triunfo á medida que adquiría importancia; en cambio, la del capellán
de monjas era un puro vinagre. Su nariz iba adquiriendo el aspecto de
un pico, y su color verdinegro se hacía cada vez más obscuro y bilioso.
Don Víctor, que columbraba desde una de las rejas de su cuarto la
habitación de Sansirgue, comenzó á espiarle. Le veía pasear, escribir
cartas, fumar sentado en la butaca. Si el penitenciario predicaba,
sabía de dónde había tomado las frases de su último sermón, las citas
que había equivocado y los errores de concepto que había vertido.
Sabía, además, quién le visitaba y lo que hacía hora por hora.
Sansirgue era muy visitado y consultado.
El penitenciario era un hombre caído con buen pie en la ciudad. En
su confesonario las señoras hacían cola para confesarse con él; en
el púlpito había tenido gran éxito. Se le consideraba como orador de
fuerza. Era de los predicadores que gritan y apostrofan, y que son los
más admirados. El público de los sermones no acepta más que el sermón
almibarado ó el colérico, y, generalmente, éste le gusta más.
Sansirgue extremaba su nota colérica; era de los declamadores
dionisíacos, insultaba, amenazaba, arrastraba por el fango á sus
oyentes, sobre todo á las mujeres, para quienes manifestaba su mayor
desprecio.
La figura tosca y plebeya de aquel hombre, sus gritos, sus apelaciones
á la cólera divina entusiasmaban. Cuando golpeaba el púlpito con
sus manos de patán y pintaba los horrores del infierno, las mujeres
suspiraban y se oían lamentos y quejidos ahogados en el ámbito de la
catedral.
Este sentido de esclavitud, propio de la mujer y más de la mujer
católica, hizo que las señoras de Cuenca se entusiasmasen y se
acercasen con admiración á aquel ensoberbecido patán.
Uno de los sitios donde fué presentado y recibido con entusiasmo
Sansirgue fué en casa de Doña Cándida, la madrastra de Asunción.
El penitenciario, al conocer aquella mujer, vió pronto su flaco.
Poseía Sansirgue esa sagacidad que los hombres de iglesia, y sobre
todo los jesuítas, han desarrollado en la práctica del confesonario;
tenía también la mala opinión que los curas tienen casi siempre de las
mujeres, opinión que según los bromistas proviene de la comunidad de
faldas.
La intimidad entre Doña Cándida y Sansirgue fué haciéndose mayor; el
penitenciario tomó la costumbre de ir á la casa de la Sirena todos
los días por las mañanas y después al anochecer, y por la puerta del
callejón, para que no le viesen.
No era seguramente raro ni extraño en un pueblo de clerecía el que un
cura visitara á una señora rica, ni aun siquiera que la galantease;
lo que sí pareció extraordinario fué que inmediatamente se comenzara
á murmurar y á contar mil cuentos en todo el pueblo de las relaciones
entre Doña Cándida y el canónigo.
La causa de una expansión tan rápida de la maledicencia se debió á una
vecina y antigua amiga de la Cándida, que tenía una confitería frente
por frente de la casa de la Sirena.
La confitera había prestado al abuelo de Asunción, D. Diego Cañizares,
por dos veces, cinco mil pesetas en hipoteca sobre la casa de la Sirena
en pacto de retroventa, y ya la miraba como suya.
El tener la hermosa casa de piedra sillería delante había dado á la
confitera una gran ambición de poseerla. Había hecho sus proyectos
de trasladar su establecimiento á casa de la Sirena, ensanchar el
taller y alquilar los pisos altos. Este plan, acariciado días y noches
con tenacidad en la calma de la vida provinciana, se frustró y se
desvaneció al casar D. Diego á su hijo con la Cándida.
El _Zamarro_ proporcionó el dinero necesario para levantar la hipoteca,
y su hija se quedó á vivir en casa de la Sirena.
Desde entonces la confitera dedicó á su antigua amiga el más
profundo odio; consideraba que le había robado la casa. De la rabia,
enflaqueció, palideció, quedó hecha un espectro.
La confitera comenzó á tratar á su marido, que era un pobre calzonazos,
alto y triste, á puntapiés.
Por envidia y por celos, día y noche se puso á espiar á la Cándida
desde el fondo de la tienda y desde las ventanas de su primer piso.
