marchar a ponernos a las órdenes de D. León. Dicho y hecho; espiamos las
vueltas del inspector, bajamos quedito las escaleras, abrimos la puerta
con cuidado, y ¡pies para qué os quiero! nos dimos a correr hacia la
Puerta del Sol sin volver la cara atrás. Las calles presentaban un
aspecto siniestro, casi todas solitarias, los balcones de las casas
herméticamente cerrados, en las esquinas algunos centinelas con el fusil
terciado; los pocos transeúntes que veíamos cruzaban velozmente, con
ánimo, sin duda, de guarecerse en su casa lo más pronto posible, y sólo
se detenían trémulos ante el «¿quién vive?» del soldado. La Puerta del
Sol estaba ocupada militarmente; muchos soldados, muchos cañones y al
mismo tiempo mucho silencio: la _gresca_ andaba por los barrios bajos.
Tuvimos que dar un gran rodeo para llegar a ellos, cosa que no
hubiéramos conseguido si en vez de niños fuésemos hombres; mas nuestra
corta edad nos salvaba de toda detención y reconocimiento, pensando los
soldados que andábamos buenamente en busca de la casa. Llegados a la
plaza de Antón Martín pisamos terreno revolucionario: veíase una
muchedumbre de paisanos trabajando con afán en levantar una formidable
barricada; patrullas y grupos de hombres armados entraban y salían en la
plaza por sus bocacalles; las casas estaban fortificadas. Uno de
nosotros se acercó a preguntar a un obrero de luenga barba, que iba
armado con carabina de caza, por D. León. «D. León... D. León... ¿qué se
yo quién diablos es D. León?»--dijo sin detenerse;--y volviéndose a los
pocos pasos, exclamó en tono áspero: «¡Eh, chiquillos, metéos pronto en
casa, no vaya a suceder una desgracia!» Los tres alumnos del colegio del
Salvador seguimos por la calle de la Magdalena hasta la plaza del
Progreso. Allí volvimos a preguntar por D. León: tampoco nos dieron
noticia, pero un chulo compasivo nos dijo: «Venid conmigo, si queréis;
¿no decís que debe de estar en las barricadas de la calle de Toledo?
Pues apretad el paso, que yo voy hacia allá.» Al llegar a esta calle
tratamos igualmente de informarnos, y también fue en vano; mas en la
plaza de la Cebada, al preguntar a un grupo de hombres, todos armados de
carabinas, que había delante de una taberna, nos replicó uno de ellos:
«¿Ese D. León que manda una barricada, es alto, de bigotes
blancos?»--Sí, señor.--«¡Toma--dijo volviéndose a sus compañeros--pues
si es el general León!» Quedamos maravillados y pedimos con afán ser
presentados a él. El mismo interlocutor nos condujo a otra taberna que
allí cerca estaba, y entrando por ella hallamos en la trastienda,
rodeado de una docena de chulos y gañanes, a nuestro profesor, con un
_kepis_ de miliciano en la cabeza, faja encarnada de general, sable y
botas de montar; pero con la misma levita.
Recibiónos con gran alborozo, nos hizo servir dulces, y como cosa
extraordinaria y propia de las batallas, un poco de vino; mas de ningún
modo consintió en darnos las armas que le pedíamos. Nos contó cómo había
rechazado en la Cava Baja con veintisiete hombres a dos compañías de
cazadores, y de qué forma estaba dispuesto a «rendir el último suspiro
en holocausto de la libertad». Los chulos que tenía a sus órdenes le
llamaban «mi general», cosa que nos tenía encantados, por más que no nos
pareciese muy en su lugar que los simples soldados bebiesen en la misma
copa que el general y discutiesen con él los planes de campaña.
Al parecer, tratábase de secundar el movimiento de las tropas
revolucionarias que iban a atacar el palacio de la Reja. El general
reunió en la taberna hasta treinta hombres mejor o peor armados, y
echándoles una arenga, donde puso a los «césares y dictadores» por los
pies de los caballos, se dispuso a salir con su «valerosa legión» a
clavar «el puñal de Bruto en el corazón del tirano». Los chulos no
entendieron bien, pero bebieron una copa y se echaron de nuevo a la
calle. El general dio orden al tabernero de que nos hiciese conducir con
las debidas precauciones al colegio tan pronto como cesase el fuego.
