disciplina: imposible.
--Entonces, vámonos.
--Cuando usted quiera--dijo Diamante--¡Antes si pudiéramos hacer una
barrabasada aquí! Podíamos trincar á los jefes realistas, y fusilarlos.
--No, no vale la pena--dijo Aviraneta--. Una gota más ó menos en el mar
no es cosa. Lo que hay que hacer es marcharse rápidamente. ¿No quedan
caballos de la Milicia?
--Sí; cuatro ó cinco.
--¿Hay armas?
--Ninguna. Todas se las han llevado los realistas.
--Pues avise usted á los milicianos amigos, y mañana, á la mañana, si
es posible, saldremos todos para Valladolid.
--Esperaremos. Mandaré el recado de día y sin que nadie se entere.
Ahora si los feotas vieran movimiento se alarmarían y quizás nos
atacaran.
--Entonces, mañana avíseme usted cuando podamos salir.
--Bueno.
Hablaron Aviraneta y Diamante de los acontecimientos del pueblo y de la
proximidad de la invasión francesa, y se separaron.
XI.
EL ESPÍA DE ROA
Hasta las doce de la mañana Aviraneta y Diamante no estuvieron
preparados para salir. A Diamante le acompañaban tres milicianos: uno
era Valladares, el otro un exclaustrado voluntario de un convento
de Peñaranda, á quien llamaban el _Fraile_, y que era tipo de mala
catadura, y el tercero un cómico, que por dedicarse á representar
entremeses y sainetes de tendencia liberal en los teatrillos de los
pueblos y cantar canciones de circunstancias había tenido que alistarse
entre los milicianos y huir de todos los lugares donde le conocían.
El _Cómico_ era un viejecillo grotesco, flaco, estrecho, sin dientes,
con la nariz en punta, los ojos hundidos, la barba mal afeitada y
blanca y anteojos. Era de esos cómicos malos que en todas partes
parecen actores menos en el teatro: hablaba como un pedante consumado.
Su compañero el _Fraile_, más repulsivo, era un hombre grueso y
grasiento, con la cara ancha, de blancura mate, tachonada de pústulas;
ojos negros y unas barbas negrísimas, que parecían de alambre, con
algunos hilos de plata. Este hombre, pesado y adiposo, tenía á veces
movimientos de mujer, y una mano blanca y sin huesos.
Su conversación, mezcla de frases frailunas y de lugares comunes
del liberalismo de la época, era de lo más desagradable que pudiera
imaginarse.
Con los cuatro que llegaron con Diamante se reunieron nueve hombres
á caballo. Diamante y el _Lobo_ llevaban sable; los demás no tenían
armas. Pasaron por Villalba, y luego, cruzando el monte de la
Ventosilla, tomaron todos el camino de Valladolid. Aviraneta pensaba
que les sería posible hacer las diez y siete ó diez y ocho leguas que
hay de Aranda á Valladolid en dos jornadas; pero no contaba con lo
imprevisto, y lo imprevisto fué que á tres de los caballos sacados de
Aranda se les cayeron las herraduras y comenzaron á marchar al paso,
cojeando.
A media tarde, un poco antes de llegar cerca de Roa, se les acercó un
aldeano montado en un macho.
--¿Por aquí no podríamos herrar estos caballos?--le preguntó el
_Estudiante_.
--Sí; ahí mismo, en Roa, que está á un paso.
--¿Hay que entrar en el pueblo?--dijo Aviraneta.
--No; el herrador tiene la fragua en la misma carretera.
Se acercaron á Roa. Se veía el pueblo rodeado de sus viejas murallas,
con sus cubos de piedra y sus restos de un castillo.
El aldeano que les acompañaba era un hombre bajito, amable, rasurado,
que marchaba en su macho á mujeriegas, al parecer sin ganas de entrar
en conversación con los milicianos.
