La señora Isabel hizo un gesto que hubiera tenido toda su significación

y toda su eficacia, sin el marino que se interpuso prudentemente entre

los dos campeones.

--¡Aun ese maldito gitano!--dijo el joven del traje andaluz--. Señores,

he aquí una buena ocasión de probar lo que os decía hace un momento, es

decir, que ese condenado es Satanás en persona.

Y se levantó gravemente.

--Vamos, señora, estoy dispuesto a aclarar la cuestión, porque yo he

visto el buque de las velas rojas aun no hace dos horas.

--Lo mismo que yo--respondieron a la vez Isabel y Pablo.

--Un momento--dijo el desconocido--, ¿jura usted por el santo nombre de

Dios y por el mártir de la cruz decir la verdad?

--Lo juramos.

--Hable usted, pues, señora.

--Pues bien, tan verdad como Santa Isabel, mi patrona, tiene su trono en

Córdoba (aquí se persignó), es que yo he visto, aun no hace dos horas,

el buque, y que Dios me quite la vida si yo miento.

--Habla tú--dijo al pescador.

--Que San Pablo me haga perecer la primera vez que salga al mar, si no

es verdad que hace dos horas he visto la tartana del condenado fondeada

a un tiro de fusil de Conil; y es tan verdad, señores, que he encontrado

cerca de Vejer un destacamento de aduaneros que se dirigían

apresuradamente a la costa, guiados por Blasillo, el hijo de Blas, que

había ido a prevenirle; yo no quiero contradecir a la señora Isabel,

¡pero que Dios me aplaste si miento!

Había en las dos versiones tan diferentes[7] un tal acento de verdad y

de convicción, que los espectadores se miraban con extrañeza. El mismo

forastero sonreía con un aire de incredulidad. En cuanto a Flores, no se

daba cuenta de que, desde que el nuevo cliente se hallaba sentado en el

sillón, no había cesado de pasar el dorso de la navaja por el mentón de

aquel improvisado Salomón.

--¡Hola! maestro--dijo el joven--, si continúa usted de ese modo, no

tengo que temer, ciertamente, ninguna evacuación sanguínea; y además, es

preciso que esté usted furiosamente preocupado para no haber visto en

seguida que no se trataba de afeitarme sino de arreglarme el pelo.

--En efecto--dijo el barbero confundido--, en efecto; tiene usted la

barba tan lisa como una manzana; una mujer no la tendría más suave.

--¡Una mujer!--repitieron Pablo y la señora Isabel.

En el mismo instante, un niño pequeño se aproximó a la puerta y avanzó

su linda cabeza rubia, después la retiró, la volvió a avanzar como si

hubiese buscado a alguien, vio al desconocido y en dos saltos se plantó

en sus rodillas.

Apenas le hubo hablado al oído, se levantó bruscamente, tomó su capa y

arrojó un escudo a Flores, diciendo con aire singular:

--Forzosamente, señores, ese gitano tiene que ser Satanás en persona,

puesto que está en tres lugares a la vez; porque yo os juro ¡por

Cristo!--añadió persignándose--, que bordea desde hace dos horas a la

vista de Sanlúcar.

Terminadas estas palabras, saltó ágilmente sobre su caballo, que

relinchaba a la puerta, puso al niño a la grupa, y desapareció

prontamente en un espeso torbellino de polvo que el galope de su caballo

hizo levantar en medio de la calle.

Los parroquianos de Flores que se habían precipitado a la puerta para

seguir con la vista a aquel personaje, hicieron, al volver a entrar en

la tienda, las conjeturas más raras sobre la _triplicidad_

verdaderamente _fenomenal_ del contrabandista gitano, conjeturas que

abandonaron sin agotarlas, como hubieran hecho en otra ocasión, para

hablar de la corrida de toros que debía celebrarse al día siguiente.

II

LA CORRIDA DE TOROS

Madrid, cuando tus toros brincan,

Hay manos blancas que aplauden

Y mantillas que se agitan.

. . . . . . . . . . . .

