más de dos docenas de hombres al suelo.
Algunos valientes quisieron avanzar, y, como no veían la cuerda, fueron
despedidos con violencia. Aviraneta y los suyos lanzaron una segunda
descarga, y una tercera.
El Empecinado había vuelto grupas y se disponía á atacar á los
perseguidores.
--No se puede pasar--le dijo Aviraneta.
--¿Por qué?
--Porque hay una cuerda. Cortadla.
La cortaron de un sablazo, y don Juan Martín y sus lanceros atacaron á
los realistas y les cogieron cerca de cincuenta caballos.
El éxito de la escaramuza había producido gran entusiasmo.
--¡Viva el Empecinado! ¡Viva Aviraneta!--gritaron los soldados y los
nacionales.
Don Juan Martín abrazó á Aviraneta y le dijo que tenía que pedir para
él la cruz de San Fernando. Los peligros, con Aviraneta, no eran
peligros.
Se había hecho de noche, las estrellas parpadeaban en el cielo alto y
claro, y Júpiter brillaba con su luz blanca.
Se descansó allí en el castañar, al borde del camino, y se dispuso
esperar unas horas por si llegaba alguno salvado de la sorpresa de
Moraleja; y, efectivamente, poco después de las diez de la noche
aparecieron hasta treinta soldados de caballería, varios oficiales y
capitanes y el comandante Cañicero.
Muchos de estos hombres, que habían venido á pie desde Moraleja,
llegaban reventados.
¿Qué se iba á hacer? El Empecinado, Aviraneta y los oficiales
conferenciaron.
Los hombres de á pie, rendidos por larga jornada huyendo y sin comer,
no podrían llegar á San Martín. Sería mejor que se quedaran en el
castillo de Trevejo, y se buscara comida para ellos. Mientras tanto el
Empecinado, con la gente montada podría seguir á San Martín.
Acordado esto, Aviraneta y el jefe de nacionales de Hoyos, con los
heridos, cansados y con los milicianos, irían á pasar la noche al
castillo de Trevejo, donde se atrincherarían. Si al día siguiente
estaban sitiados pondrían una bandera en el torreón derruído para que
desde lejos pudiese verla don Juan Martín; si no lo estaban, seguirían
camino de Ciudad Rodrigo.
XX.
EL CASTILLO DE TREVEJO
Dos de los nacionales de Hoyos marcharon hacia el castillo, con la
orden de encender una tea y agitarla en el aire si no había dificultad
alguna para subir.
Al cuarto de hora, Aviraneta, los nacionales y los lanceros aspeados,
tomaron hacia arriba y hacia la izquierda, en dirección al pueblo, y el
Empecinado con su caballería siguió adelante, camino de San Martín.
Llegaron los primeros á la aldea de Trevejo y se detuvieron, Aviraneta
y dos milicianos se encargaron de buscar provisiones. Costó mucho
tiempo: se recorrió casa por casa, y se llenó un saco de pan, medio
saco de habas, una gran cantidad de carne salada y un pellejo de vino.
Se tomaron dos calderas prestadas, se cogió leña y, con todo lo
necesario para la comida, alumbrados por un farol y varias teas de
resina, se dirigieron camino del castillo.
El castillo de Trevejo era un edificio sólido, de piedra sillar, de más
de veinte varas de altura, colocado sobre un teso ó cerro que dominaba
una gran llanada.
Como castillo roquero no era muy grande; debía haber estado destinado
en su tiempo para una guarnición pequeña: tenía torres, muralla,
barbacana, una plaza de armas, escaleras, subterráneos y galerías.
En el siglo XVIII había comenzado á desmoronarse, y en la guerra de la
Independencia se consumó su ruina.
Escalaron los milicianos el cerro del castillo, encontraron la vereda,
que daba á una brecha; pasaron y cerraron el boquete con grandes
piedras. Se instalaron en la plaza de armas.
Aviraneta puso centinelas. Se trajo leña, se hicieron dos hogueras y se
comenzó á hervir el rancho.
Se comió con un apetito voraz, y después todo el mundo quiso tenderse.
El jefe de los nacionales de Hoyos y Aviraneta sustituyeron á los
centinelas, que se dormían y se quedaron en observación del camino.
Hablando, se les pasó gran parte de la noche. El cielo estaba muy
estrellado, muy hermoso; la Vía Láctea resplandecía con sus millones
de nebulosas; Arturus, Altair y Aldebaran lanzaban sus guiños en el
espacio, y Sirio comenzó á brillar al amanecer. Un poco antes del alba
se oyeron voces en el cerro próximo al castillo.
