--¡Oh! tengo sed--dijo--y frío, ¡yo que tanto calor tenía hace un

momento!

Después, volviéndose a un compañero:

--Fíjate tú, polaco, ¿es que quieres quedarte tieso como ese que tienes

al lado? ¡Oh! ¡el cochino! ¡qué feo es! ¡Toma! ahora pone los ojos en

blanco.

Era uno que expiraba en las últimas convulsiones de la agonía.

--Durand, ¿vendrás de una vez?--gritó de nuevo Zeli--; ven a ver mi

pierna, viejo mío.

--Al instante estoy para ti; otro martillazo nada más, y la avería que

tenemos en la línea de flotación habrá desaparecido del todo... Bueno,

ya te ha llegado el turno; ¿es que no somos cuñados?

--Sí, un poco--respondió Zeli.

El señor Durand descolgó el farol y lo aproximó al maestro Zeli que

esbozó una entre mueca y sonrisa, muy orgulloso de la sorpresa que iba a

dar a Durand.

--¡Toma!--dijo el cirujano-calafate-artillero--, ¿dónde está tu otra

pierna, farsante?

--Allá arriba, sobre el puente, quizás aún... Vamos, desembarázame de

ésta, porque me incomoda mucho. Parece que me han atado una bala de

treinta y seis al pie. ¡Oh! y tengo sed, siempre sed.

Mientras examinaba la pierna del maestro Zeli, el señor Durand sacudió

tres o cuatro veces la cabeza y silbó, muy bajo, es verdad, el aire del

_Botón de rosa_, para acabar diciendo:

--Estás... fastidiado, viejo mío.

--¡Ah! pero, ¿de veras?

--Sí, sí.

--Entonces, si tú eres un buen muchacho, toma mi pistola y levántame la

tapa de los sesos.

--Iba a proponértelo.

--Gracias.

--¿No tienes ningún encargo que hacerme?

--No. ¡Ah! sí; toma mi reloj; se lo darás a Grano de Sal.

--Bien. Vamos...

--¡Ah! me olvidaba; si el capitán no revienta allá arriba, dile de mi

parte que ha mandado como un valiente.

--Bien. Vamos...

--¿De modo que tú crees que estoy lo que se llama...?

--Sí, a fe de hombre, y ya comprenderás que yo no querría hacer una mala

partida a un amigo.

--Es verdad. Pero a pesar de eso siempre... Brrr... ¡Qué frío! Casi no

puedo hablar... Me parece que mi lengua pesa tanto como un pedazo de

plomo. Toma, ahora estoy mareado... Adiós, viejo. Otro apretón de

manos... Vamos, ¿estás dispuesto?

--Sí.

--Perfectamente. ¡Fuego! eso me curará...

Cayó.

--Pobre b...--dijo el señor Durand.

Esta fue la oración fúnebre del maestro Zeli.

El señor Durand hubiera deseado quizá terminar todas sus operaciones tan

caballerescamente, pero sus otros clientes, espantados de la violencia

del tópico, que había, no obstante, dado tan buenos resultados en el

maestro Zeli, prefirieron emplasto de estopa y de grasa, que el honrado

doctor aplicaba indistintamente a todo y para todo, con un suplemento

de consuelos para los moribundos. Tan pronto era: «¡Bah! Después de

nosotros, el fin del mundo». O bien: «La próxima campaña debía ser ruda,

el invierno frío, el vino malo»; y una multitud de otras gracias

destinadas a endulzar los últimos momentos de los pobres piratas, que

tenían el cuidado de abandonar una honorable existencia sin saber

demasiado a dónde iban.

El señor Durand fue interrumpido bruscamente en sus cuidados

espirituales y temporales por Grano de Sal, que cayó como una bomba en

medio de siete agonizantes y de once muertos.

--¿Vienes a estorbarme en mi trabajo, perro?--dijo el doctor.

