SEGURAMENTE vosotros, buenos burgueses, tenderos adinerados

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EMILIO CARRÈRE

LA COPA DE VERLAINE

MADRID

1918

A

JESÚS DE LAS HERAS

GRAN AMIGO, GRAN SIMPÁTICO,

VENCEDOR DEL AZAR

EL AUTOR

_Índice_

La Copa de Verlaine

En Madrid se come mal

El viejo poeta Nerval

Hábitos y extravagancias de los escritores

Los argonautas del vellocino de... cobre

La última copa de Edgard Poe

Los poetas borrachos

Un duelo romántico

Las manos de Elena

Siles y su carrik

Glosario pintoresco

Elegía de un hombre inverosímil

Nuestro amigo el alquimista

El galán de los «ouistitis»

Sindulfo, arqueólogo y cazador de alimañas

El poema del mal poeta

La sombra del rey galán

La plazoleta de los fracasados

Las paellas de un revolucionario

La noche

Un viejo café galante

Perfil de tragicomedia

Santaló

La capa bohemia

La capa de mendigo

_La copa de Verlaine_

PABLO Verlaine tenía una sed fatal, una sed monstruosa y suicida, y

bebió hasta la muerte. Tal vez oía la voz de una sirena fabulosa en el

fondo glauco del ajenjo. El ruiseñor protervo iba al café D'Harcourt y

bebía, bebía... Las cuartillas aguardaban en una carpeta, junto al

tintero feo, mezquino, de fosforero de café. El rincón era un suave

remanso melancólico en el triunfo de luz y de sonidos del loco París.

A veces, con el hórrido tintero y la pluma oxidada, que manoseaba el

vulgo más gárrulo, Verlaine escribía un poema de maravilla. Pocas veces

podía pagar sus ajenjos. Cuando llegaban algunos admiradores, algunos

amigos, el poeta, tristemente borracho, pedía dinero. Después, a la

alta noche, en las tabernas de apaches y de meretrices, a la hora de la

fatiga del amor callejero, Verlaine arrojaba los luises que había

demandado, como una lluvia de oro, sobre la dolorida canalla. Así sus

versos eran una lluvia de estrellas sobre los vulgos que aullaban y le

ofendían al verle pasar borracho por su lado.

En su barrio tenía una popularidad grotesca. Era un viejo loco, beodo y

mal vestido, que arrojaba dinero a la chiquillería, que hacía befa de su

extraña liberalidad y le tiraba piedras. Cuando murió, las comadres

hicieron grandes aspavientos viendo llegar coches blasonados y fulgentes

uniformes. Creían que su vecino no era sino un mendigo estrafalario.

Y espiritualmente no era tampoco muy bien conocido:

Car elle me comprend et mon coeur transparent pour elle seule,

hélas, cesse d'être un problème.

Para esa desconocida, _rubia o morena o roja_, su corazón transparente

cesó de ser un problema, para ella sola...; pero ella no existió jamás.

Para sus contemporáneos--a excepción de pocos nobles espíritus--fué un

gran poeta que tenía un defecto, se emborrachaba y hacía una vida

absurda: _Derrochó sus felices dotes naturales, que hubiese podido

desarrollar para bien de su obra y de su reputación, haciendo una vida

más metódica._

Al desconocido idiota que escribió esto le conozco yo personalmente. Es

una especie de tonto que abunda en todas partes: el tonto cosmopolita.

Poe lo sufrió en Norte América; Verlaine, en París, y en España, muchos

espíritus artistas que no se adaptaron a la hosca estupidez del

ambiente. Es el tonto sensato, valga la horrible paradoja.

¿Y qué más quería el tonto discreto, el tonto metódico, el tonto de

sentido común, que hubiese hecho Verlaine? Cerca de diez volúmenes

incomparables, únicos, escribió el viejo poeta maldito en los cafés, en

las tabernas, acaso en sus largas temporadas de hospital, al que el

_pobre Lelian_ llamaba su palacio de invierno. La capa de mendigo de

Verlaine es hoy la bandera de la Francia espiritual. Está ungida por la

gloria. Es una cumbre dorada por la inmortalidad.

Estas glorias póstumas suelen ser un sarcasmo. Sirven para enriquecer al

editor; más amargo viceversa, cuanto que el poeta ha pasado una vida

desastrosa. Es la eterna tragicomedia desgarrante.

Verlaine tenía una sed fatal que no se saciaba nunca... ¿Fué por eso un

originalísimo y alto poeta? Pedro Luis de Gálvez cree que sí, y quizá

tenga razón este admirable ingenio, este excelso poeta, odiado,

desdeñado, absurdo, fantástico, que rueda por las calles, borracho y

triste, al asalto de unas pocas monedas de cobre roído, en este

miserable país de la calderilla. Pedro Luis lleva una fatalidad

misteriosa sobre su cabeza.

No hay poeta que, como Verlaine, esté ungido de la gracia lírica. Tiene

una emoción única y una magia peculiar para engarzar las palabras en

collares armoniosos, de divinos matices crepusculares. Se puede decir,

sin hipérbole, que es un brujo de las rimas, de las inefables palabras

musicales, donde vierte su alma mística y pagana, ferviente, pecadora,

universal. ¡Pobre Verlaine, mendigo, borracho y solitario! ¿De qué

sideral armonía estaba henchido tu triste corazón, que era al par una

gusanera de pecados mortales?

¿Qué enorme catástrofe de alma te engendró aquella gran sed, monstruosa

y suicida? Una sirena encantadora cantaba en el fondo del vaso y tú no

querías oír sino su voz emponzoñada de trágica Loreley. Y allí te

esperaba la Muerte, la marioneta descarnada, todo blancura y piruetas,

como la Colombina de tus fiestas galantes.

Colombine rêve surprise

d'écouter un coeur dans la brise

et de sentir dans son coeur voix.

Tú también oías voces milagrosas en tu corazón cuando cincelabas tus

versos con la pluma menguada y con el tinterillo ruin del café bohemio.

¡Oh, pobre, maldito y solitario! A tu lado pasaba el triunfo de la

ciudad sirena, de Lutecia, la loca, sin una sonrisa de cariño para el

divino poeta, que, con un humorismo que hiela los huesos, llamaba al

hospital _su palacio de invierno_, del tremendo invierno parisiense.

