paellas, señores míos. Yo uno a este suculento recuerdo un buen puñado
de episodios juveniles; mi estómago siente una onda sentimental al
evocar aquellos arroces, que eran como un paréntesis de encanto en medio
de aquellos días menesterosos, en que el más loco y bizarro mocerío
florecía en rosas de alegría e imprevisión.
Por las noches, Barriobero traducía para Jorro o para Calleja;
despachaba un volumen--«católicamente» mutilado--en un par de sesiones,
y con las pesetas que esta labor de negro le producía, nos íbamos a
comer arroz, condimentado por sus manos largas, frías y pulidas de
cardenal galante, a un ventorro de los Cuatro Caminos.
Y fué en aquellos días de lamentable supeditación al régimen suicida de
la media tostada, en aquella época de chicharrones en el figón de la
plaza del Progreso, de versos recitados a gritos en las calles
solitarias, de proyectos absurdos dictados por el Hambre, que hacía
funámbulas delirantes en nuestros caletres visionarios; fué entonces
cuando el editor Pueyo llegó a encargar a Barriobero que escribiese una
novela.
--Hágame usted la novela de un repatriado, que se muere de inanición en
este cochino país, dominado por los jesuítas. Tome usted a cuenta estos
cuatro duros.
--Pero eso va a resultar un sapo... Yo no siento ese asunto...
--Pues, si no le conviene, se marcha enhoramala de la tienda, que tengo
mucho tajo. ¡Con esta baraúnda no se puede laborar!...
Y la voz cavernosa de «Nietzsche», el cuñado de Pueyo--una especie de
Harpagón--, que interrumpe, con «ritornello» de «miserere».
--¡Acabarán por arruinarte, Gregorio! ¡Acabarán por arruinarte!
Barriobero acepta el encargo y los cuatro duros, y escribió la novela,
interesante y «documentaria», como él dice.
Pero, ¡ah!, la factura de sus novelas será muy notable; mas no tanto
como la de aquellos arroces, dorados y humeantes, devorados fieramente,
bajo el alegre cielo madrileño, en amable cordialidad, en aquellos
buenos días que retornan del fondo de lo pasado perfumados de alegría y
de juventud.
Perdonadme, respetables señores, estas fugas sentimentales y
pintorescas.
Al contaros estas minucias, yo gozo reviviendo el encanto de los viejos
días, y me parece, además, que ningún hombre serio dejará de reconocer
el trascendentalismo de estas cuestiones de culinaria. Yo creo que si
Luis XVI hubiera convidado a comer a Marat, tal vez hubiera evitado la
Revolución francesa; las lentejas y el cocido cotidiano han hecho más
revolucionarios que todos los libros de Kropotkine.
Así, pues, reconozco que Barriobero tiene talento, que tiene bellos
chalecos de terciopelo y una gran colección de pipas; confieso que es un
gran orador, un novelista sagaz y un famoso abogado. Pero yo,
francamente, le prefiero y le admiro mucho más como confeccionador de
paellas a la valenciana.
¡Qué queréis! Soy un Aquiles vulnerable por el estómago.
_La noche_
LA noche es la suprema aristocracia. La noche es una dama misteriosa,
como Ligeia, como Eleonora, las mujeres litúrgicas, transparentes y
ultraterrenales de Edgardo Poe. El día es un poco plebeyo con tanto
escándalo de sol, con tanta greguería ramplona.
¡Noche! Viciosa querida bohemia, como una alta dama que va a la busca de
emociones raras entre los hampones y las busconas. Todos tenemos una
querida ideal, cuya mascarilla en vano buscamos entre las mujeres de la
tierra. ¡Un alma de mujer, como un cáliz de oro, donde verter el licor
musical de nuestro corazón en esas horas tristes en que la emoción se
desborda!
La Musa de la Noche tiene para mí todos los magos prestigios de esa
amante suprema. En las altas horas las sombrastejen torbellinos de
alucinación en torno a mis pobres ojos, que se emborrachan de misterio.
La Musa de la Noche adquiere corporeidad para mí y se apoya en mi brazo,
en mis sonámbulas paseatas por la ciudad desierta, que tiene algo de
cementerio, con sus balcones cerrados, como nichos inquietantes.
