En esto, a mí y a otros dos compañeros nos vino la idea de fugarnos y

marchar a ponernos a las órdenes de D. León. Dicho y hecho; espiamos las

vueltas del inspector, bajamos quedito las escaleras, abrimos la puerta

con cuidado, y ¡pies para qué os quiero! nos dimos a correr hacia la

Puerta del Sol sin volver la cara atrás. Las calles presentaban un

aspecto siniestro, casi todas solitarias, los balcones de las casas

herméticamente cerrados, en las esquinas algunos centinelas con el fusil

terciado; los pocos transeúntes que veíamos cruzaban velozmente, con

ánimo, sin duda, de guarecerse en su casa lo más pronto posible, y sólo

se detenían trémulos ante el «¿quién vive?» del soldado. La Puerta del

Sol estaba ocupada militarmente; muchos soldados, muchos cañones y al

mismo tiempo mucho silencio: la _gresca_ andaba por los barrios bajos.

Tuvimos que dar un gran rodeo para llegar a ellos, cosa que no

hubiéramos conseguido si en vez de niños fuésemos hombres; mas nuestra

corta edad nos salvaba de toda detención y reconocimiento, pensando los

soldados que andábamos buenamente en busca de la casa. Llegados a la

plaza de Antón Martín pisamos terreno revolucionario: veíase una

muchedumbre de paisanos trabajando con afán en levantar una formidable

barricada; patrullas y grupos de hombres armados entraban y salían en la

plaza por sus bocacalles; las casas estaban fortificadas. Uno de

nosotros se acercó a preguntar a un obrero de luenga barba, que iba

armado con carabina de caza, por D. León. «D. León... D. León... ¿qué se

yo quién diablos es D. León?»--dijo sin detenerse;--y volviéndose a los

pocos pasos, exclamó en tono áspero: «¡Eh, chiquillos, metéos pronto en

casa, no vaya a suceder una desgracia!» Los tres alumnos del colegio del

Salvador seguimos por la calle de la Magdalena hasta la plaza del

Progreso. Allí volvimos a preguntar por D. León: tampoco nos dieron

noticia, pero un chulo compasivo nos dijo: «Venid conmigo, si queréis;

¿no decís que debe de estar en las barricadas de la calle de Toledo?

Pues apretad el paso, que yo voy hacia allá.» Al llegar a esta calle

tratamos igualmente de informarnos, y también fue en vano; mas en la

plaza de la Cebada, al preguntar a un grupo de hombres, todos armados de

carabinas, que había delante de una taberna, nos replicó uno de ellos:

«¿Ese D. León que manda una barricada, es alto, de bigotes

blancos?»--Sí, señor.--«¡Toma--dijo volviéndose a sus compañeros--pues

si es el general León!» Quedamos maravillados y pedimos con afán ser

presentados a él. El mismo interlocutor nos condujo a otra taberna que

allí cerca estaba, y entrando por ella hallamos en la trastienda,

rodeado de una docena de chulos y gañanes, a nuestro profesor, con un

_kepis_ de miliciano en la cabeza, faja encarnada de general, sable y

botas de montar; pero con la misma levita.

Recibiónos con gran alborozo, nos hizo servir dulces, y como cosa

extraordinaria y propia de las batallas, un poco de vino; mas de ningún

modo consintió en darnos las armas que le pedíamos. Nos contó cómo había

rechazado en la Cava Baja con veintisiete hombres a dos compañías de

cazadores, y de qué forma estaba dispuesto a «rendir el último suspiro

en holocausto de la libertad». Los chulos que tenía a sus órdenes le

llamaban «mi general», cosa que nos tenía encantados, por más que no nos

pareciese muy en su lugar que los simples soldados bebiesen en la misma

copa que el general y discutiesen con él los planes de campaña.

Al parecer, tratábase de secundar el movimiento de las tropas

revolucionarias que iban a atacar el palacio de la Reja. El general

reunió en la taberna hasta treinta hombres mejor o peor armados, y

echándoles una arenga, donde puso a los «césares y dictadores» por los

pies de los caballos, se dispuso a salir con su «valerosa legión» a

clavar «el puñal de Bruto en el corazón del tirano». Los chulos no

entendieron bien, pero bebieron una copa y se echaron de nuevo a la

calle. El general dio orden al tabernero de que nos hiciese conducir con

las debidas precauciones al colegio tan pronto como cesase el fuego.