Quizá el genio sea la compensación de la miseria y de la desgracia,

_que ser feliz y artista no lo permite Dios,_

como, con dichosa y amarga lucidez, ha escrito Manuel Machado. Ser un

gran poeta equivale, pues, a ser un gran infortunado. Mercurio tiene el

oro guardado en la caja de su trastienda. El amor de las mujeres

hermosas, la admiración de la multitud es en España para esos muñecos

emocionantes vestidos de oro que saben sonreír cuando la Muerte les roza

los caireles. Acaso llegue la gloria para los artistas... pero después

de muertos. Es una burla demasiado cruenta del Destino.

¡Copa de verde y ponzoñoso licor, donde la sirena del genio supo cantar

para Verlaine! ¡Acaso en el fondo del vaso esté el dulce talismán que

encanta la vida! _Embriagaos de amor, de virtud o de vino. Cuidad de

estar siempre ebrios_, dijo el trágico Baudelaire al sentir el enorme

vacío de su existencia, que fué gloriosa... más tarde, cuando una vida

negra y una muerte de perro le arrojaron a la eternidad como un guiñapo

muy glorioso, pero muy maltrecho y muy dolorido.

_En Madrid se come mal_

NUESTRO amigo Zarathustra, en una de sus andanzas, se casó con una joven

inglesa, hija de un español que tenía una librería de viejo en un barrio

apartado de Londres. Zarathustra es literato y, en consecuencia, no

tiene dinero. Trajo a su mujer a Madrid, la llevó a comer a los figones

de los poetas bohemios y durmieron en las clásicas posadas de la Cava

Baja. A los pocos días madama Zarathustra exclamó ingenuamente:

--¡En Madrid se come muy mal!

Verdaderamente es asombrosa la resistencia de los estómagos literarios.

Cada joven poeta del arroyo es un caso de supervivencia milagrosa, «a

pesar» de los restaurantes donde ha yantado. Para entretenimiento del

lector bien alimentado recordaré alguna de estas yácijas de la

necesidad. El restaurante del Loro, La Precisa, La Marina, El figón de

_El Imparcial_, La Montaña... Por estos desapacibles lugares hemos

arrastrado la ilusión nuestros veinte años, hemos contemplado nuestro

rostro, nuestra pipa y nuestras guedejas en los viejos espejos, y ante

estas mesas--mientras nos servían el ligero condumio--hemos declamado

nuestros primeros sonetos en obsequio de algún amigo, también portalira,

con mucho pelo y muchos sueños bajo las haldas enormes de su chambergo.

La Precisa era un figón muy interesante. Y también diremos muy doloroso.

Tenía un comedor interior muy lóbrego donde se juntaban empleados de

exiguas mesadas, con sus chaquets ribeteados de trencilla parda y los

calzones en hilachas, ilustres mártires de la Administración, en la

lamentable compañía de sus esposas y de sus criaturas--la infancia fea

por el tatuaje de la miseria--, que palmoteaban gozosas ante los

manteles vinosos y corcusidos, exclamando:

--¡Qué gusto, hoy vamos a comer de fonda!

Una tortilla costaba un real; una sardina, cinco céntimos; una ensalada,

otros cinco; un plato de legumbres, 15...; un _bifteck_ con patatas, dos

reales. Cuando algún parroquiano pedía este plato inusitado, el mozo

dudaba antes de servirlo, o murmuraba suspicaz:

--Este pájaro «está en dinero». Debe de haber cometido alguna estafa...

Iban algunas viejas pensionistas que «tenían crédito» en la casa, muy

parlanchinas, que contaban antiguas grandezas de cuando vivía su esposo,

el «brigadier», y daban saraos y «salían todos los años». Las viejas

solitarias suelen estar un poco locas. Todo el pasado les está hablando

constantemente y les pesa sobre sus pobres huesos desvencijados y sobre

sus almas saturadas de las antiguas coqueterías, de sus eternas

frivolidades de mujer. Suelen tener un amor furioso y extravagante hacia

los perros y los gatos. Una desviación caricaturesca de sus maternos

instintos estériles o frustrados. El día de cobro gustan de beber un

poco, porque el aguardiente es un diablejo galante y piadoso que les

hace olvidar que son muy pobres y demasiado viejas...

Aparte de los aprendices de literato, los demás eran el bajo fondo de la

clase media. Los literatos no pertenecen a ninguna clase social. Don

Uriarte de Pujana, por ejemplo, confía en ser jefe del Estado de un

momento a otro, tiene amores con grandes duquesas y cena chicharrones en

cualquier tabernón. Esto es: la política, la aristocracia y el pueblo

que se funden en el radio de acción de nuestro intrépido amigo.

El restaurante del Loro--tenía un magnífico y odioso loro disecado

pendiente del techo--presentaba «las mismas condiciones de economía y

pulcritud». Allí oímos cantar por primera vez a una gentil cantatriz que

después conquistó puestos honrosos en el Arte. Cantó la «Siciliana» de

_Cavalleria rusticana_; todos los poetas nos enamoramos repentinamente

de ella y la dedicamos apasionados sonetos. Su padre, que era zapatero,

muy emocionado por nuestra ofrenda, se brindó heroicamente a

componernos las botas a todos los poetas, gratuitamente.

Muchas familias de «náufragos provincianos» caían en los figones,

«personas decentes» que rodaban los escalones de la penúltima miseria.

Haremos notar que nunca se debe decir la última miseria; es una

imprudencia que puede molestar a la Desgracia, y entonces nos apretará

más el resuello. Siempre hay mayores extremos de dolor, y callar es

bueno. Estos provincianos adquieren de la corte la misma opinión de

madama Zarathustra:

--¡En Madrid se come muy mal!

Se come mal y se duerme mal... y caro. A los vagabundos que no tienen

domicilio fijo y duermen en las posadas les cuesta siete u ocho duros al

mes y no tienen casa en realidad, sino una yácija para tirarse de noche.

Notad qué importancia adquieren estos menesteres de dormir y comer en la

contemporánea literatura de costumbres. El aprendiz de literato añade la

musa de la alimentación a las otras nueve hermanas.

Hay algunos habituados a La Precisa y a los dormitorios de la calle de

Peña de Francia o de casa de la Coja. Son los espíritus paralíticos que

no saldrán jamás de ese ambiente que si es pintoresco, también es

amargo. Es igual que la bohemia, que es un puente que se pasa bien en la

juventud; pero es peligroso seguir de por vida de bracero con esta

triste querida del arroyo, que al par de nosotros va envejeciendo y en

seguida pierde su salvaje belleza y la alegría de la primera hora

ilusionada.

