relación con los contrabandistas de Ceclavin y atravesara
Andalucía con ellos. Estos contrabandistas conocen la ruta
á palmos y marchan sin tocar en ninguna población. Si se
decidiera usted por esto último, avíselo, porque hay en
nuestra división individuos que conocen muy bien las partidas
de contrabandistas y éstos le pondrían en relación con
ellas.--_Vale._
Aviraneta, impaciente con una carta tan larga y tan ceremoniosa, cogió
un papel y escribió:
«Amigo Reynoso: Castelldosrius no está aquí. Para salir por un
lado ó por otro necesito dinero y no lo tengo».--Suyo,
AVIRANETA.
Dos días después el mismo sargento Sánchez llegaba á Badajoz y
entregaba á Aviraneta una bolsa con veinte onzas, moneda suelta y un
sobre con documentos.
XXIII.
EL VIAJE
Aviraneta comenzó los preparativos para la marcha. Compró cerca de la
puerta de las Palmas una chaqueta y un pantalón ordinarios de aldeano,
una faja y un sombrero. Luego quitó á la chaqueta los botones y los
sustituyó por onzas de oro forradas de tela. En el chaleco puso monedas
de cinco duros, también recubiertas como si fueran botoncitos.
El dinero sobrante, menos unas pesetas para el camino, hizo que se lo
girasen á Mértola, en Portugal.
Luego escribió una carta dirigida á un supuesto Domingo Ibargoyen, una
carta en que el padre del tal Domingo le decía que se escapara del
servicio y abandonara á los liberales impíos y volviera á reunirse con
los absolutistas.
Hecho esto leyó todos los oficios que le había enviado Máximo Reynoso
desde el cuartel general, y los clasificó. Los dos en donde figuraba su
nombre los aprendió de memoria y los rompió.
--¡Qué falta de sentido el mandar á un hombre con papeles así entre
gente enemiga!--se dijo--; ¡oh manes de Cisneros, de Richelieu y de
Talleyrand! Esta pobre gente no va á saber nunca hacer bien las cosas.
Los documentos que no citaban su nombre, don Eugenio los envolvió, los
metió en un bote, que llenó de tierra, y lo envió á Mértola, como si
fuera una mercancía.
Pensaba que no llevando consigo ningún papel, aunque le cogieran,
sería imposible identificarlo. Si lo pescaban diría que no, que no era
miliciano; luego, si le registraban, le encontrarían la carta á Domingo
Ibargoyen, y ya bastaría esto para que le tuviesen por un pobre hombre
absolutista soldado de milicianos á la fuerza.
Estando en estos preparativos se le presentó Diamante, y no tuvo más
remedio que decirle que iba á ir con una comisión á Cádiz.
Diamante se ofreció á acompañarle en el viaje. Al advertirle Aviraneta
la manera cómo pensaba hacerlo, Diamante torció el gesto.
--Es mejor que vaya usted de uniforme--dijo Diamante--, le tendrán á
usted más respeto.
--No, no. Es absurdo, hombre.
--Pues yo pienso ir de uniforme hasta Mértola, y verá usted como llego.
--Haga usted lo que quiera; pero en ese caso, si me encuentra usted en
el camino, no diga usted que me conoce.
--No necesito de usted para nada--replicó Diamante, con acritud.
--Bueno, bueno. Está bien.
Diamante todavía quiso hacer un esfuerzo para convencer á Aviraneta que
debía ir de modo que se le conociera que era un oficial y no un patán
cualquiera.
--¿Por qué?--preguntó Aviraneta.
--Porque á un oficial se le fusila; en cambio á un patán, no: se le
cuelga de una manera ignominiosa y vil.
--Cada cual tiene sus preocupaciones--dijo don Eugenio--; morir de una
manera ó de otra, es igual.
--Para usted será igual; para mí, no. Si le cogen á usted le tomarán
por un espía.
--O no. Yo me las arreglaré para que no me cojan. La cuestión es que no
le maten á uno.
