Cruzaron la huerta de un convento y salieron al Paredón de la catedral.

Desde aquí se veía el campo, completamente distinto á como estaba por

la mañana. El cielo tenía un azul intenso, la campiña se extendía verde

y el río resplandecía como un metal fundido sobre una gran cinta de

arena dorada.

El viento levantaba oleadas en los trigales y movía el follaje de los

árboles.

Unas mujeres lavaban en el río, y las ropas blancas y los refajos rojos

brillaban tendidos en las cuerdas. Por el paseo de la Barca volvían

algunos aldeanos, hombres y mujeres en sus borriquillos.

Aviraneta se sentó en el pretil de piedra del Paredón.

A Don Eugenio le gustaba contemplar el paisaje: le producía,

momentáneamente un olvido de todo; le recordaba los días de su infancia

cuando iba á la Peña de Aya y al monte Larun á ver el mar á lo lejos.

Ese germen ahogado que tenemos todos de otro hombre ó de otros hombres

despertaba en él con la contemplación. Aviraneta quedó inmóvil y en

silencio.

Era una tarde espléndida, gloriosa: los campos verdes relucían frescos

después de la lluvia; el río venía crecido y alguna nubecilla blanca

se miraba en su superficie como en un espejo azulado. Dentro de la

iglesia, los canónigos cantaban en el coro y se oían las notas del

órgano.

En el aire pasaban las cigüeñas con ramas en el pico y quedaban en

extrañas actitudes sobre sus nidos; los gorriones y los vencejos

chillaban, y una nube de cernícalos, que al transparentarse tenían un

color morado, lanzaban un grito agudo.

Había al mismo tiempo ligeros incidentes que animaban el conjunto: un

burro que corría por los hierbales y hacía sonar un cencerro; unas

ovejas esquiladas que saltaban sobre unas piedras; un hombre que pasaba

á caballo por el puente. A lo lejos, una galera de siete mulas venía

despacio por el camino.

Este silencio, lleno de ruidos, de ladridos de perros, de cacareo de

gallos, de balidos de ovejas, del canto suave del abejaruco, tenía

un gran encanto. De pronto, las campanadas del reloj de la iglesia

sonaban allí cerca con un fragor imponente.

Aviraneta se sentía saturado de tranquilidad, de paz, ante aquella

majestuosa tarde que marchaba con su ritmo lento hacia el crepúsculo....

--Realmente la guerra es una cosa absurda--pensó; luego, dirigiéndose á

Diamante, dijo--: ¡Qué paz! Está hermoso esto. ¿Verdad?

--Yo, como el general--contestó Diamante--, no defendería este pueblo.

--¿Pues qué haría usted?

--Arrasaría toda esta campiña sin dejar nada y me volvería á Ciudad

Rodrigo--y Diamante pasaba su mano como con cariño por encima del

panorama.

--Pero hombre, no--exclamó Aviraneta saltando del pretil--. Me parece

un poco bárbaro. Este es nuestro país.

--Ríase usted de esas tonterías--replicó Diamante, con un gesto entre

desdeñoso y de superioridad--; todo lo que no sea hacer la guerra de

exterminio será tiempo perdido.

Aviraneta, el _Lobo_ y Diamante salieron de la catedral y volvieron á

casa de Zugasti.

XVII.

EXPEDICIÓN Á PLASENCIA

Por la noche, en el correo que vino de Ciudad Rodrigo, Aviraneta

recibió una carta de Aranda. Era del relojero suizo Schulze.

"De aquí no le puedo dar á usted más que malas noticias--decía--. Ha

habido tiros y enredos en el pueblo y han asaltado la casa de usted,

llevándose todo. Los libros y papeles se han metido en un carro por

orden del capitán general O'Donnell, que no es el O'Donnell de ustedes

y los han llevado á Valladolid."

