Tales sacrificios estaban compensados por ciertos deleites no

comprendidos sino de quien los haya experimentado. El primer deleite, el

de considerarse escritor público, que lleva envuelta la idea de maestro

y director de la opinión, y por consecuencia el respeto de la gente.

Cuando entrábamos en los cafés, y colgadas del armario del expendedor de

periódicos contemplábamos unas cuantas _Abejas_, con su viñeta en madera

henchida de alusiones simbólicas, un gozo inexplicable nos inundaba,

inflábase nuestro ser moral y físico, y sonreíamos desdeñosamente al

vulgo que nos rodeaba; nos parecía imposible que los concurrentes

hablasen de otra cosa que no fuese _La Abeja_, y no adivinasen que

tenían la honra de hallarse cerca de sus redactores. Además, ¡con qué

íntimo regocijo no decíamos a nuestras respectivas patronas al salir de

casa: «Si alguien pregunta por mí, decirle que estoy en la redacción...

ya sabe V... en la _redacción_!» Y la boca al proferir esta palabreja

mágica se nos hacía almíbar, como cuentan que le acaecía a cierto santo

cuando pronunciaba el nombre de María.

Y efectivamente, en la aguardillada redacción pasábamos la mayor parte,

casi todas las horas de nuestra existencia. No que estuviésemos

escribiendo todo el tiempo ni mucho menos; pero había otros quehaceres

auxiliares del periodismo, que no por ser materiales dejaban de

participar de su alteza: sea ejemplo el arte delicado de cortar,

escribir y pegar las fajas, en el que sobresalíamos casi todos, y el no

menos noble y exquisito de pegar los sellos con la propia saliva, en el

que ya quedaban algunos rezagados, seco y exhausto el gaznate.

Para un periódico semanal, y no de gran magnitud, la verdad es que

bastaban los diez y nueve redactores que habíamos tenido el honor de

fundarlo. ¿Con qué objeto, pues, se habían otorgado plazas de redactores

honorarios a una porción considerable de muchachos? Sin duda para

satisfacer cada cual los deseos de algún amigo; compromisos personales

que no se pueden eludir; y sin embargo, esta tolerancia produjo a la

postre funestos resultados. El cuarto destinado a redacción y

administración no era tan ámplio que consintiese la permanencia en él de

tanta gente. Desde por la mañana bien temprano comenzaban a entrar

escritores: y como ninguno salía, la consecuencia era que al poco rato

el local se atestaba y los redactores zumbaban como verdaderas y

genuinas abejas en una colmena, se codeaban, se estrujaban e impedían de

todo punto la entrada de los compañeros que llegaban tarde. Redactor

hubo que en ocho días no logró poner los pies en la oficina.

¡Quién nos dijera que tan presto había de morir un periódico destinado a

ser «vigoroso adalid de la ciencia y campeón infatigable de la cultura

patria» (palabras textuales del programa firmado por la redacción)!

Estaba escrito, no obstante, que pocos días antes de salir el cuarto

número de _La Abeja_ estallaría una furiosa borrasca entre los campeones

infatigables de la cultura patria. Las más grandes empresas, las obras

más altas y portentosas pueden venir al suelo por livianos motivos.

Troya pereció por los devaneos de un petimetre: _La Abeja_ por una

disquisición histórica.

Había escrito yo un articulito vindicando la memoria de D. Pedro I de

Castilla, demostrando que el título de _cruel_ con que le apodaban la

mayor parte de los historiadores no le cuadraba, y que mejor le venía el

de _justiciero_. En asuntos históricos me gustaba mucho defender a los

personajes caídos: ya había hecho otro tanto con Felipe II. Mas a uno de

los redactores, que ejercía al propio tiempo el cargo espinoso de

expedir volantes a los suscritores para el cobro de los recibos, no le

agradó esta defensa, y se autorizó el manifestar su opinión contraria.

Al instante salté yo henchido de erudición, relleno hasta la boca de

datos concluyentes: se entabló una discusión animada.