Le preguntaron de nuevo dónde estaba el herrador, y él dijo que les
conduciría á su fragua. Efectivamente, los llevó á todos cerca de una
de las puertas de la muralla, á un cobertizo ennegrecido por el humo,
en cuyo fondo brillaba el fuego y sonaba un martillo. Hubo que esperar
largo rato á que terminaran de herrar á un potro bravo. Un mozo con
el acial revolvía violentamente el belfo del caballo hasta hacerle
sangrar; otro le había echado un lazo en la pezuña, y le tenía con el
brazuelo doblado. El potro luchaba furioso; pero al último, estremecido
y lleno de sudor, tuvo que dejarse poner las herraduras.
Después del potro comenzaron á herrar á los caballos de los milicianos,
y cuando concluyeron era ya de noche.
Aviraneta pensaba que lo mejor era seguir; pero el _Fraile_, _Nación_ y
los demás opinaron que, puesto que estaban allí, debían cenar.
El aldeano que les había acompañado, y que hablaba con el herrador
sosteniendo su mula del diestro, les dijo que allí cerca estaba la
posada del _Trigueros_, y á pocos pasos una cuadra, donde podían meter
los caballos.
Dejaron los caballos y fueron á la posada del _Trigueros_.
Entraron en la cocina y rodearon el fogón donde ardía la lumbre.
Aviraneta, amigo de inspeccionarlo todo, entró por el pasillo y salió á
un patio y á un corral.
La posada del _Trigueros_ era un mesón grande, sucio y á medias
derruído. Todo el mundo tenía allí mal aspecto. La dueña parecía un
buho con sus ojos redondos y obscuros y la nariz picuda. El patrón era
un hombre mal encarado, de mirada torva dirigida siempre al suelo.
Había también una criada, una muchacha morena, con la piel de tonos de
cobre. Esta muchacha tenía unos ojos negros brillantes, la boca con una
dentadura blanca, fuerte, de animal salvaje, el andar de gitana y un
aire entre misterioso y amenazador.
Algunos, y sobre todo el _Fraile_ y el _Estudiante_, comenzaron á
galantearla; pero ella, por malicia ó por indiferencia, contestaba á lo
que le decían con frases que no venían á cuento.
La rivalidad entre el _Fraile_ y el _Estudiante_ ante la criada hizo
que los dos se enzarzaran en frases ofensivas, y que el _Estudiante_
llamara Paternidad varias veces al _Fraile_, y que éste quisiera tirar
un plato á la cabeza del _Estudiante_. Aviraneta intentó cortar la
disputa, pero no le reconocieron autoridad. Se cenó en la cocina, y
la cena fué tan larga que se resolvió jugar una partida al monte y
quedarse allí á dormir.
El patrón de la posada, el _Trigueros_, se acercó varias veces á la
mesa donde jugaban los milicianos, mirando al suelo, y anduvo rondando
junto á ella.
Aviraneta, dirigiéndose á él, le preguntó:
--Oiga usted, patrón. ¿Hay aquí tropa?
--¿Aquí tropa? A veces. ¿Es que son ustedes milicianos?
--¿Milicianos? ¿Por qué lo ha supuesto usted?
--Qué sé yo.
--¿Es usted el alcalde del pueblo?--le preguntó á su vez Aviraneta.
--Decía si eran ustedes milicianos.
--Yo decía si era usted el alcalde ó el juez.
El _Trigueros_ comprendió que no le querían contestar, y replicó con
cierta sorna amenazadora:
--Aquí se asegura que son ustedes amigos del Empecinado.
--¿Dónde es aquí?
--En el pueblo.
--¿Es que aquí le tienen mucho cariño al Empecinado?
--¿Aquí? Ninguno.
--¿Les gustará más Merino?
--Claro.
--Como cura. Es natural.
--Qué, ¿ustedes no son partidarios de los curas, verdad?
--¿Por qué no?
--¡Como dicen que son ustedes milicianos!
--¡Bah! ¡Tantas cosas se dicen!