A Aviraneta no le hizo mucha mella la noticia. Ya todo lo ocurrido en

Aranda le parecía de una vida anterior, lejana y borrosa.

Habló un momento con el_Lobo_ y Diamante acerca de lo que podía haber

ocurrido en Aranda, y, olvidando pronto esto, se puso á planear lo

que había que hacer en Coria. Después de varios proyectos, pensó que

lo conveniente sería acercarse á Plasencia á conocer el estado de

esta ciudad. Plasencia, como pueblo de más importancia que Coria,

había llegado á tener una Milicia Nacional bastante numerosa y bien

organizada. Si Plasencia estaba definitivamente por el absolutismo,

indudablemente era inútil permanecer en Coria; en cambio, si los

placentinos tenían intenciones de defenderse contra los realistas,

podía enviárseles una pequeña guarnición y dejar otra en Coria.

Aviraneta habló á don Juan Martín, y éste aprobó la idea.

Aviraneta fué encargado de marchar á Plasencia. Llevaría una escolta

de veinte lanceros al mando del _Lobo_. Salió por la mañana con sus

hombres, cruzaron la puerta del Sol, vadearon el río, y al trote largo

se dirigieron hacia Galisteo. Almorzaron aquí, y á media tarde estaban

en Plasencia.

Zugasti había recomendado á Aviraneta que sin pérdida de tiempo se

presentase en el palacio del marqués de Mirabel, con su escolta.

Así lo hizo don Eugenio.

El palacio del marqués de Mirabel era hermoso, grande, de piedra

amarilla negruzca. Daba su fachada á una plaza que tenía en medio una

fuente.

Aviraneta bajó del caballo, dió la brida á un soldado y entró por un

arco del palacio, arco que continuaba en un corredor abovedado.

A la izquierda había una puerta y llamó; abrieron y Aviraneta pasó á

un patio con una gran escalera de piedra. Preguntó al criado por el

señor, y al comenzar á subir se encontró con el marqués, que bajaba de

prisa alarmado por el ruido de los caballos.

Era el marqués un hombrecito afeitado, moreno, de cara antigua y

pelo negro y ensortijado. Iba muy currutaco; llevaba calzón corto de

tafetán, medias blancas, un chaleco verde de seda y una chaquetilla

negra. Hablaba en voz baja, con una vocecita aguda.

Explicó Aviraneta en pocas palabras quién era y á lo que iba, y el

señor de Mirabel, cruzando unas cuantas habitaciones, le llevó á una

azotea, llena de flores, que caía hacia la plaza de la fuente.

--¿Quiere usted alguna cosa?--le dijo el marqués.

--Primeramente quisiera alojar á mis soldados.

--En seguida. Y usted no quiere nada, ¿Algún refresco? ¿Café?

--Sí, tomaré café.

El marqués salió y Aviraneta estuvo contemplando la terraza, adornada

con lápidas romanas y estatuas antiguas.

Volvió el marqués y dijo:

--Ahora traen el café. Bueno, veamos que es lo que necesita usted de mí.

--Como sabrá usted--dijo don Eugenio--las fuerzas del Empecinado,

saliendo de Ciudad Rodrigo, han entrado en Coria, que hizo alguna

resistencia. No conocemos el espíritu del país y vacilamos en tomar una

resolución.

--¿Y usted quiere saber el estado del liberalismo de este

pueblo?--preguntó el marqués con su vocecita aguda.

--Sí.

--Pues muy malo. Al comenzar el Gobierno constitucional, aquí la gente,

como en casi todos los pueblos, quedó indecisa; entonces, veinte ó

treinta plasencianos de la gente más rica nos decidimos á ponernos el

uniforme de nacionales; los demás comenzaron á seguirnos, y llegamos

á tener el año pasado más de cien infantes y cuarenta soldados de

caballería. Fundamos una sociedad patriótica que la inauguró don

Laureano Santibáñez, y tuvimos un momento dominado al pueblo. Vino la

sublevación de Cuesta y la de Francisco Morales, y empezó el tinglado á

descomponerse. La gente supo que los franceses iban á entrar en España,

que los absolutistas avanzaban y los milicianos comenzaron á abandonar

nuestras filas: unos quedándose en casa, y otros pasándose al otro

bando.