El redactor disidente, a falta de datos, manifestó que era una

_tontería_ el ir contra la opinión general: yo sostuve con serenidad que

había muchas opiniones generales erradas, y que una de ellas era ésta; y

en apoyo de mi tesis, solté el chorro de la ciencia que había adquirido

tres días antes. El contrario repuso, que mientras los grandes

historiadores no lo autorizasen, consideraba una _estupidez_ el sostener

idea tan absurda: yo expuse con sangre fría y sonrisa impertinente, las

razones que tenía para opinar de esta manera. El partidario de la

crueldad de D. Pedro, viéndose acorralado, no encontró mejor recurso

para salir del paso que descargar un tremendo mojicón en la faz

insolente del campeón de la justicia. Gran alboroto en la colmena:

replico yo a mi adversario con idénticos argumentos: los redactores se

reparten en dos bandos, y se entabla una batalla donde menudean los

puñetazos y coscorrones; ruedan las sillas, caen las mesas, quiébranse

los vidrios de algunos cuadros, y hasta hubo quien apoderándose de las

tijeras de recortar sueltos, formó círculo en torno suyo y esparció el

terror entre los contendientes.

Mas he aquí que en el marco de la puerta aparece la figura severa e

imponente de la doncella de la casa. Calmáronse las olas; silencio

sepulcral; todos los rostros vueltos hacia aquella nueva cabeza de

Medusa.

--¿Se creen, por lo visto, que no hay nadie en casa más que Vds.? ¿No

saben ustedes que la señorita está delicada?... ¿Qué escándalo es

éste?... ¿No saben ustedes que el señor prohibió que se haga ruido?...

Nadie se aventuró a responder a estas tremendas interrogaciones.

La doncella se dignó pasear una mirada arrogante por toda la redacción;

pero la detuvo llena de horror y de cólera al llegar al hijo de los

dueños de la casa.

--¡Cómo!... ¡Mi señorito sangrando por las narices!... ¡Tunantes!...

¡Granujas!... ¡Fuera de aquí todo el mundo!... ¡Pillería como esta no la

quiero yo en casa!... ¡Fuera!... ¡Fuera!...

Y en efecto, el ilustrado cuerpo de redacción de _La Abeja_, herido,

escarnecido, arrojado ignominiosamente de su santuario por una miserable

sirviente, bajó las escaleras a toda prisa, se disolvió al llegar a la

calle, se esparció por Madrid y nunca más volvió a juntarse.

LOS PURITANOS

(NOVELA)

Era un caballero fino, distinguido, de fisonomía ingenua y simpática. No

tenía motivo para negarme a recibirle en mi habitación algunos días. El

dueño de la fonda me lo presentó como un antiguo huésped a quien debía

muchas atenciones: si me negaba a compartir con él mi cuarto, se vería

en la precisión de despedirle por tener toda la casa ocupada, lo cual

sentía extremadamente.

--Pues si no ha de estar en Madrid más que unos cuantos días, y no tiene

horas extraordinarias de acostarse y levantarse, no hay inconveniente en

que V. le ponga una cama en el gabinete.... Pero cuidado... ¡sin

ejemplar!...

--Descuide V., señorito, no volveré a molestarle con estas embajadas: Lo

hago únicamente porque D. Ramón no vaya a parar a otra casa. Crea V. que

es una buena persona, un santo, y que no le incomodará poco ni mucho.

Y así fue la verdad. En los quince días que D. Ramón estuvo en Madrid no

tuve razón para arrepentirme de mi condescendencia. Era el fénix de los

compañeros de cuarto. Si volvía a casa más tarde que yo, entraba y se

acostaba con tal cautela, que nunca me despertó; si se retiraba más

temprano, me aguardaba leyendo para que pudiese acostarme sin temor de

hacer ruido. Por las mañanas nunca se despertaba hasta que me oía toser

o moverme en la cama. Vivía cerca de Valencia, en una casa de campo, y

sólo venía a Madrid cuando algún asunto lo exigía: en esta ocasión era

para gestionar el ascenso de un hijo, registrador de la propiedad. A

pesar de que este hijo tenía la misma edad que yo, D. Ramón no pasaba de

los cincuenta años, lo cual hacía presumir, como así era en efecto, que

se había casado bastante joven.

