En aquel momento, el gitano había descendido de su caballo, y permanecía

absorto en sus reflexiones, mientras que los negros acababan el

desembarque. Su fiel _Iscar_ se revolcaba sobre la arena y mojaba sus

largas crines, cuando de pronto dio un brinco y lanzó un relincho que

hizo volver bruscamente a su dueño y le sacó de su ensimismamiento.

En aquel momento, el cuchillo del marino se levantaba sobre el pecho del

gitano; éste asió al asesino por la garganta con tal prontitud y fuerza,

que no pudo ni lanzar un grito. El cuchillo cayó de sus manos; sus ojos

giraron en sus órbitas y sus dedos quedaron rígidos; poco a poco se

fueron aflojando, sus brazos cayeron a lo largo del cuerpo, sus piernas

se debilitaron, y cayó estrangulado. Sus compañeros creyeron que se

trataba de un fardo.

--¡De rodillas, hijos míos!--dijo el fraile a los contrabandistas.

Todos se arrodillaron, menos el filósofo, que miraba la luna silbando el

_Trágala_.

Entonces el fraile, armado de un hisopo, se aproximó a los fardos y dio

una vuelta alrededor de ellos diciendo:

--¡Atrás, Satán, atrás! y que este signo de redención purgue a esas

mercancías de la mancha que la herejía ha impreso en ellas. ¡Atrás,

Satán, atrás!

Y echó torrentes de agua bendita sobre las cajas.

--Las moja demasiado; va a estropearlas--dijo el filósofo.

--¡Silencio!--gritaron todos a la vez.

--¡Atrás, Satanás!--dijo otra vez el fraile--. Ahora, hermanos míos, ya

podéis tocar esos objetos.

Los contrabandistas le rodearon apresuradamente, y él sacó un largo

papel de su cintura.

--Esas seis balas, hijos míos, son de sederías venecianas cuyas muestras

podéis ver a la luz de este farol. ¡Ved qué hermosos colores! ¡y qué

tejido tan suave y tan apretado! La pondremos a dos doblones la vara,

hijos míos.

--¡Oh! ¡padre mío!

--Tened en cuenta que ya está bendecida, hijos míos.

--¡Por los cuernos de Satanás! el sello de la aduana del Cielo nos

cuesta más caro que la de Cádiz--exclamó el maldito filósofo.

--¡Cállate, miserable!--dijo el fraile.

--Pero, reverendo, ¡dos doblones!

--Si es regalado, hijo mío. Ya se los cuesta al superior.

Y la discusión iba a entablarse, cuando, de lo alto del sendero, acudió

corriendo un hombre presa de la mayor agitación; era el pescador Pablo.

--¡Por la Virgen, huid!--exclamó--, ¡huid! los aduaneros me persiguen;

hemos sido traicionados por el marino Punto. El ha indicado el lugar del

desembarque al alcalde de Vejer; le ha prometido matar al gitano y le ha

prometido además aumentar el desorden que produciría su muerte, largando

las amarras de la tartana para dar tiempo a los aduaneros de llegar y de

cortaros la retirada.

--¡Muera! ¡muera Punto!--y los cuchillos brillaron.

--Eso no es todo--añadió--; los crímenes y las profanaciones del maldito

recaerán sobre vosotros, y el señor obispo ha ordenado que os prendan o

que os den muerte como a los lobos de la sierra, por haberos unido a un

renegado.

--¿El santo pastor cambia sus ovejas por lobos? ¡Qué milagro!--añadió el

filósofo.

--Así, pues, ¡huid!... ¡huid!... no habrá cuartel para vosotros.

--¡Muera Punto el traidor, muera!--y todos los cuchillos salieron de sus

vainas.

--Ya está muerto--dijo el gitano empujando el cadáver con el pie--. De

modo que, cargad de prisa vuestras mercancías, porque la marea sube y el

cielo se cubre de nubes; y una vez que hayáis visto brillar allá arriba

las carabinas de los aduaneros, tendréis que escoger entre el fuego y el

agua, hijos míos.

