del Norte, cruzaron el Ebro y atravesaron Despeñaperros.
Los liberales tuvieron que ir perdiendo sus ilusiones en Ballesteros,
en Morillo, en Montijo y en O'Donnell.
Se había creído que este último se opondría á los franceses en
Somosierra y en el Guadarrama, pero los dejó pasar sin disputarles el
terreno.
Todos estos generales eran partidarios de dar por fracasada la
Constitución del año 12. Montijo escribió una carta á don Enrique
O'Donnell, conde de la Bisbal, diciéndole que se decidiese á salvar
al país y á cumplir la voluntad del pueblo; que era que no siguiese
rigiendo la Constitución, porque ésta no afianzaba la seguridad
individual ni conservaba la dignidad de la monarquía española.
O'Donnell contestó en un sentido parecido; los liberales, al leer
su carta, se indignaron, y La Bisbal tuvo que escapar de Madrid,
resignando el mando de las fuerzas en Castelldosrius, quien también
abandonó la Corte dejando el mochuelo al general Zayas, que fué quien
tuvo que capitular.
Unicamente los guerrilleros Mina, el Empecinado, Chapalangarra y
algunos generales como Torrijos, Riego y López Baños estaban dispuestos
á defender la Constitución hasta el fin.
Mina tenía lo mejor del ejército y estaba en Barcelona, en donde
había espíritu liberal entusiasta; primero por los hijos del país,
luego por encontrarse allí hombres comprometidos en las revoluciones
de Nápoles y Piamonte; patriotas polacos, estudiantes, alemanes y
franceses obligados á dejar su patria por las persecuciones policiacas
de la Santa Alianza. Había también en Barcelona una Legión liberal
extranjera, organizada por Pacchiarotti, con un pequeño batallón de
infantería y un escuadrón de lanceros.
Muchas compañías estaban formadas por oficiales y dos generales
italianos empuñaban la lanza como simples soldados.
El Empecinado no tenía estas ventajas; no estaba sostenido por el
espíritu de una ciudad liberal: se encontraba en tierras hostiles,
sin más consejo que el de Aviraneta, y no podía aceptar siempre sus
inspiraciones.
Entre los dos había una obscura incompatibilidad. Aviraneta sentía una
mezcla de cariño, de admiración y de desdén por el general. El verle
tan tosco y muchas veces tan incomprensivo le ponía en contra suya.
Al Empecinado, por su parte, le producía su secretario un sentimiento
confuso de desconfianza y de repulsión. Sabía que Aviraneta era hombre
de probidad, pero le veía capaz de una infamia por defender su causa.
Don Juan afirmaba que, puesto que la doctrina liberal era la mejor y
la más justa, los procedimientos de los liberales debían ser también
siempre claros y justos.
Aviraneta creía que el fin justifica los medios. Con este motivo, el
general y su secretario solían discutir. Uno de los sitios de sus
discusiones era el claustro de la catedral.
Aviraneta quería convencer á don Juan Martín de que debía aceptar todos
los recursos.
--El hombre de guerra, por lo mismo que vive entre catástrofes--decía
Aviraneta--tiene que ser inmoral. Esta es su superioridad. Aquí
conviene ser benévolo, se respetan las personas y las cosas; allí
conviene ser severo, se fusila á todo el mundo y se queman las casas
y los campos. En una parte, religioso; en otra, impío; aquí, blando;
allí, duro. El militar es lo arbitrario. No puede rechazar medio
ninguno. Para nosotros, el fin lo purifica todo.
--No, no--decía el Empecinado.
Aviraneta, que seguía inspirándose en los Comentarios de César y en el
Príncipe de Maquiavelo, creía que en la política todo está permitido,
y que lo que en la vida de un individuo: el engaño, el fraude, la
falsificación, es una infamia, puede en la vida pública considerarse
como una maniobra del Estado.
Don Juan Martín, por el contrario, no quería aceptar que, para ejercer
el mando con habilidad, se necesitara el empleo de medios reprobables
é inmorales; no veía que los hombres de gobierno, cuanto más
inteligentes y á la vez más fríos, astutos y crueles, son los mejores
políticos.
--Mientras la sociedad viva como un organismo en perpetuo
desequilibrio--decía Aviraneta--el gobierno será bárbaro y depravado;
tendrá el político algo de las atribuciones del cirujano: cortará la
carne enferma y la sana, gozará de una verdadera dictadura para el bien
y para el mal. ¿Quién le podrá atajar? ¿La opinión pública? Ilusión.