Al día siguiente supe que la revolución había triunfado. En el colegio
se murmuró como cosa cierta que D. León iba a ser nombrado Capitán
general de Madrid; pero aunque mucho leímos y releímos los periódicos en
los días siguientes, nunca pudimos tropezar con el nombre del general.
Llegó un instante en que creímos que había perecido en el combate, si
bien no comprendíamos cómo no se hablaba más de esta desgracia. Al cabo
de algún tiempo supimos por fin que el nuevo gobierno había reconocido
a D. León el grado de alférez y que pasaba a servir al cuerpo de
Carabineros. Crean ustedes que padecí un terrible desengaño, y hasta
escribí a mi profesor suplicándole que no aceptase; pero mis ruegos
fueron desoídos. D. León ganaba once duros más al mes... y tenía cinco
hijos.
EL SUEÑO DE UN REO DE MUERTE
Una mañana, al salir de casa, hirió mis oídos el repique agudo y
estridente de una campanilla. Llevé la mano al sombrero y busqué con la
vista al sacerdote portador de la sagrada forma; pero no le vi. En su
lugar tropezaron mis ojos con un anciano, vestido de negro, que llevaba
colgada al cuello una medalla de plata; a su lado marchaba un hombre con
una campanilla en la mano y un cajoncito verde en el cual la mayoría de
los transeúntes iban depositando algunas monedas. De vez en cuando se
abría con estrépito un balcón, y se veía una mano blanca que arrojaba a
la calle algo envuelto en un papel; el hombre de la campanilla se
bajaba a cogerlo, arrancaba el papel, y eran también monedas que
inmediatamente introducía en el cajoncito verde: cuando levantaba la
vista al balcón, estaba ya cerrado. Lo adiviné todo.
Un ligero temblor corrió por todo mi cuerpo, y a toda prisa procuré
alejarme de aquella escena. Corrí por la ciudad, haciendo inútiles
esfuerzos para no escuchar el tañido de la fatal campanilla, y en todas
partes tropezaba con la misma escena. Notaba que los transeúntes se
miraban unos a otros con expresión de susto, y se hacían preguntas en
tono bajo y misterioso. Algunos chicos, pregoneros de periódicos,
chillaban ya desaforadamente: «La Salve que cantan los presos al reo que
está en capilla».
Desde que tengo uso de razón he sabido que existe la pena de muerte en
nuestro país; y no obstante, siempre la he mirado del mismo modo que los
autos de fe y el tormento; como una cosa que pertenece a la historia.
Esto se explica, atendiendo a que he residido siempre en una provincia
donde por fortuna hace ya bastantes años que no se ha aplicado. Conocía
algunos detalles de la ejecución de los reos sólo por referencia de los
viejos, a los cuales no dejaba de mirar, cuando me lo contaban, con
cierta admiración, mezclada de terror.
Recuerdo que en la madrugada de un día de otoño frío y lluvioso, salí de
mi pueblo para Madrid. Despedime de mi madre, y turbado y conmovido como
nunca lo había estado, bajé a escape la escalera en compañía de mi
padre. Ambos marchábamos embozados hasta las cejas, no sé si por miedo
al frío o por no vernos las caras. Nuestros pasos resonaban
profundamente en las calles solitarias; la luz triste y escasa del día
que comenzaba daba cierto aspecto de antorchas funerarias a los faroles
que aun se hallaban encendidos, y las casas, dejando caer de sus tejados
algunas gotas de lluvia, parecían llorar mi marcha. Al atravesar un
campo situado a la salida de la población, me dijo mi padre: «Este es el
sitio donde se ajusticiaba a los reos de muerte.» Sentí un temblor igual
al que corrió por mi cuerpo cuando vi al hombre del cajón verde. ¡Dios
mío, qué lejos estaba en aquel momento mi corazón de estas escenas de
horror!
Pasé todo el día inquieto y nervioso escuchando el toque de la
campanilla fúnebre por todas partes. A la verdad, no puedo decidir si la
campanilla sonaba realmente, o eran mis oídos los que la hacían sonar.
Compré cuantos papeles se vendían por las calles referentes al reo, y
los devoré con ansia. No me atreví, sin embargo, a pasar por delante de
la cárcel para mirar la ventana de la estancia donde se hallaba, aunque
me dijeron que había mucha gente por aquellos sitios. En cambio pasé
varias veces por delante de la casa de su esposa. La desgraciada mujer
había venido de muchas leguas lejos, a solicitar el indulto, y alojaba
en una casa sucia y miserable de uno de los barrios extremos de Madrid.
