El culpable de todo, según D. Víctor, era Sansirgue, el _monstrum

horrendum_, que había entrado en Cuenca para desgracia de todos. Este,

llevado por su maldad diabólica, había denunciado la forma en que se

iba á hacer la sorpresa.

--¿Pero, por qué? ¿Qué motivo ha podido tener Sansirgue para odiar á mi

hermano?--preguntó Luis.

Don Víctor creía en la maldad desinteresada del canónigo, cosa poco

lógica.

Los argumentos de D. Víctor no convencieron á Luis, y el cura le

propuso ir á ver á Cepero. La visita era violenta para Torralba, pero

al fin accedió.

El joven Cepero recibió á los dos secamente.

--Supongo la comisión que ustedes traen--les dijo--; pero tengo que

advertirles que considero que he cumplido con un deber de ciudadano y

de liberal, y que mil veces que se presentara el mismo caso, mil veces

obraría lo mismo.

--Está usted en un error--dijo don Víctor--al pensar que nosotros

entramos aquí en son de amenaza. Este hábito que yo llevo no es para

venir con desafíos. Usted ha cumplido su deber de ciudadano y de

liberal. Cierto. Pero usted sabía que Miguel Torralba no era el mayor

culpable, y no podía desear su muerte.

--No la deseaba. Al acercarse á la puerta de San Juan, yo le dije:

"Ríndete". El quedó inmóvil, sin duda perplejo. Entonces sonaron los

tiros.

--¿No sabe usted quién disparó?--preguntó Luis.

--No lo sé. Si lo supiera, tampoco lo diría.

Luis hizo un movimiento de impaciencia, y don Víctor intervino de nuevo.

--Otra pregunta tenemos que hacer á usted.

--Ustedes dirán.

--Mi amigo Luis, naturalmente, entristecido por la muerte de su

hermano, ha supuesto que un amigo suyo y mío fué el delator del complot

en que intervino Miguel. Yo le he dicho que no, que todo el mundo

ha afirmado que el jefe político y su padre de usted recibieron un

anónimo. ¿Puede usted decirnos si es verdad?

--Es verdad.

--¿Lo guarda usted?

--Sí.

--¿Podría usted enseñárnoslo para desvanecer las dudas de mi amigo?

--¿Porqué no? No tengo inconveniente.

Cepero, hijo, entró en su casa y volvió con el anónimo. La letra estaba

disimulada, pero el papel y la tinta eran de Sansirgue: no había duda.

En el anónimo estaba explicado cómo se verificaría la sorpresa con

todos sus detalles. Lo firmaba: _Un amante del orden_.

Don Víctor y Luis Torralba se despidieron del joven Cepero y se

marcharon á su casa.

Esta intervención de Sansirgue puso á Torralba fuera de sí: que Cepero

hubiese obrado como había, le parecía natural, dado su fanatismo

político; que el mismo Nebot hubiera disparado en la puerta de San

Juan, lo comprendía por su odio á los Torralbas; lo que no se explicaba

era la acción de Sansirgue, siendo él realista y estando en el complot.

¿Sería un espía del Gobierno? ¿Tendría algo contra su hermano?

Luis Torralba fué á visitar á Asunción y á su abuela, y les contó

lo ocurrido y los datos que tenía para creer en la intervención del

canónigo.

Doña Gertrudis supuso que sería su nuera, la Cándida, la que había

inspirado al canónigo el odio por Miguel. Asunción calló, dando á

entender que creía lo mismo.

La abuela, que sentía aumentado su odio por la _Canóniga_, llamó unos

días después á Luis Torralba y le encargó que vendiera una huerta

y varias alhajas. Luis hizo el encargo rápidamente, y entregó á

doña Gertrudis seis mil pesetas. La vieja sacó cuatro mil que tenía

guardadas, y reuniendo las diez mil que había prestado Doña Cándida

para la hipoteca, se las devolvió, encargándola que abandonara la casa

lo antes posible.

