Generalmente ya era noche bien cerrada... Pero _Fantomas_ era un hombre

_chic_, un Brummel de la Barceloneta, y los pobres poetillas no nos

atrevíamos a contradecirle en asuntos de elegancia y de buen tono. ¡Oh,

él había operado en los grandes hoteles mundiales!

De todos modos, _Fantomas_ era un tipo interesante. Tenía ojos de gato y

dientes agudos de animal de presa. Era en aquellos días en que las

autoridades le vigilaban celosamente--los periodistas hemos fabricado el

tópico de que los policías son muy celosos--. ¡Le habían hallado una

calavera y un pijama negro! Esto indicaba que se trataba de un _apache_

peligroso, de un terrible _souris_ de hotel. _Fantomas_ se pavoneaba en

la apoteosis de su gloria y fumaba cigarrillos turcos como una cocota.

Realmente tenía un alma enferma de cocota en un cuerpo delirante de

histerismo. Era un _hombre marioneta_, producto patológico de la vida

artificial que empieza en una cena montmartresa del Palace y termina

con una borrachera de éter en un burdel elegante. Valses vieneses,

rameras viejas, pintadas y bien vestidas; artificio, morfina, pases de

_bacarrat_... Todo esto formaba la careta de _Fantomas_ la veladura de

su fisonomía espiritual. En el fondo, yo creo que se trataba de un buen

chico que tenía unos furiosos deseos de _epatar_ y cogió un mal camino:

el del hotel de la Moncloa. Pero él hubiera llegado a la escalerilla del

patíbulo con tal de que la gente le creyese un hombre terrible. Era un

enamorado de lo extraordinario, de lo singular, un sugestionado por los

libros de andanzas policíacas. Aquí no se conoce bien su _tipo modelo_.

Él mismo se encargó de descubrírmelo. Hace dos meses recibí un libro

desde Lisboa. Me lo enviaba un remitente misterioso, sin una carta, sin

una tarjeta. Se titulaba _La dame aux ouistitis. Memoires d'un souris

d'hótel._

--Esto es de _Fantomas_--exclamé.

Efectivamente, el protagonista de _Claudio Lefaure_ es un ladrón de

hoteles que se llama Fabricio Levrot. _Fantomas_ sueña con emular la

vida azarosa y fantástica de este personaje. Es el galán de los

_ouistitis_.

Como todo hombre vanidoso, _Fantomas_ se cree irresistible con las

damas. Pone los ojos velados y coquetones, adopta un gesto de elegante

fatiga y hace algunas conquistas entre las camareras, las cocotas del

Palace y alguna gentil desequilibrada que, también enamorada de lo

extraordinario, de lo detonante, le entrega sus encantos y sus alhajas.

¿Realmente _Fantomas_ es el rey de los ladrones? Oyéndole a él hay que

creer que sí. Una bella noche de luna paseábamos por las calles,

fragantes de primavera. _Fantomas_ exhaló un sollozo romántico:

--¡Qué noche tan hermosa para robar!

Lo del _maillot_ y el gorro con borla es una invención de la fantasía

folletinesca de la policía.

--Yo no robo en traje de etiqueta y zapato de charol. Estoy de antemano

una hora encerrado en mi habitación, completamente a obscuras, hasta

que mis ojos ven perfectamente en la sombra. Mientras introduzco el

_ouistitis_ en la cerradura, estudio la respiración del durmiente. ¡Es

una emoción tan exquisita!...

Otro día, en el camerino de una cupletista, pedía a gritos--con rotos

gritos de epiléptico--una jofaina de agua perfumada, porque quería morir

abriéndome una vena. Esta dulce muerte romana la acababa de aprender en

_¿Quovadis?_, película de gran metraje que se estaba proyectando en un

teatro. Quería ser Petronio, quería ser Fabricio Levrot, el gran

_cambrioleur_, y hubiera querido ser el último personaje singular de la

última lectura. Este espíritu impresionable paga caro su _diletanttismo_

morboso, haciendo lamentables estancias en las cárceles de Europa. Ama

el lujo como una cortesana y roba por amor al lujo y por amor a lo raro

y a lo escalofriante, y por ese capricho de lo singular se enterró en un

féretro de cristal, en el Palace, vestido de faquir, como aquel Papús de

la larga perilla.

