y encargarle de la organización de una columna patriótica.
El _Lobo_ aprovechó su estancia en Aranda para traspasar su posada y su
fragua á un pariente, y decidió, en espera de los sucesos, llevar su
familia á un pueblo de la provincia de Burgos, de donde era su mujer.
Casi con la seguridad de que la comarca del Duero no respondería al
llamamiento para luchar por la Constitución, se siguió á Valladolid.
El Empecinado y Aviraneta giraron una visita á los cuarteles y á
los parques de la ciudad castellana, y recibieron una impresión
desconsoladora.
Les acompañó un oficial de Estado Mayor, ex ayudante de Zarco del Valle.
Los informes de éste les sirvió para darse cuenta de la situación. No
había en los parques material de artillería: los cañones eran malos y
viejos, perfectamente inútiles, y faltaban las municiones. Respecto á
la caballería, estaba en cuadro, y hacía mucho tiempo que no maniobraba.
Lo mejor era la infantería, y aun así, escaseaban fusiles, cartuchos,
uniformes y armas blancas.
En cuestión de competencia, según el oficial de Estado Mayor, se estaba
á la altura de lo demás; los oficiales conocían únicamente la guerra
de guerrillas y de pequeños grupos. El Estado Mayor no se hallaba
constituído científicamente: parecía un cuerpo sin más objeto que
llevar un uniforme lujoso.
Los generales y jefes políticos querían resolver en un momento lo que
no se había resuelto en años, y daban constantemente órdenes diversas y
contradictorias.
Para obviar la falta de uniformes y armas, las autoridades decidieron
abrir las cuadras, conventos é iglesias arruinadas, donde se habían
almacenado los despojos del ejército de Napoleón, y comenzaron á
aparecer, con gran regocijo de la gente, cascos, chacós, morriones y
turbantes de polacos, alemanes, mamelucos y franceses. Al mismo tiempo
salieron lanzas, alfanjes, espadines y gumías.
Un gran motivo de confusión y de desorden en las ciudades eran las
Sociedades secretas, que obligaban á sus afiliados á adoptar una
actitud especial ante los sucesos. En el ejército, casi todos los
oficiales y jefes pertenecían á algún grupo político.
Los generales habían dado el ejemplo.
Mina era carbonario; O'Donnell, San Miguel, O'Daly y Montijo, masones;
Ballesteros, el Empecinado y Palarea, comuneros; Morillo, anillero.
Una divergencia parecida á la de los jefes de altos cargos existía
entre los oficiales subalternos, que intrigaban abiertamente contra la
política de los unos ó de los otros.
Para mayor confusión, los liberales exaltados de los Ayuntamientos,
casi todos ellos de la Milicia nacional, viendo la indiferencia y
pasividad del ejército, pretendían dirigir y preparar la defensa de los
pueblos con planes absurdos y descabellados.
Estos milicianos pensaban que los jefes no manifestaban bastante
ardimiento en la defensa de la libertad. En los pueblos se veía ir y
venir á los exaltados seguidos de sus grupos.
Algunos de estos ciudadanos, con su indumentaria napoleónica, sus
casacas, sus morriones, sus tricornios, sus corazas, sus sables corvos
de mameluco, parecían comparsas de carnaval.
El mayor contingente de soldados espontáneos lo daba la clase media;
los pobres, en general, odiaban á los liberales como se odia á los
tiranos: no los tenían por gente del pueblo, sino por aristócratas
extranjerizados, enemigos de todo lo popular.
Había, además de causas de simpatía espiritual, otras más materiales
para explicar el odio de la plebe feota á los liberales: el liberal, en
aquella época, mandaba, el realista obedecía; el miliciano estaba bien
vestido; en cambio el soldado de la fe andaba roto y haraposo. El feota
quería cambiar su camisa desgarrada y sucia por la casaca abrigada del
audaz matareyes y del impío matafrailes.
Por entonces empezaba á generalizarse la palabra _negro_ para llamar al
liberal, palabra que tuvo su expansión con la entrada triunfal de los
franceses con Angulema.
En los liberales de los pueblos había las mismas divisiones que en los
de Madrid.
Los masones eran las personas más ilustradas; los comuneros, los
radicales y los lectores del _Zurriago_, formaban una turba de
demagogos callejeros, escandalosos y chillones, que gritaban en las
tabernas y se confundían con la gente clerical.
En el ejército había muchos oficiales enemigos de la Constitución.
