Después pensaba con emoción en las bellas campiñas de Norman

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BIBLIOTECA de LA NACIÓN

EUGENIO SUE

PLICK Y PLOCK

TRADUCCIÓN DE

T. ORTS-RAMOS

BUENOS AIRES

1919

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires

ÍNDICE

Prefacio

KERNOK EL PIRATA

I.--El degollador y la bruja

II.--Kernok

III.--La buena ventura

IV.--El brick «El Gavilán»

V.--Regreso

VI.--La partida

VII.--Carlos y Anita

VIII.--La presa

IX.--Orgía

X.--La caza

XI.--El combate

XII.--Sigue el combate

XIII.--Los dos amigos

XIV.--La misa de difuntos

EL GITANO

I.--El barbero de Santa María

II.--La corrida de toros

III.--El gitano

IV.--Las dos tartanas

V.--La blasfemia

VI.--La monja

VII.--El levante

VIII.--La «Urna de San José»

IX.--El relato

X.--El prodigio

XI.--Amor

XII.--La capilla ardiente

XIII.--El garrote

XIV.--Maestro Plok

PREFACIO

15 enero 1831.

A través de la profunda concentración que cautiva todos los intereses en

un orden de ideas graves y elevadas, el autor de estos relatos espera

deslizarse inadvertido entre el mundo literario. Después, habiéndose

asignado fecha y lugar, como tantas honradas gentes a las que se

encuentra, pasadas nuestras largas tormentas sociales, colocadas muy

alto en la opinión de un gran número, aspira a colocarse, como ellas, en

una decente reputación negativa, nublada al silencio de la crítica y a

la oportunidad de los grandes acontecimientos, tan favorable a los

espíritus mezquinos.

Porque la carrera de esos veteranos de que hablamos ha sido plena,

entera, honrada, gracias a su ancianidad que en la literatura prueba el

mérito, casi lo mismo que un costurón prueba el valor.

El tranquilo porvenir, la dulce y perezosa quietud de esos gruesos

canónigos de la literatura, han engolosinado de tal modo al autor de

este libro, que se apresura a inscribirse como _profeso_, en su orden,

estimando que las mismas circunstancias llevarán sin duda un día a los

mismos resultados.

Un certificado de vida literaria es, pues, toda la ambición del autor.

Dicho esto, continuemos.

Antes de Cooper, hubiera tenido, quizá, la audacia de intentar interesar

al público francés en las costumbres, en los caracteres que no

despiertan en él ninguna simpatía. Ignorante, además, de las costumbres

marítimas, le sería verdaderamente imposible apreciar la exactitud de

los cuadros que se desarrollaran ante sus ojos.

Por la topografía de su país y gracias a su política, los americanos

estaban llamados, mejor que nadie, a comprender todo el alcance del

genio de Cooper. ¿Es que no hay en sus creaciones más que una obra de

artista? ¿No existe un profundo pensamiento patriótico en el género que

ha encontrado? Este género es una expresión de los deseos, de las

necesidades, de la potencia de los Estados Unidos; es la historia de los

Estados Unidos dramatizada.

Por ello, ved si de Nueva Orleáns a Boston hay un corazón que no lata,

una frente que no se coloree, cuando se leen esas bellas páginas en las

que se pintan las luchas de esa salvaje y vigorosa América, cuya

religión fue la de permanecer libre bajo su hermoso cielo, en medio de

sus ricas selvas, sobre su suelo virgen, y de rechazar hasta su brumosa

isla a la aristocrática Inglaterra, llena de prejuicios, abrumada por

sus viejos sistemas de colonización.

A causa de nuestra indiferencia por el mar, nuestras glorias navales

son casi ignoradas en París. Bonaparte había visto que le era imposible

luchar directamente con Inglaterra. Le era necesario reunir a cada

momento todas sus fuerzas para aplastar al enemigo en el continente. Si

la marina tuvo una plaza secundaria en sus combinaciones, fue porque por

dos veces sus almirantes perdieron los navíos de Francia, y porque, para

servirnos de una de las expresiones de Napoleón, una flota no se

improvisa como un ejército. Por esta causa, a pesar de algunos

admirables combates parciales sostenidos por nuestros marinos, la fama

no ha tenido voz más que para celebrar la gloria de nuestro ejército de

tierra.

Y esto fue una grave injusticia como arte y como política.

Como política, porque la mayoría de los hombres creen lo que leen,

porque los relatos de nuestras victorias marítimas, adornadas por la

literatura, poetizadas, exageradas quizás, hubiesen acabado por darnos a

nosotros mismos una idea de nuestra importancia marítima. Este

sentimiento se hubiera infiltrado entre las masas en Francia y en el

extranjero; esta fe nacional hubiese producido grandes resultados, sin

duda; porque se equivocaría, creo, el que pensase que las historias, las

novelas, las memorias sobre las conquistas de Bonaparte no han aumentado

nuestras fuerzas morales en el interior, nuestra potencia en el

exterior.

Y además, ¡si se supiese de qué modo las costumbres marítimas son nuevas

y picantes! ¡qué pocas cosas hay tan singulares, curiosas y dignas de

estudio como el interior de un barco! ¿No es éste un resumen de todos

los conocimientos, de todas las artes, de todas las industrias humanas?

¿No es una obra que prueba a cuánta altura puede elevarse nuestra

inteligencia?

Sobre todo, constituyen un campo digno de estudio esas costumbres, esos

afectos, esos odios floreciendo sobre frágiles tablas, y esos caracteres

puestos ásperamente de relieve por el aislamiento, por la concentración;

y esa fisonomía moral de un pueblo acusada allí más vigorosamente que en

parte alguna, porque, en aquella vida incesantemente peligrosa, el

hombre, menos gastado por las costumbres de una civilización decrépita,

reproduce más vivamente el tipo impreso a cada raza por la Naturaleza.

¡Y los marineros!... ¡Qué estudio para el que los comprende, para el que

sabe bucear en la profundidad de sus almas! Es un pueblo poderoso y

débil a la vez: tan pronto furioso como un soldado el día de pillaje,

tan pronto tímido e ingenuo como un niño, cuando la embarcación se mece

perezosamente en la calma; en el mar, resistente a todas las pruebas, el

marinero soporta las privaciones con un desdén, con una firmeza

estoicas; en tierra, sumergiéndose en todos los excesos, se entrega al

placer con un ardor que se puede comparar más que con el vigor de

organización desplegado en delirantes orgías: a bordo, durmiendo sobre

el puente, corriendo en lo alto de un palo; en tierra, llevando los

refinamientos y el lujo de la mesa hasta un grado inaudito, disipando

en ocho días el fruto de dos años de ahorros forzosos.