Después dio un silbido prolongado, y todos los negros, habiendo vuelto a

la tartana, retiraron el puente y marcharon a lo largo de las rocas que

formaban el borde opuesto del canal. El condenado permaneció en la

playa, montado sobre su fiel _Iscar_.

--Ya se lo decía siempre al superior--gritaba el fraile--. Prevenga al

señor obispo de que el condenado está a su servicio, y así él obrará en

consecuencia. Nada... él ha querido ocultárselo, y he aquí lo que

ocurre.

Y dirigiéndose al gitano, le preguntó con inquietud:

--¿Por qué haces alejar tu embarcación? ¿es que tendremos que abordarla

a nado?

--¿Y de qué nos serviría la embarcación ahora padre mío? No puedo ir con

niebla por entre esos rompientes.

--Pero al menos estaríamos en seguridad, en el caso en que los aduaneros

bajasen para sorprendernos; y, ¡por Cristo! no podrían aproximarse a la

tartana entre esos peñascos y esas olas. Haz poner el puente.

El gitano, sonriendo, hizo un gesto negativo que aterró al fraile.

Los contrabandistas no habían tomado parte en esta discusión; tal prisa

se daban a embalar las mercancías que contaban obtener a mejor precio,

gracias a este incidente. El filósofo, sobre todo, cargaba de tal modo a

su caballo, que el desgraciado animal se doblegaba bajo el peso de las

mercancías; no obstante, el filósofo continuaba acumulando fardo sobre

fardo, mientras murmuraba:

--Una vez en el camino de Vejer, será preciso que Dios te preste las

alas de un serafín para que me alcances, fraile.

Y su caballo llevaba, al menos, una tercera parte de la carga de la

tartana.

--¡Ah! ya caigo--dijo el fraile a quien el signo del gitano había

asustado mucho--, ya caigo; el señor capitán se queda con nosotros,

porque conoce una salida secreta que puede ayudarnos a salir de esta

ensenada sin necesidad de subir por ese camino, tan alto como la escala

de Jacob. El señor capitán me lo ha dicho cien veces, ahora lo recuerdo.

Al acabar estas palabras, sus dientes se entrelazaban; estaba tan pálido

como un cadáver, y no obstante quiso sonreír y miró al excomulgado con

el aire más humilde y más amable.

El rostro del gitano adquiría una expresión equívoca, cuando, al

fogonazo de un tiro que partió de lo alto de la montaña, se vio a los

aduaneros que se preparaban y tomaban posiciones. Toda esperanza de

retirada por aquel lado se había perdido.

--¡Virgen santa!, ¡sálvenos, señor capitán, sálvenos!--dijo el fraile--;

¡la salida! ¡Señor! ¡indíquenos la salida!

--¡La salida!--repitieron los contrabandistas con espanto, sin saber de

lo que se trataba.

--¿Qué salida?--preguntó el gitano--. Usted está soñando, padre mío, y

me temo que sea un mal sueño; porque los aduaneros empiezan a bajar y

las balas silban. ¡Oiga!...

--¡Pero, Dios mío! Usted me había dicho que en medio de esas rocas

existía un paso oculto que daba a la costa, un paso que podía darnos el

medio de salir de esta, ensenada que ya el mar va cubriendo... ¡Virgen

santa! ¡por todas partes rocas cortadas a pico!--exclamó el fraile

desesperado, mirando por encima de su cabeza.

--¡Por todas partes rocas cortadas a pico!--repitió el gitano.

--Vamos, reverendo, un milagro; éste es el momento--dijo el filósofo que

miraba dolorosamente su caballo tan ricamente cargado.

Muchos tiros partieron de nuevo de la cima de la montaña, pero las balas

caían muertas; porque los aduanares se aproximaban lentamente y estaban

aún muy lejos, a causa de las vueltas que daba el sendero. La luna

brillaba en medio de un hermoso cielo, y su dulce claridad alumbraba en

todos sus detalles aquel curioso cuadro.