Al día siguiente supe que la revolución había triunfado. En el colegio

se murmuró como cosa cierta que D. León iba a ser nombrado Capitán

general de Madrid; pero aunque mucho leímos y releímos los periódicos en

los días siguientes, nunca pudimos tropezar con el nombre del general.

Llegó un instante en que creímos que había perecido en el combate, si

bien no comprendíamos cómo no se hablaba más de esta desgracia. Al cabo

de algún tiempo supimos por fin que el nuevo gobierno había reconocido

a D. León el grado de alférez y que pasaba a servir al cuerpo de

Carabineros. Crean ustedes que padecí un terrible desengaño, y hasta

escribí a mi profesor suplicándole que no aceptase; pero mis ruegos

fueron desoídos. D. León ganaba once duros más al mes... y tenía cinco

hijos.

EL SUEÑO DE UN REO DE MUERTE

Una mañana, al salir de casa, hirió mis oídos el repique agudo y

estridente de una campanilla. Llevé la mano al sombrero y busqué con la

vista al sacerdote portador de la sagrada forma; pero no le vi. En su

lugar tropezaron mis ojos con un anciano, vestido de negro, que llevaba

colgada al cuello una medalla de plata; a su lado marchaba un hombre con

una campanilla en la mano y un cajoncito verde en el cual la mayoría de

los transeúntes iban depositando algunas monedas. De vez en cuando se

abría con estrépito un balcón, y se veía una mano blanca que arrojaba a

la calle algo envuelto en un papel; el hombre de la campanilla se

bajaba a cogerlo, arrancaba el papel, y eran también monedas que

inmediatamente introducía en el cajoncito verde: cuando levantaba la

vista al balcón, estaba ya cerrado. Lo adiviné todo.

Un ligero temblor corrió por todo mi cuerpo, y a toda prisa procuré

alejarme de aquella escena. Corrí por la ciudad, haciendo inútiles

esfuerzos para no escuchar el tañido de la fatal campanilla, y en todas

partes tropezaba con la misma escena. Notaba que los transeúntes se

miraban unos a otros con expresión de susto, y se hacían preguntas en

tono bajo y misterioso. Algunos chicos, pregoneros de periódicos,

chillaban ya desaforadamente: «La Salve que cantan los presos al reo que

está en capilla».

Desde que tengo uso de razón he sabido que existe la pena de muerte en

nuestro país; y no obstante, siempre la he mirado del mismo modo que los

autos de fe y el tormento; como una cosa que pertenece a la historia.

Esto se explica, atendiendo a que he residido siempre en una provincia

donde por fortuna hace ya bastantes años que no se ha aplicado. Conocía

algunos detalles de la ejecución de los reos sólo por referencia de los

viejos, a los cuales no dejaba de mirar, cuando me lo contaban, con

cierta admiración, mezclada de terror.

Recuerdo que en la madrugada de un día de otoño frío y lluvioso, salí de

mi pueblo para Madrid. Despedime de mi madre, y turbado y conmovido como

nunca lo había estado, bajé a escape la escalera en compañía de mi

padre. Ambos marchábamos embozados hasta las cejas, no sé si por miedo

al frío o por no vernos las caras. Nuestros pasos resonaban

profundamente en las calles solitarias; la luz triste y escasa del día

que comenzaba daba cierto aspecto de antorchas funerarias a los faroles

que aun se hallaban encendidos, y las casas, dejando caer de sus tejados

algunas gotas de lluvia, parecían llorar mi marcha. Al atravesar un

campo situado a la salida de la población, me dijo mi padre: «Este es el

sitio donde se ajusticiaba a los reos de muerte.» Sentí un temblor igual

al que corrió por mi cuerpo cuando vi al hombre del cajón verde. ¡Dios

mío, qué lejos estaba en aquel momento mi corazón de estas escenas de

horror!

Pasé todo el día inquieto y nervioso escuchando el toque de la

campanilla fúnebre por todas partes. A la verdad, no puedo decidir si la

campanilla sonaba realmente, o eran mis oídos los que la hacían sonar.

