, el desgraciado Santiago, acordándose de
los consejos y las predicciones de Pérez, que el miedo había grabado en
su mente, esperaba a cada momento una súbita descarga de mosquetería. Se
acercó, no obstante, a lo largo de la tartana, sin que se oyese ni un
solo disparo. Entonces, arrojando su amarra, recomendó su alma a Dios,
porque, según los informes topográficos y precisos del artillero, era en
aquel momento cuando las amplias bocas de los esmeriles debían hacer un
_fuego del infierno_.
Esperó, pues, y besó su rosario exclamando:
--¡De rodillas, hermanos míos, somos muertos!
Los diez hombres que le acompañaban, aprovechando a todo evento esta
advertencia, se arrojaron al fondo de la chalupa.
Silencio, siempre silencio. No se oía... no se veía nada... más que la
luz que brillaba siempre en la cámara, y que de cuando en cuando
aparecía obscurecida por una sombra que la ocultaba.
Santiago, un poco más tranquilo, se atrevió a levantar la cabeza, pero
la bajó prontamente al oír un crujido de la tartana, y luego la volvió a
levantar, sin ver esmeriles ni escotillas.
Como nada da tanta tranquilidad como un peligro pasado o evitado,
Santiago se enderezó presa de un ardor marcial, y trepó a bordo de la
tartana seguido de sus diez hombres, a quien su ejemplo electrizaba.
Llegados al puente, no encontraron más que despojos, jarcias destrozadas
por el viento, un desorden, en fin, que anunciaba que aquel buque había
sufrido cruelmente los efectos del levante. Pero de pronto se oyó un
ruido desordenado en el sollado.
Los diez marineros y el segundo de la _Urna de San José_ se miraron
palideciendo; no obstante, gritaron con voz un poco temblorosa, es
verdad:
--¡Viva el rey! ¡Adelante la _Urna de San José_ y el valiente Santiago!
Porque los compañeros de armas del valiente Santiago, que se apretujaban
los unos contra los otros, al oír aquel ruido imprevisto, se aproximaron
tan bruscamente a él, que el desgraciado héroe fue precipitado por la
escotilla que tenía a sus pies, y desapareció.
Sus marineros, tomando aquella caída por una prueba de abnegación y de
intrepidez, siguieron al nuevo Curcio a los gritos de ¡viva Santiago! y
saltaron en el sollado como los carneros de Panurgo.
Santiago se había levantado prontamente, y aprovechando el error de sus
hombres, les dijo en voz baja:
--Hijos míos, el valor y la sangre fría no son nada; ya habéis visto
todos que, aun a riesgo de caer sobre millares de picas o de sables, me
he precipitado ciegamente en el sollado... eso es audacia,
sencillamente.
--¡Viva nuestro Santiago!--repitieron los marinos.
--Callaos, hijos míos, en nombre del Cielo, callaos; lanzáis unos gritos
capaces de asustar a las gaviotas. Guardaos vuestros ¡viva Santiago!
para más tarde. Ya gritaréis eso en la plaza de San Antonio. Será de un
gran efecto; pero, mientras tanto, veamos el medio de forzar el reducto
de esos condenados.
Y mostraba la cámara en la cual se hacía siempre un ruido infernal. De
pronto, como si se le ocurriese una idea súbita, exclamó:
--¡Amigos míos, armad vuestras carabinas!... ¡Fuego sobre ese tabique!
Lo que había decidido sobre todo a Santiago a esta maniobra, es que
encontrándose necesariamente detrás de su tropa, se vería libre del
primer choque de la salida que podrían intentar los sitiados.
--¡Fuego! ¡y que el Cielo nos ayude!--repitió empujando a su pelotón.
Y sonó la descarga.