--¡Alto! ¿Quién vive?--dijo Aviraneta.
--¡Aviraneta!--gritó una voz--. ¿Estás ahí?
--Sí, aquí estoy ¿quién es?
--Somos nosotros: Antonio Martín, Diamante y otros que venimos huyendo
de Moraleja.
--Acercáos, que os vea.
--¿Por dónde?
--Ahí encontraréis la vereda.
Aviraneta se convenció de que eran ellos y les dijo por dónde tenían
que subir al castillo. Eran seis hombres que gateando llegaron á la
plaza de armas.
--¿No os queda algo que comer?--preguntaron al entrar.
Quedaba pan y cecina, que devoraron.
--¿Y qué ha pasado allá?--preguntó Aviraneta.
--Nada. Un estropicio--dijo Antonio Martín, el hermano pequeño del
Empecinado.
--Pero, ¿cómo no han visto los centinelas que venía el enemigo?
--No lo sé. Yo pienso si habrá habido traición.
--No, no la ha habido--dijo un soldado--. Yo estaba allá. El sol picaba
mucho. Había mucho polvo cuando se acercó un gran rebaño de ovejas--.
Yo dije para mí: ¡Qué rebaño más grande! y cuando estaba pensando en
esto me encontré rodeado del enemigo.
--¿Se habrá perdido mucha gente?--preguntó Aviraneta.
--Mucha--contestó Martín--. Mi hermano Dámaso ha muerto, el coronel
Maricuela también. Hemos perdido más de trescientos hombres. Algunos se
habrán refugiado hacia Extremadura baja y otros en la Sierra de Gata.
--¿Y el _Lobo_?
--El _Lobo_ ha muerto.
--¿Y el señor Bustillo, el de Plasencia?
--También ha muerto. Lo vi en la calle atravesado á bayonetazos.
--¡Pobre hombre! ¡Mala suerte ha tenido!
El soldado que había estado de centinela en Moraleja contó que pasó
dos horas enterrado en un pajar con el coronel Dámaso Martín. Viéndose
éste perdido había ofrecido todo lo que llevaba al patrón de su casa,
un tal Estévez, para que le ocultara entre la paja. El patrón aceptó y
tomó el dinero, y, cuando registraron la casa los realistas y se iban
á marchar, aquel canalla les dijo: "Ahí está. Ahí está el hermano del
Empecinado," y á bayonetazos lo mataron...
Lo mismo los que ya estaban en el castillo, que los que habían venido,
se fueron tendiendo en el suelo y quedaron dormidos.
El alba apuntaba y el cielo iba clareando de prisa.
Algunas nubecillas rojizas, mensajeras de la mañana, aparecían sobre el
cielo gris.
Desde allá arriba parecía encontrarse uno en un globo; ligeras brumas
vagaban por el fondo del valle. Aviraneta, asomado á un lado y á otro,
miraba á ver si se acercaba el enemigo. No venía nadie. Antes de salir
el sol aparecieron otros cuatro soldados fugitivos de Moraleja.
Estos habían pasado la tarde escondidos en una choza, cerca de Hoyos,
y dijeron que habían oído que las fuerzas de Merino habían dejado
las proximidades de la Sierra de Gata y se dirigían hacia Coria.
Efectivamente, el 16 de Junio entraba el Cura en esta ciudad.
A eso de las cuatro de la mañana uno de los nacionales de Hoyos se
levantó.
--¿Y usted no duerme?--le dijo á Aviraneta.
--¡Pse! Hay que vigilar.
El nacional era un pastor que se llamaba el _Rito_. Era un hombre
grueso, fuerte, con unos ojos azules brillantes, la cara ancha y
juanetuda, como de kalmuko, la barba rojiza, la manera de hablar
violenta y por sacudidas y la expresión alegre.
El _Rito_ se puso á hablar. Era un hombre primitivo, lleno de
credulidad y de esperanza en todo. Mostró á Aviraneta el paisaje, el
campanario de Villamiel, el camino de San Martín de Trevejo y los
montes lejanos, con sus nombres.
Para cada sitio ó para cada monte tenía una historia ó un cantar. El
_Rito_ no era muy inculto para pastor, y estuvo explicando lo que sabía
del castillo de Trevejo. En sus conocimientos se mezclaba la fábula con
la historia.