Estos no se recataban en decir que veían próximo y deseaban el triunfo
de los franceses.
Los oficiales liberales entusiastas buscaban la manera de preparar una
resistencia seria; pero se encontraban hundidos en aquel pantano de
debilidades, de desconfianzas y de intrigas.
Por otra parte, los sargentos y cabos de milicianos comuneros y
zurriaguistas creían que las tropas de Angulema estaban en la frontera
únicamente para intimidar á los descamisados españoles; pensaban que el
ejército francés era un ejército falso, inventado por los pasteleros
masones.
Con este ambiente de indisciplina, de vacilaciones y desconfianzas, era
imposible que el país y el ejército hiciesen algo serio.
Así, el fracaso constitucional fué consumado de una manera pobre,
triste y grotesca, sin grandeza en el vencedor ni heroísmo en el
vencido.
III.
ANTIGUOS AMIGOS
Dejando á don Juan Martín muy desalentado, Aviraneta, en compañía del
_Lobo_, marchó á Burgos; se detuvo unas horas en Miranda y en Vitoria,
y llegó á San Sebastián.
Estaba de jefe político un navarro llamado Albistur, y mandaba la
guarnición el brigadier de Caballería don Pablo de la Peña, que tenía á
sus órdenes los regimientos incompletos de Valencey, España, Salamanca
é Imperial Alejandro.
Aviraneta conferenció con los dos jefes y les explicó su misión de
averiguar lo que ocurría con la Intendencia del ejército de Angulema.
--El ministro supone--dijo Aviraneta--que si el Gobierno francés no
resuelve este punto, su empresa morirá por consunción antes de nacer.
--Yo creo que lo resuelve--repuso el brigadier Peña.
--Entonces ustedes, los militares, tendrán la palabra--contestó
Aviraneta.
--¿No es usted militar?
--Militar de afición. He sido guerrillero.
--¿Durante la guerra de la Independencia?
--Sí.
El brigadier Peña contempló á Aviraneta con curiosidad.
--¿Y qué pretende el ministro?--repuso.
--El ministro desea que se den facilidades al proyecto de los
republicanos franceses, que intentan hacer desistir á sus paisanos de
la invasión.
--Estoy enterado de ese proyecto--dijo el brigadier.
--Yo también--repuso el jefe político--, y ayudaré con mis medios.
--Entonces de acuerdo--añadió Aviraneta--; yo me voy á Bayona y la
primera noticia definitiva que sepa la enviaré con un propio á Behovia.
--Entonces yo me encargo de recogerla y hacer que la lleven por la
posta á Madrid--dijo el jefe político.
Aviraneta dejó al _Lobo_ en San Sebastián y se dirigió á Irún. Encontró
allí á su amigo Juan Olavarría, quien se manifestó muy pesimista. Creía
que Angulema entraría sin dificultades, y que el ejército español no
sabría defenderse.
Los liberales de Irún habían publicado una alocución que terminaba
diciendo:
"Si á pesar de todo la libertad sucumbiera, aun nos quedaría un
arbitrio que se burla de todos los tiranos: perecer, como Leonidas,
bajo las ruinas de la República."
Aviraneta tenía poca fe en las frases, y no hizo de ésta mucho caso.
Aviraneta alquiló una barca en Fuenterrabía, pasó á Hendaya, y en un
cochecito fué á San Juan de Luz.
Aquí se detuvo en la casa donde vivía la viuda de Ignacio Arteaga.
Encontró á Mercedes como siempre muy guapa. Corito, la ahijada de don
Eugenio, tenía ya tres años y estaba muy bonita, hablaba mucho; contaba
largas historias. Aviraneta comió con la viuda y pasó unas horas en la
terraza de la casa, con la niña en brazos, mirando el mar.
Recordó los tiempos en que solía estar en compañía de Lara y de Fermina
la _Navarra_, con la hija de Martinillo el pastor, en un pueblo de la
provincia de Burgos.
En aquellos momentos, en su imaginación se fundían la hija de Teodosia
y Corito, y eran la misma persona.
Por la noche llegaron á casa de Mercedes su tío don Francisco Ramírez
de la Piscina con el señor Salazar, dos personalidades de Laguardia.
Ramírez de la Piscina era un señor vestido de traje negro, algo raído,
con calzón corto, casaca larga y aire clerical, frío y solemne.
