--Parece mentira que seamos tan amigos ¿no es verdad? Yo pensé cuando le

dejé caer la muñeca encima que le había matado... ¡Qué miedo tuve! ¡Si

V. viera!... Vamos a ver ¿por qué en lugar de enfadarse se sonrió V.

conmigo?

--¡Toma! porque me gustó V. mucho.

--Eso pensaba yo: debí de haberle sido simpática, porque sinó la verdad

es que tenía motivo para ponerse furioso. Todavía cuando V. subió a

llevármela estaba muerta de miedo y por eso cerré tan pronto la

puerta... ¡Dichosa muñeca! Me dio tal rabia que la tiré contra el suelo

y la partí un brazo.

--Pues no debe V. tratarla mal; al contrario, debe V. conservarla como

un recuerdo.

--¿Sabe V. que tiene razón? Si no hubiera sido por la muñeca no nos

hubiéramos conocido... ni sería V. mi novio;... porque tengo otro...

--¿Cómo otro?

--Es decir, ya no lo tengo: lo tenía... Es un primo que está empeñado en

que le he de querer a la fuerza... No vaya V. a creer que es feo... al

contrario, es guapo... pero a mí no me gusta... No lo puedo remediar. Le

dije que sí, porque me dio lástima un día que se echó a llorar.

Mientras conversábamos de esta suerte, íbamos caminando sosegadamente

por las calles. Para evitar el encuentro con cualquier pariente o

conocido de la niña, procuré seguir las menos principales. Teresa iba

cogida a mi brazo como al de un antiguo amigo, hablando sin cesar,

riendo, sacudiéndome a veces fuertemente y deteniéndose a lo mejor

delante de un escaparate, para hacerme mirar cualquier chuchería. Su

charla era un gorjeo dulce, insinuante, que me conmovía y refrescaba el

corazón; a impulso de ella se fue disipando poco a poco el tropel de

pensamientos pérfidos que vagaba por mi cabeza. Sin saber de qué modo,

también desaparecieron todos mis temores; me figuraba que aquella niña

tenía algún parentesco conmigo, y no hallaba extraordinaria y peligrosa

nuestra situación como al principio. Su inocencia era un velo espeso,

que nos impedía ver el riesgo que corríamos.

En poco tiempo me contó una infinidad de cosas. Era de Jerez; no hacía

más que un año que estaban en Madrid establecidos; su papá ocupaba un

alto empleo; tenía dos hermanitos y una hermanita. Acerca del carácter

y costumbres de cada uno de ellos se extendió considerablemente; la

hermanita era muy buena niña, amable y obediente; pero los chicos

insufribles; todo el día gritando, ensuciando la casa y peleándose. Su

mamá le había dado jurisdicción sobre ellos hasta para castigarles, pero

no quería usar de ella porque tenía miedo de que le perdiesen el cariño:

que la mamá se arreglara como pudiese. Después habló del papá, que era

muy serio, pero muy bueno; lo único que la tenía apesadumbrada era que

parecía querer más a los chicos que a ellas. La mamá, en cambio,

mostraba predilección por las niñas. Habló después de las primas de la

calle de Fuencarral; una era muy bonita, la otra graciosa solamente: las

dos tenían novio, pero no valían cuatro cuartos: chiquillos que todavía

estudiaban en el Instituto. Tenían, además, un hermano, que era el primo

que había sido su novio; éste ya era bachiller y se estaba preparando

para entrar en el colegio de Artillería. De vez en cuando, en los cortos

intervalos de silencio levantaba graciosamente la cabeza,

preguntándome:

--¿Va V. a gusto conmigo? ¿Le estorbo?

Y cuando me oía protestar vivamente contra semejante duda, su rostro

expresivo se iluminaba de alegría y continuaba hablando.

Habíamos recorrido algunas calles. Ya puede V. imaginarse que yo iba

gozando como los ángeles en el paraíso, y pendiente de los labios de

aquella niña, que al referirme todas las nonadas infantiles de su vida,

parecía infundir en mi alma encantada la ciencia de la dicha. Sin

embargo, no podía desechar cierta vaga inquietud que turbaba mi alegría.