El _Trigueros_, viendo que no sacaba gran partido con sus preguntas,
escupiendo por el colmillo, se fué de allá.
Don Eugenio salió á la puerta del mesón. No tenía gran simpatía por
Roa; sabía que aquel pueblo era muy absolutista, pero en esto no se
diferenciaba de los demás. Años más tarde, cuando el capitán Abad y el
corregidor Fuentenebro llevaron al patíbulo al Empecinado, Roa tomó una
fama siniestra entre los liberales.
Después de jugar, los milicianos quedaron en la cocina, alrededor del
fuego, bebiendo y hablando. El _Estudiante_ y el _Fraile_ siguieron
batiéndose á sarcasmos ante la criada agitanada.
El _Lobo_ tenía un amigo en el pueblo, á quien pensaba visitar.
Aviraneta quiso acompañarle. Salieron de la posada y se metieron en
Roa. Pasaron por una de las puertas de la muralla, que tenía una imagen
iluminada con dos farolillos, y por una callejuela llegaron á la plaza;
luego, de aquí marcharon hasta una encrucijada, donde vivía el amigo
del _Lobo_.
Aviraneta se despidió del _Lobo_ y volvió á la plaza Mayor.
La noche estaba obscura. Iba marchando con gran precaución, cuando
de pronto vió un grupo de sayones, con hopalandas negras; empuñando
alabardas marchaban á la luz de unos faroles, y se pusieron á cantar.
Aviraneta esquivó el encuentro metiéndose en el hueco de una puerta.
Aquellos sayones de las hopalandas negras, los Hermanos de las Animas,
no eran para tranquilizar á nadie.
Aviraneta tomó por un callejón pedregoso.
Al marchar por él, en la obscuridad, vió un grupo de hombres en el
fondo de una taberna que estaban hablando y discutiendo á voces.
Aviraneta se paró á ver si oía algo; pero no llegaron hasta él más que
fragmentos de frases sin ilación.
Luego siguió adelante, por calles y callejones, hasta salir á la
posada. La idea de un vago peligro le iba sobrecogiendo. Pensó en
aconsejar á los compañeros el marcharse de allí; pero no les vió.
En el pasillo de la posada del _Trigueros_ encontró al aldeano del
macho hablando con el patrón. Tanta vigilancia aumentó sus sospechas.
Preguntó á la patrona dónde tenía que ir á dormir, y ella le dijo que
arriba.
Había en el piso bajo dos cuartos grandes, cada uno con dos camas, y
el _Fraile_, el _Cómico_, el _Estudiante_ y _Nación_ se apoderaron de
ellas por medio de una propina que dieron á la criada.
En el piso alto quedaba un gabinete pequeño con una alcoba; el gabinete
tenía un canapé y la alcoba dos catres estrechos de tijera.
Se habían sacado los colchones de los catres; los habían tendido en el
suelo en el gabinete, y estaban echados en ellos el viejo Valladares
y Diamante. El _Arranchale_ y Aviraneta disponían de la alcoba y del
lienzo de los catres.
El _Arranchale_ roncaba al entrar don Eugenio; Aviraneta quedó sentado
en el camastro, en la obscuridad. Su natural prudencia de zorro se
alarmaba.
Un pueblo tan hostil á los liberales, sin guarnición, con aquellas
gentes misteriosas que iban y venían, ¿no haría algo contra ellos?
Realmente era una torpeza el que todos se entregaran al sueño sin poner
un centinela. El no tenía autoridad para despertar á la gente y dar
órdenes. Aviraneta encendió con una pajuela un cabo de cera y comenzó
á inspeccionar el cuarto. Salió al gabinete. La puerta cerraba mal.
Volvió á la alcoba y abrió una ventana. Daba á un patio ó corralillo.
Con la corriente de aire el _Arranchale_ se despertó:
--¿Qué hay?--dijo en vascuence.