--¡Cuánto me gusta una hermosa noche de verano!--dijo el gitano--; las

flores se abren para aspirar la frescura del aire, y sus perfumes nos

llegan más suaves. ¿Sentís, hermanos míos, el rico olor de los áloes y

de los naranjos?

Una nueva descarga interrumpió este inconveniente monólogo, pero esta

vez cayó un contrabandista.

--¡En nombre de Cristo! tú debes salvarnos ¡en nombre de Dios, yo te lo

ordeno!--gritó el fraile enseñándole el cielo.

Este movimiento resultó hermoso, pero no produjo ningún efecto, porque

el gitano respondió riendo:

--¡En nombre de Dios, de Dios!... ¿qué se figura usted, padre mío? No

bromee, pues. El momento es grave, ¡grave!... vea usted a ese cristiano

que se retuerce y pierde su sangre.

A la risa espantosa del gitano se unió el ruido del mar, que ascendía,

y empequeñecía cada vez más el espacio donde se oprimía aquel puñado de

hombres.

Los contrabandistas se persignaron temblando. Uno de ellos tomó su

escopeta y la dirigió contra el gitano. El fraile se precipitó sobre él.

¡Desgraciado! ¡sólo él puede salvarnos! ¡sólo él conoce la salida!

Viendo aquel movimiento hostil, el gitano había entrado en el mar que ya

cubría el pecho de su caballo.

--He ahí a los aduaneros que bajan las últimas rampas, hijos míos, y ya

sabéis que ahora las balas hacen daño--dijo el maldito señalando al

contrabandista herido de muerte.

Los demás se echaron entonces a los pies del fraile.

--¡Padre mío, ruegue por nosotros!

Y el fraile y ellos se prosternaron gritando:

--¡San Juan, San Juan, rogad a Dios por nosotros!

Y se golpeaban el pecho, mientras que al resplandor de las descargas, se

veía al gitano, a caballo, y aquella figura extraña, cuyas proporciones

la noche parecía doblar, se destacaba en negro con vivos reflejos de

color de fuego sobre una lluvia de espuma deslumbrante de blancura.

Los fogonazos se sucedían sin interrupción; un segundo contrabandista

cayó, y se oían ya las voces de mando de los aduaneros.

El espanto del fraile había llegado al límite; se arrastró hasta la

orilla del mar, y allí, arrodillado en el agua, gritó al gitano con el

acento del más profundo terror. ¡Sálvame, sálvame!

¡Y el fraile lloraba!

--¡Por el alma de tu padre, sálvanos! ¡te daremos tanto oro que podrás

llenar tu tartana!--aullaron los contrabandistas.

E imploraban con las manos juntas, mientras que tres de ellos se

revolvían en las últimas convulsiones de la agonía.

--¡Dios mío! ¡Dios mío!--balbuceó el fraile.

Y el desgraciado se retorcía los brazos y se revolcaba sobre la roca

ensangrentada.

--¡Dios está sordo!--dijo el gitano--; invoca a Satanás.

Y se echó a reír.

--¡Atrás, atrás, blasfemo!--respondió el hermano levantándose

horrorizado.

Pero el mar adelantaba de tal modo, que las olas iban a romperse a sus

pies y les cubrían de espuma.

--Invocad a Satanás, y os salvaré. Detrás de esas rocas hay una salida

secreta oculta por una piedra; ella os pondrá al abrigo de los

aduaneros. Aun estáis a tiempo, porque ahora no os ven--dijo el gitano,

que ya estaba a flote con su caballo.

Y los contrabandistas interrogaban cada roca con desesperación, y el

fraile, con la mirada fija y el rostro lívido, hizo un movimiento de

horror pensando en la proposición del maldito... Después, no obstante,

pareció vacilar.

Y esto es concebible, porque en aquel momento, aunque ya no se veía a

los aduaneros, se oía el ruido de sus armas y los preparativos de las

baterías que armaban.

