--¡Es igual, que Dios nos ayude!

Y se puso a herir de la manera que pudo por encima de su cabeza. Los que

recibieron esta caritativa advertencia no encontraron nada más eficaz

para hacerla cesar que imitarla, y este medio incisivo, propagándose de

abajo arriba, con rapidez, tuvo bien pronto el resultado más

satisfactorio, salvo los rasguños que Flores se encargó de cicatrizar y

cicatrizó probablemente con su habilidad acostumbrada.

Rehechos todos de esta violenta emoción, el primer grito fue el de

preguntar dónde estaba el maldito, y correr a la orilla. Una tartana,

con las velas rojas, empavesada como en un día de fiesta, se balanceaba

a lo lejos... Era él, no podía dudarse--. ¡Al puerto! ¡al puerto!--y se

precipitaron hacia el embarcadero para volar en su persecución.

¡Pero allá, gran Dios, qué espectáculo! El pueblo español es talmente

ávido de corridas de toros, que ni un hombre, ni una mujer, ni un niño

habían quedado en la población; todos estaban en la plaza, los marinos

mismos habían abandonado sus embarcaciones, y cuando llegaron

apresuradamente, se encontraron todas las amarras cortadas y vieron a lo

lejos faluchos y balandros que el mar se había llevado al retirarse.

Entonces cayó un nuevo aluvión de maldiciones sobre el gitano, y todo el

pueblo, en un movimiento espontáneo, se dejó caer de rodillas para pedir

a Dios que hiciera hundir aquella tartana, que parecía burlarse de la

llorosa multitud desplegando sus brillantes paveses de mil colores.

De pronto, el cielo pareció escuchar aquella demanda, ciertamente justa,

porque dos velas aparecieron a lo lejos; las dos cortaban el viento

corriendo la una cerca de la otra, de modo que la embarcación del gitano

debía encontrarse encerrada entre las dos o bien arrojarse a la costa;

¡y cuál no fue la alegría pública cuando reconocieron a dos escampavías

del Gobierno que izaron el pabellón español, asegurándole con un

cañonazo!

Entonces la tartana cambió rápidamente sus amuras, viró en redondo con

una preteza prodigiosa, pasó por entre las dos escampavías y fue a parar

fuera del alcance de sus perseguidores. Aunque la maniobra sabia y

prestigiosa de la tartana hubiera derrotado los planes de campaña y la

táctica de los espectadores de Santa María, ellos contaban siempre con

la velocidad y el número de sus atacantes para ver a su enemigo

aprehendido y arrastrado a remolque. Pero la tartana, teniendo sobre las

dos escampavías una ventaja de marcha positiva, desapareció bien pronto

detrás de la punta de la torre que avanzaba mucho sobre el mar; y no fue

hasta después de un cuarto de hora de navegación que los guardacostas

que navegaban en las mismas aguas, desaparecieron también a los ojos de

la multitud, ocultos por el promontorio.

Y todo Santa María temblaba de impaciencia y de deseo por conocer el

resultado del combate que iba a librarse detrás de la montaña.

IV

LAS DOS TARTANAS

Zarpa el balandro que se balancea

sobre las olas, y brilla en el

azul de los mares como una centella.

VÍCTOR HUGO, «_Navarin_».

--¡Adelante, mi fiel _Iscar_! ¡ya lo ves, el mar está azul y el oleaje

viene a acariciar dulcemente tu ancho pecho, blanqueado por la espuma!

¡Adelante! ¡tú hundes en el agua límpida tus narices que se abren

temblorosas! y tu larga crin se cubre de perlas brillantes como gotas de

rocío. ¡Adelante! mueve aún tus corvas vigorosas que hienden las olas.

Valor, mi fiel _Iscar_, valor, porque ¡ay! los tiempos han cambiado.

¡Cuántas veces, sobre la fresca verdura del prado de Sevilla o de

Córdoba, tú alcanzabas y dejabas atrás las brillantes calesas que

arrastraban a las hermosas granadinas, morenas y rientes, con su

redecilla de púrpura que volaba al viento y su rica mantilla prendida

con broches tornasolados! ¡Cuántas veces tú has relinchado de

impaciencia cerca de la estrecha ventana cerrada por una cortina de

seda, detrás de la cual suspiraba mi Zetta! ¡Cuántas veces tú has

relinchado mientras que nuestros labios se buscaban y se oprimían

ardientes, aunque separados por el tejido celoso! Pero entonces yo era

rico; entonces el pabellón de guerra de las anchas franjas y del león

real, se izaba en el palo mayor cuando yo subía a bordo de mi fragata;

entonces la inquisición no había puesto aún precio a mi cabeza...

