CARTA OCTAVA

Queridos amigos: En una de mis cartas anteriores dije á ustedes en

qué ocasión y por quién me fué referida la estupenda historia de

las brujas, que á mi vez he prometido repetirles. La muchacha que

se encuentra á mi servicio, tipo perfecto del país con su apretador

verde, su saya roja y sus medias azules, había colgado el candil

en un ángulo de mi habitación débilmente alumbrada, aun con este

aditamento de luz, por una lamparilla, á cuyo escaso resplandor

escribo. Las diez de la noche acababan de sonar en el antiguo reloj

de pared, único resto del mobiliario de los frailes, y solamente

se oían, con breves intervalos de silencio profundo, esos ruidos

apenas perceptibles y propios de un edificio deshabitado é inmenso,

que producen el aire que gime, los techos que crujen, las puertas

que rechinan y los animaluchos de toda calaña que vagan á su placer

por los sótanos, las bóvedas y las galerías del monasterio, cuando

después de contarme la leyenda que corre más válida acerca de la

fundación del castillo, y que ya conocen ustedes, prosiguió su

relato, no sin haber hecho antes un momento de pausa para calcular el

efecto que la primera parte de la historia me había producido, y la

cantidad de fe con que podía contar en su oyente para la segunda.

He aquí la historia, poco más ó menos, tal como me la refirió mi

criada, aunque sin giros extraños y sin locuciones pintorescas y

características del país, que ni yo puedo recordar, ni caso que las

recordase, ustedes podrían entender.

Ya había pasado el castillo de Trasmoz á poder de los cristianos,

y éstos á su vez, terminadas las continuas guerras de Aragón y

Castilla, habían concluído por abandonarle, cuando es fama que hubo

en el lugar un cura tan exacto en el cumplimiento de sus deberes,

tan humilde con sus inferiores, y tan lleno de ardiente caridad para

con los infelices, que su nombre, al que iba unido una intachable

reputación de virtud, llegó á hacerse conocido y venerado en todos

los pueblos de la comarca.

Muchos y muy señalados beneficios debían los habitantes de Trasmoz

á la inagotable bondad del buen cura, que ni para disfrutar de

una canongía con que en repetidas ocasiones le brindó el obispo

de Tarazona, quiso abandonarlos; pero el mayor sin duda fué el

libertarlos, merced á sus santas plegarias y poderosos exorcismos, de

la incómoda vecindad de las brujas, que desde los lugares más remotos

del reino venían á reunirse ciertas noches del año en las ruinas del

castillo, que, quizás por deber su fundación á un nigromante, miraban

como cosa propia y lugar el más aparente para sus nocturnas zambras y

diabólicos conjuros. Como quiera que, antes de aquella época, muchos

otros exorcistas habían intentado desalojar de allí á los espíritus

infernales, y sus rezos y sus aspersiones fueron inútiles, la fama de

_mosén Gil el limosnero_ (que por este nombre era conocido nuestro

cura) se hizo tanto más grande cuanto más difícil ó imposible se

juzgó hasta entonces dar cima á la empresa que él había acometido y

llevado á cabo con feliz éxito, gracias á la poderosa intercesión

de sus plegarias y al mérito de sus buenas obras. Su popularidad y

el respeto que los campesinos le profesaban, iban, pues, creciendo

á medida que la edad, cortando, por decirlo así, los últimos lazos

que pudieran ligarle á las cosas terrestres, acendraba sus virtudes

y el generoso desprendimiento con que siempre dió á los pobres hasta

lo que él había de menester para sí; de modo que, cuando el venerable

sacerdote, cargado de años y de achaques, salía á dar una vueltecita

por el porche de su humilde iglesia, era de ver cómo los chicuelos

corrían desde lejos para venir á besarle la mano, los hombres se

descubrían respetuosamente, y las mujeres llegaban á pedirle su

bendición, considerándose dichosa la que podía alcanzar como reliquia

y amuleto contra los maleficios un jirón de su raída sotana. Así

vivía en paz y satisfecho con su suerte el bueno de mosén Gil; mas

como no hay felicidad completa en el mundo, y el diablo anda de

continuo buscando ocasión de hacer mal á sus enemigos, éste sin duda

dispuso que por muerte de una hermana menor, viuda y pobre, viniese á

parar á casa del caritativo cura una sobrina que él recibió con los

brazos abiertos, y á la cual consideró desde aquel punto como apoyo

providencial deparado por la bondad divina para consuelo de su vejez.