Y en efecto, el marinero, ese pobre hombre, ¿no debe olvidar en un

alegre festín, que acaba con su oro, sus largos cuartos de noche[1]

durante los cuales temblaba bajo la escarcha? ¿y esas horas de

tempestad, cuando, balanceándose sobre una verga, contemplaba sonriendo

el remolino que amenazaba tragarle? ¿y esos días miserables en que,

prisionero en un lugar estrecho y malsano, ha carecido de aire, de agua,

de pan, de esperanza y de luz?...

¡Pobre hombre, mañana ya no tendrá más oro! ¡mañana no más vino humeante

y generoso, no más muelle cama, no verá ya a la muchacha riente y loca!

¡mañana, no más alegres espectáculos que ensanchaban su franco y jovial

rostro, siempre granujiento, enrojecido, radiante!...

¡Se acabó todo!

Mañana, pobre marinero, besarás a tu vieja madre entregándola

escrupulosamente una parte sagrada de tus ahorros; porque una hermosa

hostelera de ojos brillantes, de cabellos negros, se esforzará en

elogiarte aún la calidad superior de su _grog_, el perfume de su tabaco

y sus platos apetitosos...

--Que me trague diez brazas de cable, si toco esta suma; _¡es la parte

de mi madre!_...--dirás cerrando con rapidez el largo bolsillo de cuero.

¡Ahora vas a embarcarte de nuevo! ¡ahora te esperan una valiente

fragata y una disciplina severa!...--¡Larga velas! ¡arría velas!

¡Arriba, abajo! ¡Galleta dura, agua corrompida y algún vergazo si no

andas listo!...

Y bien, ¡qué importa! él se encamina a su flotante casa cantando, sin

una lamentación, sin un suspiro. Durante esos ocho días tan

brillantemente coloreados por placeres sin número, ha hecho una

provisión de recuerdos para los dos años que pasará en el mar. Durante

las largas noches insomnes, se acordará de sus goces uno a uno; se

aislará del presente hundiéndose en sus pensamientos; encontrará en el

fondo de su alma no sé qué perfume de vino, qué sonrisa de mujer, qué

vagos reflejos del tiempo pasado que le harán olvidar la aflictiva

realidad.

Tal es ese pueblo, esencialmente bueno, pero uniendo a la altivez de un

escocés la ingenua bondad de un bretón; doblando pacientemente la

espalda ante un puñetazo, pero dando una puñalada por una mirada,

pasando de la extrema alegría al extremo disgusto, pero sin perder nada

de la vivacidad de estos dos sentimientos. A bordo, con una alegría

dulce y melancólica, con una imaginación ardiente alimentada sin cesar

por una vida sedentaria y por relatos cuya grosera poesía no carece de

originalidad ni de grandiosidad, ¡ser complejo, múltiple, en fin!

viviendo de anomalías y de oposiciones, pero, por encima de todo,

impregnando su vida entera de una despreocupada e irónica intrepidez,

que no le abandona nunca a pesar de todos los peligros corridos, después

de tantos años de una existencia que no es otra cosa que un largo

peligro.

Ya lo hemos dicho, Cooper, en sus admirables novelas, ha pintado a ese

hombre de una manera tan amplia como pintoresca. Ha excitado vivamente

la curiosidad, el interés por costumbres cuyos detalles contrastan

rudamente con los de nuestra vida ciudadana. Pero, desgraciadamente, la

energía, la finura del original, se debilitan casi siempre en la

traducción. En francés, ese estilo queda despojado de su nerviosa

concisión. Así, y todo, podemos admirar los grandes rasgos que

caracterizan a ese talento verdaderamente nuevo; pero los matices, el

color local, la preciosa ingenuidad de los idiomas, escapan a los que no

pueden leer en inglés esas páginas maravillosas.

Sin embargo, nosotros creemos que si uno de nuestros talentos de primer

orden, que si Víctor Hugo, de Vigny, Janin, Merimée, Nodier, Balzac, P.

L. Jacob, Delatouche, etc., quisieran cambiar un año de su vida

estudiosa por un año de existencia marítima, e intentasen entonces

aplicar su potencia, su riqueza de ejecución a la pintura del mar,

tendríamos ciertamente una gloria literaria más. Y, ¿por qué Lamartine

no ha de ensayar conducir su musa por el mismo camino donde Byron ha

conducido la suya en el segundo canto de _Don Juan_ y en su _Corsario_?

El temor de la imitación no sería racional; Cooper ha pintado

americanos; vosotros podríais pintar las costumbres de los franceses,

otros sitios, otros lugares, otras costumbres, otros combates...

Todo talento que se basa en la observación exacta de la Naturaleza, ¿no

será siempre más _sui generis_, más personal, original, influyente?...

¿No son así Corneille y Shakespeare, Goethe y Chateaubriand?

Pero yo me equivoco. Tenemos ya nuestro Cooper: un poeta que conmueve y

atrae por la energía de su composición, por la verdad de sus

descripciones. En presencia de sus obras el corazón se oprime... ¿Veis

esas olas enormes que estallan y se rompen contra ese navío

desmantelado... ese cielo sombrío y brumoso, esos rostros de mujeres

llorosas, palpitantes, y que contrastan de una manera tan sublime con la

actitud tranquila, fría, de un marino que manda siempre a la tempestad,

aun en el momento de perecer?

Otras veces, al contrario, vuestra alma se dilata, se ensancha... La

atmósfera es pura; ni una nube vela ese ardiente sol que desaparece en

el horizonte entre un vapor rojizo. ¡Y después, qué calma! ¡qué dulce

alegría anima a esos pescadores al dejar sus redes y sus barcas sobre

esa playa resplandeciente a los últimos rayos del sol!

¿Oís los gritos de los niños... los cantos de los marineros? ¿Veis la

noble cabeza del abuelo, del viejo marino que se hace llevar a la puerta

de su choza para gozar aún del imponente espectáculo que siempre le

emociona, aun después de tantos años?

Ese poeta, vosotros le conocéis, estoy seguro. ¿No habéis admirado el

_Kent_, el _Colombus_, la _Puesta del sol en el mar_?... ¿Ese poeta,

pues, vuestro Cooper, no es Gudin? ¿Acaso en sus cuadros no hay el mismo

colorido, la misma ingenuidad, la misma alteza de concepción que en las

páginas del _Piloto_ y del _Corsario rojo_?

¡Ah! si alguno de los escritores que hemos nombrado oyese nuestra débil

voz, tendríamos una doble gloria en este género; poseyendo ya la poesía

pintada, gozaríamos además de algunas deliciosas poesías escritas.