--¿De manera que esto está perdido para nosotros?--preguntó Aviraneta.

--Completamente perdido. Figúrese usted que se están buscando firmas

para pedir á la Regencia del Reino, en nombre de la ciudad, que se

restablezca la Inquisición, y firma casi todo el pueblo.

--¿Usted cree que doscientos hombres aquí de guarnición podrían hacer

algo?

--Nada.

--¿Qué harán los liberales significados de Plasencia cuando se

presenten los absolutistas?

--Tendrán que huir.

--Les voy á proponer si quieren venir conmigo á reunirse con el

Empecinado.

--Bueno. Si usted quiere, cuando tome usted café, le acompañarán á casa

del teniente.

--Muy bien.

Tomó Aviraneta su café y se levantó.

--Aquí cenará usted y dormirá--le dijo el marqués.

--Muchísimas gracias. Hasta luego.

--Adiós. Voy á ver si arreglo el alojamiento para su tropa.

Aviraneta salió del palacio del marqués acompañado por un criado de

aire de lego, quien le llevó hasta la plaza. Entró en la botica y salió

al poco rato con un hombre de unos sesenta años, que al ver á Aviraneta

hizo un signo masónico. Le contestó Aviraneta y se dieron la mano.

Era el masón un teniente de la Milicia Nacional, don Juan Bustillo.

Bustillo era un hombre fuerte, rechoncho, bajito, de cabeza redonda, la

tez quebrada, las patillas cortas y la voz gruesa y fuerte. Era hombre

cándido, entusiasta del _Sistema_ y que creía que era indispensable

sacrificarse por las ideas.

--Vamos al Enlosado de la catedral--dijo Bustillo--. Allí podremos

hablar sin que nos espíen.

El Enlosado de la catedral era una terraza parecida al Paredón de

Coria, aunque más grande y espaciosa. Daba á esta terraza una portada

del Renacimiento, adornada con grandes escudos, una torre románica como

un tambor de muralla, á la que llamaban el Melón, y otra torrecilla

cónica.

Aviraneta y Bustillo se pusieron á pasear por las grandes piedras del

Enlosado, ribeteadas de verde y de matas con flores amarillas.

Abajo, en la campiña, el río Jerte fulguraba reflejando los últimos

rayos del sol, y brillaba en las masas verdes de los árboles de la

ribera.

Bustillo, al principio, había considerado como una solución magnífica

el que el Empecinado mandara fuerzas á Plasencia; pero después

reconoció que la cosa no tenía objeto: en el pueblo no había víveres,

la muralla no servía, no había cañones ni una posible retirada.

--Tendrán ustedes que venir con nosotros--dijo Aviraneta.

--Yo sí, sí; iré. ¡Ya lo creo!

--Hombre, usted precisamente, no. La gente joven. Usted tiene familia

aquí.

--Antes es la libertad y la patria que la familia--dijo el señor

Bustillo solemnemente.

--Sí; pero usted es un hombre que tiene derecho al descanso.

--Para disparar un fusil sirvo. No me diga usted que no.

El señor Bustillo llevó á su casa á Aviraneta y le presentó á su mujer

y á sus hijas.

--Este señor es el ayudante del Empecinado--dijo con entusiasmo.

La mujer y las hijas miraron á Aviraneta con una mezcla de terror y

de pasmo, y no se atrevieron á desplegar los labios. Bustillo quería

tener en su casa á Aviraneta; pero éste le dijo que le había invitado á

quedarse en su palacio el marqués de Mirabel.

--¡Ah! ¡El marqués! ¿Qué le ha parecido á usted?

