la pobre profesional del amor no había sentido nunca esa embriaguez
suprema, el amor sentimental que es la _mayor conquista de la
civilización_, como dice Sthendal, y por lo único que vale la pena de
vivir, a pesar del espantoso Schopenhauer.
Nosotros le hablábamos alegremente de las cosas triunfantes de la vida,
cosas armoniosas entre sí: de locuras de juventud, de fragancia de
primavera, de alegres cenas, de paseos campestres bajo la inmortalidad
del sol, de los víveres honrados, fecundos y serenos como mansas
corrientes. Y de besos.
Hubiera sido poco piadoso recordarle los melancólicos acabamientos que
nos rodean y que espejan la muerte en cada cosa que miramos. Jamás la
hablamos de las despedidas, de las naves que parten y de los corazones
ausentes, de las últimas notas de las melodías. Y sobre todo, de ese
terrible fantasma del otoño.
Su vida había sido un amargo y desbordado rodar hacia abajo, como todas
las vidas y todas las cosas, hacia las negras aguas del misterio.
Y aconteció que la misma noche que un periódico publicaba el elogio
rimado de su risa, una de esas sombras que cantan canciones lúgubres y
corrompidas en la alta noche, me dió la nueva amarga.
--¡La pobre ha muerto hoy en el hospital!
Entonces me asaltó el triste y tardío deseo de poseer algún recuerdo
suyo, un bucle, un lazo que conservase su melancólica fragancia
peculiar. Lo hubiera guardado con la misma unción amorosa y sagrada con
que Rodolfo besaba el gorrito blanco de Mimí.
Porque la pobre muerta era un jirón de mi juventud que se iba para
siempre.
Al vagar toda la noche en el alma desconocida e inquietadora de la
ciudad, evoqué, dolorido, sus manos marfileñas y monjiles, sus manos
celestes e impuras, divinamente tristes y cruzadas en el fondo de uno de
esos pardos y siniestros ataúdes de hospital que conservan hedores de
otros cadáveres, y pensé, estremeciéndome hasta los huesos, que en
aquella primera noche de la tierra ya el gusano conquistador surgiría de
la podre de aquellas manos muertas, que besé tantas veces y por las que
había sentido una rara pasión inmaterial.
Extravagantes imaginaciones, honda y taladrante recordación del fin, que
obligan a la pobre carne aterrorizada, y al ánimo conturbado, a
refugiarse en la idealidad consoladora de un misticismo.
Mi espíritu siente una inmensa ansia de infinito, que fracasa en las
cotidianas banalidades; cuántas veces, al amanecer de noches de
tempestad de alma, en que he hallado vacíos y menguados todos los iconos
de la vida, me he arrojado a los pies ungidos de los Cristos en demanda
de una emoción de eternidad.
El recuerdo de Elena suele inquietarme frecuentemente, y la veo, en la
transparencia de la evocación, con el hechizo de sus ojos garzos y de su
cabellera magdalénica.
Y en el ritornello de la vida pasada surge un episodio canallesco: la
memoria punzante y angustiosa de una noche en que uno de estos
pintorescos rufianes madrileños golpeó brutalmente el pecho hundido y
flácido de la desventurada.
Ella ahogó su tribulación en el monstruoso refugio del aguardiente.
Escenas de la mala vida, recuerdos de las horas bohemias, negras y
desoladas, en que el hambre era absurdo funámbulo en nuestras cabezas y
lobo en nuestras entrañas. Las tengo cariño, porque al cabo han sido ser
de mi ser.
Pero pienso como mi amigo pintor, que Murger ha envenenado nuestra
juventud y nos ha hundido en la pobreza y en la soledad con el hechizo
de sus mágicas narraciones.
«Debemos desenterrar y quemar los restos de Murger.»
_Siles y su carrik_
SILES era filósofo, poeta y cronista. Murió ciego y pobre en el horror
sin nombre de un hospital, y su manera de morir fué el obligado epílogo
de su vida loca, imprevisora, de titiritero de la literatura.
Siles no era un escritor extraordinario, pero pocos hombres tenían más
jugoso temperamento ni más riqueza de ilusión que este pobre cantor
errabundo que ha caído para siempre, sin dinero y sin gloria, y al que
las gacetas sólo han dedicado un pequeño lingote de prosa vulgar.