Dorotea, que así se llamaba la heroína de esta verídica historia,

contaba escasamente dieciocho abriles; parecía educada en un santo

temor de Dios, un poco encogida en sus modales, melosa en el hablar

y humilde en presencia de extraños, como todas las sobrinas de los

curas que yo he conocido hasta ahora; pero tanto como la que más,

ó más que ninguna, preciada del atractivo de sus ojos negros y

traidores, y amiga de emperejilarse y componerse. Esta afición _á

los trapos_, según nosotros los hombres solemos decir, tan general

en las muchachas de todas las clases y de todos los siglos, y que en

Dorotea predominaba exclusivamente sobre las demás aficiones, era

causa continua de domésticos disturbios entre la sobrina y el tío,

que contando con muy pocos recursos en su pobre curato de aldea, y

siempre en la mayor estrechez á causa de su largueza para con los

infelices, según él decía con una ingenuidad admirable, andaba desde

que recibió las primeras órdenes procurando hacerse un manteo nuevo,

y aún no había encontrado ocasión oportuna. De vez en cuando las

discusiones á que daban lugar las peticiones de la sobrina solían

agriarse, y ésta le echaba en cara las muchas necesidades á que

estaban sujetos, y la desnudez en que ambos se veían por dar á los

pobres, no sólo lo superfluo, sino hasta lo necesario. Mosén Gil

entonces, echando mano de los más deslumbradores argumentos de su

cristiana oratoria, después de repetir que cuanto á los pobres se da

á Dios se presta, acostumbraba á decirle que no se apurase por una

saya de más ó de menos para los cuatro días que se han de estar en

este valle de lágrimas y miserias, pues mientras más sufrimientos

sobrellevase con resignación, y más desnuda anduviese por amor hacia

el prójimo, más pronto iría, no ya á la hoguera que se enciende los

domingos en la plaza del lugar, y emperejilada con una mezquina saya

de paño rojo, franjada de vellorí, sino á gozar del Paraíso eterno,

danzando en torno de la lumbre inextinguible, y vestida de la gracia

divina, que es el más hermoso de todos los vestidos imaginables.

Pero váyale usted con estas evangélicas filosofías á una muchacha de

dieciocho años, amiga de parecer bien, aficionada á perifollos, con

sus ribetes de envidiosa y con unas vecinas en la casa de enfrente,

que hoy estrenan un apretador amarillo, mañana un jubón negro, y el

otro una saya azul turquí con unas franjas rojas que deslumbran la

vista y llaman la atención de los mozos á tres cuartos de hora de

distancia.

El bueno de mosén Gil podía considerar perdido su sermón, aunque no

predicase en desierto, pues Dorotea, aunque callada y no convencida,

seguía mirando de mal ojo á los pobres que continuamente asediaban la

puerta de su tío, y prefiriendo un buen jubón y unas agujetas azules

de las que miraba suspirando en la _calle de Botigas_, cuando por

casualidad iba á Tarazona, á todos los adornos y galas que en un

futuro, más ó menos cercano, pudieran prometerle en el Paraíso en

cambio de su presente resignación y desprendimiento.

En este estado las cosas, una tarde, víspera del día del santo

patrono del lugar, y mientras el cura se ocupaba en la iglesia en

tenerlo todo dispuesto para la función que iba á verificarse á la

mañana siguiente, Dorotea se sentó triste y pensativa á la puerta

de su casa. Unas mucho, otras poco, todas las muchachas del pueblo

habían traído algo de Tarazona para lucirse en el Mayo y en el

baile de la hoguera, en particular sus vecinas, que sin duda, con

intención de aumentar su despecho, habían tenido el cuidado de

sentarse en el portal á coserse las sayas nuevas y arreglar los

dijes que les habían feriado sus padres. Sólo ella, la más guapa y

la más presumida también, no participaba de esa alegre agitación,

esa prisa de costura, ese animado aturdimiento que preludian entre

las jóvenes, así en las aldeas como en las ciudades, la aproximación

de una solemnidad por largo tiempo esperada. Pero, digo mal, también

Dorotea tenía aquella noche su quehacer extraordinario; mosén Gil le

había dicho que amasase para el día siguiente veinte panes más que

los de costumbre, á fin de distribuírselos á los pobres, después de

concluída la misa.