Y el grumete recibió con esta admonición una bofetada que hubiera

abrumado a un rinoceronte.

--No, maestro Durand; al contrario, es que piden municiones allá arriba,

porque acaban de enviar la última granada; y no crea usted, la corbeta

inglesa ha quedado rasa como un pontón, pero sigue haciendo un fuego de

mil demonios... ¡Ah! Mire, una bala se me ha llevado un dedo. Vea usted,

maestro Durand...

--¿Y quieres que yo pierda el tiempo en mirar tu rasguño, bribón, perro?

--Gracias, señor Durand; lo cierto es que vale más eso, que tener un

brazo de menos--dijo Grano de Sal envolviendo precipitadamente en estopa

lo que le quedaba del dedo--. Pero mire--añadió--, ahí llega un

parroquiano, maestro.

Era un herido que descendía al sollado; como estaba mal atado, cayó

sobre el suelo, quedando muerto.

--Otro que ya está curado--dijo el maestro Durand que estaba absorto

pensando cómo remediar la falta de balas.

--¡Municiones!... ¡municiones!--gritaban muchas voces con un acento de

terror.

--¡Voto a tal! ¡aun cuando debiéramos cargar los cañones con grumetes,

se hará fuego contra los ingleses!--exclamó el maestro Durand subiendo

rápidamente al puente.

Grano de Sal le siguió, no sabiendo si la intención que el doctor había

manifestado de emplearle como proyectil, era una broma o no. Pero, fiel

a su sistema de consolarse, se dijo:

--Preferiría eso a ser colgado por los ingleses.

XII

SIGUE EL COMBATE

¡Silencio! todo ha terminado, todo

se lo ha tragado el abismo. La espuma

de los altos mástiles ha cubierto la cima.

VÍCTOR HUGO, «_Navarin_».

--¡Y bien! ¡o vienen balas, o somos hundidos como perros!--gritó Kernok

al maestro Durand tan pronto como le vio aparecer sobre el puente.

--¡No queda ni una!--dijo el doctor rechinando los dientes.

--¡Que mil millones de rayos se lleven al brick! ¡y no tener nada, nada,

para recibir a los ingleses que van a abordarnos! ¡Mira! ¡voto a tal!

¡mira!...

Y diciendo esto, Kernok empujó a Durand contra el empalletado, que caía

a pedazos. En efecto, aunque la corbeta estuviese horriblemente

averiada, se adelantaba viento en popa sobre el brick con un jirón de

vela de su mesana, mientras que _El Gavilán_, que había perdido todas

sus velas, no podía evitar el abordaje que el inglés quería intentar, y

que había de serle ventajoso porque eran más.

--¡Ni una bala! ¡ni una bala! ¡San Nicolás! ¡Santa Bárbara, y todos los

santos del calendario, si no venís en mi auxilio--gritó Kernok en un

estado de espantosa exasperación--, juro hacer añicos vuestras

hornacinas del mismo modo que rompo este compás! ¡Y que un rayo me

pulverice si queda piedra sobre piedra de una sola de vuestras capillas

en toda la costa de Pempoul!

Y el pirata, echando espumarajos por la boca, había arrojado contra el

suelo una brújula.

Parece que los santos que Kernok implorara tan brutalmente, quisieron

portarse como corresponde a gente canonizada. Los hombres hubieran

castigado al temerario; los semidioses acudieron en su auxilio,

demostrando así que su creencia etérea era superior a nuestras

inteligencias estrechas y rencorosas.

Así, apenas Kernok había terminado su singular y horrible invocación,

que, herido por una idea súbita, por una idea de las alturas, quizás,

exclamó rugiendo de alegría:

--¡Las piastras!... ¡voto a tal! muchachos, ¡las piastras!... carguemos

nuestras piezas hasta la boca: esa metralla vale tanto como la otra. El

inglés quiere moneda; la tendrá, y bien caliente, tanto que, saliendo de

nuestros cañones, parecerán más bien lingotes de bronce que buenos

escudos de España... ¡Subid las piastras!... ¡las piastras!