Y no debía de ser feo, ni mucho menos, en aquella época. Aún ahora con

su elevada estatura, la barba gris rizosa y bien cortada, los ojos

animados y brillantes y el cutis sin arrugas, sería aceptado por muchas

mujeres con preferencia a otros galanes sietemesinos.

Tenía, lo mismo que yo, la manía de cantar o canturriar al tiempo de

lavarse. Pero observé al cabo de pocos días que, aunque tomaba y soltaba

con indiferencia distintos trozos de ópera y zarzuela deshaciéndolos y

pulverizándolos entre resoplidos y gruñidos, el pasaje que con más ardor

acometía y más a menudo, era uno de _Los Puritanos_; me parece que

pertenecía al aria de barítono en el primer acto. Don Ramón no sabía la

letra sino a medias, pero lo cantaba con el mismo entusiasmo que si la

supiera. Empezaba siempre:

Il sogno beato

De pace e contento

Ti, ro, ri, ra, ri, ro,

Ti, ro, ri, ra, ri, ro.

Necesitaba seguir tarareando hasta llegar a otros dos versos que decían:

La dolce memoria

De un tenero amore.

Sobre los cuales se apoyaba sin cesar hasta concluir el _allegro_.

--¡Hola! D. Ramón, le dije un día desde la cama; parece que le gusta a

V. _Los Puritanos_.

--Muchísimo; es una de las óperas que más me gustan. Daría cualquier

cosa por conocer un instrumento para poder tocarla toda. ¡Qué dulzura

hay en ella! ¡Qué inspiración! Estas son óperas y esta es música.

¡Parece mentira que ustedes se entusiasmen con esa algarabía alemana que

sólo sirve para hacer dormir!... A mí me gustan con pasión todas las

óperas de Bellini: _El Pirata_, _Sonámbula_, _I Capuletti e di

Montechi_; pero sobre todas ellas _Los Puritanos_... Tengo además

razones particulares para que me guste más que ninguna otra, añadió

bajando la voz.

--¡Ole, ole, D. Ramón! exclamé incorporándome de un salto y poniéndome

los calcetines: vengan esas razones.

--Son tonterías de la juventud... cuestión de amores, contestó

ruborizándose un poco.

--Pues cuente V. esas tonterías. Me muero por ellas: no lo puedo

remediar, me gustan más esas cosas que la reforma de la ley Hipotecaria

de que V. me habló ayer.

--¡Al fin poeta!

--No soy poeta, D. Ramón; soy crítico.

--Pues me había dicho el amo que era usted poeta... De todas maneras, se

lo contaré ya que V. tiene curiosidad... Verá V. como es una tontería

que no merece la pena... ¡Pero vístase V., criatura, que se está

helando!

* * * * *

El año de cincuenta y ocho vine a Madrid con una comisión del

Ayuntamiento de Valencia para gestionar la rebaja de la cuota de

consumos. Tenía yo entonces... eso es, veintinueve años; y ya hacía

siete cumplidos que estaba casado. Es una barbaridad casarse tan joven.

Aunque no tengo motivo para arrepentirme, no aconsejaré a nadie que lo

haga. Vine a parar a esta misma casa, esto es, a la misma posada; la

casa estaba entonces situada en la calle del Barquillo. En aquella

época, bueno será que le advierta, que me complacía en andar muy

lechuguino o sietemesino, como ustedes dicen ahora, cosa que tenía

siempre _escamada_ a mi pobre mujer. ¿Para qué te compones tanto, hombre

de Dios? ¿Vas de conquista? ¡Quién sabe! contestaba riendo y dejándola

un poco enojada. No es malo tener a las mujeres un si es no es celosas.