Sentada estaba, pues, á la puerta de su casa la malhumorada sobrina

del cura, barajando en su imaginación mil desagradables pensamientos,

cuando acertó á pasar por la calle una vieja muy llena de jirones y

de andrajos que, agobiada por el peso de la edad, caminaba apoyándose

en un palito.

--Hija mía--exclamó al llegar junto á Dorotea, con un tono compungido

y doliente:--¿me quieres dar una limosnita, que Dios te lo pagará con

usura en su santa gloria?

Estas palabras tan naturales en los que imploran la caridad pública,

que son como una fórmula consagrada por el tiempo y la costumbre,

en aquella ocasión, y pronunciadas por aquella mujer, cuyos ojillos

verdes y pequeños parecían reir con una expresión diabólica, mientras

el labio articulaba su acento más plañidero y lastimoso, sonaron en

el oído de Dorotea como un sarcasmo horrible, trayéndole á la memoria

las magníficas promesas para más allá de la muerte con que mosén Gil

solía responder á sus exigencias continuas. Su primer impulso fué

echar enhoramala á la vieja; pero conteniéndose, por respetos á ser

su casa la del cura del lugar, se limitó á volverle la espalda con un

gesto de desagrado y mal humor bastante significativo. La vieja, á

quien antes parecía complacer que no afligir esta repulsa, aproximóse

más á la joven, y procurando dulcificar todo lo posible su voz de

carraca destemplada, prosiguió de este modo, sonriendo siempre con

sus ojillos verdosos, como sonreiría la serpiente que sedujo á Eva en

el Paraíso:

--Hermosa niña, si no por el amor de Dios, por el tuyo propio, dame

una limosna. Yo sirvo á un señor que no se limita á recompensar á los

que hacen bien á los suyos en la otra vida, sino que les da en esta

cuanto ambicionan. Primero te pedí por el que tú conoces; ahora torno

á demandarte socorro por el que yo reverencio.

--¡Bah, bah! dejadme en paz, que no estoy de humor para oir

disparates--dijo Dorotea, que juzgó loca ó chocheando á la haraposa

vieja que le hablaba de un modo para ella incomprensible. Y sin

volver siquiera el rostro, al despedirla tan bruscamente, hizo ademán

de entrarse en el interior de la casa; pero su interlocutora, que no

parecía dispuesta á ceder con tanta facilidad en su empeño, asiéndola

de la saya la detuvo un instante, y tornó á decirle:

--Tú me juzgas fuera de mi juicio; pero te equivocas, porque no

sólo sé bien lo que yo hablo, sino lo que tú piensas, como conozco

igualmente la ocasión de tus pesares.

Y cual si su corazón fuese un libro y éste estuviera abierto ante sus

ojos, repitió á la sobrina del cura, que no acertaba á volver en sí

de su asombro, cuantas ideas habían pasado por su mente, al comparar

su triste situación con la de las otras muchachas del pueblo.

