Urruña, y al llegar á Hendaya se encontraron con que estaban allí
acantonadas fuerzas de artillería, infantería y caballería francesas
preparándose para atravesar la frontera.
Aviraneta, Cadet y Beunza pasaron el Bidasoa en una barca, y en Behovia
D. Eugenio, se encontró con el correo enviado por Albistur, el jefe
político de Guipúzcoa.
Aviraneta se sentó á la puerta de un caserío y escribió un oficio al
ministro y otro al gobernador de San Sebastián.
Poco después el correo salía al galope.
Aviraneta iba á buscar un sitio donde acostarse, cuando se encontró con
el _Lobo_.
--¿Qué hay?--le dijo--¿Está usted aquí?
--Sí, aquí estamos con los carbonarios franceses é italianos. Yo he
venido con ellos de San Sebastián.
--¿Cuántos hay?
--Ciento y tantos.
--¿Nada más?
--Nada más.
--Mal negocio.
--Sabe usted que el jefe le conoce á usted.
--¿A mí?
--Sí.
--¿Quién es?
--Ha preguntado por usted. Si quiere usted verle...
--Sí; vamos.
El _Lobo_, Beunza, Cadet y Aviraneta marcharon hacia la cabeza del
puente de Behovia, roto por entonces.
Había por allí varios grupos de paisanos y de militares con uniformes
del tiempo de Bonaparte.
Los paisanos llevaban el traje clásico del liberal de la época: levitón
largo y entallado, cerrado hasta la barba, sombrero blando y bastón de
junco, con alma de plomo, sostenido en la muñeca con una cinta de cuero.
El _Lobo_, Beunza, Cadet y Aviraneta cruzaron entre el grupo, y el
_Lobo_, señalando á uno de los militares, dijo:
--Ese es el jefe.
Aviraneta reconoció los ojos brillantes y la cara redonda, alegre y
decidida del barón de Fabvier.
Aviraneta hizo un gesto de sorpresa y estrechó con efusión la mano del
francés.
--Usted siempre en la hora del peligro--dijo Fabvier.
Al lado de éste se hallaban el coronel Caron y un hombre de unos
cincuenta años, de tipo germánico, tostado por el sol, que resultó ser
el general Lallemand.
El barón explicó á Aviraneta su proyecto.
Pensaba invitar, desde la orilla española del Bidasoa, á los soldados
de Angulema á que abandonaran la invasión y á que se acogiesen á la
bandera tricolor que enarbolarían ellos. En el caso de que los soldados
de Luis XVIII simpatizaran, cruzarían el río en unas cuantas barcas que
tenían en la orilla, cerca de Azquen Portu.
--Si le puedo servir en algo, mándeme usted--dijo Aviraneta.
--Tengo un aventurero francés que he encontrado por aquí para dirigir
mi pequeña flota, pero no es de confianza, no le conozco; vaya usted y
tome la dirección de las barcas. Si la cosa sale bien, yo le llamaré
para que se acerque.
--Bueno, voy en seguida.
Aviraneta con sus amigos, marchó camino de Irún, y, al llegar á Azquen
Portu, se embarcó.
VI.
EL BATALLÓN DE LOS HOMBRES LIBRES
El batallón de los Hombres libres, así se llamaba aquel puñado de
ilusos reunidos delante de Behovia, había tenido una larga y difícil
gestación.
Habían esperado los carbonarios organizadores formar una columna de mil
hombres, con armas, entre franceses é italianos liberales. Esta tropa
se iría alistando en Bilbao, Tolosa y San Sebastián.
Los jefes políticos de Vizcaya y de Guipúzcoa tenían orden del Gobierno
español de ayudarlos.
El primer núcleo del pomposo batallón de Hombres libres fué una
compañía de cazadores, formada en Bilbao con desertores franceses y
algunos napolitanos.
Mandaba esta compañía el capitán de artillería Nantil, hombre de
cierta fama. Nantil era un antiguo oficial de la legión del Meurthe,
bonapartista, que había tomado parte en Francia en el proyectado asalto
del castillo de Vincennes.
Este complot se fraguó en París antes de la constitución del
carbonarismo.
Habían ideado los revolucionarios sorprender el castillo de Vincennes;
después, Nantil y otro oficial, Capes, sublevarían sus regimientos
de guarnición en París, y con la gente de los arrabales de esta
ciudad darían el asalto á las Tullerías. Estaban complicados en la
conspiración Lafayette con sus amigos, varios generales y oficiales de
alta graduación, como Ordener, Fabvier, Caron y Dentzel. Después del
movimiento en París, Argenson debía sublevar la Alsacia, Saint-Aignan,
Nantes y Corcelles Lyon.