--¡Bah! No me asusta la muerte--replicó Diamante--. Si me prenden verá
esa chusma miserable cómo muere el alférez Diamante. Pienso decir
cuatro cosas bien dichas.
Aviraneta no quiso chocar con la vanidad de su compañero, y se citó con
él en Mértola.
Si se encontraban allá, buscarían los dos el modo de marchar á Cádiz.
Aviraneta, unas veces en coche, otras en carro, pasó por Villaviciosa,
llegó hasta Beja, y de aquí fué á Mértola. Hacía un calor horrible. No
apareció Diamante.
Recogió en casa de un comerciante liberal el bote con sus documentos y
lo volvió á reexpedir á Castro Marín.
Aviraneta se puso en camino hacia Castro Marín, á caballo, mirando á
derecha é izquierda, guareciéndose en los árboles y las matas cuando
veía á alguien. Los realistas debían tener espías á los lados del
camino, porque, á pesar de todas sus precauciones, Aviraneta cayó en
manos de una patrulla de realistas portugueses. Eran muchos para luchar
con ellos, y tuvo que entregarse.
Los realistas lo prendieron y lo tuvieron toda la noche atado á un
árbol, sufriendo una serie de chaparrones de agua tibia y abundante.
Por la mañana le hicieron marchar entre ellos. Eran aquellos
portugueses raquíticos, con un tipo agitanado, el pelo negro, la tez
amarilla, los ojos brillantes é inquietos, la expresión suspicaz y
ladina. Hablaban todos ellos con un aire entre amenazador y sonriente.
A media mañana, Aviraneta, rodeado de los portugueses, rendido y
febril, fué entregado á una partida de realistas españoles que
vigilaban la frontera. Esta partida llevaba un gran número de presos;
entre ellos se encontraba Diamante.
El jefe de estos realistas, un señorito andaluz, bajito, rubio, que
ceceaba exageradamente y sonreía al hablar con cierta petulancia, mandó
registrar al prisionero, y se encontró la carta, manoseada y sucia,
dirigida á Domingo Ibargoyen.
El aire de estupor febril que tenía Aviraneta hizo creer al andaluz que
el preso era un pobre infeliz, casi idiota.
--Es un vascongado--dijo el oficial á su gente--. Yo le hablaré, ¿Tú
ser realista ó negro?--le preguntó á Aviraneta.
Aviraneta contempló con asombro al oficial, y éste repitió la pregunta.
Don Eugenio, viendo que le tomaban en broma, dijo haciendo su papel:
--Yo, no entender.
--¿Cómo no entender?... ¡Granuja! Tú ser miliciano...
--Sí, coger á uno... poner uniforme... y llevar andando lejos, malos
caminos... luego cansar... escapar campos.
El andaluz se echó á reir.
--¿Y á dónde marchar tú ahora?... ¿A dónde marchar?...
--Yo querer ir á América...
--Realmente--murmuró el andaluz--á este desdichado es una tontería
prenderlo; pero en fin, le llevaremos á Sevilla con los demás y allí ya
verán lo que hacen con él.
Pasó la noche Aviraneta en la cárcel de Ayamonte. No pudo dormir un
momento. Estaba febril, la humedad de la noche anterior le había
producido un acceso de reumatismo, le dolía la cabeza, tenía una
rodilla hinchada y una misantropía terrible.
En medio de aquel estado de abatimiento el instinto de conservación
vigilaba.
Al día siguiente, por la mañana, Aviraneta advirtió al jefe de los
realistas que no podría marchar con la rodilla hinchada, y le dijo que
daría lo que tenía, una moneda de cinco duros si se le proporcionaba un
caballo. El oficial cogió la moneda y mandó traer un caballo viejo para
Aviraneta.
Durmieron los presos los días posteriores en las cárceles de Gibraleón,
Niebla, Palma, San Lúcar la Mayor, y al quinto día entraron en Sevilla.