Unicamente al final, se dirá: Tuvo éxito ó fracasó. Salvó al país ó lo
hundió. Si tuvo éxito se le aplaudirá, si no se abominará de él. ¿Quién
irá á comprobar los medios que empleó? Nadie.
--¡Horror!--decía don Juan.
--Verdad, verdad--replicaba Aviraneta--. Verdad de hoy y probablemente
verdad de siempre. No hay pueblo que pueda tener un gobierno de hombres
justos. Tendría que haber un medio social sano, cuerdo, en perfecto
equilibrio. Es decir, que para sostener una utopía habría que inventar
otra.
XIV.
LA TOMA DE CORIA
Al final de la primavera llegó á Ciudad Rodrigo la noticia de la
sublevación de algunos pueblos de Extremadura que habían desarmado la
Milicia nacional y proclamado el rey absoluto.
La primera ciudad importante que se rebeló en la región fué Coria;
á ésta, al parecer, debía seguir Plasencia, y después la Vera y la
Serranía de Gata.
El levantamiento de aquella comarca podía cortar la comunicación de
las tropas del Empecinado con el ejército de Extremadura y dejar en
el aislamiento á Ciudad Rodrigo, que á la larga hubiese tenido que
rendirse.
El Empecinado y Aviraneta decidieron marchar á Extremadura á sofocar
el incendio; y dejando la guarnición casi íntegra en la ciudad
salamanquina, se formó una columna de caballería de unos seiscientos
hombres, la mitad compuesta de jefes y oficiales que habían servido en
los cuerpos de guerrilla durante la Independencia, y la otra mitad,
por lanceros.
Iba la columna dividida en tres escuadrones: uno mandado por el coronel
Maricuela; el otro, por el coronel Dámaso Martín, el hermano del
Empecinado, y el último, por el comandante don Francisco Cañicero.
Salieron de Ciudad Rodrigo á final de Mayo, pasaron por Fuente
Guinaldo, que había sido el cuartel general de Wellington en la guerra
de la Independencia, y por Moraleja dieron la vista á Coria.
En la mañana del día primero de Junio, Aviraneta se acercó con los
exploradores á mirar con su anteojo el Castillo de Coria, y vió que
entre las almenas había gente apostada. Se aproximaron un poco más, y
entonces los del castillo les hicieron una descarga cerrada.
Dispuso el Empecinado que un parlamentario con bandera blanca se
acercase al pueblo á intimar su rendición; pero al ponerse á tiro
comenzaron á gritarle desde arriba: "No te acerques. No te acerques".
Algunos dispararon, y el parlamentario se retiró.
En vista de la resistencia, el Empecinado decidió sitiar y atacar la
ciudad. Se acampó á media legua de distancia de las murallas y la noche
del día primero se hicieron varios reconocimientos.
Cien hombres mandados por Dámaso Martín dieron la vuelta al pueblo, y
Aviraneta, con una patrulla de cinco hombres, inspeccionó de noche la
muralla y fué de una puerta á otra con un vecino liberal de uno de los
barrios de extramuros.
El resultado de las investigaciones de don Eugenio fué que la puerta
del Carmen era la más débil, que no tenía hierros, sino una tranca, y
que por ella había que hacer el intento de entrar.
Aviraneta explicó estos datos al Empecinado y se dispuso el ataque para
el día siguiente.
El Empecinado haría un amago de una manera muy ostentosa, con todas sus
tropas, por la puerta de San Francisco; Dámaso Martín alarmaría por
el lado del palacio derruído del marqués de Coria, y cuando toda la
atención de los realistas se pusiese en aquellos puntos, Aviraneta, con
un grupo de hombres, intentaría forzar la puerta del Carmen.
Así se hizo. Antes del amanecer cincuenta soldados, dirigidos por
Aviraneta, se establecieron en unas casas próximas á la puerta del
Carmen. Eran cinco zapadores, cuarenta fusileros, cuatro tambores y un
pito.
Debían esperar allí hasta el anochecer.
En la casa donde entró Aviraneta vivía un hombre muy viejo, un tipo de
senador romano. Este viejo, alto, tenía una cara de medalla antigua,
las cejas salientes, la nariz corva, la boca severa y estaba ciego.
