No se quedó tan tranquilo el alcaide de los comuneros, á quien había

escrito Aviraneta por orden del Empecinado.

El tal alcaide era al mismo tiempo jefe de la Milicia nacional, y se

llamaba Cepero, el ciudadano Cepero.

El ciudadano Cepero no hubiera sido muy temible para los absolutistas

sino hubiera tenido un hijo furioso jacobino.

Cepero, padre, hombre ordenancista y poco inteligente, suponía que las

órdenes de la Confederación de comuneros eran dictadas por grandes

sabios.

Cepero, padre, en el fondo hombre incapaz de discurrir por su cuenta,

creía lo que le decían. Tenía un almacén de harinas en el arrabal, y

era dueño de tierras, algunas procedentes de las ventas de los bienes

monacales.

Cepero, hijo, era entonces un joven de unos veintitrés años, sombrío

y ambicioso. Hubiera querido dominar el pueblo por el terror; pero no

tenía medios ni colaboradores, porque los demás liberales no pasaban

de ser pobre gente, entre la que había varios que se habían hecho

milicianos por envidia ó por utilidad.

El ciudadano Cepero supo las noticias de la persecución y fuga de

Bessieres, desde Guadalajara, por Sacedón y Priego, y que las huestes

realistas se habían dividido.

Bessieres no llegaba á contar más que con unos mil quinientos hombres.

De acercarse con las fuerzas reunidas de los cabecillas realistas,

Cuenca, con su guarnición y la milicia, no hubiera podido resistir;

pero con tan poca gente, la cosa variaba.

--Creo que le haremos frente á Bessieres--dijo Cepero solemnemente á su

hijo.

--¡Bah!--contestó éste--. ¿Usted cree que podemos contar con la

guarnición?

--Yo, sí.

--Pues está usted en un error.

--¿Por qué?

--Porque la guarnición de Cuenca está vendida á los absolutistas.

--¡Qué falsedad! ¡Qué calumnia!

--Nada de eso. Realidad. El coronel, los dos comandantes, el capitán

Lozano, el capitán Arias... casi todas los oficiales están dentro de la

conspiración; dispuestos á levantarse contra el Régimen.

Y Cepero, hijo, dió una porción de detalles que demostraban los manejos

realistas de los militares.

Cepero, padre, temía á su hijo. Este le motejaba siempre de tibio y de

moderado.

Cepero, padre, se agitó; fué á ver á los oficiales liberales de la

guarnición, reunió á la Milicia nacional y alarmó al jefe político.

XIII.

PROYECTOS

Don Miguelito, después de tener una larga conferencia con el Chantre y

con el capitán Lozano, se avistó con el comandante de la plaza, y entre

los dos discutieron varios proyectos para sorprender y apoderarse de

Cuenca. Por último quedaron de acuerdo.

La entrada de los absolutistas se verificaría por la puerta de San

Juan, y de noche.

El comandante mandaría á esta puerta al capitán Lozano con una sección,

y tendría la tropa avisada para pronunciarse y prender á los oficiales,

y desarmar á los soldados de la milicia nacional.

A las doce de la noche, Miguelito se presentaría en la puerta de San

Juan con un pelotón de soldados de caballería de Bessieres; daría el

santo, la seña y la contraseña, y pasaría adentro. Un segundo pelotón

entraría después, y por último, toda la fuerza realista.

Aunque el plan era sencillo, había que combinar muchas cosas y atar

varios cabos para ponerlo en ejecución.

Se decidió lo siguiente: á las diez de la noche se encendería una luz

en una ventana alta del palacio del obispo, y otra, poco después, en la

muralla, lo que querría decir: "Todo está preparado".

Miguelito, en compañía de Garcés, se apostaría delante del convento de

San Pablo.

En el instante que vieran las dos señales, Garcés iría á avisar al

campamento de Bessieres, y vendría con un escuadrón de lanceros.

Dirigidos por Miguelito, darían la vuelta al pueblo, pasarían el puente

de San Antón é irían á colocarse en la orilla derecha del Júcar; luego

cruzarían el río por el puente de los Descalzos, volviendo de nuevo á

la orilla izquierda, y de aquí subirían, al paso, divididos en varios

pelotones, á la puerta de San Juan. Llamarían, y al preguntar los de

dentro: "¿Quién?", contestarían con este santo y seña:

--Daniel, Cuenca y Bessieres. _Debellare superbos._

Esta frase de "debelar á los soberbios", en boca de un hombre como

Miguel, era un poco absurda.