--Bien.

--Pues es un tipo muy raro.

Y Bustillo contó sus varias manías de coleccionista que no tenían nada

de particular. Lo que sí constituía una extraña inclinación en el

marqués era la de ser peluquero de señoras. El marqués peinaba á todas

las damas del pueblo cuando iban á alguna fiesta. Esta era una de sus

ocupaciones favoritas.

Recordando su tipo no parecía nada raro que le gustara ser peluquero.

Se despidió Aviraneta de Bustillo y fué á cenar con el marqués de

Mirabel. Realmente, éste era un bicho raro; se había educado en

Inglaterra y ofrecía una mezcla de ideas contradictorias bastante

absurda. Aviraneta no le podía mirar sin figurárselo con un peine y

unas tenacillas alisando el cabello con esa mano fría y suave de los

barberos.

Después de cenar, Aviraneta marchó á una sala muy grande, con una cama

muy pequeña, y pensando en las extravagancias del marqués-peluquero, se

quedó dormido.

Al otro día, Aviraneta, con sus lanceros, hizo un recorrido por la Vera

de Plasencia, y se encontró sorprendido al oír decir á la gente que

se esperaba al Cura Merino. Aviraneta no tenía por allí ni amigos ni

confidentes, y decidió volver á Plasencia. ¿Por dónde vendría el Cura?

Hubiera sido terrible para él caer en sus garras.

Al día siguiente, con la escolta del _Lobo_ y unos cuantos milicianos,

entre ellos el señor Bustillo, se dirigió á Coria.

XVIII.

¡MERINO!

La presencia de Merino en Extremadura desazonó á don Juan Martín.

Sabía que mandaba mucha gente, que llevaba las espaldas guardadas por

el ejército francés y que tenía el terreno amigo; sabía también que

pondría todos los medios para derrotarle.

Se hicieron gestiones para averiguar el paradero de Merino, sin

fruto; el Empecinado en esta época, como Mina en la Guerra civil, se

encontraban con que sus procedimientos del período de la guerra de

la Independencia flaqueaban. Durante la lucha contra los franceses,

todos los informes eran espontáneos: bastaba indicar algo para que

inmediatamente se hiciera; en el año 23 y en la Guerra carlista,

ocurría lo contrario: las indicaciones de la gente del campo eran casi

siempre equívocas cuando no falsas.

Don Juan Martín averiguó que Merino, flanqueando á los generales

franceses Vallin y Bourmont, venía persiguiendo á Zayas por la línea

del Tajo. Los absolutistas se habían corrido por Talavera de la Reina,

Almaraz, Trujillo y Cáceres, dejando amargo recuerdo por donde pasaban.

A Merino le salió al encuentro López Baños, pero ninguno de los dos

se decidió á entablar la batalla. Desde entonces no se sabía el sitio

exacto donde se encontraba el Cura.

Se decía que llevaba una tropa numerosa, una división completa, pues se

habían reunido con él una porción de partidas.

Se citaban entre los cabecillas incorporados á Merino, á Blanco, Puente

Duro (el _Rojo_), Caraza y Lucio Nieto, que se titulaban brigadieres;

á Corral, el _Gorro_, los Leonardos, el _Inglés_, Navaza, Mauricio y

Huerta, que mandaban regimientos y tenían el grado de coroneles, y á

otros muchos.

El Empecinado, en vista de estas noticias, en junta de oficiales

decidió abandonar Coria y volver á Ciudad Rodrigo.

El 12 de Junio, por la mañana, se desalojó Coria, se cruzó el arrabal

de las Angustias, y por la tarde se entró en el pueblo llamado Moraleja

de Hoyos ó Moraleja del Peral.

Se dejó la tropa alojada en el Ayuntamiento, cárcel, hospital de

transeúntes y en la Casa de la Encomienda. Los coroneles Dámaso Martín

y Juan Maricuela quedaron encargados de buscar víveres, y el Empecinado

encargó, con gran insistencia, que se pusieran centinelas en todos los

caminos y puntos altos y se organizara una guardia volante.