_El viejo poeta Nerval_

GERARDO de Nerval es un nombre desconocido de nuestro público. Fué un

gran poeta francés que, hace muchos años, una noche lúgubre de enero, se

fué de la vida, ahorcándose del hierro de un tragaluz, en la horrible y

sucia calleja de la Vieille Lanterne, en un rincón del París de los

apaches y de las buscadoras de amor.

Perteneció a la generación literaria de Gautier, de Balzac, de

Baudelaire, de Murger y de Houssaye; época de la bohemia dorada,

pintoresca y espiritual. Los amplios bolsillos de su levita negra eran

una amplia biblioteca ambulante. Libros de versos, de filosofía, de

estética, e innúmeros cuadernos de apuntes. Nerval amaba lo raro en la

vida y en los libros; fué un profundo orientalista--además de un

exquisito poeta--, y se inició en todos los ritos esotéricos. Tradujo el

_Fausto_, y Goethe le escribió estas palabras: «Nunca me he entendido

mejor que cuando os he leído».

En 1836 publicó su _Bohemia galante_. Hizo, con Gautier, la crítica

teatral en _La Presse_, y publicó interesantes trabajos; pero era un

hombre tímido y solitario que desdeñaba la popularidad y los firmaba con

seudónimos distintos. Tenía la inocente vanidad de que se le creyese un

perezoso, y, en realidad, trabajaba intensamente, sin darle importancia,

en un rincón de cualquier cafetín solitario, dando tregua a sus lecturas

profundas y eruditas.

Dedicó la mayor parte de sus horas a crearse una vida fantástica y

únicamente interior, que para él tenía una absoluta realidad, como aquel

M. Joyeuse, de Daudet. Cualquier detalle que veía al paso hería

vivamente su imaginación; el resto de la novela se elaboraba rápidamente

en su laboratorio mental. Se enamoró de una belleza misteriosa, a la

que no dijo nunca nada de su cariño; pero un día que la Casualidad, la

providencia de los poetas, le envió un montón de oro, se fué a casa de

un mueblista y compró un amplio lecho Renacimiento, con bellas

esculturas, entre las que se veía la salamandra de Francisco I. Pero no

se había ocupado de alquilar un cuarto, y la magnífica cama fué a parar

a casa de Gautier... donde inútilmente esperó a que reposase en ella el

cuerpo de la bella desconocida.

Tenía la fiebre de la lectura. Leía acostado doce horas de un tirón, y

encontró un modo extravagante de alumbrado: ponía en equilibrio sobre su

cabeza una gran palmatoria de cobre, que iluminaba perfectamente las

páginas; pero, a veces, se dormía y la palmatoria rodaba por la cama,

con grave peligro de incendio.

Acaso bebía un poco o se entregaba al opio; lo cierto es que sus

extravagancias se hicieron muy frecuentes. Hubo que llamar al médico,

cosa que indignó mucho a Nerval, que no comprendía la ingerencia de la

ciencia total, porque un día se paseó por el Palais Royal, llevando tras

sí un cangrejo sujeto por un largo cordón azul. «¿Acaso--decía--un

cangrejo es más ridículo que un pato, que una gacela, que un león o que

cualquier otro animal de que pueda uno hacerse seguir? A mí me gustan

los cangrejos porque son pacíficos, serios, saben los secretos del mar,

no ladran ni asustan a las gentes como los perros, que tan antipáticos

le eran a Goethe, el cual, sin embargo, no estaba loco».

Tenía la preocupación del mundo invisible y de los mitos cosmogónicos, y

cultivó los círculos misteriosos de Swendenborg y, del clérigo

Terrasson. En un viaje que hizo por Oriente compró una esclava «de piel

dorada y de cabellos rubios y el pecho pintado de soles». Iba a

documentarse para escribir un poema de la reina de Saba y de Salomón, y

se dirigió al Líbano.

Fué huésped de los jefes drusos y maronitas, «semejantes a los burgraves

del siglo XIII».

Bien pronto olvidó los motivos literarios de su viaje, y quiso penetrar

la doctrina secreta de los drusos. Un día, jinete en su caballo blanco,

fué a visitar al Cheih Said Escherazy para pedirle la mano de su hija,

«la attaké» Siti Salema. Esta virgen drusa aceptó a Gerardo de Nerval,

le dió un tulipán y plantó un arbolillo, que debía crecer con sus

amores. Pero el poeta, un día que iba a ver a su prometida, divisó un

escarabajo y, tomándolo por mal augurio, renunció a su pintoresco

enlace. Con todas estas noticias, conociendo su labor poética, sus

inquietudes filosóficas y su fértil imaginación, que contrastaba con su

vida de bohemio menesteroso, este soneto epitafio tiene un gran interés

de emoción:

SONETO EPITAFIO

A ratos vivió alegre, igual que un gorrión,

este poeta loco, amador e indolente;

otras veces, sombrío cual Clitandro doliente...

Cierto día, una mano llamó a su habitación.

¡Era la Muerte! Entonces, él suspiró:--Señora,

dejadme urdir las rimas de mi último soneto--.

Después cerró los ojos--acaso, un poco inquieto

ante el helado enigma--para aguardar su hora...

Dicen que fué holgazán, errátil e ilusorio,

que dejaba secar la tinta en su escritorio.

Lo quiso saber todo y al fin nada ha sabido.

Y una noche de invierno, cansado de la vida,

dejó escapar el alma de la carne podrida

y se fué preguntando:--¿Para qué habré venido?

Dijeron que se había ahorcado en una hora de locura. Pero este epitafio

rimado demuestra lo contrario. Se fué de la vida en la cumbre de una de

esas crisis morales en las que acaso el hombre alcanza mayor lucidez.

¡Quién lo sabe!...

_Hábitos y extravagancias de los escritores_

EL público que ha sentido la emoción de la poesía, que ha reído con las

comedias y que ha seguido febril por el interés los episodios de un

héroe de novela, tiene, sin duda, una gran curiosidad por saber cómo han

sido escritas las obras literarias de su predilección. Aparte de las

interesantes _visitas_ de nuestro _Caballero Audaz_, muy poco se ha

cultivado en España esta literatura íntima y anecdótica: únicamente los

que establecemos nuestro _despacho_ en la mesa de un café ofrecemos un

pedazo de intimidad al interés de los lectores. Zamacois, Roberto

Castrovido, escriben sus admirables novelas y sus artículos maravillosos

sobre una mesa de mármol, con un tinterillo menguado, entre el

bullicio, envueltos en el humo de las salas de un cafetín de barrio. Es

éste un milagro de aislamiento entre la muchedumbre, para el que es

preciso una gran fuerza mental.