Buscando manera de pasar las horas de que disponíamos más dignamente que

vagando por las calles, tropezamos al bajar la cuesta de Santo Domingo

con el Teatro Real. Al instante se me ocurrió la idea de entrar: Teresa

la aceptó inmediatamente, y a fin de que no reparasen en nosotros,

tomamos entradas de paraíso. Se cantaba _Los Puritanos_, y aquél

rebosaba de gente; de suerte que nos costó algún trabajo introducirnos

y escalar uno de los rincones; pero al cabo llegamos. Teresa se encontró

admirablemente y me pagaba los trabajos que había pasado para llevarla

hasta allí con mil sonrisas y palabras amables. Mientras subían el telón

seguimos charlando, aunque muy bajito: se había establecido entre

nosotros una gran intimidad, y me abandonó una de sus manos que yo

acariciaba embelesado. Cuando empezó la ópera dejó de charlar y se puso

a atender tan decididamente, que a mí me hizo sonreír el verla con la

cabecita apoyada en la pared y los ojos estáticos. Sabía música, pero

había ido al teatro pocas veces; así que las melodías inspiradas de la

ópera de Bellini le causaban profunda impresión, que se traducía por un

leve temblor de las pupilas y los labios. Cuando llegó el sublime canto

del tenor que empieza _A te, oh cara_, me apretó con fuerza la mano

exclamando por lo bajo:--¡Oh qué hermoso! ¡oh qué hermoso! Después me

hizo explicarle lo que pasaba en la escena: halló el matrimonio del

tenor y la tiple muy proporcionado, pero compadecía de veras al

barítono, a quien birlaban la novia; quedó sumamente disgustada cuando

al fin del acto el tenor se ve en la precisión de acompañar a la reina y

dejar abandonada a su futura, y declaró resueltamente que esta era una

conducta indigna.

--Pero advierta V. que estaba obligado a hacerlo porque era su reina

quien se lo pedía.

--No importa, no importa; si la quisiera bien no hay reina que valga. Lo

primero siempre es la novia.

No me fue posible arrancarle tan extraña teoría de la cabeza. Después

que bajó el telón permanecimos en el mismo sitio y me obligó a contarle

mi vida y milagros, cuántas novias había tenido, a quién había querido

más, etc., etc. Ya comprenderá usted que necesité ensartar un sin fin de

patrañas. Después, sin motivo alguno serio, manifestó rotundamente que

todos los hombres eran ingratos. Yo me atreví a apuntar que había

excepciones, pero no fue posible hacérselo reconocer.--Usted será lo

mismo que todos (anunció en tono profético y mirando a un punto del

espacio); me querrá V. un poco de tiempo, y después... si te vi, no me

acuerdo.

¡Qué rato tan delicioso y tan infernal a la vez, me estaba haciendo

pasar aquella niña! Para llevar la conversación a otro punto, le

pregunté:

--¿Cuántos años tiene V.? Hasta ahora no me lo ha dicho.

--Tengo... tengo... mire V., yo siempre digo que tengo catorce, pero la

verdad es que no tengo más que trece y dos meses... ¿y V.?

--¡Una atrocidad! No me lo pregunte usted, que me da vergüenza.

--¡Ah qué presumido! ¡Si yo le he de querer lo mismo que tenga muchos

que pocos!

En seguida me propuso que nos tratásemos de tú, pero después de aceptado

se volvió atrás ofreciéndome que yo la tratase de tú y ella siguiese con

el V. No quise conformarme.

--Pues mire V., yo no puedo hablarle de tú; me da mucha vergüenza...

Pero, en fin, vamos a ensayar.

Del ensayo resultó que para evitar el pronombre daba la pobrecilla

infinidad de rodeos y se metía en una serie interminable de perífrasis:

si se aventuraba a dirigirme un tú, lo hacía bajando la voz y pasando

como sobre ascuas.

Cuando empezó el segundo acto, volvió a escuchar atentamente. Mis ojos

no se apartaban casi nunca de su rostro: ella entornaba a menudo los

suyos para dirigirme una sonrisa apretando al mismo tiempo mi mano.

Observé, no obstante, que se había amortiguado un poco la viva expresión

de su fisonomía y que iba perdiendo aquella graciosa volubilidad del

principio. Las sonrisas de sus labios se fueron haciendo tristes, y por

la cándida frente pasó una ráfaga de inquietud que comunicó a su lindo

rostro infantil cierta grave expresión que no tenía. Parecía que en

virtud de un misterioso movimiento de su espíritu, la niña se

transformaba en mujer en pocos instantes. Dejó de apretar mi mano y

hasta retiró la suya: volví a cogerla disimuladamente, pero al poco

tiempo la retiró de nuevo.

El segundo acto había terminado. Al bajarse el telón me hizo mirar el

reloj, y viendo las once, dijo que era necesario partir en seguida,

porque a las once y media, a más tardar, iba el criado a buscarla.

