señor Durand sorbiendo, con un largo resoplido, una gota de aguardiente
que quedaba en el fondo de su vaso--, cuando el cable cede, el áncora se
va al fondo. Es lo que decía yo siempre a mis enfermos, a mis calafates,
o a mis artilleros, porque tú sabes...
--Sí, sí, ya lo sé, maestro Durand--respondió prontamente Grano de Sal
que temblaba a la idea de oír al ex artillero-cirujano-calafate comenzar
de nuevo el relato de sus triples hazañas--; pero eso es más fuerte que
yo, y se me parte el corazón cuando pienso que aun no hace un año estaba
ese pobre señor Kernok allá abajo en su granja de Treheurel y que todas
las noches fumábamos una pipa con él.
--Es verdad, Grano de Sal. ¡Dios de Dios! ¡qué hombre! ¡y le querían en
toda la comarca! Un desgraciado marinero le pedía algo, y lo obtenía al
instante. En fin, desde hace veinte años que se había retirado de los
negocios para vivir de sus rentas, todos se hacían lenguas de su
caridad. Y después, ¡qué respetable cara con sus largos cabellos blancos
y su frac marrón! ¡qué aire más bondadoso cuando llevaba a la espalda a
los hijos del viejo Cerisoët, el artillero, o les hacía barquitos de
corcho! Solamente yo le hacía siempre un reproche a ese pobre Kernok,
se había aficionado demasiado a la gente de sotana.
--¡Ah! ¡porque era mayordomo de la parroquia! Y además, por pasar el
tiempo. Pero no podrá usted dejar de confesar que infundía respeto en su
banco de encina, con sus guantes blancos y su pechera, el día de la
fiesta de la parroquia de San Juan.
--Yo prefería verle en el puente, con un hacha en la mano y su bocina en
la otra--respondió el ex artillero-cirujano-calafate llenando su vaso.
--Pues, ¿y en la procesión, señor Durand? cuando presumía con su cirio,
que quería llevar siempre como una espada, a pesar de las lecciones del
monaguillo... Pero lo que desolaba sobre todo al señor cura es que el
capitán Kernok mascaba tanto, que durante la misa escupía sobre todo el
mundo.
--Le desolaba... le desolaba... es por eso por lo que embruteció a mi
camarada para hacerle dejar al presbiterio veinte fanegas de sus mejores
prados.
Aquí Grano de Sal alargó inverosímilmente el labio inferior guiñando los
ojos, miró al maestro Durand con el aire más picaresco, más malicioso,
más burlón que fuera posible imaginar, moviendo negativamente la cabeza.
--¡Caray! ¡si lo sabré yo!--repitió el maestro Durand casi ofendido de
la pantomima del antiguo grumete.
--Vamos, vamos, tranquilícese usted--repuso éste--, no es al cura a
quien ha hecho esta donación.
Aquí una pausa, y la extrañeza del maestro Durand se manifestó por un
excesivo enarcamiento de sus cejas y por la absorción de un glorioso
vaso de vino.
--Es--dijo Grano de Sal--, a la sobrina del cura, ¡eh!
--¡Ah! el viejo farsante, el viejo farsante--murmuró el maestro Durand
lanzando una carcajada homérica--; ya no me extraña que fuese mayordomo
y que comulgase con tanta frecuencia.
Y se entregó con Grano de Sal a unos arrebatos de alegría tan ruidosa;
que unos perros comenzaron a ladrarles.
--Lo más mortificante es que--continuó Grano de Sal--toda la fortuna del
capitán Kernok vuelve al Gobierno. Como no había hecho testamento...
--¿Cómo había de pensarlo? ¿Es que podía prever ese accidente?
--Usted le vio después... después de la cosa... ¿no es cierto, señor
Durand? porque yo había ido a Saint-Pol.
--Seguramente que le vi. Figúrate tú, muchacho, que vienen a decirme:
«Señor Durand, se siente olor de quemado en casa del señor Kernok; ¡pero
de una chamusquina más rara!» Eran las ocho de la mañana y nadie se
atrevía a entrar en su habitación; ¡son tan bestias! Me decido yo a
entrar, muchacho, y... ¡Ah! ¡Dios mío! échame de beber, porque me pongo
malo cada vez que lo recuerdo.
Se repuso un poco después de un largo trago de aguardiente, y continuó:
--Entro, y figúrate tú qué espectáculo: el cuerpo de mi pobre viejo
Kernok cubierto de una ancha llama azulada que le corría de la cabeza a
los pies, lo mismo que cuando arde un ponche. Yo me aproximé y le eché
agua; ¡bah! aún ardía más fuerte, porque estaba casi cocido.