Dicho el santo y seña, entrarían y avisarían para que pasaran las

fuerzas de Bessieres. Se apoderarían del cuartel de infantería, próximo

á la puerta de San Juan; desarmarían la milicia nacional, y prenderían

á los oficiales afectos al Régimen.

El plan era realmente fácil y muy asequible.

Pasó un día, pasaron dos, y la Junta no dió la orden de ejecución. Se

esperaba no se sabía qué. Bessieres estaba impaciente.

La causa del retraso fué que Portillo, á nombre del obispo, había

escrito á la Junta Realista de Madrid pidiendo informes acerca de

Bessieres y de su correría. Sin duda los informes no fueron del todo

satisfactorios, porque el secretario del obispo apareció de pronto poco

entusiasmado con la idea de entregar la ciudad á los realistas.

Portillo consultó con Sansirgue, y le explicó el proyecto, en el

cual D. Miguelito iba hacer el primer papel. Portillo aseguró que el

proyecto estaba mal preparado, que era sospechoso porque había quien

aseguraba que Bessieres se hallaba en relación con los masones, y que,

á no ser por no perjudicar á un amigo como Miguel Torralba, lo hubiera

denunciado al jefe político en un anónimo.

Sansirgue, al oír esto, miró á Portillo con ansiedad. El secretario del

obispo estaba impasible.

Echada la semilla, germinó pronto. Sansirgue vió que podía hacer un

servicio á Portillo, á quien consideraba omnipotente, y al mismo tiempo

satisfacer su venganza contra Miguelito, que le había perjudicado en

la carrera con sus versos _A la Canóniga_, y no vaciló. Se marchó á su

casa, se encerró en su cuarto, y, después de redactar varias veces el

aviso, escribió dos anónimos: uno al jefe político, otro al ciudadano

Cepero.

En los anónimos no omitía un detalle de cuanto tramaban los

conspiradores; citaba la lista de todos los que pertenecían á la Junta,

incluso el suyo. Este rasgo de astucia le hizo suponer que nadie

sospecharía de él. Logró también disfrazar la letra escribiendo con la

mano izquierda.

Don Víctor, que había visto ir y venir al penitenciario, ceñudo y

preocupado, por su habitación, y que sabía, casi minuto por minuto, lo

que hacía, redobló su espionaje. Sintió que estaba escribiendo. Cuando

concluyó, Sansirgue salió de su casa, se fué al palacio del obispo,

y D. Víctor esperó en la calle. Era ya el anochecer cuando salió el

penitenciario.

Don Víctor dejó el atrio y siguió á Sansirgue. Este avanzó, mirando á

derecha é izquierda, se acercó al correo y echó una carta al buzón.

Poco después volvió de nuevo á su casa, y media hora más tarde entró D.

Víctor. El capellán pasó una porción de horas de insomnio pensando qué

podía haber escrito el canónigo.

Todo le hacía creer que era algo serio é importante; las cartas

ordinarias se las llevaba Segundito, el paje; aquélla, ó aquéllas, las

había echado él, y con gran cuidado de que nadie le viera. ¿Para qué

tantas precauciones?

Al día siguiente D. Víctor fué á ver al _Zagal_, al armero de la

Ventilla.

Este era amigo de uno de los secretarios de la policía, y por él había

sabido que el complot de Miguelito acababa de ser descubierto.

Inmediatamente D. Víctor supuso que D. Juan había delatado á los

realistas.

Al llegar á casa, á la hora de comer, expuso sus sospechas á Ginés

y á la Dominica, y ésta sobre todo, rechazó con indignación tales

suposiciones.

Ginés, que no tenía grandes simpatías por el canónigo Sansirgue, dijo:

--Vamos á su cuarto cuando salga él, y veamos si queda algún indicio.

Lo hicieron así: entraron en el cuarto, y no vieron nada. Ginés, que

era un espíritu metódico, sacó la mampara de la chimenea, y vió sobre

la piedra del hogar que había unas pavesas negras. Don Víctor las cogió

con gran cuidado, y á la luz llegó á leer escritos con tinta varios

nombres, entre ellos el de Torralba.

XIV.

CABILDEOS DE DON VÍCTOR

Don Víctor quedó convencido de la delación del canónigo.

Pensó las providencias que podía tomar para evitar que á Miguelito le

hicieran víctima de la emboscada traidora que le preparaban.

