Yo podría hacer una lista negra de estos espíritus ilusos, devorados por

el monstruo encantador de la literatura. ¡Intrépidos comedores de

musarañas, que sois mis amigos antiguos, que habéis vivido a la sombra

de la literatura--pipas, melenas y chalinas--y que vais cayendo poco a

poco por el escotillón macabro del hospital! Yo siento hondamente

vuestra tragicomedia, oh, gran Losada, el músico genial y salvaje;

Barrantes, el de la carátula de pesadilla; Alberto Lozano, rubio y

señorial como un príncipe, y vosotros también, Dorio, el audaz; Pujana,

el intrépido; Roldán, el preciosista, que tiene una enorme sed que sólo

se calmará cuando _Ella_ le llene de tierra la boca; vosotros, que al

caer un hermano de esta cofradía de dolor y de absurdidad, acaso

tembléis viendo que todo el entusiasmo de vuestra juventud está

compensado por un lecho de hospital y un montón de polvo, sin nombre, en

un osario. ¡Y vosotros que soñabais precisamente con la Gloria, y que

porque la gente leyese vuestra firma al pie de unas líneas impresas, lo

sacrificabais todo! ¿Veis qué broma final tan sangrienta? Es una verdad

que os hubiera parecido mentira en los ilusionados comienzos, allá en

vuestro rincón provinciano, antes de caer en la Puerta del Sol entre las

garras de la Bohemia, la sirena que devora el corazón y el cerebro de

sus amantes, en unión de la miseria, entre alegres paradojas y

peligrosas funambulerías en la cuerda floja de lo imprevisto.

Estos bajos fondos literarios disfrazan con metáforas pintorescas su

dolor; el dolor de los que no han sabido decir lo que llevaban dentro...

o lo que creían que aleteaba bajo su frente: el dolor de los artistas de

corazón que han fracasado en la Puerta del Sol, agarrotados por la

necesidad. ¡El dolor de la literatura, de los ex literatos, de los

hampones pintorescos, de los buscadores de calderilla, como sombras,

entre la penumbra de las calles, a la madrugada! ¡Pobre Santaló! Ya no

tendrás que buscar los céntimos para la cama, mientras tu corazón latía

penosamente como un viejo reloj desquiciado.

_La capa bohemia_

EL primer caballero que se terció esta capa para andar de aventuras y

amoríos fué el gran Villón, el padre de la lírica francesa. Y el

glorioso tabardo sufrió el rigor de todas las ventiscas y la lluvia de

todos los inviernos, y se ungió de ideal errante bajo el plenilunio en

la Corte de los Milagros, tejiendo besos y rimas con la ramera ardiente

y propicia, de quien decía el poeta que era su _Rayo de luz_. La capa de

Villón, como la capa, de Mañara, sabe de madrigales y caricias, en las

encrucijadas del viejo París.

Ha visto cómo se desnudaban los aceros, cabrilleando en la sombra, bajo

la plata mística de las estrellas, buscando bravamente el corazón por el

encanto de un soneto.

La capa de Villón paseó por los salones de los obispos, y de entre sus

remiendos y corcusidos surgió la mano exangüe del bohemio para tomar la

limosna de doce sueldos por una loa a _Notre-Dame_, y los labios que

mordieron los labios de las rameras besaban unciosamente la amatista

episcopal. Y la capa ungida de poesía y de dolor rodó una mañana por las

escalerillas del patíbulo. Porque habéis de saber que el primer poeta de

la bohemia estuvo a punto de ser ahorcado por ladrón.

He aquí su gloriosa ejecutoria: una capa caída, la cuerda del ahorcado y

una boca lasciva de ramera, como flor ponzoñosa de lujuria. Sin embargo,

muchos académicos han metido la garra en el tesoro de Villón, sin

peligro de cuerda. ¡Nefandos viceversas de la señorita Themis!

La capa bohemia, posteriormente, ha envuelto a muchos desgraciados

superiores. Fué la fiel camarada de Edgardo Poe, aquella alma rara que

oía voces del cielo, de la tierra y también del infierno, y le sirvió

de sudario en su última y trágica borrachera en las calles de Baltimore.

