pero se había enterado tan perfectamente de las opiniones y doctrinas
del autor, que desde entonces podía pasar por un erudito.
Su hija Dominica regañaba á su padre por su afán de leer.
--No sé para qué lee usted tanto, padre--le decía--. Deje usted eso á
los que saben.
--Los que saben son los que leen--contestaba Ginés--; sean canónigos ó
pertigueros.
Ginés era viudo; la Dominica, su hija, estaba casada con un carpintero,
constructor de ataúdes.
La Dominica, la guardiana, mujer muy morena, juanetuda, fea, con una
fealdad simpática, tenía unos ojos grandes, negros, muy expresivos y
una sonrisa de bondad. Era muy activa y trabajadora y más fuerte que un
hombre.
La Dominica se ocupaba de limpiar la iglesia, y tenía también el cargo
de funeraria. Ella se entendía con la familia del muerto para disponer
cómo había de ser la caja, el coche, el número de hachones y la
importancia del funeral, que se clasificaba en de tercera, de segunda,
de primera, solemne y solemnísimo.
La guardiana revelaba un gran espíritu de dominio. Casada á los treinta
años, cuando todo el mundo creía que ya no se casaría, no había tenido
hijos. Su marido, el carpintero constructor de ataúdes, era un buen
hombre, fantástico y un tanto borracho.
La Dominica, sentía gran amor por la catedral y por todo lo que tuviese
relación con ella.
A los canónigos que hospedaba en su casa los trataba como á hijos.
Hablaba constantemente del canónigo Chirino, cuya ciencia y virtud
habían quedado como legendarias.
El buen señor éste era tan inútil para las cosas de la vida, que no
sabía atarse un botón, afilar un lápiz ó tallar una pluma.
La Dominica había sido el factótum de Chirino y del canónigo Rizo. Les
atendía, les ordenaba como si fueran chicos.
Una necesidad de mando tal no era cosa muy cómoda para la guardiana,
porque la obligaba á trabajar como una negra.
Todo lo contrario de ella se manifestaba Damián, su marido, el
constructor de ataúdes. Este era vago, poltrón, ocurrente, y siempre
estaba inventando pretextos para dejar el trabajo é ir á la taberna.
El ser, además de carpintero, relojero de la catedral le permitía andar
siempre de un lado á otro.
Damián era chiquito, moreno, de cara muy correcta, pero de una
expresión de rata. Era hombre de gran paciencia, domesticaba pájaros y
toda clase de bichos. Tenía un cuervo, Juanito, que hablaba mejor que
algunos hombres y que le conocía, y un gato negro, con ojos de oro, á
quien Chirino había bautizado con el nombre fenicio de Astaroth.
Este constructor de ataúdes solía ir á veces con Juanito en un hombro
y Astaroth en el otro á beber con un compadre sepulturero, con quien
tenía grandes amistades.
--A mí que no me den un armario ni una mesa que hacer--decía Damián á
sus amigos cuando estaba inspirado--; lo que más me llena es hacer una
caja fúnebre. Hay que ver la cantidad de filosofía que hay dentro de un
ataúd... ¡ja... ja!
--¡Bah! No tanta como en una sepultura--saltaba el sepulturero su amigo
que quería poner también muy en alto su profesión.
--¡Más, mucho más!--replicaba el carpintero dulcemente hundiendo su
mirada en el oscuro amatista de un vaso de vino--. Yo, cuando veo las
tablas que traen á mi taller, pienso: esto era un árbol que estaba en
un bosque... ¡ja... ja!..., y en ese bosque había pájaros, alimañas,
leñadores, serradores, y estos árboles los había plantado alguno. ¿Los
había plantado alguno, ó habían crecido solos? No se sabe... ¡ja...
ja!... ¡Qué filosofía! ¡Y los clavos! Estos clavos, que al clavarlos
con el martillo la familia del difunto cree que suenan de otra
manera... ¡ja... ja! ¡Superstición! ¡Superstición! Estos clavos los han
trabajado en una fragua, donde saltaban chispas; han sacado el metal
de una mina, donde andaban los hombres como los topos... ¡ja... ja! ¿Y
la tela? Esa tela negra que se va á descomponer en la fosa, ¿de dónde
viene? Viene de un telar, de una fábrica que quizá es un hormiguero...
de gente trabajadora... ¡Qué filosofía tiene esto! ¡Ja... ja... ja, ja!