La siento levemente reclinada, muy levemente, como si llevase de mi
brazo a un fantasma. Va vestida con un amplio ropón de terciopelo negro,
y su cabeza es pálida, como el místico lirio de la luna. Sus ojos son
verdes, como pequeños océanos tumultuosos, y tienen verdes ojeras como
el licor emponzoñado con que la luna hace cantar a sus ahijados en los
trágicos manicomios. ¡Los ojos de la Noche!
¡Los ojos de la Musa de la Noche! Ellos le dan su trágica llamarada de
lujuria a esos rostros de clownesa que muequean en las encrucijadas del
pecado.
La Dama de la Noche es voluptuosa y trágica, y junta el placer y el
crimen en una onda de sensualidad. Tiene el alma de Lucrecia Borgia,
exquisita y abominable. Ella aconseja a los rufianes que asesinen a las
rameras, después de amarse dolorosamente, en las zahurdas tenebrosas,
para que ría el Diablo, padre de las rameras y de los asesinos.
La Dama de la Noche entiende las palabras misteriosas que susurran en el
fondo de mi alma, sin asomar jamás al labio. Son palabras de un idioma
lleno de amor y de eternidad, y ella me dicta versos en ese lenguaje
divino, con símbolos imperecederos. La Musa de la Noche sabe la cifra
del amor, del dolor y del misterio, y me inicia en sus ritos
sobrehumanos, mientras los otros hombres--los hombres sanos que viven de
día--duermen en un grotesco amontonamiento de carnaza, como cansadas
bestias sin horizontes en el pensamiento. Y también sin el exquisito
tormento de la Poesía.
La Bohemia Nocturna lleva una corona de estrellas sobre el cabello
negro, negro como el ala del cuervo que canta «¡Nunca más!», en el poema
del Dolor de las almas. Sus manos son de marfil transparente, como los
dedos de niebla de las Parcas, y toda ella tiene un perfume vago de
azahar y de adelfas y de incienso. El Amor, el Dolor y el Misterio.
La querida del Misterio me ofrece la flor de locura de su boca, cuando
todos duermen, y lleva la hostia de la luna, como un florón luminoso,
sobre su cabellera de sombras. Es la musa galante que dió el brazo al
pobre Paul Verlaine, cuando iba por las calles del viejo París como un
_pierrot_ destrozado, borracho de ajenjo y de melancolía. Ella es la que
hace sonar las viejas campanas con una solemne armonía orquestal: las
campanas magníficas de voces de oro, que tienen un alma antigua y
misteriosa, cantan el poema de las vidas que empiezan, de las vidas que
acaban, de la alegría y del dolor de los hombres. En torno a los viejos
campanarios, que parecen de plata bruñida en el plenilunio, la Noche
dirige la danza de las Horas, vírgenes inquietantes, en cuya danza
interviene, como concertador irónico y dramático, el Destino, que cambia
el compás de las vidas vulgares de una manera trágica o grotesca.
La Dama de las Sombras coquetea con los siete Mancebos del Pecado, que,
por sus ojos verdes, andan a estocadas en las desiertas callejuelas.
Pero ella me prefiere a mí, pobre poeta nocturno y lunático, y me da su
boca amarga y sus senos magníficos de dogaresa artista, sensual y
dramática. Ella me ama, porque sus palabras, preñadas del sentido de la
Vida y de la Muerte, riman muy bien con la armonía secreta de mi
corazón. Y en las encrucijadas del Horror, de la Duda, donde acechan los
buitres de la Estupidez y de la Ignorancia, ella alumbra mi pobre carne
triste y sensual con la lámpara celeste de óleos aromáticos que lleva en
su diestra marfilina. Porque la Musa de la Noche enciende en nuestros
epitalamios el lampadario inmortal de la Belleza. Y la pobre carne se
transfigura cuando ella trae en la mano el lirio del más allá, el lirio
del Misterio y de la Poesía, como una celeste Anunciación para el
espíritu, hundido en la carroña igual que en un abismo.