¡entonces, no me llamaban el condenado! y más de una vez la mujer de

algún grande de España me sonreía tiernamente cuando, en una bella tarde

de estío, yo acompañaba con mi _guzla_ su voz pura y sonora. ¡Vamos,

valor, mi fiel _Iscar_, porque el pasado está lejos! Pero tú me has

entendido, porque tus orejas se levantan y tus relinchos redoblan.

¡Valor, he ahí mi tartana! he ahí mi enamorada que se balancea sobre las

olas como una gaviota se deja mecer en su nido por una onda

transparente. Pero, ¿no oyes, como yo, pitos confusos y alejados, un

rumor que viene a extinguirse en nuestros oídos? ¡Por el disco de oro

del sol! ¡es esa innoble multitud de Santa María a quien mi nombre ha

aterrado! Por lo menos he visto a esa monja por segunda vez. ¡Qué

hermosa es! ¡y mañana enterrada para siempre en el convento de Santa

María! ¡Qué crimen!... ¡y no se la robaré a Dios!

Apenas el gitano pronunció estas palabras, cuando de la tartana cayó al

agua una especie de puente flotante, e inclinado, que estaba amarrado a

la borda del buque por largos brazos de hierro. El caballo apoyó

fuertemente sus patas delanteras sobre la extremidad de la plancha y de

un vigoroso salto ganó el combés que se elevaba muy poco por encima del

mar.

En el interior de aquella embarcación se notaba un esmero y una limpieza

raros, y no se veía nadie a bordo, a excepción de un fraile, grueso y

rechoncho, que llevaba un hábito azul y una cuerda ceñida a la cintura;

pero el reverendo parecía presa de la mayor inquietud y angustia; armado

de un enorme anteojo, lo paseaba incesantemente sobre el espacio que

separa Santa María de la isla de León, lanzando a intervalos

exclamaciones, lamentos e invocaciones que hubieran enternecido a un

corregidor.

Pero cuando hubo visto al gitano su rostro adquirió un aire que

inspiraba verdadera piedad; su frente baja y rasurada, coronada de una

línea de cabellos de un rubio pálido que parecían erizarse de furor.

Movía a un lado y a otro sus hoscos ojos, y un temblor convulsivo

agitaba sus labios y su triple barba. Por fin, habiendo hecho

evidentemente todos los esfuerzos para articular una palabra y no

habiéndolo podido conseguir, agarró al gitano por un brazo, y con el

extremo de su anteojo, que temblaba en su mano de un modo espantoso, le

designó un punto blanco que se advertía a la entrada del golfo.

--¡Y bien! ¿qué es eso?--preguntó el réprobo.

--¡Es... es... el... el... el guardacostas!--balbuceó el fraile con una

pena extrema.

Y se oían rechinar sus dientes. Y miraba, con los brazos cruzados sobre

su pecho jadeante.

El gitano se encogió de hombros, fue a sentarse sobre un empalletado y

se volvió hacia Santa María repitiendo:

--¡Qué hermosa estaba!

El anteojo cayó de las manos del fraile; se golpeó la frente, tuvo un

momento de recogimiento, se secó el rostro inundado de sudor, hizo un

esfuerzo sobre sí mismo como para tomar una resolución atrevida, y

dirigiéndose al comandante de la tartana, que parecía aún absorto en su

amoroso ensueño, exclamó:

--¡Réprobo... renegado... condenado... apóstata, excomulgado... hijo de

Satanás... brazo derecho de Belcebú!...

--¿Qué pasa?--dijo el gitano a quien este insultante exordio había

sacado de su éxtasis.

--¡Pues bien! ¡tres veces maldito! yo te conjuro en nombre del superior

del convento de San Francisco que es mi dueño y el tuyo...

--El mío, no, fraile.

--Mi dueño y el tuyo--continuó--; te conjuro a desplegar las velas y a

tomar el portante. Ese guardacostas se aproxima y nosotros deberíamos

estar ya a la vista de Tarifa, si el infierno no te hubiera sugerido el

loco pensamiento de ir a esa maldita corrida de toros y dejarme solo, a

mí, que no entiendo nada de vuestras malditas maniobras. Y si te

hubieran preso, ¡ahora que tu cabeza está a precio!