Allá a la noche me sentí fatigado, cual si hubiera pasado el día
trabajando, cuando no hice otra cosa que errar distraído por las calles,
y me acosté temprano. Tardé en conciliar el sueño, como sucede siempre
que uno anda caviloso, y por dos o tres veces, cuando ya creía ganarlo,
me despertó un gran estremecimiento parecido a la emoción que se
experimenta al tocar el botón de una máquina eléctrica. Al fin me dormí.
Así como lo temía, toda la noche soñé con patíbulos y verdugos: mas no
dejaron de ser bastante curiosos y significativos mis sueños, por lo
cual, aunque me cueste trabajo, voy a trasladarlos al papel.
Soñé que me achacaban un gran crimen, y que ponían en seguimiento de mis
pasos a toda la policía de Madrid. Mis tretas para burlar su
persecución, se redujeron a echarme a correr por la puerta de San
Vicente hacia fuera, metiéndome en los lavaderos del Manzanares, donde
me creí perfectamente seguro de las asechanzas de mis enemigos. Con
efecto, estando allí muy tranquilo mirando correr el agua de jabón y
viendo a las lavanderas colgar sus ropas en los cordeles, dieron sobre
mí el presidente del Consejo de Ministros, el de la Juventud Católica,
el ministro de Fomento y el de Gracia y Justicia, los cuales
inmediatamente me amarraron y me condujeron a la cárcel. El ministro de
Fomento propuso que se me llevara cogido por los pies y a la rastra,
pero el presidente de la Juventud Católica hizo observar que se me iba a
estropear la ropa, y fue desechada la proposición.
La cárcel era un edificio grande, sólido y austero, con un crecido
número de balcones y ventanas, cosa que me sorprendió, a pesar de la
turbación de ánimo en que me hallaba, pues tenía la idea de que en las
cárceles había poca ventilación. Me encerraron en un calabozo circular,
sin ventana ninguna: de suerte que me vi sumido en la más completa
oscuridad. Mas no se pasó mucho tiempo sin que se abriera la puerta de
par en par, y entrara por ella un carcelero con una bujía encendida
anunciándome que pronto llegaría el juez y el escribano. Aparecieron al
fin estos dos varones, y fue extraordinaria mi sorpresa al encontrarme
enfrente de dos señores que jugaban todas las tardes al billar conmigo
en el café Suizo. Aparentaron no conocerme, e inmediatamente se pusieron
a tomarme declaración, ofreciéndome antes algunos merengues con objeto,
según decían, de que tuviese la voz más clara. El juez, que era de los
dos el que mejor jugaba las carambolas de retroceso, después de haberme
obligado a confesar una porción de crímenes a cual más horroroso, hizo
un gesto muy expresivo a su compañero, llevándose la mano al cuello y
sacando al mismo tiempo la lengua. Yo tomé el gesto por donde más
quemaba, y barrunté muy mal del asunto.
A las dos horas poco más o menos, tornaron a abrir la puerta, y entró el
escribano a leerme la sentencia. No se me condenaba nada más que a morir
en garrote vil, si bien en atención a que jugaba con mucha seguridad los
recodos limpios, dejábase a mi arbitrio señalar el día de la ejecución.
Por un instante tuve el intento de aplazar indefinidamente este día,
juzgando que era muy joven para morir de modo tan desastroso: mas pronto
revoqué mi acuerdo por motivos de delicadeza, y pedí se me ejecutara al
día siguiente. Hay que confesar que tengo un sueño muy digno.
Una vez resuelto que me ejecutarían al día siguiente, la única idea que
se apoderó de mí fue la de morir con serenidad y entereza; y en efecto,
demostré, al decir de todos los que me rodeaban, un gran carácter
durante las horas de la capilla. Comí y dormí tranquilamente, y pasé
algunos ratos departiendo con los redactores de _La Correspondencia_. De
vez en cuando procuraba verter alguna frase bonita para que éstos la
reprodujesen en su diario y las gentes se admirasen de mi valor.