La víspera del día fijado para sorprender Vincennes, un polvorín de
este fuerte voló por casualidad. Al hacer la sumaria, los agentes de la
policía militar y civil notaron los trabajos de los conspiradores y las
disposiciones tomadas para el asalto. Nantil y sus amigos escaparon.
Nantil vino á España y se estableció en Bilbao, y estuvo estudiando
durante algún tiempo las fortificaciones de esta ciudad con el barón de
Condé.
Nantil, con su compañía de cincuenta ó sesenta hombres, la bandera
tricolor desplegada, pasó por las calles de Bilbao, el 20 de Marzo de
1823, al grito de ¡Viva la Libertad! ¡Viva la unión de los pueblos! y
alguno que otro de ¡Viva Napoleón segundo! Los italianos de Nantil casi
todos eran republicanos; los franceses, la mayoría, bonapartistas.
Este grupo marchó camino de Tolosa.
Pocos días después, el coronel Caron dejaba Madrid y se trasladaba á
San Sebastián, en compañía de Fabvier.
Caron era hermano del militar fusilado en Estrasburgo á consecuencia
del falso complot preparado por la policía y uno de los jefes más
importantes de los carbonarios.
Fabvier era el que aparecía como organizador y hombre de empuje de los
liberales desde la ejecución de los sargentos de la Rochela.
El punto de cita de los Hombres libres, hasta 1.º de Abril, fué Tolosa;
pasado este día se reunirían en San Sebastián y en Irún.
El Gobierno francés no estaba tranquilo; á uno de los militares que
había salido de París, con su uniforme de oficial bonapartista metido
en la maleta, se le había ocurrido poner en ésta, para despistar, el
nombre y la dirección del general Lostende, ayudante de Guilleminot. La
maleta fué detenida por la policía, y se creyó que Lostende y el mismo
Guilleminot estaban complicados con los revolucionarios, y el ministro
de la Guerra, el mariscal Víctor, dió la orden de destituirlos.
El peligro que asustaba al Gobierno francés era bien pequeño.
El batallón de los hombres libres marchaba muy despacio y tenía
bastante menos fuerza de lo que aparentaba.
Se había mandado aviso, por las ventas carbonarias, á Cugnet de
Montarlot, á Vaudoncourt y á Delon; pero no se estaba muy seguro de que
hubieran recibido el aviso, ni de que tuvieran tiempo de presentarse en
San Sebastián.
Se esperaba mucho de los tres; sobre todo, de Vaudoncourt y de Delon.
Delon, como casi todos los oficiales franceses de artillería cultos,
era republicano, demócrata y partidario de la gente civil.
Esto separaba mucho á los republicanos de los bonapartistas, pues
aunque los bonapartistas se llamaban liberales, eran en general
enemigos de los hombres civiles.
Delon, de oficial de artillería, trabajó con entusiasmo con el general
Berton en el movimiento de Saumur. Estuvo también complicado en el
asunto de los sargentos de la Rochela; era jefe importante de los
carbonarios, y vivía desde hacía tiempo en España.
Llegado el momento, Delon no se presentó, y Vaudoncourt, tampoco. Se
vió con gran tristeza que en vez de los mil hombres que se esperaban,
apenas se reunieron en San Sebastián unos doscientos, entre militares y
carbonarios.
El último día apareció el general Lallemand, con dos amigos. Lallemand
era fundador del Campo de Asilo de Tejas, que había sido un fracaso.
Este general había iniciado una suscripción para formar una colonia,
en América, suscripción que no se llevó á cabo porque los liberales
comprendieron que no les convenía enviar á los oficiales liberales y
bonapartistas, á medio sueldo, tan lejos.
Al volver á Europa y saber lo que se preparaba Lallemand, se presentó
en seguida en la frontera española.
Varios generales, coroneles y comandantes formaban el batallón de los
Hombres libres, que estuvo instalado unos días en San Sebastián.
En un pueblo pequeño, como entonces era éste, hubo dificultades para
alojar aquellos hombres. Los liberales de la ciudad se los repartieron,
y algunos lombardos quincalleros recién venidos al pueblo tomaron como
alojados á los italianos.
El pequeño batallón de los Hombres libres se dirigió á Irún.