Grano de Sal palideció.
--¡Esto te extraña, hijo mío! pues bien, yo se lo había predicho.
--¡Usted!...
--Sí. El bebía demasiado aguardiente, y yo le decía siempre: «Mi viejo
camarada, tú acabarás por una _concustion invantánea_--dijo el maestro
Durand con importancia, apoyando cada palabra e hinchando los carrillos.
Quería decir una combustión instantánea, solución exacta y verdadera de
la muerte de Kernok, dada por un médico de Quimper, hombre muy
entendido, al que se había enviado a buscar un poco demasiado tarde.
--¿Y eso no le hace temblar, señor Durand?--dijo Grano de Sal que veía
con pena al ex artillero-cirujano-calafate tomar la misma dirección que
su difunto capitán.
--Yo, es diferente, muchacho; yo mezclo el aguardiente con vino,
mientras que él lo bebía puro.
--¡Ah!...--respondió Grano de Sal poco convencido de la temperancia del
señor Durand.
--¡Toma!--dijo éste--, ahí tienes uno que morirá en la piel de un
bandido, si es que no le desuellan vivo.
Y señalaba a un hombre alto y delgado, con uniforme azul bordado, que
atravesaba la plaza.
--¡Cuánto daría por estar a bordo con ese perro de Plick, él con los
brazos atados a una cuerda de obenques y la espalda desnuda... yo con un
buen rebenque en la mano! ¡Cuando pienso que por haber pasado por las
manos de ese miserable de comisario nuestra parte de presa ha disminuido
en nueve décimos; que en lugar de los sesenta mil francos con que vivo
desde hace veinte años podría tener un millón, y que a ese pobre Kernok
no le tocaron más que doscientos mil francos de las toneladas de plata
que recogimos a bordo del buque español!
--¡Bah!--dijo Grano de Sal--, un poco más, un poco menos, es igual. Yo
estoy bien contento de haber abandonado el oficio con lo que tengo y de
haberme comprado un quechemarín para el cabotaje. Pero desde que no veo
al pobre señor Kernok, parece que me falta algo.
--A propósito--dijo el señor Durand--, creo que se acerca la hora de la
misa que hacemos decir en San Juan a ese pobre viejo.
Grano de Sal sacó un reloj lo menos de una pulgada de grueso.
--Tiene usted razón, señor Durand, son las diez.
Después, alargándole el reloj, atado con cuidado a una larga cadena de
acero reforzada con un cordón negro:
--Vea, ¿lo reconoce usted?--dijo al maestro.
--¡Si lo reconozco!... es el que el pobre Zeli me dio para que te lo
entregase el día del combate de _El Gavilán_ contra la corbeta. ¡Pobre
Zeli! Aun le veo, tendiéndome la mano y diciéndome: «¡Toma!... esto es
para Grano de Sal... Adiós... viejo... no te olvides». ¡Voto a
tal!--dijo el viejo emocionado--, esto me da más pena ahora, cada vez
que me acuerdo, que en el momento en que ocurrió. ¡Pobre Zeli!
Y la cabeza del señor Durand cayó entre sus manos callosas y arrugadas.
Grano de Sal parecía absorto en un doloroso recuerdo mirando su reloj.
--Son cinco litros de vino y una botella de aguardiente--dijo el
posadero, con su gorra en la mano, e inquieto de la prolongada
permanencia de los dos marinos.
--Lo que sobre para ti--dijo Grano de Sal arrojándole una moneda de oro.
Y dando el brazo al viejo Durand, se encaminó con él hacia la capilla de
San Juan.
XIV
LA MISA DE DIFUNTOS
...Golpea los aires como el toque funesto
Que pide a los vivos las primas para los muertos
Cuando un frío ataúd es lo único que queda
De la que sonrió a nuestros primeros esfuerzos.
S. DELAUNAY, «_Ob. inéditas_».
Figuraos una ensenada entre dos montañas, en la cual una multitud de
embarcaciones bretonas, de velas rojas y cuadradas, han abordado varando
sobre un hermoso fondo de arena de una blancura deslumbrante.
En el fondo, el mar, cuyas ondas azules, después de haber prolongado los
contornos de la bahía, van a morir sobre frescas praderas cortadas por
setos de rosales silvestres y por oxiacantos floridos que esparcen a lo
lejos su perfume.