Lo malo es que la vida no se desenlaza tan a gusto como en los

folletines. La vida galante, de perfumes, de joyas, de elegantes y

afrodisíacos venenos, de _bacarrat_, de música frívola y áureo tintinear

de relucientes luises, tiene este amargo contraste del calabozo y del

buriel del presidiario. El grillete disipa los sueños absurdos de

morfina. Esta figura desquiciada y pintoresca confieso que me es

simpática y que la vería con gusto otra vez en el rincón del café de

artistas. Pero _Fantomas_ es el hombre nube, el hombre pájaro, que no

vuelve a posarse en el mismo sitio. No me extrañaría recibir una carta

suya diciéndome que se ha hecho mago del Tíbet o que está dirigiendo una

academia de baile flamenco entre los pieles rojas. Cualquier cosa que

sea arbitraria y extravagante. Lleva en el alma un viento de locura y de

aventuras este pintoresco enfermo de lo maravilloso.

_Sindulfo, arqueólogo y cazador de alimañas_

HA venido a verme el señor Sindulfo del Arco, arqueólogo y cazador de

jirafas. Como comprenderéis es un personaje inquietador. Yo le conocí

este verano en una juerga en la Bombilla, porque Sindulfo es un

arqueólogo flamenco.

Desea que yo llame la atención de las Academias acerca de la calavera de

Atahualpa, el inca infeliz que Sindulfo ha descubierto y cuya

autenticidad prueba en un volumen de quinientos folios. Lo que creo es

que intenta vender en buen precio la ilustre osamenta, y esta

adquisición me parece inestimable para la colección del Museo

Arqueológico. Un hallazgo tan importante haría la felicidad de

cualquier docta Corporación.

Sindulfo es un sabio y un valeroso cazador de jirafas, y, aunque parezca

raro, es dulcemente enamoradizo. Como todos los hombres extraordinarios,

anda por el mundo caballero en una nube, y se le antoja ver ángeles

domésticos en cada dama andariega y aficionada al acre aroma de varón.

--Mi querida Isabel, usted es la mujer que yo he soñado para formar un

hogar...

Como veis, Sindulfo es un doncel romántico, digno de ser cantado por

Walter Scott.

Y lo melancólico es que dice estas inflamadas palabras cuando ya tiene

muchos hilos blancos en las barbas proféticas.

Este hombre extraño ha recorrido el mundo a pie y cuenta las cosas más

desconcertantes.

--Yo he comido carne de indio guarany; es muy dulzona... Estaba perdido

en un bosque del Chaco central. Otra vez, los indígenas me condenaron a

muerte y me salvé a lomos de un jaguar. Así llegué a una tribu de

indios pirios, que me creyeron un ser sobrenatural. Hicieron fiestas en

mi honor y me regalaron una doncella joven para mi holgorio; se llamaba

Atarbelia, morenita ella, bien formada. Luego la quemaron viva para que

no tuviese descendencia de blanco. Es una costumbre.

Yo no sé si Sindulfo dice la verdad o si es folletín ambulante. Tengo

motivos para creer que la imaginación es su facultad predominante. Un

día que dábamos un paseo por la Moncloa se nos acabó el tabaco. Era

otoño. Sindulfo cogió un puñado de hojas secas de chopo, las estrujó y

las metió en su pipa. Después dejó errar su mirada por las lejanías de

El Pardo, añorando sin duda los bosques vírgenes del Arauco. De pronto

se detuvo y exclamó:

--Verdaderamente, el mejor tabaco para la pipa es este tabaco turco.

Tiene un aroma muy delicado.

--¡Sindulfo, por Dios, que son hojas de chopo! ¿No recuerda que las

hemos cogido cerca del caño gordo?

--Usted está soñando, amigo mío. Esto que fumamos es tabaco turco.

Compré yo diez kilos en Constantinopla hace dos meses. Por cierto que

aquella noche el Bósforo parecía un espejo. La luna rielaba sobre su

superficie, y a lo lejos...

Sus ojos se entornaron y el ánima se fué en pos de aquel recuerdo otomán

que él acababa de crear... Yo respeté su ensimismamiento y pensé que con

esta fantasía Sindulfo era feliz.

Presenta certificados de los sitios por donde ha pasado. Realmente ha

recorrido el mundo; pero ha viajado sin enterarse de lo que sucedía ante

sus ojos, como hundido en si mismo, mirando hacia adentro, inventando

paisajes, personas y episodios, sin tomarse el trabajo de mirar lo que

le rodeaba. Lo mismo hubiese sido que no se moviese de la cama durante

diez años.