Doña Cándida gritó, alborotó, dijo horrores; pero no tuvo más remedio

que marcharse. La _Canóniga_ fué á otra casa mejor. El escándalo en el

pueblo tomó grandes proporciones. Todo el mundo relacionó la muerte de

D. Miguelito con la expulsión de la _Canóniga_, y muchos sospecharon

algo de la verdad.

La Cándida, abandonada al consejo del capitán Lozano y de Adela,

su doncella, hizo una porción de locuras. Casi todos los días daba

banquetes y cenas, y muchas noches la llevaban á la cama borracha.

El canónigo Sansirgue notó que en la casa de la Dominica se le miraba

de mala manera, é intentó mudarse; pero Portillo le indicó que esperara

unos días.

Efectivamente, una semana después, Portillo, que había sabido hacer

valer ante el Gobierno liberal el servicio prestado por él cuando la

intentona de Bessieres, fué nombrado obispo de Osma, y Sansirgue quedó

interinamente de secretario del obispo de Cuenca.

Sansirgue supo que en casa de Ginés el Pertiguero se hablaba

constantemente contra su persona, y se dispuso á castigar á la familia.

Consiguió que en el convento de monjas se destituyese á D. Víctor, y

después le nombró párroco de Uña, pueblo miserable de la Sierra, adonde

D. Víctor tuvo que ir, á trueque de perder las licencias eclesiásticas.

Después quiso echar de la catedral y de la casa á Ginés Diente, pero el

obispo se opuso.

Sansirgue supo también que Garcés el _Sevillano_ hablaba pestes de él

y le atribuía la muerte de Torralba, y consiguió que el jefe político

prendiera á Garcés y lo metiera en la cárcel.

XVII.

MESES DESPUÉS

En el tiempo que medió entre la expedición de Bessieres y el triunfo de

los Cien mil hijos de San Luis, el penitenciario tuvo mucho poder en

Cuenca, pero al consolidarse el absolutismo, el obispo fué trasladado,

y Sansirgue se eclipsó.

En aquella demagogía negra que gobernaba el pueblo y toda España, no

era fácil desviarse sin peligro. Sansirgue se hubiera acercado á los

voluntarios realistas, pero le era imposible, porque entra ellos estaba

Garcés el _Sevillano_, compañero en la aventura de la puerta de San

Juan con D. Miguelito, á quien él había llevado á la cárcel.

Sansirgue, separado de los absolutistas puros, tuvo que formar grupo,

bien á su pesar, con los fernandinos transigentes. Estos tenían en

Madrid como agente á D. Cecilio Corpas. En cambio, Portillo, que estuvo

un momento con los liberales, había hecho una segunda evolución al

más terrible ultramontanismo, y se distinguía en su diócesis por sus

pastorales contra los moderados y los exaltados.

Portillo, desde Osma, y el lectoral de la catedral de Sigüenza y

presidente de la Junta realista de aquella ciudad, D. Felipe Lemus

de Zafrilla, movían todos los resortes para que los franceses no

intentaran implantar un sistema de absolutismo templado. Tenían en

Madrid á D. Víctor Sáez y á otros que daban la consigna.

Unos días después de la reintegración de todos los derechos

autocráticos á Fernando, se celebró en Cuenca una solemne función

de desagravio al Santísimo Sacramento, en la cual predicó D. Juan

Sansirgue.

Sansirgue achicó al mismo padre Manuel Martínez, redactor del

_Restaurador_, con sus apóstrofes á los constitucionales y sus loas á

Fernando. Le llamó pío, feliz, restaurador, magnánimo, bondadoso.

A pesar de todos estos ditirambos, la gente oyó el sermón con

indiferencia. Corría la voz entre los voluntarios realistas de la

traición de Sansirgue en tiempo de Bessieres.

