puesto todos sus prestigios en el mando de los cuerpos de ejército:
Mina, en Cataluña; Ballesteros, en las provincias vascas; O'Donnell, en
Castilla la Nueva; Morillo, en Galicia, y Villacampa, en Andalucía.
De estos cinco hombres, de quien se esperaba mucho, O'Donnell, eterno
tránsfuga, abandonó la causa constitucional escribiendo una carta á
Montijo, en la que se manifestaba enemigo de las Cortes; Ballesteros y
Morillo capitularon; Villacampa no hizo nada, y únicamente Mina tuvo en
jaque á los franceses, y llevó la campaña con brío y con fuerza.
Cierto que tenía él mejor ejército; que sus compañeros eran
constitucionales entusiastas, y que todos lucharon hasta el fin,
excepto el general Manso, que se pasó al enemigo.
De los caudillos sueltos, Torrijos, Chapalangarra, Jáuregui, Valdés,
Campillo y algunos otros fueron también intrépidos campeones de la
libertad.
Entre los generales de la Independencia, don Julián Sánchez, el
_Salamanquino_, estaba en Logroño.
Tenía á sus órdenes dos batallones: uno de Infantería de línea, y otro
de Milicia activa; éste era el provincial de Logroño, mandado por
don Joaquín Cos-Gayón. Había también un cuerpo de voluntarios, á las
órdenes del coronel don Eugenio Arana.
En Logroño, como en casi todas las demás ciudades, los oficiales del
ejército regular se sentían desalentados, y únicamente los voluntarios
tomaban la defensa de la Constitución con calor.
Arana trabajaba con todo el entusiasmo posible: había pedido fusiles
al parque, había formado una compañía Sagrada, había instado al
Ayuntamiento á que publicase bandos llamando á los que debían ingresar
en la Milicia Nacional, y á que se reforzaran las murallas de Logroño
con las losas de la iglesia, suprimida, de San Blas.
Aviraneta, con el _Lobo_, _Arranchale_ y _Nación_, llegó á Logroño y
se presentó en seguida á Arana. Había un cabo de la Milicia Nacional,
Pedro Iriarte, que era navarro, y Arana lo puso á las órdenes de
Aviraneta.
Iriarte se distinguía por su entusiasmo: era silencioso, trabajador y
liberal acérrimo.
Además de la Milicia de Arana, estaba en Logroño un pequeño grupo de
guerrilleros que formaba la partida del _Hereje_, que procedía de los
pueblos de la orilla del Ebro.
La partida del _Hereje_ se distinguía por su radicalismo. El nombre del
_Hereje_ tenía su historia. Este jefe había estado de barquero en una
barca del Ebro, trasladando gente. Cobraba dos cuartos por cabeza, y un
día fué un vendedor de santos con una cesta llena de éstos, y pasó la
barca.
--¿Cuánto es?--le preguntó al llegar á la otra orilla al barquero.
El _Hereje_ contó todos los santos que llevaba, y dijo:
--A dos cuartos por cabeza, son catorce cabezas: veintiocho cuartos.
El vendedor protestó, y dijo que una cabeza de santo no podía pagar
como una de persona, y añadió que no pagaba. El _Hereje_ cogió la cesta
con los santos, y la tiró al río. Desde entonces le vino el apodo.
El _Hereje_ era hombre pequeño, moreno, canoso, muy vehemente y
atrevido.
Su partida no tenía buena fama, porque entre los que la formaban había
gente que experimentaba gran inclinación por los bienes ajenos.
En períodos normales, la partida del _Hereje_ había estado varias
veces suprimida por el capitán general; pero en aquel momento era
indispensable aprovecharse de todos los recursos de que se pudiera
echar mano, y la partida del _Hereje_ tenía libertad de acción.
Aviraneta, Arana y el _Hereje_ intentaron inflamar el espíritu público,
y se convocó á una reunión de nacionales, que no tuvo gran resultado.
Todo el mundo estaba desalentado, cansado.
Al día siguiente, Aviraneta y Arana fueron á ver al brigadier don
Julián Sánchez. Don Julián Sánchez era hombre alto, rubio, de ojos
azules. Ya no recordaba el antiguo garrochista, brioso y hercúleo.
A pesar de su fortaleza, era tipo de hombre distinguido, fino, cara
melancólica, nariz corva y frente ancha y despejada.
Sánchez dijo que cumpliría las órdenes del general Ballesteros, quien
le había mandado que resistiera, y cuando no pudiera más, se retirara
hacia Soria.