Lo primero que hizo al día siguiente fué marchar á la calle de

Caballeros, á casa de los Torralbas.

Allí le dijeron que no estaba ninguno de los dos hermanos. Sin duda

Miguel no quería ser detenido antes de intentar la aventura, en la que

tenía tantas esperanzas.

Don Víctor preguntó por la madre de los Torralbas, y la habló; pero

esta señora no sabía nada ó desconfiaba de D. Víctor, y se limitó á

decir que ninguno de sus dos hijos estaba en Cuenca.

Después de comer, don Víctor se dirigió á la catedral á buscar al

Chantre.

Se acercó á la capilla de los Caballeros y se arrodilló delante de la

verja.

Esta capilla, fundada por un Albornoz, estaba trabajada en piedra

blanca, y en su portada tenía esculpidos varios atributos militares, y

en la clave del arco, un esqueleto.

En el frontispicio se leía esta inscripción, que canta el triunfo de la

muerte:

_Victis militibus mors triumphat_: Vencidos los soldados triunfa la

muerte.

Don Víctor estuvo pensando, divagando sobre esta sentencia. Contempló

las dos urnas sepulcrales de mármol, con sus estatuas de caballeros

yacentes, las pinturas de los altares; luego rezó maquinalmente, y como

el rezo no lo sentía, por su preocupación, volviéndose contempló la

nave de la catedral.

Hacía un día de sol espléndido. La luz entraba de los altos ventanales

de la iglesia y producía anchas sábanas luminosas entre las columnas

oscuras.

Don Víctor sentía negros presentimientos; una serie de ideas

angustiosas y deprimentes le sobrecogían. Se sentía como vencido,

aniquilado, descontento, sin fe en nada.

De pronto vió al Chantre, corrió hacia él y le dijo que estaba

descubierto el complot de Miguelito.

--¿Quién ha podido descubrirlo?--exclamó el Chantre.

--No lo sé.

--Voy á decírselo á Portillo.

El Chantre fué al palacio del obispo; pero encontró que había dos

agentes de la policía del jefe político paseándose por delante de la

puerta del palacio en la plazoleta.

Uno de la policía le advirtió al Chantre que no entrase.

El Chantre contó á D. Víctor lo que pasaba.

Don Víctor no quería dejar la cuestión así, y se dirigió á ver al

capitán Lozano.

Le dijeron que el capitán estaba en casa de Doña Cándida....

La tarde de primavera estaba hermosa y triste, el sol amarillo dorado

iluminaba los aleros y los pisos altos.

Don Víctor entró en la confitería de enfrente á la casa de la Sirena.

La confitera, que repartía su atención entre los dulces y el espionaje,

le dijo que el capitán Lozano estaba en la casa y que no había salido.

D. Víctor esperó horas y horas sentado junto al mostrador....

La confitera encendió una lámpara, y su luz mortecina comenzó á

iluminar la tienda; del fondo del taller venía un olor á cera, á azúcar

y á retama quemada.

En un convento una campana sonaba aguda y constante.

En la calle, el _Degollado_ cantaba, acompañado de la guitarra, la

oración de San Antonio de Padua:

Su padre era un caballero

cristiano, honrado y prudente,

que mantenía su casa

con el sudor de su frente.

Y tenía un huerto

en donde cogía

cosecha del fruto

que el tiempo traía.

La canción, la hora, el tañido de la campana entristecieron á D.

Víctor; todo aquello le recordaba su infancia, el corretear de chico

por las calles al anochecer; le sacaba á flote un poso de una amargura

interior.

El _Degollado_ seguía una tras otra sus coplas. La confitera abrió la

puerta de la tienda y dió un maravedí al ciego.

Este siguió su canto con la relación del milagro de los pajaritos:

Mientras yo me vaya á misa

gran cuidado has de tener;

mira que los pajaritos

todo lo echan á perder.

Entran por el huerto,

pican lo sembrado;

por eso te digo

que tengas cuidado.

Don Víctor sentía una tristeza tumultuosa en el fondo del alma. El

_Degollado_ se alejó, dando golpes con el bastón en la acera; se calló

la campana y no se oyó en la tienda más que el revoloteo de las moscas

entre los papeles de los dulces secos.

Eran ya cerca de las nueve, y en vista de que el capitán no salía, D.

Víctor cruzó la calle y entró en el portal de la casa de la Sirena.

Llamó, salió la doncella, la Adela, que negó que estuviera allí el

capitán; pero ante la insistencia del cura, le dijo que aguardase.