_Un viejo café galante_
ES un viejo café donde antaño se reunían los ingenios más famosos de la
época. En una mesa, cuyo mármol está ya azulenco, trazó sus estupendas,
impresionantes y abrumadoras farsas novelescas aquel Ortega y Frías que
ha sido el educador sentimental y el enloquecedor de las fantasías de
tantas ingenuas y sensitivas muchachitas, y cuyos imprevistos episodios
de maravilla han puesto en estas pobres vidas vulgares un poco de oro de
leyenda.
En un rincón estuvo la pequeña capilla literaria cuyo pontífice fué el
magnífico don Manuel Fernández y González. Allí escribió _El cocinero de
su majestad_, y allí acudió la última noche antes de emprender el gran
viaje...
Las dos amplias salas de este viejo café de la Luna tienen el mismo
aspecto de aquellos días. Los espejos, velados tristemente por la pátina
de los diez lustros, parece que conservan como un vago reflejo de
ensueño, rostros confusos y siluetas de lejanas personas desaparecidas,
repetidas de uno en otro, infinitamente, en los cristales, como un
cortejo de alucinación. En el ambiente flotan hálitos de vidas remotas,
cadencias de músicas antiguas, y como un fantasma de sonido, susurros de
voces lejanas que tiemblan en el aire con quimérica, muda vibración.
Algo espectral y desvanecido que da una vaga y misteriosa sensación de
presencia.
En las tardes solitarias de estos últimos años, en que el alma antigua
de este café parecía encantada, y el tedio tejía sus melancólicos
telares, tal vez de la penumbra propicia surgían claras risas y frescas
voces juveniles. Y era que los enamorados ocultaban su amor como un
pecado entre la umbría protectora, ingenuas obreritas un poco
sentimentales, pomposas matronas que enloquecen con su gracia picante y
su intensidad crepuscular--que ponen tanto fuego en la aventura, porque
temen que aquélla puede ser su despedida al amor--, princesas de la
Casualidad, juntamente con sus varios cortejos, ponían una nota
encantadora en parajes como éste. ¡Los cafés solitarios y galantes!
Peláez, la Universidad y los gabinetes coquetones del Habanero, ¡qué
malignas y deliciosas historias de un momento pudieran relatarnos!
Pero he aquí que un fresco aire de fuera ha venido a renovar el ambiente
de este viejo café de la Luna, donde yo pasaba mis tardes gozando del
placer de no hacer nada, placer digno de un Papa, y trazando a las
veces--raro suceso--sobre la cuartilla, mis tristes o apacibles devaneos
sentimentales. ¡El lugar era tan solitario y tan evocador! Pero la
ignara turba ha invadido _mi mesa de despacho_ en pos de un raro
acontecimiento femenino y musical. Claro es que esta turba hombruna
llega, más que por el deleite artístico, atraída por el olor de la
hembra; prefieren estos sátiros un grácil escorzo o la insinuación
anfórica de la cadera a un nocturno de Chopín, y la línea de un busto
bello a una melodía de Borodine... Y es posible que estos sátiros tengan
razón.
¡Cómo sentirá esta invasión de la muchedumbre el viejo erudito de todas
las tardes! Llegaba con su raro volumen, tal vez un incunable, aseguraba
sus anteojos, preparaba su cuaderno para apuntar las citas y las
curiosidades y luego se mecía en un sueño seráfico hasta que encendían
las luces. ¡Pobre erudito, ahora tendrás que irte a otro viejo café a
dar cabezadas sobre tu incunable!
Tal vez habría tomado cariño a la mesa de su rincón, y este cambio
trunque tristemente su vida... A veces un suceso sencillo,
insignificante, la pérdida de un perro, de un paraguas o de una mujer,
deja en nuestro espíritu la desolación de una catástrofe.
Y como por esta intrusión han encendido los focos, las parejas amantes
también han huído en busca de otro retiro penumbroso que proteja sus
risas, sus confidencias y el encanto de su amor, otro lugar solitario
para ocultar su felicidad como un pecado.
Y es el motivo que han llegado unas señoritas napolitanas a hacer
música, tarde y noche, y la gente invade la sala entre un estrépito de
cucharillas y platillos y una greguería grotesca y plebeya.