Garcés el _Sevillano_, para exagerar sus méritos, había pintado la

aventura suya y la de D. Miguel como algo muy transcendental que había

malogrado Sansirgue, que estaba vendido á los liberales, y que le había

perseguido y encarcelado á él para reducirle al silencio. Esta versión

hizo que todo Cuenca se pusiera contra el canónigo.

--Es un espía, es un espía de los masones--aseguraba todo el mundo.

El penitenciario, al comprobar lo que se decía de él, quedó desesperado.

Escribió á Portillo para que influyese en sus amigos poderosos y le

trasladasen de Cuenca, y Portillo no contestó; escribió después á D.

Víctor Sáez, el ministro universal de Fernando VII, y á D. Cecilio

Corpas.

Los dos le contestaron fríamente.

La entrada en el poder de los voluntarios realistas hizo que Sansirgue

perdiese toda influencia. Torralba consiguió por un amigo que á D.

Víctor le sacasen de Uña y volviese á Cuenca. Por entonces entre los

realistas comenzaba á funcionar la Sociedad El Angel Exterminador.

Muchos se afiliaron á ella. Don Víctor y Garcés el _Sevillano_, se

convirtieron también en exterminadores, é hicieron un alegato contra

Sansirgue, como denunciador de los realistas en tiempo de Bessieres.

Se encontró en casa de los Ceperos, que habían huído del pueblo y

traspasado su comercio, el papel que les había mandado Sansirgue.

Desde entonces el penitenciario comenzó á recibir anónimos

insultándole, amenazándole por su traición con terribles castigos

terrenos y ultraterrenos.

Sansirgue, asustado, hizo gestiones desesperadas para que le

trasladasen de Cuenca.

En la primavera de 1824 el penitenciario fué destinado á Sigüenza, sin

ningún ascenso. Sansirgue preparó el viaje sigilosamente; temía que,

al saber su escapada, los voluntarios realistas quisiesen agredirle.

Alquiló dos mulas, y con un mozo alcarreño de confianza que conocía

bien el camino se puso en marcha, sin despedirse de nadie.

El canónigo pensaba pararse en Priego, su pueblo, á ver á su familia.

La primera noche descansaron amo y criado en Torralba, nombre poco

grato á los oídos del canónigo.

El siguiente día paró Sansirgue en Priego, en su casa, en compañía de

la familia; pero la pobreza de ésta y la tosquedad de su padre y de sus

hermanos le molestaba, y con el pretexto de que tenía prisa dejó Priego

y se puso en camino por la tarde.

El cielo estaba muy azul; el campo, hermoso y sonriente. El

penitenciario no tenía nada que temer, ya lejos de Cuenca; pero aun

así sentía miedo: tales cosas se contaban de las venganzas de los

realistas. Al llegar á la bifurcación de los caminos miraba con cuidado

á un lado y á otro por si aparecía alguna figura sospechosa...

Al acercarse á una aldea al caer de la tarde, dejando un camino

carretero, Sansirgue y su criado tomaron por una senda que pasaba

por un erial. Las digitales purpúreas esmaltaban la tierra con sus

campanillas, y las flores violetas del brezo brillaban entre los

ribazos.

A mano derecha se abría un gran valle poblado de matas que nacían

entre piedras y cerrado por montes cubiertos de árboles. Un rebaño

se derramaba por una ladera, y se oía á lo lejos el tintineo de las

esquilas.

A la revuelta del sendero se encontraron con una ermita. En un azulejo

blanco, con letras azules, empotrado en la pared, se leía el nombre:

ermita del Salvador.

Tenía ésta por un lado la espadaña, con su campana sobre un tejado

terrero, y delante una cruz de piedra y una pila de agua bendita; por

el otro lado, protegida del viento, estaba la entrada de la capilla:

un arco de piedra con restos de pintura roja y una puerta con clavos.

A un lado de la puerta había una reja, á través de la cual se veía

el interior de la capilla con el altar desmantelado y unos santos

siniestros.