Compré cuantos papeles se vendían por las calles referentes al reo, y

los devoré con ansia. No me atreví, sin embargo, a pasar por delante de

la cárcel para mirar la ventana de la estancia donde se hallaba, aunque

me dijeron que había mucha gente por aquellos sitios. En cambio pasé

varias veces por delante de la casa de su esposa. La desgraciada mujer

había venido de muchas leguas lejos, a solicitar el indulto, y alojaba

en una casa sucia y miserable de uno de los barrios extremos de Madrid.

Allá a la noche me sentí fatigado, cual si hubiera pasado el día

trabajando, cuando no hice otra cosa que errar distraído por las calles,

y me acosté temprano. Tardé en conciliar el sueño, como sucede siempre

que uno anda caviloso, y por dos o tres veces, cuando ya creía ganarlo,

me despertó un gran estremecimiento parecido a la emoción que se

experimenta al tocar el botón de una máquina eléctrica. Al fin me dormí.

Así como lo temía, toda la noche soñé con patíbulos y verdugos: mas no

dejaron de ser bastante curiosos y significativos mis sueños, por lo

cual, aunque me cueste trabajo, voy a trasladarlos al papel.

Soñé que me achacaban un gran crimen, y que ponían en seguimiento de mis

pasos a toda la policía de Madrid. Mis tretas para burlar su

persecución, se redujeron a echarme a correr por la puerta de San

Vicente hacia fuera, metiéndome en los lavaderos del Manzanares, donde

me creí perfectamente seguro de las asechanzas de mis enemigos. Con

efecto, estando allí muy tranquilo mirando correr el agua de jabón y

viendo a las lavanderas colgar sus ropas en los cordeles, dieron sobre

mí el presidente del Consejo de Ministros, el de la Juventud Católica,

el ministro de Fomento y el de Gracia y Justicia, los cuales

inmediatamente me amarraron y me condujeron a la cárcel. El ministro de

Fomento propuso que se me llevara cogido por los pies y a la rastra,

pero el presidente de la Juventud Católica hizo observar que se me iba a

estropear la ropa, y fue desechada la proposición.

La cárcel era un edificio grande, sólido y austero, con un crecido

número de balcones y ventanas, cosa que me sorprendió, a pesar de la

turbación de ánimo en que me hallaba, pues tenía la idea de que en las

cárceles había poca ventilación. Me encerraron en un calabozo circular,

sin ventana ninguna: de suerte que me vi sumido en la más completa

oscuridad. Mas no se pasó mucho tiempo sin que se abriera la puerta de

par en par, y entrara por ella un carcelero con una bujía encendida

anunciándome que pronto llegaría el juez y el escribano. Aparecieron al

fin estos dos varones, y fue extraordinaria mi sorpresa al encontrarme

enfrente de dos señores que jugaban todas las tardes al billar conmigo

en el café Suizo. Aparentaron no conocerme, e inmediatamente se pusieron

a tomarme declaración, ofreciéndome antes algunos merengues con objeto,

según decían, de que tuviese la voz más clara. El juez, que era de los

dos el que mejor jugaba las carambolas de retroceso, después de haberme

obligado a confesar una porción de crímenes a cual más horroroso, hizo

un gesto muy expresivo a su compañero, llevándose la mano al cuello y

sacando al mismo tiempo la lengua. Yo tomé el gesto por donde más

quemaba, y barrunté muy mal del asunto.

A las dos horas poco más o menos, tornaron a abrir la puerta, y entró el

escribano a leerme la sentencia. No se me condenaba nada más que a morir

en garrote vil, si bien en atención a que jugaba con mucha seguridad los

recodos limpios, dejábase a mi arbitrio señalar el día de la ejecución.

Por un instante tuve el intento de aplazar indefinidamente este día,

juzgando que era muy joven para morir de modo tan desastroso: mas pronto

revoqué mi acuerdo por motivos de delicadeza, y pedí se me ejecutara al

día siguiente. Hay que confesar que tengo un sueño muy digno.

Una vez resuelto que me ejecutarían al día siguiente, la única idea que

se apoderó de mí fue la de morir con serenidad y entereza; y en efecto,

demostré, al decir de todos los que me rodeaban, un gran carácter

durante las horas de la capilla. Comí y dormí tranquilamente, y pasé

algunos ratos departiendo con los redactores de _La Correspondencia_. De

vez en cuando procuraba verter alguna frase bonita para que éstos la

reprodujesen en su diario y las gentes se admirasen de mi valor.