A las tres de la tarde, Aviraneta y Diamante, con otros cuarenta ó
cincuenta liberales, formando cuerda de presos, pasaban el puente de
Triana, rodeados de una multitud de hombres, mujeres y chicos que
los insultaban. Diamante iba con una serenidad olímpica, sonriendo,
despreciando al populacho.
Todos los vagos del barrio estaban en el puente. Se oían gritos
furiosos de ¡Mueran los negros! ¡Muera la nación! ¡Viva Fernando!
¡Vivan las _caenas_! ¡Viva el duque de Angulema!
Era el populacho amenazador, la demagogía negra desbordada. Mujeres
desarrapadas, con chiquillos en brazos, que chillaban sin saber porqué;
viejas, gitanos, frailes que pasaban dando á besar á la chusma la
cuerda de su hábito....
--¡Viva nuestra religión! ¡Viva Dios!--gritaban algunos. Y otros
decían, dirigiéndose á los liberales: ¡Al palo! ¡Al palo! ¡Canallas!
¡Mata frailes!
Unos cuantos chicos les tiraron pelotas de barro á los prisioneros, y
una vieja, acercándose á Aviraneta, le dijo:
--¡Qué mala estampa de judío tienes, ladrón! ¡Toma!--Y le escupió á la
cara.
Aviraneta, con la cabeza baja y ceñudo, recibió la injuria, al parecer,
impasible.
Sentía el odio de todos reconcentrado en él. ¡Si por un momento hubiese
cambiado la situación! El en aquel instante, con diez mil hombres y
unas baterías de cañones en el puente, ¡qué sarracina! Mujeres, viejas,
chiquillos, ancianos, casas, iglesias... Todo lo hubiera barrido con
la metralla. Hubiera dejado chiquito á los Collot d'Herbois y á los
Carrier.
Desarrollando esta idea de cómo sería su venganza, pudo pasar entre la
chusma y recibir los insultos y las pedradas con estiércol, mondaduras
de patata y tronchos de berza, sin protestar.
Pasaron el puente y el barrio de Triana, y entraron en el casco de la
ciudad. A cada paso se repetían los insultos y las pedreas.
Con la escolta, Aviraneta y los presos recorrieron varias calles y
fueron á parar al Salón de Cortes.
Al llegar aquí se abrió la puerta y entraron todos en un ancho portal.
El Salón de Cortes, el punto donde se habían celebrado las sesiones del
Congreso en Sevilla en 1823, era la iglesia del antiguo convento de
jesuítas de San Hermenegildo, que estaba en la calle de las Palmas,
que hoy se llama de Cortes.
Este edificio tuvo distinto empleo: primero fué colegio de los
jesuítas, luego, escuela, seminario y cuartel. Los franceses lo
desvalijaron; después la capilla se convirtió en salón de Cortes, y
terminó siendo, durante una corta temporada, teatro.
En aquel momento, el salón de sesiones estaba destruído.
Unos días antes, los realistas sevillanos habían entrado allí, habían
asaltado el edificio y lo habían desmantelado.
Pasaron Aviraneta y sus compañeros del zaguán del convento á un patio,
y aquí uno de los jefes de los absolutistas comenzó la distribución de
los presos.
La gente distinguida iba al Salón de sesiones.
En él estaban detenidos el duque de Veragua y otros muchos liberales
aristócratas. A la gente del pueblo, milicianos y soldados, se la
dirigía á unas cuadras grandes.
Diamante fué enviado con la gente distinguida.
Aviraneta, en compañía de unos cuantos, marchó con la morralla á un
salón, que debía haber sido en otro tiempo biblioteca ó sala capitular.
Un sargento, con una gorra de cuartel y un uniforme lleno de manchas,
les hizo formar militarmente y les dijo:
--Bueno, niños, cuidado. Antes habéis obedecido á la Constitución;
ahora vais á obedecer á ésta--y les mostró una estaca--. Conque ya lo
sabéis. ¡Media vuelta á la derecha! ¡Dre!...
Al día siguiente, Aviraneta como sus compañeros, tuvieron que dedicarse
á bajos menesteres de barrer patios y cuartos.