La frialdad é indiferencia de don Julián le preocupó á Aviraneta. La
mayoría de los militares no sentían con entusiasmo la causa liberal.
Don Julián Sánchez no era ya el guerrillero arrebatado y valiente. Ya
no se podía decir de él, como en una canción popular de la guerra de la
Independencia:
Cuando don Julián Sánchez
monta á caballo
se dicen los franceses:
"Ya viene el diablo".
Don Julián no tenía por entonces ningún aire de diablo: más parecía un
buen burócrata, apagado y tranquilo.
Aviraneta y Arana se despidieron del brigadier, y pensaron en las
providencias que se podían tomar.
Aviraneta era partidario de hacer saltar el puente de Logroño; pero
Arana creía que quizás la parte reaccionaria del pueblo se exasperaría
y les atacaría. Además, no había pólvora sobrante para hacer esto.
El puente tenía dos puertas, y se dispuso defenderlas con barricadas.
Se hicieron dos parapetos, mal cimentados y sin gran resistencia, que
se fortificaron con cuerdas y alambres.
Todo el mundo tenía la impresión del fracaso, y de que el enemigo
entraría en la ciudad.
Algunos ilusos esperaban; dos mil hombres podían hacer algo.
Cierto que escaseaban las municiones, pero aprovechadas bien había
posibilidad de detener á los franceses muchos días.
Al saberse la aproximación del enemigo, don Julián Sánchez comenzó á
preparar, con los pocos medios que disponía, la defensa de Logroño.
Envió á la fuerza que mandaba Cos-Gayón á que tomara posiciones cerca
del Ebro, se apoderara de las barcas, é impidiera el paso de los
franceses por los vados.
El brigadier quedó para defender el interior de la ciudad con el
batallón de Infantería de línea y los milicianos.
El día 17, las tropas del mariscal de campo, conde de Vittré, de la
división del vizconde de Obert, se presentaron en los alrededores de la
ciudad.
El día 18, por la mañana, el conde de Vittré envió un parlamentario á
Sánchez, quien no lo quiso recibir.
Poco después, el primer batallón francés de ligeros del 20 de línea
tomó posiciones, y empezó á tirotearse con los españoles.
Estos contestaron al fuego con ardor, y contuvieron á los franceses
durante toda la mañana y parte de la tarde.
Comenzaban los voluntarios y milicianos á entusiasmarse con la defensa
cuando se supo, con asombro, que el batallón de Milicia activa
provincial de Logroño, mandado por Cos-Gayón, y enviado por Sánchez á
las orillas del Ebro, alejándose de la capital y dejándola abierta por
varios puntos se retiraba á Fuenmayor con ochocientos hombres y noventa
jinetes.
La voz de traición corrió entre la tropa, y el desaliento cundió
rápidamente por las filas constitucionales.
En esto, á media tarde, otra compañía francesa de ligeros del 21 de
línea intervino en el ataque. Destacaron los franceses dos piezas de
artillería, que rompieron el fuego contra la primera puerta del puente,
destrozándola, y al poco rato un pelotón de zapadores, acercándose,
la hundía á martillazos y destruía la trinchera. Sostúvose un momento
desde la plaza el fuego, pero cesó de nuevo; y entonces un cornetilla
francés, subido á los hombros de un tambor mayor, escaló la segunda
puerta y la abrió.
Pronto los cazadores ligeros despejaron el puente; los constitucionales
españoles comenzaron á retirarse hacia la parte alta del pueblo, cuando
el general Vittré mandó al primer escuadrón de la Dordogne diera una
carga contra los españoles.
Sánchez, rodeándose de sus tropas, había formado el cuadro para
resistir el primer ataque de los de la Dordogne, y lo resistió
bravamente. Como los franceses tenían una superioridad de fuerzas
enorme, el general mandó al coronel Müller, de los húsares del Bajo
Rhin, que atacara por segunda vez. La caballería cargó con furia cuesta
arriba; las tropas de Sánchez se desordenaron, y el propio don Julián
cayó herido de una lanzada en el costado y fué hecho prisionero.
Aviraneta estuvo á punto de ser derribado y fué alcanzado por una
lanza, que le rompió el pantalón y le hizo un rasponazo en la pierna.
--Al camino de Soria--gritó el _Hereje_ á Aviraneta.