Yo he descubierto la mixtificación: estas _virtuosas_ no son
napolitanas; la dulce musicalidad de esta palabra sirve de reclamo para
ese eterno alucinado que se llama _público_. Pero ¡qué importa! Ello es
que las manos lindas y blancas arrancan bellas melodías de las cuerdas
de los violines y que una hermosa cabeza de diablescos ojos moriscos y
negra cabellera, como una exótica flor rizada, se inclina graciosa sobre
el puente del violoncello. Y el prestigio hechicero de la carne de la
mujer hace temblar el beso en todos los labios.
La mujer artista, la triunfante mujer que se exhibe ante un público en
medio de artístico artificio, es secretamente amada con un deseo
delirante. Las heroínas de comedia, los astros de _folies bergères_ han
inspirado enormes pasiones y sus enamorados han llegado hasta el
matrimonio, saltando por todos los obstáculos sociales y resignándose a
no hallar ningún obstáculo en la noche nupcial. Porque la carne
perfumada y blanca, entre las sedas, el oropel y tanta bella mentira,
tiene un magnetismo irresistible.
Esta orquesta femenina a veces ejecuta cosas agradables; otras, adula al
público tocando lo que está al alcance de su menguada cultura artística.
Tal vez los violines cantan la frase de tanto éxito de _El anillo de
hierro_:
«Ven, Rodolfo, ven, por Dios.»
Y asoman lágrimas de emoción a los ojos de las matronas románticas, que
se saben de memoria los versos de _Flor de un día_ y hacen soñar a estas
pálidas burguesitas que van a los cafés las noches de domingo y en cuyas
vidas pobres y monótonas el encanto de la música pone una dulce hora
sentimental.
Son esas muchachas suavemente tristes, humildes y resignadas, que tienen
ojeras muy hondas y pobres manos santificadas por el culto heroísmo de
la lucha diaria: que van tocadas con gráciles sombreros y vestidas con
una coquetería un poco triste por lo usado y deslucido del atavío.
Conmovedoras y humildosas vidas grises a las que una fiera sátira sin
corazón ha llamado cursis, y que, al invocar a Rodolfo los violines,
ellas también le invocan con toda la ternura de su alma, y la figura del
galán tiene en su fantasía todos los áureos prestigios de un príncipe
milagroso de leyenda.
Y por eso sus ojos tienen cercos tan profundos y su boca esa mueca de
melancolía: porque los días huyen, huyen... ¡y Rodolfo no llega nunca!
_Perfil de tragicomedia_
MI querido cofrade D. Amaranto Peláez es un virtuoso covachuelista, muy
digno de una hornacina en el martirologio moderno. Su cuerpecillo, magro
y desvencijado por el diario chocar con los esquinazos de la miseria, se
guarece en un chaquet ribeteado de trencilla, de un negro desvaído, al
que las virtudes de constante pulcritud de su dueño han dado un
magnífico brillo que miran envidiosos los puños deshilachados y la
tirilla restaurada con tiza, por el buen parecer, el día en que Su
Excelencia tiene la bondad de llamarle a la firma. Porque podemos decir,
para orgullo de D. Amaranto, que él es el alma del negociado.
Sus calzones, en guiñapos, lucen pintorescos festones sobre los
zapatos; sin herretes y sin trencillas, y su chapeo ha soportado las
lluvias de cinco inviernos; y su _carrick_ el rigor de cincuenta
ventiscas.
Don Amaranto llega invariablemente a la oficina a las ocho de la mañana;
se calza sus manguitos, se toca con un bonetillo la calva de santo,
ancha y reluciente, y silencioso, con una tristeza mansa y resignada,
trabaja hasta las dos, en que el ujier trae el parte de salida.
En ese momento, D. Amaranto se torna a su casa. ¡Es la hora de comer!
Pero como él no es sino un humilde auxiliar de la clase de quintos, «eso
de comer» a ciertas alturas mensuales, generalmente no pasa de ser una
hipérbole absurda.