El entusiasmo fué su gran energía, lo mismo en la miseria desolada, sin
más fortuna que su absurdo chaquet que en las horas efímeras de
prosperidad. Siempre hablaba a gritos, de literatura, de teosofía,
aquel buen hombre franco, bebedor y mujeriego--todo lo que fuese
desbordamiento de emoción y de romanticismo--que, a pesar de su cabello
cano, tenía en los ojos tan riente derroche de juventud.
Y un buen día murió un tío de Siles dejándole toda su fortuna. Fué uno
de esos tíos maravillosos, imprevistos y ricos que tienen la bondad de
morirse a tiempo y que apenas tienen realidad, como si sólo fuesen
imaginados para desenlazar las malas comedias. Cayó sobre el bohemio un
portentoso aluvión de miles de duros, y el chaquet fué sustituido por un
carrik. Este fué el único cambio ostensible en su vida.
¿Qué extrañas armonías existirían entre el alma de Siles y su _carrick_?
¿Por qué este hombre, en vez de adquirir otro más adecuado indumento, se
envolvió en aquella prenda grotesca de grandes cuadros negros sobre
fondo amarillo?
Luego de esta valiosa adquisición, Siles se encerró en una torre de
marfil, que alquiló por doce duros en una calle de Chamberí, y la media
tostada fué sustituida por alimentos más respetables que redondearon la
bóveda del vientre y lustraron su cara flácida y exangüe.
En breve espacio, uno tras otro, lanzó al público veinticuatro libros.
Toda la esencia de su vivir lamentable, todos los sueños de su cabeza
visionaria. Pero la gente no compró sus libros. En inmensas pilas de
papel se amontonaban en casa del librero Pueyo, el editor romántico de
la épica nariz. También ha muerto el pobre librero sentimental, y puede
que sigan ambos devanando en el espacio sus diálogos pintorescos. Pueyo
era una gran figura en la andante literatura de esta época: él fué el
único que creyó en Siles, el que en los cafés solitarios nos hacía leer
nuestros versos, después de escuchar un aria de _Marina_ o el raconto de
_Lohengrin_. Entonces se conmovía mucho y confesaba que él también había
escrito versos en su juventud.
Cuando Siles echó fuera de sí su carga mental, tornó a pasearse por los
cafés, por las tabernas, envuelto en su pintoresco _carrick_.
Al cabo de unos años se quebró el cristal encantado de la leyenda, y
volvieron los días de penuria y la sórdida pobreza ululaba a la puerta
de su hostal. En los últimos tiempos se arrastraba por los tugurios
tocado con un sombrero gris y desvencijado, con la pipa humeante,
abatida sobre las barbas canas y enmarañadas, y en los ojos ciegos un
gran deslumbramiento de ilusión.
Su _carrick_ destrozado era la rota bandera de los días suntuosos y
efímeros, e inspiraba la desolación de una grandeza en ruinas.
Pero siempre que le encontrábamos nos saludaba optimista y sonriente,
con un gesto de clásico caballero español.
--Vaya usted a mi casa cuando guste. Vivo en un hotelito en el campo.
¡Hay allí una gran paz que invita a escribir!
Y el mísero vivía en una choza solitaria, perdida en un barranco de las
afueras de Madrid.
Por su obsesión de escribir renunció a todo y sacrificó los cincuenta
años de su vida. Todos sus artículos, sus versos, sus libros, no le
produjeron una sola peseta, ni pusieron una sola hoja de laurel sobre su
ataúd pardo y siniestro de hospital. A veces el arte es demasiado cruel;
deidad y vampiresa exige hasta la última gota de sangre de sus pobres
ilusos.
Así caen destrozados entre la indiferencia los bravos paladines de la
bohemia. Su fiera independencia espiritual, su altivo individualismo es
la causa del doliente remate de esas vidas. Carecen de habilidad, de
condiciones de mercader para administrar su talento. Producen bien o
mal, por el gusto de hacer algo bello, por el anhelo de su alma de
derramar lo que llevan dentro. Y mientras ellos cantan, las hormiguitas
hacen su granero.
Siles ha muerto de una manera trágica; hallaron su cuerpo caído en medio
de una carretera, de noche, como un montón andrajoso, y en un carro,
como un fardo inútil, ni saber quién era, le llevaron al hospital.