Aviraneta, el _Lobo_, algunos otros milicianos y los de la partida
del _Hereje_ se defendieron en las esquinas de la calle del Mercado,
disparando contra los franceses; al coronel Arana se le distinguía
por su pelo blanco, entre sus milicianos, gritando y accionando, rojo
de ira. Aviraneta y los del _Hereje_ tuvieron que escapar subiendo á
la parte alta del pueblo. Aviraneta vió á _Arranchale_ y á _Nación_
montados á caballo, dispuestos á huir. Aviraneta y el _Lobo_ se
acercaron á ellos, montaron en sus mismos caballos y tomaron la
carretera de Islallana.
A la media hora de salir de Logroño se encontraron con varios
milicianos, y media docena de hombres de la partida del _Hereje_.
Aviraneta quería reunirse con las fuerzas constitucionales; pero, al
preguntar en el camino si habían pasado por allí soldados, le dijeron
que no.
Según unos, el grueso de los liberales había tomado en su retirada
hacia Rivaflecha. Otros creían que se había dirigido á Soria, por los
montes.
Se hizo de noche. Aviraneta decidió detenerse en un sitio de fácil
defensa y aprovisionamiento, y esperar allí al _Hereje_.
Se formó una patrulla, compuesta de veinte hombres, y en el camino
quedó reducida á doce. A la luz de la luna pasaron Islallana y entraron
en esa zona teatral y decorativa de la Sierra de Cameros.
Al pie de estos montes, desnudos y pelados, corría un río claro y
espumoso.
Antes de Torrecilla de Cameros se detuvieron; mandaron á uno por
provisiones al pueblo, y Aviraneta dispuso ocupar unas rocas que, como
trincheras naturales, dominaban el camino.
Se pasó la noche allí, y á la mañana siguiente Aviraneta se encontró
con que de los doce hombres del piquete, más de la mitad habían
desaparecido. El coronel Arana no llegaba, y en vista de esto
Aviraneta dijo que cada cual hiciera lo que le pareciese mejor.
Aviraneta y el _Lobo_ compraron por diez duros, cada uno, dos caballos
que llevaban los milicianos fugitivos, y que querían deshacerse de
ellos.
Al día siguiente se supo que las tropas constitucionales huían á la
desbandada.
Cos-Gayón dijo años más tarde que se había retirado á Fuenmayor con
el batallón de Milicia activa, siguiendo las órdenes del general
Ballesteros y que había sido atacado por los franceses que le
dispersaron sus fuerzas.
Sin embargo, todo el mundo creyó que había obrado de acuerdo con los
realistas, pues luego de la supuesta derrota, Cos-Gayón se retiró hacia
Pedro Manrique; volvió á Logroño, y unas semanas más tarde el Gobierno
absolutista le nombraba gobernador de Vitoria.
IX.
AVIRANETA EN EL CONVENTO
Aviraneta dijo que él pensaba marchar á Aranda, y después á Valladolid,
á reunirse con el Empecinado.
El _Arranchale_, _Nación_, el _Lobo_ y un muchacho riojano de la
partida del _Hereje_, á quien llamaban el _Estudiante_, decidieron
seguirle.
Dejaron la calzada de Cameros, que se abre entre grandes masas de
tierras rocosas, horadadas por el agua, coloreadas de rojo y amarillo,
pasaron por delante de la cueva Lúbriga, donde se detuvieron un
momento, y tomaron después á campo traviesa. No se sabía el espíritu
que tendrían los pueblos por allí, y no era muy prudente entrar en
ellos.
Dos ó tres veces se comisionó al _Estudiante_ para que comprara pan y
algunas viandas, y se hizo la comida en el campo.
--Oiga usted, capitán--dijo de pronto el _Estudiante_.
--¿Qué hay?--preguntó Aviraneta.
--¿Usted cree que no podremos entrar en estos pueblos con seguridad?
--No; seguramente que no. Sabrán que los franceses han tomado Logroño y
los realistas estarán alborotados.
--Pues yo sé un sitio donde estaremos seguros.
--¿En dónde?
--En un convento de monjas. Tenemos que desviarnos una hora de camino.
--¡Bah! No importa.
--Entonces vamos allá.
Se puso el _Estudiante_ á la cabeza del grupo y los demás marcharon
tras él.
El _Estudiante_ era un joven vivo de movimientos, de estos tipos de
señoritos de pueblo conquistadores y jactanciosos. Tenía los ojos
negros y los ademanes petulantes. Llevaba un pañolito rojo en el cuello
y una rosa, cuyo tallo mordía entre los dientes.
La mañana era de sol; el viento, frío y sutil, se metía en los huesos.