Baudelaire, el solitario, hizo de su capa torre de marfil que le aislaba

del vulgo de malos poetas, de periodistas hueros y vanidosos, de

cretinos equilibrados. La capa de Verlaine rodó por las tabernas y por

los hospitales, y aquella capa de mendigo es ahora venerada como la

bandera de la Francia espiritual.

¡Capa de la bohemia! Tú, que has cubierto tantas horribles

tragicomedias, que has sido tan calumniada por los tontos de todos los

tiempos, de todos los países. Tú, que has paseado tantos sueños y tantas

hambres, bajo la luna, en las noches sin casa, que conoces tantas

lágrimas de tantas crueldades, de tantas injusticias, que has visto el

horror de las tabernas cuando todos están borrachos y entonan los

lúgubres salmos del _delirium tremens_, mientras en el espacio gira el

anillo de Saturno, nuestro fatídico padrino.

La capa bohemia supo las gallardías de Espronceda en su buena época

romántica, antes de destrozar su leyenda con aquel fementido discurso

sobre las lanas... Pelayo del Castillo, Eduardo del Palacio, Manuel

Paso, Pedro Barrantes, sabían del encanto de la capa bohemia, que entre

nosotros tiene también el desgaire de la capa manolesca.

Y ¡Alejandro Sawa!...

Glorioso emperador de la bohemia, del gesto amplio y magnífico como

Hugo, ciego como Milton, altivo y suntuario como un dios, con la cabeza

en las nubes y el corazón en la hoguera del amor y del dolor de la

Humanidad. En Alejandro Sawa la capa bohemia era manto pluvial, capa

pontifical, manto de púrpura, clámide y aureola. Alejandro fué la

suprema consagración de la capa bohemia.

La capa de la bohemia es la aristocracia incomprendida de los vulgos, y

nunca como ahora, en este momento, es anacrónica y absurda. Es el gesto

bravío ante la mueca horrible de la miseria, el rictus de desdén ante

los artículos de fondo y demás cosas sin alas, sin gracia, sin

espíritu.

La capa bohemia se burla de los libros de caja, de la mentalidad del

tendero, de la sensibilidad chirle de los malos poetas. La capa bohemia,

sobre toda la prosa, sobre todo el horror de las horas vulgares, es el

pájaro azul.

Es la bella locura del ideal. Ved de cuál gentilísimo linaje

aristocrático es el manteo con que cubre su clorosis y sus espaldas

desnudas la señorita Bohemia.

_La capa de mendigo_

EN los viejos tiempos católicos y caballerescos, el mendigo era hermano

del mismo rey. Tenía una altivez hidalga, y llevaba al cinto el bote de

la guiropa, y arrastraba su tabardo harapiento con el orgullo de un

manto real.

--Buscad vuestros pobres en otra parte, que yo no puedo volver--hubo de

decirle un mangante a un caballero que no halló a mano una moneda que

darle.

Recibían la limosna con altanería. El mendigo estaba ungido por las

palabras del Rabí, y creían de buena fe que beneficiaban a sus donantes,

pues así edificaban su ánima por la caridad. Les hacían la merced de

dejarse dar limosna.

Una tarde paseábase por las Platerías un hidalgüelo gabacho, cuando le

asaltó un mendigo de nobles barbas blancas y aspecto distinguido.

Dolióse el hidalgüelo y quiso darle unas monedas sin humillarle.

--Sírvase llevarme este cartapacio hasta mi posada y le daré un escudo.

--Libre es vuestra merced de darme o no limosna--gritó solemnemente el

pedigüeño--; pero no consiento que se me trate como a un criado--. Y le

volvió la espalda con desdén.

El mendigo es libre como el aire y ama su libertad sobre toda holgura y

acomodo. Es de un individualismo rabioso: le place más rascar sus

liendres al sol en medio del arroyo, que aprisionarse en el régimen un

poco frío de las Casas de Caridad, donde, además, tienen que aguantar la

férula religiosa.

Al rancho metódico prefieren la guiropa en la alegría de las solanas, de

sabrosa y picara parla con sus hermanos de cofradía. Y mejor que los

lechos iguales y helados, con algo de cuartel o de hospital, les sabe

más gustoso apretujarse en la escalerilla de Cuchilleros. Ante todo,

hacer lo que les dé la real gana, y después Dios proveerá...