Sirva la angustia sincera de mi corazón como plegaria por este cofrade,
que ya no volverá a recitarme sus sonetos en la alta noche, cuando ambos
ambulábamos por las calles como dos sombras de un mundo absurdo de
sueños de arte y de dolorosas tragicomedias.
_Glosario pintoresco_
POCOS escritores se alegrarán como yo de los faustos sucesos que le
acaezcan al poeta Villaespesa. He leído que, como dramaturgo, está
haciendo un paseo triunfal por América. Esto me agrada, porque lo
considero como el triunfo colectivo de un género, de una época y de una
pintoresca familia literaria.
Está muy bien y es muy justo. Lo que me parece es que ha tardado
demasiado en llegar. Un poco antes, y se hubieran evitado muchos cafés
con tostada, que es el régimen más absurdo de alimentación.
Villaespesa es de los poetas que han comido peor; como veis, esto es el
colmo de la redundancia. Pero él ha probado bravamente que se pueden
escribir versos admirables y soñar con princesas, alimentando la miseria
corporal con queso manchego y chocolate con churros.
Ha pasado por la vida misérrima sin enterarse, con los ojos vendados por
un jirón azul de ideal. Esta divina inconsciencia le ha librado de
comprender que los camastros de la Posada del Peine son más propios para
cenobitas, que gustan de atormentar el cuerpo, que para gente voluptuosa
que guste de dormir a pierna suelta.
Tampoco aquel su suntuoso _alzacuellos de obispo_ era el último alarido
del dandysmo ni de la comodidad. Pero de todas las menguas le salvaba su
imaginación.
Un día de opulencia se encontró con Julio Camba. Villaespesa tenía un
aire de gran señor, llevaba bajo el brazo un formidable envoltorio.
--Acabo de cobrar un libro y... me he comprado doce mudas.
--Hombre, me alegro mucho--exclamó Camba--; tengo una cita galante con
una bailarina, con la...--y pronunció uno de esos nombres radiantes,
cascabeleros, armados de voluptuosidad, que, desde los carteles
teatrales, hacen latir violentamente a los corazones de veinte años--.
Estaba muy triste, porque no podía ir por el estado ruinoso de mi
_deshabillé_. Pero tú has venido a salvarme. Me darás unos calzones.
--La cosa es que, verás... calzones no he comprado ninguno.
--Me contraría mucho; pero, en fin, me darás dos camisetas.
--Tampoco, porque yo creo que la camiseta es una prenda superflua, y no
he comprado ninguna.
--Bueno, hombre. ¡Al menos, me darás una camisa!
--Chico, la verdad, no puedo darte una camisa... entera.
--¿Eh?
Villaespesa desenvolvió su lío. Las doce mudas se reducían a doce
camisolines, o sea doce cuellos y doce pecheras. ¡Oh, prodigios de la
fantasía!
La hermosa bailarina esperó en vano aquella noche a Julio Camba.
Su labor teatral en América le dará dinero y gloria. Empleará el magín
en forjar versos y situaciones dramáticas en lugar de asaltar editores y
prestamistas. Porque con este honorable gremio, Villaespesa ha sido un
águila. Una vez empeñó una calavera, asegurando que volvería a sacarla,
porque era un recuerdo de familia.
Estos episodios pertenecen a la época heroica de mi generación
literaria. Cuando Camba era anarquista y sufrió un proceso por injurias
a San Judas Tadeo; cuando un poeta dormía en el ascensor de un prócer
tonto y tacaño, que era tío del vate sin albergue; cuando Barriobero nos
invitaba a comer las paellas que él mismo condimentaba y llamaba a los
horteras _pinocentauros_, o sea cuerpo de hombre y las patas de madera,
el mostrador. Cuando Pueyo nos llevaba a los cafés con música y,
emocionado por las arias de _Marina_ o de _La Bohême_, nos confesaba que
él también había escrito versos en la juventud... Cuando vendíamos
todos los libros y empeñábamos todas las prendas--¡oh, aquella levita
suntuosa de Bargiela!--, y Antonio Machado, el gran poeta, al recibir un
libro nuevo, exclamaba corriendo al tenducho del librero de viejo:
--_Sol de la tarde._ ¡Muy bien! ¡Café de la noche!
