voz pura y fresca que decía: «¡Kernok, Kernok mío!» era la suya; ¡cómo
no había de ser dulce su voz! ¡Era tan linda con sus facciones delicadas
y finas, sus grandes ojos velados por largas pestañas, sus cabellos
castaños y sedosos que se escapaban por debajo de las anchas alas de su
sombrero, y aquel talle tan esbelto y frágil que dibujaba un vestido de
tela azul, y aquella actitud tan viva y tan graciosa! ¡y cuando marchaba
libre y desembarazada, con el cuello erguido, la cabeza alta! ¡Ah! ¡qué
salero! únicamente que su rostro parecía dorado por un rayo de sol
tropical.
Porque era de aquel clima ardiente de donde Kernok se había traído a su
gentil compañero, que no era otro que Melia, hermosa joven de color.
¡Pobre Melia! por seguir a su amante había abandonado la Martinica y sus
bananeros y su casa de celosías verdes. Por él, hubiese dado su hamaca
de mil colores, sus madrás rojas y azules, los círculos de plata maciza
que rodeazan sus brazos y sus piernas; lo hubiese dado todo, todo, hasta
el saquito que encerraba tres dientes de serpiente y un corazón de
paloma, mágico talismán que debía proteger sus días, mientras lo llevara
suspendido del cuello.
Ya veis, pues, si Melia amaba a su Kernok.
También la amaba él, ¡oh!, la amaba con pasión, porque había bautizado
con el nombre de Melia una larga culebrina de 18, y no enviaba su
proyectil al enemigo que no se acordase de su amante. Era preciso que la
amase mucho, puesto que la permitía tocar su excelente puñal de Toledo y
sus buenas pistolas inglesas. ¡Qué más! ¡Hasta le confiaba la custodia
de su provisión particular de vino y de aguardiente!
Pero lo que probaba más que nada el amor de Kernok, era una ancha y
profunda cicatriz que Melia tenía en el cuello. Provenía de una
cuchillada que el pirata le había dado en un arrebato de celos. Y como
hay que juzgar siempre la fuerza del amor por la violencia de los celos,
se comprende que Melia debía pasar unos días de ensueño al lado de su
dulce dueño.
Bajaron los dos juntos.
Al entrar en la cámara, Kernok se arrojó sobre un sillón y ocultó la
cabeza entre las manos, como para escapar a una visión funesta.
Se había estremecido, sobre todo, al advertir la ventana por la cual su
capitán había caído al mar, como todos sabemos.
Melia le miraba con dolor: después se aproximó tímidamente, se arrodilló
tomando una de sus manos que él le abandonó y le dijo:
--Kernok, ¿qué tiene usted?, su mano arde.
Esta voz le hizo estremecer: levantó la cabeza, sonrió amargamente y
pasando sus brazos alrededor del cuello de la joven mulata, la estrechó
contra sí; su boca rozaba su mejilla, cuando sus labios encontraron la
fatal cicatriz.
--¡Infierno! ¡maldición sobre mí!--exclamó con violencia--. ¡Maldita
vieja, bruja infernal! ¿quién habrá dicho...?
Y se asomó a la ventana para respirar, pero, como rechazado por una
fuerza invencible, se alejó con horror, y se apoyó sobre el borde de su
cama.
Sus ojos estaban rojos y ardientes; su mirada, largo tiempo fija, se
veló poco a poco; y sucumbiendo a la fatiga y a la agitación, sus ojos
se cerraron. Al principio resistió al sueño, después cedió...
Entonces ella, con los ojos humedecidos por las lágrimas, atrajo
dulcemente la cabeza de Kernok sobre su seno, que se levantaba y
descendía con rapidez. El, abandonándose a este dulce balanceo, se
durmió por completo; mientras que Melia, reteniendo su aliento, y
separando los negros cabellos que ocultaban la despejada frente de su
amante, tan pronto depositaba en él un beso, tan pronto pasaba un dedo
afilado sobre sus espesas cejas que se contraían convulsivamente aun
durante su sueño.