Iban en él Fabvier, Lallemand, Caron, Nantil, Berard, Lamotte, Moreau,
Pombas y Armando Carrel. A pesar de su pequeñez, no se desanimaron.
Caron, Fabvier y Lallemand tuvieron una conferencia. Caron había
recibido cartas de sus confidentes diciéndole que el primer cuerpo
de ejército, que estaba ya en Urruña, avanzaría hacia Hendaya y las
orillas del Bidasoa, el día 6 de Abril.
El día 5, por la noche, se decidió que el batallón de los Hombres
libres se presentara en Behovia. Los militares, con sus uniformes y al
frente la bandera tricolor, intentarían fraternizar con las avanzadas
francesas.
El gobernador militar de San Sebastián envió al campo atrincherado de
Irún al regimiento Imperial Alejandro, para demostrar á los franceses
de Angulema que el Gobierno español patrocinaba la empresa de los
carbonarios, y al mismo tiempo para defenderlos.
El día 6, por la mañana, el coronel Fabvier tomaba posiciones en la
cabeza del puente destruído del Bidasoa.
Al otro lado del río, y al alcance de su voz, estaba el 9.º regimiento
de Infantería ligera y de Artillería de campaña.
A primera hora de la tarde, el teniente general de Artillería Tirlet
fué á la orilla del Bidasoa, delante de Behovia, y dió las órdenes al
general Vallin para que estableciera un puente de barcas.
El general Vallin mandaba la brigada de vanguardia del primer cuerpo,
y una compañía de esta brigada comenzó los trabajos para instalar los
pontones.
Al mismo tiempo, algunas patrullas del regimiento Imperial Alejandro se
acercaron á la orilla española, en observación.
Aviraneta, Beunza, Cadet y el _Lobo_, en las barcas, fueron acercándose
á Behovia.
Era ya media tarde cuando apareció el grupo de bonapartistas y
carbonarios, y comenzó á llamar á los soldados de las avanzadas
francesas y á darse á conocer.
--¡Ahora vamos!--gritaron los de la orilla española.
--¡Sí, venid!--contestaron los soldados que trabajaban al otro lado.
En esto, los carbonarios se pusieron á cantar _La Marsellesa_ y á
agitar la bandera tricolor. Las notas del hermoso himno se extendieron
por la superficie tranquila del río.
Aviraneta dió orden á los de sus barcas para que se acercaran á la
cabeza del puente, donde se hallaban los carbonarios. En esto se vió
avanzar al galope, en la orilla francesa, un general á caballo.
Era el general Vallin. Mandó preparar una batería; los artilleros
obedecieron, y sonaron dos estampidos.
--¡Viva el Rey!--gritó el general.
--¡Viva!--contestaron los soldados, sin gran entusiasmo.
Fabvier y sus tropas, al ver que la descarga no había alcanzado á
nadie, y creyendo que los artilleros estaban de su parte, gritaron,
agitando la bandera tricolor:
--¡Viva la Artillería francesa! ¡Viva la República!
--¡Retiraos, miserables!--oyó Aviraneta que vociferaba el general.
--¡Viva la Libertad! ¡Viva la República!--contestaron los hombres
libres.
Entonces el general Vallin volvió á mandar cargar los cañones, y se
hicieron varios disparos, seguidos de metralla. Ocho hombres quedaron
muertos en la orilla española, y veinte ó treinta heridos.
El general Vallin mandaba hacer alto el fuego, cuando se le presentó
el cabecilla español el _Trapense_ solicitando permiso para pasar
el Bidasoa, con ochocientos soldados de la Fe, y perseguir á los
carbonarios.
Aviraneta y los suyos iban á escapar dejándose llevar en las barcas por
la corriente; pero de la orilla francesa les habían apercibido, y les
intimaban á acercarse, si no querían recibir un tiro.
Aviraneta vió que era muy difícil escapar á quinientas balas que podían
disparar sobre ellos, y se acercó á la orilla francesa.
La partida del _Trapense_ quería pasar en las mismas barcas preparadas
para los carbonarios.
No hubo más remedio que conformarse.
El _Trapense_ venía montado en un caballo tordo, y cerca de él iba su
amante, Josefina Comerford, de amazona, con un velo en la cara.
El _Trapense_ entró con Josefina en la lancha.
Era el padre Marañón un hombre moreno, de ojos negros brillantes,
melenas y larga barba espesa, de obscuro color castaño.
Su indumentaria tenía de hombre de iglesia y de bandolero de teatro.