--Otra vez, en África, me encontré a un cazador que llevaba sobre su

camello un magnífico león muerto.

--No diga usted más--le atajé, sonriendo--. Era el gran Tartarín de

Tarascón.

--Fuimos muy amigos. Juntos cazamos jirafas, caimanes... Y figúrese que

cierta noche...

--_En medio del desierto de Sahara..._--interrumpí--. Naturalmente,

amigo Sindulfo. Usted es un grande hombre. Yo exigiré que las Academias

le compren su calavera de Atahualpa y nos gastaremos los cuartos en la

Bombilla, con aquellas dos chulonas modistillas que a usted le parecerán

dos sacerdotisas de Vesta.

Porque, como dije al principio, Sindulfo gusta de los gachones deliquios

del baile. Yo le he visto marcarse un _schotis_, cosa que es compatible

con la arqueología y con Atahualpa, mientras cantaba, con una voz

cavernosa que parecía la del propio inca difunto, este estribillo

flébil:

Con mi muñequita

sobre el corazón,

esta hora tan dulce

me embriaga de amor.

Ahora voy a responder a una pregunta que está en la mente de los

lectores. Sí, señor, el amigo Sindulfo existe, y no diré que es de carne

y hueso, porque más bien parece de nube. Va todos los días a verme al

café, y espero que dentro de poco será académico de la Historia. No

olvidéis que ha descubierto la calavera de Atahualpa.

Clamaría a Dios y se hundirían las esferas si la docta Corporación le

pretiriese. Sindulfo estaría muy bien exclamando en plena sesión:

--Señores académicos: Habéis de saber que el juego de carambolas, entre

los antiguos persas...

_El poema del mal poeta_

EL mal poeta escribe en un café solitario. Yo le profeso al poeta malo

un aborrecimiento corso. Me ha apedreado los oídos con sus ripios, con

sus tópicos, con su retórica. Es hombre insensible a la emoción

estética, que fabrica sus versos como un jornalero: un albañil, por el

cascote; un picapedrero, por su ritmo monótono, que parece que agita

adoquines dentro de un cubo en vez de lapidar las piedras preciosas de

las bellas rimas.

El mal poeta tiene un orgullo satánico. Es de los que hacen burla

bellaca de Rubén y componen pueriles mixtificaciones de los viejos

maestros románticos--fáciles becquerianas y humoradas sin el hondo

espíritu campoamoriano--. El mal poeta escribe mucho. Sus versos son

una infección de todos los periódicos. Su ramplonería es una bomba de

gases asfixiantes. Yo os confieso que degollaría con mucho gusto al

poeta malo.

Es un sujeto más de cuarentón. Posee una calva sucia, los ojos

pitañosos, los dientes verdes de nicotina, y un bigote rubianco y

abatido. Lleva un abominable hongo, representativo de su vulgaridad

interior. Suele parlarnos de Filomela cuando complica a los sencillos

ruiseñores en sus octavas reales, sin duda para despistar al ingenuo

lector. _El pensil ameno_ y el _rosicler de la aurora_ le son tan

familiares como su terno de lanilla. Ama _con ansia loca, pierde la

calma_ en cuanto tiene que rimar con alma, y todos los labios le causan

agravios, sin saber por qué. El _beso_ le parece un _exceso_--y a sus

años, es natural--, y la luz de la luna siempre le sorprende en una

laguna, cosa muy perjudicial para sus achaques reumáticos.

El poeta malo se entretiene en colocar uno sobre otro sus endecasílabos,

como los ladrillos en una construcción. Luego entrega las cuartillas a

una niña rubia que aguardaba para llevarlas a un periódico.

El hijastro de Apolo charla después conmigo de literatura. Me lee una

oda _Al Sol_, un soneto _A una ingrata_ y una elegía _A la muerte de la

virgen de sus amores primeros_. ¡Hace ya tantos años! Este poeta tiene

una memoria feliz.

El pobre hombre no acierta ni por casualidad. Tanto artificio, tanta

falsificación poética, la lluvia de lugares comunes, me ponen muy

nervioso. Tal vez hubiera llegado a agredirle si no llega a volver la

niña rubia que llevó los versos al periódico y que retorna con cinco

duros. El mal poeta la besa en la frente con sincera ternura.