Esperó D. Víctor en el descansillo de la puerta hasta que se presentó

Lozano con su puro en la boca, con el aire de un hombre que goza de la

vida.

Era Lozano un tipo sensual, alegre, perezoso y amigo de divertirse y

de beber. Tenía unos ojos claros de perro fiel, una sonrisa afectuosa

y una actitud de hombre á quien todo le parece indiferente. Lozano era

capaz de cualquier barbaridad por inconsciencia; para él todo era fácil

y factible.

A pesar de que nadie podía ignorar su condición de borracho y jugador,

era el capitán cajero de su regimiento.

Don Víctor contó lo que sabía, y mientras hablaba apareció Doña

Cándida, á quien el capitán explicó de qué se trataba.

La _Canóniga_ no quedó nada sorprendida al saber que era Sansirgue

el denunciador de la empresa realista. Doña Cándida se manifestó

delante del capellán como muy enamorada de Lozano, y rogó á don Víctor

convenciera á su amante de que abandonara el complot.

Lozano explicó á don Víctor cómo se había preparado la entrada por la

puerta de San Juan. Si á él le relevaban al mediodía era señal de que

no se intentaba la sorpresa, y entonces él mismo se lo avisaría á don

Víctor.

Con esta seguridad, don Víctor se fué de casa de la Sirena á la suya.

Don Víctor explicó á Ginés y á la Dominica lo que ocurría. Ya

todos miraban á Sansirgue como un traidor. La Dominica, aun no del

todo convencida, fué á ver á la confitera, con quien tenía grandes

relaciones por la cuestión de las velas y cirios que se necesitaban en

los funerales, y hablaron las dos.

La Dominica se persuadió de que el canónigo era un bandido, un

verdadero Sacripante.

La Dominica, como mujer decidida y valiente, se dispuso á vigilar al

canónigo, á espiarle, y en último término, si era necesario, á luchar

con él á brazo partido hasta vencerle.

Al día siguiente salió D. Víctor, por la mañana, á decir su misa; y al

volver, la Dominica le dijo que al mismo tiempo que él, Sansirgue había

salido de casa, pasado por el correo y echado otra carta.

Don Víctor quedó asombrado y fué á buscar al capitán Lozano.

Lozano estaba en su casa de huéspedes, en la cama. Se había acostado

tarde. Le dijo al cura que por la noche había habido una serie de

cabildeos entre el comandante de la plaza, el jefe político y el de la

Milicia nacional.

El coronel había llamado á Lozano para advertirle que se aplazaba el

movimiento realista hasta nueva orden. El coronel había intentado

persuadir al jefe político que lo del complot era una fábula, y el

jefe político se hubiera persuadido á no ser por Cepero, hijo y por

dos subtenientes liberales que se habían presentado en el Gobierno

civil á denunciar al comandante de la plaza y á la oficialidad como

absolutistas, ofreciéndose ellos á prenderlos si les daban autorización.

Los amigos de Cepero, de la Milicia nacional, querían preparar un lazo

á los absolutistas.

--Dicen que se ha recibido un papel explicando las señas

convenidas--terminó diciendo Lozano--; es posible que sea de su

canónigo.

Don Víctor dejó al capitán en la cama; salió á la calle y fué á ver al

_Zagal_, al armero de la Ventilla. Este, por unos milicianos, sabía que

D. Miguelito iba á intentar de noche entrar por la puerta de San Juan,

y que, si lo intentaba, se le prendería.

Los dos directores de la Milicia que querían cazar á Miguelito eran

Cepero hijo, y un joven, Nebot.

El motivo que impulsaba á Cepero hijo era puramente patriótico; el que

arrastraba á Nebot, no.

El padre de Luis Nebot se había ido lentamente apoderando de una

posesión que la familia de Miguel tenía en Torralba.

Miguel Torralba, al encontrarse que la tierra de su familia se hallaba

ocupada por el intruso, quiso llegar á una avenencia con él, pero

Nebot, padre, dijo que no, que la finca era suya, pues había prestado

por ella lo que valía y aun más.

Miguel le hizo observar que era imposible, puesto que la finca aparecía

en el Registro de la propiedad como de su madre. Nebot, sin atenderle,

comenzó á construir una gran tapia; Miguel mandó hacer un boquete

en ella. Entonces Nebot provocó el pleito, y lo perdió en muy malas

condiciones; hubo que medir las tierras de las propiedades colindantes,

y la finca de los Torralbas, á la cual habían ido bloqueando los

vecinos, recuperó todo su antiguo terreno.