La veía vestirse, peinarse, adornarse; aquilataba los detalles más
pequeños de la indumentaria y del tocado. La Cándida no sospechaba que
en la casa de enfrente latiera un odio tan profundo contra ella.
En estos pueblos tranquilos, donde pasan pocas cosas ó no pasa nada,
fermenta el odio y la envidia con una enorme virulencia.
En la vida de las ciudades y de los pueblos pequeños apenas se da un
caso de amor fuera de inclinación sexual; en cambio el odio inmotivado
crece con una lozanía extraordinaria.
El ingenuo que descubre este fondo de odio se pregunta: ¿Qué motivo
puede haber para ello? Ninguno. El motivo de existir otros hombres y
otras mujeres es suficiente.
Es curioso cómo se odia en los pueblos, y cómo, debajo de la farsa
cristiana de la caridad y del amor al prójimo, aparece de la manera
más descarnada y terrible la envidia y el odio. Probablemente, sólo la
vanidad y el deseo de lucir pueden mitigar este odio nacido del fondo
del hombre.
La exaltación de las pasiones sociales es, sin duda, lo único que ha de
moderar el egoísmo.
La mayor posibilidad de que el rico propietario sea un tanto humano es
que se sienta vanidoso. Así, si tiene hermosos caballos, querrá que los
vean los demás; si posee un bello parque, hará que la gente lo pueda
contemplar; en cambio, el buen rico, cristiano, modesto y no vanidoso,
cerrará su huerto con una alta tapia, y además la erizará de pedazos de
cristal.
Hay que reconocer que esta predicación cristiana, con su palabrería
mística, al cabo de veinte siglos no ha conseguido no ya que los
hombres se amen un poco los unos á los otros, sino ni siquiera que esos
pobres ricos cristianos no pongan unos agudos pinchos y unos hermosos
cristales en las tapias de sus propiedades para desgarrar las manos de
los rateros y de los vagabundos que intenten coger una fruta.
En los pueblos donde no hay apenas pasiones sociales el odio y la
envidia predominan.
Si se pudiera recoger la oleada de rabia y de rencor contenida en
una aldea ó en una ciudad pequeña, se quedaría uno asombrado. En las
grandes ciudades hay, sin duda, más vicios, más irregularidades y
anomalías; pero tanta cantidad de odio, tanta virulencia, imposible...
Las dos personas que olfatearon al momento la intimidad de la Cándida y
Sansirgue fueron las dos personas que más les odiaban: la confitera y
don Víctor.
La confitera contó á todo el mundo lo que había visto: las entradas en
la casa, á escondidas, de Sansirgue; las cartas que se cruzaban entre
la viuda y el canónigo, las golosinas, y sobre todo, la cantidad de
anisete y de licores que llevaba Adela, la doncella, para su ama.
La confitera propaló la voz de que Doña Cándida era aficionada al vino
y á los licores. Una semana después, todo el mundo en Cuenca llamaba á
la Cándida la _Canóniga_, decía que era borracha y que estaba enredada
con el penitenciario.
Años antes había habido una obispa; luego, una capuchina; después, una
vicaria, y por último, una canóniga.
Para pueblo de clerecía, no era mucho.
IX.
UN ROMANCE ANÓNIMO
Desde que Miguelito cambió de vida y formalizó sus relaciones con
Asunción iba con mucha frecuencia á ver al cura D. Víctor y á charlar
con él.
Los amigos del ex calavera lo habían abandonado, y tomaron como cabeza
del grupo al capitán Lozano, un jugador empedernido, borracho, alegre é
inconsciente.
El escudero Garcés vagaba por Cuenca, como alma en pena, sin saber qué
hacer, y cuando estaba muy apurado pedía á su antiguo amo un par de
pesetas para ir pasando.
Don Miguelito y D. Víctor hablaron varias veces de lo que se empezaba á
murmurar de la Cándida y del penitenciario.
Miguelito se alarmaba pensando en su novia, colocada entre el odio de
la madrastra y de la abuela. Suponía que cualquier día Doña Gertrudis
iba á provocar un escándalo á la _Canóniga_.
Don Víctor se dedicó á espiar á Sansirgue. Lo consideraba peligroso.
Desde su cuarto podía oírle, y desde la reja verle á través del patio.
Conocía los hábitos del canónigo.
--_Latet anguis in herba_--decía D. Víctor, y pensaba que aquella
serpiente escondida entre la hierba había de hacer algún daño y
producir grandes males.