Al llegar á algún grupo de casas, la patrulla lo rodeaba sin acercarse.
Pasaron por delante de varias aldeas destacadas en el campo verde, con
un color amarillo de miel ó de pan tostado, y las dejaron sin intentar
entrar.
Al caer de la tarde llegaron al pueblo indicado por el _Estudiante_.
Era grande, ruinoso, colocado en un alto, con casas amarillentas y
pardas, alrededor de una iglesia enorme. De lejos parecía un montón de
trigo rojizo levantado sobre la masa cenicienta y plateada de la sierra.
Se decidió que Aviraneta y el _Estudiante_ entraran en el lugar, y que
el _Arranchale_, _Nación_ y el _Lobo_ quedaran cerca de un abrevadero
con los caballos.
Aviraneta y el _Estudiante_ subieron por una rampa á la plaza del
pueblo. Era ésta espaciosa, cuadrada.
En aquel instante no había en ella nadie.
Uno de los lados de la plaza lo cerraba la Iglesia, una de esas
fachadas inmensas de estilo jesuítico del siglo XVII, con dos torres
altísimas y grandes remates barrocos.
Otro de los lados lo formaba un viejo palacio abandonado, con una
soberbia arcada sostenida por columnas de piedra amarillo rojiza.
Tenía este palacio magníficas rejas platerescas, balcones de hierro
florido y grandes escudos. Las ventanas y contraventanas eran de
cuarterones, pintadas con un rojo y un verde, desteñidos por el tiempo
y la humedad, que tenían unos tonos de nácar. Algunos huecos de la casa
estaban tapiados por dentro con paredes de ladrillo aspilleradas.
En medio de la plaza había una fuente de cuatro caños, con un gran
pilón redondo.
El ruido del agua en la taza de piedra era el único que resonaba en
aquel momento en el pueblo.
Aviraneta y el _Estudiante_ entraron por una calle de casas grandes,
ruinosas, tostadas por el sol, con aleros artesonados, y salieron á
una plazuela ó encrucijada de la que partía una rambla pedregosa y en
cuesta.
A un lado de esta rambla había un edificio de ladrillo con una torre
baja y un campanario rematado por una cruz y una veleta con un gallo.
Era el convento.
Se acercó el _Estudiante_ á una puerta pequeña y verde, abrió el
picaporte, pasó él y tras él Aviraneta; recorrieron un pasillo enlosado
y un patio con tiestos de geranios y claveles y llamaron en otra
puerta, de la que salió una mujer flaca, atezada y sonriente.
--Ave María Purísima.
--Sin pecado concebida.
--Hola, señora Benita. Buenas tardes. ¿Cómo está usted?
--Bien, ¿y usted?
--Bien; ¿podré hablar con Sor Maravillas?
--Sí; creo que sí.
Entraron en una habitación larga, obscura que olía á cerrado, con dos
bancos largos de nogal y el torno en el fondo.
Se avisó á Sor Maravillas, y el _Estudiante_ pasó al torno y habló
con la monja, y se dedicó á echarla piropos con cierta petulancia y
afectación de Tenorio. Aviraneta oía la risa de Sor Maravillas.
Luego el _Estudiante_ le contó que había venido con un amigo y que
deseaba que les permitieran pasar la noche á los dos en casa de la
señora Benita. La señora Benita era la guardiana.
--Ya se lo diré á la superiora--dijo Sor Maravillas.
Poco después volvió diciendo que podían quedarse.
El _Estudiante_ piropeó de nuevo á la monjita y el torno se cerró.
--Ahora quédese usted aquí--dijo el _Estudiante_--yo iré á buscar á
ésos, encontraré sitio para meter los caballos y vendremos todos.
Salió Aviraneta del zaguán á un patio, y precedido de la señora Benita
subió á un cuarto alto con un balcón corrido.
Aviraneta, como hombre acostumbrado desde chico á vivir con gente de
iglesia, sabía tratarla, y habló á la señora Benita como si hubiera
sido el capellán de la comunidad. La señora Benita quedó convencida de
que era un santo varón y le estuvo explicando cómo vivían las monjas y
las rentas que tenían.
Había ya obscurecido; la señora Benita tomó su cena y se fué á dormir.
Aviraneta, esperando á sus compañeros, se asomó al balcón corrido
de madera. La luna aparecía sobre un monte iluminando el pueblo de
paredones blancos y de tejados completamente negros; abajo se veía
el jardín de las monjas con un estanque cuadrado donde brillaban las
estrellas; á lo lejos, la sierra se destacaba con todas sus piedras,
como una muralla sombría que estuviera á pocos pasos.