Aviraneta le explicó sus sospechas y le indicó que le parecía
conveniente ver si aquel patio tenía salida á la carretera. El
_Arranchale_ no se hizo rogar: se descolgó por la ventana y bajó.
El corral tenía una puerta á la carretera. El _Arranchale_ cogió del
suelo un palo liso, largo, de cinco ó seis metros, de esos que suelen
servir de ánima para hacer los almiares, y lo acercó á la ventana.
--Sosténgalo usted--le dijo á Aviraneta.
Aviraneta lo sostuvo, y el _Arranchale_ subió por el palo y ató la
punta de éste con una cuerda de esparto en los goznes de la ventana.
Hecha la maniobra, el _Arranchale_ entró en el cuarto con tres garrotes
que había cogido en el corral, y los dejó en un rincón; luego se tendió
en el catre y se quedó dormido.
Aviraneta no tenía sueño. Seguía intrigado, pensando en los sayones
de la noche de Roa, en la supuesta hostilidad del pueblo, en la
amabilidad de aquel aldeano, en lo largo que había sido el herraje de
los caballos, en los preparativos de la cena y en el mal aspecto del
_Trigueros_.
Si se hubiera encontrado solo con el _Arranchale_ y con Diamante, en
aquel mismo momento se hubiera marchado.
Estuvo por despertarlos; pero temía que le acusasen de asustadizo y de
suspicaz.
Aviraneta, preocupado con esto y deseando tener armas, cortó unas tiras
del pañuelo y se dedicó á atar con gran perfección el puñal suyo y la
navaja y la bayoneta de Valladares al extremo de los palos traídos por
el _Arranchale_ del patio. Cerca ya de media noche, convencido de que
no pasaba nada, apagó la vela y se tendió á dormir en el catre.
XII.
LA ENCERRONA
Mientras Aviraneta y los suyos dormían en la posada de Roa se iba
amontonando sobre ellos una gruesa nube próxima á estallar.
El hombre bajito que habían encontrado en el camino montado en un mulo
era uno de los realistas más exaltados del pueblo. Hábilmente les había
hecho perder tiempo, quedarse en la posada del _Trigueros_ y dejar los
caballos en una cuadra lejana.
Este hombre, conocido por el _Zocato_, porque era zurdo, fué en seguida
de dejar en la posada á los viajeros á casa del jefe realista de Roa,
un tal Abad. Abad llamó á sus partidarios y tuvieron una reunión. Se
trataba de prender á los liberales llegados al pueblo y de quitarles
los caballos, que servirían para la futura tropa de voluntarios
realistas.
La gente estaba contenta con la presa, pero había muchos á quienes
no satisfacía el procedimiento de encarcelar á aquellos hombres y
preferían algo más violento y decisivo.
Entre estos estaban el _Zocato_, un lugarteniente de Abad, llamado
Gregorio González y apodado el _Buche_, y un cura joven que se
distinguía por su fervor absolutista y su odio á los impíos, á quien
llamaban el _Capillitas_.
El _Zocato_, el _Buche_ y el _Capillitas_ hablaron á su gente, se
encontraron con los de la Hermandad de las Animas y entraron en algunas
tabernas á discutir y á esperar el momento.
A media noche toda la tropa, en número de ochenta ó noventa hombres,
se acercaron á la posada del _Trigueros_ cantando la _Pitita_ y el
_Serení_. Los jefes colocaron á los suyos en las esquinas, rodeando la
casa.
Aviraneta, que estaba en el comienzo del sueño, creyó oír un rumor de
gentes; pensó primero que desvariaba, pero al notar el murmullo más
claro y distinto, se incorporó en el catre y escuchó.
Se oía claramente entonado á coro el estribillo de la canción que
llamaban la Pitita:
Pitita, bonita,
con el pío, pío, pon.
¡Viva Fernando
y la Religión!
--Nos querrán dar una cencerrada--pensó Aviraneta, y se levantó á
tientas, salió al gabinete y, empujando violentamente las maderas,
abrió la ventana.