Salimos del teatro. La noche seguía tibia y estrellada: a la puerta

aguardaba una larga fila de coches, que nos fue preciso evitar. Ya no

había en las calles el movimiento de las primeras horas, pero con todo,

seguimos las más solitarias. Teresa no quiso aceptar mi brazo como

antes. Entonces me tocó llevar la voz cantante, y la dije al oído mil

requiebros y ternezas, explicándola por menudo el amor que me había

inspirado y lo que había sufrido en los días en que no pasé por su

calle: recordele todos los pormenores, hasta los más insignificantes, de

nuestro conocimiento visual y epistolar, y le di cuenta de los vestidos

que le había visto y de los adornos, a fin de que comprendiese la

profunda impresión que me había causado. Nada replicaba a mi discurso;

seguía caminando cabizbaja y preocupada, formando su actitud notable

contraste con la que tenía tres horas antes al pasar por los mismos

sitios. Cuando me detuve un instante a respirar, exclamó sin mirarme:

--Hice una cosa muy mala, muy mala. ¡Dios mío, si lo supiese papá!

Traté de probarle que su papá no podía enterarse de nada, porque

llegaríamos demasiado temprano.

--De todas maneras, aunque papá no se entere, hice una cosa muy mala.

Usted bien lo sabe, pero no quiere decirlo. ¿No es verdad que una niña

bien educada no haría lo que yo hice esta noche?... ¡Si lo supiesen mis

primas, que están deseando siempre cogerme en alguna falta!... Pero no

piense V..., por Dios, que lo he hecho con mala intención... Yo soy muy

aturdida... todo el mundo lo dice... pero también dicen que tengo buen

fondo.

Al proferir estas palabras se le había ido anudando la voz en la

garganta, hasta que se echó a llorar perdidamente. Me costó mucho

trabajo calmarla, pero al fin lo conseguí elogiando su carácter franco y

sencillo y su buen corazón, y prometiendo quererla y respetarla siempre.

Me hizo jurar una docena de veces que no pensaba nada malo de ella.

Después de secarse las lágrimas recobró su alegría y comenzó a charlar

por los codos. Me expuso en pocos instantes una infinidad de proyectos a

cual más absurdo: según ella, debía presentarme al día siguiente en

casa, y pedirle al papá su mano: el papá diría que era muy niña, pero yo

debía replicarle inmediatamente que no importaba nada: el papá

insistiría en que era demasiado pronto, pero yo le presentaría el

ejemplo de una tía, hermana de su mamá, que estaba jugando a las muñecas

cuando la avisaron para ir a casarse. ¿Qué había de oponer a este

poderoso argumento? Nada seguramente. Nos casaríamos, y acto continuo

nos iríamos a Jerez, para que conociese a sus amigas y a sus tíos. ¡Qué

susto llevarían todos al verla del brazo de un caballero, y mucho más,

cuando supieran que este caballero era su marido!

Estaba tan linda, tan graciosa, que no pude menos de pedirle con

vehemencia que me permitiese darla un beso. No fue posible. Ningún

hombre la había besado hasta entonces; solamente su primo la había dado

un beso a traición, pero le costó caro, porque le dejó caer dos vasos de

limón sobre la cabeza: hasta en los juegos de prendas hacía que pusieran

las manos delante, para que no le tocasen la cara con los labios. Pero

cuando estuviésemos casados, ya sería otra cosa; entonces todos los

besos que se me antojaran, aunque sospechaba que no se los pediría con

tanto ardor como ahora.

Estábamos próximos ya a su casa. Los carruajes de la gente que volvía de

las tertulias, al cruzar a nuestro lado, apagaban la voz de Teresa y la

obligaban a esforzarla un poco. Las estrellas desde el cielo nos hacían

guiños, como si nos invitasen a gozar apresuradamente de aquellos

momentos felices, que no habían de volver. A lo lejos sólo se veían,

como fuegos fatuos, los faroles de los serenos.

Llegamos por fin a casa. Delante de la puerta, Teresa volvió a hacerme

jurar que no pensaba nada malo de ella, y que al día siguiente a las dos

en punto de la tarde, me presentaría debajo de sus balcones.

--Cuidado que no faltes.

--No faltaré, preciosa.

--¿A las dos en punto?

--A las dos en punto.

--Llama ahora con un golpe a la puerta.

Cogí la aldaba y di un golpe fuerte. Al poco rato se oyeron los pasos

del portero.

--Ahora--dijo en voz bajita y temblorosa--dame un beso y escápate de

prisa.

Al mismo tiempo me presentaba su cándida y rosada mejilla. Yo la tomé

entre las manos y la aplique un beso... dos... tres... cuatro... todos

los que pude hasta que oí rechinar la llave. Y me alejé a paso largo.

* * * * *

Dejó de hablar D. Ramón.

--¿Y después, qué sucedió?--le pregunté con vivo interés.

--Nada, que aquella noche no pude dormir de remordimientos y al día

siguiente tomé el tren para mi pueblo.

--¿Sin ver a Teresa?

--Sin ver a Teresa.

Aguas fuertes · 第 12 / 12 段