--¡Pues bien!--dijo el fraile en su delirio--, ¡pues bien! Satanás,

sálvanos, ¡porque tú no puedes ser más que Satanás!

--¡Sí, Satanás, sálvanos!--gritaron los demás con un acento de terror

indefinible.

Y jadeante, con los ojos fijos y chispeantes, esperaban.

* * * * *

El gitano se encogió de hombros, volvió la cabeza de su caballo del lado

de la tartana, y la ganó a nado en medio de una granizada de balas,

cantando una antigua canción mora del _Hafiz_:

--¡Oh! permites, encantadora niña, que yo envuelva mi cuello con tus

brazos, etc., etc.

* * * * *

Los contrabandistas se quedaron anonadados.

--¡Fuego! ¡por Santiago! ¡Fuego! Tirad sobre el caballo y sobre la pluma

blanca, y sobre el mismo bandido--gritaba el oficial al que se

distinguía perfectamente, porque su tropa se había parapetado detrás de

una rampa, y desde allí hacía un fuego nutrido y continuo sobre los

contrabandistas.

Porque los que quedaban de estos negociantes sin patente, no tenían más

que elegir que entre el fuego y el agua, como había dicho el gitano.

--¡Fuego! ¡fuego sobre esos descreídos!--repetía el oficial para

estimular a su gente--; el señor obispo ha prometido indulgencias para

esta Cuaresma, y puesto que el jefe se nos escapa, aniquilemos al resto

de la banda. ¡Fuego!...

--Pero, capitán, veo a un religioso...

--¡Infame! se ha disfrazado. ¡Fuego!

--¡Por San Pedro! fuego, pues. ¡Por usted, reverendo!

El fraile recibió el tiro en el pecho y cayó de rodillas. No quedaban

más que dos, él y el filósofo, también herido. Los otros habían sido

muertos, se habían ahogado entre los rompientes al querer ganar a nado

la tartana, o arrastrados por las olas.

--¡Hijos míos!--gritaba el fraile--, soy un religioso de San Juan

enviado por el superior; ¡piedad en nombre de Cristo! ¡piedad!

Y se agarraba a las agudas puntas de la roca.

--Esto quiere decir--balbuceó el filósofo recibiendo una segunda y

mortal herida--que si yo hubiera de creer en algo, no creería ni en Dios

ni en el diablo, porque he llamado a los dos... y... y...

Sus brazos se abrieron; dejó el trozo de granito que oprimía con fuerza,

abrió desmesuradamente los ojos... y desapareció.

--¡Gracia! ¡gracia! ¡Dios mío! ¡me ahogo!--aulló el fraile que se

debatía entre las olas.

--¡Cómo!--dijo el oficial--, ¡aun vive el impío! ¡fuego, pues, por

Santiago!

Tres disparos de carabina partieron a la vez; el hábito azul del

reverendo flotó un instante, y después ya no se vio nada, nada... ni

caballos, ni hombres, ni fraile... nada más que olas espumosas que

habían invadido ya la primera rampa del sendero e iban a estrellarse

con gran estrépito contra la segunda.

Sólo el gitano se había salvado.

--¡Por Cristo! su tartana va a estrellarse contra los escollos--exclamó

el oficial--. Dios es justo, y puesto que sale del canal contra la

marea, su pérdida es segura.

En efecto, el condenado bordeaba intrépidamente aquel paso, que el furor

de las olas debía hacer impracticable.

VI

LA MONJA

¡Ah! este corazón ha descendido

vivo a la tumba, y las austeridades

del sombrío convento no me han preservado

de una mirada criminal. En

vano he llorado amargamente.

DELFINA GAY, «_Madame de la Vallière_».