Valle-Inclán escribe en la cama, con lápiz. El pobre y grande Felipe

Trigo no podía trabajar sino en unas cuartillas en un tamaño de octavo

menor. Uno de nuestros más terribles revolucionarios, que tiene la

suerte de estar casado con una bella dama andaluza, urde sus furibundos

artículos... envuelto en un mantón de Manila de su esposa. No digo su

nombre para evitarle el sonrojo ante los terribles compañeros del

_Comité_ de barrio.

Los franceses han cultivado mejor este género de literatura íntima. Así

sabemos detalles interesantes y pintorescos. Moliere leía sus comedias a

su criada conforme las iba escribiendo. Cuando a la buena mujer no le

agradaba una escena el poeta la tachaba. Era _su previa censura_, el

mismo espíritu del público para el cual escribía.

El poeta Delille era muy perezoso, y su mujer le encerraba con llave

para que trabajase. Ella se iba a dar un paseo o a ver escaparates, y si

acaso llegaba alguna visita, el pobre poeta secuestrado abría el

ventanillo y exclamaba, con una resignación un poco cómica:

--¡Estoy cautivo! Le ruego tome asiento en la escalera; mi esposa no

puede tardar en venir.

Cuando ésta llegaba, hacía entrar a los visitantes con visible malhumor,

porque durante el tiempo de la visita el poeta no trabajaba. Delille

solía recitar algunas estrofas del poema que estaba componiendo; pero su

esposa le interrumpía violentamente:

--¡Eres un camello! No digas el _argumento_ de lo que escribes, porque

alguno de estos señores te lo puede robar.

Delille se ponía colorado y los amigos se marchaban haciendo furiosas

protestas de honradez literaria. En seguida la señora le colocaba las

cuartillas delante.

--Ahora, querido poeta, a ganar el tiempo perdido.

--Si he trabajado mientras tú no estabas en casa.

--No importa. Tú sabes que cada línea _nos vale_ cinco francos

aproximadamente. Es preciso hacer versos, hasta veinte duros, antes de

almorzar.

Y le dejaba encerrado con llave en su despacho.

Balzac fué también un forzado del trabajo literario. Murió literalmente

víctima del exceso de labor. Se acostaba a las seis de la tarde y se

levantaba a las doce de la noche, se envolvía en una especie de capuchón

frailuno, tomaba un gran tazón de café y a la luz de una araña de siete

bujías trabajaba hasta las doce de la mañana. Conforme iba escribiendo

arrojaba las cuartillas al suelo, sin leerlas y sin numerarlas. A las

doce entraba su criado a traerle el almuerzo, recogía las cuartillas

esparcidas y las llevaba a la imprenta.

Los impresores temían a las cuartillas de Balzac. Era para ellos como

una pesadilla. En pruebas, las rehacía totalmente. Teófilo Gautier

describe de este modo pintoresco las pruebas de imprenta de Honorato de

Balzac:

«Unas rayas gruesas partían del principio, del centro, del fin de las

frases hacia las márgenes de arriba a abajo, de izquierda a derecha, con

infinitas correcciones. A veces parecía un castillo de pirotecnia

dibujado por un niño. Del texto primitivo apenas quedaban algunas

palabras. El autor trazaba cruces, círculos, signos griegos, árabes...,

figuras ininteligibles, todas las llamadas imaginables, para fijar la

atención del tipógrafo. Tiras de otro papel atiborradas de escritura

iban adheridas a las pruebas con alfileres».

Gautier escribía muy de prisa. Las novelas que publicó en _La Prensa_

las iba haciendo diariamente en la misma imprenta, entre el ruido

ensordecedor de las máquinas. Aurora Dupin gozaba de parecida facilidad.

Trabajaba de un tirón ocho horas diarias, con la condición ineludible de

que había de ser por la noche.

Todo lo contrario fué el gran novelista Gustavo Flaubert, que después

de horrenda lucha con su estilo torturado, en una sesión de diez horas

sólo podía producir una cuartilla impecable, eso sí, y maravillosa.

Alejandro Dumas, padre, se contentaba con un vaso de limonada. Balzac

hacía un enorme consumo de café, y Aurora Dupin, la _Jorge Sand_, fumaba

como un marino. Alfredo de Musset buscó en el ajenjo, el terrible y

literario brebaje, la inspiración que le abandonaba después de la

catástrofe espiritual de Venecia, cuando su amante le burló con el

médico Pagello.

Gerardo de Nerval, el admirable poeta bohemio, tan desconocido en

España, no podía escribir en su casa... cuando la tenía. Si una revista

le encargaba un artículo, se iba a cualquier café. Sacaba de su bolsillo

el tintero, un montón de plumas, papeles, libros. Era todo su ajuar.

Cuando acababa de escribir el título llegaba un amigo inoportuno.

Gerardo volvía a guardar su biblioteca ambulante y se marchaba a otro

café, donde la escena solía repetirse. Y así, al cabo de recorrer todos

los cafetines, podía terminar su labor.

Villieres de l'Isle-Adam, el autor de _Cuentos crueles_, se retiraba a

su casa al amanecer y dormía hasta las doce. Se bebía una taza de caldo

y en seguida se disponía a escribir, sin levantarse de la cama,

sostenido por varias almohadas. Tenía a su alcance muchos lapiceros, y

trabajaba hasta las nueve de la noche, hora en que se levantaba para ir

a pasar el resto de la noche en alguna taberna de Montmartre.

El más lamentable era Paul Verlaine, vagabundeando por las zahurdas del

París nocturno, borracho de ajenjo. El poeta de _La cabeza de fauno_ se

sentaba junto a un vaso del glauco veneno con una hoja de papel. A veces

garrapateaba algunos versos, musitando palabras confusas, o bien

arrojaba la pluma con rabia, se retorcía las manos o las agitaba en el

aire, con estremecimientos de epilepsia. Después apuraba su vaso y

tornaba al trabajo, como un sonámbulo.

La manera de escribir, los estimulantes y las íntimas extravagancias de

los escritores célebres son un curioso detalle de su psicología y

ofrecen un gran interés para los lectores. Por eso mismo hemos recogido

estos apuntes anecdóticos esparcidos acá y allá en las biografías y en

las revistas francesas, más curiosas de la vida al detalle de los

grandes hombres que las revistas españolas.