Y en esas horas amargas, D. Amaranto llega a su mezquino mechinal, donde
le aguarda su mujer, triste, enferma y mal vestida, y cuatro niñacos,
como cuatro ruinas, en cuyos ojos candorosos, al mirar tan desolada
pobreza, hay quizá un poco de recriminación hacia los que en un momento
de lujuria ciega les trajeron a una vida tan sórdida, tan cruel y tan
miserable. Nadie le pregunta nada. Entre ellos no se cambia un solo
vocablo, aunque el fogón esté apagado y nunca llegue la hora de poner la
mesa. Y es que los sin ventura están resignados a no comer, mejor dicho,
han perdido la saludable costumbre de comer. Estas vidas están
sepultadas en el «in pace» de todas las renunciaciones.
En cierta ocasión me decía la señora, con una sencillez más que trágica:
--Se nos han muerto tres hijos: Luisín, porque el médico, a quien
debíamos algún dinero, no quiso venir. ¡Julito y Nita, de hambre!
¡De hambre, sí! ¿No os parece una horrible ironía que puedan morirse así
dos criaturas al borde de una gran ciudad cristiana? Pues sucede, y la
conciencia social no se estremece; y la vida sigue su curso, y mi
querido cofrade, el virtuoso D. Amaranto, no sintió en su alma un
latigazo de rebeldía. Porque el Sr. Peláez es, ante todo, un hombre de
orden.
La señora de Peláez ha sido una bella mujer: tenía unos lindos ojos
negros, un seno matronil y unos dientes blancos, iguales. Ahora es una
melancólica ruina; la miseria, como un cruel vampiro, ha devorado su
belleza y su juventud. Días pasados me contaba tristemente, con cierta
macabra coquetería:
--¿Ve usted estos dos dientes de arriba? Pues se me están cayendo... de
anemia.
Y la veo partir con su taima ridícula y vieja, que cubre los estragos
del tiempo en su raída vestimenta; amoratadas las manos, que fueron
finas y aristocráticas; metidos los pies en unos burdos zapatones;
abatida al peso de su juventud fracasada, de toda su vida, obscura,
truncada, deshecha.
El cuerpecito grotesco y desmedrado del ecuánime covachuelista ha sido
suculento festín de usureros; D. Amaranto sabe bien la amargura de ver
su ajuar de titiritero en medio del arroyo; conoce la bárbara cacería
que sobre su personilla realizan mensualmente el panadero, el tendero,
el carbonero. Los mozos de café son también para el Sr. Peláez una
horrible pesadilla, y no supongáis que adquirió esas deudas por vicio de
gula ni regalo de sus gustos. Las noches de invierno son tan largas, el
hogar desmantelado tiene un alma hostil que arroja de su seno, y en el
café hay un ambiente tan suave y regalado, hay tanto derroche de luz, el
piano pone una hora de encanto y de melodía en las voluntades
resquebrajadas por la pobreza. Además, el café con media tostada tiene
cierta apariencia de cena... claro que la apariencia nada más; significa
quedarse sin cenar... decorosamente.
Y digámoslo en elogio de D. Amaranto, ¡jamás, ni en los días de
bochornoso desahucio, ni en el asedio africano de sus acreedores, ni
cuando tenía un hijo muerto, sin monedas para la inhumación; ni en las
horas en que la señora de Peláez deliraba en el fementido camastro, loca
de tristeza y de hambre, jamás D. Amaranto hubo de faltar a la oficina!
¡Oh, brava alma que rima con el balduque, que armoniza con el papel de
oficio, por estar tan bien templada en el fuego de las virtudes
administrativas, bien mereces una estatua, con tus manguitos y tu gorro,
sobre un pedestal de expedientes y de minutas!
¿Me preguntáis si D. Amaranto Peláez tiene realidad? Sin duda, amigos;
tiene la relativa realidad traslúcida y enfermiza que le permite su
mesada ridícula; pero existe, y se llama así, y es mi querido y
moribundo cofrade.
Y lo más lamentable es que D. Amaranto es un hombre representativo. Su
perfil trágicocómico muequea cotidianamente en el retablillo de la
triste y grotesca clase media.