_Elegía de un hombre inverosímil_
¿CONOCÉIS algo más triste, más desvencijado, más fracasado que un
traductor? Es la forma más lamentable del desastre literario. Pues
Forondo era el traductor calamitoso, por antonomasia, entre todos sus
traspillados cofrades. Forondo tocaba el violín; pero, según se decía,
le expulsaban de todos los cafés porque al comenzar a tocar su violín se
cortaba la leche. Y esto perjudicaba mucho al crédito de estos
establecimientos. Poseía una bonita voz de canario flauta; pero no podía
ser aplicable en los coliseos mas que entre el coro de señoras, y
Forondo tenía una espesa barba multicolor que le impedía interpolarse
entre canoras hijas de Talía. Algunas mañanas cantaba los motetes en
algún templo, y por las noches acudía a un mitin societario, porque
Forondo era un hombre terrible, enemigo personal del Papa. Forondo era
el autor de esta frase demoledora: «De tejas arriba no hay más que
metafísica y gatos».
Nuestro amigo vino a Madrid a ser poeta lírico. Escribió un soneto y se
dedicó al café con media con verdadera intrepidez. Envió su soneto a
todas las revistas y le fué devuelto, «porque había mucho original en
cartera». Un periódico no se le admitió porque su soneto era demasiado
corto. Entonces escribió un poema en ciento catorce octavillas
italianas, titulado «Dios»; pero tampoco se publicó, porque el director
_opinó_ que «Dios» no era asunto de actualidad. Forondo carecía del
sentido de la ponderación. Lo quiso ser todo y al fin no fué nada; esto
es: finó siendo traductor. Elaboraba a brazo sus traducciones. «El pobre
pequeño niño sacó su muestrecita. Eran once horas sonadas», o bien: «El
desconocido llevaba un pantalón corto y una capa del mismo color».
Estas son unas donosas pruebas de su estilo de traductor.
Jamás tuvo ideas propias ni se compró un traje nuevo. Por dentro y por
fuera iba siempre adornado con prendas que le estaban anchas. Cuando yo
le conocí, Forondo vendía perros en la acera del Suizo. Él me vendió un
lindo ratonero muy inteligente, que mordió al señor D. Pedro Luis del
Gálvez, suceso que repitieron las gacetas. Mi ratonero tuvo razón. Era
un perro consciente, como los ciudadanos de cualquier Comité de barrio.
Forondo dormía en casa de Han de Islandia, un espantable hospedero de la
calle de la Madera. El joven montaraz y notable poeta Javier Bóveda le
conoció allí. Por cierto que se asustó mucho; moribundo de tuberculosis,
con sus barbas rojas, negras, amarillas, y en calzoncillos, no era
precisamente una Venus saliendo de las olas. Saliendo de entre las
sábanas equívocas de su camastro, al fulgor luminoso del candilón,
moribundo, famélico y derrotado, era más bien la alegoría espeluznante
de la bohemia matritense. La historia de Forondo es una novela ejemplar
para aviso de los jóvenes portaliras que sueñan en su rincón provinciano
con esa musa trágica de Verlaine, de Manuel Paso y de Alejandro Sawa,
estos grandes mártires de la religión de la literatura.
Era el amante ideal de la Cari-Harta y demás princesas de la gallofa.
Cuando no tuvo perros que vender se dedicó de lleno a la traducción.
Trabajaba quince horas diarias, luchando con la doble dificultad de que
si bien no conocía el francés tampoco dominaba el castellano. Esta es la
especialidad de casi todos los traductores. Y ello es natural y
corresponde a la generosidad de los editores.
Hace pocas noches Forondo llegó al cafetín donde se reunía con otros
pigres. Estaba más enfermo, más pálido, más roto que nunca.
--Vengo a despedirme de vosotros. Traigo media en las agujas...
Todos celebraron el símil taurómaco y le ofrecieron un _café con media
de honor_. Después Forondo se marchó... se marchó a la fosa común.
Hambres, fríos, humillaciones. Acoso de hospederos, de mozos de café,
alguna picardía peligrosa para extraer un poquito de calderilla. Y el
desdén de los poderosos, de los burgueses; la soledad y el dolor. ¿Vale
la pena afrontar todas estas tremendas larvas de la desgracia por haber
hecho un soneto corto, según la opinión de un director de revista? El
vicio de la literatura resulta demasiado caro.