Vestía una chupa de ante amarillo, con bordados abrochada hasta arriba,
casaca negra con faldones y cuello blanco. En la cabeza llevaba
apretado un pañuelo y encima un sombrero chambergo. Sobre las calzas
gastaba zajones con listas doradas, y zapatos con hebillas y polainas.
A pesar de que no hacía frío se cubría con una gran capa bordada.
Aviraneta estuvo hablando con el viejo, y oyéndole contar historias y
anécdotas que se remontaban á la primera mitad del siglo XVIII.
Aquel viejo tenía muy buena memoria, y con su semblante severo, su
hablar tranquilo, sentado en un sillón antiguo, parecía la voz del
pasado.
A media tarde Aviraneta salió de la casa del viejo y se alejó de ella
en línea recta, bajando un barranco en dirección contraria á la ciudad;
luego tomó por la izquierda, acercándose al campamento del Empecinado,
á enterarse de las circunstancias de la lucha.
El Empecinado había comenzado un ataque aparatoso. Mandó incendiar
varias casas del barrio de San Francisco y se tiroteó á gran distancia
con los realistas. Estos le insultaban furiosamente. El incendio
duró largo tiempo, pero no llegó á la puerta de San Francisco, cosa
que sabía muy bien don Juan. Al anochecer, el general fraccionó sus
fuerzas é hizo que parte se dirigiese á atacar la puerta de la Guía,
mientras Dámaso Martín intentaba escalar el cerro por las proximidades
del palacio del marqués de Coria. Aviraneta corrió á la casa del viejo
á dar sus disposiciones. Era el momento en que tenía que obrar, un
centinela desde el tejado anunció que los realistas se corrían hacia
el sitio de la muralla, donde comenzaba el nuevo ataque, y que por el
lado de acá no había nadie.
Aviraneta se preparó.
Cuatro zapadores avanzarían con él inmediatamente á la puerta del
Carmen y comenzarían á serrarla; veinte fusileros pasarían en seguida
que ésta se abriera, y otros veinte quedarían emboscados en la casa
para hacer fuego desde los balcones sobre los realistas que aparecieran
en la muralla.
Todo se hizo con rapidez. Aviraneta y los zapadores llegaron á la
puerta y en un momento la abrieron. Al ruido aparecieron dos realistas
en la muralla, que fueron tiroteados, y se retiraron en seguida.
Abierta la puerta, los cincuenta hombres, precedidos por Aviraneta,
pasaron, derribaron una barricada y entraron por una calle del pueblo.
--¡Adelante!--dijo Aviraneta.
Avanzaron todos, en silencio, por la callejuela.
--Tocad el himno de Riego--añadió don Eugenio.
Coria estaba desierta. La pequeña tropa marchaba en medio de la
oscuridad al compás de su himno saltarín y bullanguero. Aviraneta
caminaba delante, con el sable desenvainado, y los soldados arma al
brazo... No sabía dónde estaba la puerta de San Francisco, y comenzaba
á temer que los realistas hubiesen cerrado la del Carmen y le hubiesen
dejado dentro.
Aviraneta dividió su fuerza, é hizo que cuarenta hombres se dirigiesen
al pie del castillo á abrir la puerta, mientras él, con los diez
restantes y los tambores y el pito, se dirigía por las calles haciendo
que tocaran el himno constantemente.
Poco después se oyeron otros tambores. El Empecinado entraba en Coria.
Los sublevados, desmoralizados, no intentaron defenderse y escaparon,
abandonando las armas.
XV.
UNA CIUDAD LEVÍTICA
Coria es una ciudad pequeña de Extremadura, asentada sobre una colina á
orillas del río Alagón.
Es ciudad antigua, de silueta castiza: tiene el aspecto místico,
estático, religioso y guerrero de casi todos los pueblos españoles de
tradición.
Coria, más que un pueblo con una catedral, es una catedral con un
pueblo.
Es una ciudad levítica por excelencia. Para unos quinientos vecinos,
que representan unos dos mil á tres mil habitantes, Coria cuenta con la
catedral, el seminario, la parroquia de Santiago, el convento de monjas
de Santa Isabel, el de San Benito y varias ermitas y capillas.