Dijo que uno de los escudos de la torre era de los Borbones, y el
otro, de la Orden de Alcantara, que tenía como enseña un jaramago;
habló vagamente de un gran maestre déspota, y de sus luchas con el
comendador de Santibáñez y el corregidor de Gata.
Contó también el _Rito_ una historia clásica de un caballero cautivo,
encerrado en el sótano del castillo, que había escapado viendo que una
serpiente entraba en un subterráneo y siguiéndola. Este subterráneo se
llamaba la Lapa de la Sierpe.
--Subterráneo que no existe--dijo Aviraneta irónicamente.
--Sí, señor; existe.
--¿Usted lo ha visto?
--Sí, sí. Y si quiere usted se lo enseñaré.
--Vamos á verlo.
Cogió el _Rito_ el farol y dijo:
--Sígame usted.
Se acercaron á la torre y comenzaron á bajar una escalera de caracol,
de piedra, con los escalones primeros derruídos. A poco de descender
la escalera era practicable y se podía bajar por ella con seguridad.
Bajaron cinco ó seis varas, hasta llegar á un sótano abovedado. De
él partía un pasillo y cerca se veía una poterna ferrada y llena de
clavos. El _Rito_ descorrió un cerrojo enmohecido y apareció la boca de
un subterráneo, que lanzó un hálito de frío y de humedad.
--Aquí tiene usted la Lapa de la Sierpe--dijo el _Rito_.--Si quiere
usted entraremos.
--Entremos.
El suelo estaba bastante seco y se podía marchar bien. Avanzaron un
cuarto de hora.
--Ahora estaremos debajo del pueblo.
Unos minutos después salieron por entre dos piedras al campo. El _Rito_
apagó el farol. Escuchó por si se oía algo. No se oía nada.
El _Rito_ y Aviraneta anduvieron por las proximidades del castillo,
vieron la Cama del Moro, un abrevadero que á Aviraneta le pareció un
sepulcro ibérico tallado en roca.
Luego el _Rito_ le contó la historia de una partida que se había
levantado en un monte próximo llamado Jálama, que debía tener grandes
encantos, porque el _Rito_ decía:
Jálama, jalamea,
quien no te ve
no te desea.
Dieron la vuelta al castillo, y el _Rito_ gritó dirigiéndose á sus
compañeros: ¡Masones! ¡Negros!
--¿Volvemos de nuevo por la Lapa de la Sierpe?--preguntó el _Rito_,
riendo.
--Sí; vamos por allá.
Entraron de nuevo en el largo subterráneo y llegaron al castillo.
Algunos soldados se habían despertado y estaban buscando á Aviraneta
para decirle que habían oído gritos en el campo. Aviraneta los
tranquilizó diciendo que había sido el _Rito_. El sol comenzaba á
brillar. Aviraneta miró á todas partes con su anteojo. No se veía nada.
Algunos soldados empezaban á despertarse y á vestirse; un murciano
cantaba:
Cartagena me da pena
y Murcia me da dolor.
¡Ay, Cartagena de mi vida,
Murcia de mi corazón!
Antonio Martín se despertó, y viendo á Aviraneta todavía derecho le
dijo:
--¿Tú no has dormido nada?
--No.
--Pues échate un rato al sol. Yo haré lo que sea necesario.
--Bueno.
--¿Qué hay que hacer?
--Habrá que hacer un reconocimiento por el camino de San Martín y por
el de Hoyos. Si hay enemigos en gran cantidad nos encerraremos aquí y
pondremos una bandera para avisar á tu hermano; si no los hay saldremos
inmediatamente para San Martín.
--Está bien.
--Si pudierais comprar un poco de pan, vendría admirablemente. Y para
nosotros dos mira á ver si puedes traer un cacharro con leche de cabras.
--Bueno, todo se hará.
Aviraneta se tendió al sol en un hueco entre dos piedras, y se quedó
dormido.
Soñó que echaba un discurso magnífico á una inmensa multitud en un
pueblo que tenía algo de París, de Madrid y de Vera Cruz. Comparaba á
la libertad con una mujer desnuda que va escalando un monte pedregoso,
en cuya cumbre había un castillo que no sabía si era la Justicia ó
el castillo de Trevejo. La libertad marchaba entre espinas y zarzas
desgarrándose los pies. Aviraneta se preguntaba en su discurso: ¿Por
qué no descansar en el valle? Pero no. En el valle estaba la maldad, la
miseria--los soldados de Merino--y en el monte el aire limpio y sano de
la sierra de Jálama. El recuerdo de este monte le apartó de su discurso
y llevó su pensamiento á unas escenas de caza. Estaba cobrando piezas á
montones cuando oyó la voz de Antonio Martín, que decía:
--Ya estamos aquí. Te traigo leche para el desayuno.