Y Damián se reía, con una risa mecánica y triste.
--A mí si me sacan del ataúd, soy hombre muerto--añadía.
--Como á mí, si me sacan de la sepultura, no sé qué hacer, no le
encuentro encantos á la vida--aseguraba el sepulturero.
--En esto nos diferenciamos del resto de los hombres, á quienes pasa
todo lo contrario... ¡ja... ja... ja!--exclamaba Damián.
--Somos gente superior--añadía el sepulturero.
--Es que nuestros oficios tienen más fondo, más filosofía. El fondo de
una fosa. ¡Hermoso fondo! ¿Vas á tener tú la insustancialidad de un
peluquero? No. ¿Voy yo á compararme con un sastre? Tampoco. El hace una
envoltura pasajera; yo no, yo la hago definitiva... ¡Ja... ja! ¡Qué
filosofía tiene esto!
Damián sentía tanto entusiasmo por los ataúdes, que echaba la siesta
dentro de uno de ellos, vigilado por Juanito y por Astaroth.
El enterrador admiraba á Damián. En cambio su mujer, la Dominica, le
despreciaba y le dirigía constantemente una lluvia de sarcasmos, que él
oía indiferente.
En la casa del pertiguero lo más transcendental era la habitación del
señor canónigo. La Dominica fregaba todas las semanas el suelo, y en el
verano todos los días; limpiaba los cristales, sacudía los colchones y
la alfombra, y pasaba el plumero por los libros.
La habitación del canónigo, la mejor de la casa, era espaciosa y clara.
La luz entraba en ella por un gran balcón y por una ventana pequeña.
Esta ventana pequeña daba hacia la Hoz del Huécar que se veía sobre
el solar de una casa derruída convertida en huerto. El huertecillo,
limitado por cuatro tapias cubiertas de hiedras, estaba lleno de zarzas
y de rosales silvestres.
Tenía la habitación una chimenea de piedra con el hogar cubierto
durante el verano por una mampara de papel vieja, con una estampa en
colores desteñida, y dos bolas de cristal azul.
En un ángulo estaba la cama, de madera, con colgaduras verdes
descoloridas, y en las paredes, un armario de varios cuerpos, también
con cortinas. El suelo era de ladrillos grandes, rojos, que se
desmoronaban, y la pared, tapizada de un papel dorado, con arabescos
negruzcos.
Esta habitación canonical tenía seis sillas de damasco, ya tan ajadas,
que apenas se podía notar su primitivo color, y un canapé de paja,
con un almohadón rojo, completamente desteñido. Delante de la ventana
pequeña, por donde el sol entraba al amanecer, había una vieja mesa
tallada, y junto á ella, un sillón frailero con clavos dorados.
Allí el canónigo Chirino pasó toda su vida dedicado á la lectura,
mientras Astaroth, acurrucado, le contemplaba con sus ojos de oro.
Unicamente al atardecer solía asomarse al balcón á contemplar las rocas
de la Hoz del Huécar, que se veían desde allá, y á oír las oraciones
del _Degollado_, á quien solía echar una moneda. La Dominica conservaba
la habitación siempre limpia, pero no podía luchar con la polilla que
corroía sus viejos muebles, ni con el olor á rancio que exhalaban los
volúmenes alineados en los estantes.
En vida de Chirino uno de los muebles más curiosos de su despacho era
un gran reloj, que cuando murió el canónigo pasó al taller de Damián.
Este reloj de pared tenía música y varias figuras que aparecían al dar
las horas. En el péndulo, Caronte se agitaba en su barca, y en la orla
de bronce que rodeaba la esfera, se leía: _Vulnerant omnes, ultima
necat_. Damián, el marido de la Dominica, había arreglado el reloj y
hecho que se movieran las figuras. Estas eran un niño y una niña, un
joven y una doncella y un viejo y una vieja seguidos de la Muerte,
representada por un esqueleto con su sudario blanco y su guadaña.
Cuando desaparecían las edades de la vida seguidas de la Muerte, se
abría una ventana y aparecía la Virgen. Al mismo tiempo que estas
figuras pasaban por delante de la esfera del reloj sonaba una música
melancólica de campanillas.
Damián, que había visto el reloj parado, lo llevó á su taller, lo
desarmó, lo volvió á armar y consiguió que marchase, que se moviesen
los muñecos automáticos y funcionase la sonería.