* * * * *
--Capitán, todo está dispuesto--dijo Zeli entrando.
En vano Melia le hacía signos de que se callase, mostrándole a Kernok
dormido; Zeli, que no se atenía más que a la orden que había recibido,
repitió con una voz más fuerte:
--¡Capitán, todo está dispuesto!
--¡Eh!... ¿qué hay?... ¿qué es eso?...--dijo Kernok desprendiéndose de
los brazos de la joven.
--Capitán, todo está dispuesto--repitió Zeli por tercera vez, con una
entonación aún más elevada.
--¿Y quién ha sido el necio que ha dado esa orden?
--Usted, capitán.
--¡Yo!
--Usted, capitán, al volver a bordo, hace dos horas, tan cierto como ese
quechemarín cubre su trinquete--dijo Zeli con una conmoción profunda,
mostrando por la ventana una embarcación que en efecto ejecutaba esta
maniobra.
Y Kernok dirigió una mirada a Melia, que bajaba, sonriendo, su linda
cabeza, como para confirmar la aserción de Zeli.
Entonces se pasó rápidamente la mano por la frente, y dijo:
--Sí, sí, está bien, desamarrad y hacedlo preparar todo, para aparejar;
subo en seguida. ¿La brisa no ha calmado?
--No, capitán; al contrario, es más fuerte aún.
--Ve y despacha.
El tono de Kernok ya no era duro e impetuoso, sino solamente brusco; de
modo que Zeli, viendo que la calma había sucedido a la agitación de su
capitán, no pudo por menos que pronunciar un pero...
--¿Vas a comenzar con tus peros y tus síes? Ten cuidado... ¡o te arrojo
la bocina a la cabeza!--exclamó Kernok con voz de trueno y avanzando
hacia Zeli.
Este se esquivó prontamente, juzgando que su capitán no estaba aún en
una situación de espíritu bastante apacible para soportar pacientemente
sus eternas contradicciones.
--Cálmese, Kernok--dijo tímidamente Melia--. ¿Cómo se encuentra usted
ahora?
--Muy bien, muy bien. Estas dos horas de sueño han bastado para calmarme
y desechar las ideas tontas que esa maldita bruja me había metido en la
cabeza. Vamos, vamos, la brisa fresquea y nos disponemos a salir.
Porque, ¿qué hacemos aquí mientras haya buques mercantes en la Mancha,
galeones en el golfo de Gascuña y ricos navíos portugueses en el
estrecho de Gibraltar?
--¡Cómo! ¿Usted partirá hoy, un viernes?
--Escucha bien lo que voy a decirte, amada mía; yo hubiera debido
castigarte seriamente por haberme decidido por tus súplicas a ir a
escuchar las fantasías de una loca. Te he perdonado; pero no me rompas
más los oídos con tu charla, o si no...
--¿Sus predicciones han sido, pues, siniestras?
--¡Sus predicciones! hago tanto caso como de... En cambio, lo que yo
puedo predecir a ese viejo mochuelo, y tú verás si me equivoco, es que
tan pronto como mis ocupaciones me lo permitan, iré con una docena de
gavieros[6] a hacerle una visita de la cual se acordará; que me parta un
rayo si dejo una piedra de su casucha y si no le pongo la espalda del
color del arco iris.
--¡Por piedad, no hable usted así de una mujer que tiene _doble vista_!
no parta hoy; ahora mismo una gaviota blanca y negra revoloteaba por
encima del barco lanzando agudos gritos; eso es de mal augurio... ¡no
parta usted!
Diciendo estas palabras, Melia se había arrojado a las rodillas de
Kernok, que al principio la había escuchado con bastante paciencia;
pero, cansado de oírla, la rechazó tan rudamente, que la cabeza de Melia
fue a dar contra la madera.
En el mismo instante, por una violenta sacudida que el navío
experimentó, Kernok, adivinando que el áncora había cedido al
cabrestante, se lanzó hacia el puente, con su bocina en la mano.