Esta idea electrizó a la tripulación. El maestro Durand se precipitó

hacia el pañol y bien pronto aparecieron tres barriles sobre el puente,

unos ciento cincuenta mil francos aproximadamente.

--¡Hurra! ¡Muerte a los ingleses!--gritaron los diez y nueve piratas que

quedaban en estado de combatir, ennegrecidos por la pólvora y por el

humo, y desnudos hasta la cintura para maniobrar con más facilidad.

Y una especie de alegría feroz y delirante los exaltó.

--Esos perros de ingleses no podrán decir que somos avaros--exclamó

uno--; porque esa metralla les pagará con creces el cirujano que les

cura.

--Ya se ve que combatimos con una dama. ¡Voto a tal! ¡cuánta galantería!

¡balas de plata!...--dijo otro.

--Yo no pediría más que una carga como esa para divertirme en

Saint-Pol--añadió un tercero.

Y efectivamente, echaban el dinero en los cañones a puñados, hasta

ahogarlos. De este modo pasaron cincuenta mil escudos.

Apenas todas las piezas estuvieron cargadas, cuando la corbeta, que se

encontraba cerca del brick, maniobró de modo de meter su bauprés en los

obenques de _El Gavilán_; pero Kernok, por un movimiento hábil, evitó el

choque y luego se dejó derivar por el inglés.

A dos tiros de pistola, la corbeta envió su última andanada, porque ella

también había agotado sus municiones; también se había batido bravamente

y también había hecho prodigio de valor durante las dos horas del

encarnizado combate. Desgraciadamente, el oleaje impidió a los ingleses

apuntar bien, y toda su andanada pasó por encima del corsario, sin

hacerle daño.

Un marinero del brick hizo fuego antes de la orden.

--¡Perro aturdido!--exclamó Kernok, y el pirata rodó a sus pies, abatido

de un hachazo.

--Sobre todo--añadió--, no hagáis fuego hasta que estemos casi

tocándonos; en el momento en que los ingleses vayan a saltar sobre

nuestro puente, nuestros cañones les escupirán en el rostro, y ya veréis

cómo eso les molesta; ¡estad seguros!

En aquel instante mismo, los dos navíos se abordaron. Los tripulantes

ingleses que quedaban estaban en los obenques y sobre los empalletados,

con el hacha a punto, el puñal entre los dientes, prestos a lanzarse de

un brinco sobre el puente del brick.

Un gran silencio reinaba a bordo de _El Gavilán_.

--_Away! goddam, away! lascars_--gritó el capitán inglés, hermoso joven

de veinticinco años que, habiendo perdido las dos piernas, se había

hecho meter en un barril de salvado, para contener la hemorragia y poder

mandar hasta el último momento--. _Away! goddam!_--repitió.

--¡Fuego, ahora, fuego sobre el inglés!--aulló Kernok.

Entonces todos los ingleses se lanzaron sobre el brick.

Los doce cañones de estribor les vomitaron en la cara una granizada de

piastras, con un estruendo espantoso.

--¡Hurra!--gritaron los piratas.

Cuando el espeso humo se hubo disipado y se pudo apreciar el efecto de

aquella andanada, no se vio ya a ningún inglés, a ninguno... Todos

habían caído al mar o sobre el puente de la corbeta, todos estaban

muertos o espantosamente mutilados. A los gritos del combate sucedió un

silencio sombrío e imponente; y aquellos diez y ocho hombres, únicos

supervivientes, aislados en medio del Océano, rodeados de cadáveres, no

se miraban sin cierto espanto.