Una tarde, una hermosa tarde de invierno, de las que sólo se ven en este

Madrid, salí de casa después de almorzar con el objeto de hacer algunas

visitas y también para espaciarme por esas calles de Dios. Iba caminando

lentamente por la de las Infantas, meditando sobre el plan de la noche o

sea el modo de pasarla más divertido, y saboreando un buen cigarro

habano, cuando de pronto ¡zas! recibo un fuerte golpe en la cabeza que

me hace vacilar; el flamante sombrero de copa fue rodando por un lado y

el cigarro por otro. Cuando me recobré del susto, lo primero que vi a

mis pies fue una enorme muñeca fresca, sonrosada y en camisa.

Esta buena pieza es la que ha causado el destrozo, dije para mis

adentros, lanzándole una mirada iracunda que la muñeca aparentó no

comprender. Mas como no era de presumir que ella por su voluntad se

hubiese arrojado sobre mí de aquel modo brusco e inconveniente, pues

jamás había hecho daño a ninguna muñeca, creí más probable que de alguna

casa me la hubieran arrojado. Alcé la cabeza vivamente.

En efecto, el reo estaba de pie en el balcón de un primer piso,

suspenso, atónito, consternado. Era una niña de trece o catorce años.

Al observar la mirada de espanto y congoja que me dirigía se templó mi

furor, y en vez de lanzarle un apóstrofe violento, como tenía

determinado, le mandé una sonrisa galante. Puede ser que en la formación

de esta sonrisa haya intervenido más o menos directamente la belleza

nada vulgar del criminal.

Recogí el sombrero, me lo puse, y volví a alzar la cabeza y a remitir

otra sonrisa, acompañada esta vez de un ligero saludo. Pero mi agresor

seguía inmóvil y aterrado sin darse cuenta ni poder explicarse las

amables disposiciones en que su víctima se hallaba. A todo esto la

muñeca seguía en el suelo inmóvil también, pero sin mostrar en modo

alguno sorpresa, pesar, terror, ni siquiera vergüenza de su situación

poco decorosa. Me apresuré a levantarla, cogiéndola, si mal no recuerdo,

por una pierna, y me informé minuciosamente de si había padecido alguna

fractura u otra herida grave. No tenía más que leves contusiones. Alcela

en alto y la mostré a su dueño haciéndole seña de que iba a subir para

entregársela. Y sin más dilaciones entro en el portal, subo la escalera

y tomo el cordón de la campanilla... Ya está abierta la puerta. Mi lindo

agresor asoma su rostro trigueño, gracioso, lleno de vida y frescura, y

extiende sus manos diminutas, en las cuales deposito respetuosamente a

la muñeca desmayada. Quise hablar, para dar mayor seguridad de que no

era nada lo que había pasado, que la muñeca conservaba íntegros sus

miembros, y yo lo mismo, y que celebraba la ocasión de conocer una niña

tan hermosa y simpática, etc., etc. Nada de esto fue posible. La chica

murmuró confusamente un «muchas gracias», y se apresuró a cerrar la

puerta, dejándome con el discurso en el cuerpo.

Salgo a la calle un poco disgustado, como cualquier otro orador en el

mismo caso, y sigo mi camino, no sin volver repetidas veces la cabeza

hacia el balcón. A los treinta o cuarenta pasos observo que está la niña

asomada, y me paro y la envío una sonrisa y un saludo ceremonioso. Esta

vez contesta, aunque ligeramente, pero se apresura a retirarse. ¡Cuidado

que era linda aquella niña! Al llegar al extremo de la calle sentí la

necesidad imperiosa de verla otra vez, y di la vuelta, no sin percibir

cierta vergüenza en el fondo del corazón, pues ni mi edad, ni mi estado,

me autorizaban semejantes informalidades; mucho menos tratándose de tal

criaturita. Ya no estaba en el balcón.