Llegó por fin el instante terrible de emprender la marcha hacia la
muerte, y yo la emprendí con la mayor sangre fría. En aquel momento lo
que me embargó fue un gran sentimiento de vergüenza, y recuerdo que
exclamé apretándome contra el sacerdote que marchaba a mi lado: «¡Ah,
por Dios, que no me vean, que no me vean!» Hasta el instante de salir de
la cárcel, no se me ocurrió que iba a hallarme frente a una muchedumbre
de espectadores, y que algunos millares de ojos se irían a clavar sobre
mi rostro con expresión de burla y desprecio. Este pensamiento hizo
flaquear mi valor: me aterraba infinitamente más que la perspectiva del
cadalso. Sentía dentro de mí fuerzas bastantes para mirar a la muerte
cara a cara, y al mismo tiempo me contemplaba incapaz por entero de
soportar la vista de un público curioso y hostil.
Congojado y muerto de vergüenza salí por la puerta de la cárcel entre un
grupo de curas, soldados y carceleros. No quise levantar la vista del
suelo, porque temía desfallecer; mas el silencio pavoroso y
extraordinario que observé en torno mío, incitome a alzar los ojos. ¡Qué
sorpresa y qué ventura! La calle estaba desierta. Fuera del cortejo que
me rodeaba, ni una sola figura humana veíase cerca ni lejos. Los
balcones y ventanas de las casas, así como las puertas de los comercios,
se hallaban perfectamente cerradas. Los curas, soldados y carceleros,
después de pasear la vista por el ámbito de la calle, mirábanse unos a
otros con acentuada expresión de asombro. El único objeto que hería la
vista en medio de esta soledad era el carruaje miserable y fatídico que
me esperaba. Antes de entrar miré al cielo. Aparecía cubierto por un
leve manto de nubes, tan leve, que no conseguía velarlo por entero,
semejante a una colcha de encaje con fondo azul. El sol, asomando su
ardiente pupila por los agujeros de esta celosía de nubes, era el único
curioso que nos observaba.
El carruaje marchaba lentamente. Yo, sin atender a las exhortaciones del
clérigo que iba a mi lado, asomaba la cabeza por la ventanilla
explorando con los ojos la calle, las puertas y los balcones de las
casas. Nada, ni un ser humano parecía. Allá en las afueras de la
población, distinguí dos niños que corrían sofocados hacia la puerta de
una casa, desde la cual su madre les llamaba a gritos. Cuando pasamos
por delante de esta casa, la madre y los hijos habían desaparecido. Un
poco más allá tropezamos con un hombre que llevaba un saco cargado sobre
la espalda, el cual, así que nos percibió, dio la vuelta y echó a andar
apresuradamente por una calle lateral, perdiéndose muy pronto de vista.
Llegamos, por último, a la vista del patíbulo situado en medio de un
extenso campo. Allí fue mucho mayor mi sorpresa. Ni en torno del
patíbulo, ni en toda la tierra que alcanzaban los ojos, se veía tampoco
una figura humana. Subí las escaleras del tablado, deteniéndome a cada
instante para mirar alrededor, pues no acertaba a comprender lo que era
aquello. El cielo presentaba un aspecto distinto. Su manto de nubes era
más espeso; la vaporosa túnica de encaje había sido reemplazada por una
cortina gris que cerraba herméticamente toda la bóveda celeste; el sol
ya no tenía celosía por donde mirarnos. La llanura triste y oscura en
que reposa Madrid, exhalaba un vapor trasparente que concluía por
aproximar la línea vaga y fina que cierra el horizonte. Los objetos
ofrecíanse indecisos y temblorosos, como si hubieran perdido sus
contornos, y la luz se filtraba con trabajo por aquel cielo de algodón
para sumirse luego en la tierra negra y húmeda. Respirábase en este
ambiente espeso, que no hería apenas ruido alguno, cierta calma: pero
una calma que oprimía en vez de refrescar el corazón.
Volví los ojos hacia la ciudad. La luz parecía que resbalaba sobre ella
sin penetrarla; sus mil torrecillas no tenían fuerza para romper
enteramente la atmósfera opaca que las envolvía. Mirando más y más,
observé que lentamente iban elevándose desde su seno hacia el firmamento
un número infinito de pequeñas columnas de humo, las cuales al
extenderse en el aire se abrazaban, y juntas subían a engrosar el ya
tupido velo que ocultaba al sol. Aquellas columnas de humo me hicieron
pensar en los hogares que debajo de ellas había, y todo lo comprendí en
un instante. En torno de aquellos hogares humeantes moraban muchos seres
que no habían tenido la curiosidad perversa de bajar a la calle para
verme pasar, y que ahora tampoco rodeaban el patíbulo para verme morir.