Es estéril toda iniciativa contra la mendicidad: es como una costra del

alma española, que no curan los bandos de ningún corregidor. España es

un país de pirueta, de azar y de aventura, y los mendigos son una rancia

y pintoresca representación. En la patria de los pedigüeños, donde todos

somos un poco mangantes, el mendigo es perfectamente respetable. Hay en

nosotros un sabroso anhelo de tomar el sol tranquilamente, esperando el

milagro del pan y de los peces en forma de destinejo oficial o de

«combinación» lucrativa. En un pueblo de trabajo, de ideales, de ciencia

y de arte, la mendicidad es un tumor repugnante, como también es

criminosa la existencia del noble juego de la Lotería. Pero nosotros

encendemos luminarias a la diosa Casualidad, convencidos de que vivir

del esfuerzo personal es una utopía.

Un mendigo vive mejor que un pequeño covachuelista, y de sobra más

holgadamente que un obrero. En una tarde de «trabajo», cualquier mendigo

un poco acreditado saca de ocho a diez pesetas, es decir, el sueldo de

jefe de tercera de cualquier negociado, y no tiene que aherrojarse en la

covachuela, ni ponerse los manguitos, ni tocarse con un gorrito absurdo.

El mangante tiene un castizo abolengo, y nuestros contemporáneos lo son,

más que por necesidad, por imperativo de la casta, por una enorme fuerza

de atavismo.

¡Oh, capa de mendigo, santificada y evangélica, altiva como la del mismo

rey! La que pasó flotante por las páginas de la picaresca del Siglo de

Oro; la que vemos hoy en las solanas, a la puerta de los cuarteles, o,

como una visión goyesca, en las escalerillas de Cuchilleros, mientras

suenan cantarinas las fuentecillas de la Plaza Mayor. Debajo de tus

harapos hay un jirón del alma española, aventurera y andariega, castiza

y soñadora.

Capa de los mendigos juglares que van por las aldeas, tabardos que

cobijan a los fingidos paralíticos, que desgranan el rosario de sus

cuitas y se arrastran al sol lo mismo que gusanos; manos pedigüeñas,

perfiles costrosos, pupilas sin luz, que sois las clásicas figuras del

viejo retablo, tenéis una jocunda poesía antañona que en vano quieren

borrar los graves varones y las nobles damas de Concejos y de piadosas

Hermandades.

País de pirueta y de lotería, donde reina lo imprevisto, y la aventura,

y salto mortal; donde el Arte y la Ciencia son pordioseros, donde se

mendiga todo, desde la bicoca política hasta el duro pan proletario,

donde el esfuerzo personal no da derecho a esperar nada, ¿con qué

autoridad queremos suprimir la mendicidad pintoresca? ¿No os parece que

toda España va envuelta en una capa de mendigo?

EDITORIAL FORTANET

Pesetas.

GEORGES RODENBACH:

=Brujas, la muerta= (traducción de ANDRÉS GUILMAIN) 2,00

EMILIO CARRÈRE:

=La copa de Verlaine= 1,50

EN PRENSA

ANTONIO DE HOYOS:

=Las lobas de arrabal= (novela) 3,50

EMILIO CARRÈRE:

=Las mejores poesías de Emilio Carrère=

(edición de lujo) 3,50

FERNANDO MORA:

=Los hijos de nadie= (novela) 3,50

VILLIERES DE L'ISLE ADAM:

=Cuentos crueles= (traducción de A. MARCO). 2,00

PEDRO LUIS DE GÁLVEZ:

=Los sonetos y la canción de la Muerte.= 1,00

VERLAINE:

=Poemas= (Traducción de E. Puche) 2,00

RAMÍREZ ANGEL:

=La villa pintoresca y sentimental= 1,50

Y otras obras de ÁLVARO RETANA, FERNÁNDEZ FLÓREZ, CAMBA, BARRIOBERO,

VALERO MARTÍN, HERNÁNDEZ CATÁ, ORTIZ DE PINEDO, SAN JOSÉ, E. PUCHE,

TRUJILLO y otros escritores de nombre prestigioso.

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