A. DE MUSSET.

¡España! ¡España! ¡cuán puro y brillante es tu cielo! Santa María está

bañada en oleadas de luz; los mil balcones de sus blancas casas

centellean y arden, y los naranjos perfumados de la Alameda parecen

cubiertos de hojas de oro. A lo lejos, Cádiz, envuelta en un vapor

cálido y rojizo, que allá, sobre la arena resplandeciente de la playa,

las olas azules y transparentes iban a deshacer como un largo listón de

diamantes en espuma centelleante hecha de agua y de sol; después, en el

puerto, centenares de faluchos, de balandros, cuyas flámulas se

despliegan levantadas por una ligera brisa que circula silbando por

entre las cuerdas. El fresco olor de las algas marinas, el canto de los

marineros que despliegan las amplias velas grises aun húmedas por el

relente de la noche, el toque de las campanas de las iglesias, el

relincho de los caballos que saltan lanzándose hacia las verdes praderas

que se extienden detrás de la ciudad... todo, en fin, es música,

perfume y luz.

Y el apresuramiento causado por el anuncio de una corrida de toros que

debía celebrarse el mismo día en Santa María, aumentaba aún el tumulto.

Casi toda la población de las ciudades y aldeas vecinas llena los

caminos. Allá, las calesas rojas, cubiertas de ricos dorados, vuelan

arrastradas por un caballo rápido, cuya cabeza está cargada de plumas

abigarradas y de cascabeles que resuenan a lo lejos; aquí, el pavimento

tiembla y gime bajo el peso de ocho mulas cuyos arneses resplandecen de

cifras y de escudos de armas de plata, y que arrastran un coche pesado y

macizo, rodeado de lacayos con las magníficas libreas de un grande de

España y precedido de picadores de trajes deslumbrantes.

Más lejos, el portante ágil y jacarandoso del campesino andaluz. ¡Por

todos los santos de Aragón! ¡qué hermoso está con su amante a la grupa y

su airoso traje obscuro bordado en seda negra y encarnada! ¡Y esos

millares de botoncitos de oro que serpentean a lo largo del muslo y van

a detenerse por encima de sus polainas de piel de camello! ¡Con qué

vigor su pie se apoya en el amplio estribo morisco! Pero no se puede ver

su cara, porque está casi oculta entre los pliegues de la mantilla de su

andaluza.

¡Por Santiago! ¡Vaya la linda pareja! ¡cómo le aprieta ella con sus dos

brazos, y con qué gracia las mangas verdes de su jubón se destacan sobre

el color sombrío de la chaqueta de su amante! ¡Qué fuego en esas pupilas

que centellean bajo unas espesas cejas negras! ¡vive Dios! ¡qué

miradas! ¡qué talle tan flexible!... ¡que la Virgen bendiga esa

complaciente basquiña con largas franjas de raso, que deja ver una

pantorrilla fina y redonda y un pie de niña!... ¡Tres veces bendita sea,

porque ha dejado ver un momento la liga azul, y su media de seda y el

pequeño puñal de Toscana que una verdadera andaluza no abandona jamás!

¡Adelante! El brioso caballo galopa: sus crines negras trenzadas con

cintas encarnadas flotan sobre su cuello nervioso, y la espuma blanquea

su bocado y sus brillantes copas! ¡Adelante, muchacho! ¡que tu espuela

se hunda en el flanco de tu montura, porque tu morena de las largas

pestañas, trémula y asustada, te estrechará violentamente contra su

corazón y tú sentirás sus latidos! ¡y sus cabellos acariciarán tu frente

y su respiración abrasará tus mejillas!

¡Por Santiago, adelante, joven pareja, y desapareced ante las miradas

envidiosas entre esa nube de polvo dorado!

Pero ya estamos a las puertas de Santa María. Todo son apreturas y

gritos; gritos de dolor y de alegría confundidos; hombres, mujeres,

viejos, niños, están allí inmóviles, esperando con angustia el momento

de la corrida. Por fin, las barreras se abren, el pueblo se precipita y

las inmensas galerías que rodean la arena se llenan de espectadores

jadeantes de deseo y de impaciencia.

--¡Plaza! ¡plaza al alcalde, a la Junta y al señor gobernador!

Delante de ellos marchan los milicianos de la ciudad con sus largas

carabinas; después los guardias, que tocan sus clarines, y llevan los

pendones rojos y amarillos en los que se ven bordados los leones de

Castilla y la corona real.