Pues yo no me voy sin verla, me dije, y pian pianito, comencé a pasear

la calle sin perder de vista la casa, con la misma frescura que un

cadete de Estado Mayor. Después de todo, aquí nadie me conoce--me iba

repitiendo a cada instante, a fin de comunicarme alientos para seguir

paseando.--Además, yo no tengo nada que hacer ahora; y lo mismo da vagar

por un lado que por otro.

Justamente, al cruzar tercera o cuarta vez por delante del balcón

apareció en él la gentil chiquita, que al verme hizo un movimiento de

sorpresa, acompañado de una mueca encantadora, se echó a reír y se

ocultó de nuevo.

¡Pero, qué necios somos los hombres y qué inocentes cuando se trata de

estos asuntos! ¿Querrá V. creer que entonces no sospeché siquiera que la

niña había estado presenciando, sin perder uno sólo, todos mis

movimientos?

Satisfecho ya el capricho, dejé la calle de las Infantas, y me fui a

casa de un amigo. Mas al día siguiente, fuese casualidad o

premeditación, aunque es muy probable lo último, acerté a pasar por el

mismo sitio a la misma hora. Mi gentil agresor, que estaba de bruces

sobre la barandilla del balcón, se puso encarnado hasta las orejas así

que pudo distinguirme, y se retiró antes de que pasase por delante de la

casa. Como V. puede suponer, esto lejos de hacerme desistir, me animó a

quedarme petrificado en la esquina de la primer boca-calle, en

contemplación estática. No pasaron cuatro minutos sin que viese asomar

una naricita nacarada, que se retiró al momento velozmente, volvió a

asomarse a los dos minutos y volvió a retirarse, asomose al minuto otra

vez y se retiró de nuevo. Cuando se cansó de tales maniobras, se asomó

por entero y me miró fijamente por un buen rato, cual si tratase de

demostrar que no me tenía miedo alguno. Entonces se generalizó por

entrambas partes un fuego graneado de miradas, acompañado por lo que a

mí respecta de una multitud de sonrisas, saludos y otros proyectiles

mortíferos, que debieron causar notables estragos en el enemigo. Éste a

la media hora oyó sin duda en la sala el toque de «alto el fuego», y se

retiró cerrando el balcón. No necesitaré decirle, que por más que me

sintiese avergonzado de aquella aventura, seguí dando vueltas a la misma

hora por la calle, y que el tiroteo era cada vez más intenso y animado.

A los tres o cuatro días me decidí a arrancar una hoja de la cartera y a

escribir estas palabras: _Me gusta V. muchísimo_. Envolví dos cuartos en

la hoja, y aprovechando la ocasión de no pasar nadie, después de hacerle

seña de que se retirase, la arrojé al balcón. Al día siguiente, cuando

pasé por allí, vi caer una bolita de papel que me apresuré a recoger y

desdoblar. Decía así, en una letra inglesa, crecida, hecha con mucho

cuidado y el papel rayado para no torcer: _Tan bien ustez me gusta a mí

no crea que juego con muñecas era de mi ermanita_.

Aunque sonreí al leer el billete amoroso, no dejó de causarme sensación

dulce y amable, que muy pronto hizo sitio a otra melancólica, al

recordar que me estaban prohibidas para siempre tales aventuras. Aquel

día mi chiquita no salió al balcón, sin duda avergonzada de su

condescendencia; pero al siguiente la hallé dispuesta y aparejada al

combate de miradas, señas y sonrisas, que ya no escasearon por ambas

partes. Una hora o más duraba todas las tardes este juego, hasta que se

oía llamar y se retiraba apresuradamente. La pregunté por señas si salía

de paseo, y me contestó que sí: y en efecto, un día aguardé en la calle

hasta las cuatro y la vi salir en compañía de una señora, que debía de

ser su mamá, y de dos hermanitos. Seguíles al Retiro, aunque a

respetable distancia, porque me hubiera causado mucha vergüenza el que

la mamá se enterase: la chiquilla, con menos prudencia, volvía a cada

instante la cabeza y me dirigía sonrisas, que me tenían en continuo

sobresalto. Al fin volvimos a casa en paz. A todo esto, yo no sabía cómo

se llamaba, y a fin de averiguarlo escribí la pregunta en otra hoja de

la cartera: _¿Cómo se llama V.?_ La chica contestó en la misma letra

inglesa y crecida, con el papel rayado: _Me llamo Teresa no crea ustez

por Dios que juego con muñecas_.