VI
LA PARTIDA
¡Alerta! ¡Alerta! he ahí a los piratas
de Ochali que parten.
_El cautivo de Ochali._
Cuando Kernok apareció sobre el puente, se hizo un profundo silencio.
No se oía más que el ruido agudo del silbato de Zeli, que, inclinado
sobre la borda hacía amarrar el áncora, indicando la maniobra por
modulaciones diferentes.
--¿Hay que desaferrar el áncora de estribor?--preguntó al segundo, que
transmitió esta pregunta a Kernok.
--Espera--dijo éste--, y haz subir a todo el mundo al puente.
Un toque de silbato particular, repetido por el contramaestre, hizo
aparecer como por encanto a los cincuenta y dos hombres y a los cinco
marmitones que componían la tripulación de _El Gavilán_, y que se
colocaron en dos filas, con la cabeza alta, la mirada fija y las manos
colgando.
Aquellas buenas gentes no tenían el aire cándido y puro de un joven
seminarista, ¡oh no! Se veía en sus duras facciones, en su tez curtida,
en su frente surcada, que las pasiones--¡y qué pasiones!--habían pasado
por allí, y que los honrados compañeros habían llevado ¡ay! una vida
bien tormentosa.
Además, se trataba de una tripulación cosmopolita; era como un resumen
viviente de todos los pueblos del mundo; franceses, españoles, alemanes,
ingleses, rusos, americanos, holandeses, italianos, egipcios, ¿qué sé
yo? hasta un chino que Kernok había enrolado en Manila. Sin embargo,
aquella sociedad compuesta de elementos tan poco homogéneos, vivía a
bordo en perfecta inteligencia, gracias a la rigurosa disciplina que
Kernok había establecido.
--Pasa lista--dijo al segundo, y cada marinero fue respondiendo a su
nombre.
Faltaba uno, el piloto Lescoët, un compatriota de Kernok.
--Anótale para veinte chicotazos y ocho días de calabozo.
Y el segundo escribió en su carnet: _Lescoët, 20 ch. y 8 de c._, con
tanta indiferencia como un comerciante que anotase el vencimiento de una
letra.
Kernok entonces se subió sobre un banco, dejó la bocina cerca de él y
habló en estos términos:
--Muchachos, vamos a hacernos de nuevo a la mar. Hace dos meses que nos
estamos enmoheciendo aquí como un pontón podrido; nuestros cinturones
están vacíos; pero el depósito de la pólvora está lleno, nuestros
cañones tienen la boca abierta y no piden más que hablar. Vamos a salir
impulsados por una buena brisa NO. y a farolear por el estrecho de
Gibraltar; y si San Nicolás y Santa Bárbara nos ayudan, ¡pardiez!,
volveremos con los bolsillos llenos, muchachos, para hacer bailar a las
chicas de Saint-Pol y beber vino de Pempoul.
--¡Hurra! ¡hurra!--gritaron todos en signo de aprobación.
--¡Desamarra a estribor, larga el gran foque, iza la cangreja!--gritó
Kernok con voz estentórea, dando también la orden de aparejar, para no
dejar enfriar el ardor de la gente.
El brick, no estando ya aprisionado por sus anclas, siguió el impulso
del viento, y se inclinó sobre estribor.
--¡Larga las gavias! ¡iza, iza, bracea, bracea! ¡amarra las
gavias!--gritó aún Kernok.
Y el brick, sintiendo la fuerza de la brisa, se puso en marcha; sus
amplias velas grises se hincharon poco a poco, el viento circuló
silbando entre las cuerdas; ya Pempoul, la costa de Treguier, la isla
Santa-Ana-Ros-Istam y la torre Blanca, se borraban poco a poco, huían a
los ojos de los marineros, que, agrupados en los obenques y en las
gavias, con la mirada fija sobre la tierra, parecían saludar a Francia
en una última y larga despedida.
--¡La barra a babor! ¡la barra a babor!--gritó de pronto Zeli con
espanto.