¡Plaza! ¡plaza a la monja! porque es la primera y la última fiesta a la

que la pobre joven asistirá. Hoy, aun pertenece al mundo, mañana ya

pertenecerá a Dios; por eso hoy está deslumbrante de pedrería, su ropa

brilla bajo las lentejuelas de plata, y cinco hileras de perlas rodean

su cuello de alabastro; también hay perlas sobre sus brazos blancos y

mórbidos, perlas y flores sobre sus bellos cabellos negros que sombrean

su pálida frente. ¡Ved, qué cosa más conmovedora! ¡con qué amor y

respeto mira a la superiora del convento de Santa María! Ni una mirada

para ese espectáculo brillante y ruidoso, ni una sonrisa para ese

murmullo de admiración que la sigue, para los homenajes que la rinde la

más alta nobleza de Sevilla y de Córdoba. Nada puede distraerla de sus

santos pensamientos. Huérfana, rica, se entrega a Dios, y en su

representación a la superiora de Santa María. Ese corazón puro e

ingenuo, teme al mundo sin conocerle, porque han querido hacerle ganar

el cielo sin combatir. Mañana, según la costumbre, esa espesa cabellera

caerá bajo las tijeras; mañana, el paño y el sayal reemplazarán a esos

brillantes tejidos; mañana quedará sometida a un juramento

inquebrantable; pero hoy, la costumbre quiere que asista a las vanidades

y a las alegrías engañadoras de un mundo que ella no conoce, como para

darle un eterno y último adiós.

¡Plaza, pues! plaza a la monja que entra en su palco toda adornada y

cubierta de tela blanca sembrada de flores.

¡Bravo! los clarines suenan, es la señal, y las puertas del toril se

abren; ¡un toro se precipita a la arena! Es un bravo toro salvaje nacido

en las selvas de Sanlúcar; es pardo de color; solamente una estrecha

faja blanca serpentea por su lomo. Sus cuernos son cortos, pero fuertes

y afilados; no hay acero que se le pueda comparar. Su cuello musculoso

soporta sin esfuerzo una cabeza enorme, y sus patas secas y nervudas no

flaquean bajo el peso de su pecho y de su grupa que son de una amplitud

extraordinaria.

En cuanto a sus flancos, son huesudos, redondeados, y retiemblan bajo

los golpes reiterados de su larga cola, que, al herirlos, zumba como un

látigo.

Cuando entró, hubo una formidable explosión de admiración, y los gritos

de _¡bravo, toro!_ resonaron por todas partes. El animal se detuvo en

seco, suspendió un momento los movimientos de su cola, y miró con

extrañeza a su alrededor... Después, a pasos lentos, dio la vuelta a la

barrera que separaba la arena de los espectadores, buscó una salida, y

no encontrándola, volvió al centro del ruedo, y allí comenzó a afilar

sus cuernos y a levantar con ellos torbellinos de arena.

En aquel momento se presentó un chulillo.

¡Que la Virgen te proteja, hijo mío! ¡y haga el Cielo que tu hermoso

traje de raso azul bordado de plata no se tiña de rojo, como la

banderola que haces flamear ante los ojos de ese compadre que muge y se

irrita!

¡Bravo, chulillo, tu patrona vela por ti! porque apenas si has tenido

tiempo de saltar la barrera para escapar del toro, cuyos ojos comienzan

a brillar como carbones ardientes.

Pero, paciencia, se ve venir al picador con su larga pica y montado

sobre un valiente alazán; un ancho sombrero gris lleno de cintas cubre

su cabeza, y lleva polainas y perneras para preservarse de los primeros

ataques.

¡Bravo, toro! ¡toma carrera con la cabeza baja y te precipitas sobre el

picador!... Pero él te detiene en seco, hundiéndote su excelente hoja en

el lomo. Tu sangre salta, tu muges y tu furor redobla. ¡Como hay Dios!

¡será una hermosa corrida!

¡Por Santiago! ¡qué brincos! ¡qué mugidos! ¡bravo, toro! el picador

rueda derribado; su valiente caballo tiene el flanco abierto; sus

entrañas salen entre torrentes de sangre. Da algunos pasos... cae... y

muere... ¡Bien, compadre de los cuernos agudos, bien! por eso oyes

resonar los pataleos y los gritos de una alegría frenética. Yo le digo

aún: ¡como hay Dios! ¡será una hermosa corrida!

¡Pero, silencio! aquí están las banderillas de fuego, ¡oh! ¡oh!...

retrocedes hacia la barrera escarbando la tierra y lanzando aullidos

terribles. ¿Qué será, pues, hijo mío, cuando ese bravo chulillo ¡que la

Virgen proteja! te hunda en el pecho esas largas flechas adornadas de

flores y cubiertas de cohetes y petardos que se encienden como por

encantamiento? ¡Toma! ¿no lo decía yo?... ¡Por el alma de mi padre!...