Aviraneta en su calidad de Domingo Ibargoyen, no tenía importancia, no
ya para ser fusilado, ni aun para ser vigilado; pero no dejaba de estar
ojo avizor por si alguno le reconocía como carbonario, masón y ayudante
del Empecinado.
Entonces hubiera sido otra cosa.
Aviraneta fué destinado á barrer un corredor del claustro y unas
cuadras y á cumplir las órdenes del que hacía de alcaide de la cárcel,
un hombre á quien llamaban el señor Pepe el _Tiznado_.
El señor Pepe el _Tiznado_ era un viejo andaluz, serio, grave,
profundo, un pozo de ciencia que hablaba por apotegmas.
Algunos decían que había sido contrabandista y ladrón, cosa muy
posible; la verdad era que tenía muchos oficios, y ninguno bueno,
porque cambiaba de ellos más que de camisa.
El lugarteniente del señor Pepe el _Tiznado_, que hacía de portero de
la cárcel, era el _Telaraña_, un hombrecito muy redicho y hablador.
El _Telaraña_ tenía en la portería muchos pájaros en jaulas. En sus
horas de ocio se dedicaba á enseñarles á cantar. En épocas normales el
_Telaraña_ era pajarero.
Aviraneta comenzó á ver de ganarse la confianza del señor Pepe y del
_Telaraña_.
Esperaba que alguno de ellos llegara á enviarle á hacer cualquier
recado fuera de la cárcel, en cuyo caso no hubiera vuelto.
A los pocos días de estar allá, Aviraneta que había tomado un odio
por Sevilla frenético, no tuvo más remedio que reconocer que aquellos
realistas andaluces, á pesar de su fanatismo y de su barbarie, eran
mucho menos brutos que los del Norte y se avenían á razones.
Aviraneta, de noche, iba á su rincón y se dedicaba á cavilar y preparar
planes de fuga. No encontraba ninguno bueno, porque le faltaban datos;
no conocía bien el edificio en donde estaba, ni sabía hacia qué punto
de Sevilla se hallaba enclavado.
Sin embargo, pensaba que, á fuerza de examinar proyectos y estudiar sus
dificultades, encontraría algo.--_Mio caro studiate la matematica_, se
decía á sí mismo, recordando la frase que repetía su amigo Sanguinetti.
Aviraneta sondeó al _Tiznado_ y al _Telaraña_ para saber qué harían
con ellos si dejaban escapar algún prisionero; y, al parecer, los dos
estaban convencidos de que les costaría un castigo grave, si no los
fusilaban tomándolos por cómplices. Esto hizo pensar á don Eugenio que
el poco dinero que tenía no bastaba para comprar á los carceleros.
Había que escaparse, sin contar con ellos para nada; había que hacerlo
_á maña_, como decían los contrabandistas del Bidasoa que había
conocido en la infancia cuando no sobornaban á los guardias y tenían
que andar á tiros.
XXIV.
FUGA
Aviraneta se dedicó á cumplir las órdenes que le daba el señor Pepe y
su lugarteniente, con rapidez; se hizo amigo de los dos, y ellos le
dejaban andar de un lado á otro convencidos de que no les iba á jugar
una mala pasada. A los ocho días llegó á conseguir su confianza.
El señor Pepe el _Tiznado_ le trataba bien y le contaba las noticias
que corrían por el pueblo. El señor Pepe le dijo que en aquel momento
estaban en capilla un oficial del regimiento de Galicia llamado Peña,
á quien le habían encontrado varias proclamas y documentos de los de
Cádiz, y un alférez del Empecinado, de apellido Diamante.
--Dicen--concluyó diciendo el señor Pepe--que el Empecinado ha mandado
á un hombre de su confianza por Portugal y que se ha debido escapar.
--Y ese Diamante ¿qué tipo es?--preguntó el _Telaraña_.
--Es un gachó de cuidado--dijo el señor Pepe.
--¿Por qué?