El mismo Kernok fijaba los ojos con estupor en el tronco informe del

capitán inglés; porque la metralla se le había llevado un brazo. Sus

hermosos cabellos rubios estaban teñidos de sangre; no obstante, la

sonrisa aparecía en sus labios... Es que había muerto sin duda pensando

en ella, en ella que, bañada en lágrimas, vestiría largos hábitos de

luto al saber su glorioso fin. ¡Afortunado joven! Tenía quizá también a

su anciana madre para llorarle, para llorar al que había mecido en sus

brazos cuando niño. ¡Era quizás un porvenir brillante que se malograba,

un nombre ilustre que se extinguía en él! ¡Qué pesar debía producir su

muerte! ¡Cuánto debían llorarle! ¡Dichoso, tres veces dichoso joven!

¡qué no debía a la culebrina de Kernok! con una bala había hecho un

héroe llorado en los tres reinos. ¡Qué hermosa invención la de la

pólvora!

Tal debía ser, poco más o menos, el resumen de las reflexiones de

Kernok, porque permaneció risueño y tranquilo a la vista de aquel

horrible espectáculo.

Sus marineros, al contrario, se habían mirado largo rato con una especie

de extrañeza estúpida. Pero, pasado este primer movimiento, el natural

indiferente y brutal se adueñó otra vez de ellos, y todos, en un

impulso espontáneo, gritaron:

--¡Hurra! ¡Viva _El Gavilán_ y el capitán Kernok!

--¡Hurra! ¡muchachos!--dijo él--. Y bien, ya lo veis; _El Gavilán_ tiene

el pico duro; pero ahora hay que pensar en reparar las averías. Según mi

estima, debemos estar por el lado de las Azores. La brisa fresquea;

vamos, muchachos, limpiemos el puente. Y en cuanto a los heridos... en

cuanto a los heridos--repitió golpeando maquinalmente el empalletado con

su hacha--, les harás llevar a la corbeta, maestro Durand--dijo

bruscamente.

--¿Para...?--preguntó éste con aire interrogativo.

--Ya lo sabrás--respondió Kernok con aire sombrío, frunciendo sus

espesas cejas.

El maestro Durand fue a cumplir las órdenes del capitán, murmurando:

--¿Qué querrá hacer? Es raro...

--¡Aquí, grumete!--gritó Kernok a Grano de Sal que estaba enjugando con

aire de tristeza el reloj que le había legado el maestro Zeli, porque

estaba cubierto de sangre.

El marmitón levantó la cabeza; las lágrimas brillaban en sus ojos.

Avanzó hacia el terrible capitán, pero sin el menor temor. Una idea fija

le dominaba, y era el recuerdo de la muerte de Zeli, al cual era bien

adicto.

--Vas a bajar a la cala y decir a mi mujer que puede venir a besarme:

¿oyes?--dijo Kernok.

--Sí, capitán--respondió Grano de Sal; y una gruesa lágrima cayó sobre

el reloj.

En el acto desapareció por la escotilla.

Kernok subió con agilidad a las gavias y examinó el aparejo con la más

escrupulosa atención; las averías eran numerosas, pero no inquietantes,

y con la ayuda de los palos y de las vergas de recambio, comprendió que

podría continuar su ruta y llegar al puerto más inmediato.

Grano de Sal volvió a subir al puente, pero solo.

--¡Y bien!--dijo Kernok--; ¿dónde está mi mujer, animal?

--Capitán, es que...

--¿Qué es? ¿hablarás, perro?

--Capitán... está en la cala...

--Ya lo sé. ¿Por qué no ha subido, bribón?

--¡Ah! ¡caramba! capitán... es que está muerta...

--¡Muerta! ¡muerta!--dijo Kernok palideciendo; y por la primera vez su

rostro expresó el dolor y la angustia.

--Sí, capitán, muerta, muerta por una bala que ha entrado por debajo de

la línea de flotación; y lo más raro es que el cuerpo de la señora ha

tapado justamente el agujero que el cañonazo había hecho, sin lo cual el

agua hubiese entrado y el brick se habría ido a pique. De todos modos,

la señora ha salvado a _El Gavilán_, y vale más eso que...