Adosado á la ermita había una casa pequeña con un huertecillo

abandonado.

--Aquí vivía un ermitaño--dijo Sansirgue.

--Sí--contestó el mozo.

--¿Habrá muerto?--preguntó el canónigo.

--No; le mataron--contestó el criado.

--¿Quizás para robarle?

--No; parece que fué venganza de los realistas. Dicen que el ermitaño

había dado informes á los constitucionales.

Sansirgue se estremeció.

--Bueno, vamos de aquí--dijo.

Siguieron andando. El sol se iba poniendo en un cielo incendiado, lleno

de nubes rojas; los pájaros cantaban entre las ramas; el perfume del

romero y del cantueso llenaba el aire; á lo lejos se oía el tañido de

una campana.

A medida que avanzaban el canónigo y su criado el sol iba

desapareciendo del valle. Al anochecer entraron en un bosque de

encinas, monte bajo y carrascas. El sendero corría ahora lleno de

sombra por en medio de los árboles; á trechos se torcía hasta salir á

la luz, al borde mismo del bosque, y pasar por encima de un barranco

escarpado.

Sansirgue marchaba arreando á su mula, ansioso de llegar á sitio

habitado.

De pronto oyó ruido entre el ramaje, cerca de él, y se detuvo, inquieto.

--No es nada--se dijo.

Siguió marchando, y en esto, al mirar hacia adelante, vió dos figuras

que interceptaban la senda. Volvió la vista hacia atrás y vió otras dos.

--¡Alto!--le gritaron.

--Alto estoy--murmuró el canónigo.

Los cuatro hombres estaban enmascarados. Sansirgue pensó que había

caído entre bandidos; comprendió que allí era imposible defenderse ni

escapar, y repitió que se entregaba.

Los hombres, sin hacer caso del criado, cogieron al canónigo, le

bajaron de la mula, le ataron las manos y le llevaron cuesta arriba,

cruzando el bosque, hasta un descampado, donde había una tenada. Desde

allí se dominaba el valle. El cielo iba obscureciendo, y las luces

rojas del crepúsculo tomaban tonos cárdenos y violáceos.

Al entrar en la choza Sansirgue se estremeció. En una mesa, á la luz de

dos velas verdes, estaban sentados cinco hombres, con la cara cubierta

por un antifaz. Enfrente de la mesa había un banco de madera, y sobre

él caía una cuerda atada en una viga del techo.

--Sentad al acusado--mandó el que presidía.

Sansirgue se sentó sin protestar.

El presidente, levantando la cabeza al cielo, exclamó:

--_Dominus regnat_: (El Señor reina.)

El que estaba á su derecha dijo.

--_Dominus imperat_: (El Señor impera.)

El de la izquierda repuso:

--_Angelus vincet_: (El Angel vencerá.)

El de la extrema derecha añadió:

--_In gladio..._ (Con la espada.)

Y el de la extrema izquierda terminó la frase murmurando:

--_... indignationis ejus_: (De su indignación.)

Sansirgue estaba delante de un Tribunal del Angel Exterminador. El

enmascarado que presidía, en pocas palabras acusó al penitenciario de

traidor, de espía de los liberales, de vendido al Gobierno masón.

Sansirgue intentó sincerarse, negar los hechos; pero el presidente

los conocía á fondo. El canónigo intentó seguir hablando; pero el

presidente le impuso silencio.

--¿Qué pena se le impone al acusado?

Los cuatro asesores del Tribunal, sin pronunciar una palabra, bajaron

la cabeza gravemente, y un momento después el presidente hizo lo mismo.

Dos de los enmascarados que habían prendido al canónigo le pusieron

la mano en el hombro. Al sentirlo, Sansirgue dió un salto hacia atrás

dispuesto á escapar. Entonces los cuatro esbirros se echaron sobre

él, y forcejeando llegaron á sujetarle y á atarle los pies. Luego le

pusieron la cuerda al cuello, y tirando de ella lo izaron en alto.

