Dos horas después, una embarcación conducía a bordo de _El Gavilán_ los

últimos toneles de dinero, resto de los despojos del _San Pablo_, donde

Kernok había dejado a diez de sus hombres, la tripulación española

agarrotada sobre el puente y el capitán amarrado al palo mayor.

--Muchachos--dijo Kernok--, yo os doy esta noche _nopces et festin_,

como se dice, y después, si sois juiciosos, una sorpresa.

--¡Caray! ¡voto a tal! capitán, seremos juiciosos, juiciosos como

vírgenes--dijo el maestro Zeli haciéndose el amable.

IX

ORGÍA

Hic chorus ingens

...Colit orgia.

AVIENUS.

--¡Vino! ¡voto a tal! ¡vino!

Las botellas chocan entre sí, los frascos se rompen, los juramentos y

los cantos estallan por todas partes.

Es tan pronto el ruido sordo que hace un pirata borracho cayendo sobre

el suelo, como la voz temblorosa de los que aun tienen el vaso en una

mano y con la otra se agarran a la mesa.

--¡Vino aquí, grumete, vino, o te aplasto!

Y los hay que luchan entre ellos pie contra pie, frente contra frente.

Se estrechan, se enlazan; el uno resbala y se cae; se oye el crujido de

un hueso que se rompe, y las imprecaciones reemplazan a la risa.

Otros están acostados ensangrentados, con el cráneo abierto, a los pies

de alegres compañeros que cantan con voz de trueno una delirante canción

báquica.

Los de más allá, en el último grado del embrutecimiento y de la

embriaguez, se entretienen en machacar entre dos balas la mano de un

marinero a quien la borrachera ha matado.

Y una porción de juegos más, a cual más original y delicado.

Los gemidos, los gritos de rabia y de loca alegría se confunden y se

acuerdan.

El puente está enrojecido de sangre o de vino. ¡Qué importa! El tiempo

huye rápido a bordo de _El Gavilán_: todo es locura, arrebato, delirio.

De prisa, de prisa, gozad de la vida, que ella es corta. Los malos días

son frecuentes; ¡quién sabe si el de hoy no tendrá mañana para vosotros!

Divertíos, pues, asid el placer allá donde le encontréis.

No es ese placer moderado, decente, de alas doradas y azules, que se

parece a una joven tímida y dulce; ese placer delicado que gusta de

sacudir su cabeza fresca y rubia ante los mil espejos de un _boudoir_, o

de desflorar con sus labios rosados una copa llena de un licor helado;

ese sibarita, en fin, que no quiere a su alrededor más que flores,

perfumes y pedrería, mujeres jóvenes y amables, música melodiosa y vinos

exquisitos. ¡No, pardiez! se trata de ese otro placer robusto y bestial,

de ojo de sátiro, de risa de demonio, que llena las tabernas y los

bodegones, que bebe y se emborracha, muerde y desgarra, golpea y mata y

después rueda y se retuerce entre los restos de una comida grosera,

lanzando una carcajada que parece el aullido de un chacal.

De prisa, de prisa, gozad de la vida, porque os digo que es corta.

Gozad, pues, de la vida a bordo de _El Gavilán_.

Era ya noche cerrada; los faroles que guarnecían los empalletados

esparcían una viva claridad sobre el puente del buque, que Kernok había

hecho cubrir de mesas para festejar su afortunada presa.

A la comida sucedieron las diversiones. El grumete Grano de Sal, después

de haberse frotado de alquitrán de los pies a la cabeza, había

encontrado conveniente revolcarse sobre un saco de plumas, de modo que,

al salir de allí, parecía un volátil de dos pies, sin alas.

Y qué placer el verle dar zancadas, voltear, saltar, danzar, enardecido

por los aplausos de la tripulación, y excitado por los latigazos que el

maestro Zeli le administraba de cuando en cuando para conservar su

agilidad.