¡el chulillo está destripado! ¡Jesús! ¡magnífica cornada! La culpa es

suya; no se ha apartado a tiempo. ¡Bravo, toro! ¡qué noble y magnífico

estás saltando en medio de esas llamas que estallan y se cruzan! Tu

sangre se mezcla al fuego; tu piel se estremece y cruje bajo los cohetes

que serpentean y forman guirnaldas cayendo en lluvia de oro; tu rabia ha

llegado al límite, y los espectadores han huido de la primera barrera,

temiendo que la franquees, ¡y no obstante, tiene seis varas de alta!

¡Condenación! ¡el matador no llega! y sin embargo es la hora. ¿Podría

estar más a punto? Jamás; porque jamás la furia de ese compadre

alcanzará un grado más elevado, y yo apostaría mi buena escopeta contra

un fusil inglés a que él perecerá. ¡Santa Virgen! ¡cómo tarda! haced que

llegue pronto.

Pero, ya está aquí, es él... es Pepe Ortiz.

¡Viva Pepe! ¡viva Ortiz!

¡Ah!... saluda al señor gobernador, a la junta y a la monja... Se ha

quitado el sombrero y ahora se pone su redecilla roja. ¡Bueno! Después

apoya contra el suelo su ancha espada de dos filos... ¡Jesús! ¡Cuánto

oro en su traje color de naranja! ¡estoy deslumbrado! ¡oro por todas

partes!... oro hasta en sus medias y en sus zapatos... En fin, ya está

en la arena...

--Mata al toro por mí, amor mío--le grita una andaluza de tez morena y

de dientes de esmalte--. ¡Por Cristo! ¡no sonrías así a tu amante!...

¡Huye, José, huye, que el toro se te echa encima!...

Pero él lo espera a pie firme, con la espada entre los dientes; le

agarra uno de los cuernos y salta ágilmente por encima de él. ¡Bravo, mi

digno matador, bravo! recoge la flor de almendro que tu amada te ha

echado mientras juntaba las manos para aplaudirte.

¡Pero he aquí que el toro se revuelve! ¡Virgen del Carmen! ¡mala señal!

Se detiene, ya no muge; sus piernas tendidas, los ojos sangrientos y la

cola enroscada. Encomienda tu alma a Dios, José, porque la barrera está

lejos y el toro cerca... Adelante, demonio... ¡adelante la afilada,

espada!... ¡Demasiado tarde! la espada se ha roto en pedazos, y José,

atravesado por un cuerno del toro, ha quedado clavado en la balaustrada.

Ya decía yo bien. ¡Como hay Dios! ¡será una hermosa corrida!

Entonces fueron los aullidos de alegría, los gritos de admiración

convulsiva, gritos que hubieran resucitado a un muerto.

--¡Bravo, toro! ¡bravo!--gritaron todas las voces de la multitud...

¿Todas?... no, una sola faltó, la de la joven de la flor de almendro.

Desde hacía mucho tiempo, no se había visto semejante fiesta; el toro,

aún excitado por su triunfo, daba saltos espantosos, se encarnizaba

contra los restos sangrientos del matador y del chulillo, y los jirones

de aquellos desgraciados caían sobre los espectadores. Se estaba, pues,

en una cruel incertidumbre sobre la suerte de la corrida, porque el fin

de Pepe Ortiz había singularmente enfriado el celo de sus colegas,

cuando un incidente extraño, inaudito, dejó a la multitud estupefacta y

silenciosa.

III

EL GITANO

¡Cómo hacen estremecer sus miradas

ardientes!... ¡qué hermoso es!

DELFINA GAY, «_Magdeleine_», cap. V.

Ya sabéis que el circo de Santa María está construido a orillas del mar

y que a él sólo dan acceso dos puertas. ¡Pues, bien! De pronto se abrió

la barrera que daba frente al palco del gobernador y se presentó un

caballero.

No era un chulillo, porque no agitaba en el aire el ligero velo de seda

roja, y su mano no blandía ni la larga lanza del picador, ni la espada

de dos filos del matador; no llevaba tampoco ni el sombrero adornado de

cintas, ni la redecilla, ni el traje bordado de plata. Vestido

completamente de negro, a la moda de los acróbatas, llevaba polainas de

gamo que caían en numerosos pliegues sobre su pierna, y una gorra de

marinero sobre la que flotaba una pluma blanca; montaba con una destreza

y una elegancia poco comunes, un pequeño caballo blanco enjaezado a la

morisca, lleno de vigor y de fuego; en fin, largas pistolas ricamente

damasquinadas pendían de los arzones de su silla, y él no llevaba más

que uno de esos sables cortos y estrechos que usan los marinos de

guerra.