En cuanto al autor de este libro, su papel es poco más o menos el de un

enano de la edad media, cuya historia quiero contaros.

* * * * *

«Un día, algunas bandas de salteadores y de arqueros galos, habían

sitiado la abadía de San Cutberto, en Bretaña. Su jefe, Manostuertas,

cabalgaba insolentemente a la vista de las murallas, pero, no obstante,

fuera del alcance de los tiros de los hombres de armas de la abadía.

»Viendo esto los monjes desde lo alto de las murallas, invocaban

piadosamente la intercesión de San Cutberto, cuando advirtieron, no sin

extrañeza, al enano del prior que conducía o más bien arrastraba una

ballesta prodigiosamente pesada y maciza.

»--¡Dios me valga!--exclamó el prior--; ¡el muy necio se ha atrevido a

poner mano sobre la ballesta dedicada a nuestro señor San Cutberto, en

la nave de nuestra iglesia!... sobre la ballesta, ¡gran Dios!, que ese

santo hizo caer de las manos de un gigante que la usaba para esperar a

los mercaderes lombardos y a los peregrinos que pasaban por tierras de

la abadía.

»--Pero--dijo el enano--, ¿olvidáis, señor, que esta ballesta

traspasaría la más sólida muralla de Granada a mil pasos de distancia?

»Y diciendo esto había apoyado entre las almenas el poderoso arco que

armara el gigante, pero el pobre enano ni siquiera pudo hacer mover el

rudo mecanismo que impulsaba el proyectil.

»Y el jefe de los salteadores, el condenado Manostuertas, injuriaba

siempre con sus gestos, al prior, a la abadía y a los monjes.

»Mientras que el prior se burlaba del enano porque había osado poner sus

débiles manos sobre un arma tan pesada... un caballero, vasallo del

primado, y de brazo maravillosamente fuerte, asió la ballesta que el

enano había dispuesto sobre la muralla, la cuerda de hierro se tendió,

la flecha silbó y alcanzó a Manostuertas a pesar de su armadura.

»Por la noche, los arqueros galos, espantados de la muerte de su jefe,

habían dejado libres todas las salidas de la abadía de San Cutberto.

»Y viendo las últimas lanzas de los salteadores brillar al sol poniente

y después bien pronto desaparecer en el horizonte, el pobre enano se

alababa de su loca e impotente tentativa, porque uno más fuerte que él

había valerosa y felizmente realizado su idea.»

* * * * *

El lector ha comprendido el sentido de este apólogo. Nosotros nos

consideraríamos muy dichosos, si algún escritor de nombre quisiera

marchar por la vía que indicamos en estos ensayos.

EUGENIO SUE.

PLICK Y PLOCK[2]

KERNOK EL PIRATA

Got callet deusan Armoriq.

Era un hombre duro de la Armórica.

_Prov. bretón._

CAPÍTULO PRIMERO

EL DESOLLADOR Y LA BRUJA

Los desolladores e hiladores de cáñamo viven

separados del resto de los hombres...

La presencia de un loco en una casa defiende

a sus habitantes contra los malos espíritus.

CONAM-HEK, _Crónica bretona_.

En una noche de noviembre, sombría y fría, el viento del NO. soplaba con

violencia, y las altas olas del Océano iban a estrellarse contra los

bancos de granito que cubren la costa de Pempoul, mientras que las

puntas destrozadas de aquellas rocas tan pronto desaparecían bajo las

olas como destacaban su fondo negro sobre una espuma deslumbradora.

Colocada entre dos rocas que la protegían contra los efectos del

huracán, se elevaba una cabaña de miserable apariencia; pero lo que

hacía verdaderamente horrible su aspecto, eran una multitud de huesos,

de cadáveres de caballos y de perros, de pieles ensangrentadas y de

otros despojos que anunciaban bien claramente que el propietario de

aquel chamizo era desollador.

Se abrió la puerta y apareció en ella una mujer cubierta con una manta

negra que la tapaba enteramente y no dejaba ver más que su cara amarilla

y arrugada, casi oculta por mechones de pelo blanco. Llevaba una lámpara

de hierro en una mano y con la otra trataba de resguardar la llama, que

el viento agitaba.

--¡Pen-Ouët! ¡Pen-Ouët!--gritó con un acento de cólera y de reproche--;

¿dónde estás, maldito niño? ¡Por San Pablo! ¿no sabes que se acerca la

hora en que las cantadoras de la noche[3] se disponen a errar por la

playa?

No se oyó más que el mugido de la tempestad que parecía redoblar su

furor.

--¡Pen-Ouët! ¡Pen-Ouët!--gritó una vez más.

Pen-Ouët prestó por fin oído.

El idiota estaba inclinado sobre un montón de huesos a los cuales daba

las formas más variadas y extravagantes. Volvió la cabeza, se levantó

con aire descontento, como el niño que abandona a disgusto sus juegos, y

se dirigió a la cabaña, no sin llevarse una hermosa cabeza de caballo,

de huesos blancos y pulidos, que él apreciaba mucho, sobre todo desde

que había introducido en su interior unos guijarros que resonaban de la

manera más agradable, cuando Pen-Ouët sacudía aquel instrumento de nuevo

género.

--¡Entra, pues, maldito!--exclamó su madre, empujándole con tanta

violencia que su cabeza fue a dar contra la pared, y la sangre salió.

Entonces el idiota se echó a reír a carcajadas, con una risa estúpida y

convulsiva, enjugó su herida con sus largos cabellos, y fue a dejarse

caer bajo la campana de una vasta chimenea.

--¡Ivona, Ivona, cuida de tu alma, en lugar de derramar la sangre de tu

hijo!--dijo el desollador que estaba arrodillado y parecía absorto en

una profunda meditación--. ¿No oyes, pues?...

--Oigo el ruido de las olas que golpean esa roca, y el silbido del

viento.

--Di mejor la voz de los muertos. ¡Por San Juan del dedo! hoy es el día

de los difuntos, mujer, y los náufragos que nosotros...--aquí una

pausa--, podrían muy bien venir a arrastrar a nuestra puerta el

_carriquet-ancou_[4], con sus vestidos blancos y sus lágrimas

sangrientas--respondió el desollador en voz baja y trémula.

--¡Bah! ¿qué podemos temer? Pen-Ouët es idiota; ¿no sabes tú que los

malos espíritus no entran nunca bajo el techo que cubre a un loco? _Jan

y su fuego_ que dan vueltas con tanta rapidez como la devanadera de una

vieja, _Jan y su fuego_ huirían a la voz de Pen-Ouët como una alondra

ante el cazador. ¿Qué temes, pues?