Ciertamente, si yo fuese monje, y tuviese que elegir un convento,

elegiría el de Santa Magdalena; es un digno convento, triste y sombrío,

situado a orillas del mar, a siete leguas de Tarifa. Al Norte, el Océano

golpea sus muros; al Sud, lagunas impracticables; al Oeste, rocas

cortadas a pico; pero al Este... ¡ah! al Este, una bella pradera verde,

atravesada por un riachuelo que serpentea y brilla al sol como una larga

cinta plateada; y luego, las violetas y las clemátides que perfuman sus

bordes, las palmeras de largas flechas y los almendros que dan sombra. Y

luego, en medio de la llanura, la encantadora aldea de la Pelleta, con

su alto campanario, blanco y esbelto, sus casas albas y su ramillete de

naranjos y de jazmines. Y después, más lejos, las montañas obscuras de

Medina, cuyas vertientes están cubiertas de olivos y de tejos...

Os lo repito, si yo fuese monje, no elegiría otro convento que el

convento de Santa Magdalena.

¡Y los días de fiesta, pues! los jóvenes van a bailar casi bajo sus

muros, y no negaréis que, para una pobre reclusa, es un gran placer oír

el restallido embriagador de las castañuelas bajo los ágiles dedos de

los andaluces... y ver los movimientos lentos y tranquilos del bolero...

al majo perseguir a su maja que le huye y le evita... después se

aproxima a él y le arroja un extremo de su corbata que él besa con

transporte, y se envuelve una mano, mientras que con la otra hace

resonar sus castañuelas de marfil.

Agitad, agitad vuestras castañuelas, jóvenes, porque la cachucha

reemplaza al bolero. ¡La cachucha! ¡he aquí una verdadera danza

andaluza, una danza ardiente y animada, vertiginosa y lasciva! Id...

id... rodead con vuestro brazo amoroso la cintura de vuestra amante, y

arrastradla rápidos y estremecidos al son del instrumento sonoro. Id...

su seno palpita... su ojo brilla, y el viento levanta su negra cabellera

y deshoja su guirnalda de flores; después, murmuraréis a su oído:

--Amor mío... cuán dulce me será respirar esta noche a tu lado el

perfume de los almendros...

Y ella se lanza más vivamente aún, y su brazo os ha oprimido tan

fuertemente que habéis sentido su corazón brincar bajo su mantilla.

Vaya, no temas, muchacha, tu madre no ha oído nada, y esta noche,

después del rosario, cuando tu abuelo te haya besado en la frente,

trémula, inquieta, tus piececitos desflorarán el césped, y te detendrás

veinte veces, conteniendo la respiración. Por fin, te sentarás,

palpitante, al pie de ese bello almendro florido, cuyas hojas

relucientes reflejarán la dulce claridad de la luna. Allí, de pronto,

dos fuertes brazos te envolverán. ¡Virgen santa! ¡qué atrevimiento! Pero

entonces, valerosa muchacha, tú no tendrás miedo.

Ya el son de las castañuelas es más opaco, el sol se pone, la cachucha

vertiginosa ha cesado, las jóvenes regresan a su aldea y ríen, y cantan,

alisándose con la mano los rizos sedosos de sus húmedos cabellos.

Ahora no diréis como yo que es un digno convento el convento de Santa

Magdalena; porque, en fin, figuraos una pobre joven encerrada en él, con

sus diez y ocho años, sus ojos negros y su corazón español que late bajo

su escapulario.

A primera hora, maitines, una larga plegaria en una iglesia sombría y

helada; después vísperas, después la misa, después la novena, después el

_Angelus_ ¿y qué sé yo?

Por toda distracción, dos horas de paseo en el jardín del viejo

claustro. ¿Conocéis un jardín de claustro? grandes encinas negras y

silenciosas, un césped raquítico encuadrado en verjas de cañas, y el sol

a mediodía; eso es todo.

Así, confesad, que cuando un día de fiesta se ha podido escapar de la

iglesia para ir a su celda, ¡el corazón late desahogado y alegre!

La reclusa entra en ella, cierra cuidadosamente la puerta, y ya está en

su casa. ¡En su casa! ¿comprendéis esta palabra? cuatro paredes

desnudas, pero blancas; un crucifijo de ébano encima de una mesita de

nogal cubierta de flores; una reja que da sobre la verde pradera; una

cama estrecha, sobre la cual se puede soñar. Francamente, con todas esas

riquezas y vuestros recuerdos de niña, ¿envidiaríais la suerte de la

camarera mayor de la reina de todas las Españas?