--¡Confesión! ¡Confesión!--gritó el canónigo con voz ahogada.

--Concluid--dijo el jefe de los exterminadores.

Dos esbirros se colgaron de las piernas del ahorcado: las vértebras

crujieron, crujió también la viga del techo, y después el cuerpo de

Sansirgue quedó inmóvil.

Los exterminadores fueron saliendo de la tenada. Uno de ellos, el jefe,

quedó para dar las últimas disposiciones. Los esbirros bajaron el

cadáver, y tomándolo en brazos cruzaron el bosque hasta el sendero que

corría al borde del barranco y desde aquí lo arrojaron al fondo. Se oyó

el ruido del cuerpo que caía arrastrando piedras.

El jefe se acercó á mirar hacia abajo. La claridad del sol había huído

del valle, y la oscuridad y la sombra reinaban en él.

El exterminador se persignó, murmuró algo como una oración y á caballo

desapareció rápidamente.

EPÍLOGO

La noticia de la muerte del canónigo produjo en Cuenca gran sensación.

Se inventaron mil hipótesis y cábalas acerca de las causas de la muerte

y del autor ó autores del misterioso crimen; pero no se averiguó la

verdad.

Pocos días después de este suceso el capitán Lozano hizo una de las

suyas, que dió mucho que hablar.

El capitán había arrastrado á la Cándida á una vida completa de

crápula. La casa de la _Canóniga_ era un ir y venir de jóvenes

calaveras, que comían y bebían allí.

El capitán Lozano, entrampado en el juego, había sacado á la _Canóniga_

cinco mil duros para pagar sus deudas. Por lo que se supo luego, en vez

de pagar se jugó la cantidad, y la perdió.

Entonces no se le ocurrió cosa mejor que robar la caja del batallón y

escaparse con la Adela, la doncella de la Cándida, que era una muchacha

muy bonita.

Lozano se proveyó de papeles falsos; fué á Orán, donde tuvo un café, y

años después se alistó como voluntario en el ejército francés y murió

en una emboscada de los moros.

La Adela, que había seguido con el café de Orán, se casó con el

dependiente, un francés trabajador, y se hizo rica.

La Cándida, al saber la fuga del capitán con su doncella Adela, á quien

consideraba tan fiel, sintió grandes accesos de melancolía, que intentó

curárselos á fuerza de alcohol.

Alguien le indicó que llamara á la _Zincalí_, la vieja gitana, que

tenía filtros para curar el mal de amores. La Cándida la llamó, y la

gitana entró en la casa y llegó á apoderarse del ánimo de la _Canóniga_

con sus mentiras y sus arrumacos.

La casa llegó á ser un asilo de la gitanería del pueblo.

La _Zincalí_ se encargó de proporcionar amantes á la Cándida y de

sacarle el dinero.

El pueblo entero la había aislado, como á una apestada.

La _Canóniga_ se trasladó á un casucho del barrio del Castillo, que se

convirtió en mancebía.

Un proceso que se entabló contra ella y la vieja gitana, acusadas por

un médico de dar bebedizos y de hacer abortar con la hierba del Buen

Varón, les obligó á las dos á ir á la cárcel, y arruinó por completo á

la Cándida.

Desde entonces, la pobre mujer comenzó á oficiar de Celestina.

Luis Torralba desapareció de Cuenca, al morir su madre, y fué á

establecerse á Valencia.

La abuela de Asunción murió. Asunción, sin familia, vivió sola en la

casa de la Sirena hasta que recogió la herencia de un pariente lejano,

lo que le permitió mejorar de posición.

Entonces llevó á vivir con ella una sobrina pobre y la prohijó. Ya

vieja, con el pelo blanco, siempre vestida de luto, se la veía pasear

con su sobrina. A veces, al sentarse á descansar sobre una roca de la

Hoz, su cara afilada reposaba sobre su mano, y sus ojos tenían una gran

expresión de melancolía.