--Entonces, ¿por qué desde el último naufragio, ya sabes, aquel lugre

que se estrelló contra la costa, atraído por nuestras señales

engañadoras... por qué tengo una fiebre ardiente y pesadillas

espantosas? En vano he bebido tres veces, a media noche, el agua de la

fuente de Krinoëck; en vano me he frotado con la grasa de una gaviota

sacrificada en viernes; nada, nada, me ha calmado. Por la noche tengo

miedo. ¡Ah! mujer, mujer, tú lo has querido.

--Siempre cobarde. ¿Es que no hay que vivir? ¿tu estado no te hace

horroroso a todo, Saint-Pol? y sin mis predicciones, ¿a qué nos veríamos

reducidos? La entrada en la iglesia nos está prohibida; los panaderos

casi no quieren vendernos pan. Pen-Ouët no va una vez a la población que

no vuelva molido a golpes, el pobre idiota. Y si se atreviesen nos

darían caza como a una bandada de lobos de las montañas de Arrés, y

porque nosotros aprovechamos lo que _Teus_[5] nos envía, tú te

arrodillas como un sacristán de Plougasnou y estás tan pálido como una

muchacha que saliendo de la velada encontrase a _Teus Arpouliek_ con sus

tres cabezas y su ojo de fuego.

--Mujer...

--Eres más cobarde que un hombre de Cornouailles--dijo finalmente Ivona

exasperada.

Y como el más sangriento ultraje que se pueda hacer a un leonés es

compararle con un habitante de Cornouailles, el desollador agarró a su

mujer por el cuello.

--Sí--repitió con voz ronca y ahogada--, ¡más cobarde que un hijo de la

llanura!

La rabia del desollador no conoció límites, y se apoderó de su hacha,

pero Ivona se armó de un cuchillo.

El idiota reía a carcajadas, agitando su cabeza de caballo llena de

guijarros que producían un ruido sordo y extraño.

Afortunadamente, llamaron a la puerta de la cabaña, cuando estaba a

punto de ocurrir una desgracia.

--¡Abrid, voto a...! ¡abrid de una vez! El NO. sopla con una fuerza como

para descornar a un buey--dijo una voz ruda.

El desollador dejó caer su hacha, e Ivona se arregló la cabeza lanzando

sobre su marido una mirada en la que aun brillaba la cólera.

--¿Quién puede venir a esta hora a importunarnos?--dijo el hombre;

después se subió hasta una estrecha ventana, y miró.

II

KERNOK

Got callet deusan Armoriq.

Era un hombre duro de la Armórica.

_Prov. bretón._

Era él, era Kernok el que llamaba a la puerta. He aquí un bravo y digno

compañero. Juzgad, si no.

Había nacido en Plougasnou; a los quince años se escapó de casa de su

padre y se embarcó en un barco negrero, comenzando allí su educación

marítima. No había a bordo grumete más ágil ni marinero más intrépido,

ni nadie tenía la mirada más penetrante para descubrir a lo lejos la

tierra velada por la bruma. Nadie apretaba con más gracia y presteza una

gavia. ¡Y qué corazón! Un oficial se descuidaba su bolsa, y el joven

Kernok la recogía cuidadosamente, pero sus camaradas tenían parte en el

contenido; si robaba ron al capitán, lo partía también escrupulosamente

con sus amigos.

¡Y qué alma! ¡Cuántas veces, cuándo los negros que eran transportados

del África a las Antillas, entumecidos por el frío húmedo y penetrante

de la cala, no podían arrastrarse hasta el puente para aspirar el aire

durante el cuarto de hora que a este efecto se les concedía, cuántas

veces, digo, el joven Kernok les hacía recobrar el movimiento y la

transpiración de la piel a fuerza de golpes! Y el señor Durand,

artillero-carpintero-cirujano del brick, hacía notar juiciosamente que

ninguno de los negros sometidos a la vigilancia de Kernok padecía de

aquella somnolencia y de aquella pesadez peculiar a los demás negros. Al

contrario, los suyos, a la vista del amenazador cabo de cuerda, estaban

siempre en un estado de irritabilidad nerviosa, como decía el señor

Durand, de irritabilidad nerviosa muy saludable.

De este modo, Kernok obtuvo bien pronto la estimación y la confianza del

capitán negrero, capaz, afortunadamente, de apreciar sus raras

cualidades. El buen capitán se aficionó tanto al joven marinero, que le

dio algunas lecciones de teoría, y un día le nombró segundo de a bordo.

Kernok se mostró digno de este ascenso por su valor y su habilidad;

descubrió, sobre todo, una manera de encajonar a los negros en el

sollado tan ventajosamente, que el brick, que hasta entonces no había

podido llevar más que doscientos, pudo contener trescientos, a la

verdad, apretándolos un poco--rogándoles que se pusieran de lado en

lugar de tenderse panza arriba como bajás--, así decía Kernok.

Desde aquel día el negrero predijo a su protegido el más alto destino.

¡Dios sabe si se cumplió esta predicción!

Al cabo de algunos años, una tarde que singlaba hacia la costa de

África, el digno capitán de Kernok, que había bebido un poco más que de

costumbre, estaba del más jovial humor. A horcajadas sobre una ventana,

fumando su larga pipa, se divertía en seguir con la vista la dirección

de los espesos torbellinos de humo que lanzaba gravemente o en mirar

fijamente la rápida estela del navío, apresurando con sus deseos el

momento en que volvería a ver Francia.

Después pensaba con emoción en las bellas campiñas de Normandía, donde

había nacido; creía ver aún la choza dorada por los últimos rayos del

sol, el arroyuelo límpido y fresco, el viejo manzano, y su madre, y su

mujer, y sus hijitos que esperaban su regreso, suspirando junto a los

hermosos pájaros dorados y a las telas de vivos colores que él no dejaba

de llevarles nunca como recuerdo de sus lejanas correrías. El creía ver

todo esto, ¡pobre hombre! Su pipa, que el tiempo había vuelto negra como

el ala de un halcón, había caído de su boca entreabierta, sin que él se

diera cuenta; sus ojos se llenaban de lágrimas, su corazón latía con

violencia. Poco a poco los esfuerzos de su imaginación encaminada hacia

un mismo objeto, quizá también por la influencia del aguardiente, dieron

a esta visión fantástica una apariencia de realidad; y el buen capitán,

creyendo, en su embriaguez, que el mar era aquella riente pradera tan

deseada, tuvo la loca idea de querer ir hacia ella. Y en efecto,

poniéndose en pie avanzó hacia el líquido elemento.