Al mismo tiempo sonaron los estampidos de cuatro ó cinco trabucazos,
y una lluvia de metralla pasó alrededor de Aviraneta. No le dió ni
una bala. Aviraneta despertó á puntapiés á Diamante y á Valladares.
El _Arranchale_ había saltado inmediatamente de la cama al oír los
estampidos.
Se sintió abajo un rumor de lucha y gritos agudos.
El _Arranchale_, Aviraneta, y después Diamante y Valladares, bajaron
rápidamente por el palo del almiar desde la ventana al corralillo.
--¡Mueran los masones! ¡Mueran los judíos! ¡Mueran los
negros!--gritaban desde fuera.
Aviraneta miró desde una rendija de la puerta del corral. Había un
grupo de veinte ó treinta hombres. Los dirigían dos ó tres personas, y
entre ellas el _Zocato_.
Aviraneta dijo en voz baja:
--¡Atención! Prepararse. A correr á la derecha. Al que quiera
detenernos hay que matarlo.
Diamante tenía su sable; Valladares, el _Arranchale_ y Aviraneta, los
palos con la bayoneta, la navaja y el puñal en la punta.
Aviraneta abrió la puerta del corral, y los cuatro rompieron por en
medio de la gente y echaron á correr. Los sitiadores no comprendieron
bien que era aquéllo, pero al poco rato un grupo de diez ó doce salió
en persecución de los fugitivos. Era gente joven, sin duda, y más ágil,
porque pronto les dió alcance.
Aviraneta gritó:
--¡Media vuelta!
Los cuatro, al mismo tiempo, hicieron frente á los que les perseguían.
Valladares, que era un soldado viejo y manejaba bien la bayoneta, dió
un bayonetazo á uno en el muslo, y Aviraneta clavó el puñal en la
garganta de otro.
Los perseguidores vieron que sin armas les tocaba la de perder y se
retiraron. Era la noche obscura, nadie conocía el camino y no sabían
qué hacer.
Meterse por los sembrados era condenarse á no adelantar nada, y seguir
por la carretera exponerse á que con facilidad los cogieran. Decidieron
seguir por el camino hasta que aclarara, y luego esconderse.
Antes de amanecer vieron á dos hombres que venían corriendo. Uno de
ellos era el _Estudiante_, que había escapado no sabía cómo, medio
desnudo y lleno de heridas; el otro, el _Lobo_, á quien habían ido á
buscar para matarlo á la casa de su amigo.
El _Estudiante_ dijo que á _Nación_, al _Fraile_ y al _Cómico_ los
habían acribillado á navajadas hasta dejarlos como una criba. Después,
al _Fraile_ le habían vaciado los ojos y al _Cómico_ le habían mutilado.
Al hacerse de día, los fugitivos se metieron á campo traviesa hasta
llegar á un bosquecillo de encinas y carrascas. Era este bosquete
el único que había por aquellas tierras, pero ni Aviraneta ni sus
compañeros se fijaron en ello.
Se tendieron todos á descansar un momento, y el despertar fué
terrible. Tenían delante al _Buche_, al _Capillitas_, al _Zocato_ y al
_Trigueros_, con otros ocho hombres más que, montados en sus caballos,
los habían perseguido hasta encontrarlos y atarlos.
El _Arranchale_, sin saber cómo, desapareció. El _Estudiante_, loco de
cansancio y de terror, se echó á los pies del _Capillitas_ pidiendo
perdón, pero éste no estaba para perdones.
--No, no, os vamos á fusilar á todos.
--¡A todos, á todos!--dijeron los demás.
--Va usted á fusilar á un oficial de Merino--dijo Aviraneta.
--¿Quién es?
--Yo.
--¡Hombre! Pues no me importa nada, monín--dijo el _Capillitas_--. Te
contestaré con la divisa de Roa: «Quien bien quiere á Beltrán, bien
quiere á su cán». Haber salido con don Jerónimo, amiguito, no sólo
antes sino ahora que defiende la religión.