Durante mucho tiempo, únicamente la casa del pertiguero del callejón

de los Canónigos siguió igual: el viejo Ginés leyendo, la Dominica

trabajando, el constructor de ataúdes filosofando, D. Víctor comentando

al canónigo volteriano, el _Degollado_ cantando en la calle con su

hermosa voz las oraciones, Astaroth roncando y mirando el vacío con sus

ojos de oro, y el cuervo monologando.

Al comenzar la guerra civil, el viento de la muerte sopló sobre la

casa. Ginés y la Dominica murieron; D. Víctor se unió al canónigo

carlista Batanero, y peleó con él en la guerra civil. Luego, no

queriendo aceptar el Convenio de Vergara, fué internado en Francia y

conducido á Alenzon, donde murió.

Astaroth, el espíritu familiar de la casa, desapareció un día

misteriosamente, y se lo encontró pocos días después muerto en la

calle; dejando el campo libre á Juanito, el cuervo, que tenía cuerda

más larga para la vida.

Damián, el carpintero, fué únicamente el que sobrevivió á la familia

de Ginés, y siguió construyendo sus ataúdes, grandes y pequeños, de

hombres, de mujeres y de niños, negros y blancos, en su portal de la

casa del callejón de los Canónigos.

Mientras trabajaba, Juanito el cuervo mascullaba palabras confusas

desde lo alto del armario de los féretros; en el reloj del canónigo

Chirino las edades de la vida seguían huyendo ante la Muerte con su

sudario y su guadaña; Caronte se balanceaba en su barca; el viejo

Cronos, alado y haraposo, meditaba con el reloj de arena en la mano; la

música de campanillas tocaba su sonata melancólica al salir la Virgen,

y seguía brillando en la orla de bronce la terrible sentencia sobre las

horas: _Vulnerant omnes, ultima necat_.

Todas hieren; la última, mata.

Los guerrilleros del Empecinado en 1823

I.

NUEVA COMISIÓN

En apariencia la vida de un hombre de acción es un juego de azar, una

lotería en la que se emplea mucho dinero y sólo de tarde en tarde toca

un premio pequeño, en realidad la vida de un hombre de acción, si es

una lotería, es una lotería que toca siempre, porque el jugador lleva

el mayor premio en el máximo esfuerzo.

La acción por la acción es el ideal del hombre sano y fuerte; lo demás

es parálisis que nos ha producido la vida sedentaria.

Unos días después de recibir la visita de Cugnet de Montarlot, el

Empecinado y el _Lobo_ se presentaban en casa de Aviraneta.

Al día siguiente el general y D. Eugenio iban al Ministerio de Estado á

conferenciar con D. Evaristo San Miguel.

Se habló entre los tres largo rato de la situación de España y de la

invasión francesa, que parecía inminente.

Don Evaristo tenía alguna esperanza en el fracaso de la Intendencia de

los ejércitos que había de mandar Angulema.

Esto unido á la oposición de los liberales, pensaba, podría influir en

el Gobierno francés.

--¿Es que no tienen víveres?--preguntó Aviraneta.

--Eso me comunican los agentes--contestó el ministro--, pero no hay que

abrigar mucha confianza. Es posible que mis agentes estén en relación

con los realistas.

--Es muy probable--añadió Aviraneta.

--Casi valdría la pena de que fuera usted otra vez á Francia--dijo de

pronto San Miguel.

--¿A París?

--No; á la frontera.

--Pues si usted quiere, voy. ¿Qué hay que hacer?

--Primero averiguar cómo va la cuestión de la Intendencia del ejército

de Angulema, y si no hay esperanza en esto, marchar á San Sebastián y

ayudar á los emigrados franceses, que parece que van á hacer un intento.