--No les temo.

--No se trata de ti, por Cristo, sino más bien de mí. Si tú hubieses

sido detenido en tierra, ¿qué habría hecho yo aquí?

--¡Qué quiere usted! las distracciones son tan raras en nuestro

estado... la idea de ver esa fiesta me ha sonreído, ¡y sin duda me ha

guiado mi buen ángel, padre mío!

--¡No me llames tu padre, condenado! El que tú llamas tu buen ángel,

¡por San Juan! tiene el pie torcido.

--Como usted quiera, no insisto en ello... En cuanto a su invitación,

hago tanto caso de ella como esto...--Y golpeó con su varilla sus botas

que chorreaban agua--. Sepa usted que esperaré no sólo ese guardacostas,

sino otro que debe llegar del Este.

--¡Les esperarás! ¡virgen santa! ¡les esperarás! ¡Oh San Francisco,

rogad por mí!

Y después de un momento de silencio, gritó con todas sus fuerzas:

--¡Arriba todo el mundo, arriba, hermano mío! En nombre del superior de

San Francisco, yo os orde...

--¡Acabemos, fraile!--dijo el condenado; y le puso una mano sobre la

boca, y con la otra oprimió tan violentamente el brazo del tonsurado,

que el desgraciado comprendió toda la significación del gesto y se

arrojó sobre el puente del navío con la expresión de ese terror mudo que

nos anonada cuando tenemos la convicción íntima de no poder escapar a un

peligro inminente.

El gitano sonrió compasivamente; después miró fijamente en dirección a

la bahía de Cádiz.

--¡Por las rocas de la Carniola! ¡tardas bastante tú también!--exclamó

viendo la segunda escampavía destacarse del horizonte y avanzar con

rapidez--. Llegan aquí como dos sabuesos que atacan a una corza en un

zarzal; pero los sabuesos son pesados y torpes mientras que la corza es

astuta y ligera. ¡Por sus ojos azules! la caza va a comenzar, porque se

oyen los cuernos.

Era una de las escampavías que había disparado un cañonazo. A este

ruido inesperado, el desgraciado fraile dio un salto convulsivo, levantó

instintivamente la cabeza por la borda, y, viendo las dos escampavías,

la bajó rápidamente y se precipitó en el sollado haciendo repetidas

veces la señal de la cruz.

El gitano se aproximó silenciosamente a la brújula, comparó su dirección

con la del viento, calculó las probabilidades de la brisa, reflexionó un

instante... después tomó un silbato de oro suspendido de su cintura, se

lo llevó tres veces a la boca, y de un salto se plantó en el

empalletado.

A esta señal, diez y ocho negros subieron silenciosamente al puente.

Apenas se había oído un segundo toque de silbato, cuando la tartana

había aparejado y desplegado su antena, su bauprés y su trinquete y el

condenado manejaba la barra del timonel. Las dos escampavías se iban

aproximando, una por cada lado, y no estaban a un tiro de cañón de la

tartana, cuando ésta viró en redondo, pasó intrépidamente por entre sus

enemigos, al mismo tiempo que les enviaba una andanada, y se precipitó

en dirección a la punta de la Torre. Esta increíble maniobra no podía

intentarse más que con un navío tan velero y de una marcha tan segura;

porque antes que las dos escampavías se hubiesen colocado de popa al

viento, el gitano bordeaba ya el promontorio, que le ocultaba a los ojos

de los españoles, ocupados aún en orientarse. Es en este lugar donde los

habitantes de Santa María le perdieron de vista.

A un tiro de fusil de la base de este promontorio se elevaba una cadena

de enormes bloques de granito que formaban, avanzándose hacia el mar,

los bordes escarpados de un estrecho canal que serpenteaba entre ellos y

el pie de la montaña y no tenía más salida que a través de los

rompientes más peligrosos.

El gitano estaba tan acostumbrado a semejantes escollos, que se aventuró

sin temor por aquel pasaje, y después de haber navegado con una destreza

maravillosa, hizo cargar todas las velas y desarbolar largando los

obenques, que no estaban establecidos sobre un sitio fijo, sino sobre

las garruchas; de modo que al cabo de algunos minutos la tartana, que

tenía muy poco calado, había quedado lisa como un pontón y enteramente

oculta por las rocas que disimulaban el canal por la parte del mar.