--Mas no te apures--continuó la astuta arpía después de darle esta

prueba de su maravillosa perspicacia;--no te apures: hay un señor

tan poderoso como el de mosén Gil, y en cuyo nombre me he acercado á

hablarte so pretexto de pedir una limosna; un señor que no sólo no

exige sacrificios penosos de los que le sirven, sino que se esmera y

complace en secundar todos sus deseos; alegre como un juglar, rico

como todos los judíos de la tierra juntos, y sabio hasta el extremo

de conocer los más ignorados secretos de la ciencia, en cuyo estudio

se afanan los hombres. Las que le adoran viven en una continua

zambra, tienen cuantas joyas y dijes desean, y poseen filtros de

una virtud tal, que con ellos llevan á cabo cosas sobrenaturales,

se hacen obedecer de los espíritus, del sol y de la luna, de los

peñascos, de los montes y de las olas del mar, é infunden el amor ó

el aborrecimiento en quien mejor les cuadra. Si quieres ser de los

suyos, si quieres gozar de cuanto ambicionas, á muy poca costa puedes

conseguirlo. Tú eres joven, tú eres hermosa, tú eres audaz, tú no has

nacido para consumirte al lado de un viejo achacoso é impertinente,

que al fin te dejará sola en el mundo y sumida en la miseria, merced

á su caridad extravagante.

Dorotea, que al principio se prestó de mala voluntad á oir las

palabras de la vieja, fué poco á poco interesándose en aquella

halagüeña pintura del brillante porvenir que podía ofrecerle, y

aunque sin desplegar los labios, con una mirada entre crédula y

dudosa, pareció preguntarle en qué consistía lo que debiera hacer

para alcanzar aquello que tanto deseaba. La vieja entonces, sacando

una botija verde que traía oculta entre el harapiento delantal, le

dijo:

--Mosén Gil tiene á la cabecera de su cama una pila de agua bendita

de la que todas las noches, antes de acostarse, arroja algunas gotas,

pronunciando una oración, por la ventana que da frente al castillo.

Si sustituyes aquella agua con esta, y después de apagado el hogar

dejas las tenazas envueltas en las cenizas, yo vendré á verte por la

chimenea al toque de ánimas, y el señor á quien obedezco, y que en

muestra de su generosidad te envía este anillo, te dará cuanto desees.

Esto diciendo le entregó la botija, no sin haberle puesto antes en

el dedo de la misma mano con que la tomara un anillo de oro, con una

piedra hermosa sobre toda ponderación.

La sobrina del cura, que maquinalmente dejaba hacer á la vieja,

permanecía aún irresoluta y más suspensa que convencida de sus

razones; pero tanto le dijo sobre el asunto y con tan vivos colores

supo pintarle el triunfo de su amor propio ajado, cuando al día

siguiente, merced á la obediencia, lograse ir á la hoguera de la

plaza vestida con un lujo desconocido, que al fin cedió á sus

sugestiones, prometiendo obedecerla en un todo.

Pasó la tarde, llegó la noche, llegando con ella la oscuridad y las

horas aparentes para los misterios y los conjuros, y ya mosén Gil,

sin caer en la cuenta de la sustitución del agua con un brebaje

maldito, había hecho sus inútiles aspersiones y dormía con el sueño

reposado de los ángeles, cuando Dorotea, después de apagar la lumbre

del hogar y poner, según fórmula, las tenazas entre las cenizas, se

sentó á esperar á la bruja, pues bruja y no otra cosa podía ser la

vieja miserable que disponía de joyas de tanto valor como el anillo,

y visitaba á sus amigos á tales horas y entrando por la chimenea.

Los habitantes de la aldea de Trasmoz dormían asimismo como lirones,

excepto algunas muchachas que velaban, cosiendo sus vestidos para el

día siguiente. Las campanas de la iglesia dieron al fin el toque de

ánimas, y sus golpes lentos y acompasados se perdieron dilatándose

en las ráfagas del aire para ir á expirar entre las ruinas del

castillo. Dorotea, que hasta aquel momento, y una vez adoptada su

resolución, había conservado la firmeza y sangre fría suficientes

para obedecer las órdenes de la bruja, no pudo menos de turbarse y

fijar los ojos con inquietud en el cañón de la chimenea por donde

había de verla aparecer de un modo tan extraordinario. No se hizo

esperar mucho, y apenas se perdió el eco de la última campanada,

cayó de golpe entre la ceniza en forma de gato gris y haciendo un

ruido extraño y particular de estos animalitos, cuando, con la cola

levantada y el cuerpo hecho un arco, van y vienen de un lado á otro

acariciándose contra nuestras piernas. Tras el gato gris cayó otro

rubio, y después otro negro, más otro de los que llaman moriscos, y

hasta catorce ó quince de diferentes dimensiones y color, revueltos

con una multitud de sapillos verdes y tripudos con un cascabel al

cuello, y una á manera de casaquilla roja. Una vez juntos los gatos,

comenzaron á ir y venir por la cocina, saltando de un lado á otro;