Grano de Sal, que había bajado los ojos al comenzar su narración, no

pudiendo sostener la mirada chispeante de Kernok, se aventuró a levantar

la cabeza.

Kernok ya no estaba allí; se había precipitado en la cala, y miraba,

con los ojos secos, los brazos cruzados, los puños convulsivamente

apretados; porque, según la relación del grumete, la cabeza y una parte

de la espalda de Melia, empotradas en el agujero producido por la bala,

habían impedido al proyectil ir más lejos.

¡Pobre Melia! hasta la muerte había sido útil a su Kernok.

El pirata permaneció solo unas dos horas, encerrado en la cala al lado

de los restos de Melia. Allí desahogó su dolor, porque cuando subió al

puente, su rostro estaba impasible y frío. Solamente, un poco antes de

su regreso, un grito doloroso se había oído y una masa informe había

desaparecido entre las aguas. Era el cadáver de Melia.

Durante este tiempo, el maestro Durand había hecho conducir los heridos

a bordo de la corbeta inglesa.

--Pero, ¿por qué no nos dejan a bordo del brick?--preguntaban con

insistencia al buen doctor.

--Hijos míos, yo no sé nada; tal vez porque aquí son mejores los aires,

y en las heridas graves hay que cambiar de aires, ya se sabe.

--Pero, maestro Durand, vea usted que se llevan para el brick todos los

palos y todas las vergas de recambio de la goleta. ¿Cómo vamos, pues, a

navegar?

--Quizá por el vapor--respondió el señor Durand, que no podía resistir

el placer de hacer un chiste.

--¡Cómo! Usted se va, maestro Durand, y vosotros también, camaradas. ¿Y

nosotros? ¿y nosotros?... ¡Maestro Durand!... ¡Maestro Durand!

Así decían los heridos, bastante fuertes para gritar, pero no para

andar, viendo al señor Durand y a sus compañeros que se embarcaban en la

canoa.

--Lo más probable es que no sea para hacernos tomar el aire para lo que

nos envían aquí--dijo un parisiense que tenía un brazo de menos y un

balazo en la columna vertebral.

--¡Pues bien! ¿para qué nos han enviado aquí, parisiense?--preguntaron

muchas voces con inquietud.

--¿Para qué?... con objeto de que reventemos aquí, mientras ellos se

reparten nuestra parte de presa. ¡Eso está muy mal hecho! Unicamente, si

hubieran tenido un poco de corazón, habrían hecho un agujero en la cala

para que nos hundiésemos... en lugar de dejarnos aquí para que nos

devoremos como fieras. Esto será por el estilo del _Colin_ que yo vi en

el Mont-Thabor, en casa del señor Franconi--aquí su voz comenzaba a

debilitarse--, porque acabo de oírles decir que ya no quedan víveres a

bordo de la corbeta, y a eso se debe principalmente el que nos hayan

dejado de lado. Sin embargo, es sensible morir cuando se es rico; porque

con mi parte de la presa, me hubiera divertido de lo lindo en París...

¡Dios! ¡la Cabaña!... ¡el Vauxhall!... ¡el Ambigú!... ¡y las señoritas!

¡Ah! sí, ¡es mortificante! porque ahora, en el tiempo de atar un gratel

ya estaré cocido... ya no tengo sensación en las piernas... Es por

vosotros por quienes lo siento... porque vosotros no sois muy tiernos,

corderos míos... Estaréis endiabladamente duros, y para comeros hará

falta una famosa salsa...

Sus restantes palabras no pudieron entenderse, y cinco minutos después

estaba muerto. El parisiense había adivinado la verdad; es imposible dar

cuenta de las maldiciones de que Kernok y demás cofrades fueron objeto.