Diez o doce días se transcurrieron de esta suerte. Teresa me parecía

cada día más linda, y lo era en efecto, porque según he averiguado en

el curso de mi vida, no hay pintura, raso ni brocado que hermosee tanto

a la mujer como el amor. La pregunté repetidas veces si podía hablar con

ella, y siempre me contestó que era de todo punto imposible: si la mamá

llegaba a saber algo ¡adiós balcón! Empecé a sospechar que me iba

enamorando y esto me traía inquieto. No podía pensar en aquella niña sin

sentir profunda melancolía como si personificase mi juventud, mis

ensueños de oro, todas mis ilusiones, que para siempre estaban separados

de mí por barrera infranqueable. Al mismo tiempo me acosaban los

remordimientos. ¡Cuál sería el dolor de mi pobre mujer si llegase a

averiguar que su marido andaba por la corte enamorando chiquillas! Un

día recibí carta suya, participándome que tenía a mi hijo menor un poco

indispuesto, y rogándome que procurase arreglar los negocios y volviese

pronto a casa. La noticia me produjo el disgusto que V. puede suponer;

porque siempre he delirado por mis hijos: y como si aquello fuese

castigo providencial o por lo menos advertencia saludable, después de

grave y prolongada meditación, en que me eché en cara sin piedad, mi

conducta infame y ridícula, canté sin rebozo el yo pecador y resolví

obedecer a mi esposa inmediatamente. Para llevar a cabo este propósito,

lo primero que se me ocurrió fue no acordarme más de Teresa, ni pasar

siquiera por su calle, aunque fuese camino obligado: después, abreviar

cuanto pudiese los asuntos. Según mis cálculos quedaría libre a los

cinco o seis días.

Ya no seguí, pues, la calle de las Infantas como acostumbraba después de

almorzar, ni aun para ir a la de Valverde, donde vivían unos amigos. Por

la noche, después de comer, como no había peligro de ver a Teresa, la

cruzaba velozmente y sin echar una mirada a la casa.

Pasaron cuatro días; ya no me acordaba de aquella niña, o si me acordaba

era de un modo vago, como la memoria de los días risueños de la

juventud. Tenía casi ultimados mis negocios y andaba preocupado con la

elección del día para marcharme. Será cosa, a más tardar, del viernes o

el sábado, me dije después de comer, encendiendo un cigarro y echándome

a la calle. El ministro se había negado a rebajar la cuota del

Ayuntamiento, lo cual me tenía muy disgustado. Pensando en lo que había

de decir a mis colegas cuando me viese entre ellos, y en el modo mejor

de explicarles la causa del fracaso, crucé la plaza del Rey y entré en

la calle de las Infantas. La noche era espléndida y bastante templada;

llevaba abierto el gabán y caminaba lentamente gozando con voluptuosidad

de la temperatura, del cigarro y de la seguridad de ver pronto a mi

familia. Al pasar por delante de la casa de la niña me detuve y la

contemplé un instante casi con indiferencia. Y seguí adelante

murmurando: «¡Qué chiquilla tan mona! ¡Lástima será que se la lleve un

tunante!» Después me puse a reflexionar en lo fácil que me hubiera sido

jugar una mala pasada al alcalde y alzarme con el cargo; pero no;

hubiera sido una felonía. Por más que fuese un poco díscolo y soberbio,

al fin era amigo: tiempo me quedaba para ser alcalde. Pero cuando más

embebido andaba en mis pensamientos y planes políticos, y cuando ya

estaba próximo a doblar la esquina de la calle, he aquí que siento un

brazo que se apoya en el mío y una voz que me dice:

--¿Va V. muy lejos?