A Aviraneta le vino á la imaginación el contraste de la España, tal
como era, soñolienta, inmutable, con la agitación política de los
últimos años; agitación que seguramente no había conmovido más que la
superficie del país.
A las nueve apareció el _Estudiante_ con el _Lobo_, _Nación_ y el
_Arranchale_. Traían comestibles y vino; habían dejado los caballos en
una cuadra.
Comieron, y después de comer se prepararon para dormir; no había más
que un catre con dos colchones.
Los extendieron en el suelo é intentaron tenderse los cinco, pero no
tenían espacio. _Nación_ comenzó á refunfuñar.
--Aquí debe haber un desván muy hermoso--dijo el _Estudiante_.
Salieron á la escalera, subieron de puntillas y se encontraron con que
la puerta estaba cerrada.
--¿No se podría entrar por otra parte?--preguntó Aviraneta.
--Por el tejado quizás.
--Veamos cómo.
El _Estudiante_ indicó por dónde se podía ir.
Aviraneta explicó al _Arranchale_ lo que decía. Este, con su agilidad
de simio, salió al balcón corrido, se subió por uno de los postes de
los extremos, escaló el tejado y volvió al poco rato diciendo que había
un camaranchón magnífico.
_Nación_ no se decidió al escalo. Aviraneta y el _Lobo_ siguieron al
_Arranchale_ y salieron á un desván grande, con columnas de madera,
que tenía unas figuras de monumento de Semana Santa en un rincón entre
ristras de ajos y de cebollas y grandes calabazas.
Durmieron admirablemente en un montón de paja; por la mañana, al
despertarse, abrieron la puerta del sobrado y fueron al cuartucho en
donde estaban el _Estudiante_ y _Nación_.
Todos, menos el _Estudiante_ y Aviraneta, se trasladaron al desván, y
decidieron pasar unos días allá para descansar.
El _Estudiante_ llevó á Aviraneta á la botica á que le curaran el
rasponazo que tenía en la pierna.
La botica, un sitio de un par de metros en cuadro, miserable, ahogado,
olía á humedad. El boticario era un viejo bajito, gordo, rojo, con el
vientre piriforme y los ojos pequeños y malignos. Por lo que dijo el
_Estudiante_, aquel boticario no debía saber una palabra de farmacia,
porque su mujer, una vieja flaca y triste, con una venda negra en un
ojo, hacía los récipes.
Le pusieron á don Eugenio unas hilas con ungüento en la herida y le
vendaron la pierna.
Por la tarde, Aviraneta y el _Estudiante_ visitaron á las monjas en
el locutorio. Había ocho ó diez, todas de aire enfermizo y triste,
menos Sor Maravillas, muchacha aún de buen aspecto, de ojos negros,
brillantes, y cara ojerosa.
La historia de Sor Maravillas era tragicómica.
Había ido al convento de niña con su tía, que era la Superiora, y de
oír á todas las monjas que la vida del claustro era la mejor, decidió
profesar. Al comunicárselo á su tía la Superiora, ésta dijo que no,
que antes su sobrina tenía que ver el mundo y sus grandezas y sus
complicaciones, y un día de Agosto sacaron á la muchacha del convento
en compañía de la señora Benita y la hicieron dar una vuelta por el
pueblo desierto, polvoriento, abrasado por el calor. Sor Maravillas
volvió de prisa al convento diciendo que el mundo no le ilusionaba.
Aviraneta habló con las monjas con la mayor amabilidad y después se
retiró en compañía del _Estudiante_.
Al marcharse la señora Benita, Aviraneta y el _Estudiante_ entraron en
el desván; _Nación_, el _Arranchale_ y el _Lobo_, habían dado por una
escalera interior con la despensa de las monjas y habían sacado jamón,
bacalao, queso y dulce, y lo estaban devorando.
El _Estudiante_ se alarmó porque dijo que la falta se la iban á
atribuir á él; _Nación_ le contestó con desprecio, y Aviraneta decidió
que debían marcharse.
Se dispuso salir á media noche á buscar los caballos y por la madrugada
dejar el pueblo.
X.
DE NÁJERA Á ARANDA
No conocía el _Estudiante_ muy bien el camino, ni Aviraneta tampoco, y
en vez de marchar en línea recta á Salas, aparecieron á media mañana en
Nájera.