Por entonces la catedral tenía once dignidades: deán, tesorero,
arcediano de Coria, arcediano de Valencia de Alcántara, prior,
arcipreste de Coria, arcipreste de Calzadilla, chantre, arcediano de
Cáceres, arcediano de Galisteo, maestrescuela y arcediano de Alcántara.
Había, además, quince canónigos, seis racioneros, seis medioracioneros,
un beneficio curado y número competente de capellanes.
Funcionaba también en Coria el tribunal eclesiástico, formado por
el provisor, el vicario general, un fiscal, dos notarios y tres
procuradores. Estos, unidos á los profesores del seminario, á los
párrocos, curas, frailes, monjas, sacristanes, legos y monaguillos,
hacía que el obispo tuviera bajo sus órdenes un pequeño ejército.
Coria era pueblo amurallado con gruesas murallas, algunas de las cuales
databan de la dominación romana.
Entonces Coria tenía unos pequeños arrabales extramuros que después han
ido creciendo. Se asentaba la ciudad sobre una meseta que se prolongaba
en llano hacia el Norte; en cambio, hacia el Sur el cauce del Alagón
dejaba un barranco, en cuyo fondo corría el río.
Este pasaba lamiendo la base de la colina cauriense, y tenía un
magnífico puente. Con el tiempo el Alagón se desvió de su álveo, que
fué cegándose con la tierra de las crecidas, y se separó del pueblo,
dejando el puente en seco, con lo cual el antiguo cauce se llenó de
huertas, formando la Isla ó el Arenal del Río.
Esta irregularidad de encontrarse en seco el puente daba lugar á bromas
que las gentes de Coria, que no se sentían completamente coriáceas,
aguantaban con poca calma. Por la época aquella, á falta de puente,
había una barca en el sitio llamado las Lagunillas, y dos vados: el
de la Barca y el de la Martina. Mirando á Coria por el camino de
Plasencia, la ciudad se presentaba en un alto, en el fondo de la gran
vega, cruzada por el río. Sobre el vértice del cerro aparecía la
catedral en medio; á la izquierda, el palacio del marqués de Coria, y
á la derecha, un edificio cuadrado, grande, con muchas ventanas: el
seminario.
Desde el camino de Ciudad Rodrigo, Coria se presentaba plana, con el
castillo de piedra, en medio de la muralla dominando los tejados, y la
torre de la catedral.
Había cuatro puertas en la ciudad: la de San Francisco, la de la
Estrella, la del Carmen ó del Sol y la de la Guía ó de la Corredera.
Había además la puerta del Postiguillo, estrecha abertura entre el
seminario y la catedral.
Al entrar Aviraneta y el Empecinado en Coria, se encontraron el pueblo
que parecía desalquilado. La gente estaba escondida, las calles
tristes, sucias, completamente desiertas. En la plaza, las pocas
tiendas se veían cerradas, y únicamente se hallaba abierta la botica.
La lápida de la Constitución había sido arrancada del Ayuntamiento.
Fué un problema alojar los seiscientos hombres del Empecinado en Coria.
Los jefes fueron á vivir á las casas de las familias liberales del
pueblo, que eran cuatro ó cinco: la de Zugasti, la de Simones, la
de Medrano, la de Roda y la de uno que se hacía llamar el Segundo
Empecinado.
El Empecinado y Aviraneta fueron á parar á casa de don Marcelo Zugasti.
Al día siguiente, domingo, se reunieron los constitucionales del pueblo
á hablar con el general. Estuvieron en la reunión don Juan Muñoz de
Roda, síndico y miliciano nacional; don Pedro José de Medrano, médico;
el farmacéutico y dos contribuyentes ricos: Sebastián Simones, y el que
se hacía llamar el Segundo Empecinado.
Zugasti explicó la situación. Este Zugasti era un propietario liberal
que se había hecho con bienes monacales, y mandaba la Milicia de Coria.
Era un tipo de hombre flemático y sereno; tenía una cara correcta, los
ojos azules, la tez muy curtida por el sol y la expresión fría.
Zugasti explicó cómo había empezado á armarse la Milicia Nacional
en el pueblo: al principio bien, con cierto entusiasmo. Los curas
párrocos del partido no habían tenido inconveniente en prestarse á
explicar los días festivos la Constitución; pero cuando comenzaban
sus explicaciones, la gente se marchaba. El año anterior se había
uniformado la Milicia Nacional, quedando formada por catorce hombres
de caballería y veintidós de infantería. Ya en este año, el 22,
el espíritu del pueblo se había hecho francamente hostil á la
Constitución, y cuando algún párroco hablaba de ella en la iglesia, la
gente vociferaba.