Apenas había aparecido, el toro se retiró al otro extremo de la arena

para aprestarse a combatir al nuevo adversario. Gracias a esto, el

hombre negro tuvo tiempo de hacer ejecutar algunas cabriolas a su

caballo y de apostarse al pie del palco de la mujer. ¡¡¡Y tuvo el

atrevimiento de mirar fijamente a aquella prometida del Señor!!!

El rostro de la pobre joven se volvió rojo como la flor del granado, y

ocultó su cabeza en el seno de la superiora, indignada de la temeridad

del desconocido.

--¡_Ave María_... qué atrevimiento!--dijeron las mujeres.

--¡Por la Virgen! ¿de dónde sale ese demonio?--se preguntaban los

hombres, estupefactos de tanta audacia.

De repente, resonó un grito general, porque el toro tomaba impulso para

lanzarse sobre el caballero de la pluma blanca, que se volvió, saludó a

la monja y la dijo sonriendo:

--Por usted, señora, y en honor de esos hermosos ojos azules como el

cielo.

Apenas acabó estas palabras, el toro embistió... El jinete, con una

prontitud maravillosamente servida por la agilidad de su caballo, dio un

bote y se encontró a diez pasos del toro, que le perseguía

encarnizadamente. Pero, gracias a su velocidad, el caballo se le

adelantaba siempre y tomó bastante ventaja sobre él para que su dueño

pudiera detenerse un momento ante el palco de la monja, y decirle:

--Por usted también, señora; pero esta vez en honor de esa boca

encarnada, purpurina como el coral.

El toro llegó con furia; el hombre de la pluma blanca, arrancó una

pistola del arzón, apuntó y disparó con tanta habilidad, que el toro

cayó mugiendo a los pies de su caballo. Viendo el peligro inminente que

corría aquel hombre singular, la monja había lanzado un grito penetrante

y se había precipitado sobre la balaustrada de su palco, apoyando en

ella las dos manos; él se apoderó de una, imprimió sobre ella un beso

ardiente, y continuó dirigiéndola una mirada terrible y fija.

Había en aquella escena extraña tantos motivos de asombro para los

españoles, que permanecían como petrificados. Aquel traje singular,

aquel toro muerto, contra la costumbre, de un pistoletazo; aquel hombre

que besaba la mano de una semisanta, de una prometida de Cristo, todo

aquello contrastaba tanto con las enseñanzas recibidas, que la junta, el

alcalde, el gobernador, se quedaron boquiabiertos, mientras que el que

tan vivamente excitaba la curiosidad general, continuaba con los ojos

inflamados y fijos sobre la monja, que, trémula y confusa, no tenía

fuerzas para salir del palco. Era en vano que la superiora tratase de

anonadarle con toda suerte de epítetos como: ¡impío, condenado,

miserable, renegado! En vano le gritaba con el acento de la más santa

indignación: «¡Tema la cólera del Cielo y de los hombres, usted que ha

osado hacer oír palabras mundanas a unos oídos castos, usted que no ha

temblado al tocar la mano de una esposa de Dios!

El miserable miraba siempre a la monja, repitiendo con admiración: «¡Qué

hermosa es! ¡qué hermosa es!»

Por fin, la voz chillona del alcalde vino a sacarle de su éxtasis, tanto

más fácilmente cuanto que la monja había abandonado el palco apoyada del

brazo de la superiora, y que dos alguaciles habían sujetado la brida de

su caballo, a lo que él no opuso resistencia alguna.

--Por quinta vez, usted, cualquiera quien sea, responda--decía el

alcalde--. ¿Con qué derecho ha matado usted de un pistoletazo un toro

destinado a divertir al público? ¿Con qué derecho ha dirigido usted la

palabra a una joven que mañana debe pronunciar sus votos santos e

irrevocables? En una palabra, ¿quién es usted?

Y el munícipe volvió a su asiento, enjugándose la frente, miró al

gobernador con aire satisfecho y dijo a los dos alguaciles:

--Tenedle bien por la brida.

--¿Que quién soy?--dijo el extraño caballero levantando altivamente la

cabeza, que hasta entonces no se había podido distinguir bien.

Y viéronse sus facciones de una regularidad perfecta; sus ojos eran

atrevidos y penetrantes, un bigote negro y brillante sombreaba sus

labios encarnados, y su poblada barba, que se dibujaba en dos arcos a lo

largo de las mejillas, iba a detenerse en un mentón con un hoyuelo. Su

color era pálido y mate.