Otros dicen que una mano invisible le empujó y que la estela plateada

del buque se enrojeció un momento.

Lo cierto es que se ahogó.

Como el brick se encontraba cerca de las islas de Cabo Verde, el oleaje

era fuerte y la brisa fresca, el timonel no oyó nada; pero Kernok, que

había ido a dar cuenta de la ruta al capitán, debió ser el primero en

advertir el accidente, al cual no era quizás ajeno.

Kernok tenía una de esas almas fuertemente templadas, inaccesibles a las

mezquinas consideraciones que los hombres débiles llaman reconocimiento

o piedad. No es extraño, pues, que cuando apareció en el puente no se

notara en él la menor emoción.

--El capitán se ha ahogado--dijo con calma al contramaestre--; es una

lástima, porque era un valiente.

Aquí Kernok añadió un epíteto que nosotros nos abstenemos de repetir,

pero que terminó de una manera pintoresca la oración fúnebre del

difunto.

--¡Oh! ¡Kernok era lacónico!

Después, dirigiéndose al piloto, añadió:

--El mando del buque me pertenece, como segundo de a bordo; de modo que

vas a cambiar de ruta. En lugar de gobernar al SE. te dirigirás al NE.

porque vamos a virar en redondo y a dirigirnos a Nantes o a Saint-Malo.

El hecho es que Kernok había tratado de desviar al capitán difunto del

tráfico de los negros, no por filantropía, ¡no!, sino por un motivo

bastante más poderoso a los ojos de un hombre razonable.

--Capitán--le decía continuamente--, usted hace adelantos que le

producen todo lo más un trescientos por ciento; yo en su lugar ganaría

lo mismo, o más, sin desembolsar un céntimo. Su brick marcha como una

dorada; ármelo en corso, yo respondo de la tripulación; déjeme hacer, y

a cada presa oirá usted la canción del corsario.

Pero la elocuencia de Kernok no había quebrantado jamás la voluntad del

capitán, porque él sabía perfectamente que los que abrazan tan noble

profesión acaban tarde o temprano por balancearse al extremo de una

verga; y el inexorable capitán había caído al mar por _accidente_.

Apenas Kernok se vio dueño del buque, retornó a Nantes para reclutar una

tripulación conveniente, armar su nave y poner en práctica su proyecto

favorito.

Y para que digáis que no hay una Providencia, apenas llegado a Francia

se entera de que los ingleses nos han declarado la guerra, obtiene la

autorización competente, sale, da caza a un buque mercante y entra con

su presa en Saint-Pol de León.

¿Qué más diré? La suerte favoreció siempre a Kernok, porque el Cielo es

justo: hizo numerosas presas a los ingleses. El dinero que obtenía se

liquidaba rápidamente en las tabernas de Saint-Pol; y es en el momento

de disponerse a embarcarse de nuevo para fabricar moneda, como él decía

en su ingenuo lenguaje, cuando le vemos llamar a la puerta de la

respetable familia del desollador.

--Pero, ¡voto al diablo!, abrid de una vez--repitió sacudiendo

vigorosamente la puerta--. ¿O es que queréis quedaros agazapados como

las gaviotas en el hueco de una roca?

Por fin abrieron.

III

LA BUENA VENTURA

La bruja dijo al pirata:

«Buen capitán, en verdad,

No seré yo tan ingrata,

Y tendréis vuestra beldad.»

VÍCTOR HUGO, «_Cromwell_».

Entró, se quitó su capote impermeable que chorreaba agua, lo extendió

cerca de la lumbre, sacudió su ancho sombrero de cuero barnizado, y se

dejó caer sobre una silla vieja.

Kernok podría tener treinta años; su ancha cintura y busto cuadrado que

anunciaba un vigor atlético, sus facciones bronceadas, su negra

cabellera, sus espesas patillas, le daban un aire duro y salvaje. Sin

embargo, su rostro hubiera pasado por hermoso a no ser por la constante

movilidad de sus pobladas cejas que se unían o se separaban, según la

impresión del momento.

Su traje no le distinguía en nada de un simple marinero; solamente

llevaba dos áncoras de oro bordadas en el cuello de su grosera chaqueta,

y un ancho puñal encorvado pendía de su cintura por un cordón de seda

roja.

Los habitantes de la cabaña examinaban al recién llegado con una

expresión de temor y de recelo y esperaban pacientemente que el

singular personaje hiciera conocer el objeto de su visita.

Pero él no parecía ocupado más que en una cosa, en calentarse, y arrojó

al fuego con desparpajo algunos trozos de madera en los que se veían aún

aplicaciones de hierro.

--Perros--dijo entre dientes--, ésos son los restos de un buque que

ellos habrán atraído y hecho naufragar. ¡Ah! si alguna vez _El

Gavilán_...

--¿Qué quiere usted?--dijo Ivona cansada del silencio del desconocido.

Este levantó la cabeza, sonrió desdeñosamente, no pronunció una sola

palabra, extendió sus piernas sobre la lumbre, y después de haberse

acomodado lo mejor posible, es decir, con la espalda apoyada contra la

pared y los pies sobre los morillos.

--Usted es Pen-Hap el desollador, ¿no es cierto, buen hombre?--dijo por

fin Kernok que, con su bastón herrado atizaba el fuego con tanta

fruición como si se hubiese encontrado en el rincón de la chimenea de

alguna excelente posada de Saint-Pol--, ¿y usted la bruja de la costa de

Pempoul?--añadió mirando a Ivona con aire interrogativo.

Después, midiendo al idiota con la vista, con disgusto:

--En cuanto a ese monstruo, si lo llevaseis al aquelarre, causaría miedo

al mismo Satanás; por lo demás, se parece a usted, vieja mía, y si yo

pusiera esa cara en el mascarón de mi brick, los bonitos, asustados, no

vendrían más a jugar ni a saltar bajo la proa.

Aquí Ivona hizo una mueca de cólera.

--Vamos, vamos, bella patrona, cálmese usted y no abra el pico como una

gaviota que va a dejarse caer sobre un banco de sardinas. He aquí lo que

la apaciguará--dijo Kernok haciendo sonar algunos escudos--; tengo

necesidad de usted y del... _señor_.

Este discurso, y la palabra _señor_ sobre todo, fueron pronunciados con

un aire tan evidentemente burlón, que fue preciso la vista de una bolsa

bien repleta y el respeto que inspiraban los anchos hombros y el bastón

herrado de Kernok, para impedir que la digna pareja no estallase en una

cólera demasiado largo tiempo contenida.