A pesar del momento, que no era para sentir pinchazos de amor propio,
Aviraneta experimentó una profunda cólera al oirse llamar amiguito y
monín.
--Este es el jefe--dijo el _Trigueros_ mostrando á don Eugenio--el
amigo del Empecinado.
--Lo tendremos en cuenta--exclamó el _Capillitas_--. Conque señores,
como dentro de poco van ustedes á estar en la eternidad voy á
confesarles á ustedes. Tú, teniente de Merino.
--Yo no quiero confesarme con un hijo de perra como tú--dijo
Aviraneta--. ¡Confesarme tú! Lo más que te permitiría sería limpiarme
las botas.
Dos hombres del _Buche_ se acercaron á Aviraneta.
--Dejadle, dejadle--dijo el cura--; le calentaremos los pies para que
se amanse. ¿Y usted?--preguntó el cura á Diamante.
--Yo te desprecio, miserable. ¿Es que crees que me vas á asustar á mí?
A mí con amenazas.
--Otro candidato al fuego--repuso el cura.
El _Lobo_ no dijo nada. El _Estudiante_ y Valladares asintieron á la
confesión, y el primero se aproximó al cura, llorando.
El _Capillitas_ se alejó de los demás con el _Estudiante_ y dió á su
fisonomía un aire de hipócrita unción.
Era el cura un tipo bajito, con unos ojos grandes negros, unos
movimientos vivos y una barba muy azul del afeitado. Mientras estaba
serio tenía aire de persona, pero cuando se reía se desenmascaraba y
parecía una estúpida bestia.
Mientras el _Capillitas_ confesaba, el _Buche_ contemplaba la escena
apoyado en el sable con una gran jactancia. El tal tipo tenía una cara
abultada y torpe, los ojos pequeños y la expresión de orgullo.
Al terminar la confesión el _Estudiante_, le sustituyó Valladares. El
_Estudiante_ quedó paralizado de terror.
En esto, con una rapidez inaudita, se presentaron varios soldados
constitucionales que rodearon el bosquecillo donde estaban todos.
El _Buche_ y sus hombres montaron á caballo con rapidez y huyeron.
El _Zocato_, el _Capillitas_ y el _Trigueros_ fueron á hacer lo
mismo; pero Diamante, el _Lobo_ y Aviraneta, á pesar de estar atados
por las muñecas, se echaron sobre los estribos de los caballos, é
interponiéndose y mordiendo, sufriendo los golpes y patadas de los
realistas, no les dejaron montar.
El _Arranchale_ había resuelto la situación. Al escapar había
encontrado á un campesino que le había dicho que cerca había tropas y
las había buscado y las había traído.
Era una media compañía con un capitán. Soltaron á Aviraneta y á sus
amigos y ataron al cura, al _Zocato_ y al _Trigueros_.
Aviraneta contó al oficial lo ocurrido y éste decidió fusilar á los
tres facciosos. Al oír su sentencia el cura se acobardó y empezó á
sollozar y á pedir á Aviraneta que intercediera por él. Aviraneta
volvió la espalda con desdén y miró á otro lado.
--¿Quiere usted ahora que yo le confiese padre?--le comenzó á preguntar
el _Estudiante_ con sorna.
El cura gritaba, se tiraba al suelo llorando, el _Zocato_ pedía perdón
y el _Trigueros_ protestaba. El oficial les dijo que se dejaran atar
porque iba á llevarlos prisioneros.
Se dejaron atar casi satisfechos, y cuando estaban atados los hizo
ponerse á los tres junto á un árbol y mandó fusilarlos.
Luego, entre el _Estudiante_ y unos soldados, cogieron los cadáveres
del _Zocato_, del _Trigueros_ y del _Capillitas_, y los colgaron por el
cuello, con gran simetría, de las ramas de una encina.