_Santaló_
LA picaresca clásica, erudita, aventurera y gallofa se funde con la
bohemia literaria, pedigüeña, trotacalles y sentimental, y nace el tipo
del «piruetista» entre poeta y pícaro, filósofo y desarrapado.
La cofradía de «piruetistas», de «operadores», de «navegantes de la
Puerta del Sol», está compuesta principalmente por los jóvenes
envenenados por la literatura, que llegan de las provincias a la
conquista de Madrid. La literatura es como la trágica sirena de las
baladas germanas, y los pobres nautas se hunden en el fondo del mar por
haber escuchado el sortilegio de su canto. Sólo que nuestros nautas
naufragan en seco, sobre el asfalto de las calles, en los figones
absurdos y en los hórridos hostales. A la caza de las rimas sustituye
muy pronto la pesca de las dos pesetas o del café con media tostada, ese
seudoalimento tan literario. El veneno de las letras es más fuerte que
la morfina, que el éter y que el alcohol. El que emprende esos trágicos
derroteros, o triunfa o se muere. Casi nunca se adapta a un ambiente
mediocre, metódico o «burgués».
Antonio Santaló era un muchacho cordobés que iba a verme al café y a
quien solía encontrar, como una sombra, en la Puerta del Sol, muy de
madrugada, a esa hora terrible de los que no tienen un puñadito roñoso
de calderilla para ir a dormir a casa de _Han de Islandia_ o a los
sótanos de la Peña de Francia, los hoteles de cincuenta céntimos, donde
se guarecen los buscones, los poetas pobres y los rateros. Santaló era
muy inteligente, muy culto, y tenía voluntad. No triunfó porque ni
siquiera pudo vivir. La Casualidad, que vela por los aprendices del
Arte, no se cuidó de él. Los bohemios viven a pesar de los restaurantes
donde suelen ir a comer y de las yácijas donde suelen ir a acostarse.
Baroja dice que el triunfo literario consiste en la resistencia del jugo
gástrico. Hay que transigir con las albóndigas de perro y con ciertas
chuletas de celuloide que conocen a varias generaciones literarias.
El frío de las noches, al asalto de los céntimos para la cama, la comida
que se retrasa... dos o tres días, la pobreza en el traje y el dolor de
la pobreza en el alma han asesinado al pobre amigo Antonio Santaló. No
ha escrito un drama ni un poema que decoren su memoria. Artículos de
periódico olvidados en seguida, traducciones que firmó otro o que acaso
no firmó nadie. La sirena de la Puerta del Sol se tragó su espíritu
antes de que la Desnarigada, que tanto quiere a los poetas y a los
artistas pobres, le estrujase el corazón, en el silencio helado del
hospital, entre hedor de calentura y de medicinas. Aquel pobre corazón
hipertrofiado, que como un trágico reloj contó las horas del hambre, del
abandono y de la lucha grotesca y terrible para buscar un poco de
calderilla, a las cuatro de la madrugada, iba como un polichinela roto,
dando tumbos por las encrucijadas de la miseria.
Hace algunos meses Santaló estaba contento. Dormía todas las noches y
comía fijamente tres días a la semana. ¡La vida era fácil!
Con un espíritu tan contentadizo, Santaló era digno de haber triunfado.
Tenía del dinero una idea demasiado hiperbólica. Poseyó un sombrero azul
pálido que era una sima de arbitrariedad junto a los hongos ramplones y
los frégolis de tenor cómico.
--Yo le había tomado cariño. Quería conservarlo como recuerdo de la
«vorágine»; pero un día _necesité dinero_... y lo vendí por tres perras
gordas.
¿Verdad que este ingenuo concepto del dinero es conmovedor? Entre el
hampa literaria Santaló fué siempre un caballero de la Tabla Redonda.
Fué un bohemio, pero no hampón. Y esto tiene mucho mérito, viviendo en
plena calle, con hambre y con dolor, entre gerifaltes de la pirueta que
aprenden la picardía en las aulas de la necesidad.
Los caballeros de La Noche, de la Media Tostada y del Salto Mortal viven
una vida desastrosa entre paradojas y algún soneto que otro, no muchos,
porque la bohemia estropea el estómago y dispersa las rimas como una
bandada de pájaros quiméricos.