Un día D. Miguelito contó á su amigo D. Víctor que doña Gertrudis había
tenido al fin una explicación borrascosa con la Cándida.
En su disputa se dijeron las dos cosas muy duras. D. Víctor, en parte
por mala intención, y también por favorecer á su amigo, escribió
un romance, del que pensó hacer tres copias, y mandarlas una á la
Cándida, otra al obispo y otra á Sansirgue. El romance se llamaba _A la
Canóniga_, y empezaba así:
En un caserón vetusto
más alto que la Mangana,
más negro que un solideo
y un escudo en la fachada
con un sol, una sirena,
dos dardos y una granada,
una vieja pergamino,
siete lustros en cada anca,
echando lumbre los ojos
y temblándole la barba,
á su zamarresca nuera
enderezó esta soflama:
"Nunca fueron tradiciones
de las fembras de mi casa
servir en la clerecía
á tenor de barraganas.
Nunca doncellas ni viudas,
ni casadas, sin ser santas,
fueron _viribus et armis_
sin gracia canonizadas.
Non son los limpios blasones
de vieja estirpe _fidalga_
el contar en ella obispas,
canónigas ni vicarias".
Después de largas insinuaciones malévolas, en que aparecían D. Juan y
la _Canóniga_, concluía diciendo la vieja á su nuera en el romance del
cura:
"Marchad, señora canóniga,
al cabildo ó á la tasca,
que si no os marcháis aína
yo os echaré noramala".
Terminado y corregido el borrador, D. Víctor hizo las tres copias,
desfigurando la letra, las escribió en trozos de papel antiguo, y las
envió al obispo, á la Cándida y al penitenciario.
Al día siguiente se puso á estudiar el efecto.
El canónigo volvió de la catedral tarde; estaba preocupado. Después de
comer no salió de casa, y anduvo paseando arriba y abajo por el cuarto.
Sansirgue, al leer el romance, quedó al principio atónito; después se
puso á cavilar quién podía ser el autor de estos versos.
Su instinto le decía que aquel papel provenía de algún clérigo.
¿Pero de quién? No tenía ningún enemigo, no conocía tampoco á nadie
aficionado á satirizar en verso á la gente. El que había escrito
aquéllos había, sin duda, leído é imitado los romances de Quevedo.
El autor de _A la Canóniga_ demostraba una malevolencia grande, cierta
facilidad de pluma que no tenían sus colegas, y un desprecio por el
clero poco natural.
Por exclusión, vino á creer Sansirgue que el autor del romance era
Miguelito Torralba. No podía comprender una imprudencia así en D.
Miguelito. Sin embargo, no encontraba otro á quien achacar la culpa.
Miguel había escrito antes _Las Comadres de Cuenca_ en el mismo estilo;
él, sin duda, era el autor de los versos _A la Canóniga_.
Sansirgue quedó preocupado y asustado. Al mismo tiempo sintió un feroz
instinto de vengarse.
Se veía cazado como un conejo; comprendía que había dado un mal paso,
que su carrera podía truncarse. Como buen plebeyo ansioso de una
posición elevada, temblaba pensando en la opinión ajena, y este miedo
le excitaba más la furia vengativa.
¡Ah! ¡Si hubiera conocido al autor! ¡Se hubiera lanzado á él á
deshacerlo, á pulverizarlo! D. Juan supo que la Cándida había recibido
un papel igual, y Portillo el secretario del obispo, amigo de
Sansirgue, le entregó, sonriendo con cierta sorna, otro.
El penitenciario estuvo ocho días inquieto, entregado al miedo, á la
desesperación y á la ira. D. Víctor le oía pasear arriba y abajo, como
un lobo en la jaula.
Sansirgue dejó de ir á casa de la viuda: temía mucho que ésta hiciese
alguna tontería comprometedora; pero la Cándida discurría como mujer,
y como mujer solicitada y guapetona; y al ver que el canónigo la
abandonaba aceptó los homenajes del capitán Lozano, el jefe de los
calaveras del pueblo, y sustituto en este transcendental puesto de D.
Miguelito.
Sansirgue, que no tenía afecto ninguno por la viuda, se alegró.
--La viuda se entiende con el capitán--le dijo Portillo á Sansirgue,
unos días después--. Aproveche usted esta conyuntura. Escríbala usted,
hágase usted antipático á ella, y luego visítela usted.