--¿Que quién soy?--repitió con una voz llena y sonora--, va usted a

saberlo, digno alcalde.

Y apoyó vigorosamente sus espuelas en los flancos del caballo que dio

una violenta sacudida. Entonces el animal se enderezó bruscamente y dio

un salto tan prodigioso, que los dos alguaciles rodaron por el suelo...

--¿Que quién soy?... ¡soy el gitano, el bohemio, el maldito, el

condenado, si usted lo prefiere, digno alcalde!

Y en dos saltos franqueó la puerta y la barrera, ganó la playa que

estaba próxima y pudo verse cómo se arrojaba al mar con su caballo...

Entonces ocurrió un suceso bastante raro. El nombre del gitano hizo un

efecto tal, que todos los espectadores quisieron salir a la vez y se

precipitaron hacia los vomitorios demasiado estrechos para dar paso a

aquella masa de hombres que se agrupaban en la misma dirección. Por esta

causa, las vigas de la plaza se resquebrajaron y crujieron, no pudiendo

soportar una sacudida tan violenta y toda una parte del anfiteatro se

hundió bajo los pies de los espectadores. El tumulto y el espanto

llegaron a su límite, una multitud de personas estaban amontonadas las

unas sobre las otras, y sobre todo aquellas que soportaban un peso tan

enorme, lanzaban gritos lamentables y se encomendaban al santo de su

nombre.

--¡Es ese maldito, ese condenado--decían--, que ha atraído la cólera del

Cielo osando profanar a la prometida de Cristo! su presencia es un

azote... ¡Anatema, anatema sobre él!

Y luego venían unas maldiciones capaces de hacer estremecer a nuestro

santo padre.

En vano el alcalde y el gobernador que habían escapado al desastre,

trataban de restablecer el orden: ni siquiera podían conseguir hacerse

oír, ya que eran algunos millares de seres magullados o aplastados los

que aullaban a la vez. Las autoridades estaban ya invocando a los

últimos santos del calendario, cuando aquel inmenso montón de hombres se

disipó como por encanto. De pronto todos se encontraron de pie, pero en

muchos, los acentos de un verdadero dolor habían reemplazado a los

gritos de temor o de sorpresa.

He aquí por qué:

El desgraciado barbero Flores, situado en la parte más baja del circo,

se encontró entre el número de los que soportaban todo el peso de la

multitud. Después de haber hecho con sus compañeros de infortunio

increíbles esfuerzos para escapar a la presión, y viendo que las sanas y

buenas razones no podían nada sobre la indolencia de los compadres de

las capas superiores, sin pensar que con ello aumentaban el malestar de

los de abajo, el barbero Flores magullado, aplastado, articuló con pena

a algunos desgraciados que gemían como él.

--Compadres, estoy convencido de que jugando el cuchillo por encima de

nosotros, a derecha e izquierda, conseguiremos despertar la sensibilidad

y la piedad de nuestros opresores, gracias a algunos rasguños que yo

después me encargaré de curar, sea con diaquilón, el ungüento, o la...

Aquí se detuvo para tomar aliento, porque su desgraciado destino le

había hecho caer inmediatamente bajo el cuerpo de dos frailes y de un

carnicero.

--O la balsamina--continuó respirando apenas--. Así, pues, padres míos,

absolvedme por anticipado, porque es por la salvación de todos, sobre

todo por los de abajo; y van ustedes a ver, mis reverendos, cómo la

punta de un cuchillo persuade mejor que las más elocuentes palabras.

--_Ave María_, que Dios nos guarde--respondieron los dos frailes que

oprimían al barbero con toda su rotundidad monacal y que comprendieron,

por sus movimientos bruscos y agitados que aquél buscaba su cuchillo--.

En nombre del Cielo, ¡no haga usted eso, hijo mío! ¿No comprende que

sería un homicidio?

--Pero, padres míos, los homicidas son ustedes... ¿no comprenden que me

están ahogando?

--¡Por Cristo! A nosotros también nos ahogan.

--Es por ustedes, pues, por quien voy a trabajar. Pónganse de lado,

padres míos, las heridas son así menos peligrosas, porque no se

encuentran más que las falsas costillas. En fin, yo la tengo--dijo

abriendo con dificultad su navaja.

--¿Están dispuestos, compadre?

--¡Jesús! no lo estamos.

Plick y Plock · 第 6 / 13 段