El Sr. Salazar contrastaba con él por su aspecto elegante. Salazar
parecía salir de una fábrica recién construído y barnizado. Iba muy
elegante: vestía pantalón estrecho con trabillas, levita azul estilo
inglés, botas que le sonaban al andar, cuello de camisa limpísimo y
corbata brillante de muchas vueltas. Sobre el chaleco rameado llevaba
una gruesa cadena de reloj con muchos dijes, y en los dedos, una
porción de sortijas.
El Sr. Salazar iba tan empaquetado, que cualquiera hubiese temido que
iba á hacer crac y á romperse por alguna parte.
Ramírez de la Piscina era realista; el Sr. Salazar figuraba entre los
anilleros y se tenía por hombre que miraba los acontecimientos con
frialdad y buen sentido. Hablaba de una manera un tanto pedantesca.
--Yo entiendo--le dijo el Sr. Salazar á Aviraneta--que la Constitución
de Cádiz tiene poca vida.
--¿Por qué?
--Porque no la han de dejar robustecerse, reconstituirse: ó ha de
vencer, y para eso no tiene fuerza, ó ha de morir de anemia. Dentro
tiene como enemigos al rey y á la corte, que trabajan de consuno con su
dinero y su influencia en su descrédito, y, á mayor abundamiento, á los
frailes, á los afrancesados, á los realistas, á los moderados. ¿No es
cierto?
--Sí.
--Fuera tiene como enemigos á la Santa Alianza, á Francia, que hoy
está bajo una dinastía restaurada; á Inglaterra, gobernada por una
aristocracia _tory_, á la prensa europea y al comercio de todo el
mundo. Esto hace pensar que no vivirá.
--¿De manera que vamos al absolutismo, al gobierno de los frailes?
--Algunos afirman que el Gobierno de Luis XVIII ha ofrecido una Carta
otorgada por el rey, á estilo francés, con dos Cámaras; pero que las
Cortes no la aceptan. Esto no es óbice para que este sistema se acepte
tarde ó temprano en España.
--No sé; lo que no creo es que el ofrecimiento sea cierto--replicó
Aviraneta--.Los políticos franceses suponen que España no puede salir
del absolutismo. Piensan que á los españoles nos viene grande, no
una Constitución democrática como la de Cádiz, sino una sombra de
Parlamento vigilado por el Gobierno.
Tras de las divagaciones de Salazar, el Sr. Ramírez de la Piscina contó
á Aviraneta las postrimerías de la regencia de Urgel. Esta regencia,
después de haber trabajado por el absolutismo y la intervención, tomaba
á última hora una actitud casi facciosa ante los realistas.
Uno de los directores, Eroles, había abandonado á sus compañeros y
se había unido á Eguía. Los otros dos, los más acérrimos, el marqués
de Mataflorida y el arzobispo Creux, habían salido de Toulouse _motu
proprio_, estableciéndose en Perpiñán.
Estando allí se les presentó el general Bordesoulle y les invitó á
que regresaran á Toulouse inmediatamente á cumplimentar al duque de
Angulema.
La decadencia de la regencia de Urgel daba más importancia al general
Eguía. Este escribía á Mataflorida diciéndole:
"Renuncie V. E. á toda idea de sostener la regencia que formó, dejando
obrar libremente la que yo debo presidir."
Mataflorida, indignado, comunicó á sus amigos que Eguía era partidario
de la Carta y de las dos Cámaras, cosa horrible para un realista puro,
y les advirtió que pensaba entrar en Navarra á desenmascarar á los
traidores. Eguía, incomodado, contestó dando orden de prenderlo si se
presentaba en Navarra. Mataflorida dirigió una protesta al duque de
Angulema, y éste, en vez de escucharle, mandó confinar al marqués y al
arzobispo absolutistas en el interior de Francia.
Eguía triunfó en toda la línea, y con Calderón, Juan Bautista Erro y el
barón de Eroles fundó la Regencia provincial, que comenzó en Bayona y
se instaló después en Oyarzun.
IV.
EN EL ESPIONAJE
Con sentimiento dejó Aviraneta San Juan de Luz y se dirigió á Bayona.
Tomó un cuartucho alto en la fonda de San Esteban, que fué lo único que
pudo encontrar, pues todos los hoteles estaban ocupados, y se dispuso á
enterarse de cuanto pasaba.