--Y no es--añadió el corsario--que yo crea en vuestras brujerías. Antes,

en mi infancia, ya era otra cosa. Entonces, como los demás, yo temblaba

durante la velada oyendo esos bellos relatos, y ahora, hermosa patrona,

hago tanto caso de ellos como de un remo roto. Pero _ella_ ha querido

que viniese a hacerme decir la buena ventura antes de hacerme a la mar.

En fin, vamos a empezar; ¿está usted dispuesta, _señora_?

Este _señora_ arrancó a Ivona una mueca horrible.

--¡Yo no me quedo aquí!--exclamó el desollador, pálido y trémulo--. Hoy

es el día de los muertos; mujer, mujer, tú nos perderás; ¡el fuego del

Cielo abrasará esta morada!

Y salió cerrando la puerta con violencia.

--¿Qué mosca le ha picado? Corre a buscarle, viejo mochuelo; él conoce

la costa mejor que un piloto de la isla de Batz, y yo le necesito. ¡Ve,

pues, bruja maldita!

Diciendo esto, Kernok la empujó hacia la puerta...

Pero Ivona, soltándose de las manos del pirata, repuso:

--¿Vienes para insultar a los que te sirven? Calla, calla, o no sabrás

nada de mí.

Kernok se encogió de hombros con un aire de indiferencia y de

incredulidad.

--En fin, ¿qué quieres?

--Saber el pasado y el porvenir, nada más que eso, mi digna madre; eso

es tan fácil como hacer diez nudos con el viento en popa--respondió

Kernok jugando con los cordones de su puñal.

--¿Tu mano?

--Ahí va; y me atrevo a decir que no hay otra más fuerte ni más ágil. ¡A

ver, pues, lo que lees en ella, vieja hada! Pero creo tanto en eso como

en las predicciones de nuestro piloto que, quemando sal y pólvora de

cañón, se imagina adivinar el tiempo que hará por el color de la llama.

¡Tonterías! yo no creo más que en la hoja de mi puñal o en el gatillo de

mi pistola, y cuando digo a mi enemigo: «¡Morirás!» el hierro o el plomo

cumplen mejor mi profecía que todas las...

--¡Silencio!--dijo Ivona.

Mientras que Kernok expresaba tan libremente su escepticismo, la vieja

había estudiado las líneas que cruzaban la palma de su mano.

Entonces fijó sobre él sus ojos grises y penetrantes, después aproximó

su dedo descarnado a la frente de Kernok, que se estremeció sintiendo

la uña de la bruja pasearse sobre las arrugas que se dibujaban entre sus

cejas.

--¡Hola!--dijo ella con una sonrisa repugnante--; ¡hola! ¡tú, tan

fuerte, y tiemblas!

--Tiemblo... tiemblo... Si crees que es posible sentir tu garra sobre mi

piel, te equivocas. Pero, si en lugar de ese cuero negro y curtido se

tratase de una mano blanca y regordeta, ya verías entonces si Kernok...

Y balbuceaba, bajando involuntariamente la vista ante la mirada fija e

insistente de la bruja.

--¡Silencio!--repitió; y su cabeza cayó sobre su pecho; se hubiera dicho

que estaba absorta en un profundo ensueño.

Solamente de cuando en cuando la agitaba una especie de temblor

convulsivo, y sus dientes se entrechocaban. La luz vacilante del hogar

que se extinguía iluminaba únicamente con su rojiza claridad el interior

de aquel chamizo; y destacándose en el fondo la cabeza disforme del

idiota que dormitaba agazapado en un rincón, resultaba verdaderamente

espantosa. De Ivona no se veía más que su manta negra y sus largos

cabellos grises; en el exterior mugía la tempestad. Había no sé qué de

horrible y de infernal en aquella escena.

Kernok, el mismo Kernok, experimentó un ligero estremecimiento, rápido

como una chispa eléctrica. Y sintiendo poco a poco despertarse en él su

antigua superstición de niño, perdió aquel aire de incredulidad burlona

que se pintaba en sus facciones al entrar.

Bien pronto un sudor húmedo cubrió su frente. Maquinalmente asió su

puñal y lo sacó de la vaina...

Y como aquellas gentes que, medio dormidas aún, creen salir de un sueño

penoso haciendo algún movimiento violento, exclamó:

--¡Que el infierno se lleve a Melia, a sus estúpidos consejos y a mí

mismo por haber sido tan tonto en seguirlos! ¿He de dejarme intimidar

por esas mojigangas, buenas para asustar a las mujeres y a los niños?

¡No, voto a tal! no se dirá que Kernok... ¡Ea! prometida del demonio,

habla pronto; tengo que marcharme. ¿Me oyes?

Y la sacudió fuertemente.

Ivona no respondía; su cuerpo seguía las impulsiones que le daba Kernok.

No se notaba siquiera la resistencia que hace experimentar un ser

animado. Se hubiera dicho que era una muerta.

El corazón del pirata latía con violencia.

--¿Hablarás?--murmuró, levantando la cabeza de Ivona que estaba

inclinada sobre su pecho.

Ivona quedó en la posición que la dejara, pero su mirada continuaba

siendo fija y sombría.

Los cabellos de Kernok se erizaban sobre su cabeza; con las dos manos

hacia adelante, el cuello tendido, como fascinado por aquella mirada

pálida y siniestra, escuchaba respirando apenas, dominado por un poder

superior a sus fuerzas.

--Kernok--dijo por fin la bruja con una voz débil y entrecortada--,

tira, tira ese puñal, porque hay sangre en él; sangre de _ella_ y de

_él_.

Y la vieja sonrió de una manera espantosa; después, poniendo el dedo

sobre su cuello:

--La has herido ahí... y sin embargo, aun vive. Pero no es eso todo...

¿Y el capitán del barco negrero?

El puñal cayó a los pies de Kernok; se pasó la mano por su frente

ardiente y se apretó las sienes con tal fuerza, que la huella de sus

señas quedó impresa en ellas. Apenas si se sostenía y tuvo que apoyarse

contra el muro.

Ivona continuó:

--Que hayas arrojado al mar a tu bienhechor después de haberle dado de

puñaladas, pase; tu alma irá a Teus; pero que hayas herido a Melia sin

matarla, eso está mal; porque para seguirte, ella ha abandonado ese

bello país donde se crían los venenos más sutiles, donde las serpientes

juegan y se enlazan a la claridad de la luna, confundiendo sus silbidos,

donde el viajero oye, estremeciéndose, el estertor de la hiena, que

grita como una mujer a la que se estrangula; ese bello país, donde las

víboras rojas producen unas mordeduras mortales, que llevan en las venas

una sangre que las corroe.