Un herido inglés, que conocía el francés, comunicó a sus compañeros el

destino que les esperaba. El barullo aumentó, y cada uno juraba y

blasfemaba en su lengua. ¡Vaya un barullo! un barullo capaz de despertar

a un canónigo. Pero todos aquellos desgraciados estaban demasiado

gravemente heridos para poder levantarse; y, además, carecían de

botes...

Hubo muchos que, rodando, se dejaron ir hasta los empalletados, y de

allí se arrojaron al mar, preveyendo todo el horror de la suerte que

estaba destinada a sus compañeros.

--Ya se han quedado allí--dijo el maestro Durand a Kernok cuando hubo

vuelto a bordo.

--Bien--respondió Kernok--; la brisa sopla del Sud. Con esta mesana por

vela y los juanetes en lugar de las gavias, podemos continuar la ruta.

Orienta hacia el NNE.

--¿Así--dijo el maestro Durand mostrando la corbeta que se balanceaba

desmantelada--, abandonamos a esos pobres diablos?

--Sí--respondió Kernok.

--Pues no deja de ser un procedimiento bien poco delicado.

--¡Ah! es verdad... ¿Sabes los víveres que nos quedan a bordo, gracias

al festín que os he dado, salvajes? ¡Pues bien! no nos queda más que

una caja de galleta, tres toneladas de agua y una caja de ron; porque en

un día habéis echado a perder los víveres de tres meses.

--Tanta culpa es de los de aquí, como de los que quedan allá.

--Me... río; tenemos aún, quizá, ochocientas leguas que hacer y diez y

ocho hombres que mantener; además, éstos deben ser los primeros, porque

se hallan en estado de trabajar.

--Los que deja usted en la corbeta van a reventar como perros o a

comerse los unos a los otros; porque mañana, pasado mañana... tendrán

hambre.

--Me... río, ¡que revienten! Vale más que sean los que están medio

muertos que no nosotros, que aun tenemos mucho que hacer.

Los marineros del brick oían esta conversación y comenzaron a murmurar:

--No queremos abandonar a nuestros camaradas.

Kernok paseó sobre ellos su mirada de águila, puso su hacha bajo el

brazo, se cruzó las manos a la espalda y dijo con voz imperiosa:

--¿Eh? vosotros... ¿no queréis...?

Se hizo un profundo silencio.

--¡Sois unos animales bien singulares!--exclamó--. Sabed, pues,

canallas, que estamos a ochocientas millas de tierra; que hemos de

contar al menos con quince días de navegación, y que si guardamos los

heridos a bordo se beberán toda nuestra agua y nos harán tanto servicio

como los remos a un navío de tres puentes.

--Eso es verdad--interrumpió el artillero-cirujano-calafate--, nada

bebe tanto como un herido; son lo mismo que los borrachos, siempre

tienen la boca seca.

--Y cuando estemos sin agua y sin galleta, ¿será el señor Kernok el que

os dará lo que falte? Nos veremos obligados a comer nuestra carne y a

beber nuestra sangre, como tendrán que hacer ellos; ¡vaya un alimento

perro! Eso os tienta, ¿no es cierto, bergantes?... mientras que si

tratamos de arribar a Bayona o a Burdeos, podemos ver de nuevo Francia y

vivir como buenos burgueses con nuestra parte de presa, que no será

pequeña, puesto que también nos repartiremos la de esos...--añadió

Kernok designando a los heridos de la corbeta.

Este argumento calmó victoriosamente los últimos escrúpulos de los

recalcitrantes.

--En fin--terminó Kernok--, esto será así porque yo lo quiero; ¿está

claro? Y al primero que abra la boca se la cerraré yo; ya sabéis que

acostumbro cumplir lo que prometo. Conque, en marcha, muchachos.

Los diez y ocho hombres que componían entonces la tripulación,

obedecieron en silencio y dirigieron una última mirada a sus compañeros,

a sus hermanos, que lanzaban gritos espantosos viendo al brick alejarse.