Pues, no obstante, una joven está allí sola; el crucifijo, la mesita, la

reja, la cama, el perfume dulce y tenue, todo lo tiene; pero ella no

mira ni la pradera, ni el baile, ni el sol que se oculta

resplandeciente.

Oculta la frente entre sus manos y las lágrimas ruedan a través de sus

dedos.

Ya podemos figurárnoslo: era la monja que asistió a la corrida de toros.

Ya no brillaban encima de ella el raso ni las pedrerías como el día en

que se despidió del mundo. ¡Oh! ¡no! un amplio sayal de burdo paño

envolvía su lindo talle como una mortaja, sus largos cabellos negros,

habían sido cortados, y los que le quedaban estaban ocultos tras la

blanca toca que dibujaba su frente cándida, más blanca aún. Pero, ¡Santo

Dios! ¡qué pálida estaba! sus ojos azules, tan bellos y tan puros,

estaban rodeados de un ligero círculo amoratado, en el que las venas

surcan la piel suave y rosada.

--¡Dios mío! ¡perdón! ¡perdón!--dijo, y se dejó caer de rodillas sobre

el duro suelo.

Algún tiempo después se levantó con las mejillas purpurinas y los ojos

brillantes.

--¡Huye! ¡huye, peligroso recuerdo!--exclamó precipitándose hacia la

reja--. ¡Oh! ¡oh! ¡aire! ¡me abraso! ¡Oh! quiero ver el sol, los

árboles, las montañas, esos bailes, esa fiesta. Sí, quiero ver esa

fiesta, ser absorbida completamente por ese espectáculo brillante.

¡Dichosos ellos! ¡Bravo, joven! ¡qué ligereza! ¡qué gracia! ¡cómo me

gustan el color de tu basquiña y las trenzas de tu moño! ¡qué bien hace

esa flor azul en tus cabellos rubios! Pero tú te aproximas a tu

pareja... ¡Guapo mozo! sus ojos te miran con amor... _El_ también tenía

una dulce mirada, pero...

Y se calló, ocultando su cabeza entre las manos; porque su corazón latía

con tal fuerza, que parecía querer saltársele del pecho. Después,

reponiéndose, y hablando de prisa, como si hubiera querido escapar a un

recuerdo que la oprimía:

--¡Qué brillante está el sol! ¡Jesús! ¡qué hermoso matiz de púrpura con

reflejos de oro! ¡qué tornasolado tan magnífico y tan raro! Tan pronto

parece una elegante torre morisca con mil cresterías, ahora es un globo

de fuego; pero sus contornos varían siempre, y se presentan

destacados... ¡Virgen del Carmen! se diría que es un rostro humano...

Sí... esa ancha frente... y esa boca... ¡Oh! no... sí... Jesús... ¡es

_él_!...

Y jadeante, había caído de rodillas, con las manos juntas, en una

especie de éxtasis, ante aquella imagen fantástica, que el vapor fue

revelando, se borró poco a poco y desapareció del todo.

Cuando ya no vio más que un horizonte inflamado, se levantó en un

violento paroxismo, y se arrojó sollozando sobre la cama.

--¡_Él_!... ¡siempre _él_... _él_ en todas partes!--exclamó con un gesto

de desesperación--. ¡Horror! cuando me prosterno ante tu imagen sagrada,

¡oh Cristo! tus divinas facciones se borran... y es _él_ a quien veo...

¡_él_ a quien adoro!... Sí, muda y confusa, quiero escuchar a la

superiora, cuando lee un libro santo; pues bien, su voz parece

debilitarse y desaparecer y es a _él_ a quien oigo; porque el sonido

armonioso de sus palabras vibra siempre en mi corazón... ¡Horror! en

fin, si me arrastro penitente al tribunal divino, allí también está

_él_... porque mi amor es el único crimen de que pueda acusarme.