Chirino le dijo que al morir él, le dejaría el reloj como recuerdo,
y, efectivamente, cuando desapareció el canónigo, Damián se apoderó
del reloj y lo llevó al cuarto pequeño próximo al portal donde solía
trabajar.
Damián se encontraba en aquel cuarto satisfecho; el ataúd grande donde
solía dormir la siesta, el armario con los ataúdes pequeños, el cuervo,
el gato negro y el reloj; no podía pedir más. A no estar enterrado de
verdad no era fácil alcanzar un mayor grado de perfección funeraria.
Siempre que pasaba por delante del reloj del canónigo Chirino,
Damián lo contemplaba con entusiasmo. Las guirnaldas de calaveras y
tibias, entre flores, su carácter macabro y la salida de la Muerte
le entusiasmaban. Se le antojaba una de las más bellas y geniales
ocurrencias que podía haber salido de la cabeza de un hombre.
Le habían dicho lo que significaba el letrero en latín, y le parecía
admirable. _Vulnerant omnes, ultima necat_: Todas hieren; la última,
mata.
El constructor de ataúdes repetía la frase sonriendo, con un tono de
salmodia triste como un cartujo el: Hermano, morir tenemos.
Damián, y quizás también su cuervo, se extasiaban pensando en la
profundidad de aquella sentencia.
* * * * *
Al llegar el penitenciario Sansirgue á ver la casa, le parecieron
las condiciones de la Dominica muy buenas, y decidió quedarse allá,
encargando á la guardiana que quitara dos ó tres armarios para dejar
más espacio en el cuarto.
Sansirgue examinó los libros de Chirino, vió muchos volúmenes de
Historia, Cánones y Teología, que no le interesaban, y tomos de
colección de sermones de predicadores célebres.
Estos libros estaban señalados y anotados, así que era muy fácil y
cómodo consultarlos.
Siguiendo las indicaciones del penitenciario, que hizo una selección
rápida, se quitaron tres cuerpos del armario, y se llevaron los libros
en cestos á un cuarto interior.
Hecho el traslado pedido, Sansirgue se instaló en la casa. Por diez
reales al día la guardiana le daba la comida, la ropa y el fuego en el
invierno. El penitenciario comería aparte de la familia, en la sala, y
los domingos tendría un plato extraordinario.
Segundito, un sobrino de Ginés, estudiante de cura, serviría al
canónigo de paje para llevar cartas y hacer los recados.
VI.
DON VÍCTOR
Además de Ginés el pertiguero, de la Dominica y de su marido, el
constructor de ataúdes y relojero, vivía en la casa el cura amigo de
Miguel Torralba. Este cura, sobrino de la mujer de Ginés, se llamaba D.
Víctor, y era capellán de un convento de monjas.
Don Víctor, á pesar de ser estudioso y listo, no había prosperado,
quizás por falta de simpatía, quizás sencillamente por mala suerte.
Era D. Víctor hombre pequeño, moreno, muy vivo de movimientos y de
ademanes.
Había estado algún tiempo en Madrid, hecho un viaje á Roma, y durante
algún tiempo había sido secretario del obispo de Plasencia.
Era el capellán hombre inteligente, trabajador, austero, á quien la
injusticia había hecho quisquilloso. Se había encontrado siempre
postergado, humillado, y en la lucha por la vida, adquirió una actitud
de agresividad, más ó menos velada, poco simpática á sus superiores.
Ya en su época de estudiante se distinguió por sus protestas contra
sus profesores, imbéciles; luego tuvo que servir y obedecer á obispos
orgullosos é ignorantes que trataban á los individuos del bajo clero
como á criados.
Quizás en ocasiones consideró sus votos sacerdotales como grillos, como
eslabones de una cadena que le herían; pero aun así amaba la cadena
martirizadora.
El catolicismo, como todas las sectas cristianas, es en el fondo la
escuela de la humillación. Su plan último consiste en quebrantar la
individualidad. Su ideal, hacer del hombre _perinde ac cadaver_.
Para el catolicismo la salud es soberbia, la confianza en sí mismo
orgullo, el valor jactancia, todas las virtudes nobles son despreciadas
y afeadas; en cambio, las miserias tristes se explican, se justifican
y se alaban: el pecador humilde, el miserable humilde, el crapuloso
humilde, el imbécil humilde siempre tienen su defensa y hasta su
apología.