Pero de pronto uno de aquellos hombres, un bromista, creo que era un

alemán, queriendo que la fiesta fuese completa, aproximó una mecha

encendida al penacho de estopa que se balanceaba con gracia sobre la

frente de Grano de Sal...

Después el fuego se comunicó de la estopa a los cabellos, de los

cabellos a las plumas, y el acróbata improvisado, el desgraciado Grano

de Sal, absorbió tanto calórico, que su piel se resquebrajó y crujió

bajo su ardiente envoltura.

Al principio todos reían, hasta derramar lágrimas, a bordo del

_Gavilán_. Sin embargo, como el grumete lanzaba gritos espantosos, una

buena alma, un alma compasiva, porque las hay en todas partes, lo agarró

y lo arrojó al mar diciendo: «Voy a apagarlo.»

Afortunadamente Grano de Sal nadaba como un salmón; e incluso tuvo la

coquetería de prolongar el baño, paseándose alrededor del brick como un

tritón o una náyade, a vuestra elección; por fin entró por la porta de

popa, diciendo con su acostumbrado estoicismo: «Prefiero eso que haber

sido quemado vivo; a pesar de todo, me he divertido de lo lindo.»

Se oyó un tiro de pistola; después un grito penetrante salió de la

cámara de Kernok; Zeli se precipitó hacia ella; no era nada, una

miseria.

Figuraos que Kernok, un poco excitado por el grog, había elogiado mucho

su habilidad a Melia.

--Te apuesto--le decía--que de un pistoletazo te hago saltar el cuchillo

que tienes en la mano.

Melia no dudaba de la habilidad de su amante, pero había querido eludir

la prueba.

--¡Cobarde!--había gritado Kernok--; ¡pues bien! para enseñarte, voy a

romper el vaso en que bebes.

Y diciendo esto había empuñado una pistola, y el vaso de Melia, roto por

la bala, había saltado en mil pedazos.

Cuando Zeli entró, Kernok, con la cabeza inclinada hacia atrás, y la

pistola aún en la mano, reía del espanto de Melia, que, pálida y

trémula, se había refugiado en un rincón de la cámara.

--¡Y bien! Zeli--dijo el pirata--; ¡y bien! mi viejo lobo de mar, ¿tus

señoritas se divierten por allá arriba?

--Le respondo de ello, mi capitán; pero esas damas esperan la sorpresa.

--¿La sorpresa? ¡Ah! es verdad; escucha...

Y dijo dos palabras al oído de Zeli. Este retrocedió con aire de

extrañeza, abriendo su enorme boca.

--¡Cómo!... ¿Usted quiere...?

--Claro que lo quiero. ¿No es una sorpresa?

--Y famosa por cierto... Voy, capitán.

Kernok subió también al puente con Melia. A su presencia se sucedieron

nuevos gritos de alegría.

--¡Hurra por el capitán Kernok, hurra por su mujer, hurra por _El

Gavilán_!

Un cohete partió del _San Pablo_, que estaba al pairo a dos tiros de

fusil del brick. Después de describir una curva, cayó en una lluvia de

fuego.

--Capitán, ¿ha visto usted ese cohete?--dijo el segundo.

--Ya sé lo que es, valiente mío. Vamos, vamos, muchachos, haced circular

el ron y la ginebra. Un vaso para mí y otro para mi mujer.

Melia quiso rehusar, pero, ¿cómo resistir a su dulce amigo?

--¡Vivan los camaradas y los bravos hijos del capitán de _El

Gavilán_!--dijo Kernok después de haber bebido.

--¡Hurra!--contestó la tripulación en voz fuerte y sonora.

La orgía había llegado a su apogeo. Los marineros se habían agarrado de

la mano y daban vueltas con rapidez alrededor del puente, cantando a

gritos las canciones más obscenas y más crapulosas.

Bien pronto llegó el maestro Zeli con los diez hombres que Kernok había

dejado antes a bordo del _San Pablo_.

No quedaba a bordo del navío español más que sus tripulantes atados y

agarrotados sobre el puente.