E Ivona retorcía sus brazos, como si ella hubiese experimentado aquellas

atroces convulsiones.

--¡Basta, basta!--dijo Kernok, que sentía que su lengua se pegaba al

paladar.

--Has herido a tu bienhechor y a tu amante; su sangre caerá sobre ti,

¡tu fin se aproxima! ¡Pen-Ouët!--llamó en voz baja.

A esta voz sorda y ronca, Pen-Ouët, al que se hubiera creído

profundamente dormido, se levantó en una especie de acceso de

somnabulismo, y se sentó en las rodillas de su madre, que tomó sus manos

entre las suyas, y, apoyando su frente contra la del idiota, dijo:

--Pen-Ouët, pregunta el tiempo que Teus le concede de vida... En nombre

de Teus, respóndeme.

El idiota lanzó un grito salvaje, pareció reflexionar un instante,

retrocedió un paso e hirió el suelo con la cabeza de caballo que siempre

llevaba.

Golpeó al principio cinco veces, después otras cinco y luego tres más.

--Cinco, diez, trece--dijo su madre, que iba contando--, trece días te

quedan aún que vivir, ¡ya lo oyes! ¡y quiera Teus enviarte a nuestra

costa, con el cuerpo lívido y frío, rodeado de algas, los ojos sombríos

y abiertos, la boca llena de espumarajos y la lengua apresada entre los

dientes! ¡Trece días... y tu alma para Teus!

--¡Pero _ella, ella_!--dijo Kernok, jadeante, presa de un delirio atroz.

--_¡Ella!_--repuso Ivona--; pero no me has pagado más que por ti. ¡Bah!

seré generosa.

Después reflexionó un momento poniéndose el dedo en la frente.

--Pues bien, ella también quedará con los miembros rígidos, la cara

azulada, la boca espumeante y los dientes apretados. ¡Oh! haréis unos

hermosos prometidos, ¡y quiera Teus que yo os vea, en una noche de

noviembre, sobre una roca negra que será vuestro lecho nupcial, con las

olas del Océano por cortinajes, con el graznido de los cuervos por

canto de bodas y el ojo ardiente de Teus por antorcha!

Kernok cayó desvanecido y dos carcajadas siniestras resonaron en la

cabaña.

En esto llamaron a la puerta.

--¡Kernok, Kernok mío!--dijo una voz dulce y fresca.

Estas palabras produjeron sobre Kernok un efecto mágico; abrió los ojos

y miró a su alrededor con extrañeza y espanto.

--¿Dónde estoy, pues?--dijo levantándose--; ¿ha sido una pesadilla, una

espantosa pesadilla? Pero no... mi puñal... esta capa... Es demasiado

cierto... ¡al infierno! ¡maldita vieja! yo sabré...

La vieja y el idiota habían desaparecido.

--Kernok, Kernok, abre ya--repitió la dulce voz.

--¡_Ella_--exclamó--, _ella_ aquí!

Y se precipitó hacia la puerta.

--¡Ven--dijo--, ven!

Y saliendo de la cabaña, con la cabeza desnuda, la arrastró rápidamente,

y a través de las rocas que bordean la costa, alcanzaron bien pronto el

camino de Saint-Pol.

IV

EL BRICK «EL GAVILÁN»

¡Adelante, famoso bricbarca!

Desde el codaste hasta la gavia

No hay otro en el arsenal

Que con él se pueda igualar;

Viento en popa y adelante.

_Canción del marinero._

La niebla que rodeaba los alrededores del pequeño puerto de Pempoul se

disipaba poco a poco, y el disco del sol aparecía de un rojo obscuro en

medio del cielo gris y sombrío.

Bien pronto Saint-Pol, dominado por sus grandes edificios negros y sus

campanarios de piedra, se presentó vago e incierto a través del vapor

que ascendía de las aguas, después se dibujó de una manera más precisa,

cuando los pálidos rayos del sol de noviembre arrojaron el aire espeso y

húmedo de la mañana.

A la derecha se elevaba la isla de Kalot con sus rompientes, el molino y

el campanario azul de Plougasnou, mientras que a lo lejos se extendía la

playa de Treguier, de fina y dorada arena, limitada por inmensos

peñascales que se pierden en el horizonte.

La linda bahía de Pempoul no contenía ordinariamente más que medio

centenar de barcas y algunos buques de un tonelaje más elevado.

No es extraño, pues, que el hermoso brick _El Gavilán_ se destacase con

toda la altura de sus gavias entre aquella innoble multitud de lugres,

faluchos y botes que estaban fondeados a su alrededor.

¡Ciertamente! ¡no había un brick más hermoso que _El Gavilán_!

¿Es posible cansarse de verlo recto y ligero sobre el agua, con sus

formas esbeltas y estrechas, su alta armadura un poco inclinada hacia

atrás, que le da un aire tan coquetón y tan marinero? ¿cómo no admirar

su velamen fino y ligero, con sus amplias piezas, sus gavias y sus

juanetes tan elegantemente sesgados, y esas barrederas que se despliegan

sobre sus flancos graciosas como las alas del cisne, y esos foques

elegantes que parecen voltear al extremo de su bauprés, y su línea de

veinte carronadas de bronce, que se dibuja blanca y negra como los lados

de un juego de damas?

Y después, ¡jamás el vapor oloroso de la mirra ardiendo en pebeteros de

oro, jamás la violeta con sus hojas aterciopeladas, jamás la rosa ni el

jazmín destilados en preciosos frascos de cristal se podrán comparar al

delicioso perfume que exhalaba la cala de _El Gavilán_! ¡qué oloroso

alquitrán, qué brea tan suave!

¡A fe de Dios! ¡Ciertamente no había un brick más hermoso que _El

Gavilán_!

Y si le admiráis dormido sobre sus áncoras, ¿qué diríais, pues, si le

vieseis dar caza a un desventurado buque mercante? ¡No! jamás caballo de

carrera con la boca espumante bajo el freno, ha saltado con tanta

impaciencia como _El Gavilán_, cuando el piloto no le dejaba

precipitarse sobre el buque perseguido. Jamás el halcón, rozando el agua

con el extremo de su ala, ha volado con tanta rapidez como el hermoso

brick, cuando, impulsado por la brisa, sus gavias y sus juanetes izados,

se deslizaba por el Océano, de tal modo inclinado, que los extremos de

sus vergas bajas desfloraban la cima de las olas.

¡Ciertamente, no hay un brick más hermoso que _El Gavilán_!

Y ése es el que estáis viendo, amarrado por sus dos cables.