--Porque no hay manera de confesarlo. Dice que todo eso es pamplina,
y no quiere ni arrodillarse, ni nada. Mañana yo voy á ver cómo lo
_afusilan_.
Efectivamente: al otro día el señor Pepe contó el fusilamiento del
alférez del Empecinado y la serenidad de éste, que había llamado
bellacos y cobardes á los realistas, y había concluído gritando: ¡Viva
la Libertad! ¡Viva Diamante!
Aviraneta oyó con curiosidad los detalles del final de su amigo. Su
deseo de escapar no le permitía el lujo de conmoverse. Siguió pensando
en sus planes de fuga; tenía el convencimiento de que pensando con
energía y de una manera metódica se encontraban soluciones para todo.
Al día siguiente del fusilamiento de su amigo vió que había en el
pasillo del claustro una puerta que daba á un sótano. La puerta tenía
un gran cerrojo y un ventanillo. De éste se veían algunos trastos
viejos amontonados.
--Con esto algo se puede hacer--pensó--. Estudiaremos la matemática--se
dijo.
Al día siguiente ya tenía su plan. Por la mañana, al limpiar el
corredor, pidió al _Tiznado_ permiso para entrar en el sótano y coger
unas tablas. El _Tiznado_ se lo dió, y Aviraneta estuvo sacando fuera
unos cuantos trastos viejos y observándolos como si esperara sacar algo
de ellos. Después volvió á meterlos de nuevo, cerró el ventanillo y
con un poco de tocino lubrificó el cerrojo de la puerta, hasta que
comenzó á deslizarse bien.
Estaban Pepe el _Tiznado_ y el _Telaraña_ hablando al anochecer en
el cuarto del conserje, cuando Aviraneta se les presentó y les dijo,
mostrándoles una monedita de oro:
--Miren ustedes lo que he encontrado.
--¡Niño! ¿Dónde has encontrado esto?--exclamó el señor Pepe el
_Tiznado_, con severidad y con ansia--. ¡Si es oro!
--La fija... ¡ya lo creo!--exclamó el _Telaraña_.
--Pues lo he encontrado en ese sótano que he ido á limpiar esta mañana.
--¿De verdad?
--Sí.
--¿Pero en dónde?
--En el suelo.
--¿En qué sitio?
--Yo se lo diré á ustedes. Pero si es oro me tienen ustedes que dar á
mí parte--dijo Aviraneta.
--Bueno, bueno; eso, ya veremos--replicó el señor Pepe--. Primero vamos
á ver dónde está.
--Yo les enseñaré el punto fijo.
Se encendió un farol, y el señor Pepe y el _Telaraña_, llenos de
ansiedad, cogieron, el uno una piqueta, y el otro una palanca.
Marcharon los tres por el corredor del claustro y abrieron la puerta
del sótano, y entraron. Pusieron el farol en el suelo, y Aviraneta,
señalando un rincón, les dijo: Aquí, aquí mismo estaba.
El señor Pepe y _Telaraña_ se arrodillaron para mirar; Aviraneta,
sin meter ruido, de un salto se acercó á la puerta del sótano, salió
fuera y la cerró con el cerrojo, dejando dentro á los dos carceleros.
Enseguida echó á correr, encendió una pajuela y luego una vela, marchó
al cuarto del conserje, cogió la llave, abrió las dos puertas que se
necesitaban franquear para salir á la calle, dejó el manojo de llaves
en el suelo y se largó.
XXV.
CAMINO DE GIBRALTAR
Aviraneta no conocía bien Sevilla. Echó á andar callejeando. Un sereno
le detuvo, y le echó la luz del farolillo á la cara.
--¿A dónde va usted?--le dijo.
--Ando buscando posada.
--Ahí está la posada. A mano izquierda.
El sereno se alejó y cantó: Ave María Purísima. Las diez y media y
sereno. Y añadió á su cántico: ¡Viva Fernando! ¡Viva el duque de
Angulema!