--Todo está dispuesto--dijo Zeli--; cuando el segundo cohete parta,

capitán, es que la mecha...

--Está bien--dijo Kernok interrumpiéndole--. Muchachos, os he prometido

una sorpresa si os portabais bien. Vuestro juicio y vuestra moderación

han excedido a lo que yo esperaba; voy, pues, a recompensaros. Ya veis

ese navío español: aparejado y equipado como está, vale muy bien...

treinta mil piastras... ¡yo pago cuarenta mil, muchachos, yo! lo compro

sobre mi parte de la presa, a fin de tener el placer de ofrecer a la

tripulación de _El Gavilán_ un castillo de fuegos artificiales con

acompañamiento de música. Ya se ha dado la señal. ¡Que cada uno ocupe el

sitio que le agrade más!

Y todos los tripulantes, al menos los que estaban en estado de servirse

de piernas y de ojos, se agruparon en las cofas y en los obenques.

El segundo cohete había partido del _San Pablo_ y el fuego comenzaba a

desarrollarse...

Esta era la sorpresa que Kernok preparaba a su gente; había enviado al

maestro Zeli a bordo del navío español, para retirar la poca pólvora que

pudiese quedar, disponer las materias combustibles en la cala y en el

sollado y agarrotar lo más sólidamente posible a los desgraciados

españoles, que no sospechaban nada.

Era, pues, el _San Pablo_ que ardía; la noche era negra, el aire

tranquilo, el mar como un espejo.

De pronto, un humo negro y bituminoso salió por las escotillas del navío

con numerosos haces de chispas.

Y un grito penetrante... espantoso... que resonó a lo lejos, salió del

interior del _San Pablo_, porque su tripulación veía la suerte que le

estaba reservada.

--Ya empieza la música--dijo Kernok.

--Desafinan endiabladamente--respondió Zeli.

Bien pronto el humo, de negro que era, se convirtió en rojo vivo y por

fin cedió el sitio a una columna de llamas, que, elevándose en

torbellinos de la escotilla principal, proyectó sobre las aguas un largo

reflejo de color de sangre.

--¡¡Hurra!!--gritaron los del brick.

Después, el incendio aumentó; el fuego, saliendo de las tres escotillas

a la vez, se unió y se extendió como una vasta cortina de fuego, sobre

la cual la armadura y el cordaje del _San Pablo_ se dibujaban en negro.

Entonces, los gritos de los españoles agarrotados en medio de aquel

horno, fueron tan atroces que los piratas, como a pesar suyo, lanzaron

aullidos salvajes para ahogar la voz desgarradora de aquellos

infortunados.

El incendio estaba entonces en toda su fuerza. Bien pronto las llamas

corrieron a lo largo del aparejo; los palos, no estando ya sostenidos

por las cofas, crujieron y cayeron sobre el puente con un estruendo

horrible; por todas partes se veían jarcias incendiadas, y aquel

inmenso foco de luz parecía aún más deslumbrante en medio de la noche

sombría.

Los españoles ya no gritaban...

De pronto, la llama, hizo un amplio agujero en uno de los costados del

buque, el palo mayor se abatió sobre el mismo lado, el _San Pablo_ dio

una fuerte bandada, se inclinó sobre estribor, y el agua entró a

borbotones en la cala.

Poco a poco, el casco del navío se fue hundiendo, fuera del agua no

quedaba más que el palo de mesana, el único que había quedado en pie,

aislado sobre el agua, y que alumbraba como una antorcha fúnebre...

después el palo desapareció para elevar un momento aún su blandón

inflamado; pero bien pronto el agua se atorbellinó a su alrededor y no

se vio más que un ligero humo rojizo, después nada... nada más que la

inmensidad... la noche...

--¡Toma! ya ha terminado--dijo Kernok--; el _San Pablo_ se nos ha

llevado nuestro dinero.

--¡Viva el capitán Kernok, que da tan hermosas fiestas a su

gente!--gritó Zeli.