Aquí y allá algunas encinas seculares sostienen un techo de rastrojos
cubierto de lindas matas azules y de clemátidas, que penden en largas
guirnaldas.
Dan animación a este paisaje, aquí una cabra levantada sobre sus patas
traseras que parece suspendida de los verdes festones; allá una pequeña
carreta tirada por grandes bueyes, y el chirrido ronco y continuo de la
rueda y la canción salvaje del Dragoubras, y el aspecto ágil del
montañés de Arrés que monta en pelo a uno de esos caballitos negros, de
pelo rizado, de ojo brillante, de patas nerviosas, que franquean los
salientes de la costa con tanta ligereza como un camello.
Después, en medio de aquella colina, cuya pendiente es casi insensible,
se ven los edificios consagrados a San Juan. Aquí la iglesia gótica, con
sus arcos y sus ojivas, sus altas y delgadas columnas, sus frontones
esculpidos como un encaje, contrasta singularmente con el pesado
campanario de plomo que eleva su techumbre gris y sombría por encima del
obscuro verdor de los abetos y alerces.
Los toques redoblados de todas las campanas de la iglesia de San Juan,
anuncian la ceremonia de que hemos hablado, un servicio fúnebre por el
alma del difunto señor Nicolás-Bárbara-Kernok, propietario de Treheurel.
Porque toda la población de la comarca, donde el digno anciano era
adorado, había abandonado sus trabajos para ir a rendir un postrero
homenaje a su respetable bienhechor.
Era necesario ver la multitud que se apretujaba bajo los pórticos de la
iglesia, las jóvenes con su corpiño escarlata bordado de azul y con sus
cofias, las viejas con sus capas que las tapaban por completo, los
hombres con sus birretes negros, de los que se escapaban largos cabellos
que caían hasta su ancho cinturón de cuero, del que pendía un largo
cuchillo.
Todos esperaban que las puertas fuesen abiertas.
Bien pronto llegaron Grano de Sal y el maestro Durand. A su vista todas
las cabezas se inclinaron; ellos respondieron con un saludo protector a
estas muestras de deferencia.
Por fin, se abrió la puerta; y entre apreturas, empellones y codazos,
cada cual se colocó en su sitio.
El sol enviaba alegremente sus dorados rayos a través de las vidrieras
de colores de la capilla, e iba a reflejar sus mil maticos sobre el
banco pulimentado y negro de encina, cargado de pesadas esculturas,
banco en el cual se sentaba Kernok en los días solemnes. ¡Ah! ¡y con qué
dignidad tranquila y majestuosa ostentaba en él su pechera y su frac
marrón! ¡con qué destreza ocultaba su chicote a la vista del cura! ¡con
qué aire de compunción cerraba los ojos, fingiendo rezar y recogerse,
cuando la plática del sacerdote le sumía en la más agradable
somnolencia!
Y era preciso que el recuerdo de aquella figura venerable estuviese aún
bien presente en el pensamiento de Grano de Sal y del señor Durand,
porque permanecieron un buen rato inmóviles ante el banco.
--Me parece estarle viendo aún--dijo el señor Durand.
--Y a mí también--respondió Grano de Sal.
Un rumor sordo anunció la llegada del señor Karadeuc, el párroco.
Primero ofició y después subió al púlpito.
Los fieles aprovecharon este momento para estornudar, sonarse, toser,
bostezar, suspirar, volverse de un lado y de otro...
Después se hizo el silencio... ¡el más profundo silencio!
El predicador avanzó hasta el borde del púlpito, apoyó en él sus manos
huesudas y velludas; sus ojos brillaban bajo sus espesas cejas rojas y
su boca esbozaba una singular sonrisa... después comenzó:
* * * * *
«Mis queridos hermanos, _apprehendi te ab extremis terræ et a longinquis
ejus vacari te; elegi te, et non abjeci te; ne timeas, quia ego tecum
sum_.»
* * * * *
Como el auditorio se componía de sencillos habitantes de la baja
Bretaña, este exordio hizo poco efecto.
* * * * *
«Sí, hermanos míos, lo que quiere decir: Te he tomado de la mano para
traerte de los lugares más alejados del mundo; te he llamado de los
puntos más distantes; te he elegido y no te he rechazado; no temas nada,
porque yo vengo a ti.
»Porque, hermanos míos, estas palabras pueden aplicarse al virtuoso, al
digno, al respetable anciano que todos lloramos... en una palabra, a
Nicolás Kernok, antiguo negociante.»