Sansirgue escribió un anónimo á la Cándida, acusándose á sí mismo de
que hablaba mal de ella.
A los pocos días la hizo una visita. La Cándida le recibió muy
mal y Sansirgue salió cariacontecido. En varios sitios manifestó
hipócritamente su tristeza al ver que no había podido llevar por buen
camino á la viuda, y mucha gente lo creyó.
X.
LA JUNTA REALISTA
Cuando en 1822 se fué viendo en España el fracaso y la debilidad del
Gobierno Constitucional, comenzaron á formarse juntas absolutistas en
casi todas las capitales de provincia.
En Cuenca se constituyó la Junta Realista en el obispado. El obispo, un
viejo raído y rapaz, puso la diócesis á contribución; recibió dinero
de la provincia y de fuera, y guardando parte, entregó cincuenta mil
reales para los primeros trabajos de los realistas puros.
El secretario Portillo comenzó la organización de la Junta, de la que
formaron parte los canónigos Salazar, Gamboa, Perdiguero, Sansirgue,
Trúpita y Sagredo.
Todo el clero y las personas visibles de la ciudad se adhirieron á la
Junta.
La ciudad alta, en bloque, se manifestó absolutista y enemiga del
Gobierno; en el arrabal se experimentó cierta agitación entre los
constitucionales que se desvaneció en figuras retóricas de la época.
Como el obispado y el clero temían la responsabilidad, en caso
de fracaso, la Junta delegó sus poderes en tres representantes ó
testaferros que se pondrían en comunicación con la gente.
Después de muchas vacilaciones fueron nombrados: el Chantre, brazo de
Portillo, para entenderse con el clero; D. Miguelito, para avistarse
con el elemento civil, y el capitán Lozano, para el militar.
Esta comisión comenzó á funcionar y á reunirse en una casa antigua
medio arruinada de la calle de los Canónigos, en cuya puerta, en el
dintel, se leía una hermosa inscripción en letra gótica. Esta casa
había pertenecido al Arcipreste de Moya.
La comisión terminó sus gestiones rápidamente; y en la segunda sesión
de la Junta Realista, celebrada en el obispado, cada uno de los
delegados explicó sus trabajos.
El Chantre dijo que había recibido más de quinientas cartas de curas de
pueblo dispuestos á lanzarse al campo, formando partidas. Aun pensaba
que llegarían á más las adhesiones.
El obispo prometió dar otros cincuenta mil reales para que se compraran
armas, y que además, dirigiría una pastoral comunicada á los curas de
la diócesis.
Después del Chantre, D. Miguelito explicó su gestión. Excepto el jefe
político, todos los demás empleados estaban dispuestos á derribar el
Régimen constitucional.
--Las condiciones que ponen son éstas--señaló Miguel--: El contador de
la policía quiere ser ascendido á comisario ordenador; el Cachorro,
Salinier y Alaminos dicen que fiarán el dinero necesario si se les
nombra después intendentes de ejército; José Auzá aspira á ser
contador de la policía; el armero de la Ventilla, el _Zagal_, dice
que proporcionará armas á los voluntarios si le conceden el retiro de
sargento á que tiene derecho; los demás empleados y paisanos adheridos
están en esta lista cada cual con sus condiciones.
Después de D. Miguelito habló el capitán Lozano. Este no había
tenido dificultades: la guarnición se hallaba dispuesta á pasarse
al campo realista desde el momento que hubiese garantías de éxito.
Las condiciones eran: el coronel sería ascendido á general; los dos
comandantes del batallón, á jefes de brigada; los capitanes Lozano,
Arias y Vela, á comandantes; los tenientes, á capitanes, y los
sargentos, á oficiales.
Aprobados en la Junta los trabajos de los delegados, siguieron éstos
maniobrando; el pueblo lo tenían por suyo: los dos secretarios de
policía y los tres celadores obedecían á la Junta Realista más que al
jefe político.
El pueblo entero estaba preparado para levantarse contra el Gobierno á
la primera señal.
XI.
UN SERMÓN DE SANSIRGUE
Siendo éste el espíritu de las personalidades de Cuenca, no era de
extrañar que la plebe fanática y brutal se encontrase soliviantada.
Al saberse la expedición de Bessieres y de los demás cabecillas
realistas hacia el centro de España, la gente se alborotó.