Nebot no sólo perdió sus tierras, sino la estimación de la gente de la

vecindad. El aldeano puede perdonarlo todo menos la torpeza. Aquellos

vieron que perdían los campos de que se habían apoderado por una

maniobra inoportuna. De esperar unos años la propiedad de los Torralba

hubiera prescrito.

Resuelto el pleito, la madre de Miguelito empleó gran parte de su

dinero en cercar la finca. Nebot, padre é hijo, se consideraron

enemigos á muerte de los Torralbas y se trasladaron á Cuenca, y el hijo

Luis se hizo miliciano nacional.

Querían considerar los Nebot que lo ocurrido á ellos era una de las

mayores injusticias que podían pasar en España. Cepero, Nebot y un

joven llamado Bellido dispusieron preparar un lazo á los realistas,

hacer la señal convenida para que se acercaran, emboscarse en la puerta

de San Juan, y sorprenderlos.

Cuando D. Víctor fué á su casa se discutió entre la familia del

guardián los medios para salvar á Miguelito. No se sabía dónde se

habían de hacer las señales.

Saldrían Ginés, Damián, la Dominica y D. Víctor, de noche, á buscar á

Miguelito, al azar, y á decirle, si lo encontraban, que suspendiera su

aventura.

Rondarían de lejos el camino que lleva á la Puerta de San Juan, sin

acercarse mucho, por el temor de que hubiese vigilancia.

XV.

LA PUERTA DE SAN JUAN

A las siete de la noche, después de dar de cenar al canónigo Sansirgue,

la Dominica, con su padre, Damián y D. Víctor salían del pueblo y

marchaban al arrabal.

La noche estaba obscura, pesada y sofocante; grandes masas de nubes

negras pasaban por el cielo, y, á veces, salía la luna en cuarto

creciente. Algunos relámpagos lejanos, anchos, en forma de sábanas,

iluminaban la tierra, é iban seguidos de un sordo rumor. Pronto llegó

el viento, y comenzó á murmurar, á gruñir, á zumbar, golpeando puertas

y ventanas.

Desde el arrabal, cada uno de los amigos de Miguelito se dirigió á

distinto punto. Don Víctor fué hacia el convento de San Pablo; Ginés,

por la Hoz del Júcar, y la Dominica y Damián, por la del Huécar.

A eso de las nueve, la tormenta se acercó; comenzaron á brillar los

zig-zags de las chispas eléctricas encima de Cuenca, retumbaron los

truenos inmediatamente después de los relámpagos, y descargó una de

esas lluvias de primavera, tibias y torrenciales.

Mientras las personas de casa del guardián marchaban por el campo en

busca de Miguelito, unos cuantos milicianos, al mando de Cepero hijo,

entraban por el arco de la puerta de San Juan y se estacionaban en él,

resguardándose del chaparrón.

La puerta estaba abierta, y por ella se entreveía, en las sombras el

camino, estrecho y pendiente, que va bajando á la orilla del Júcar.

Mientras los milicianos, resguardados bajo el arco, esperaban, la

tempestad envolvía con sus ráfagas de lluvia y de viento la ciudad,

asentada sobre sus rocas; el viento huracanado hacía golpear una

puerta, derribaba una chimenea, balanceaba los faroles de las calles,

colgados por cuerdas.

Don Miguelito y Garcés salieron á las diez de la noche del campamento

de Bessieres, y á las diez y media estaban delante del convento de San

Pablo.

Don Miguelito iba muy alegre y decidido, pensando en que pronto se

uniría á Asunción.

Estaban amo y criado en el cerro, al borde del barranco, cuando

Miguelito dijo que se veía luz en el palacio del obispo; Garcés no la

había visto: después se vió claramente una antorcha en la muralla.

--¡Vamos!--dijo Miguelito.

Marcharon al campamento de Bessieres.

Un escuadrón estaba preparado.

Había que dar la vuelta al pueblo, á caballo, sin llamar la atención de

los centinelas, y se dispuso que fuera uno á uno, á la deshilada.

Al pasar el puente de San Antón, Ginés Diente vió, á la luz de un

relámpago, á un lancero realista á caballo: quiso alcanzarle y

preguntarle dónde estaba don Miguelito; pero el soldado, sin oírle, de

un empellón, derribó al pertiguero.