--¡Hurra!--contestaron todos.

Y los piratas, fatigados, se lanzaron sobre el puente; Kernok dejó a _El

Gavilán_ al pairo hasta el amanecer, y fue a gustar de algunos instantes

de reposo, con la satisfacción de un hombre opulento que se encierra en

su alcoba después de haber dado una fiesta suntuosa a sus invitados.

Después el pirata murmuró casi dormido ya:

--Deben estar contentos, porque he hecho muy bien las cosas: ¡un navío

de trescientas toneladas y tres docenas de españoles! creo que no se

puede pedir más; sin embargo, no es conveniente que se acostumbren; eso

va bien de cuando en cuando, porque, después de todo, es bueno reír un

poco.

X

LA CAZA

¡Away!... ¡Away!...

BYRON.

¡Adelante!... ¡Adelante!

Todo dormía a bordo de _El Gavilán_; únicamente Melia había subido al

puente, agitada por una vaga inquietud. Aunque la noche fuese aún

sombría, un resplandor pálido que asomaba por el horizonte, anunciaba la

proximidad del crepúsculo. Bien pronto, amplias fajas de un rojo vivo y

dorado surcaron el cielo, las estrellas palidecieron y desaparecieron,

el sol se anunció por un incendio lejano y luego se elevó lentamente

sobre las aguas azules e inmóviles del Océano, que pareció cubrir de un

velo de púrpura.

La calma continuaba siendo completa y el brick permanecía en la misma

situación que desde la noche. Melia meditaba sentada en un banco, con la

cabeza oculta entre las manos; pero cuando la levantó, el día, ya

bastante adelantado, le permitió distinguir todos los objetos que la

rodeaban, y se estremeció de horror y de asco.

Se veía a los marineros acostados entre los platos y los restos del

festín de la noche, y todo en el desorden más completo; las brújulas

derribadas, las jarcias y las cuerdas confusamente mezcladas, armas y

vasos hechos añicos, toneles desfondados dejando correr sobre el puente

ríos de vino y de aguardiente... Aquí, bravos camaradas dormidos, en las

posiciones más extravagantes, y oprimiendo aún una botella de la que no

quedaba más que el cuello, parecidos a esos fieros guerreros musulmanes,

que, ya muertos, aun conservaban el puño de la daga. Allá, dormía un

pirata con el cuello bajo la rueda del timón, de modo que, al menor

movimiento de rotación, su cabeza debía quedar indefectiblemente

destrozada.

Un verdadero amanecer de orgía, ¡y de orgía de pirata!

Melia comenzó por bendecir a la Providencia porque había protegido con

tanta solicitud a toda aquella honrada sociedad, que el brick mecía

sobre las aguas; porque, gracias a la incuria que de momento reinaba a

bordo, si una tempestad se hubiese elevado durante la noche, todo se

hubiera ido a rodar, _El Gavilán_, Kernok, la tripulación y los diez

millones, ¡qué lástima!

Por esto quería rezar. ¡La pobre joven encontraba a bordo tan pocas

ocasiones de elevar su alma al Ser Supremo! Para rezar, se arrodilló y

volvió involuntariamente los ojos hacia la línea vaporosa y azulada que

ceñía el horizonte; pero no rezó. Su mirada, dejando de vagar, se fijó

en un punto al principio incierto, pero que bien pronto pareció

distinguir mejor; en fin, poniéndose las manos encima de las cejas, para

aislarse mejor de los rayos del sol, permaneció un instante

contemplativa, después sus facciones adquirieron una viva expresión de

temor, y en dos saltos se plantó en la cámara de Kernok.

--Estás loca--decía el pirata subiendo al puente con un paso aún pesado

y vacilante--; pero si me has despertado por nada...

--Mire--respondió Melia presentándole un anteojo con una mano, mientras

que con la otra designaba un punto blanco que se veía en el horizonte.