Su primera gestión fué ir á casa de Juan Bautista Beunza, que vivía
en la calle de los Vascos, y encargarle que le tuviera constantemente
preparado un tílburi para salir en cualquier momento y á toda prisa
para España.
Hecha esta diligencia se dedicó á husmear por el pueblo. El ejército
francés de ocupación estaba distribuído por las plazas del Mediodía de
Francia. El duque de Angulema iba á ponerse al frente de cinco cuerpos
de ejército. El primero se hallaba á las órdenes del mariscal duque
de Reggio, con los tenientes generales conde de Autichamp, Bourke,
vizconde de Obert y Castex. Este era el destinado á marchar sobre
Madrid. Los otros los mandarían el general Molitor, el príncipe de
Hohenlohe, el mariscal Moncey y el general Bordesoulle.
El general Guilleminot, hombre sagaz y de talento, distinguido como
militar y como político, había sido nombrado mayor general.
Además del gran número de jefes y oficiales franceses reunidos en
Bayona, estaba toda la flor y nata del absolutismo español, excepto los
pocos que quedaban fieles á la Regencia de Urgel. Eguía, Erro, Quesada,
Longa, José O'Donnell, el _Trapense_, Josefina Comerford, Urbiztondo,
Corpas y otros muchos andaban por allí reunidos con sus partidarios,
preparándose é intrigando.
El ejército francés, paralizado en la frontera, y la nube de cortesanos
realistas, hacía que Bayona fuera un gran foco de noticias falsas.
Constantemente se decía que el ejército iba á salir, y al mismo tiempo
se aseguraba que no podía marchar porque no tenía víveres ni para los
hombres ni para los caballos, y que faltaban almacenes, carros y toda
clase de medios de transporte.
Estas últimas noticias, unidas á las diferencias y al odio que se
tenían los realistas españoles entre sí, alimentaban las esperanzas
de los liberales. Por otro lado, algunos suboficiales y veteranos
franceses decían que no querían batirse con generales de sacristía.
Aviraneta fué á casa de Basterreche y á la logia de Bayona, á la
librería de Gosse y á la de Lamaignere. Todas las logias del Mediodía
de Francia se habían movilizado. Quedaba todavía en ellas un rastro
republicano, un residuo de la tendencia girondina. En la parte vasca
dominaban dos hombres: Garat y Basterreche; en las Landas quedaban
algunos amigos de Ducos, y en la parte gascona persistía la influencia
del convencional Barère, que vivía por entonces, ya viejo, en Bruselas.
A pesar de su versatilidad, de haber sido girondino, jacobino,
bonapartista y hasta haberse ofrecido, según algunos, á los Borbones,
Beltrán Barère era muy querido por los gascones, que veían en él un
regionalista entusiasta y un enemigo de la centralización y de la
supremacía de París sobre la provincia.
Tanto á Garat como á Barère se les consideraba por su influencia y
su grado en la masonería, como _acerrimi libertatis et veritatis
defensores_: acérrimos defensores de la libertad y de la verdad.
Estas logias de los pueblos del Mediodía de Francia se cambiaban
órdenes y mandaban impresos asegurando que las tropas no entrarían
en España y que los soldados franceses no querían ser criados de los
jesuítas.
Al segundo día de llegar, en casa de Basterreche le dijeron á Aviraneta
que el banquero Ouvrard acababa de presentarse en Bayona. La noticia
era grave, porque Ouvrard tenía fama de ser hombre expeditivo y capaz
de resolver las mayores dificultades.
El día siguiente, 4 de Abril, Aviraneta se puso en campaña para seguir
los pasos de Ouvrard. No era fácil, ni mucho menos. El banquero venía
con su socio Seguín, su sobrino Víctor, una docena de criados, y estaba
muy vigilado por la policía. Ouvrard tuvo varias conferencias con el
intendente Sicard, con el duque de Bellune y con el general Tirlet.
El día 5, por la mañana, Aviraneta supo en la librería de Gosse que
el príncipe generalísimo de las tropas francesas había llamado á
conferencia á Ouvrard, y poco después se aseguró que se enviaba la
caballería hacia las llanuras de Tarbes, porque no había forrajes
suficientes para ella.
El mismo día por la noche Aviraneta tuvo la gran sorpresa de ver entrar
en la fonda de San Esteban á la Sole con el marqués de Vieuzac.