_Los argonautas del vellocino de... cobre_

SEGURAMENTE vosotros, buenos burgueses, tenderos adinerados y

covachuelistas ecuánimes, no conocéis la moderna cofradía de titiriteros

o piruetistas. Sin embargo, los habéis visto en las aceras de la Puerta

del Sol, y al demandarles su ruta os habrán contestado con un gesto de

amable despreocupación:

--Ya ve usted, por aquí, navegando...

Porque las rúas de la corte son mares procelosos por donde bogan estos

navegantes en busca del vellocino, que suele hallarse en la gaveta de

algún amigo ingenuo y sentimental.

Yo quiero poneros al corriente del pintoresco vocabulario de esta

triste gallofa contemporánea, para que no hagáis mal papel en sociedad,

en la arbitraria sociedad de los nautas de lo imprevisto, funámbulos de

la casualidad y piruetistas de la Puerta del Sol, que es un lugar más

peligroso que Sierra Morena en el período heroico de los bandoleros.

--¿Adonde vas, inmenso poeta?

--Aquí, a la _Maison_; voy a ver si _opero_ a mi _amigaso Panchito

Bengalí_, ese escritor americano.

Porque en Madrid hay siempre un americano _operable_, lo que en tal

germanía o jerigonza quiere decir sujeto que da unas monedas fácilmente.

Ved un modelo de _operación_ epistolar:

«Señor: Los garbanzos baten el _record_ con Vedrines: se hallan en estos

momentos a dos mil metros de mi estómago desalquilado. ¿No le parece a

usted una absurda paradoja que los garbanzos vuelen? Para hacerlos

aterrizar necesito que usted me tienda un cable de catorce reales...»

Y el operado no puede menos de admirar un estilo tan literario y tan

metafórico, y da las tres cincuenta.

Llámaseles funámbulos o equilibristas porque su vivir es una cuerda

floja que se tiende a diario de un extremo a otro de la corte, en donde

ellos ejercitan ejercicios muy peligrosos. Lo difícil está en que no se

les vaya un pie y caigan de bruces sobre algún artículo del Código

penal.

Sus piruetas consisten en dar un salto mortal y caer en casa de algún

amigo a la hora de comer, y son titiriteros porque trenzan volatines y

corvetas para vender libros viejos y hurtarles otros, en un descuido, a

los mercaderes de libros, aunque este ejercicio mejor estaría llamarlo

de prestomania o magia de salón.

--¿Tienes algún _nombre_?

Esta es la pregunta de ritual entre los operadores. Quiere decir el

_nombre_ de una persona que dé dinero. El novelista D. José María Mateu

ha sido un gran _nombre_ para la seudobohemia. Gálvez, el _peligro

Gálvez_, más temible que el peligro amarillo, llegó a visitarle a las

tres de la madrugada--Mateu se acuesta temprano--para pedirle un montón

de calderilla. Mateu, dulce, tímido, con su perilla rubia, que parece

una perilla de teatro, padeció a Losada, el músico orangután, _la bestia

lírica_--que tenía un gran talento--, y a Granados, la _bestia

jurídica_, que tras de un discurso leguleyo con considerandos y

resultandos, acababa por pedir cero cincuenta. La gente, por no oír su

oración forense, más aburrida que un artículo de fondo, le daba el

dinero. Otro gran _nombre_ es Reynot. Por su elegante gabinete han

pasado los gabanes más mugrientos, los chapeos más abollados, los

zapatos más ruinosos. Reynot siente una gran satisfacción protegiendo

las letras patrias... con un montoncito de perras gordas. Su tiempo

precioso ha estado dividido entre la filantropía literaria y el servicio

de incendios. En todos los cafetines y los palacios nocherniegos se

habla de este elegante y ex municipal Mecenas con gran encomio.

Los pedigüeños saben bien que a los comerciantes no se les puede sacar

dinero. Son de una brutalidad inconmovible. Os hablan de que _el cajón

es menor de edad_ y otras cosas beocias. Un violinista sin albergue fué

a _operar_ a un tendero gallego, y entró en su almacén tocando la

_alborada_ de Veiga... ¡Y luego dicen que la música domestica a los

animales! El pobre músico tuvo que terminar su melodía y la noche en un

banco de Recoletos.

Para pedir dinero es preciso ser un psicólogo sutil. ¡Nadie lo da

generosamente! Hay que saber explotar la vanidad, el vicio o el secreto

de alguna intimidad tortuosa. El dolor, la miseria, la injusticia no le

interesan al que no las padece. Y esto lo saben los doctores de esas

aulas de tragicomedia que están siempre abiertas en las aceras

cortesanas.

Y estos lamentables bigardos os dirán que son filósofos, cronistas y

poetas. Algunos tienen talento, aunque no pueden vivir de la pluma. En

España la selección está hecha al revés. La inteligencia, incluso el

genio, es menos útil que la asiduidad, la adulación, la laboriosidad y

otras virtudes de oficinista. La tragedia de Edgar Poe se repite

todavía. Además, casi nadie tiene sentido de lo bello, y la literatura

les interesa a pocos. Y existe una leyenda cruel y sarcástica desde

Cervantes hasta hoy. Se dice que el insigne manco no cenó cuando terminó

el _Quijote_, y se cree que es muy gracioso que los literatos no

almuercen nunca. Parece muy literario, muy de _leyenda_ eso de las

hambres artísticas.

Por eso los aprendices de literato se lanzan a la Puerta del Sol,

intrépidos argonautas del vellocino de cobre. Pero no todos los que

comen en la Precisa y en Próculo y los que duermen en la yácija de Han

de Islandia son _intelectuales_. La mayoría sólo son _navegantes_... que

en las turbias aguas tienden su anzuelo a la sombra de la bohemia

pintoresca.

Porque, en realidad, lo que más les interesa es ir comiendo (vidas

vacías, paralíticas, ex vidas en las que los ideales se han

desmoronado), y por ello sólo se afanan los _operadores_, los

_piruetistas_, toda la seudoliteraria gallofa de este momento.

_La última copa de Edgard Poe_

EN los banales y sutiles ajetreos de la farándula política, en que el

favoritismo se yergue en divinidad sobre su propia bahorrina, es

edificante la evocación de un episodio hondo de desolación inquietante y

cruel, de la vida extraña de aquel inadaptable genial, de «aquel celeste

Edgardo» cuyo nombre figura en esa fúnebre antología de anormales y

degenerados entre los otros grandes locos: Nietzsche y Baudelaire.