--¡Ah, muy bien! ¿Habéis hecho el reconocimiento?
--Sí; el enemigo ha desaparecido.
Eran las ocho de la mañana y el sol centelleaba en la tierra. Los
soldados y milicianos habían desayunado y limpiado sus uniformes y sus
armas.
Se formó al pie del castillo.
Antonio Martín dió la voz de ¡marchen! Como no tenían música, al pasar
por el pueblo, Aviraneta comenzó á cantar el himno de Riego:
¡Soldados!: la patria
nos llama á la lid;
juremos, por ella,
vencer ó morir.
Los soldados y los milicianos cantaron á coro, y la patrulla comenzó
á desfilar al paso. Al cruzar por delante del pueblo daba más la
impresión de que iba victoriosa, que derrotada.
De Trevejo se avanzó á San Martín, y al día siguiente, de aquí se
dirigían á Ciudad Rodrigo.
El Empecinado, muy satisfecho de Aviraneta, en el parte que dió el 20
de Junio le propuso para la cruz laureada de San Fernando, y, en uso de
las facultades que le había concedido el ministro, le nombró capitán
efectivo de caballería.
Era la segunda vez que nombraban capitán á don Eugenio; pero ni la
primera vez ni la segunda llegó á serlo de veras. Aviraneta tenía poca
suerte en la milicia.
XXI.
LA SITUACIÓN EMPEORA
Llegaron á Ciudad Rodrigo y se comenzaron á organizar de nuevo las
fuerzas de caballería, hasta reunir varios escuadrones.
Algunos militares liberales huídos de Valladolid dijeron que en esta
ciudad no había apenas guarnición, y que sería fácil apoderarse de la
plaza.
Con este objeto se preparó una columna de caballería, y el mismo don
Juan Martín, al mando de ella, se corrió hasta Medina del Campo; pero
al enterarse de que en Valladolid había varios regimientos franceses y
fuerzas de voluntarios realistas, desistió del proyecto.
En Medina se encontraron con el coronel Boscan, del regimiento de
Farnesio, y algunos oficiales y soldados.
El coronel Boscan venía de Galicia y se incorporó á la columna de
don Juan Martín. Las noticias que trajo eran malas; el alto mando
del ejército se pasaba al enemigo: Montijo, O'Donnell, Morillo,
Ballesteros... todos hacían traición. No quedaban más que Mina, Riego y
el Empecinado.
Se habló con Boscan de lo que se podía hacer. Para éste lo mejor
era ir hacia al Sur: seguir la misma marcha que en la guerra de la
Independencia, en lo cual estaba conforme con Aviraneta.
Al Empecinado le parecía bien; pero dijo que había que tener en cuenta
que existía un Gobierno todavía, y era necesario obedecerle.
Se volvió á Ciudad Rodrigo, y unos días después, aumentada la
caballería con los soldados de Farnesio y con otros muchos que
desertaron de Galicia al saber la capitulación del conde de Cartagena,
se volvió á salir para Extremadura, se pasó de nuevo por San Martín de
Trevejo, Hoyos, Moraleja y Coria.
En Moraleja se buscó al Estévez, que había primero ocultado y luego
denunciado á Dámaso Martín, el hermano del Empecinado, y se quiso
quemar su casa, pero el general lo impidió.
De Coria se salió en dirección á Cáceres, donde se entró con alguna
dificultad. Se repusieron las autoridades, depuestas por el populacho
sublevado, y se impuso la paz con bastante rapidez.
En esta labor, Aviraneta se lució. Era el ministro de la Gobernación,
el alcalde y el jefe de policía, todo al mismo tiempo. No habían
tenido mayores atribuciones los tiranos de las repúblicas italianas
ni los Saint-Just y los Barras en las ciudades francesas durante
la Revolución. Aviraneta satisfacía su ansia de poder. Estaba á sus
anchas. Reponía á una autoridad, prendía á otra, imponía la paz pública
con sus procedimientos, que tan pronto eran de benevolencia como del
terrorismo más puro.
Cáceres fué dominado, y quedó así hasta un día de Octubre del año 23 en
que se rebeló y hubo un encuentro con las tropas del Empecinado, en el
que se produjeron muchas víctimas.