--¡Teresa!

Los dos quedamos mudos por algunos instantes; yo contemplándola

estupefacto; ella con la cabeza baja y sin abandonar mi brazo.

--¿Pero dónde va V. a estas horas?

--Me voy con V.--contestó alzando la cabeza y sonriendo como si dijese

la cosa más natural mundo.

--¿A dónde?

--¡Qué se yo! Donde V. quiera.

A un mismo tiempo sentí escalofríos de placer y de miedo.

--¿Ha huido V. de su casa?

--¡Qué había de huir!... solamente se la he jugado a Manuel, del modo

más gracioso!... Verá V. cómo se ríe... Me empeñé hoy en ir a la

tertulia de unas primas, que viven en la calle de Fuencarral, y papá

mandó a Manuel que me acompañase. Llegamos hasta el portal y allí le

dije: márchate, que ya no haces falta; y me hice como que subía la

escalera, pero en seguida di la vuelta sin llamar y me vine detrás de él

hasta casa... ¡Cuando le vi entrar me dio una risa, que por poco me oye!

La chiquilla se reía aún, con tanta gana y tan francamente, que me

obligó a hacer lo mismo.

--¿Y V. por qué ha hecho eso?--le pregunté con la falta de delicadeza,

mejor dicho, con la brutalidad de que solemos estar tan bien provistos

los caballeros.

--Por nada--repuso desprendiéndose de mi brazo repentinamente y echando

a correr.

La seguí y la alcancé pronto.

--¡Qué polvorilla es V.!--le dije echándolo a broma--¡Vaya un modo de

despedirse!... Perdón si la he ofendido...

La niña, sin decir nada, volvió a tomar mi brazo. Caminamos un buen

pedazo en silencio. Yo iba pensando ansiosamente en lo que iba a decir y

en lo que iba a hacer, sobre todo en lo que iba a hacer. Al fin, Teresa

lo rompió, preguntándome resueltamente:

--¿No me dijo V. por carta que me quería?

--¡Pues ya lo creo que la quiero a V.!

--¿Entonces, por qué ha dejado de venir a verme y de pasar por la calle

de día?

--Porque temía que su mamá...

--Sí, sí, porque los hombres son todos muy ingratos y cuanto más se les

quiere es peor... ¿Piensa V. que yo no lo sé?... Me ha tenido V. al

balcón todas estas tardes esperándole; ¡pero que si quieres!... Por la

noche detrás de los cristales, le veía pasar, muy serio, muy serio, sin

mirar siquiera hacia mi casa... Yo decía, ¿estará enfadado conmigo? ¿Por

qué se habrá enfadado? ¿Será porque he cerrado el balcón a las tres

menos cuarto? En fin, todo me volvía cavilar, cavilar, sin sacar nada en

limpio... Entonces dije: voy a darle un susto esta noche...

--Ha sido un susto muy agradable.

--Si no llega V. a pararse delante de mi casa y a quedarse mirando a los

balcones, no salgo del portal... pero aquello me decidió.

Momento de pausa, en el cual me acudió a la mente un tropel de

pensamientos que todavía me avergüenzan. Teresa volvió a mirarme

fijamente.

--¿Está V. contento?

--¡Vaya!

--¿Va V. a gusto conmigo?

--Mejor que con nadie en el mundo.

--¿No le estorbo?

--Al contrario, siento un placer como usted no puede figurarse.

--¿No tiene V. nada que hacer ahora?

--Absolutamente nada.

--Entonces vamos a pasear: cuando llegue la hora, V. me lleva a casa y

mamá se figura que me trajo el criado de las primas... Pero si le

estorbo o no le gusta pasear conmigo, dígamelo V... me voy en seguida...

Yo le contesté apretándole el brazo y tirándole suavemente por la mano

para encajárselo bien en el mío. Teresa continuó hablando con graciosa

volubilidad.

Aguas fuertes · 第 11 / 12 段