Me sentí profundamente conmovido. La gratitud penetró en mi corazón como
una luz del cielo, como un bálsamo dulcísimo, y perdí por completo los
pocos deseos que me ligaban a la vida. «Gracias pueblo de Madrid,
exclamé dirigiéndome a la ciudad: gracias, pueblo generoso y culto, por
no haber venido a gozar con el espectáculo de mi muerte ignominiosa.
¡Qué hubieras ganado presenciando la suprema agonía de un infeliz! En
este angustioso y solemne instante no has querido ennegrecer aún más mi
situación, con la vergüenza y el oprobio. Tú naciste para algo más que
para ser ayudante del verdugo. Si hubieses llegado hasta aquí, si
hubieses contemplado con refinada crueldad mi vergonzosa muerte, yo te
juro que al tornar a casa no serían tan serenas tus miradas como lo son
ahora, ni el beso de la hija o de la esposa te sabría tan dulce. Mi
agonía te hubiera quitado el sosiego, te hubiera envenenado el alma por
algunas horas. Tú has sabido vencer esa feroz y brutal curiosidad que
pudiera impulsarte a presenciar mi muerte, porque has adivinado que
degradándome a mí, te degradabas a tí mismo. Has sido misericordioso y
humano, y has respetado tu propio corazón. ¡Gracias, noble pueblo,
gracias, y que el Dios de los cielos te pague tu buena obra!»
Un torrente de lágrimas salió de mis ojos al pronunciar estas palabras:
un torrente de lágrimas dulces, como son siempre las del agradecimiento.
Después, más sereno y animoso, senteme en el fatal banquillo, y seguí
contemplando la ciudad, que empezaba a romper las brumas que la
envolvían para recibir de nuevo las caricias del sol. Una mano ruda
sujetó por un instante mi cabeza; un lienzo cubrió mis ojos; sentí mucha
apretura en la garganta, y... desperté.
El cuello de la camisa me estaba apretando de un modo extraordinario. No
hice más que soltar el botón y quedé otra vez profundamente dormido.
LA ABEJA
PERIÓDICO CIENTÍFICO Y LITERARIO
No muchos días después de haber llegado a Madrid con el fin de seguir la
carrera de leyes, fui invitado por uno de mis condiscípulos para entrar
en cierta Academia o Ateneo escolar, donde algunos jóvenes estudiosos se
adiestraban en el arte de la elocuencia. Acepté con gusto la oferta;
asistí algunos jueves a la sesión, y vencida la timidez natural del
provinciano, llegué a intervenir en algún debate, si no con éxito
lisonjero, por lo menos con la tolerancia benévola de mis consocios.
A los tres o cuatro meses de instituida aquella sabia y nobilísima
Sociedad, comprendimos la urgencia de tener un _órgano_ en la prensa, y
resolvimos incontinenti fundarlo. Había de ser semanal y titularse _La
Abeja_. Al efecto, vaciamos los bolsillos en manos del presidente
(director nato del periódico) y nos pusimos de todo en todo a sus
órdenes. La redacción se constituyó en el mismo local del Ateneo, que
era el cuarto de estudio de uno de nuestros compañeros; una habitación
aguardillada, donde los sábados se aplanchaba la ropa de la casa, no
pudiendo por lo mismo reunirnos en este día.
Discutiose ampliamente el reglamento y se nombró administrador y
redactor en jefe. Yo quedé de simple redactor, pero encargado además de
entenderme con el impresor y corregir las segundas pruebas.
Al cabo de un mes de idas y venidas y no pocos trabajos, salió a luz _La
Abeja_, que llevaba entre otros un artículo mío histórico acerca de
Felipe II. Este artículo en que se defendía la política del monarca
español y se vindicaba su nombre, consiguió llamar la atención de las
familias de los redactores y me valió no pocas enhorabuenas.