éstos por los vasares, entre los pucheros y las fuentes, aquéllos por

el ala de la chimenea, los de más allá revolcándose entre la ceniza

y levantando una gran polvareda, mientras que los sapillos, haciendo

sonar su cascabel, se ponían de pie al borde de las marmitas, daban

volteretas en el aire ó hacían equilibrios y dislocaciones pasmosas,

como los clowns de nuestros circos ecuestres. Por último, el gato

gris, que parecía el jefe de la banda, y en cuyos ojillos verdosos

y fosforescentes había creído reconocer la sobrina del cura los de

la vieja que le habló por la tarde, levantándose sobre las patas

traseras en la silla en que se encontraba subido, le dirigió la

palabra en estos términos:

--Has cumplido lo que prometiste, y aquí nos tienes á tus órdenes.

Si quieres vernos en nuestra primitiva forma y que comencemos á

ayudarte á fraguar las galas para las fiestas y á amasar los panes

que te ha encargado tu tío, haz tres veces la señal de la cruz con

la mano izquierda invocando á la trinidad de los infiernos, Belcebú,

Astarot y Belial.

Dorotea, aunque temblando, hizo punto por punto lo que se le decía,

y los gatos se convirtieron en otras tantas mujeres, de las cuales,

unas comenzaron á cortar y otras á coser telas de mil colores, á cual

más vistoso y llamativo, hilvanando y concluyendo sayas y jubones

á toda prisa, en tanto que los sapillos, diseminados por aquí y

por allá, con unas herramientas diminutas y brillantes, fabricaban

pendientes de filigrana de oro para las orejas, anillos con piedras

preciosas para los dedos, ó armados de su tirapié y su lezna en

miniatura, cosían unas zapatillas de tafilete, tan monas y tan bien

acabadas, que merecían calzar el pie de una hada. Todo era animación

y movimiento en derredor de Dorotea; hasta la llama del candil que

alumbraba aquella escena extravagante, parecía danzar alegre en su

piquera de hierro, chisporroteando y plegando y volviendo á desplegar

su abanico de luz, que se proyectaba en los muros en círculos

movibles, ora oscuros, ora brillantes. Esto se prolongó hasta rayar

el día, en que el bullicioso repique de las campanas de la parroquia

echadas á vuelo en honor del santo patrono del lugar, y el agudo

canto de los gallos, anunciaron el alba á los habitantes de la aldea.

Pasó el día entre fiestas y regocijos. Mosén Gil, sin sospechar la

parte que las brujas habían tomado en su elaboración, repartió,

terminada la misa, sus panes entre los pobres; las muchachas bailaron

en las eras al son de la gaita y el tamboril, luciendo los dijes y

las galas que habían traído de Tarazona y ¡cosa particular! Dorotea,

aunque al parecer fatigada de haber pasado la noche en claro amasando

el pan de la limosna, con no pequeño asombro de su tío, ni se quejó

de su suerte, ni hizo alto en las bandas de mozas y mozos que

pasaban emperejilados por sus puertas, mientras ella permanecía

aburrida y sola en su casa.

Al fin llegó la noche, que á la sobrina del cura pareció tardar

más que otras veces. Mosén Gil se metió en su cama al toque de

oraciones, según tenía de costumbre, y la gente joven del lugar

encendió la hoguera en la plaza donde debía continuar el baile.

Dorotea, entonces, aprovechando el sueño de su tío, se adornó

apresuradamente con los hermosos vestidos, presente de las brujas,

púsose los pendientes de filigrana de oro, cuyas piedras blancas

y luminosas semejaban sobre sus frescas mejillas gotas de rocío

sobre un melocotón dorado, y con sus zapatillas de tafilete y un

anillo en cada dedo, se dirigió al punto en que los mozos y las

mozas bailaban al son del tamboril y las vihuelas, al resplandor del

fuego; cuyas lenguas rojas, coronadas de chispas de mil colores,

se levantaban por cima de los tejados de las casas, arrojando á lo

lejos las prolongadas sombras de las chimeneas y la torre del lugar.