Contribuía á ello la época, que era de Cuaresma, y la cruzada que
los curas, y sobre todo los frailes, hacían desde los púlpitos y
confesonarios.
Era una oratoria de energúmenos la que utilizaban los frailes en
sus sermones: gritos, pasmos, insultos, chocarrerías, absurdos,
todo se consideraba como buen medio para atacar el liberalismo y la
Constitución.
Cuál sería el sistema de predicación frailuna, que los curas más
fanáticos quedaban como tibios y poco fervorosos en la defensa de las
prerrogativas del trono y del altar.
El secretario Portillo, que no encontraba bien que el clero secular
fuese así oscurecido por el regular, encargó al canónigo magistral
Gamboa pronunciara un sermón enérgico. El magistral quiso hacerlo; pero
le faltaban medios oratorios: tenía la voz seca, el ademán frío, y el
público no se entusiasmó con su oración.
Entonces Portillo encargó á Sansirgue otro sermón, recomendándole diera
la nota aguda.
--Aunque se comprometa usted un poco no le importe--dijo Portillo--. El
Gobierno no se atreve con nosotros.
--No le tengo miedo.
--Puede usted desmandarse impunemente. Hágalo usted así como si las
frases se le escaparan á usted involuntariamente, _ex abundantia
cordis_. Le conviene esto. Con la alocución la gente olvidará las
hablillas de las que doña Cándida y usted han sido víctimas.
Esta palabra víctimas, el secretario del obispo la recalcó con cierta
ironía.
Sansirgue aceptó el pensamiento de Portillo y se puso á preparar
su plática, tomando párrafos de aquí y de allí, en la colección de
sermones que guardaba Chirino. Escribió el comienzo y el final de su
discurso y se los aprendió de memoria.
El secretario hizo correr la voz por el pueblo de que el sermón del
penitenciario produciría gran efecto, y el domingo el público llenó la
catedral.
Don Víctor fué de los que con más atención contempló á su orgulloso
compañero de hospedaje. Estaba con Miguel y Luis Torralba cerca de una
columna de la nave central.
Subió Sansirgue las escaleras del púlpito con un aire de orgullo, de
terquedad y de dominio.
--Es un patán que va á trabajar al campo--dijo D. Víctor--no el
inspirado que se dispone á hablar al pueblo desde la montaña.
Comenzó su discurso Sansirgue con una voz ronca y áspera que quería ser
insinuante. No dominaba bastante la técnica oratoria para redondear los
períodos, ni se valía con oportunidad de los silencios estudiados y
sabios, ni tenía ademanes sencillos; no sabía hacer un sermón de orador
artista, pero estuvo relativamente bien.
Rezó después, y al levantarse comenzó la segunda parte del discurso.
Se vió aquí que ya no repetía lo aprendido de memoria, sino que
improvisaba. Las oraciones salían á veces cojas y defectuosas, las
repeticiones abundaban; pero la temperatura del sermón subía y
llenaba la nave de la catedral. La cólera daba elocuencia y fuerza al
penitenciario. Su voz se había entonado, caldeado, y vibraba en el
ámbito de la iglesia como una trompeta guerrera.
Dijo que los liberales eran ateos, sacrílegos, impíos, vasos de
todo crimen é impureza, dignos de los mayores tormentos, serpientes
venenosas, perros sarnosos; que la Filosofía era la ciencia del mal,
que con los impíos no se debía tener unión ni en el sepulcro.
Pintó á los liberales como monstruos que se acercaban traidora y
cobardemente á atacar el trono y el altar, y exhortó á los fieles á que
salieran á la defensa de los sacrosantos principios de la Religión y de
la Monarquía con todos los medios y con todas las armas.
Esta segunda parte de su oración la dijo Sansirgue con una violencia
extraordinaria, gritando y levantando los brazos al cielo, dando
puñetazos al borde del púlpito. Parecía que quería clavar sus ideas á
golpes de martillo en la cabeza de los fieles.
Sansirgue, después de esta hora de gritos é improperios, sudaba
y estaba sofocado. Su silueta fuerte y sanguínea aparecía roja y
congestionada en el púlpito.