Esta táctica de humillación, unida al espionaje, al servilismo y á la
pedantería, ha sido la seguida siempre en los seminarios: la táctica
de la Compañía de Jesús cuando al hombre de valer de su sociedad ha
antepuesto un estólido cualquiera para mortificar la soberbia del
primero.
Don Víctor notó en el seminario y fuera del seminario la antipatía que
producía.
--¿Cómo?--pensaban sus superiores. ¿Este hombre de clase humilde,
cree que sabe latín? ¿que sabe teología? ¿que es capaz de predicar
elocuentemente? Arrinconémosle. Que aprenda á tener humildad.
Aprender á tener humildad, quiere decir: aprender á estar descontento,
á ser miserable, á ser vil.
Este fondo de rencor que guarda el cristianismo á todo lo noble, lo
sereno, lo tranquilo, viene sin duda de su tradición semítica, de los
siglos en que vivió en las leproserías y en los suburbios de Roma, en
los agujeros infectos donde se corrompían los parias y los esclavos.
Don Víctor, como hombre de cierta sensibilidad, sufrió grandes choques
en su carrera. En Madrid tuvo que alternar con curas cortesanos que se
burlaron de él, de su pedantería y de sus latines.
Don Víctor, al volver á Cuenca, hizo el descubrimiento al ver á sus
antiguos condiscípulos y compararse con ellos, que él, como los demás,
tenían los mismos lugares comunes de expresión, los mismos gestos y
ademanes aprendidos en el seminario. Todos imitaban, sin querer, á un
profesor de teología y casi decían las mismas frases en latín, y todos
se ponían las manos en el abdomen y daban palmaditas una sobre otra.
Don Víctor, al notarlo, hizo un gran esfuerzo para cambiar sus frases
de cajón y suprimir estos ademanes que eran los bienes mostrencos
obtenidos en el seminario, y lo consiguió.
Don Víctor, en Cuenca, apenas podía sostenerse con el sueldo mísero
que le daban las monjas y con el pequeño estipendio de la misa, y fué
á vivir á casa de la Dominica, que era algo pariente suya. Por cinco
reales la guardiana le tenía de huésped y el cura vivía como si fuera
de la familia.
La Dominica oía las quejas de D. Víctor y le recomendaba siempre que
cediese á sus superiores; pero D. Víctor se irritaba y echaba largos
y pedantinos discursos empedrados de latinajos: _Odi profanum vulgo_,
decía con frecuencia, y para elogiar su pobreza repetía: _Omnia mecum
porto_ (llevo todos mis bienes conmigo).
Don Víctor era un temperamento batallador y amigo de luchar.
No tenía el espíritu filosófico y generalizador necesario para ver las
grandes injusticias sociales, pero en cambio las pequeñas injusticias
de detalle le herían y le mortificaban.
Lo sancionado por la fuerza de la costumbre, aunque fuera una
enormidad, siempre le parecía bien; la transgresión nueva le indignaba.
Don Víctor era atrevido y valiente. En un período de guerra no hubiese
tenido inconveniente en lanzarse al monte.
A pesar de haber sido laminado y destrozado por la educación
teocrática, D. Víctor era archiabsolutista y teócrata; creía que la
iglesia debía ser _Imperium in imperio_, y que era ella la única
encargada de dirigir la vida de los hombres hasta en sus más pequeños
detalles.
Don Víctor y Ginés se entendían bien. Discutían y á veces se
insultaban, porque Ginés se sentía bastante anticlerical. Ginés
le llamaba á D. Víctor curiato, clericucho, y D. Víctor le decía
chupacirios, sacaperros, menos cuando le quería halagar, porque
entonces le llamaba _fortunate senex_, y algunos otros elogios en latín.
Don Víctor era hombre aficionado á paseos solitarios; salía por la
tarde á las afueras y volvía al anochecer curioseando, mirando al fondo
de las tiendas, de las tabernas y de las botiguetas de las calles.
VII.
LA BIBLIOTECA DE CHIRINO
El cuarto que la Dominica destinó á D. Víctor en su casa fué un
guardillón bajo de techo y lleno de armarios, que tenía dos ventanas
enrejadas abiertas sobre el solar de la casa derruída, convertida en
huerto.