A un castillejo arruinado de un cerro próximo se envió un piquete de

caballería.

Dispuesto todo para evitar una sorpresa, el general con su escolta,

Aviraneta y dos ó tres oficiales atravesaron el arroyo llamado Ribera

del Gata, por un vado, y fueron á alojarse á una dehesa grande del

camino de Perales, con una casa ancha y baja en el centro. Esta finca

se conocía con el nombre de la Dehesa de la Reina; estaba rodeada de

una extensísima tapia de adobes, cubierta de bardas de ramaje, y se

hallaba próxima al río Árrago.

Se pasó la noche con tranquilidad, y al comenzar el día se presentó una

mañana de verano ardorosa y sofocante. El sol centelleaba en las mieses

y en los barbechos; el cielo brillaba con un azul negruzco, y los pocos

árboles que se veían en el campo parecían arder con el calor.

El Empecinado había pensado no emprender la marcha hasta la caída de la

tarde.

Serían las diez, próximamente, cuando por el lado del pueblo comenzó un

ligero tiroteo, que se convirtió en furiosas descargas.

--¿Qué puede ser esto?--preguntó don Juan Martín, alarmado.

No se sabía.

--Preparad los caballos.

Se comenzó á aparejar los caballos. El fuego se hacía cada vez más

intenso. Se iba á abrir la puerta de la casa, cuando aparecieron

delante de ella veinte lanceros constitucionales que venían huyendo al

galope, perseguidos por un escuadrón de feotas.

Pasaron adentro, se cerró la puerta del corral y se recibió á los

perseguidores con una descarga, hecha desde las tapias.

Los feotas contestaron al fuego, y se retiraron.

--Pero ¿qué pasa?--gritó el Empecinado.

Los soldados fugitivos, llenos de zozobra, contaron á don Juan Martín

que la tropa que pernoctaba en Moraleja había sido sorprendida por el

Cura Merino.

--Pero, ¿cuándo? ¿ahora mismo?--preguntó don Juan.

--Ahora mismo.

--¿Y los centinelas?

--Han dicho algunos que, al ver de lejos al enemigo, han creído que era

un rebaño.

Merino, con una fuerza de tres mil á cuatro mil infantes y con

ochocientos caballos, marchando de noche y con el mayor sigilio, y

dirigido por buenos guías, se había presentado á una legua de Moraleja

en las primeras horas de la mañana.

Pronto supo por sus confidentes que el Empecinado no se había movido de

allá, y se le ocurrió acercarse á Moraleja, echando por delante de su

tropa dos inmensos rebaños. Así lo hizo, y avanzó detrás de las ovejas,

que levantaban grandes nubes de polvo. La estratagema le dió un gran

resultado; sin ser advertido rodeó el pueblo y comenzó una metódica

carnicería de los constitucionales.

Don Juan Martín comprendió que el mal no tenía remedio, y furioso por

haber sido derrotado de una manera tan necia, mandó que se concluyese

de aparejar los caballos y se dispusiera todo el mundo á hacer una

salida. Entre los que estaban y los que habían venido se formó un

pelotón de sesenta hombres en el patio, delante de la casa.

Don Juan y unos cuantos más, gente forzuda y fuerte, enarbolaron la

lanza. Se abrió la puerta de la tapia y el piquete salió al galope

hacia el pueblo. Los realistas en el mayor desorden, se ocupaban en

matar á los constitucionales en las calles, sacándolos de las posadas y

alojamientos.

La entrada del Empecinado por el pueblo fué trágica. A lanzadas, á

sablazos, atropellando con los caballos, se abrieron paso.

--¡Viva la libertad!--gritaba Aviraneta, entusiasmado, levantando su

sable en alto.