Una vez allí, el silbato del condenado resonó de nuevo, pero en dos

veces distintas, con modificaciones singulares.

Bien pronto se oyó el ruido de unos remos que batían el agua

acompasadamente, y se vio salir de detrás de un grupo de rocas una

tartana semejante en un todo a la del gitano. En ella iba el joven de

cara femenina e imberbe que tanto había asombrado al barbero Flores. El

condenado le hizo un gesto que él pareció comprender, porque haló su

navío a lo largo de los escollos mientras la profundidad del agua no era

suficiente; luego, habiendo llegado al otro extremo del canal, después

de haber evitado hábilmente una multitud de arrecifes, el viento hinchó

sus velas y desembocó por el pasaje en el instante mismo en que las dos

embarcaciones españolas doblaban el promontorio. Cuando vieron esta

nueva tartana, forzaron las velas y se echaron sobre ella, creyendo

perseguir aún al gitano.

--Sois unos valientes cazadores--decía éste tranquilamente desde su

escondite--. La corza os ha dado el cambiazo, y estás sobre una falsa

pista; y mientras que ese pavo va a cruzar en todos los sentidos para

fatigarlos y arrastraros en su persecución, la corza pondrá a buen

recaudo los ricos tejidos de Venecia, los aceros de Inglaterra y los

cobres de Alemania que tiene encerrados en su vientre. ¡Vamos, vamos! ¡a

la caza, y por esa estrella que comienza a brillar, pueda la mía ser

dichosa esta noche, porque el sol baja!

En efecto, ya el sol tocaba a su ocaso, y el mar y el cielo,

confundiéndose en el horizonte inflamado, no formaban más que un inmenso

círculo de fuego. La cima de las olas centelleaba iluminada por los

largos reflejos dorados que venían a extinguirse en las sombras que

proyectaban las grandes rocas de la costa.

Largo tiempo se vio a la tartana maniobrar con una agilidad sorprendente

para escapar a las dos escampavías. Tan pronto aligeraba el aparejo y

ponía la proa a través del oleaje que cubría al buque de una espuma

blanca que caía en lluvia brillante con todos los matices del arco iris

y parecía rodearle de una aureola de púrpura y azul; y allí,

pérfidamente, esperaba a sus enemigos, abandonándose a las ondulaciones

del agua... Después, cuando se aproximaban, creyendo ya echarle mano,

ponía la popa al viento, extendía sus velas como grandes alas de

púrpura, y dejaba bien lejos a los bonachones guardacostas que se habían

locamente alabado de atraparle.

Tan pronto, virando en redondo y cubriéndose repentinamente de

banderolas y paveses de mil colores, corría al encuentro de sus

perseguidores. Estos se separaban inmediatamente para tomarla entre dos

fuegos, y se precipitaban activamente al combate. Pero la tartana, como

una coqueta, inconstante y caprichosa, reanudaba su rumbo primitivo, y a

la velocidad de todo su velamen, iba a sumergirse en las oleadas de luz

que abrazaban la atmósfera, desesperando así a los honrados guardacostas

que se apuntaban un nuevo fracaso. En fin, después de dar numerosas

pruebas de su superioridad maniobrera y de marcha y fatigar a las

escampavías, conseguía arrastrarlas bien lejos del lugar donde el gitano

contaba llevar a cabo su desembarco.

Porque la maldita tartana cumplió tan bien sus instrucciones, que poco a

poco el vapor fue velando a las tres embarcaciones que se hundieron en

la bruma y desaparecieron cuando el sol no arrojaba ya más que una

claridad sombría y rojiza, y las estrellas comenzaban a brillar.

En aquel momento, el gitano, inclinado sobre la borda de su tartana,

escuchaba con oído atento un ruido cadencioso que resonaba pesadamente

como el paso de muchos caballos.

--¡Ellos son, por fin!--exclamó.

V

LA BLASFEMIA

¿No eres, pues, más que un fraile llorón?

J. JANIN, _Confesión_.

No se podía descender de la cima de la montaña de la Torre, más que por

un sendero estrecho tallado en la roca, que daba una serie de rodeos. La

pendiente del camino era casi menos rápida, pero se necesitaba mucho

tiempo para llegar hasta la playa.