Inmediatamente la rueda del timón dio una vuelta rápida y _El Gavilán_
se inclinó bruscamente.
--¿Qué hay, pues?--preguntó Kernok después que fue ejecutada la
maniobra.
--Es Lescoët que llega, capitán; el bote que le conduce ha estado a
punto de dejarse abordar, y lo hubiéramos aplastado como una cáscara de
nuez, si no hubiese hecho virar sobre estribor--respondió Zeli.
El rezagado, que había saltado ágilmente a bordo, se acercó con aire
confuso a Kernok.
--¿Por qué has tardado tanto?
--Mi anciana madre acaba de morir; he querido estar hasta el último
momento a su lado para cerrarle los ojos.
--¡Ah!--dijo Kernok.
Después, volviéndose hacia su segundo:
--Arregla las cuentas a ese buen hijo.
Y el segundo dijo dos palabras al oído de Zeli que se llevó a Lescoët a
un rincón.
--Hijo mío--le dijo agitando una cuerda larga y estrecha--, tenemos un
hueso que roer juntos.
--Ya comprendo--dijo Lescoët palideciendo--; ¿y cuántos?
--Una miseria.
--Bien, pero quiero saberlo.
--Ya lo verás; no tengo interés en estafarte ninguno, y además tú podrás
contarlos.
--Ya me vengaré.
--Antes siempre se dice eso, y después no se piensa en ello más que en
la brisa de la víspera. Vamos, muchacho, despachemos, porque veo que el
capitán se impacienta y sería capaz de hacerme probar la misma salsa.
Ataron a Lescoët a una escala de cuerdas, los brazos en alto y el cuerpo
desnudo hasta la cintura.
--Estamos dispuestos--dijo Zeli. Kernok hizo un signo, y la cuerda silbó
y resonó sobre la espalda de Lescoët. Hasta el sexto golpe se comportó
muy decorosamente; no se oía más que una especie de gemido sordo que
acompañaba cada zurriagazo. Pero al séptimo el valor le abandonó, y en
efecto, debía sufrir mucho, porque cada golpe dejaba en su cuerpo una
huella roja que se convertía bien pronto en azul y morada; después quedó
levantada la piel y apareció la carne viva y sangrando. Parecía que la
tortura debía ser intolerable, porque un estado de desmadejamiento
general reemplazó a la irritación convulsiva que hasta entonces había
sostenido a Lescoët.
--Se encuentra mal--dijo Zeli con el gratel levantado.
Entonces, el señor Durand, el-calafate de a bordo, se aproximó, tomó el
pulso al paciente; después, ensayando una mueca, se encogió de hombros e
hizo un signo significativo a maestro Zeli.
El gratel funcionó de nuevo, pero su sonido ya no era seco y restallante
como cuando caía sobre una piel lisa y pulida, sino sordo y mate como el
ruido de una cuerda que golpease una boya.
Es que la espalda de Lescoët estaba en carne viva; la piel caía en
jirones hasta el punto de que el contramaestre se ponía la mano ante los
ojos para que no le salpicase la sangre a cada golpe.
--Y veinte--dijo con un aire de satisfacción mezclado de pesar, como una
joven que da a su amante el último de los besos prometidos.
O, si lo preferís, como un banquero que cuenta su última pila de
escudos.
El propio Zeli se llevó a Lescoët, que no daba señales de vida.
--Ahora--dijo Kernok--, un buen emplasto de pólvora de cañón y de
vinagre sobre esos rasguños, y mañana no tendrá nada.
Después, dirigiéndose al timonel:
--Corre una buena bordada al SO.; si se ve una vela, avísame.
Y descendió a su cámara para reunirse con Melia.
VII
CARLOS Y ANITA
...Ese tumulto espantoso, esa fiebre
devoradora... es el amor...
_O. P._
Aver la morte innanzi gli occhi per me.
PETRARCA.