Ella le conoció en seguida; el marqués, no. Aviraneta, por uno de los
mozos del hotel, afiliado á la masonería, mandó á la Soledad un recado
diciéndola que quería tener con ella una entrevista. La Soledad, sin
duda, se alarmó al saber que don Eugenio estaba en el mismo hotel, y
le contestó advirtiéndole que se hallaba muy vigilada, y que si le
tenía algo que decir se lo comunicara por el mozo, sin escribirla. La
Soledad no apareció por el comedor. Comía en su cuarto con una señora
parisiense que la acompañaba.
Aviraneta hubiese querido averiguar algo por la Sole. Vieuzac, como
empleado de importancia, debía estar enterado al detalle de cuanto
pensaba hacer el Gobierno francés.
El día 5, por la tarde, el mozo masón de la fonda de San Esteban se
acercó á Aviraneta y le dijo que tenía que hablarle.
Este mozo, que se llamaba Gracieux, era todo un tipo: alto, flaco,
aventurero, hombre de gran nariz y de concepciones atrevidas. Gracieux
era admirador de Aviraneta. Gracieux, con gran misterio, le dijo á don
Eugenio que iban á tener una cena en un comedorcito aparte un ayudante
del general Tirlet, el sobrino de Ouvrard, el marqués de Vieuzac y
varias damas: la Soledad con su señora de compañía, una cómica amiga de
Ouvrard y una bailarina entretenida por el ayudante de Tirlet.
El mozo masón dijo á Aviraneta que si quería le prepararía un
escondrijo, y desde él podría oír la conversación.
--Vamos á ver eso.
Entraron en el comedor.
El mozo abrió la parte baja de un armario grande.
--Aquí puede usted meterse--le dijo.
--¿Aquí?--exclamó Aviraneta.
--Sí, hay sitio. Un poco incómodo será.
--Veamos.
Aviraneta hizo la prueba y murmuró:
--La cabeza no está muy cómoda sobre un trozo de madera.
--Le traeré á usted una almohada.
--Buena idea.
Aviraneta cogió la almohada que le dió el mozo, y se tendió en el
armario.
--¿A qué hora es la cena?--preguntó.
--A las doce.
--Tres horas de espera. Bueno. Me dedicaré á la meditación.
--Cuando se acabe la cena y se vayan yo vendré á sacarle á usted--dijo
el mozo.
Aviraneta se tendió en su agujero y pasó las tres horas aburrido.
Sonaron las doce, y no apareció nadie; á la una se presentaron las
mujeres, y poco después de las dos llegaron los hombres.
Comenzó la cena. Vieuzac estaba galante con la Soledad. Ella hablaba ya
bastante bien el francés, y se manifestaba, como siempre, muy mimosa,
coqueta y melancólica.
Ouvrard el joven, como parisiense que encuentra que fuera de París no
se puede vivir, comenzó á hablar mal de los meridionales. Según él,
desde Angulema para abajo no se veía más que afectación, falsedad,
farsa y mentira. A alguien había oído decir _Mendacia vasconica_:
mentira vasca ó gascona, y repetía la frase.
Vieuzac, que procedía de Argeles de Bigorre, defendió á los
meridionales con calor.
--Defienda usted también á su paisano el regicida Barère--dijo Ouvrard
con ironía.
--Paisano y pariente--replicó Vieuzac.
--¿Es usted pariente del Anacreonte de la guillotina?--preguntó el
ayudante de Tirlet.
-Sí.
--Y creo que tiene cierto orgullo con ello--repuso Ouvrard.
--Como ustedes, los bretones, tienen entusiasmo por sus realistas
salvajes.
--¿Vive Barère?--dijo el ayudante de Tirlet.
--Sí, en Bruselas.
--¡Qué extraña existencia la de esos hombres! ¿Usted le conoce?
--Sí. Es uno de los tipos más sugestivos y más amenos que se pueden
tratar. En su conversación hace desfilar todas las figuras de la
historia contemporánea de Francia.
Aviraneta pensó que perdía el tiempo en su agujero y que no se iba á
hablar de la intervención; pero á los postres el ayudante de Tirlet
preguntó:
--¿Y al fin entramos ó no entramos en España?
--Sí--dijo Vieuzac--. Está decidido.
--Mañana, á las diez, se firma el tratado de mi tío añadió Víctor
Ouvrard--. Su alteza real el príncipe generalísimo pondrá él mismo el
sello en el contrato.
--¿De modo que han quedado todos los puntos resueltos?
--Todos.
--¿Y el ministro de la Guerra?