* * * * *
Aquí el señor Durand dio un primer codazo a Grano de Sal, que,
apretándose la nariz con el pulgar y el índice, dejó escapar una especie
de mugido sordo, como una risa ahogada.
* * * * *
«¡Ay! hermanos míos--continuó el cura--, ese antiguo negociante, el
digno Kernok, era también un cordero alejado del redil. Ese cordero se
encontraba también en países lejanos... y la Providencia le tomó por la
mano.»
* * * * *
--¡Por la pata!--dijo el viejo Durand.
--¡Mire que comparar al capitán a un cordero!--dijo Grano de Sal
poniéndose la gorra delante de la cara.
Sin embargo, el predicador continuó:
* * * * *
«La Providencia le ha dicho también: _Elegi, non abjeci te_... te he
elegido y no te he rechazado, aunque tu vida haya sido agitada.»
* * * * *
--Llama _agitada_ a aquello--murmuró Durand dando un segundo codazo a
Grano de Sal que le respondió con la misma energía, es decir, con otro
codazo capaz de hundir dos costillas al artillero-cirujano-calafate.
¡Oh! los dos se comprendían.
* * * * *
«...Sí, hermanos míos, agitada. Pero después de haber navegado en un mar
proceloso, la popa de su esquife ha conseguido una orilla de paz y de
reposo.»
* * * * *
--¡La popa, la popa!--dijo Durand con aire despreciativo--; ¡la proa, la
proa, sacristán!
El cura lanzó una mirada de indignación a Durand y repitió con
obstinación:
«Pero la _popa_ de su esquife consigió por fin la orilla de paz y de
reposo, donde ese virtuoso, ese digno, ese respetable anciano hizo
brotar la flor de la caridad y de la religión.»
¡Qué bestia es ese cura!--murmuró Grano de Sal.
--Bestia como un arenque--contestó Durand encogiéndose de hombros.
* * * * *
«...Así, hermanos míos--continuó el predicador--, uníos a mí para dar
las gracias al Rey de los reyes por haber coronado al que todos lloramos
con una aureola de su eternidad.»
* * * * *
--Amén--respondieron los asistentes.
--Oye, Grano de Sal: ¿ves tú al capitán Kernok tocado con una
aureola?--dijo el maestro Durand.
Pero Grano de Sal ya no le escuchaba, porque el cura había descendido
del púlpito para dirigirse al cementerio donde reposaba Kernok; pronto
llegaron ante la tumba.
El rostro de Grano de Sal se había vuelto severo y sombrío, tenía la
gorra entre sus manos, y Durand le apretaba el brazo mientras se
enjugaba los ojos.
Entonces el cura dijo algunas oraciones, que fueron repetidas a coro por
los asistentes arrodillados, y luego todos se retiraron.
Sólo quedaron Durand y Grano de Sal.
Y el sol había desaparecido hacía ya rato detrás de las montañas de
Tregnier, mientras que los dos amigos aun continuaban sentados cerca de
la tumba de Kernok, mudos y pensativos, con la cabeza oculta entre las
manos.
EL GITANO
Cara de ángel y corazón de demonio.
LOPE DE VEGA.
CAPÍTULO I
EL BARBERO DE SANTA MARÍA
Un barbero di qualidad.
--Por el ojo de San Procopio, le juro, compadre, que el gitano piensa
desembarcar en Matagorda. Mi digna tía Isabel, volviendo de la isla de
León, ha visto todos los guardacostas dispuestos y me ha dicho que
habían apostado dos centinelas en el faro para vigilar las evoluciones
de la embarcación de ese condenado que se ve a lo lejos.
--¡Por la silla de Santiago, compadre! el pescador Pablo, que ha llegado
de Conil, me ha repetido de nuevo que la tartana de rojas velas está
fondeada a medio tiro de cañón de la costa, y que todos los carabineros
están alerta...
--Han abusado de su credulidad, señor don José.
--Le han engañado, _señor rapabarbas_--respondió José saliendo con aire
burlón.
Esta calificación de _señor rapabarbas_ hizo estremecer violentamente a
Flores, porque si él _rejuvenecía_ al público, era por no desmentir la
significación ¡ay! demasiado positiva de la bacía de cobre reluciente
que se balanceaba en un rincón obscuro de la puerta; pero también, en el
sitio más visible, aparecía un inmenso cuadro representando una mano
armada de lanceta que abría delicadamente las venas de un brazo colosal.