Poe fué un precursor de esta moderna opinión de que la ciencia debe ser

el fundamento de todo arte. Químico, matemático, médico, oficiante

solemne de las capillas herméticas de abstrusas ciencias, su paso

funambulesco por la vida tiene algo de liturgia alada, real y demoníaca

a la vez. A trechos por el ultramisticismo de apoteosis de sus poemas

pasa una desolada sombra de horror: el ala angustiadora y proterva del

monstruo del alcohol.

Y así nos ha dado las más hondas y raras impresiones que artista alguno

dió a la humanidad en todos los tiempos. Hay en él voces misteriosas,

angélicas, ungidas; iniciaciones de todos los arcanos; ecos del cielo,

de la tierra y también del infierno. Tal vez fuera la noche, en cuyo

seno vagaba borracho en todas las ciudades y a todas las horas; la

noche, tan medrosa, tan aristócrata, tan reveladora, la que ponía en su

corazón esas palabras ultrahumanas, tan únicas en su regia originalidad,

tan perennemente emocionales.

Y también como en ésta, en aquélla y en todas las épocas, había una

dorada medianía culta, un rebaño de hombres equilibrados, fácilmente

moldeables a todas las formas y a todas las conveniencias; una

humanidad correcta, honorable, de tan glorioso sentido común, que

rechazó de su seno, babeó la reputación y mordió la sandalia de aquel

extravagante perturbador de la buena armonía de las costumbres, de aquel

inadaptable inmoral. Y se dió el caso estupendo de que en algún

periódico le pagasen menos dinero que a los demás, reconociendo la

superioridad de su talento; y por eso mismo, porque su arte era

«demasiado original».

Y esa cualidad no la perdonan nunca la poetambre, ni los paladines de la

frase hecha.

Avanzando en la miseria hosca, en la confidente soledad que le era tan

amable; eterno trashumante, muerta su mujer, la dulce Virginia, esa

bella sombra añorante que pasa por los versos de _El Cuervo_, esa

«incomparable y deslumbradora doncella que los ángeles llaman Leonor»,

errando, pues, por el mundo, llegó a Baltimore la noche antes de unas

elecciones de diputados.

La ciudad hervía en la agitación huraña de esos momentos. Poe entró en

una taberna y bebió, bebió incesantemente en unión de un antiguo y

fatal camarada que el azar le deparó.

Ya a la madrugada, en ese punto visionario y absurdo de los borrachos,

en que el alcohol hace bailar a todas las cosas una zarabanda

fantástica, habiendo sido reconocido por algunos, el poeta se vió

obligado a recitar sus versos entre el ulular delirante del concurso y

el ambiente plúmbeo, homicida, del antro.

Una de las muchas rondas que recorrían la ciudad reclutando a lo florido

del hampa, a los bigardos y galloferos de todas partes que andaban

lampando por las calles, para acarrearlos a votar al día siguiente, topó

con el grupo de borrachos en que iba Poe, y todos juntos fueron

encerrados en una mazmorra donde les dieron de beber, de beber hasta el

enloquecimiento.

El poeta, que estaba consumido por ese horrible mal que se llama

combustión espontánea, votó al día siguiente entre aquel enjambre

borroso y hediondo, y, al apurar la última copa que le brindaron, cayó

definitivamente herido por el _delirium tremens_.

Pocas horas después murió aquel portentoso artista en el anónimo

desconsolador de un hospital. Sus compatriotas se cebaron cruelmente en

su memoria, y el periodista Rufus Griswold, que había sido su amigo,

hizo una repugnante campaña de difamación, caliente aún el cadáver de

aquel desgraciado superior.

La vida del cantor de Ligeia, esa extraordinaria mujer, prodigio de

carne y maravilla de inteligencia, nos da la impresión de una negra

pesadilla, de una taumatúrgica alucinación de opio, por donde vaga la

sombra sonámbula de ese triste discípulo de un fatal y desventurado

maestro, cuya voz repite ese único y desolado estribillo:

«Nunca más.»

_Los poetas borrachos_

YO tengo un aborrecimiento absoluto a los borrachos: me parecen larvas,

ex hombres, gárgolas, algo grotesco, monstruoso y terrible a la vez. Sin

embargo, mis grandes admiraciones literarias van hacia los poetas

borrachos.

Es mi espíritu, lo más hondo, tumultuoso y atormentado de mi espíritu,

lo que comprende la absurdidad de los borrachos, aunque mi yo

superficial, el hombre social, los deteste. Poe, Verlaine, Musset,

Nerval, Darío son nombres venerandos de mi iconografía sentimental.

Todos ellos fueron tristes y gloriosos borrachos.

No comprendo bien la causa de que tan altos y armoniosos espíritus hayan

caído en las simas de «ese demonio más terrible que todas las

enfermedades».

Baudelaire escribió: «Cuidad de estar siempre ebrio de amor, de virtud o

de vino». El reloj del poeta marcaba siempre la hora de la embriaguez.

Sin embargo, Baudelaire no fué un beodo cotidiano a la manera de

Verlaine. Escribió palabras muy sensatas, muy burguesas--como él

diría--, contra el opio, el haschid y el alcohol. «La droga funesta no

crea nada; produce una hiperestesia nerviosa; es un préstamo con interés

ruinoso que se hace al cerebro».

El mismo poeta de _Les fleurs du mal_, explica en el prólogo de las

obras de Edgar Poe la causa de la embriaguez del bardo del Horror de una

manera clarividente: «Poe no bebía con placer: bebía bárbaramente, como

si quisiera matar algo dentro de él mismo». Y después: «Poe creaba

personajes terribles o grotescos en medio de una tempestad de alcohol, y

para volver a encontrarlos recurría a la bebida. Eran seres que sólo se

podían desenvolver en ese ambiente verdoso y translúcido y a él había

que acudir para continuar la plática interrumpida».

Estas tres citas--hechas de memoria--constituyen una explicación y una

defensa de la embriaguez de los poetas.

En los poetas románticos, de inspiración, es más aceptable ese vicio

absurdo y abyecto--yo juzgo de esto con un criterio rabiosamente

burgués--. Es raro en Poe, que fué el espíritu del equilibrio, del

análisis matemático--ved _La carta robada_, _El doble crimen de la calle

Morgue_, _El escarabajo de oro_--, que al escribir sus cuentos enunciaba

y resolvía los más sutiles problemas matemáticos.