Forondo se ha muerto. Yo le estimaba; estaba siempre triste, estaba
siempre fracasado. Me inspiraba el afecto de la desventura. Pero algo
queda sobre mi conciencia como un peso muy grave. Forondo me confesó que
había seguido el camino de las letras y había caído en la Puerta del
Sol, encantado por la lectura de mis narraciones de la bohemia
pintoresca.
De todos modos, yo no tengo la culpa de que me hubiera leído mal. La
bohemia es triste, desastrosa, absurda. Y más aún cuando no se tiene
talento ni temperamento literario. No sé qué hechizo tendrá esa musa
trágica del arroyo, que seguramente mañana volverá a verme Forondo
redivivo diciéndome:
--Verá usted, yo he venido a Madrid a luchar con la gloria. Le voy a
leer un soneto.
Y me leerá otro soneto corto, y después a dar saltos mortales para
conquistar el camastro de esos hostales de la bohemia, figones de
Satanás con manjares embrujados, que sólo se pueden ingerir cuando se
poseen las hambres de doscientos poetas juntos.
_Nuestro amigo el alquimista_
NUESTRO amigo Aclayar es alquimista. No posee un laboratorio misterioso
con retortas, ni usa túnica ni caperuza, como los nigromantes remotos.
La alquimia se ha modernizado. Ya no quiere fabricar el oro; más
modesta, se conforma con elaborar pesetas sevillanas, precioso metal en
este reino de la calderilla. En lugar de arrojar materias químicas al
hornillo infernal, hace números en una tarjeta, invocando a Butatar, que
es la deidad del cálculo.
Nuestro amigo ha escrito un libro para ganar _infaliblemente_ a los
juegos de azar. Nosotros le decimos que todo martingala se reduce a una
combinación para perder con método. El alquimista sonríe:--El azar no
es una cosa diabólica. El ingenio humano puede vencer a esa diosa
meretriz que se llama la Fortuna.
El alquimista tiene una llamita de ilusión en sus ojos, rojos de tejer y
destejer las cifras: siniestra tela de Penélope que ha servido de
sudario a tantos soñadores del número. Las matemáticas tienen tanta
poesía como un bello soneto. Aclayar es un poeta del cálculo de
probabilidades, un estoico de la ruleta y de sus malas artes de hembra
caprichosa, un apóstol del martingala.
Ahora que se alzan en España incontables capillas del Azar, no me
negaréis que mi alquimista es un personaje de actualidad. Él cree poseer
el secreto para hacer oro, y este rico metal piensa extraerlo de la
rueda diabólica, y como testimonio, ha escrito un curioso volumen. Yo
prefiero esta lectura a otro volumen de rimas, chirles o a una novelita
de _Biblioteca Patria_. Tiene ciertamente, más poesía y más palpitación
espiritual, aunque nuestro alquimista se equivoque, lo mismo que
fracasaron sus predecesores en la busca del oro.
Un hombre de pasiones y de imaginación no puede resignarse con la
pobreza o con un pasar ramplón y cotidiano. Hay que ahuyentar al lívido
y desarrapado espectro de la necesidad. Hay que buscar la llave mágica
que abre los tesoros de la vida: la espada bruja que decapite al dragón
de la miseria. Y este talismán impreciado es el oro.
Un hombre pasional e imaginativo ama a las bellas mujeres, los viajes
por las tierras fabulosas y lejanas, las obras de arte, los libros
inmortales. Y sueña con conquistar el oro, que es la palabra misteriosa
que abre todos los paraísos y da la serenidad de espíritu necesaria para
la contemplación de lo bello. La pobreza amarga el amor, el arte no es
buen camarada de la necesidad, a pesar de que se dice que el hambre
aguza el ingenio.
Además, nuestro alquimista sueña con obtener ganancias fabulosas que le
permitan suprimir, en torno suyo, el dolor social.
Comprende que el dinero, en los contratos humanos, es el espíritu del
mal. Un filántropo rico e inteligente como él sería un nivelador.