De modo que el observador comprendía fácilmente que el barbero ponía su
amor propio y su gloria en ejercer ciertas prácticas quirúrgicas, y que
era casi a su pesar si descendía a la innoble navaja, cuyos provechos
parecían, no obstante, bastante honrosos.
El maestro Flores gozaba además de una consideración merecida; su
barbería, como lo son generalmente las barberías de España, era el lugar
de reunión de todos los chismosos, y particularmente de todos los
marinos retirados que habitaban en Santa María; y si las noticias que se
recogían en aquella fuente no estaban revestidas de un carácter bien
auténtico, no se puede negar que por lo menos estaban fabricadas a
conciencia; detalles, palabras históricas, retratos, circunstancias,
nada faltaba. Devoto, de un espíritu flexible y conciliador, el barbero
exhalaba beatitud por todos sus poros; siempre iba cuidadosamente
vestido de negro; sus cabellos grises y lisos se reunían detrás de sus
orejas, y dos anchos surcos rojos, reemplazando a las cejas, se
dibujaban encima de dos ojitos pardos, de una movilidad extraordinaria;
pero lo que más llamaba en él la atención eran sus manos, cuya piel
blanca y fresca y las uñas rosadas hubieran hecho honor a un canónigo de
Toledo.
Ya hemos dicho que Flores se estremeció violentamente ante el
impertinente apóstrofe de José, y este movimiento súbito y colérico hizo
desgraciadamente desviar aquella mano ordinariamente tan firme y tan
segura; el acero rozó ligeramente el cuello de uno de sus parroquianos,
que se arrellanaba con complacencia en el gran sillón de nogal donde
iban sucesivamente a sentarse todos los marinos de la isla de León y de
Santa María.
--¡Que el diablo le lleve!--dijo el paciente dando un brinco sobre su
asiento--. La plaza de verdugo está vacante en Córdoba, ¡por Cristo!
usted puede obtenerla, porque tiene excelentes disposiciones para abrir
la garganta a los cristianos.
Y enjugó con la punta de su corbata la sangre que salía de su herida.
--Tranquilícese--respondió Flores con importancia, consolado, casi
contento de su torpeza ante la idea de que podría poner en práctica sus
gloriosos conocimientos de cirugía--; tranquilícese, mi querido hijo,
porque sólo ha sido atacada la epidermis; no están interesados más que
los vasos capilares, y un emplasto de diaquilón, o de ungüento remediará
mi inadvertencia; y a decir verdad, esa pequeña evacuación sanguínea le
será muy saludable, porque usted me parece un individuo muy propenso a
la plétora; de modo, hijo mío, que en lugar de blasfemar, debería
usted...
--Darle las gracias, ¿no es eso, maestro? Lo tendré presente, y a la
primera cuchillada que tenga la desgracia de dar, le diré al alcalde:
Señor, mi enemigo es un individuo propenso a la plétora y esto no es más
que una evacuación sanguínea. Tenga en cuenta, señor, que lo he hecho
por su bien.
Aquí, los numerosos parroquianos que llenaban la tienda de Flores se
echaron a reír tan fuertemente, que el barbero se puso rojo de cólera.
--¡Hijo de Satanás!--murmuró mientras aplicaba su benéfico bálsamo sobre
la herida sangrienta.
--¡Me maldice usted, padrecito!--dijo el marino--; vaya, no se incomode;
se lo perdono todo, incluso la sangría, gracias a la buena noticia que
usted acaba de darnos... ¡Ah! ¡conque la tartana de ese maldito ha
fondeado cerca de Conil! ¡Por mi madre, daría con gusto los ocho años de
soldada que Fernando me debe por ver a ese condenado gitano con
grilletes en los pies y en las manos y arrodillado en la capilla
ardiente! ¡Cuántas veces, al querer darle caza con la escampavía he
renegado de mi patrón por las bordadas que nos hacía correr ese favorito
del infierno! ¡porque siempre se embarca cuando peor tiempo hace! Y
mientras que nuestra embarcación rodaba cubierta por el oleaje, la suya
parecía saltar y deslizarse por las olas... ¡Virgen del Carmen!
apostaría este par de alpargatas nuevas a que si el gitano tocase con el
dedo la pila del agua bendita, ésta se estremecería y herviría como si
hubiesen metido un hierro candente.
--Puede ser--dijo Flores--; pero es lo cierto que mi noticia es
positiva.
--Que el cielo le oiga--dijo uno--, y yo prometo a San Francisco hacer
dormir a mis criados sobre la piedra y no darles más que garbanzos
cocidos con agua por espacio de nueve días.