Llevaba sombrero de ala ancha, de color ceniza, con plumas rojas y
amarillas y escarapela roja; zamarra de piel negra con el entorchado de
brigadier en la ancha manga; calzones bombachos, de terciopelo azul,
con muchos botones, y botas con gruesas espuelas de plata.
En la cintura ostentaba una canana y dos pistolas; en el pecho, un
escapulario de la Orden de San Francisco y un crucifijo de metal dorado.
En vez de espada empuñaba un látigo.
Josefina Comerford entró en la lancha, y estuvo sentada al lado de
Aviraneta.
Era esta dama realista una mujer seductora: tenía los ojos azules, la
tez blanca y el pelo negro. Aunque no de gran estatura, su talle era
muy esbelto.
Llevaba traje de amazona, dormán con alamares de oro, y una insignia de
plata en la manga. Josefina, al ver que la observaban, tomó una actitud
desafiadora y orgullosa.
Beunza la estuvo contemplando con gran atención.
--Lástima que le guste ese frailazo--dijo en vascuence; y uno de los
remeros, al oirlo, se echó á reir.
Al bajar en la orilla española, el fraile enarboló el crucifijo, y lo
dió á besar á un grupo de aldeanos que se había reunido allá.
Unos ochocientos soldados de la Fe fueron pasando, en barcas, á ocupar
Behovia.
Al terminar, viéndose menos vigilado, Aviraneta, en su lancha se dejó
llevar por la corriente, y desembarcó cerca de Irún.
Beunza y Cadet se metieron en casa de un amigo, con la intención de
volver á Francia. Los demás remeros desaparecieron, y Aviraneta quedó
en compañía de un pescador que llamaban el _Arranchale_, un francés
apodado _Nación_ y el _Lobo_.
En Irún se estaban haciendo preparativos para la entrada de Angulema,
y como allí Aviraneta era conocido, decidió marchar á San Sebastián á
pie.
VII.
HUYENDO
Aviraneta y el _Lobo_, con los dos hombres de las barcas, _Arranchale_
y _Nación_, tomaron el camino de San Sebastián. La noche estaba
obscura, no se veía una luz en todo el campo.
Al llegar al alto de Gainchurizqueta se desviaron del camino, se
metieron en una borda y se echaron á dormir sobre la hierba seca.
Aviraneta estaba rendido del ajetreo de los días anteriores.
Al amanecer se despertó el _Lobo_, llamó á los compañeros y salieron de
la borda.
La mañana estaba radiante, el cielo muy azul y los campos muy verdes.
Durante la marcha fueron hablando los cuatro. El francés, _Nación_, era
un hombre fuerte, membrudo, sombrío, de tipo brutal. Era del Norte,
vestía un traje azul, de tela basta. Tenía los brazos tatuados y un
anillo en la oreja; fumaba en una pipa corta y negra, en la que hundía
el dedo pulgar. _Nación_ consideraba España y el Mediodía de Francia
como países salvajes.
Aviraneta le hizo algunas preguntas que no quiso contestar. Habló
únicamente de los sitios de Europa que había recorrido, que al parecer
eran muchos, y se dejó decir que había estado en los pontones.
Aviraneta supuso que era algún forzado escapado de presidio.
El _Arranchale_, por el contrario de _Nación_, no conocía más que su
país, y no sabía hablar más que vascuence. El _Arranchale_ no entendía
de política ni sabía lo que querían los liberales ni los realistas:
para él, unos y otros peleaban por fantasía. El _Arranchale_, unos años
antes, había dejado de ser marinero y se había hecho labrador; pero su
mala suerte le indujo á tomar en arriendo un caserío de Oyarzun, en
donde los blancos y los negros siempre tenían que parar á reñir y á
llevarse después lo que hubiera.
Entonces el _Arranchale_ había dejado su mujer y dos hijos en casa de
la suegra, y andaba de un lado á otro trabajando en Francia ó España,
siempre en el país vasco á pocas leguas de su casa.
El _Arranchale_ no se atrevía á alejarse mucho porque á una pequeña
distancia de su pueblo ya se sentía extranjero.
Era el _Arranchale_ fuerte, membrudo, sonriente y ágil como un mono.
Charlando, pasaron por delante de la bahía de Pasajes, que brillaba
como un lago al sol, y se acercaron á San Sebastián.