La dulce influencia de los climas meridionales aun se hacía sentir,
porque el buque _San Pablo_ se encontraba a la altura del estrecho de
Gibraltar. Empujado por una débil brisa, con todas sus velas extendidas,
desde el contrajuanete hasta los foques de estay, venía del Perú y se
dirigía a Lisboa con pabellón inglés, ignorando la ruptura de Francia y
de Inglaterra.
El departamento del capitán lo ocupaban don Carlos Toscano y su esposa,
ricos negociantes de Lima, que habían fletado el _San Pablo_ en el
Callao.
La modesta cámara de antes estaba desconocida, tanto eran el lujo y la
elegancia desplegados por Carlos. Sobre las paredes grises y desnudas se
extendían ricos tapices que, separándose por encima de las ventanas,
caían en pliegos ondulantes. El piso estaba cubierto de esteras de Lima,
trenzadas de lina y blanca paja, y encuadradas en amplios dibujos de
colores llamativos. Largas cajas de caoba roja y pulimentada contenían
camelias, jazmines de Méjico y cactos de espesas hojas. En una linda
jaula de limonero y de enrejado de plata revoloteaban unos hermosos
pájaros de cabeza verde, de alas purpuradas con reflejos de oro, y
bonitas cotorras de Puerto Rico, con todo el cuerpo azul, un penacho de
color de naranja y el pico negro como el ébano.
El aire era tibio y embalsamado, el cielo puro, el mar magnífico; y, sin
el ligero balanceo que el oleaje imprimía al barco, se hubiera podido
creer que se estaba en tierra.
Sentado sobre un rico diván, Carlos sonreía a su esposa, que aun tenía
una guitarra en la mano.
--¡Bravo, bravo, Anita mía!--exclamó él--, jamás se ha cantado mejor el
amor.
--Es que jamás se ha experimentado mejor, ángel mío.
--Sí, y para siempre...--dijo Carlos.
--Para la vida...--contestó Anita.
Sus bocas se encontraron y él la estrechó contra él en un abrazo
convulsivo.
Cayendo a sus pies, la guitarra despidió un sonido dulce y armonioso,
como el último acorde de un órgano.
Carlos miraba a su mujer con esa mirada que va al corazón, que hace
estremecer de amor, que hace daño.
Y ella, fascinada por aquella mirada ardiente, murmuraba cerrando los
ojos:
--¡Gracias!... ¡gracias!... ¡Carlos mío!
Después, uniendo sus manos, se deslizó dulcemente a los pies de Carlos,
y apoyó la cabeza sobre sus rodillas; su pálido semblante estaba como
velado por sus largos cabellos negros; solamente a través de ellos
brillaban sus ojos, lo mismo que una estrella en medio de un cielo
sombrío.
--Y todo esto es mío--pensaba Carlos--, mío sólo en el mundo, y para
siempre; porque envejeceremos juntos; las arrugas surcarán esa cara
fresca y aterciopelada; esos anillos de ébano se convertirán en bucles
argentinos--decía él pasando su mano por la sedosa cabellera de Anita--,
y vieja, abuela ya, se extinguirá en una serena tarde de otoño, en medio
de sus nietos, y sus últimas palabras serán: «Voy a unirme contigo,
Carlos mío». ¡Oh! sí, sí, porque yo habré muerto antes que ella... Pero,
de aquí allá, ¡qué porvenir! ¡qué hermosos días! Jóvenes y fuertes,
ricos, dichosos, con una conciencia pura y el recuerdo de algunas buenas
acciones, habremos vuelto a ver nuestra bella Andalucía, Granada y su
Alhambra, su mosaico de oro, de arquitectura aérea, sus pórticos,
nuestra hermosa quinta con sus bosques de naranjos frescos y perfumados,
y sus pilones de mármol blanco en los que duerme una agua límpida.