--Esta es la mayor--exclama--. En casa quedan otros cinco leones.

¡Calcule usted los versos que tendré que hacer!

La niña rubia, una grácil adolescente de catorce años, tiene los ojos

zarcos e ilusionados.

--Ahora le voy a comprar unos zapatos, ¿sabe usted? Los romperá en

seguida, porque estas criaturas...

Sin querer, miro a los pies de la niña, unos pies lindos y pequeños de

princesa china, envueltos en unas botas muy rotitas, muy rotitas...

Esta dolora no la siente ni la rima el poeta malo. Pienso en los _cinco

leones que quedan en casa_, y este emocionante poema del mal poeta casi

me hace llorar.

Y le veo alejarse, amorosamente abrazado a la niña, en cuyos ojos zarcos

arde una llamita de ilusión, y en este momento, el mal poeta me parece

más grande que Shakespeare y que Hugo...

_La sombra del rey galán_

POR el puentecillo de El Pardo iba aquel rey galán cuya leyenda cantan

los niños en los jardines. Era pálido y adolorido, tenía las ojeras

moradas como los lirios del paje Gerineldo. Era el rey madrileño, el rey

chispero, el de las corridas de toros y las patillas manolas:

«¿Dónde vas Alfonso XII?

¿Dónde vas, triste de ti?»

canta el coro infantil en el azul idilio de la tarde, mientras el rey

galán, pálido y muriente, como un lis borbónico, que se marchita, se

pierde por las avenidas, seguido de silenciosos cortesanos.

El pueblo amaba al príncipe netamente español. Le aclamaba en los

toros, en las verbenas, en las tardes del Prado. Le halló en sus

alegrías y en sus duelos, íntimamente ligado a su vida, en el ritmo

jovial, generoso, magnífico de la vida española, de aquel momento.

Ya sonaba lejano aquel romance de su adolescencia, en las horas

tediosas, preñadas de augurios, que transcurrían en el palacio de El

Pardo. Otoño sollozaba en el monte verdinegro y adusto; en los parques

lloraban los violines verlenianos, y la Desnarigada rondaba el palacio.

La veían los perros errantes, que aullaban a la luna.

Y cuando sonó la hora, esa hora misteriosa del cuadrante de la

eternidad, otro ilustre moribundo, el general Serrano, anunció en

Madrid, a cuantos rodeaban su lecho:

--¡El rey acaba de morir en el palacio de El Pardo!

Y en aquel punto mismo, Alfonso dejaba de ser, en el palacete gris, con

caperuza de pizarra, mientras en el aire flotaba el último verso del

ingenuo romance infantil:

«Cuatro duques la llevaban

por las calles de Madrid.»

¿Quién fué el arreglador de esta vieja canción que yo oí sonar en el

último acto de _Reinar después de morir_, llorando la muerte de doña

Inés de Castro? ¡El amor del pueblo ha hecho al rey galán y a la

princesa del palacio de San Telmo los esenciales protagonistas de este

poema eterno, que es como una oración ingenua del alma popular!

«Rey dolorido y galante,

tu muerto amor juvenil

¡con qué tristeza aflorante

llora el romance infantil!

Princesina de leyenda,

te da el alma popular,

como una oración, la ofrenda

ingenua de su cantar.»

Así ha glosado un poeta de ahora el idilio adolescente del rey galán,

del rey chispero, del rey madrileño, el de las patillas manolas a lo

_Pepe-Hillo_, que supo de las locas farsas del Momo, en el castizo

Capellanes, y dejó cien leyendas de su breve reinado y se murió muy

joven, como una mustia lis heráldica, abrasado en una fiebre loca de

vivir una vida magnífica y emocionante.

¡Puentecillo de El Pardo, por donde pasaba el príncipe de las leyendas

galanas! En las tardes vernales, doradas y olorosas, yo he evocado la

sombra del rey galán por estos jardines señoriales y estas montaraces

espesuras.

Yo siento una honda simpatía por este príncipe y por esta época

exaltada, generosa, pintoresca, de un decadentismo elegante y escéptico.

Entonces, como ahora, había una gran pasión por los ídolos de la

tauromaquia, el arte nacional por excelencia. Frascuelo y Lagartijo

recogían en su joyante capote el último rayo del gran sol de la raza y

despertaban el único latido de la conciencia nacional. Y aun no había

surgido en el horizonte el espectro trágico, grotesco e infame del

desastre colonial.