A bordo había poca gente: el contramaestre, seis marineros y un grumete;

nadie más.

Los marineros estaban agrupados en los obenques o sentados sobre los

afustes de los cañones.

El contramaestre, hombre de unos cincuenta años, envuelto en un largo

gabán oriental, se paseaba por el puente con un aire agitado, y la

protuberancia que se notaba en su mejilla izquierda anunciaba, por su

excesiva movilidad, que mordía su chicote con furor.

Tanto es así, que el grumete, inmóvil cerca de su jefe, con el gorro en

la mano como quien aguarda una orden, observaba aquel peligroso

pronóstico con espanto creciente; porque el chicote del contramaestre

era para la tripulación una especie de termómetro que anunciaba las

variaciones de su carácter; y aquel día, según las observaciones del

grumete, el tiempo anunciaba tempestad.

--¡Mil millones de truenos!--decía el contramaestre hundiéndose el

capuchón hasta los ojos--, ¿qué infernal viento le ha empujado? ¿Dónde

está? ¡Son las diez y aun no ha venido a bordo! Y la bestia de su mujer

que parte a media noche para ir a buscarle, el diablo sabe dónde... ¡Una

brisa tan hermosa! ¡Perder una brisa tan hermosa!--repetía en tono

desgarrador mirando un ligero catavientos colocado en los obenques, y

que por la dirección que le daba el viento anunciaba una fuerte brisa

del NO--. Es preciso estar tan loco como el hombre que pone el dedo

entre el cable y el escobén.

El marmitón, impaciente de la duración de este monólogo, había intentado

ya por dos veces interrumpir al contramaestre, pero la mirada furiosa y

la movilidad excesiva del chicote de su superior se lo habían impedido.

Por fin, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, con su gorro bajo el

brazo, el cuello tendido, la pierna izquierda hacia adelante, se

aventuró a tirar de la hopalanda de su jefe.

--Señor Zeli--le dijo--, el desayuno le espera.

--¡Ah! ¿eres tú, Grano de Sal? ¿qué haces ahí, miserable, estúpido,

animal, rata de bodega? ¿Quieres que te haga curtir la piel, o que te

ponga el espinazo rojo como un rosbif crudo? ¿Contestarás, grumete de

desgracia?

A este torrente de injurias y de amenazas, el grumete no oponía más que

una calma estoica, acostumbrado, como estaba, a los arranques de su

superior.

Y, dicho sea de paso, habéis de saber que, si yo creyese en la

metempsicosis, preferiría habitar por toda mi vida en el alma de un

caballo de coche de alquiler, de un temporero, de un burro de

Montmorency, animar, en fin, a lo que hay de más miserable, que

encontrarme bajo la piel de un grumete.

Ya hemos dicho que el grumete no soltaba una palabra; y cuando el

maestro Zeli se detuvo para tomar aliento. Grano de Sal repitió con un

aire más humilde que de costumbre:

--El desayuno le...

--¡Ah! ¡el desayuno!--exclamó el contramaestre encantado de hacer caer

su furor sobre alguien--; ¡ah! ¡el desayuno! ¡Toma, perro!

Esto fue acompañado de un bofetón y de un puntapié tan violento, que el

grumete, que estaba en lo alto de la escalera del sollado, desapareció

como por encanto, y llegó al fondo de la cala resbalando con rapidez a

lo largo de los tramos de la escalera.

Llegado al final de su viaje, el grumete se levantó y dijo frotándose

los riñones:

--Estaba seguro; lo he conocido en el modo de mascar el tabaco.

Y después de un momento de silencio, Grano de Sal añadió con un aire muy

satisfecho:

--Prefiero eso que no haber caído de cabeza.

Luego, consolado por esta reflexión filosófica, fue fielmente a cuidar

del desayuno del maestro Zeli.

V

REGRESO

¡Hola! ¿de dónde viene usted, bello señor,

con la cabeza desnuda... el cinturón

colgando?... ¡Qué palidez!... amigo...

¡qué palidez!

_Words-Vok._

Aunque hubiese desahogado un poco su cólera en Grano de Sal, el maestro

Zeli continuaba midiendo a zancadas el puente, levantando de cuando en

cuando el puño y los ojos al cielo, y murmuraba palabras que era

imposible tomar por una piadosa invocación.

De pronto, fijando una atenta mirada sobre la entrada del puerto, se

detuvo, asió un anteojo que había cerca de la bitácora y, aproximándolo

al ojo izquierdo, exclamó:

--Por fin, por fin, ¡qué suerte! ya está aquí, sí, es él... ¡Vaya una

manera de remar! ¡Vamos, firme, bravo, muchachos! ¡doblad, y podremos

aprovechar la brisa y la marea!

Y el maestro Zeli, olvidando que era difícil hacerse oír a dos tiros de

cañón de distancia, animaba con la voz y con el gesto a los marineros

que conducían a bordo a Kernok.

Por fin el bote se acercó al brick y atracó a estribor. El maestro Zeli

corrió a la escala a dar el silbido que anunciaba al capitán, y, con el

sombrero en la mano, se dispuso a recibirle.

Kernok subió con agilidad por la banda del brick y saltó sobre el

puente.

El contramaestre quedó impresionado de su palidez y de la alteración de

sus facciones. Su cabeza desnuda, las ropas en desorden, la vaina sin

puñal que pendía a su cintura, todo anunciaba un acontecimiento

extraordinario. Por esta razón Zeli no tuvo el valor de reprochar a su

capitán una ausencia tan prolongada y se acercó a él con un aire de

interés respetuoso.

Kernok abarcó el brick con una mirada rápida y vio que todo estaba en

orden.

--Contramaestre--dijo con una voz imperiosa y dura--, ¿a qué hora es la

marcha?

--A las dos y cuarto, capitán.

--Si la brisa no cesa, aparejaremos a las dos y media. Haga izar el

pabellón y disparar el cañonazo de partida; vire al cabrestante,

desaferre, y cuando las áncoras estén a pico, avíseme. ¿Dónde están el

oficial y el resto de la tripulación?

--En tierra, capitán.

--Envíe los botes a buscarles. El que no esté a bordo a las dos,

recibirá veinte golpes de rebenque y pasará ocho días en el calabozo.

¡Váyase!

Nunca Zeli había visto a Kernok con un aire tan duro y tan severo. Así,

contra su costumbre, no hizo una multitud de objeciones a cada orden de

su capitán, y se contentó con ir prontamente a ejecutarlas.

Kernok, después de haber examinado atentamente la dirección del viento y

de las brújulas, hizo signo a su compañero de que le siguiese.

Plick y Plock · 第 1 / 13 段