--Este amor por lo decorativo nos pierde--exclamó Aviraneta con humor.
--No cabe duda--dijo el _Arranchale_ á Aviraneta en vascuence, con
mucha seriedad y como quien hace un descubrimiento--que les gustará á
ustedes más ver desde aquí á esos hombres colgados, que no que ellos
les hubieran visto á ustedes en esa posición incómoda.
Aviraneta dió una palmada cariñosa en el hombro al _Arranchale_, y
celebró la frase riendo.
El oficial de la tropa que los había salvado permitió á Diamante,
Aviraneta y al _Lobo_ que tomaran los caballos del _Trigueros_, del
_Zocato_ y del _Capillitas_ y se fueran con ellos.
El _Arranchale_ se volvió á su país y Valladares y el _Estudiante_ se
incorporaron á la media compañía, mandada por el capitán.
Aviraneta, el _Lobo_ y Diamante llegaron á Valladolid, y se encontraron
la población sin tropas liberales.
El día 25 de Abril, con la división del ejército de la derecha, había
entrado el cura Merino en Palencia con cinco mil hombres y derribado
la lápida de la Constitución. El general Morillo, conde de Cartagena,
de miedo al copo, se retiró á Galicia, y el Empecinado, viéndose
sin posibilidad de defenderse, evacuó también la ciudad y marchó á
Salamanca y luego á la plaza de Ciudad Rodrigo.
Diamante, el _Lobo_ y Aviraneta tuvieron que seguir el mismo camino
hasta unirse con el Empecinado.
XIII.
EN CIUDAD RODRIGO
Ciudad Rodrigo es una ciudad colocada en una eminencia, rodeada de
murallas, algunas antiguas, otras reconstruídas á trozos. Tiene
hermosas casas de sillería con grandes escudos, un magnífico
Ayuntamiento y un castillo derruído, el de Don Enrique de Trastamara.
En sus muros se abren tres puertas: la del Conde, la de Santiago y la
de la Colada.
La antigua Miróbriga tiene alrededor una gran vega ancha y sonriente
que se divisa como un mar verde desde lo alto de la muralla.
No era muy agradable para un ejército numeroso la estancia en Ciudad
Rodrigo.
Además de la opresión del pueblo amurallado y estrecho estaba todo muy
sucio y abandonado.
Las calles se veían siempre llenas de basura y había un olor pestilente.
Por fortuna Aviraneta, el _Lobo_ y Diamante fueron encargados de hacer
excursiones, para forrajear, por los alrededores, y se establecieron
con un piquete en una alquería próxima que se llamaba Pedro Tello.
Los aldeanos de los contornos manifestaban por Aviraneta un odio
terrible; pero alguno que otro se había hecho amigo suyo y solía
contarle las hazañas realizadas en Ciudad Rodrigo por don Julián
Sánchez y don Andrés Pérez de Herrasti.
Aviraneta todos los días marchaba al alojamiento del Empecinado, y
entre los dos discutían planes y proyectos. Muchas veces, para estar
más solos, iban al claustro de la catedral. Aviraneta comenzó á
redactar un periódico que hacía copiar á mano y repartía entre los
soldados.
Pretendía dar confianza á las tropas, y contaba una serie de triunfos
de los constitucionales contra los franceses que no existían más que en
su imaginación.
La situación del ejército era muy mala: don Juan Martín tenía sus
cuadros de tropas de línea incompletos; las partidas de milicianos y
voluntarios patriotas muy entusiastas, muchas veces no servían; no
había dinero y era indispensable salir todas las semanas á requisar
ganado y forraje para el abastecimiento de la plaza.
El estado del país iba poniéndose desesperado.
El ejército no hacía el esfuerzo necesario para oponerse al avance de
los franceses.
No pasarán los Pirineos, se dijo primero. Se quedarán en las
provincias del Norte. No pasarán el Ebro. En Despeñaperros los
destrozaremos.