--Muy bien. Estoy á la orden de usted.

--Pues cuanto antes. Si se puede hoy, mejor que mañana. Me conviene que

vaya usted en seguida. En cuanto llegue usted á la frontera, que le

tengan una silla de postas preparada, é inmediatamente que sepa usted

algo definitivo me avisa.

--Y en San Sebastián, ¿qué haré?

--En San Sebastián activará usted la gestión de los carbonarios. Usted

creo que es carbonario también.

--¿Por dónde lo sabe usted?--dijo Aviraneta algo alarmado.

--Amigo, un ministro tiene sus informes secretos.

--Yo creí que en España los ministros eran los últimos que se enteraban

de las cosas--replicó sarcásticamente Aviraneta.

--Como ve usted, no siempre--dijo D. Evaristo, riendo--. Cuando llegue

usted á San Sebastián se pondrá usted al habla con el jefe político y

el militar. Usted, como hombre más expeditivo, les aconsejará que obren

con rapidez, aunque sea saltando por encima de la ley.

--Mala opinión tiene usted de mí, D. Evaristo.

--No, hombre, no. Muy buena.

--¡Hum! ¡Qué sé yo! Creo que me considera usted como un apreciable

granuja.

--Bien. Ya discutiremos eso con más tiempo. Ahora voy á hacer que

escriban los reales decretos: uno para usted, Aviraneta; otro para

usted, D. Juan Martín.

--¿Qué ha pensado usted para mí?--preguntó el Empecinado.

--Haré que el rey le autorice á usted para el levantamiento y

organización de guerrillas en Castilla la Vieja y la Nueva, para

oponerse á la invasión de los franceses.

--¿Querrá?

--¡Qué remedio le queda!--exclamó irónicamente San Miguel--. ¡Mientras

esté con nosotros! Esperen ustedes un momento aquí. Yo mismo voy.

Quedaron solos Aviraneta y el Empecinado.

--De manera que eres carbonario--preguntó D. Juan Martín.

--Sí.

--¿Y por qué no me lo has dicho?

--Hombre. ¿Para qué?

--Yo no he tenido secretos para ti.

Aviraneta no contestó. Esperaron cerca de una hora y al cabo de este

tiempo, volvió el ministro, un poco nervioso y sofocado, con los dos

despachos.

En el uno mandaba á los gobernadores, alcaldes y justicias del reino

que obedecieran las órdenes de D. Eugenio de Aviraneta; en el otro

nombraba comandante general de todas las columnas patrióticas que se

organizasen en ambas Castillas, con facultades extraordinarias para

crear cuerpos y premiar el mérito militar hasta coronel inclusive, á D.

Juan Martín, el Empecinado.

--Espero que harán ustedes maravillas--dijo el ministro.

--Haremos lo que podamos--replicó D. Juan Martín.

--Se acerca el momento de prueba--repuso el ministro--. Quiera Dios que

salgamos con bien. Hasta la vista, señores.

--Adiós.

Se estrecharon las manos, y D. Juan Martín y Aviraneta salieron de

Palacio.

--Iremos juntos hasta Valladolid--dijo el Empecinado.

--Bueno, iremos juntos--contestó Aviraneta.

II.

MASCARADA MILITAR

Salieron Aviraneta, el Empecinado y el _Lobo_, á caballo, con una

escolta de lanceros, y el primer punto en donde hicieron una parada

larga fué en la finca de Castrillo, de D. Juan Martín.

El Empecinado había pensado en reunir á sus antiguos guerrilleros.

Efectivamente, mandó recado á los amigos de toda la comarca: unos no

estaban en sus casas, otros habían muerto, otros no podían.

De Castrillo se pasó á Aranda, y aquí también, excepción hecha de

Diamante, Valladares y alguno que otro miliciano nacional, no acudió

nadie al llamamiento.

Los Recursos de la Astucia · 第 6 / 14 段