La situación del pueblo mejoró con las medidas de Aviraneta; pero la de
la guarnición iba empeorando por días. Corrían noticias del avance de
los franceses y de su vanguardia de realistas españoles. Bordesoulle
y Bourmont se corrían por Andalucía, sin que nadie se les opusiera;
el conde de Molitor, con sus generales Lacroix y conde de Loverdo,
marchaban por donde les convenía, como en un paseo militar; únicamente
Moncey encontraba una resistencia seria y pertinaz en el ejército de
Mina.
Los soldados desertaban en grupos, y el espíritu de los pueblos era
hostil á los constitucionales. La deserción había hecho que sólo los
entusiastas y fanáticos quedaran en las filas.
A final de Junio, el Empecinado al saber que Castelldosrius era el jefe
militar de Extremadura y que trabajaba en dominar el país y en meter en
cintura á Badajoz, le envió á Aviraneta para que éste desarrollara los
procedimientos que había utilizado en Cáceres.
Castelldosrius había salido con las tropas que Zayas le había confiado
poco después de evacuar Madrid, y había ido perseguido por Vallin y
Bourmont y por la vanguardia de Merino hasta Trujillo, donde entregó el
mando de su fuerza al general López Baños, marchando él á Badajoz, de
cuya comandancia militar tomó posesión en Junio.
Castelldosrius, al saber la situación de la ciudad, pidió en seguida
su exoneración. Reinaba en ella, como en casi todas las capitales
españolas, una perfecta anarquía. La deserción cundía con una rapidez
asombrosa; los realistas, alentados por el giro que tomaban los
negocios públicos, maltrataban y vejaban en la calle á los liberales.
Aviraneta, al llegar á Badajoz, se presentó á Castelldosrius, como
enviado por el Empecinado, para ver de ponerse de acuerdo.
Castelldosrius le contestó que estaba deseando abandonar el cargo,
y que pensaba que de un día á otro tendría que dejarlo. El marqués
explicó la situación anárquica en que se encontraba Badajoz.
--Estaba lo mismo Cáceres--replicó Aviraneta--, y lo hemos dominado. A
fuerza de paciencia. Yo he hecho de alcalde, de jefe de la policía, y
por ahora hay tranquilidad.
--¿De veras?
--Sí.
--¿Usted se encargaría aquí de hacer lo mismo?
--Sí; si usted lo autoriza.
--Bueno; pues haga usted lo que quiera. Véase usted con mi ayudante
González Estéfani, que le pondrá en antecedentes. Aunque sea, fusile
usted á todo el pueblo; me tiene sin cuidado.
Aviraneta se entrevistó con Antonio González Estéfani, y entre los dos
dispusieron lo que había que hacer.
Aviraneta se instaló en la Capitanía General y llamó á las autoridades
del pueblo. La mayoría no acudió.
Al día siguiente aparecía un bando terrible en las esquinas, y veinte
realistas, escoltados por bayonetas, iban á la cárcel. El pueblo, como
un caballo que siente la espuela, quiso sacudirse el jinete; pero éste,
en poco tiempo, lo supo dominar.
El 6 de Julio, Castelldosrius fué destituído y marchó destinado como de
cuartel á Barcelona.
El bando de Aviraneta sirvió luego de motivo para que Castelldosrius
fuera terriblemente perseguido en la época de la reacción de Calomarde.
Aviraneta, sin ser conocido de nadie, ejerció durante algunos días la
dictadura. En compañía de Estéfani, González Llanos y otros militares
liberales recorrió la muralla, sus ocho baluartes, las tres entradas de
la ciudad y los dos torreones de la puerta de las Palmas, que dan hacia
el Guadiana.
Visitó también los fuertes exteriores que existían entonces: el de San
Cristóbal, en un cerro á orillas del río; el de Pardaleras, el de la
Picurina, el revellín de San Roque y la Luneta, hecha por el mariscal
Soult en 1811. Aviraneta trabajó para que se guarnecieran estas
fortificaciones y se pusieran en condiciones de defenderlas del enemigo.
Toda esta labor era inútil; el pueblo, hostil, á la mejor ocasión había
de echar por tierra á sus dictadores.
XXII.
UN OFICIO DEL ESTADO MAYOR
Al dejar Badajoz el marqués de Castelldosrius siguieron Aviraneta y sus
amigos ejerciendo en la ciudad el mando supremo, sin ningún título para
ello.
Estaba nombrado por el Gobierno para la Comandancia de Extremadura
el general don Francisco Plasencia, que días antes, derrotado en
Despeñaperros, se había visto abandonado por sus tropas, que desertaron
ante el enemigo.