Entraron Aviraneta y el _Estudiante_ en el pueblo, y un linternero
chato, de ojos negros y brillantes, pequeño, aceitunado, que trabajaba
en una tiendecilla obscura de la calle Mayor, con quien entablaron
conversación, les dió todos los informes que le pidieron. Les tomaron á
los cinco por una avanzada del ejército de la Fe, y les trataron bien.
Comieron en un cuarto de una posada, bajo de techo, con baldosas rojas
y un balcón que daba á un pedregal, cruzado por el río Najerilla, y
después de comer, se encaminaron hacia Santo Domingo de la Calzada.
A media tarde se detuvieron á descansar en la plaza de Alesanco. Una
nube de chiquillos apareció al ver los caballos. Vino el alguacil á
preguntarles qué pensaban hacer allí, y Aviraneta le dijo que se iban á
marchar en seguida.
Un maestro de escuela, viejo, medio ciego, el único liberal del pueblo,
salió al encuentro de los forasteros.
Se sentaron Aviraneta y él en un tronco de árbol que había al borde
de los arcos de la casa del Ayuntamiento. El maestro tenía un gran
entusiasmo por la libertad, y le temblaban las manos al hablar del
liberalismo. Quiso traer á Aviraneta un mapa de la provincia, y se
fué á buscarlo. Aviraneta quedó solo. Enfrente veía un caserón grande
y unas casuchas de adobes, en cuyos tejados nacían verdaderos prados
verdes. Vino el maestro con su mapa, se lo dió á don Eugenio, y éste y
la compañía salió del pueblo.
El viento era fuerte y frío. Después de beber un trago, en un ventorro,
se lanzaron en dirección de Santo Domingo de la Calzada, adonde
llegaron de noche; durmieron en un parador de las afueras.
Al día siguiente, con un hermoso sol, dejaron Santo Domingo. Durante
mucho tiempo estuvieron viendo su gran torre, alta y amarilla, hasta
que en la revuelta del camino la perdieron de vista.
Al mediodía llegaron á Ezcaray, pueblo bastante grande, con una hermosa
plaza, y siguieron camino de Salas.
Tardaron muchas horas en llegar á Salas; aquí tenía el _Lobo_ un mesón
amigo donde hospedarse, y pudieron descansar.
* * * * *
Poco después de salir de Salas les sorprendió un temporal de lluvia y
viento que duró varios días.
El campo estaba cubierto de brezos, que empezaban á florecer. Cruzaron
por Acinas, aldehuela que tiene cerca una peña con restos de castillo,
y llegaron á Huerta del Rey. Decidieron guarecerse en el pinar, en una
tenada de pastores, porque Aviraneta no tenía gran confianza en la
gente de aquel pueblo.
Entre el _Arranchale_ y _Nación_ robaron un cordero, lo mataron y lo
asaron.
Dejaron al mediodía el pinar de Huerta, y siguieron su marcha.
Enfrente se veía Somosierra nevada. Pasaron por delante de
Quintanarraya, y al llegar cerca de Coruña del Conde el cielo comenzó
á obscurecer y á ponerse morado; el viento levantó remolinos de hojas
secas y de polvo en el camino, y empezó á granizar con una enorme
violencia.
Se guarecieron los cinco en un soportal de una casa del pueblo, y
cuando cesó el granizo siguieron adelante.
Pasaron por Peñaranda de Duero, Vadocondes y Fresnillo, y llegaron á
Aranda por la noche.
El _Lobo_ llevó al _Estudiante_ y á _Nación_ á su antigua casa, y
Aviraneta á la suya al _Arranchale_.
Aviraneta se lavó, se mudó de ropa, y salió á la calle.
Habló un momento con el relojero suizo y con el farmacéutico, y marchó
después á ver á Diamante.
--Viene usted á tiempo--le dijo éste.
--Pues, ¿qué pasa?
--Que iba á marcharme del pueblo. La Milicia nacional de todo el
partido de Aranda está deshecha, y no hay quien la organice. Unos la
han abandonado y se han pasado á los realistas; otros se han marchado
á sus casas; el _Lobo_ y dos ó tres más han ido á reunirse con el
Empecinado.
--Sí, ya lo sé. ¿Y Frutos?
--Ese está con los feotas. Ya tienen preparado el batallón de
voluntarios realistas, y mandan en el pueblo como si estuvieran en el
poder. El teniente de realistas va á ser don Narciso de la Muela; el
corregidor, don Manuel del Pozo, y el regidor primero, Frutos.
--¿De manera que aquí no podemos hacer nada?