--Y mi padre... y la casa donde he nacido... y la celosía verde que yo
levantaba tan a menudo cuando tú pasabas, y la vieja iglesia de San
Juan, donde por primera vez, mientras yo oraba, murmuraste a mi oído:
«¡Anita mía, te amo!»... ¡Y ya ves si la Virgen me protege! en el
momento en que tú me decías: «¡Te amo!», yo acababa de pedirte tu amor,
prometiendo una novena a Nuestra Señora--repuso Anita, porque su esposo
había acabado por pensar en voz alta--. Escucha, Carlos mío--suspiró--,
júrame, ángel mío, que dentro de veinte años diremos otra novena a la
Virgen para darle gracias por haber bendecido nuestra unión.
--Te lo juro, ¡alma de mi vida!, porque dentro de veinte años aún
seremos jóvenes de amor y de dicha.
--¡Oh! sí, nuestro porvenir es tan risueño, tan puro, que...
No pudo acabar, porque una bala enramada, que entró silbando por la
popa, le destrozó la cabeza, partió a Carlos en dos, e hizo añicos los
cajones de flores y la jaula.
¡Qué dicha para los periquitos y las cotorras, que huyeron por las
ventanas batiendo alegremente las alas!
VIII
LA PRESA
...¡Vil metal!
BURKE.
...¡Es posible!
BALZAC.
--¡Diablo! ¡hermoso tiro! Ya ves, maestro Zeli..., la bala ha entrado
por encima del coronamiento y ha salido por la tercera porta de
estribor. ¡Pardiez! ¡Melia, haces maravillas!
Así decía Kernok, con un largo anteojo en la mano, y acariciando la
culebrina aún humeante que él mismo acababa de apuntar contra el _San
Pablo_, porque este navío no se había apresurado a izar su pabellón.
Esta era la bala que había matado a Carlos y a su esposa.
--¡Ah! ¡qué suerte!--repuso Kernok viendo el pabellón inglés que se
desarrollaba en lo alto de uno de los palos del _San Pablo_--, ¡qué
suerte! se da a conocer... ¡y dice de qué país es! pero no me
equivoco... un inglés; es un inglés, y el perro se atreve a señalarlo ¡y
no tiene un cañón a bordo! ¡Zeli, Zeli!--gritó con voz de trueno--, haz
largar todas las velas del brick y preparar los remos; dentro de media
hora estaremos cerca de él. Usted, oficial, toque zafarrancho de
combate, envíe a los hombres a sus piezas y distribuya los sables y las
picas de abordaje.
Después, lanzándose hacia una carronada:
--¡Muchachos! si no me equivoco, ese navío llega del mar del Sud; en esa
popa corta y achatada, en ese porte, reconozco una navío español o
portugués que se dirige a Lisboa, ignorando sin duda que hemos declarado
la guerra a los ingleses. ¡Allá él! Pero ese perro debe tener piastras
en el vientre. Pronto lo veremos, ¡pardiez! ¡Muchachos! el casco sólo
vale veinte mil piastras; pero, paciencia, _El Gavilán_ extiende su alas
y bien pronto mostrará sus uñas. ¡Vamos, muchachos! ¡remad, remad
firmes!
Y animaba con la voz y con el gesto a los marineros que, encorvados bajo
los largos remos del brick, doblaban la velocidad que le daba la brisa.
Otros marineros se armaban precipitadamente de sables y puñales, y el
maestro Zeli hacía disponer los garfios de abordaje.
Kernok, después de haber tomado todas sus disposiciones, descendió al
sollado y encerró a Melia que dormía en la hamaca.
Todo estaba dispuesto a bordo de _El Gavilán_: el capitán del
desgraciado _San Pablo_, creyendo que el brick de Kernok era un navío de
guerra, sin dejar de gemir por la desgracia ocurrida a bordo, izó el
pabellón inglés, esperando ponerse así bajo su protección.
Pero cuando vio la maniobra de _El Gavilán_, cuya marcha era aún
acelerada por los largos remos, no le quedó duda alguna y comprendió que
se trataba de un corsario.
Huir era imposible. A la débil brisa que soplaba por ráfagas, había
sucedido una calma chicha, y los remos del pirata le daban una ventaja
de marcha positiva. No había que pensar tampoco en defenderse. ¿Qué
podían hacer los dos malos cañones del _San Pablo_ contra las veinte
carronadas de _El Gavilán_, que enseñaban sus gargantas amenazadoras?