¿Existirá una lógica, una armonía dentro de la absurdidad de la

borrachera? Poe, haciendo eses por las calles de Nueva York la mañana

que se publicó _El Cuervo_, era un montón abyecto de carne, un borracho

grotesco; pero ¿qué maravillosas creaciones se forjaban en su

laboratorio interior? _Ligea_, _Eleonora_, M. Valdemar vivían dentro del

poeta en maravillosa lucidez, mientras que yacía aletargado en el seno

de una «tempestad de alcohol».

En mis investigaciones ocultistas la figura de Poe se me ha aparecido

repetidas veces. Poe fué el poeta de lo Invisible. El alcohol era el

puente por el que cruzaba en dirección al astral. Todas las larvas, las

almas de los magos negros, el espectro de los muertos, los vampiros y

los incubos y sucubos demoníacos fueron amigos del poeta y le dictaron

sus escaloriantes episodios de pesadilla. La doble personalidad fluídica

de Poe convivió con ellos en esos reinos alucinantes y verdosos, donde

las flores tienen hedor de putrefacción, danzan las almas de las brujas

y se fraguan los infanticidios y los asesinatos sin causa, mientras el

cuerpo del bardo, embrutecido, dormía la borrachera en cualquier

callejuela de Rischmond o de Nueva York. Mister Valdemar desmoronándose

en su espantosa podredumbre. Ligeia reviviendo en el cadáver de Mistress

Rawena, el ojo terrible del gato negro y el corazón revelador, que

resuena como el golpe de un reloj de pesadilla, parecen imaginación

vivida en el plano lívido del astral. Poe vivió una subvida

taumatúrgica. Tuvo el arte de dar a todos sus monstruos, terribles y

grotescos, una armonía matemática, que pudiéramos llamar lógica de lo

absurdo. Éstos eran los amigos a los que, según Baudelaire, iba a buscar

por el horrible camino en donde cantan las sirenas de la embriaguez.

Yo le brindo la idea de escribir acerca de Poe ocultista al espíritu que

más sabe de esto y de otras muchas cosas: a Mario Roso de Luna.

He conocido muchos poetas borrachos, que pudiéramos llamar borrachos

románticos. En su labor literaria no existe jamás la terrible visión de

Poe, ni su armonía matemática. Fueron y son viciosos del alcohol, sin

que su vicio favorito influya en su obra. Poe es aparte. Sus borracheras

son fecundas, así como las de Paul Verlaine. Son lúcidos, con una

maravillosa clarividencia, a través de las brumas espesas de la

borrachera.

Musset bebió románticamente para olvidar. No se podía ya embriagar «de

amor ni de virtud» y se embriagó de ajenjo. «Cuidad de estar siempre

ebrios», dijo Baudelaire. Bebía el «pobre Alfredo» para llenar el vacío

de su vida frustrada sentimentalmente, pero nunca le debió nada al

alcohol; sus borracheras fueron «obscuras», como el fondo de una sima, y

al cabo la llama azulenca le abrasó el cerebro y sufrió el horrible

dolor de la impotencia en plena apoteosis de gloria y de juventud. Rubén

Darío también bebió para no sentir la vida demasiado dura en la carne

viva de su corazón de poeta.

La vida es dura, amarga y pesa;

¡ya no hay princesa que cantar!

Poe bebía bárbaramente, como si quisiera «asesinar algo en si mismo».

Nuestro admirable y dulce poeta Manuel Paso también se suicidó

abrasándose las entrañas y el cerebro en un océano siniestro de

aguardiente.

Baudelaire huyendo del burgués de París, Rubén asfixiado por la

estupidez del ambiente, Musset ahogando un dolor amoroso, son borrachos

corrientes y hasta vulgares. Poe y Verlaine, los clarividentes, me

interesan más que todos, porque su órbita literaria estaba en el fondo

de esos extraños paraísos violáceos.

Beber, para olvidar un dolor o para ser valiente ante las luchas

cotidianas, me parece una pueril equivocación. Hay que tener serenidad,

firmeza moral contra todas las celadas de la vida. «El alcohol, el opio,

el haschid no crean nada; prestan al cerebro una energía de momento con

un rédito ruinoso». La inspiración no está encerrada en una botella.

Yo creo esto firmemente; pero, ¿cómo vamos a negar a algunos espíritus

desventurados esa puerta de escape de una realidad abrumadora, estúpida

y hostil? Una puerta que, como en Poe, acaso conduce a un plano

espiritual, perfectamente absurdo, donde viven esos seres misteriosos

que se ven en las alucinaciones, y que yo--teosóficamente--sospecho que

tienen una completa, aunque invisible realidad.

_Un duelo romántico_

POR las frívolas y fugitivas crónicas de actualidad ha pasado como una

evocación antañona la figura hidalga, pomposa y antigua del buen

soldado, caballero y poeta D. Juan de la Pezuela, conde de Cheste.

Era una silueta de otra edad. Como el famoso caballero Don Álvaro, era

hijo de un virrey del Perú, y al resurgir ahora, en nuestro siglo

mecánico y vulgar, nos ha parecido una figura pintoresca y gallarda de

un poema donde hubiese sonoros surtidores y pelucas rizadas.

Perteneció a una generación literaria cuya voz escuchamos ya desde muy

lejos. Nosotros recordamos con un poco de estupor los preceptos

artísticos de D. Alberto Lista, a los cuales ciñóse estrictamente, tal

vez sólo por devoción personal al maestro, hasta en las postreras regias

salutaciones que trazó su mano senil venerable.

Con Espronceda, Ros de Olano, Enrique Gil y Florentino Sanz asistía al

cenáculo del café del Príncipe, amable lugar donde se forjaron algunas

de esas queridas narraciones que tanto nos han emocionado en nuestros

primeros devaneos sentimentales, cuando pasábamos horas enteras

devorando las pintorescas ediciones de Gaspar y Roig.

Y fué allí, entre románticas melenas y retóricos madrigales, en la

exaltación de la nueva escuela revolucionaria y las violentas

aspiraciones de libertad, expresadas en odas y octavas reales, donde el

bardo que elogió a la atormentadora Teresa tuvo el mal acierto de lanzar

sus sarcasmos byronianos contra la rigidez de escuela o las virtudes

militares del conde de Cheste.

En aquel mismo punto quedó concertado el lance, como en aquel tiempo

galano en que los poetas hampones se batían por un soneto en las

encrucijadas del viejo París.