Concluída su catilinaria, el canónigo tuvo un largo silencio y siguió
de nuevo el sermón, ya con voz suave y cansada; comentó la frase
del padre Alvarado, el filósofo rancio: "Más queremos errar con San
Basilio y San Agustín que acertar como Descartes y Newton"; y afirmó
que la verdad en boca de un filósofo liberal es siempre el error y la
impostura, y el error en boca de un ministro del Señor puede ser la
verdad. Con esto y una invocación á la Virgen acabó su discurso y bajó
del púlpito.
Don Víctor, á pesar de su enemistad, no pudo menos de reconocer que
el sermón de Sansirgue era el que se pedía en aquel momento. Todo el
mundo decía que el penitenciario había estado admirable; los hombres se
sentían entusiasmados y las viejas encantadas.
--Si alguien ahora recuerda lo de la _Canóniga_ se le tendrá por
liberal--saltó Luis Torralba.
--Ah, claro--dijo D. Víctor.
--Es una bonita manera de discurrir--añadió Luis--. Le dicen á uno: "Tu
héroe es liberal, pero es un ladrón y lo voy á probar." Es que tú eres
absolutista. "Tu héroe es absolutista, pero es un bandido." Es que tú
eres liberal.
--Qué quieres--murmuró D. Víctor--. El pueblo discurre así; tiene que
ser amo ó esclavo, y si alguien independiente se le pone en el camino á
decirle la verdad lo odia y lo desprecia.
--La Iglesia en ese sentido debe ser también muy pueblo--dijo Luis
Torralba.
Don Víctor refunfuñó y no replicó nada claro.
XII.
LA ALARMA DE BESSIERES
Cuando Jorge Bessieres vió cerrado el camino de Madrid y sus tropas
dispersadas, decidió separarse de los demás cabecillas y tomar, á poder
ser, una importante plaza fortificada. Cuenca era la que estaba en
mejores condiciones para un golpe de mano, y á ella dirigió sus miras.
Bessieres se enteró de que existía en Cuenca una Junta realista, y la
envió un oficio dándole cuenta de sus planes.
Este oficio lo recibieron el Chantre, Miguelito y el capitán Lozano, y
lo tomaron en consideración.
Al mismo tiempo, O'Donnell oficiaba al jefe político comunicándole la
dirección que llevaba Bessieres, y Aviraneta por orden del Empecinado
enviaba una carta al alcaide de comuneros de Cuenca, explicándole con
detalles la huída de Bessieres, de Priego y de Huete, y advirtiéndole
que llevaba pocas fuerzas.
Por tres conductos y á tres centros diferentes llegó la noticia de la
alarma de Bessieres.
Los representantes de la Junta realista decidieron mandar un aviso al
cabecilla francés, indicándole que al acercarse á Cuenca se avistarían
con él y verían la manera de que los realistas se apoderaran de la
ciudad.
Pensaron en enviar un propio; pero Miguelito dijo que era mejor se
presentara él al general realista.
Miguelito así lo hizo; inventó un pretexto para no alarmar á la
familia y á la novia, y de noche, á caballo, escoltado por Garcés el
_Sevillano_, que se había vuelto á reunir con él, se presentó en el
campamento del francés.
Bessieres le recibió muy amablemente; Bessieres debió quedar bien
impresionado del aire de seguridad y de dominio de Miguelito, y le
habló como á un hombre que venía á proponerle una cosa importante.
El advenedizo francés tenía simpatía por la gente improvisada, y
creyó encontrar en Torralba un buen auxiliar, un hombre como él, sin
prejuicios ni supersticiones de moral.
Bessieres le dijo á Miguelito que volviera á Cuenca y le trajera un
plan bien meditado para apoderarse de la ciudad. Si lo conseguía, haría
que inmediatamente se le nombrara capitán y que al año fuera comandante.
Don Miguelito volvió entusiasmado á Cuenca y lleno de grandes
esperanzas. Se reunió en seguida con el Chantre y con el capitán
Lozano, y entre los tres comenzaron á hacer gestiones para madurar un
plan. Luis Torralba, al saberlo, desaprobó la actitud de su hermano.
--¿Has sido liberal y ahora por conveniencia vas á tomar partido con
los absolutistas? Me parece mal, muy mal.
Miguel quiso explicar su conducta; pero esto era explicar lo
inexplicable.
El jefe político, al conocer la noticia de la aproximación de
Bessieres, llamó al comandante de la plaza, y al decirle éste se
redoblaría la vigilancia, se tranquilizó.