Se echó a llorar.

--¡Un crimen! ¿es verdaderamente crimen? ¡Oh madre mía! si no hubieses

muerto, estarías conmigo; yo tendría mi cabeza sobre tus rodillas y

tú... acariciarías con tus manos mis cabellos largos y rizados; y me

dirías si es un crimen, porque yo te lo confesaría todo. Ya ves, madre

mía, me habían dicho que yo sería dichosa en el convento, pero que para

esto era preciso abandonar el mundo; dije que sí, porque entonces aún no

sabía lo que era el mundo... Y después me vistieron y me adornaron como

una santa y me llevaron a una fiesta en la que un toro mató a dos

cristianos--así me dijeron--, porque yo permanecí oculta en el regazo de

mi superiora durante todo el tiempo que duró aquel horrible

espectáculo... Pero de pronto, un grito de extrañeza resonó y yo levanté

la cabeza... era... era _él_. Sí, _él_... que fijó sobre mí una

mirada... que me matará; y _él_ me dijo la primera vez, ¡oh, lo estoy

oyendo aún: _Por usted señora, y en honor de sus hermosos ojos, azules

como el cielo_. Después, rápido, se revolvió... y yo me estremecí a mi

pesar... La segunda vez, me dijo con la misma voz, con la misma mirada,

sonriéndome y saludándome con la mano derecha: _Por usted también,

señora, y en honor de esa boca encarnada, purpurina como el coral_. Y

con intrepidez esperó al monstruo cuyos cuernos estaban tintos en

sangre, y lo abatió a sus pies... El espanto se había apoderado de mí,

puse las manos en la balaustrada del palco, tanto temía por _él_; porque

me parece que si _él_ hubiese sido herido, yo habría muerto. Entonces

_él_ se apoderó de mi mano, ¡oh!, bien a mi pesar, madre mía... y la

besó, sí...

Sus ojos se cerraron. Apoyó la cabeza sobre la almohada y continuó en

voz baja y con palabras entrecortadas:

Y--quizá tú me dirás, madre mía: «Mi rosita, ¿le amas tú, pues? Bien,

entonces os prometeréis y Dios os bendecirá». ¡Oh! sí, prometidos...

Mira a mi novio, ¡qué hermoso es!... Flores, flores por todas partes...

He ahí a mis compañeras con sus largos velos blancos... ¿no oyes el

grave sonido del órgano... y la multitud que repite como yo: «¡Qué

hermoso es el novio!» ¡Oh! llega el viejo sacerdote... su mano tiembla

al unirnos; ya es mío, es mi esposo ¡es mi esposo... ¡Oh! madre mía,

quédate, quédate... ¿Me dejas?

--Tu esposo está contigo, ángel mío.

--¡Madre mía! ¡mi buena madre!

Dichosa joven, dormía. ¿No es, repito, un digno convento, el convento de

Santa Magdalena?

VII

EL LEVANTE

...¡La muerte!

CERVANTES, «_Don Quijote_».

El levante es un viento del Este; cuando sopla, palidecen hasta los

marinos más intrépidos. No es una de esas inocentes brisas que levantan

olas como montañas, ¡no!; el mar se eleva muy poco, porque es tal la

fuerza del levante que rechaza las olas, que las nivela por el poder de

presión que ejerce la columna de aire sobre la superficie del agua.

Pero también es preciso que el timonel vele a la barra ¡Virgen santa! ¡y

que vele bien si no quiere ver al navío desaparecer entre un torbellino!

Después, el sol brilla, el cielo queda limpio, de un azul magnífico, con

lindos matices de un rosa vivo, que producen el más encantador efecto.

Las embarcaciones de un tonelaje elevado, tal como navíos, fragatas y

corbetas, aun maniobrando con mucha prudencia, tienen mucho que temer de

ese viento; pero las goletas, tartanas y faluchos, tienen todas las

probabilidades posibles de zozobrar.

Plick y Plock · 第 8 / 13 段