La ciudad en su promontorio, arrimada al Castillo, formaba una pequeña
península, unida á tierra por arenales, pero en aquel momento de marea
alta, éstos se hallaban cubiertos de agua, y el pueblo, apoyado en el
monte, parecía una isla fortificada, con sus murallas, sus baluartes y
sus cubos.
Pasaron Aviraneta y sus compañeros un puente de barcas, se acercaron á
la puerta de Tierra y entraron en la plaza.
Aviraneta fué á ver al gobernador militar. El gobernador y el
Ayuntamiento tomaban en aquel momento las más enérgicas medidas:
mandaban prender á varios frailes y curas y á otras personas
sospechosas desafectas á la Constitución, entre ellas al escribano don
Sebastián Ignacio de Alzate, tío de Aviraneta.
Siete presbíteros de los presos aquel día fueron después fusilados y
arrojados desde las rocas del Castillo de la Mota al mar.
Aviraneta explicó al gobernador militar lo ocurrido en Behovia y el
paso de los soldados de la Fe con el _Trapense_ á la cabeza.
--No conocía estos detalles--dijo el brigadier Peña--; el fracaso de
la empresa de los Hombres libres lo sabía porque lo han contado ellos
mismos.
--¿Han quedado aquí los carbonarios?--preguntó Aviraneta.
--Hace un momento han embarcado. Van la mayoría á La Coruña, á ponerse
á las órdenes de sir Roberto Wilson.
--¿Y usted cómo está aquí, general? La plaza ¿se encuentra en buenas
condiciones?
--No del todo--contestó el brigadier--. Es una lástima que le quitaran
á Torrijos el mando de las provincias vascas.
--¿Lo llevaba bien?
--Muy bien. Se hubiera podido resistir mucho mejor. Torrijos había
comenzado los trabajos de aprovisionar y de defender San Sebastián y
Pamplona con método. Al mismo tiempo se había puesto al habla con los
republicanos y liberales franceses para poner obstáculos á la entrada
del ejército de Angulema. Cuando la amenaza de la invasión era ya
inminente, Torrijos consultó con los generales, y todos opinaron que lo
más prudente era retirar las tropas al interior, dejando guarnecidas
las plazas. Todos opinaron así menos él y yo. Torrijos, que consideraba
este plan descabellado, envió al Gobierno una exposición, manifestando
los graves inconvenientes que tenía tal proyecto. El Gobierno, en vez
de contestarle le destituyó, nombrándole ministro de la Guerra, y dió
el mando de este distrito al general Ballesteros.
--Que no hace nada.
--¡Nada!
--Siempre lo mismo. No sabemos aprovechar la gente.
--Lo estamos llevando esto muy mal--dijo amargamente el brigadier
Peña--; me temo que esta guerra va á ser vergonzosa para nosotros.
Vamos á morir en la ignominia. Yo pienso resistir hasta lo último.
--¿El jefe político ha resignado el mando?
--Sí. Albistur, con el jefe político de Alava y el de Vizcaya, se han
reunido con sus fuerzas de nacionales en Vitoria. Los milicianos de las
tres provincias van hacer la campaña á las órdenes de don Gaspar de
Jáuregui, el _Pastor_.
--¿Y usted se podrá defender mucho tiempo?--preguntó Aviraneta.
--Sí. Resistiré.
--¿Están bien las murallas?
--Sí. Las veremos si usted quiere.
--Sí, vamos.
Salieron del baluarte de la puerta de Tierra hacia el Castillo, pasando
por encima del puerto, dieron la vuelta al monte Urgull y volvieron
por el lado de la Zurriola otra vez á la puerta de Tierra. Peña mostró
las baterías, el hornabeque, los revellines y baluartes y expuso las
probabilidades favorables y adversas que se podían tener con aquellos
medios.
Por la tarde volvió Aviraneta á visitar al brigadier Peña, y éste le
dijo que las tropas de Bourke se acercaban y habían tomado las lomas
próximas al convento de San Bartolomé.
--Si tiene usted que marcharse, Aviraneta, puede usted darse prisa.
--Mañana me iré.
--Mañana estaremos bloqueados.
--Pero se podrá salir por mar.
--Sí, eso sí.
--Entonces no importa.
--¿A qué hora piensa usted salir?
--A la madrugada.
--Bueno, yo daré orden de que le abran.
Al día siguiente, Aviraneta, el _Lobo_, _Arranchale_ y _Nación_
esperaban reunidos delante de la puerta del Mar.