Repartiría los billetes de los grandes casinos entre los pobres, los
fracasados, los parias de la injusticia de esta sociedad farisea y
anticristiana. Este ideal altruista merece nuestros plácemes. El dinero
del juego está amasado con dolor, con sangre, con toda la turbia gama
del delito. El alquimista lo trocaría en alegría, esperanza,
tranquilidad. Arruinaría a todos los empresarios de juego, eso sí; pero
el fin justifica los medios, según nos han enseñado los nietos de
Loyola.
Nuestro amigo sabe que la Fortuna prefiere a los toreros, a los navieros
contrabandistas, a los _profiteurs_, buitres de la carnaza europea. Él
es intelectual, es un poco soñador y desdeña estos menesteres
antiestéticos. Tiene alma de luchador y prefiere luchar con el monstruo
del azar. Es más noble y más heroico. Como buen filósofo, sabe que es lo
mismo combatir en las encrucijadas de la vida que contra el capricho de
la bolita saltarina, que puede ser la dicha o el desastre para tantos
espíritus ilusionados. La vida no es más que una ruleta mucho más
grande, cuya bolita--fortuna o fracaso--rueda invisiblemente en torno
nuestro. El alquimista aspira a ser un superhombre que domine las
fuerzas ciegas o, al menos, que las sujete entre las reglas de un
martingala, basado razonablemente en el cálculo de probabilidades.
Yo creo que su libro no les será útil a los lectores. En los lances del
azar, como en la vida, cada uno es víctima de su temperamento. El que se
arruina en el juego, es por un torbellino de locura que hay en su alma;
le pasaría igual con una querida vampiro, con la política o con los
negocios. Además del invisible factor de la suerte personal, es que
tiene la voluntad enferma. Para vencer a los duendes del azar hay que
tener un espíritu fuerte y sereno, como para dirigir multitudes. La
voluntad y el ingenio pueden vencer a la mala suerte.
El libro lo vende el editor Pueyo. Pero conste que no es _réclame_. No
tengo el menor interés por éste ni por el otro editor. El librero,
comerciante del cerebro ajeno, realiza el milagro de comer de los libros
sin saber leer. Sentimos hacia el hermano librero la mayor
desconsideración, y lo decimos de esta manera franciscana, como
pudiéramos decir el hermano lobo o el hermano buitre. El librero es el
enemigo del escritor. Debería inventarse un violento insecticida para la
destrucción del librero.
_El galán de los "ouistitis"_
AQUEL rincón de café era como un muestrario de personajes absurdos.
Poetas, pintores, _apaches_, inventores... En los cristales amarillentos
se reflejaban las chalinas y las pipas, y, a veces, como una aparición
de balada germana, la linda cabecita de paje rubio de Betina Jacometi,
una genial pintora holandesa, a quien la policía metió en la cárcel sin
más razón que la de fumar cigarrillos por las calles y ser muy extraña.
Esto, que es una cualidad de aristocracia, llevó a la pobre Betina a la
prisión, de donde salió tuberculosa. Esta mujer artista, de espíritu
extraordinario, dice que todo en España es _idioto_, menos los amigos
del café silencioso. Realmente, con bastante dificultad se podría
hallar un cenáculo más pintoresco y más multiforme.
El amigo Montalbán, arqueólogo y cazador de leones, nos hablaba de sus
exploraciones en la India; Peñalba, el _Tartarín de la cuarta plana_,
nos decía sus sueños de publicidad, a la americana, mientras tomaba café
con media; el poeta Alberto Valero se dedicaba a cantar la romanza de
_Roberto, el diablo_, con unas burguesitas sentimentales de la mesa
contigua. Betina fumaba, fumaba, con los ojos azules e ingenuos, en un
éxtasis de arte. ¿Qué pensaría aquella linda cabeza de paje provenzal,
tan exquisita, tan femenina y al par tan rebelde y tan misteriosa?
Después, llegaba _Fantomas, el rey de los ladrones_. Nosotros no le
tomamos nunca completamente en serio. Nos parecía un folletín ambulante.
Bien vestido, rasurado a la inglesa, con un acento también inglés
(deslucido por su dejo catalán primitivo) y su monóculo, un bastón con
correa y una gabardina, _Fantomas_ era un espectáculo.
--¡Mozo!: _Whisky and soda..._ _Miri_, mejor es que me traiga un _five
o'clock tea_.