--Que lo prendan, y yo prometo a la Virgen una hermosa mantilla y un
anillo.
--Yo prometo a la Virgen del Pilar ir de aquí a Jerez con los pies
desnudos, un cirio de tres libras entre los dientes y las manos atadas a
la espalda, cuando vea a ese renegado en un calabozo esperando su
suplicio--dijo un tercero.
--Y yo--exclamó un tratante en ganado--, me comprometo a dar dos de mis
mejores cabritos a los santos padres de San Juan, si me prometen que el
descreído será descuartizado y le echan plomo derretido en los ojos;
porque ¡por San Pedro! yo no quiero la muerte del pecador, pero ha de
haber una justicia. Si ese primo de Satanás se contentase con hacer el
contrabando, aunque esté condenado, se le podrían comprar sus mercancías
exorcizándolas; pero el maldito saquea las casas de campo de la costa,
roba nuestras hijas y comete profanaciones en nuestras capillas. Aun no
hace mucho se ha encontrado la imagen de San Ildefonso con una gorra de
marinero en la cabeza y una larga pipa en la boca. ¡Por los siete
Dolores de la Virgen! ¡semejantes abominaciones no anuncian nada bueno!
--¡Y pensar--dijo el marino--que el señor gobernador de Cádiz no puede
disponer de una buena fragata para poner término a tales horrores y que
no tenemos para defendernos más que algunos guardacostas que huyen así
que divisan el bauprés de la tartana maldita! Armemos algunos faluchos
por cuenta nuestra, compadre, y ¡por Santiago! ya veremos si Satán le
protege y si está al abrigo del plomo.
--Una cosa bien singular--dijo en voz baja el tratante en ganados--, es
que Pedrillo, mi cabrero, me ha asegurado haber visto un bote de la
embarcación del gitano abordar a lo largo de las rocas donde está
construido el convento de San Juan, y que...
--¿Y qué?--dijeron todos a la vez.
--Y que el condenado había entrado en el santo lugar.
--¡Jesús! ¡Virgen santa! ¡qué horror!--dijo la multitud persignándose.
--Pues eso no es nada aún: el condenado se ha atrevido a subir a la
torre del reloj, y mi cabrero lo ha visto perfectamente fumando su
cigarro maldito, y poco después... ¡le ha oído acompañarse una canción
blasfema con su guitarra maldita!
--Pero, los dignos padres, ¿cómo han sufrido semejante
abominación?--preguntó Flores con aire contrito.
--¡Ahí verá usted!--y el interlocutor entornó los ojos sonriendo
maliciosamente.
A pesar de todo el peligro que había en hablar de cosas del clero, se
iba quizás a discutir gravemente sobre este asunto, cuando una voz
aguda y estridente dijo en tono burlón:
--¡A menos que el condenado del gitano no sea el mismo Satanás!
Todos los ojos se volvieron hacia un rincón obscuro de la barbería,
porque era allí donde se encontraba el desconocido que había pronunciado
tan singulares palabras. Cuando vio todas las miradas de la asamblea
fijas en él, se levantó, dejó caer su obscura capa, atravesó el largo
salón del establecimiento y fue a sentarse gravemente en el gran sillón,
que entonces esperaba un paciente.
Su talla resultaba airosa, aunque inferior a la media, y su rico traje
andaluz le dejaba ver en toda su elegancia. Se desató el pañuelo rojo
que rodeaba su cabeza, escapándose un bosque de cabellos que casi
cubrieron su cara; sus grandes ojos brillaban con un dulce brillo.
--Vamos, maestro--dijo a Flores, al mismo tiempo que se pasaba el índice
extendido por el mentón, imitando el movimiento de la navaja--; y por
mis pecados--añadió--, no me trate usted como al amigo de los botones de
áncora. Sobre todo, nada de evacuación sanguínea.
El amigo de los botones de áncora iba a responder, cuando un rumor, al
principio lejano y en seguida más próximo, lo impidió; se distinguía una
voz de hombre tímida y suplicante, y una voz de mujer agria y regañona.
--¡Grandísimo embustero, te voy a confundir!--dijo ella al entrar, con
las ropas en desorden y arrastrando a un jovencito de unos quince años.
--¡Mi tía Isabel!--dijo Flores con la navaja levantada.
--¡Y el pescador Pablo!--exclamaron los otros.
--Señora--decía el niño--, le juro por el alma de mi padre que yo he
visto hace dos horas la tartana de las velas rojas fondeada cerca de
Conil.