Este camaranchón grande, la mitad sin cielo raso y parte sin suelo,
había sido el depósito de la biblioteca del canónigo Chirino, el
sitio donde éste almacenaba sus libros. Había allí muchos volúmenes,
probablemente cuatro ó cinco mil, unos metidos en los armarios, otros
apilados en el suelo, todos llenos de polvo.
Don Víctor, al llegar á casa del pertiguero, conocía los libros
estudiados por él en su carrera, pero nada más. El tener allí otros
á mano le indujo á leerlos, primero sin mucha gana, luego con gusto,
después con pasión, hasta hundirse en la biblioteca de Chirino como un
centauro en un bosque ó un tritón en las olas de un mar antiguo.
Tras de muchas investigaciones, D. Víctor encontró el catálogo de la
biblioteca del canónigo. En la que había sido su habitación principal,
la que luego ocupó Sansirgue, tenía el difunto canónigo los libros
clásicos de un cura erudito; en el depósito, que habitaba ahora D.
Víctor, estaban los libros de historia, de filosofía y de moral,
algunos encuadernados sin rótulo.
Don Víctor comenzó por leer tratados de confesión, obras de casuística
de los Padres Escobar, Sánchez, Molina, el Salmanticense y otros
célebres teólogos fundadores de la moral laxa de los jesuítas. Al
hojear estos libros le sorprendieron las notas de Chirino contra los
autores. También le asombró leer las burlas que dedicaba á las Cartas
del filósofo rancio del padre Alvarado.
¿Sería el canónigo Chirino, muerto casi en olor de santidad, un hereje?
Don Víctor se propuso averiguarlo y seguirle en sus notas con el celo
de un inquisidor.
Al principio había considerado su cuarto como un rincón, únicamente
bueno para dormir; después comenzó á encontrarlo un lugar admirable de
esparcimiento, mandó poner cristales á las rejas, que no tenían más
que maderas, y encargó al marido de la Dominica una camilla para leer
delante de la reja con los pies calientes.
Don Víctor metía el brasero debajo de la mesa y se ponía á
leer. Comenzó á mirar uno por uno los libros de la biblioteca,
principalmente los anotados por el canónigo.
En casi todos ellos Chirino había puesto notas marginales, casi siempre
racionalistas y burlonas.
El canónigo se valía de ingeniosos anagramas para despistar á
cualquiera en cuyas manos, por casualidad, cayera uno de sus libros.
La idea del anagrama vino á la mente de D. Víctor al comprender qué
escritor se ocultaba en las notas de Chirino con el nombre de Viralteo.
Al principio D. Víctor, que no conocía á los filósofos racionalistas,
supuso que Viralteo sería uno de tantos, después miró este nombre en el
Teatro Crítico de Feijóo, y no lo encontró. Pensando en Viralteo, vió
que podía descomponerse en: _¡O alte vir!_ (¡oh alto varón!).
Estuvo pensando quién podría ser este alto varón, hasta que comprendió
era el anagrama de Voltaire. Vió también que E. Moras era Erasmo, y que
así estaban disfrazados muchos nombres.
Hallados unos, supuso que toda palabra sin sentido claro que el
canónigo ponía en sus notas marginales había que descomponerla,
buscarle un significado esotérico y así encontró los anagramas de la
Religión, Dios, clero, etc., empleados por Chirino. Muchas veces para
indicarlos no ponía más que la inicial.
Las notas del canónigo Chirino sorprendían á D. Víctor. ¡Qué curiosidad
la de aquel hombre! Filosofía, matemáticas, ciencias naturales,
viajes, todo lo había leído en su rincón y todo lo había comprendido.
Para D. Víctor, el canónigo Chirino era un amigo y un enemigo.
--¡Ah, canalla!--exclamaba.--¡Cómo te ocultas! ¡Cómo te defiendes!
El canónigo Chirino hacía juegos malabares en sus notas. Muchas veces
interrumpía un pensamiento puesto al margen de una página y lo seguía
en otra.
Don Víctor comprendía la eficacia de la inquisición para ahogar este
sentido de crítica y de duda.
Chirino era uno de esos espíritus agudos, inquietos, vulnerantes,
educados en las marrullerías de los casuístas, por los que tenía un
odio y un desprecio terribles.
Varias veces D. Víctor encontraba referencias á libros que no se
hallaban en la biblioteca con la indicación de la página.
Por las notas del canónigo esto parecía indicar que se encontraban allí
y que los había consultado; sin embargo, D. Víctor no daba con ellos.