¡Qué placer tan intenso experimentó aquel grupo de muchachos reunidos en
el cuarto aguardillado, cuando el mozo de la imprenta depositó en el
suelo un fardo de _Abejas_! Fui comisionado para ir en busca de
vendedores. En menos de una hora reuní treinta o cuarenta chicos en el
portal de la casa; pero se negaron resueltamente a dar un cuarto por el
nuevo periódico. Después de vacilar mucho, ardiendo en deseos de oírnos
pregonados por las calles, nos decidimos a darlo de balde, «aunque sólo
por una vez;» los chicos, tomando los puñados de ejemplares que yo les
repartía embargado de emoción, se echaron a correr gritando: «El primer
número de _La Abeja_, periódico científico y literario, a dos cuartos».
Seguíles para ver el efecto que causaba su aparición «en el estadio de
la prensa» (así se decía en el artículo de entrada). Corría como un
gamo, aunque disimuladamente, para no perderlos de vista. ¡Cómo me
saltaba el corazón! Los gritos de los muchachos herían mis oídos con
dulzura inefable; las calles se mostraban más animadas que de ordinario;
los semblantes de los transeúntes parecían más alegres; el cielo estaba
más azul; el sol brillaba con más fuerza. Esperaba que la gente se
disputase los ejemplares como pan bendito (¡el título era tan
llamativo!). Pero nada; ni un solo transeúnte detuvo el paso para decir:
«¡Eh, chis, chis, venga _La Abeja_, muchacho!»
Los chicos corrían, corrían siempre gritando furiosamente, y yo los
seguía jadeante: la hoguera de mi entusiasmo se iba apagando a medida
que entraba en calor. Aquel enjambre de _Abejas_ científicas y
literarias que zumbaba por los sitios céntricos no despertaba simpatía
en el público; al contrario, todos las huían, cual si temiesen que les
clavasen el aguijón. En la calle de Carretas, un caballero gordo con
barba de cazo compró un ejemplar. Me sentí enternecido; de buen grado le
hubiese dado un abrazo; no se me olvidó jamás la fisonomía de aquel
hombre. Más tarde me acometió el deseo vanidoso de distinguirme entre
mis compañeros: llamé a tres o cuatro muchachos que me conocían por
haber recibido el periódico de mis manos, y les ordené que gritaran: «El
primer número de _La Abeja_, con la defensa de la política de Felipe II
en los Países Bajos.» Contra lo que imaginaba, tampoco causó efecto el
nuevo pregón: solamente advertí que un grupo de jóvenes venía riendo y
soltando chistes groseros a propósito de los Países Bajos, lo que me
obligó a revocar la orden.
Lastimado por la frialdad del público, que no sabía a qué atribuir, no
me acordé de ir a almorzar: tan pronto la achacaba a la poca o ninguna
afición que hay en España a la literatura, como a la falta de anuncios:
unas veces pensaba que en la primavera no es conveniente fundar
periódicos; otras me entregaba a la superstición imaginando que no
debimos comenzar a imprimir el nuestro en martes. Vi que mucha gente
compraba una revista de toros y loterías, y esto me sugirió un sin fin
de amargas consideraciones. Cansado, molido y triste me retiré a casa
después de vagar cuatro o cinco horas por las calles: al pasar por la
Puerta del Sol oí pregonar _La Abeja a cuarto_.--«¡Ah, tunante!--grité
ciego de cólera, sacudiendo a un chiquillo por el cuello--bien se conoce
que a tí no te ha costado nada!»--Aquella rebaja de precio me parecía
una vergonzosa degradación.
Aunque la ilustrada redacción de _La Abeja_ experimentó notable
desengaño, no por eso desmayó. Pudo más en sus dignos individuos el
noble deseo de la gloria que el afán de lucro. Habíamos gastado algunos
cuartos, es verdad, pero en cambio habíamos salido a la luz de la
publicidad y visto nuestros pensamientos en letras de molde y con la
firma al pie. Para que el segundo número se imprimiese fue necesario
repartir un nuevo dividendo pasivo a los socios, que se impusieron con
gusto este sacrificio pecuniario.
No fue más afortunado el segundo número de _La Abeja_ en su aspecto
económico: los chicos persistían en la idea funesta de no soltar un
cuarto por aquel periódico; si querían dárselo de balde, bueno; si no,
queden ustedes con Dios.
El amor a la gloria venció de nuevo al sórdido interés, y lo entregamos
graciosamente a los desvergonzados pilluelos, que se reían de nuestra
inexperiencia.