Llegó por fin el instante terrible de emprender la marcha hacia la

muerte, y yo la emprendí con la mayor sangre fría. En aquel momento lo

que me embargó fue un gran sentimiento de vergüenza, y recuerdo que

exclamé apretándome contra el sacerdote que marchaba a mi lado: «¡Ah,

por Dios, que no me vean, que no me vean!» Hasta el instante de salir de

la cárcel, no se me ocurrió que iba a hallarme frente a una muchedumbre

de espectadores, y que algunos millares de ojos se irían a clavar sobre

mi rostro con expresión de burla y desprecio. Este pensamiento hizo

flaquear mi valor: me aterraba infinitamente más que la perspectiva del

cadalso. Sentía dentro de mí fuerzas bastantes para mirar a la muerte

cara a cara, y al mismo tiempo me contemplaba incapaz por entero de

soportar la vista de un público curioso y hostil.

Congojado y muerto de vergüenza salí por la puerta de la cárcel entre un

grupo de curas, soldados y carceleros. No quise levantar la vista del

suelo, porque temía desfallecer; mas el silencio pavoroso y

extraordinario que observé en torno mío, incitome a alzar los ojos. ¡Qué

sorpresa y qué ventura! La calle estaba desierta. Fuera del cortejo que

me rodeaba, ni una sola figura humana veíase cerca ni lejos. Los

balcones y ventanas de las casas, así como las puertas de los comercios,

se hallaban perfectamente cerradas. Los curas, soldados y carceleros,

después de pasear la vista por el ámbito de la calle, mirábanse unos a

otros con acentuada expresión de asombro. El único objeto que hería la

vista en medio de esta soledad era el carruaje miserable y fatídico que

me esperaba. Antes de entrar miré al cielo. Aparecía cubierto por un

leve manto de nubes, tan leve, que no conseguía velarlo por entero,

semejante a una colcha de encaje con fondo azul. El sol, asomando su

ardiente pupila por los agujeros de esta celosía de nubes, era el único

curioso que nos observaba.

El carruaje marchaba lentamente. Yo, sin atender a las exhortaciones del

clérigo que iba a mi lado, asomaba la cabeza por la ventanilla

explorando con los ojos la calle, las puertas y los balcones de las

casas. Nada, ni un ser humano parecía. Allá en las afueras de la

población, distinguí dos niños que corrían sofocados hacia la puerta de

una casa, desde la cual su madre les llamaba a gritos. Cuando pasamos

por delante de esta casa, la madre y los hijos habían desaparecido. Un

poco más allá tropezamos con un hombre que llevaba un saco cargado sobre

la espalda, el cual, así que nos percibió, dio la vuelta y echó a andar

apresuradamente por una calle lateral, perdiéndose muy pronto de vista.

Llegamos, por último, a la vista del patíbulo situado en medio de un

extenso campo. Allí fue mucho mayor mi sorpresa. Ni en torno del

patíbulo, ni en toda la tierra que alcanzaban los ojos, se veía tampoco

una figura humana. Subí las escaleras del tablado, deteniéndome a cada

instante para mirar alrededor, pues no acertaba a comprender lo que era

aquello. El cielo presentaba un aspecto distinto. Su manto de nubes era

más espeso; la vaporosa túnica de encaje había sido reemplazada por una

cortina gris que cerraba herméticamente toda la bóveda celeste; el sol

ya no tenía celosía por donde mirarnos. La llanura triste y oscura en

que reposa Madrid, exhalaba un vapor trasparente que concluía por

aproximar la línea vaga y fina que cierra el horizonte. Los objetos

ofrecíanse indecisos y temblorosos, como si hubieran perdido sus

contornos, y la luz se filtraba con trabajo por aquel cielo de algodón

para sumirse luego en la tierra negra y húmeda. Respirábase en este

ambiente espeso, que no hería apenas ruido alguno, cierta calma: pero

una calma que oprimía en vez de refrescar el corazón.

Volví los ojos hacia la ciudad. La luz parecía que resbalaba sobre ella

sin penetrarla; sus mil torrecillas no tenían fuerza para romper

enteramente la atmósfera opaca que las envolvía. Mirando más y más,

observé que lentamente iban elevándose desde su seno hacia el firmamento

un número infinito de pequeñas columnas de humo, las cuales al

extenderse en el aire se abrazaban, y juntas subían a engrosar el ya

tupido velo que ocultaba al sol. Aquellas columnas de humo me hicieron

pensar en los hogares que debajo de ellas había, y todo lo comprendí en

un instante. En torno de aquellos hogares humeantes moraban muchos seres

que no habían tenido la curiosidad perversa de bajar a la calle para

verme pasar, y que ahora tampoco rodeaban el patíbulo para verme morir.