A la entrada de este sendero apareció un hombre a caballo, al que se

distinguía difícilmente a la pálida luz del crepúsculo; se detuvo de

pronto, pareció conferenciar con algunos de sus compañeros, sin duda

ocultos entre los áloes, y después arrojó al aire un cigarrillo

encendido que describió una ligera faja de fuego.

Cuando la misma señal hubo partido de la tartana, aquel hombre continuó

su marcha seguido de una docena de españoles, también a caballo, que

avanzaron con precaución por entre las numerosas rampas de aquel difícil

camino. Los unos llevaban sombrero, los otros una redecilla o un simple

pañuelo de colores vivos cuyos extremos flotaban sobre sus hombros; pero

todos tenían el color atezado, los ragos duramente característicos y el

aspecto poco tranquilizador que distingue a los contrabandistas de

tierra que operan en el litoral andaluz. Sus caballos iban cargados con

dos anchos cofres cubiertos de una tela alquitranada, de una ligereza

extraordinaria, pero tan grandes, que el jinete no podía montar más que

sobre la grupa, donde se sentaba como un timbalero delante de sus

timbales; además, pieles de carnero rodeaban sus cascos, de modo que era

imposible oírlos cuando marchaban al paso.

Llegados a la playa, a dos tiros de fusil de la tartana, el jefe de

aquellos hombres detuvo su caballo y dijo a sus compañeros:

--¡Por la silla de mi patrón!--aquí se quitó el sombrero--; hijos míos,

a la claridad de la luna que se levanta, yo no veo sobre el puente del

navío más que al maldito con su gorra y su pluma blanca.

--¿Dónde está, pues, el hermano?

UNA VOZ.--Si el hermano no está presente, ni un real de esas mercancías

entrará en mis cofres, ¡Dios me salve! pero el superior del convento de

San Juan hace muy mal en emplear a semejante descreído para desembarcar

su contrabando, y aunque tenga allí un fraile para bendecirlo y para

borrar las garras de Satanás, soy de opinión que tarde o temprano

seremos castigados por traficar con un excomulgado. ¡Amén!

EL JEFE.--¿Y crees que no temo, como tú, la cólera de la Virgen al tocar

unas mercancías que ¡por Santiago! huelen más a azufre que a cera?

UN FILÓSOFO (_que había sido cocinero_)--.¡Pero pensad, compadres,

pensad que en todas las tiendas del camino las cambiarán por buenos

dóllares de a cuatro sin preocuparse de si huelen a azufre o a cera!

EL JEFE.--¡Cállate, impío!

EL FILÓSOFO.--Después de todo, no son los exorcismos del reverendo los

que le quitarán el olor, si es que lo tienen; a mí que me den las

mercancías endiabladas, si son más baratas, y yo hago mi negocio; porque

soy de opinión...

--_¡Ave María purísima!_ compadeced al blasfemo--dijeron los

contrabandistas persignándose y estremeciéndose de horror.

Muchos fervientes católicos hasta se buscaron sus cuchillos.

El gitano, que no concebía la causa de este retraso, reiteró la señal

con el cigarrillo encendido.

--¡Cuánto tiempo perdido!--dijo el filósofo, y avanzó por el agua hasta

poder ser oído de los de la tartana--: ¡Señor condenado, señor

maldito!--gritó con aire burlón--, ¿ha olvidado usted que estas santas

gentes no se acercarán si el reverendo, con su presencia, no tranquiliza

las conciencias tímidas de estos corderos?--Y volvió a unirse a sus

compañeros que le maldecían.

El gitano se golpeó la frente y dio un silbido.

--¡El hermano!--dijo a un negro que se mostró a la entrada de la

escotilla.

El negro desapareció y volvió solo al cabo de un instante, haciendo un

signo negativo con la cabeza.

--¡Pues bien, izadle!

El negro entonces, con una prontitud admirable, levantó una antena de la

que ató una polea y una cuerda, descendió al sollado y tres minutos

después se vio al reverendo elevarse majestuosamente, cernerse un

momento por el aire y, descendiendo en un vuelo audaz, tomar tierra al

lado del condenado, que le desembarazó amablemente de las cuerdas y

garfios de que había sido rodeado aquel nuevo Icaro.

Viendo la ascensión del fraile, los contrabandistas, que esperaban en la

playa, habían gritado _gloria in excelsis_ y se habían arrodillado,

creyendo que era un milagro; pero el filósofo rió mucho de su

simplicidad.