--¡Viva!--vociferaban todos.

Como un aluvión se pasó Moraleja y se siguió carretera adelante hacia

Hoyos. Los realistas, repuestos de la sorpresa, reunieron doscientos

jinetes, que se lanzaron en persecución de los liberales.

Afortunadamente para éstos la mayoría de los caballos de los feotas

estaban cansados de la jornada del día anterior, y no podían darles

alcance.

Llegaron un poco después del mediodía á Perales, y una rápida

inspección del pueblo hizo comprender al Empecinado que allí no había

posibilidad de defensa, y se siguió adelante hasta dar la vista á

Hoyos, pueblo en la falda de la Sierra de Gata.

Desde allí se veía el castillo de Almenara sobre un monte agudo;

la Sierra de Béjar á la derecha, con algunas estrías de nieve y la

hondonada grande de Hoyos.

Se acercaron á este pueblo; pasaron á todo correr por el Teso de las

Animas, con sus cruces de piedra del Calvario; luego, por delante

del humilladero y de un convento ruinoso, y por una calle en cuesta

subieron á la plaza de la iglesia.

Serían las dos ó dos y media de la tarde cuando llegaron.

Inmediatamente tomaron posiciones. Veinte dragones de Merino entraron

casi al mismo tiempo que los sesenta jinetes del Empecinado. Estos

volviéndose contra los que les perseguían, les atacaron á sablazos y á

lanzadas.

Los dragones realistas perdieron dos hombres y se retiraron á las

proximidades del pueblo. Sin duda iban á esperar á reunirse con el

grueso de su escuadrón. Don Juan Martín pensaba continuar la retirada,

cuando se presentaron treinta nacionales de Hoyos y de pueblos cercanos

bien armados. Con este refuerzo se pensó en defenderse en Hoyos.

Se ocupó la iglesia y las casas de la plaza; se subió la gente á las

ventanas y guardillas, y se dividió en dos pelotones la caballería.

Uno se colocó detrás de la iglesia y el otro en una plazoleta próxima.

Aviraneta subió á la torre y exploró el horizonte con su anteojo. A

la hora ó cosa así bajó diciendo que una columna grande de caballería

venía hacia el pueblo.

Cada cual tomó posiciones, y se encargó que se economizaran los

cartuchos.

Los realistas subieron al galope hasta la iglesia; las herraduras de

los caballos hacían un ruido de campanas en las piedras. Al desembocar

en la plaza gritaron: ¡Viva el rey! ¡Viva la Inquisición!

Los liberales les hicieron una descarga cerrada, que mató á ocho ó diez

hombres. Los realistas vacilaron; algunos, no muchos, pasaron de la

plaza hacia adelante y fueron cortados y atacados por el Empecinado al

grito de ¡Viva la libertad! ¡Viva la Constitución!

Después de una hora de combate los realistas se retiraron, dejando

algunos muertos, quince á veinte heridos y otros tantos caballos, de

los que se apoderaron los liberales.

Los realistas quedaron en el Calvario y allí se plantaron de

observación.

El Empecinado, Aviraneta y el jefe de los nacionales de Hoyos

conferenciaron. Era indudablemente difícil defenderse en Hoyos con tan

poca gente; podían meterse en la iglesia y atrincherarse allí, pero

entonces se verían expuestos á un sitio; sin víveres ni municiones y

sin posibilidad de ser socorridos.

El jefe de los nacionales consideraba más fácil defenderse en la

próxima aldea de Trevejo, que, además de estar en un cerro con una

subida difícil, tenía la ventaja de que se podía avisar desde allá á

San Martín de Trevejo, donde se hallaban refugiados algunos nacionales

de los contornos.