Estaba amaneciendo; la campana de la iglesia tocaba á la primera misa y
algunas mujeres y algunos pescadores pasaban por entre la bruma matinal
como sombras.
En esto llegó delante de la puerta el Capitán de las llaves, examinó
á Aviraneta y á sus compañeros y abrió un postigo; salieron todos al
muelle, el _Arranchale_ habló con un pescador y poco después los cuatro
fugitivos, en una trainera pequeña, con una vela, salieron del puerto,
pasaron por entre la isla de Santa Clara y el Castillo y marcharon
hacia Orio.
El _Arranchale_ estaba alegre de verse en el mar. Con su agilidad de
mono subía y bajaba por el palo de la lancha para arreglar la vela,
riéndose.
--Aquí, aquí cerca--dijo el _Arranchale_ á Aviraneta--encontramos una
ballena hace unos años.
--¡Una ballena tan cerca!
--Sí. E intentamos cogerla.
--¿Y la cogisteis?
--No.
--¿Y cómo fué?
--Pues pasábamos por aquí cuando la vimos dormida en el agua. Nos
acercamos á ella, y yo dije: Atadme de la cintura y me acercaré.
Llevábamos un arpón pequeño. Al llegar á la ballena di un salto desde
la lancha sobre ella, y con todas mis fuerzas le clavé el arpón. La
sacudida que dió fué terrible: yo estuve más de cinco minutos dando
vueltas en la espuma, hasta que me llevaron á la lancha, que iba
volando arrastrada por la ballena. Cuando me di cuenta de cómo íbamos
dije: Cortad la cuerda. Pero no quisieron. Así fuimos yo no sé cuanto
tiempo, hasta que la cuerda se rompió, y desapareció la ballena.
Al concluir su narración, el _Arranchale_ se echó á reir. El _Lobo_,
aunque no le entendía, se rió también. _Nación_ refunfuñó diciendo á
Aviraneta que aquel salvaje podía hablar un idioma comprensible y no
aquella jerga endiablada.
Aviraneta no hizo caso de las murmuraciones del francés, y siguió
hablando con el _Arranchale_, cuya alegría era comunicativa.
Llegaron á Orio, en donde los tomaron por gentes del ejército de la
Fe; alquiló Aviraneta un coche, con un caballo, y tomando primero la
carretera de la costa hasta Zarauz, y luego abandonándola por Cestona,
Azpeitia y Elgoíbar, llegaron de noche á Vergara.
Se encontraron en las proximidades de esta villa á trescientos hombres,
mandados por Mac Crohon, que habían salido de Bilbao custodiando un
convoy que debían conducir á San Sebastián. Al saber por Aviraneta
que los franceses estaban en España, Mac Crohon decidió retirarse, y
marchar en busca de don Gaspar de Jáuregui.
En Vergara, como en todos aquellos pueblos, los absolutistas estaban
entusiasmados con la entrada de los franceses: decían que se iba á
restaurar la pureza de la fe y la unidad de la patria, y pensaban pedir
el restablecimiento de la inquisición.
En la región vascongada pululaban las partidas realistas: Quesada,
O'Donnell, Zabala, Altalarrea, alias _Francho Berri_, Juan Villanueva
(Juanito el de la _Rochapea_), Fernández el (_Pastor_), Castor
Andechaga y el cura Gorostidi maniobraban en Vizcaya, Guipúzcoa y
Navarra.
Jáuregui, Oraá, López Campillo y Chapalangarra luchaban contra ellos.
El 9 de Abril, don Vicente Quesada, desde su cuartel general de
Zumárraga, anunciaba la entrada en España de las tropas de Angulema.
Al día siguiente de llegar á Vergara, Aviraneta y sus satélites
aparejaban el cochecito y salían en dirección de Vitoria.
Llegaron á esta ciudad, y Aviraneta se presentó en el Gobierno civil.
No estaba el jefe político, Núñez de Arenas; y Aviraneta habló con un
partidario liberal llamado Mantilla, venido de Murcia, á quien las
tropas del _Trapense_ fusilaron en Julio de 1823.
Mantilla quitó toda esperanza á Aviraneta de que Vitoria pudiera
defenderse. Se entregaría al momento. En los pueblos, la Milicia
Nacional no quería que se hiciera la recluta; así que no había
esperanza alguna de tener hombres con qué resistir.
Aviraneta salió de Vitoria, se detuvo en Miranda y en Haro, y el día 15
de Abril estaba en Logroño.
VIII.
DON JULIAN SANCHEZ