Cuando el nuevo Icaro estuvo de pie, midió con la vista al gitano con el

aire más digno y más despreciativo que le fue posible, casi como el

mártir mira a su verdugo.

EL GITANO.--Dispénseme, padre, si le he ayudado a subir, pero esos

honrados contrabandistas esperan con impaciencia que usted ejerza su

sagrado ministerio.

Y le mostró el grupo que observaba atentamente lo que pasaba a bordo.

EL FRAILE.--¡De cuánta caridad cristiana no he de estar dotado para

consentir en pasar días enteros con un apóstata, con un réprobo de la

peor especie, y todo para purificar lo que tu herético y satánico

contacto ha manchado; a fin de que los cristianos puedan servirse de

esas mercancías sin temer la cólera del Cielo!

EL GITANO.--¡Qué quiere usted, padre mío! Su superior me paga bien y me

emplea para desembarcar los objetos de contrabando de que el convento

está abarrotado; me emplea porque sabe que nadie mejor que yo conoce las

revueltas y los escondrijos de esta costa, y que, si me prenden, en nada

he de comprometerle... Pero ¡anatema, como usted dice, anatema! estoy

maldito. Ya se sabe... y como los españoles, aun siendo contrabandistas,

son demasiado religiosos para comprar cualquier cosa que haya tocado un

excomulgado, le envían a usted para que bendiga estas ricas telas, estos

brillantes aceros, a fin de que quede tranquila la conciencia de los

compradores y de aligerar la cueva del convento. En fin, aunque en

pequeño, somos Dios y el diablo.

EL FRAILE.--¡Miserable!... ¡renegado!... ¡descreído!

EL GITANO.--Además, usted hace un honrado comercio con esas buenas

gentes, porque les vende un poco demasiado caro sus bendiciones y sus

exorcismos, que, aquí entre nosotros, no hacen la seda más fina ni el

acero más flexible.

EL FRAILE.--¡Hijo de Satanás! ¡infame condenado!

EL GITANO.--Pero como vuestro gracioso soberano paraliza todas las

industrias y prohíbe todo aquello que no deja fabricar, el contrabando

se hace indispensable; los frailes lo explotan con Gibraltar, y los

españoles pagan doble lo que podrían fabricar en casa. A mí me hace esto

mucha gracia.

EL FRAILE.--¡Execrable réprobo! yo...

EL GITANO.--¡Basta, fraile, esas gentes te esperan! Ve a cumplir tu

obligación, porque el tiempo pasa y la noche avanza.

--¡Perro maldito! ¡mi obligación!... ¡mi obligación!...--murmuró el

fraile ganando la orilla por medio de un puente lanzado desde la

tartana, y por el cual también el gitano había bajado, montado sobre su

caballito que habían izado desde la cala, lo mismo que al reverendo.

Mientras que el gitano se ocupaba en hacer desembarcar las mercancías,

el reverendo se había aproximado a los contrabandistas.

--¡La paz sea con vosotros, hermanos míos!--les dijo.

--¡Amén!--respondieron ellos, besándole el hábito.

EL FRAILE.--Ya veis, hijos míos, cuán cara me es vuestra salvación, y...

EL FILÓSOFO.--Es decir: nos es cara... a nosotros. ¡Pero Dios haga que

ese capital, colocado aquí en _oremus_, nos proporcione allá arriba la

vida eterna!

--¡Silencio, el hereje!--gritaron.

El fraile hizo un gesto despreciativo y continuó:

--¡Cuán cara me es vuestra salvación!... porque yo me expongo a pasar

días enteros con ese hijo de Satanás, para que Dios no se irrite de

vuestras relaciones con él.

--Y para hacer su pacotilla--repuso el incorregible filósofo.

--Por eso os bendecimos, padre mío--gritaron los otros contrabandistas a

fin de ahogar aquella impertinente interrupción.

EL FRAILE.--¡Jesús! hijos míos, yo lamento tanto como vosotros el que

esa tartana sea mandada por un renegado; pero ese renegado es el único

hombre, es decir, el único descreído, que conoce bien esta costa. ¡Ay!

¡no presentarse un cristiano!

--Oiga, padre mío--dijo el hombre víctima de la distracción de Flores,

el hombre de la evacuación sanguínea--, oiga, ¿es una buena acción

librar al mundo de un pagano?

--¡Se gana el Cielo, hijo mío!

--Gracias, padre mío--y se alejó.

Plick y Plock · 第 7 / 13 段