--¡Maldición!--gritó Kernok después de haber mirado atentamente, y llevó

vivamente el aparato al ojo izquierdo--. ¡Mil rayos!

Y frotó el vidrio del anteojo como para asegurarse de que veía

claramente y de que ninguna ilusión de óptica le engañaba. No, no se

engañaba...

* * * * *

(Aquí un crescendo de todo lo que podáis escoger de más vigorosamente

imprecativo en el glosario de un pirata.)

Apenas este torrente de maldiciones y de juramentos hubo salido de su

boca, Kernok se armó de un espeque. Un espeque es un palo de madera de

unos cinco o seis pies de longitud y de cuatro pulgadas de

circunferencia. El espeque sirve para maniobrar la artillería de a

bordo. Kernok cambió provisionalmente este destino, porque empleó el

suyo en despertar a la gente. Y los golpes de espeque, gloriosamente

acompañados de juramentos capaces de pulverizar al buque, fueron cayendo

como lluvia de granizo, tan pronto sobre el puente, como sobre los

marineros dormidos. Así, cuando el capitán hubo acabado su ronda, casi

todos los hombres estaban en pie, frotándose los ojos, la cabeza o la

espalda, y preguntaban, dando unos bostezos horrorosos:

--¿Qué pasa, pues?

--¡Que qué pasa!--gritó Kernok con voz de trueno--; ¡que qué pasa,

perros! pues que un barco de guerra; una corbeta inglesa que fuerza su

aparejo para alcanzarnos... una corbeta que tiene sobre _El Gavilán_ la

ventaja de la brisa, porque el viento es más fuerte allá abajo, y sólo

nos llegará con ese inglés ¡que mal rayo parta!

Y todas las miradas se volvieron hacia el punto que Kernok designaba con

el extremo del anteojo.

--¡Ocho, diez, quince portas!--exclamó--; una corbeta de treinta

cañones; ¡muy bonito! y por añadidura, de la escuadra azul.

Llamó a Zeli.

--Oye, Zeli, no se trata de hacer tonterías; haz colocar los remos y

ponerlo todo en orden lo más pronto posible; viremos en redondo y

despejemos el campo; _El Gavilán_ no tiene el pico ni los espolones

bastante duros para recrearse con semejante presa.

Después echó mano de la bocina:

--¡Cada uno a su sitio para largar las gavias y los foques! ¡En línea

para largar los juanetes y los contrajuanetes, a aparejar las barrederas

altas y las bajas! y vosotros, muchachos, a los remos; si podemos tomar

el viento, _El Gavilán_ no tiene nada que temer. Ya sabéis ¡pardiez! que

tenemos diez millones a bordo. ¡De modo que, elegiréis entre ser

colgados en las vergas del inglés, o entre volver a Saint-Pol con los

bolsillos llenos, a beber grog y a hacer bailar a las muchachas!

La tripulación le comprendió perfectamente; la alternativa era

inevitable; así, gracias a las velas de que estaba cargado y a sus

vigorosos remeros, _El Gavilán_ comenzó a hacer tres nudos.

Pero Kernok no se engañaba sobre la marcha de su buque; veía bien que la

corbeta inglesa tenía sobre él una ventaja real, puesto que venía con el

viento. Por lo tanto, obrando como un capitán prudente, ordenó hacer

zafarrancho de combate, abrir el pañol de la pólvora, llenar los

depósitos de balas, subir al puente las picas y las hachas de abordaje,

velando en todo con una actividad increíble y pareciendo multiplicarse.

La corbeta inglesa avanzaba, avanzaba siempre...

Kernok hizo llamar a Melia, y la dijo:

--Querida amiga, probablemente se calentará el horno; vas a bajar

inmediatamente a la cala, sin menearte más que lo haría un cañón sobre

su afuste... ¡Ah! y a propósito, si notas que el brick hace algún

movimiento y desciende, es que nos vamos a fondo. Ya me comprendes... y

más bien espero eso que no ver a una marsopla fumar en pipa. Vamos basta

de lloros, bésame, y que no vuelva a verte hasta después del baile, si

es que no dejo la piel.