Don Víctor hizo una nueva requisa y no encontró nada, hasta que por
casualidad, empujando una tabla del fondo de un armario, ésta corrió un
poco. Don Víctor agrandó la abertura y apareció una alacena formada en
el hueco de la pared y llena de libros.
Estaban allí las obras de Spinoza, el _Entendimiento Humano_, de Locke;
el _Diccionario filosófico_, de Voltaire; las _Cartas provinciales_,
de Pascal; _El Espíritu del Clero_ y _La impostura Sacerdotal_, del
barón de Holbach; _Los Coloquios_ y el _Elogio de la Locura_ de Erasmo;
el _Espíritu_, de Helvetius; la _Historia natural del alma_, de La
Mettrie; el _Diccionario Crítico-burlesco_, de Gallardo, y otras obras
francamente antirreligiosas.
En esta alacena había también una colección de folletos y periódicos
franceses y españoles liberales y varios números del _Amigo del
Pueblo_, de Marat.
En las notas de estos libros escondidos, el canónigo Chirino aparecía
ya claramente como un incrédulo simpatizador de los enemigos de la
Iglesia: espíritu satírico y zumbón que no respetaba nada.
Don Víctor ante esta colección de libros prohibidos por la Iglesia
vaciló en leerlos; pero decidido se lanzó á ellos.
Para D. Víctor tuvieron aquellas obras el gran encanto de ser fruta
prohibida.
La impresión que le produjo la lectura del _Diccionario filosófico_, de
Voltaire, fué imborrable. La proximidad que tenían para Voltaire las
controversias religiosas hacía que D. Víctor leyera la obra como un
escrito del día.
Aquella anécdota que cuenta tan graciosamente Voltaire, en la que
Pico de la Mirandola dice al propio Papa Alejandro VI que cree que su
Santidad no es cristiano, y el Papa reconoce de buen grado lo que dice
Pico, le dejó atónito.
A pesar de que D. Víctor comprendía la sagacidad, la erudición y el
buen sentido de Voltaire, no quería seguirle, y le indignaba como una
cosa personal, como una injuria hecha á la familia, la veneración del
canónigo Chirino por él. Chirino acompañaba al patriarca de Ferney en
sus notas marginales con una unción, con un respeto que irritaban á don
Víctor. Apenas se atrevía á indicar una inexactitud y á señalar algún
ligero olvido de su ídolo.
--Lo que no concede á los doctores de la Iglesia, lo concede á
Voltaire--decía amargamente don Víctor.
Y esto le molestaba más que como una herejía, como una traición al
espíritu de cuerpo, tan fuerte en los curas.
VIII.
SU MAJESTAD EL ODIO
El nuevo penitenciario, D. Juan Sansirgue, se estableció á sus anchas
en casa de Ginés Diente el pertiguero. Pronto se vió no era de la raza
de los hombres como el canónigo Chirino, aficionados á la lectura y á
la soledad.
Sansirgue pasaba poco tiempo leyendo en su despacho; comía mucho, bebía
bien, escribía con frecuencia largas cartas y á todas horas se le veía
entrar y salir en el palacio del obispo.
Sansirgue no tenía la amabilidad de Chirino ni la llaneza de Rizo. No
se paraba un momento en el taller de Damián, ni acariciaba á los chicos
en la calle, ni quiso dar una limosna al _Degollado_, que se pasó
varias horas por la tarde cantando oraciones á la puerta. Sansirgue
ahuyentó de su cuarto al espíritu familiar de la casa, al infernal
Astaroth, con su traje negro y sus ojos de oro.
Sansirgue no quiso tampoco tener intimidad con familia del pertiguero.
Supo que en casa de la Dominica había un capellán de un convento de
monjas de huésped; pero no le dió importancia ni pensó en conocerle, ni
menos en convidarle alguna vez á su mesa.
Don Víctor no le perdonó el desvío, y desde aquel momento comenzó á
sentir por el penitenciario uno de esos odios clericales profundos y
contenidos.
Don Juan y D. Víctor tenían que sentirse hostiles. D. Juan, hombre
de suerte, al mes de estar en Cuenca entraba en todas partes, tenía
influencia, era de los familiares del obispo y subía como la espuma; en
cambio, D. Víctor parecía la representación de la desdicha.
Una de las cosas que indudablemente se refleja mejor en el rostro es el
éxito ó el fracaso.