Después, como la brisa soplaba mucho, _El Gavilán_ se encontró bien

pronto lejos del lugar del combate. Pero al día siguiente se levantó una

horrible tempestad, enormes montañas de agua parecían a cada momento

querer tragarse al buque que, capeando el temporal, huía ante el tiempo.

En fin, después de una penosa travesía, _El Gavilán_ recaló en Nantes,

donde reparó sus averías, y después, de acuerdo con los deseos de

Kernok, se hizo de nuevo a la mar para fondear una vez más en la bahía

de Pempoul.

Allí se formó una comisión para verificar la legalidad de la presa.

Entonces Kernok juró, con todos sus juramentos, que en lo sucesivo iría

a desembarcar a Santo Tomás, ¡porque aquellos cormoranes de

administradores habían pescado en sus aguas! Estas fueron sus propias

expresiones.

XIII

LOS DOS AMIGOS

¿Un alma tan rara y ejemplar no

costaría más de matar que un alma

popular o inútil?

MONTAIGNE, lib. II, c. XIII.

Es una excelente posada la del _Áncora de Oro_, en Plonezoch. Cerca de

la puerta se elevan dos hermosas encinas, verdes y frondosas, que dan

sombra a las mesas, siempre atractivas, de tan lustrosas que están; y

como el _Áncora de Oro_ está situada en la plaza mayor, no se encuentra

un golpe de vista más animado, sobre todo a la hora del mercado, durante

las hermosas mañanas de julio.

Por eso dos honrados compañeros, dos apreciadores de aquella hermosa

localidad, habían echado raíces ante una de aquellas mesas tan lustrosas

y tan limpias; hablaban de esto y de lo de más allá, y la conversación

debía ser ya larga, porque buen número de botellas vacías formaban un

imponente y diáfano reducto alrededor de los interlocutores.

El uno podía tener sesenta años, feo, moreno, grueso, con largas y

blancas patillas que hacían un raro contraste con su tez bronceada.

Llevaba un holgado frac azul grotescamente cortado, un ancho pantalón de

tela y un chaleco escarlata con botones de áncoras, y al que le

faltaban por lo menos seis pulgadas para llegar a la cintura;

finalmente, un inmenso cuello de camisa rígido y almidonado se levantaba

amenazador por encima de las orejas de este personaje. Además, anchas

hebillas de plata brillaban en sus zapatos, y un sombrero charolado,

impertinentemente ladeado, acababan de darle un aire coquetón y calavera

que contrastaba singularmente con su edad avanzada. Por lo demás, se

veía que iba vestido de etiqueta y que le incomodaban sus adornos.

Su amigo, de un traje menos afectado, parecía mucho más joven. Una

chaqueta y un pantalón de tela componían todo su atavío, y una corbata

negra, negligentemente anudada, permitía ver un cuello nervioso que

soportaba un rostro risueño y abierto.

--Se acerca San Saturnino--dijo golpeando ligeramente su pipa sobre la

mesa para hacer salir toda la ceniza--, se acerca San Saturnino, y hará

veinte años que _El Gavilán_--aquí llevó una mano a su gorra de lana de

cuadros azules y rojos--, que nuestro pobre brick fondeó por última vez

en la bahía de Pempoul al mando del difunto señor Kernok.

Y suspiró sacudiendo la cabeza.

--¡Cómo pasa el tiempo!--contestó el hombre del cuello alto echándose al

coleto un enorme vaso de aguardiente--; me parece que fue ayer: ¿no es

eso, Grano de Sal? Y si te llamo Grano de Sal entre nosotros, es porque

tú me lo has permitido, muchacho. Esto me recuerda los tiempos pasados.

Y el viejo se echó a reír dulcemente.

--¡Voto a tal! no se moleste usted, señor Durand; usted es uno de los

antiguos, un amigo del pobre señor Kernok.

Y de nuevo levantó los ojos al cielo suspirando.

Plick y Plock · 第 4 / 13 段