Me sentí profundamente conmovido. La gratitud penetró en mi corazón como

una luz del cielo, como un bálsamo dulcísimo, y perdí por completo los

pocos deseos que me ligaban a la vida. «Gracias pueblo de Madrid,

exclamé dirigiéndome a la ciudad: gracias, pueblo generoso y culto, por

no haber venido a gozar con el espectáculo de mi muerte ignominiosa.

¡Qué hubieras ganado presenciando la suprema agonía de un infeliz! En

este angustioso y solemne instante no has querido ennegrecer aún más mi

situación, con la vergüenza y el oprobio. Tú naciste para algo más que

para ser ayudante del verdugo. Si hubieses llegado hasta aquí, si

hubieses contemplado con refinada crueldad mi vergonzosa muerte, yo te

juro que al tornar a casa no serían tan serenas tus miradas como lo son

ahora, ni el beso de la hija o de la esposa te sabría tan dulce. Mi

agonía te hubiera quitado el sosiego, te hubiera envenenado el alma por

algunas horas. Tú has sabido vencer esa feroz y brutal curiosidad que

pudiera impulsarte a presenciar mi muerte, porque has adivinado que

degradándome a mí, te degradabas a tí mismo. Has sido misericordioso y

humano, y has respetado tu propio corazón. ¡Gracias, noble pueblo,

gracias, y que el Dios de los cielos te pague tu buena obra!»

Un torrente de lágrimas salió de mis ojos al pronunciar estas palabras:

un torrente de lágrimas dulces, como son siempre las del agradecimiento.

Después, más sereno y animoso, senteme en el fatal banquillo, y seguí

contemplando la ciudad, que empezaba a romper las brumas que la

envolvían para recibir de nuevo las caricias del sol. Una mano ruda

sujetó por un instante mi cabeza; un lienzo cubrió mis ojos; sentí mucha

apretura en la garganta, y... desperté.

El cuello de la camisa me estaba apretando de un modo extraordinario. No

hice más que soltar el botón y quedé otra vez profundamente dormido.

LA ABEJA

PERIÓDICO CIENTÍFICO Y LITERARIO

No muchos días después de haber llegado a Madrid con el fin de seguir la

carrera de leyes, fui invitado por uno de mis condiscípulos para entrar

en cierta Academia o Ateneo escolar, donde algunos jóvenes estudiosos se

adiestraban en el arte de la elocuencia. Acepté con gusto la oferta;

asistí algunos jueves a la sesión, y vencida la timidez natural del

provinciano, llegué a intervenir en algún debate, si no con éxito

lisonjero, por lo menos con la tolerancia benévola de mis consocios.

A los tres o cuatro meses de instituida aquella sabia y nobilísima

Sociedad, comprendimos la urgencia de tener un _órgano_ en la prensa, y

resolvimos incontinenti fundarlo. Había de ser semanal y titularse _La

Abeja_. Al efecto, vaciamos los bolsillos en manos del presidente

(director nato del periódico) y nos pusimos de todo en todo a sus

órdenes. La redacción se constituyó en el mismo local del Ateneo, que

era el cuarto de estudio de uno de nuestros compañeros; una habitación

aguardillada, donde los sábados se aplanchaba la ropa de la casa, no

pudiendo por lo mismo reunirnos en este día.

Discutiose ampliamente el reglamento y se nombró administrador y

redactor en jefe. Yo quedé de simple redactor, pero encargado además de

entenderme con el impresor y corregir las segundas pruebas.

Al cabo de un mes de idas y venidas y no pocos trabajos, salió a luz _La

Abeja_, que llevaba entre otros un artículo mío histórico acerca de

Felipe II. Este artículo en que se defendía la política del monarca

español y se vindicaba su nombre, consiguió llamar la atención de las

familias de los redactores y me valió no pocas enhorabuenas.