Este se puso á gritar y á llamar; pero ya no vió á nadie. La lluvia

imposibilitaba seguir ninguna pista; el rumor del viento ocultaba el

ruido de las herraduras de los caballos, y la negrura de la noche

impedía ver nada.

Don Miguelito y su escolta se colocaron en la orilla derecha del Júcar;

luego cruzaron el río por el puente de los Descalzos, volviendo de

nuevo á la orilla izquierda.

Se esperó á que se reuniese el escuadrón; se le dividió en tres

pelotones, y á la cabeza del primero Miguelito, y á su lado, Garcés,

comenzaron á subir la cuesta hasta la puerta de San Juan.

Miguel se acercó á ella rápidamente, y dió dos golpes sonoros con el

bastón.

--¿Quién vive?--dijo Cepero.

--Daniel, Cuenca y Bessieres. _¡Debellare superbos!_--gritó Torralba.

--¡Ríndete!--dijo Cepero abriendo la puerta y avanzando.

--¿Yo rendirme? ¡Jamás!--contestó Miguel.

--¡Huye! ¡Te han vendido!--dijo una voz.

Lo que ocurrió después no se pudo poner en claro.

Algunos dijeron que los lanceros de Bessieres, con Miguelito á la

cabeza, intentaron avanzar; otros afirmaron que no hubo tal intento; el

caso fué que sonaron cuatro ó cinco tiros simultáneos, que un hombre

cayó del caballo, y que los demás, volviendo grupas, huyeron.

El hombre caído era Miguelito: lo recogieron, le llevaron al cuartel

de Infantería, y llamaron de prisa á un médico que vivía en la plaza;

otros avisaron á un cura.

Cuando llegaron, Miguel Torralba había muerto.

Al día siguiente, Bessieres levantaba su campamento y desaparecía de

los alrededores de Cuenca.

Unas semanas después, el día 2 de Mayo, volvía de nuevo, atacaba el

arrabal, y era rechazado.

En el pueblo se dijo que Cepero hijo, Nebot y el _Romi_ el gitano, eran

los que habían disparado contra Miguel.

XVI.

DESPUÉS DE LA CATÁSTROFE

La madre de Torralba soportó la muerte de su hijo con gran entereza y

resignación.

Con aquel espejismo maternal suyo, pensó que Miguel se había

sacrificado por ellos. No quería suponer que su hijo mayor tuviera más

fines que su madre y su hermano. Según ella, Miguel había entrado en el

complot de Bessieres para obtener un cargo y levantar la situación de

la familia.

Luis no intentó convencerla de lo contrario.

En la casa de la Sirena la noticia de la catástrofe llegó por Lozano, y

la Cándida tuvo la crueldad y la torpeza de divulgarla á voz en grito.

Asunción, al saberlo, sintió que el golpe tronchaba su vida. Se vistió

de luto, y no salió de casa.

Unos días después de la muerte se celebraron las exequias de Miguel

Torralba en la catedral. Asistió todo el pueblo alto, y se notó que,

entre los canónigos del coro, faltaba Sansirgue. De las señoras faltó

la Cándida.

Asunción y su abuela estuvieron en el funeral rezando, arrodilladas, en

un rincón de la capilla de los Caballeros.

Toda la ceremonia Asunción la pasó llorando, y al rezar los responsos

se escaparon de su garganta algunos sollozos ahogados.

--_Per in secula seculorum_--exclamaba el cura con voz potente,

agitando el hisopo.

--_Amen_--clamaba el coro de voces, acompañado del órgano.

Al salir la gente, se contó, y se hizo cargo de quiénes faltaban.

Quitando los nacionales del arrabal, todos los demás estaban allí.

Pasados los días ceremoniosos en que la familia no debía salir de

casa, para recibir el pésame de los amigos, D. Víctor fué á ver á Luis

Torralba y á decirle lo que sabía.

Luis le confesó que su proyecto era desafiar al joven Cepero y luego á

Nebot, á quienes culpaba de la muerte de su hermano; pero D. Víctor le

demostró que Cepero no había contribuido á la muerte de Miguel y que su

objeto se había limitado á prenderle. Cepero fué el que intentó hacer

que Miguel se rindiera, prueba clara de que no quería matarlo. Los

motivos de obrar suyos eran también nobles, porque obraba arrastrado

por su fanatismo político.

Respecto á Nebot, era un impulsivo y un bruto, á quien no había que

tomar en cuenta.

Los Recursos de la Astucia · 第 5 / 14 段