¡Dichosos los príncipes que viven en el corazón de su pueblo y cuya

memoria queda en romances que cantan los coros de niñas en los jardines

y en las plazas! Vale más ese culto poético y sentimental que todas las

gloriosas atrocidades bélicas, exaltadas por la Historia.

¡Reyes de hierro, con corona esplendente cuyos laureles están manchados

de sangre, los niños de vuestros reinos no cantarán romances de vuestros

amores, en las floridas avenidas, cuando la primavera viste de novia a

las acacias!

_La plazoleta de los fracasados_

ES una de esas plazoletas melancólicas de un barrio solitario, rodeada

de bancos de piedra, que tienen un ambiente provincial, y sobre la cual

caen de vez en vez las lentas campanadas de las vísperas, con un

clamoreo ensoñador y místico. Tiene acaso un balcón florido que da la

amable sensación de una mano blanca de mujer, y también algún arbolillo

desmedrado y triste o una antigua fontana que vierte, hilo a hilo, la

dulzura de su monotonía.

En la hora sedante del crepúsculo toma un aspecto severo y arcaico de

yerma ciudad castellana, que evoca el heroico redoblar del Romancero o

la sandalia de Teresa de Ávila, la celeste doctora, y vaga en su gran

paz un perfume antiguo de penas olvidadas y de encantos añejos.

A este paraje apartado y romántico acuden todas las tardes los

melancólicos fracasados de todos los ideales, los soñadores de las

áureas apoteosis que han visto hundirse la leyenda de sus vidas en la

bahorrina de la vulgaridad, en el vacío de un vivir abrumadoramente

cotidiano.

Se conocen de todos los días, galeotes de una misma cadena, sombríos

discípulos de un mismo maestro, el inmortal Dolor, y entre ellos se ha

hecho una suave simpatía consoladora. Hay un viejo militar invalidado la

primera vez que entró en campaña; él quizá tenía una visión homérica de

la vida, soñaba con el laurel del héroe, con el botín y la aventura, y

todo su ensueño fracasó en el momento inicial por la crueldad de una

bala perdida que le negó el triunfo de una bella muerte y le condenó a

arrastrar una hórrida y grotesca pata de palo, cuyo seco y monorrítmico

golpear es un irónico estribillo a la galana bizarría de su ideal

truncado.

Después ha visto cómo se deslizaban sus días, sin ambición, monótonos y

fríos; en el alma, la honda amargura de las renunciaciones.

¡Si al menos la bala me hubiera buscado el corazón!

Y sus ojos se tornan hacia los años juveniles, florecidos de hazañas

imaginadas, en las que sonaban las trompetas de la Gloria.

Llega después un hombrecillo torvo y desaliñado, tocado con un chapeo

raído que cubre su calva de santo, ancha y reluciente. Es un inventor

desgraciado.

Había trabajado día y noche en su taller, renunciando a los holgorios de

la mocedad, al regalo de la hembra y a toda dulzura de los sentidos.

Empleó su pequeña fortuna en el trabajo y en el estudio, hasta obtener

una nueva máquina.

Después comenzó el peregrinaje por las oficinas en pos de la soñada

patente, que era su riqueza futura, y al cabo de amargas andanzas se

mofaron de él, de su invento y de su calva, y los ujieres le echaron al

arroyo con vayas y sinrazones. En el café, en la calle, a solas con las

fementidas tapias de su mechinal solitario, peroraba con esa exaltación

de loco de los inventores. Y ya le oían impasibles, le brindaban

protecciones quiméricas o se le reían en sus barbas.

--¡Ya ve usted, se burlaban de aquello que me había costado mi fortuna,

mi cerebro y mi juventud!

Y cierra los ojillos grises y casi ciegos, tal vez para restañar una

lágrima.

Luego, una arrogante mujer enlutada, con aires de gran dama, que saluda

con cierta gracia señorial. Tiene la belleza fuerte y calina de la

madurez; el luengo manto vela apenas su cara algo marchita, donde arden

los ojos negros con una llama de locura bella y eterna.

Al comienzo todos la creyeron viuda; no era sino una virgen vetusta que

consumía su corazón y su virginidad en el ara de un ideal remoto e

imposible, como esas lámparas de la devoción que se extinguen

tristemente ante una hornacina olvidada. Allá en los verdes años de su

galana adolescencia, amó con bravura y firmeza de corazón a un bello

aventurero romántico y audaz, que se fué hacia las tierras fecundas del

sol, nauta de lo imprevisto, conquistador de la casualidad.