Melia se puso talmente pálida, que se la hubiera podido tomar por una

estatua de alabastro...

--Kernok... déjeme a su lado--murmuró, y arrojó sus brazos al cuello del

pirata, que se estremeció un momento y después la rechazó.

--¡Vete!--exclamó--; ¡vete!

--¡Kernok!... ¡déjame velar por tu vida!--dijo echándose a sus pies.

--Zeli, líbrame de esta loca y bájala a la cala--dijo el pirata.

Y como fuese a apoderarse de Melia, ella se desprendió violentamente, y

se aproximó a Kernok, con el color animado y la vista brillante.

--Al menos--dijo--, toma este talismán; póntelo y protegerá tu vida

durante el combate; su efecto es cierto; fue mi abuela quien me lo dio.

Ese mágico talismán es más fuerte que el destino... Créeme, póntelo.

Y ella tendía a Kernok un saquito suspendido de un cordón negro.

--¡Atrás esa loca!--dijo Kernok encogiéndose de hombros--; ¿me has oído,

Zeli? ¡a la cala!

--Si tú mueres, que sea por tu voluntad; pero al menos yo compartiré tu

suerte. Ahora, nada, nada en el mundo protegerá mi vida; ¡vuelvo a ser

mujer como tú eres hombre!--exclamó Melia que arrojó el saquito al mar.

--¡Excelente muchacha!--dijo Kernok siguiéndola con la vista mientras

que dos marineros la bajaban al sollado por medio de una silla atada a

una larga cuerda.

Y la corbeta inglesa se aproximaba siempre...

Zeli se aproximó a Kernok.

--Capitán, la corbeta nos toma la delantera.

--¡Bien lo veo, viejo tonto! nuestros remos no hacen nada y fatigan

inútilmente a los hombres; hazlos retirar, cargar los cañones con dos

balas, colocar los garfios de abordaje, los pedreros en las gavias. Haz

también arriar las barrederas; si la brisa nos ayuda, nos batiremos

sobre las gavias; es el mejor portante de _El Gavilán_.

Cuando la maniobra fue ejecutada, Kernok arengó a sus hombres en la

siguiente forma:

--Muchachos, he ahí una corbeta que tiene las costillas sólidas;

estrecha tan de cerca a _El Gavilán_, que no podemos esperar escaparnos

de ella; además, tampoco es necesario. Si nos hacen prisioneros, seremos

colgados; si nos entregamos, también; combatamos, pues, como bravos

marineros, y quién sabe si, como dice el proverbio, apretando los

talones, salvaremos los calzones. ¡Voto a tal! muchachos, _El Gavilán_

ha echado a pique a un gran buque sardo de tres palos en las costas de

Sicilia, después de dos horas de combate; ¿por qué ha de temer a esa

corbeta del pabellón azul? Pensad también que tenemos diez millones que

conservar. ¡Pardiez! ¡muchachos, diez millones, o la cuerda!

El efecto de esta peroración fue inmediato, y toda la tripulación gritó

a la vez:

--¡Hurra! ¡Muerte a los ingleses!

La corbeta se hallaba entonces tan próxima que se distinguían

perfectamente sus amuras y su aparejo.

De pronto se elevó una ligera humareda, brilló un relámpago, resonó un

ruido sordo y una bala silbando pasó cerca del bauprés de _El Gavilán_.

--La corbeta empieza a hablar--dijo Kernok--, es nuestro pabellón el que

quiere ver, ¡la curiosa!

--¿Cuál hay que izar?--preguntó Zeli.

--Este--contestó Kernok--, porque hay que ser galante.

Y empujó con el pie una vieja chaqueta de marinero, cubierta de manchas

de vino y de alquitrán.

--¡Es raro!--dijo el contramaestre, y el guiñapo subió majestuosamente

hasta lo alto de la driza.