¡Qué placer tan intenso experimentó aquel grupo de muchachos reunidos en

el cuarto aguardillado, cuando el mozo de la imprenta depositó en el

suelo un fardo de _Abejas_! Fui comisionado para ir en busca de

vendedores. En menos de una hora reuní treinta o cuarenta chicos en el

portal de la casa; pero se negaron resueltamente a dar un cuarto por el

nuevo periódico. Después de vacilar mucho, ardiendo en deseos de oírnos

pregonados por las calles, nos decidimos a darlo de balde, «aunque sólo

por una vez;» los chicos, tomando los puñados de ejemplares que yo les

repartía embargado de emoción, se echaron a correr gritando: «El primer

número de _La Abeja_, periódico científico y literario, a dos cuartos».

Seguíles para ver el efecto que causaba su aparición «en el estadio de

la prensa» (así se decía en el artículo de entrada). Corría como un

gamo, aunque disimuladamente, para no perderlos de vista. ¡Cómo me

saltaba el corazón! Los gritos de los muchachos herían mis oídos con

dulzura inefable; las calles se mostraban más animadas que de ordinario;

los semblantes de los transeúntes parecían más alegres; el cielo estaba

más azul; el sol brillaba con más fuerza. Esperaba que la gente se

disputase los ejemplares como pan bendito (¡el título era tan

llamativo!). Pero nada; ni un solo transeúnte detuvo el paso para decir:

«¡Eh, chis, chis, venga _La Abeja_, muchacho!»

Los chicos corrían, corrían siempre gritando furiosamente, y yo los

seguía jadeante: la hoguera de mi entusiasmo se iba apagando a medida

que entraba en calor. Aquel enjambre de _Abejas_ científicas y

literarias que zumbaba por los sitios céntricos no despertaba simpatía

en el público; al contrario, todos las huían, cual si temiesen que les

clavasen el aguijón. En la calle de Carretas, un caballero gordo con

barba de cazo compró un ejemplar. Me sentí enternecido; de buen grado le

hubiese dado un abrazo; no se me olvidó jamás la fisonomía de aquel

hombre. Más tarde me acometió el deseo vanidoso de distinguirme entre

mis compañeros: llamé a tres o cuatro muchachos que me conocían por

haber recibido el periódico de mis manos, y les ordené que gritaran: «El

primer número de _La Abeja_, con la defensa de la política de Felipe II

en los Países Bajos.» Contra lo que imaginaba, tampoco causó efecto el

nuevo pregón: solamente advertí que un grupo de jóvenes venía riendo y

soltando chistes groseros a propósito de los Países Bajos, lo que me

obligó a revocar la orden.

Lastimado por la frialdad del público, que no sabía a qué atribuir, no

me acordé de ir a almorzar: tan pronto la achacaba a la poca o ninguna

afición que hay en España a la literatura, como a la falta de anuncios:

unas veces pensaba que en la primavera no es conveniente fundar

periódicos; otras me entregaba a la superstición imaginando que no

debimos comenzar a imprimir el nuestro en martes. Vi que mucha gente

compraba una revista de toros y loterías, y esto me sugirió un sin fin

de amargas consideraciones. Cansado, molido y triste me retiré a casa

después de vagar cuatro o cinco horas por las calles: al pasar por la

Puerta del Sol oí pregonar _La Abeja a cuarto_.--«¡Ah, tunante!--grité

ciego de cólera, sacudiendo a un chiquillo por el cuello--bien se conoce

que a tí no te ha costado nada!»--Aquella rebaja de precio me parecía

una vergonzosa degradación.

Aunque la ilustrada redacción de _La Abeja_ experimentó notable

desengaño, no por eso desmayó. Pudo más en sus dignos individuos el

noble deseo de la gloria que el afán de lucro. Habíamos gastado algunos

cuartos, es verdad, pero en cambio habíamos salido a la luz de la

publicidad y visto nuestros pensamientos en letras de molde y con la

firma al pie. Para que el segundo número se imprimiese fue necesario

repartir un nuevo dividendo pasivo a los socios, que se impusieron con

gusto este sacrificio pecuniario.

No fue más afortunado el segundo número de _La Abeja_ en su aspecto

económico: los chicos persistían en la idea funesta de no soltar un

cuarto por aquel periódico; si querían dárselo de balde, bueno; si no,

queden ustedes con Dios.

El amor a la gloria venció de nuevo al sórdido interés, y lo entregamos

graciosamente a los desvergonzados pilluelos, que se reían de nuestra

inexperiencia.

Aguas fuertes · 第 10 / 12 段