Al final de 1822, el arcediano de Valencia de Alcántara había comenzado
á conspirar; don Feliciano Cuesta se pronunciaba á favor del rey
absoluto, y á principio del 23 se presentaba la facción de Morales en
los pueblos comarcanos. La Milicia de Coria, al mando de Zugasti, salió
á pelear contra ella. La partida de Morales constaba de veintitrés
hombres mal armados, é intentó sublevar Plasencia y Coria. Zugasti,
con sus milicianos, les mató un hombre y dispersó á los demás hacia la
Sierra de Gata.
Desde esta época el alcalde había tenido mucho cuidado con los
facciosos, mandando cerrar las tabernas á las ocho, obligando á
los dueños de las posadas á que presentasen los pasaportes de los
forasteros, y prohibiendo que nadie saliese á la calle después de la
diez de la noche sin motivo justificado.
A pesar de esto, los absolutistas conspiraban sin rebozo, y una mañana
de Mayo se habían encontrado con el pueblo sublevado, la lápida de la
Constitución derribada y los milicianos desarmados.
El peligro, por el momento, parecía remediable. La entrada del
Empecinado en Coria había coincidido con la captura del cabecilla
Morales.
Este Morales era un guerrillero extremeño, de la guerra de la
Independencia.
En 1820 formó una partida que se llamaba Columna real volante de
Húsares de Plasencia, y los años 21, 22 y 23 merodeó por la parte
Norte y Sur de la Sierra de Gredos y Gata.
Unos días antes, el 30 de Mayo, en el valle de la Corneja, cerca de
Piedrahita, Morales había sido batido, hecho prisionero y llevado á
Salamanca.
Con la toma de Coria y la captura de Francisco Ramón Morales, Zugasti
suponía que el espíritu público reaccionaría.
El Empecinado escuchó la relación y murmuró:
--Bueno, señores, está bien. Lo pasado, pasado. Ya veremos qué se hace.
Vamos á misa, que hoy es fiesta y debe ser hora.
Don Juan Martín, con su Estado mayor, se dirigió á la catedral. En el
camino habló largamente con Aviraneta.
El problema para el Empecinado no estaba en quedarse en Coria, en donde
apenas había medios para alimentar á sus hombres; lo que él pretendía
era que el país sublevado no cortara las comunicaciones con el ejército
de Extremadura.
Don Juan Martín y Aviraneta decidieron estudiar el terreno y ver si con
una guarnición de doscientos hombres podría bastar para defender Coria
durante algún tiempo.
Hablando llegaron á la plaza del Obispo y á la entrada de la catedral.
Un corro de campesinos, entre los que abundaban las mujeres y los
chiquillos, contemplaban admirados á aquellos militares de vistosos
uniformes.
Esperaron en el atrio el Empecinado y su Estado mayor, hasta que oyeron
la campana, y entraron en la catedral seguidos de un grupo de gente.
En un pueblo tan pequeño, la catedral sorprendía por su grandeza y su
magnificencia. Los canónigos con sus mucetas, estaban en el coro. El
altar mayor brillaba lleno de resplandores. Oyeron los militares la
misa y, al acabarse ésta, siguiendo la dirección de algunas personas,
en vez de salir á la plaza; aparecieron en un gran balcón de la
catedral que dominaba toda la vega. Esta terraza se llamaba en el
pueblo el Paredón.
Era aquel un buen punto para darse cuenta de la topografía de
los alrededores. Aldeanos, viejas, sacristanes y monaguillos, se
presentaron á observar con espanto y con curiosidad á aquellos soldados
de Lucifer.
Aviraneta se sentó en el pretil del Paredón á contemplar el paisaje.
Delante, como en una hondonada, se veía la vega ancha y el río que la
cruzaba, festoneado por dos franjas de arena.
El día estaba nublado, el cielo gris; el Alagón brillaba con un color
de gelatina y parecía inmóvil, como un cristal turbio. A lo lejos se
destacaban montes esfumados en la niebla.
--Bueno, vamos á almorzar--dijo don Juan Martín, y, por la tarde,
veremos qué se hace.
XVI.