Plasencia tardó bastante en presentarse en Badajoz, y quedó asombrado
de que existiera todavía orden y disciplina en la ciudad extremeña.
Plasencia rogó á Aviraneta y á los demás que siguieran mandando.
La situación de España en Julio de 1823 era malísima, y en Agosto se
hizo desesperada.
Don Juan Martín envió una carta á Aviraneta, diciéndole que hablara á
todos los jefes y oficiales liberales decididos, para ver si querían
intentar un supremo esfuerzo: el de formar una columna de ocho á diez
mil hombres, marchar sobre Madrid y atacarlo á la desesperada.
Aviraneta habló á los oficiales de Badajoz, pero ya no era posible
reanimar en ellos el entusiasmo: todo el mundo veía la partida
perdida. El general Plasencia, desalentado desde que había visto en
Despeñaperros desertar á los soldados antes de entrar en fuego, creía
que el único ideal era obtener una capitulación decente y esperar
mejores tiempos.
Aviraneta escribió á don Juan el resultado de sus gestiones, y unos
días más tarde recibió este oficio:
DIVISIÓN DE CASTILLA
ESTADO MAYOR
El Excmo. Sr. Comandante general, que ha salido esta mañana
para la Vera de Plasencia, me ha indicado que escriba á usted.
Se recibió su pliego en el que participaba el poco éxito
de nuestro plan de atacar Madrid, y al mismo tiempo el
desfallecimiento de las tropas constitucionales de esa zona.
Nada de esto es extraño, y es necesario un ánimo esforzado
para no dejarse rendir por las noticias adversas para nuestras
armas que llegan constantemente.
El general desiste de su proyecto, y me encarga le diga cese
de practicar diligencias con este fin.
Se ha celebrado ayer una junta de oficiales y jefes de la
división, y en ella se ha acordado enviar á usted á Cádiz á
que se aviste con el Gobierno, le exprese la situación de
Extremadura y Castilla y pida instrucciones acerca de la
conducta que debe seguirse en lo sucesivo.
Se ha elegido á don Eugenio de Aviraneta ayudante de campo
y secretario del comandante general para esta comisión, por
considerársele de gran confianza y el más capacitado por su
inteligencia para el caso.
Es necesario, pues, salga usted inmediatamente para evacuar
tan importante comisión.
Puede usted atravesar Portugal, embarcarse en un puerto de
este país, franquear el bloqueo de la escuadra francesa y
entrar en Cádiz.
Hoy se escribe al Excmo. Sr. Marqués de Castelldosrius para
que auxilie á usted con cuantas noticias necesite del vecino
reino y para que le dé contraseñas y recomendaciones para los
puertos de Villa Real, Mértola y Tavira. Preséntese usted á Su
Excelencia y pónganse de acuerdo sobre este particular.
El general me encarga diga á usted que de ninguna manera
quiere que nadie sepa el objeto de su viaje más que el señor
Marqués y usted.
Con el sargento Sánchez, jefe de la escolta y portador de este
oficio, comunicará usted al general lo que acuerde con el
señor Marqués.
Se están extendiendo todas las comunicaciones para el Gobierno
y las instrucciones que debe usted llevar, al mismo tiempo que
las recomendaciones para los sujetos con quienes tiene usted
que verse.
Participe usted verbalmente al Sr. Marqués que esta división
se engruesa con las partidas sueltas procedentes del ejército
de Galicia, pero que carecemos de buen armamento.
En las comunicaciones al Gobierno va usted altamente
recomendado, y si llega á puerto de salvación con toda
felicidad, no necesita usted más para que el Gobierno premie
á usted como es debido sus muchos y distinguidos servicios en
favor de la Libertad.
Dios guarde á usted muchos años. Cuartel general del Casar de
Cáceres, á 18 de Agosto de 1823.
MÁXIMO REYNOSO.
_Postdata:_
En este momento se reciben noticias de nuestros confidentes
de Portugal. Afirman que en Lisboa y en los Algarbes se ha
proclamado el absolutismo.
Esta nueva situación hace indudablemente difícil ó imposible
la marcha de usted, sobre todo con carácter militar y como
representante del excelentísimo comandante general. Consulte
usted con el señor Marqués y vea si pueden proporcionarle
á usted papeles de comerciante, para que disfrazado de tal
y con pasaporte pueda llegar á Villa Real. En ese caso se
embarcaría aquí y entraría en Gibraltar, si no hubiese medio
de meterse en Cádiz.