Se supone que la broma pareció un poco pesada a los de la corbeta,

porque dos cañonazos partieron casi inmediatamente y las balas hicieron

bastantes destrozos en el aparejo de _El Gavilán_.

--¡Oh! ¡oh! ya nos incomodamos... no hay que hacerse de rogar--dijo

Kernok--. ¡A mí, Melia!--y se precipitó sobre la culebrina que él había

bautizado con este nombre, tomó medidas y apuntó--: ¡Ahí va eso!--e hizo

jugar la batería.

--¡Bravo!--exclamó cuando el humo se hubo disipado y pudo apreciar el

efecto del disparo--, ¡bravo! Mira, Zeli, mira, ya tiene su mastelero de

foques destrozado: esto promete, muchachos, esto promete; pero es cuando

_El Gavilán_ le arañe sus costados con los garfios de abordaje, cuando

reirá el inglés.

--¡Hurra, hurra!--gritó la tripulación.

La corbeta no respondió al disparo de Kernok, reparó prontamente sus

averías, y se dejó ir sobre el corsario.

* * * * *

Entonces estaba tan cerca, que se oían las voces de mando de los

oficiales ingleses.

--Muchachos, a vuestras piezas--dijo Kernok precipitándose hacia un

banco con la bocina en la mano--; a vuestras piezas, y ¡voto a tal! no

hagáis fuego sin que os lo manden.

XI

EL COMBATE

¡El abordaje!... ¡El abordaje!...

Unos se suspenden de las jarcias,

otros se lanzan hacia los

obenques.

VÍCTOR HUGO, «_Navarin_».

--¡Maestro Durand, balas!--¡Maestro Durand, acaba de declararse una vía

de agua!--¡Maestro Durand, mi cabeza, mi brazo, mire cómo sangra!

Y el nombre del maestro Durand, el artillero-cirujano-calafate de a

bordo, resonaba desde el puente a la cala, dominando el ruido y el

tumulto inseparables de un combate tan encarnizado como el que se

libraba entre la corbeta y el brick; y, en efecto, a cada andanada que

enviaba, _El Gavilán_ temblaba y crujía en su armazón, como si hubiese

estado a punto de abrirse.

--¡Maestro Durand, balas!--¡La vía de agua!--¡Mi pierna!--repetían voces

confusas.

--Pero ¡con mil diablos! un instante; no puedo hacerlo todo; llevar

balas arriba, reparar abajo una avería, curar vuestras heridas... Es

preciso empezar por lo primero, y después se ocuparán de vosotros,

montón de vocingleros; porque, ¿para qué sois buenos ahora? sois tan

inútiles como una verga sin velas y sin relingas.

--¡Maestro, balas! ¡pronto, balas!

--¡Balas! ¡santo Dios, qué cañonazos! si vais tan de prisa durante un

cuarto de hora, las gargantas de nuestros cañones se secarán pronto.

Tomad, hijos míos, y cuidadlas bien, son las últimas.

Entonces el señor Durand abandonó el saco de artillero para tomar el

martillo del calafate, y se precipitó hacia la bodega para tapar la vía

de agua.

--¡Voto a tal! sufro mucho--decía el maestro Zeli.

Estaba tendido en tierra en el fondo del sollado, iluminado apenas por

un farol cuidadosamente cerrado; el muslo derecho estaba casi separado

del tronco; en cuanto al izquierdo, una bala se lo había llevado.

A su alrededor gemían otros heridos, confundidos todos sobre el suelo,

esperando que el señor Durand pudiese abandonar el martillo por el

cuchillo.

--¡Voto a tal! tengo sed--continuó el maestro Zeli--; me siento débil;

apenas si oigo hablar nuestros cañones; ¿es que están constipados?

Al contrario, las andanadas eran más fuertes y más frecuentes que nunca;

lo que ocurría es que el oído del maestro Zeli estaba ya debilitado por

la proximidad de la muerte.

Plick y Plock · 第 3 / 13 段