Él dijo que volvería y ella le aguardó. Interrogó al horizonte todas las

mañanas; sintió caer todas las horas de cada día, todas las

desesperanzas de cada año, y el amado no volvió más. Pero ella le

esperará siempre, hasta que la muerte toque sus ojos con sus dedos de

niebla.

Y cruza sus manos pálidas de monja sobre el raso litúrgico de su traje.

Manos transparentes y puras que parecen hechas para filigranar ex votos

de santos y capas pluviales; ojos fanatizados en torno de los que las

largas vigilias, huérfanas de besos, han florecido en sedeñas ojeras

violeta, como dos flores de fiebre y de locura; alma noble y extática,

donde el amor es una rosa casta e inmortal.

Y cuando un soplo de brisa arrastra alguna hoja muerta, la viuda ideal

la sigue intensamente, quizá comprendiendo que la aproximación del otoño

tiene para ciertas almas un melancólico valor emblemático.

Mas luego, entre otros que ocultan el secreto de su fracaso, arriba la

carátula ridícula y triste de un viejo farandulero. Aun recuerda con

llanto de regocijo los días buenos en que él fué don Juan y Manfredo,

Sullivan y Don Álvaro.

Estos héroes le dieron el prestigio de su poder imaginario entre

bambalinas y oropel, y pusieron un poco de oro de leyenda en su vivir

menesteroso, a cuyas puertas solía llamar el Hambre con su puño

espectral. Después, el aguardiente y los años han abatido el tórax que

se irguió enorgullecido bajo la cota de acero de Ruy Díaz, se abatió en

curva claudicante en demanda de las dos pesetas, en esas lamentables

aulas de picardía y de dolor que están siempre abiertas en las aceras de

la corte.

Y llegan otros, desarrapados y tristes inválidos de cuerpo y ulcerados

de corazón, inventores preteridos, soldados sin fortuna, viejas

meretrices, traductores, poetas vitaliciamente inéditos, todas las almas

en sombras, y los perfiles contorcidos de los fracasados del arte, del

amor y de la vida.

Y gustan de esta solitaria plazoleta, que tiene un aroma antiguo de

lágrimas enjugadas, de flores secas y de dolores resignados, donde hay

un arbolillo triste y torcido y un balcón con flores, y en donde en la

hora dulce del crepúsculo suena acaso un piano tocado por una bella y

desconocida mujer, de lentas y melancólicas melodías, a las que las

almas en ruinas de los fracasados ponen tal vez la letra de su íntimo

dolor.

_Las paellas de un revolucionario_

TODOS sabéis que Barriobero es un terrible revolucionario, un formidable

socavador del orden social. Durante mucho tiempo, su melancólica silueta

quijotesca ha sido la pesadilla de golillas y de ministriles. ¿Qué había

un mitin de cigarreras? Barriobero a la cárcel. ¿Que algún orondo

cacique se levantaba dispépsico? Metamos a Barriobero en chirona. La

tranquilidad del respetable vulgo reclamaba que el peligroso anarquista

estuviese siempre aposentado en el hosco palacio de la Moncloa. Y a

veces resultaba una admirable combinación económica para Barriobero...

porque en la calle, los comestibles habían decidido trasladarse a

Saturno.

Este hombre tenebroso es una de las figuras más pintorescas de esta

época. Su nariz, en guisa de interrogación, bien merece un soneto

quevedesco o una de las loas que rimara Rostand en el _Cyrano_; su

melena, romántica y subversiva, flota como airón en las revueltas

populares, y es como el símbolo orgulloso de toda su vida. En las horas

de opulencia, Barriobero adorna su translúcida persona con un deleite de

«dandy». ¡Oh, qué admirables chalecos bordados, dignos descendientes de

las pomposas chupas del tiempo viejo, cortesano y galante! Estos

chalecos merecen por sí solos un apologista tan atildado y erudito como

lo fueron Barbey y Jorge Brummel. Pero, más que estos gloriosos

indumentos, rameados de oro, de azul, de rosa; más que sus pipas y su

melena, sobre sus discursos y sus libros, yo prefiero las paellas a la

valenciana de Barriobero.

La copa de Verlaine · 第 3 / 5 段