Caía la media noche cuando los combatientes se hallaban junto a la

puerta del cementerio de San Martín. El claro de luna encantaba

melancólicamente la fúnebre decoración. A la siniestra mano extendíase

el bello jardín de los muertos, con sus anchas columnatas y sus calles

de nichos vacíos. Quizá un ruiseñor cantaba entre las ramas de un ciprés

religioso y sombrío como una elegía. De la honda paz de la tierra tal

vez surgían esos rumores vagos, misteriosos, inquietantes, que parecen

diálogos del más allá.

Ambos caballeros se despojaron de las largas capas y de los sombreros de

ala plana. El cronista se finge el rostro pálido, demacrado de

Espronceda, con los ojos ardiendo en la fiebre de su constante delirio

sensual, iluminado por la luna. Tal vez llevara dentro su cerebro un

rayo lunático y visionario, quien pasó por la tierra enamorado

líricamente de la pálida Prometida.

Las hojas de acero brillaron y se cruzaron gallardamente. Breve fué la

lucha: Espronceda, cuya naturaleza estaba aniquilada por su vida de

vértigo, cayó en tierra herido de un sablazo.

Y así se dió fin a este episodio raro, pintoresco y triste, que era bien

digno de la rima.

Esta vida serena, suave y rectilínea que acaba de extinguirse bajo la

pesadumbre de noventa y seis años, nos da una emoción de vaga tristeza y

de simpatía. Pensamos en esa figura noble y artística como un retrato

antiguo, superviviente de todos sus contemporáneos, haciendo sus

apacibles paseatas por las calles muertas de Segovia, la vieja, viviendo

una vida arcaica y cristalizada entre los muros grises de las rancias

mansiones infanzonas, con escudos de piedra y los palacios grises

eternamente cerrados. Pensamos en la inquietud íntima de ese espíritu

que había visto desaparecer tantas cosas y tantos amores, preguntarse al

amanecer de cada día: «¿Será hoy?», e inclinar la frente coronada de

plata y sentir el corazón turbado ante la evidencia del angustiador

misterio. Muchas veces, al pasar por el pardo caserón de la calle de

Pizarro, donde habitaba los inviernos, hemos evocado su silueta entre la

grave penumbra de los viejos salones y le hemos imaginado trazando sobre

amplias cuartillas renglones cortos de musa ingenua y familiar, para

convocar a sus íntimas reuniones familiares, que eran como una evocación

de los tiempos pretéritos. Y al comenzar en estas lamentables tardes de

otoño a amarillear las hojas de los árboles para alfombrar después las

calles solas de su pequeño jardín y la lámina verdosa de las fuentes

mudas, hemos pensado con pena que quizá el noble anciano no viera en la

caída de las hojas sólo la aproximación del invierno.

Algunos críticos opinan que su labor literaria no ha sido muy completa.

Lo más interesante ha sido su vida, una de esas vidas antiguas y

fecundas de soldado leal y valeroso, caballero de clásica hidalguía

española, erudito y poeta como aquellos capitanes de la Conquista, que

de día vivían en poema épico, y en el encanto de las noches tropicales

rimaban las nostalgias de la patria o ardientes serventesios a los ojos

de las limeñas.

Era una figura de otra edad. Una silueta de aquel buen tiempo de las

melenas románticas, en que los poetas constituían la verdadera y lógica

aristocracia; aquel buen tiempo en que había duelos pintorescos junto a

las tapias de los camposantos por la belleza de un soneto, en que el

romanticismo era como un vino generoso y locuaz que hacía soñar a todas

las cabezas aun en un ambiente tan antiestético como el de la política.

Aquel buen tiempo de los poetas, porque se estimaba que cantar es la más

bella expresión del alma humana.

_Las manos de Elena_

UN pintor bohemio rugía en una noche memorable, mientras el frío se

colaba entre sus andrajos y el hambre bailaba en su cabeza descoyuntada

danzas absurdas.

--Debiéramos desenterrar y quemar los restos de Murger.

Era una noche sagrada y familiar. Hasta los más humildes tenían en aquel

momento un poco de fuego y de cariño. De los interiores iluminados

salían hálitos suaves de serena felicidad, y en el aire flotaban, como

surgidas del fondo de los tiempos antañones, las melodías ingenuas de

los villancicos pascuales.

Por las calles, algunos perros vagabundos y nosotros.

Y es que nuestra bohemia ha sido un negro camino de soledad y de

pobreza. No han florecido en nuestros episodios las risas de Museta ni

las lágrimas de Mimí, ni nuestra madre la Locura nos ha prestado su

corona de cascabeles.

Sólo una bella y triste sombra, fugitiva y perfumada como la juventud

que huye, ha puesto algunos besos y algunas risas en nuestras noches

trashumantes y sin asilo.

Tenía un nombre poemático, célebre en los anales del amor. Elena era su

bello nombre. Era alta, rítmica, flexible... En sus ojos garzos, hondos,

de un hechizo inquietante, dormían las visiones de su vida encanallada,

siempre unánimes y vergonzosas. Sus manos finas, transparentes y

monjiles, que parecían hechas para tejerse en los éxtasis y para

filigranar ofrendas de vírgenes y capas pluviales; sus manos, finas y

transparentes, eran doctas en los secretos del amor mundano.

Cuando yo la conocí, tenía la desolada belleza de las ruinas. Su carne,

de azulinas transparencias, tenía la melancólica palidez de los

tísicos, y hacía pensar, con pena, en la llegada de esos días grises en

que caen las hojas de los árboles. Tenía un aroma vago y casi religioso:

olía a cera y a flores de mortaja.

Inició un fugitivo arpegio sentimental en el cordaje de nuestros

nervios, en constante hiperestesia por el arte y por la vida. Todos la

amamos con una dulce piedad, sin violencias y sin delirios, con un

deleite que tenía algo de romanticismo, de rara emoción artística.

Amamos su belleza agonizante, con la intensidad de tristeza que sentimos

en los adioses para siempre. Había en ella un misterioso encanto de

ultratumba.

Un músico poeta elogió en unos versos juveniles su pobre risa, su risa

extraña e inconsciente, _la loca risa de Elena_. Y ella, encantada con

la ofrenda lírica y galante, reía siempre que llegábamos a su lado;

soltaba la cascada de su risa metálica, vibradora, epiléptica, cuyas

últimas perlas parecían sollozos estrangulados.

La copa de Verlaine · 第 1 / 5 段