LA TARDE DEL DOMINGO
Don Juan Martín era hombre bueno, de gran corazón, pero un poco
absorbente, y le molestaba la tendencia centrífuga de Aviraneta.
Después de almorzar, el Estado mayor se disponía á jugar una partida de
cartas, cuando Aviraneta se levantó.
--¿Qué vas á hacer?--le preguntó el Empecinado.
--Voy á dar una vuelta por el pueblo.
--Luego la daremos.
--Bueno; pues entonces voy á echar la siesta.
--Nada, que no quieres jugar.
--No, no; me aburre.
--¡Qué gente ésta!--exclamó don Juan--. Todo le aburre. Este es un puro
vinagre. Bueno, bueno; márchate y no vuelvas.
Aviraneta se fué á tenderse á la cama. Aquellas diversiones de cuerpo
de guardia, un cuartucho lleno de humo, con la gente jugando á las
cartas, fumando y bebiendo, le producía una impresión de aburrimiento
espantoso.
Estuvo Aviraneta en la cama leyendo un tomo de Salustio, y á media
tarde se acercó al comedor, en donde estaban el Empecinado y sus
oficiales.
--¿Vamos?--preguntó.
--Espera un momento. Ahora voy.
Salieron don Juan, Aviraneta, Diamante y Zugasti, á caballo, á recorrer
el pueblo. Hacía buen tiempo, había salido el sol.
Llegaron á una plaza, con una picota en medio, la plaza del Rollo, y
fueron luego hacia la puerta de la Guía. Bajaron hacia el Alagón, al
paseo de la Barca, y contemplaron desde allí el cerro de Coria, con su
catedral en lo alto; el seminario grande, con muchas ventanas, y el
palacio derruído del Marqués.
Se alejaron algo por el paseo de grandes árboles, á orillas del río,
para inspeccionar los alrededores, y, al volver, subieron por una
estrecha vereda.
Durante la marcha exploradora se había comenzado á debatir el problema
entre el Empecinado y sus oficiales de lo que se iba á hacer. La
cuestión no era, naturalmente, defender Coria, porque eso solo
significaba poco: la cuestión era tener asegurado el paso para el
ejército.
Zugasti y Aviraneta eran partidarios de dejar trescientos hombres de
guarnición allí; pero don Juan Martín aseguraba que trescientos hombres
contra un ejército no harían nada encontrándose con un vecindario en
su mayor parte enemigo.
Siguieron por delante de la catedral, entraron por la puerta del Sol y
dejaron los caballos en casa de Zugasti.
--Vamos á ver la muralla ahora por arriba--dijo Aviraneta.
Marcharon á la plaza del Rollo entraron en el castillo y subieron por
una escalera de caracol. El castillo era una gran torre pentagonal, de
piedra amarillenta muy bien labrada; tenía cinco pisos, varias pequeñas
azoteas y encima una gran terraza, con un tambor almenado. Se subía á
esta terraza por una escalera muy estrecha que corría por el grueso de
la pared.
Desde el castillo á un lado y á otro corría la muralla.
Esta muralla describía una línea de doscientas treinta y tres toesas y
era casi circular, de unos treinta y cinco pies de alta, con un paseo
de unos diez pies de ancho que corría todo á lo largo.
De trecho en trecho se elevaban torreones y cubos, á los que había que
subir por escalones.
Dieron la vuelta á la muralla, marchando paralelamente al camino por
donde habían ido extramuros, y volvieron al castillo.
--¿De aquí no se verá Plasencia?--dijo Aviraneta.
--No. Ca.
--¿Ni habría medio de comunicarse con ella?
--Sí, por medio del castillo de Mirabel, que se ve allí en unos montes,
quizás se pudiera. Zugasti señaló un pico lejano y Aviraneta miró con
su anteojo en la dirección indicada.
--¿Y Plasencia no nos secundaría?--preguntó Aviraneta.
--No; creo que no.
Don Eugenio se sentó en una de las almenas á mirar con su anteojo los
alrededores.
--Bueno--dijo don Juan Martín--. Eugenio quiere dedicarse á la
geografía. Muy bien, yo me marcho.
El Empecinado y Zugasti se fueron, y el _Lobo_, Diamante y Aviraneta
quedaron allí.
Luego dejaron el castillo bajaron á la muralla, y fueron contemplando
el paisaje y hablando.