Se dispuso seguir este plan. Aviraneta, con los nacionales de Hoyos,

marcharía inmediatamente á Trevejo y tomaría posiciones. Mientras

tanto, don Juan Martín, con sus jinetes y con cinco ó seis fusileros,

entretendría al enemigo hasta que tuviera que retirarse, y entonces,

en la retirada, vendría el apoyo de Aviraneta con sus nacionales, que

atacarían á los perseguidores.

Se decidió hacerlo así, y sin que se enterase el pueblo, uno por uno

tomaron los nacionales el camino de Trevejo y comenzaron á marchar de

prisa. Era necesario que tuviesen, por lo menos, una hora ú hora y

media de ventaja sobre el Empecinado para que cuando éste pasase se

encontraran ellos ya atrincherados.

XIX.

EL CAMINO DE SAN MARTÍN

Serían de cuatro y media á cinco de la tarde cuando salió de Hoyos

Aviraneta con los milicianos, y próximamente las seis cuando daban

frente á Trevejo.

Trevejo es una aldea miserable asentada sobre un cerro. Este cerro,

formado por rocas obscuras, tiene graderías de piedra hechas para

sostener la tierra de algunos pequeños olivares y viñedos.

Mirando á Trevejo desde el camino de Hoyos se ve á la izquierda de la

mísera aldea un castillo negro, erguido y fantástico.

Más á su izquierda se levanta la sierra de la Estrella, y á la derecha,

el terreno se hunde en una cañada, por donde sube el camino que

continúa á San Martín.

A esta cañada, abierta entre un talud muy pendiente y un castañar

vetusto, llamaban, aunque no con mucha propiedad, el desfiladero

de Trevejo. Hoy no hay cerca de este desfiladero muchos árboles; á

principios del siglo XIX los grandes robles y castaños centenarios

formaban á un lado del camino una muralla de follaje. Serían las seis

y media ó siete de la tarde cuando los milicianos llegaron á este

castañar, próximo á la calzada. Aviraneta pensó varias estratagemas

para detener á los realistas, que la mayoría tuvo que desechar, y al

último se decidió por dos.

A un cuarto de hora de Trevejo partía de la calzada un camino

que escalaba el cerro y marchaba á la aldea. Don Eugenio, á unos

trescientos pasos de la bifurcación, mandó clavar palos entre las

ramas, puso encima los morriones de los nacionales é hizo que se

quedaran tres ó cuatro allí. Después de hecho esto fué colocando sus

veinticinco hombres emboscados en el castañar. Si los realistas tomaban

por el camino de la aldea, él con su gente les atacaría por la espalda.

Aviraneta pensó que don Juan Martín y los suyos llegarían á media

tarde. ¿Pero si llegaban al anochecer? Su estratagema no tendría

entonces gran objeto. Pensando que podrían venir ya obscuro, mandó á

uno de los nacionales que fuera á Trevejo y trajera una cuerda gruesa

de ocho ó nueve varas.

El nacional volvió al poco rato con la cuerda. Aviraneta la ató por

una punta á un árbol de la calzada, del otro lado del castañar, á una

altura de dos varas, y dejó la otra punta colgando por el suelo. La

mayoría de los nacionales no comprendieron el objeto de esta maniobra.

Se esperó bastante tiempo, y, ya obscuro, se notó que venía don

Juan Martín. Llegaba perseguido muy de cerca. Los tres ó cuatro

milicianos que estaban en el cerro dispararon varios tiros contra los

perseguidores. Los realistas, despreciando el tiroteo, avanzaron con la

esperanza de apoderarse del caudillo.

Pasaron los liberales y se acercaron á toda prisa los realistas.

Entonces Aviraneta, levantando la cuerda, la puso tensa, á una altura

de un par de varas, y la ató al tronco de un grueso castaño.

--Atención. Cuando yo diga--murmuró Aviraneta.

Los jinetes realistas, que iban al galope, al llegar á tropezar con la

cuerda tensa se sintieron lanzados al suelo con una fuerza tremenda.

Los Recursos de la Astucia · 第 12 / 14 段