El prudente capitán se puso, pues, al pairo, esperó los acontecimientos,
ordenó a la tripulación que se prosternase de rodillas e invocase a San
Pablo, el patrón del navío, que no podía dejar de manifestar su poder en
una ocasión semejante.
Y siguiendo el ejemplo del capitán, la tripulación dijo un _Páter_.
Pero _El Gavilán_ avanzaba siempre.
Dos _Ave_.
Se oía ya el ruido de los remos que batían el agua cadenciosamente.
Cinco _Credo_.
¡Válgame Dios! es que la voz, la gruesa y terrible voz de Kernok
resonaba en los oídos de los españoles.
--¡Oh! ¡oh!--decía el pirata--, se pone al pairo, arría su pabellón, el
bribón está atemorizado; ya es nuestro. Zeli, haz armar la chalupa y la
canoa grande; yo voy a hacerme cargo de cómo está aquello.
Y Kernok, poniéndose las pistolas a la cintura, y armándose de un largo
cuchillo, se plantó de un brinco en la embarcación.
--Y si es una emboscada, si el navío hace un solo movimiento--gritó al
segundo--, forzad los remos y poneos a distancia de garfio.
Diez minutos después, Kernok saltaba sobre el puente del _San Pablo_ con
sus pistolas en la mano y el cuchillo entre los dientes.
Pero lanzó una tal carcajada, que su excelente hoja le cayó de la boca.
La causa de su risa era el ver al capitán español y a su tripulación
arrodillada ante una grosera imagen de San Pablo, que se golpeaban el
pecho reiteradamente. El capitán, sobre todo, besaba una reliquia con
fervor siempre creciente, y murmuraba: «San Pablo, _ora pro nobis_...»
Pero San Pablo ¡ay! no se daba por entendido.
--Acaba con tus monerías, viejo cuervo--dijo Kernok cuando hubo acabado
de reír--, y llévame a tu nido.
--Señor, no entiendo--respondió temblando el desgraciado capitán.
--¡Ah! es verdad--dijo Kernok--; tú no entiendes el francés.
Y como Kernok poseía de todas las lenguas vivientes justamente aquello
que se relacionaba y era necesario a su profesión, repuso
socarronamente:
--_El dinero, compadre._
El español intentó balbucear aún un _no entiendo_.
Pero Kernok que había agotado todos sus recursos oratorios, reemplazó el
diálogo por la pantomima y le puso bajo la nariz el cañón de su pistola.
A esta invitación, el capitán lanzó un profundo, un doloroso, un
desgarrador suspiro, e hizo signo al pirata de que le siguiese.
En cuanto al resto de la tripulación, los marineros del brick los habían
agarrotado para que no les estorbasen en sus operaciones.
La entrada del local, donde estaba depositado el dinero de don Carlos,
se encontraba bajo la estera que cubría el piso. De modo que Kernok se
vio obligado a pasar por la habitación donde yacían los restos
sangrientos de los dos esposos. El pobre capitán apartó la vista y se
puso la mano sobre los ojos.
--¡Toma!--dijo Kernok dándole con el pie al cadáver--; ésta es la obra
de Melia. ¡Pardiez! ¡hermosa labor! ¡Ah!... pero el _dinero_... el
_dinero_, _compadre_, eso es lo importante.
Abrieron el pañol; entonces Kernok estuvo a punto de desmayarse a la
vista de centenares de toneles con aros de hierro, sobre cada uno de los
cuales se leía: _Veinte mil piastras_ (cincuenta mil francos).
--¡Es posible!--exclamó--. ¡Cuatro, cinco... quizá diez millones!
Y en su alegría, abrazaba al segundo, abrazaba a los marineros, abrazaba
al capitán español, abrazaba a todo el mundo, hasta los cadáveres
ensangrentados de Carlos y de Anita.
* * * * *