--El mariscal Víctor--dijo Ouvrard--está enfermo de gota, y grita á
todas horas furioso que mi tío es un ladrón y que quiere quedarse con
todo el dinero de la administración militar.--Y es posible que sea
verdad.
--¡Vaya un buen sobrino!--exclamó el ayudante de Tirlet.
--Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad--contestó Víctor Ouvrard.
--¿Amigo de quién?--preguntó la bailarina.
--De Platón... un banquero--dijo el ayudante de Tirlet, riendo.
--¿Rico?
--Muy rico.
--Me gustaría conocerle.
--Es incorruptible.
--¡Bah!
--Esos españoles lo están haciendo mal--exclamó Vieuzac.
--Sí; vamos á hacer el juego á Fernando y á los frailes--repuso el
ayudante.
--Se hará lo posible para impedirlo--dijo Vieuzac--. Mientras el
ejército francés esté en España, yo creo que los realistas y los
frailes no se desmandarán, á no ser que los liberales cometan grandes
violencias.
--En fin, poco importa--exclamó el ayudante--nos pegaremos con los
españoles. Esta no es una guerra como las de Napoleón, cierto; pero el
militar no puede elegir las guerras. De todos modos habrá ascensos y
condecoraciones.
Tras de este intermedio político los comensales volvieron á su
conversación de París, y á las cuatro de la mañana abandonaron el
comedor. El mozo fué á avisar á Aviraneta que podía salir.
Este marchó rápidamente á su cuarto y luego á la calle.
Estaba clareando. D. Eugenio fué corriendo á la calle de los Vascos y
llamó en casa de Beunza. Pronto bajó el hijo Pedro, acompañado de un
joven, de Ustaritz, llamado Cadet. Sacaron entre los dos el cochecito,
aparejado.
Aviraneta, Beunza y Cadet montaron en el coche y salieron
inmediatamente camino de la frontera.
V.
EN EL CAMINO
Beunza, el joven, dirigía muy bien; el caballo tenía mucha sangre y el
tílburi marchaba á la carrera. El día estaba hermoso; el sol brillaba
en los campos.
Beunza saludaba á derecha é izquierda á las muchachas, que salían á las
ventanas y reían, y las echaba besos.
--Sabe usted que ayer hubo jaleo en el teatro de Bayona--, dijo de
pronto Pedro.
--No. ¿Qué pasó?--preguntó Aviraneta.
--Pues nada: una manifestación de hostilidad entre los liberales y el
ejército.
--Cuenta eso.
--Ayer, por la noche, se representaba una comedia bastante sosa,
llamada _El interior de mi estudio_, en que se habla de la paz
conyugal; y cuando se oía esta palabra paz, nosotros aplaudíamos.
Entonces un ayudante del general Autichamp, que estaba en un palco,
se levantó y gritó: _A la porte la canaille!_ Nosotros contestamos,
gritando: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Mueran los chuanes!
--Los militares se echarían sobre vosotros.
--Sí; dos oficiales franceses vinieron á pedirnos explicaciones á Cadet
y á mí: yo le dije al mío que era una vergüenza que fueran á matar la
libertad en España. Estábamos discutiendo en tono cada vez más agrio,
cuando se presentó un señor gordo con pretensiones de elegante: gran
levitón á la inglesa y sombrero de copa. Este señor debía tener algún
ascendiente sobre los militares, porque los calmó y los hizo marcharse
de allí.
--¿Usted es francés?--me preguntó luego, con un acento muy cómico.
--No, soy español.
--¡Ah, es usted español!
--Sí.
--¿Castellano?
--No, navarro.
--¿Realista?
--Republicano.
El gordo se echó á reir y encendió una gran pipa de ámbar que llevaba.
--¿De manera que es usted republicano?
--Sí, señor.
--Yo soy realista.
--Peor para usted.
--Sin embargo, comprendo que cada cual tiene que tener sus ideas.
--Yo no lo comprendo--le dije.
--Es posible que haya usted oído hablar de mí--añadió el gordo,
amablemente.
--Creo que no.
--Yo soy el general Longa. Francisco Longa, el guerrillero.
Como yo sé que Longa es además de muy valiente muy honrado, le traté
con respeto y nos hemos hecho amigos.
El joven Beunza se consideraba á sí mismo como hombre á quien
preocupaba únicamente la política, pero se le veía que se le iban los
ojos tras de las muchachas que pasaban.