Aviraneta encontró una posada de arrieros que había cerca; entró en el
zaguán, y acurrucado en un rincón esperó á que amaneciera.
La noche se le hizo eterna. Al amanecer salió de Sevilla y compró á
unos gitanos una mula.
Le costó cuarenta duros; entregó tres onzas y le devolvieron mucha
plata y cuartos.
Ya caballero, Aviraneta tomó el camino de Utrera é hizo la larga
jornada hasta Jimena, donde le detuvieron, le quitaron la mula y todo
lo que llevaba.
Le quedaba aún en la chaqueta una onza de oro y un centén en el
chaleco. Estaba sucio, lleno de polvo, con un aire de vagabundo de
camino, triste y enfermo. Se sentía desanimado. Se juraba á sí mismo
no volver á intervenir en política, no hacer caso de la palabrería de
los liberales, que al último hacían traición á sus principios, sin
escrúpulos ni vergüenza.
De Jimena, Aviraneta fué á San Roque: comió y durmió en una posada,
pagó con un centén de oro y compró á un contrabandista un puñal.
El contrabandista le dijo que para ir á Gibraltar le convendría
dirigirse á Algeciras, mejor que á La Línea, porque aquí había mucha
vigilancia.
Aviraneta siguió el consejo y se dirigió á Algeciras.
A media tarde fué acercándose al pueblo, y esperó á que se hiciera de
noche. Estuvo contemplando durante algún tiempo el caserío negruzco de
la ciudad, alrededor de la iglesia, y cuando comenzaban á brillar las
estrellas, rodeando el pueblo, salió á la orilla del mar.
Se acercó al muelle, y á un hombre que estaba atando un bote, le dijo:
--Oiga usted.
--¿Qué?
--¿Quiere usted llevarme á Gibraltar?
--No; vengo de allá ahora.
--Le pagaré bien.
--No.
--Le daré una onza.
--¿La tiene usted?
--Sí.
--A verla.
--Se la daré á usted á la mitad de la travesía.
--¿Será usted el general Riego?
--No; pero tengo que marchar á Gibraltar.
--Bueno, suba usted; pero deme primero la onza.
--No, no. Cuando estemos cerca de la plaza inglesa.
--Bueno.
El hombre desató su lancha, extendió una vela, y, puesto al timón,
enderezó la proa hacia Gibraltar.
A medida que avanzaban, Algeciras iba quedando atrás, recostada en una
sierra que se destacaba negra en el horizonte. Las luces de Gibraltar
brillaban enfrente.
--Me parece que estamos á mitad del trayecto--dijo el hombre de la
barca.
--Sí; eso quiere decir que exige usted la onza.
--Lo ha entendido usted muy bien.
Entregó la onza Aviraneta, y el hombre inmediatamente se levantó é hizo
arriar la vela.
--¿Qué hace usted?--le dijo Aviraneta.
--Nada, que vamos á volver.
--¡A volver!
--Sí.
--¿Por qué?
--Porque queda usted preso. Yo soy uno de los encargados de vigilar
esta playa. Tú eres un conspirador que huye y te hago prisionero.
--¡Bah! no podrás--exclamó Aviraneta, con voz sorda.
--¿No?
--No.
Y Aviraneta acercándose al hombre, en la obscuridad, lo agarró del
cuello y le puso el puñal en la garganta.
El policía pidió tregua en seguida. Aviraneta con el puñal en una
mano le registró los bolsillos y sacó de ellos una navaja y un lío de
cuerda. Con la cuerda ató los brazos y los pies del hombre y lo dejó
sentado en uno de los bancos del bote. Después izó de nuevo la vela.
La barca comenzó á marchar hacia Gibraltar. La silueta negra del peñón
se veía destacándose en el cielo estrellado. Los faros y las luces del
pueblo brillaban en el agua. Aviraneta dirigía en línea recta, sin
hacer caso de las olas que entraban en la lancha.
A pesar de que sus intenciones eran llegar directamente, torció hacia
la izquierda y fué á embarrancar en un arenal, cerca de la Estacada.
--¿Estamos en tierra inglesa?--preguntó Aviraneta.
--Sí. ¿Ahora me desatará usted?
--Sí. Y usted me devolverá la onza de oro.
--Hombre, eso no es lo acordado.
--Tampoco estaba acordado que usted me hiciera traición.
--Bueno, le devolveré la onza.
Soltó Aviraneta las manos del policía, recogió la moneda y luego le
soltó los pies.
--Ya se ha salvado usted--dijo el polizonte--. He sido un tonto. Ahora
dígame usted quién es.
--¡Soy el demonio!--exclamó Aviraneta con voz cavernosa.
El polizonte debió quedar santiguándose, y Aviraneta marchó hacia la
estacada. Un soldado inglés le dió el alto y llamó al teniente, que
sabía español, y á quien explicó Aviraneta lo que le ocurría.
Aviraneta, acompañado por el soldado, fué por la calzada del dique,
entre la laguna y el mar, y pasó por la puerta de Tierra á la ciudad...
Mientras había venido huyendo se había forjado la idea de que estaba
arrepentido y cansado de tanto ajetreo como se había dado á sí mismo.
Al poner el pie en puerto de salvación veía que no sólo no estaba
cansado de su papel, sino que estaba ansiando volverlo á tomar de nuevo.
Aquel pajarraco de Aviraneta vivía en su centro como los albatros en
los remolinos de la tempestad. Las convulsiones, los peligros, la
guerra, las cárceles, eran su elemento...
Al mismo tiempo que se burlaba de sus planes de modificar su vida,
volvía á rehabilitar sus ideas. Ya se habían borrado de su imaginación
todos los absurdos, torpezas y cobardías llevadas á cabo por los
revolucionarios; la Libertad, como una diosa, marchaba en su carro
triunfante por encima de los monstruos y bestias inmundas del
absolutismo: la revolución era la salvación de España.
--Hay que implantarla cuanto antes--se dijo á sí mismo, y convencido
añadió, señalando con la mano la costa española, que se iba ocultando
entre las brumas de la noche:
--Nos veremos de nuevo.
Itzea--Septiembre, 1915
FIN DE LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA
ÍNDICE
_Páginas._
La Canóniga.--Prólogo 5
PARTE PRIMERA
I.--Cuenca 31
II.--La casa de la Sirena 41
III.--Miguelito Torralba 53
IV.--Sansirgue el penitenciario 67
V.--La casa del pertiguero 71
VI.--Don Víctor 81
VII.--La Biblioteca de Chirino 87
VIII.--Su majestad el odio 93
IX.--Un romance anónimo 101
X.--La junta realista 107
XI.--Un sermón de Sansirgue 111
XII.--La alarma de Bessieres 117
XIII.--Proyectos 123
XIV.--Cabildeos de Don Víctor 129
XV.--La Puerta de San Juan 139
XVI.--Después de la catástrofe 143
XVII.--Meses después 149
Epílogo 159
LOS GUERRILLEROS DEL EMPECINADO
I.--Nueva comisión 163
II.--Mascarada militar 169
III.--Antiguos amigos 175
IV.--En el espionaje 181
V.--En el camino 191
VI.--El batallón de los hombres libres 197
VII.--Huyendo 207
VIII.--Don Julián Sánchez 217
IX.--Aviraneta en el convento 227
X.--De Nájera á Aranda 235
XI.--El espía de Roa 241
XII.--La encerrona 251
XIII.--En Ciudad Rodrigo 261
XIV.--La toma de Coria 267
XV.--Una ciudad levítica 273
XVI.--La tarde del domingo 281
XVII.--Expedición á Plasencia 287
XVIII.--¡Merino! 295
XIX.--El camino de San Martín 303
XX.--El Castillo de Trevejo 309
XXI.--La situación empeora 319
XXII.--Un oficio del Estado Mayor 325
XXIII.--El viaje 331
XXIV.--Fuga 343
XXV.--Camino de Gibraltar 347