Figúrense ustedes el efecto que su aparición produciría. Sus rivales

en hermosura, que hasta allí la habían superado en lujo, quedaron

oscurecidas y arrinconadas; los hombres se disputaban el honor de

alcanzar una mirada de sus ojos, y las mujeres se mordían los labios

de despecho. Como le habían anunciado las brujas, el triunfo de su

vanidad no podía ser más grande.

Pasaron las fiestas del santo, y aunque Dorotea tuvo buen cuidado de

guardar sus joyas y sus vestidos en el fondo del arca, durante un mes

no se habló en el pueblo de otro asunto.

--¡Vaya! ¡Vaya!--decían sus feligreses á mosén Gil;--tenéis á vuestra

sobrina hecha un pimpollo de oro. ¡Qué lujo! ¡Quién había de creer

que, después de dar lo que dais en limosnas, aún os quedaba para esos

rumbos!

Pero mosén Gil, que era la bondad misma y que ni siquiera podía

figurarse la verdad de lo que pasaba, creyendo que querían

embromarle, aludiendo á la pobreza y la humildad en el vestir de

Dorotea, impropias de la sobrina de un cura, personaje de primer

orden en los pueblos, se limitaba á contestar sonriendo y como para

seguir la broma:

--¿Qué queréis? Donde lo hay se luce.

Las galas de Dorotea hacían entre tanto su efecto.

Desde aquella noche en adelante no faltaron enramadas en sus

ventanas, música en sus puertas y rondadores en las esquinas. Estas

rondas, estos cantares y estos ramos tuvieron el fin que era natural,

y á los dos meses la sobrina del cura se casaba con uno de los mozos

mejor acomodados del pueblo; el cual, para que nada faltase á su

triunfo, hasta la famosa noche en que se presentó en la hoguera,

había sido novio de una de aquellas vecinas que tanto la hicieron

rabiar en otras ocasiones, sentándose á coser sus vestidos en el

portal de la calle. Sólo el pobre mosén Gil perdió desde aquella

época para siempre el latín de sus exorcismos y el trabajo de sus

aspersiones. Las brujas, con grande asombro suyo y de sus feligreses,

tornaron á aposentarse en el castillo; sobre los ganados cayeron

plagas sin cuento; las jóvenes del lugar se veían atacadas de

enfermedades incomprensibles; los niños eran azotados por las noches

en sus cunas, y los sábados, después que la campana de la iglesia

dejaba oir el toque de ánimas, unas sonando panderos, otras añafiles

ó castañuelas, y todas á caballo sobre sus escobas, los habitantes de

Trasmoz veían pasar una banda de viejas, espesa como las grullas, que

iban á celebrar sus endiablados ritos á la sombra de los muros y de

la ruinosa atalaya que corona la cumbre del monte.

* * * * *

Después de oir esta historia, he tenido ocasión de conocer á la

_tía Casca_, hermana de la otra _Casca_ famosa, cuyo trágico fin he

referido á ustedes, y vástago de la dinastía de brujas de Trasmoz

que comienza en la sobrina de mosén Gil y acabará no se sabe cuándo

ni dónde. Por más que al decir de los revolucionarios furibundos,

ha llegado la hora final de las dinastías seculares, ésta, á juzgar

por el estado en que se hallan los espíritus en el país, promete

prolongarse aún mucho, pues teniendo en cuenta que la que vive

no será para largo en razón á su avanzada edad, ya comienza á

decirse que la hija despunta en el oficio y que una netezuela tiene

indudables disposiciones; tan arraigada está entre estas gentes la

creencia de que de una en otra lo vienen heredando. Verdad es que,

como ya creo haber dicho antes de ahora, hay aquí en todo cuanto

á uno le rodea un no sé qué de agreste, misterioso y grande que

impresiona profundamente el ánimo y lo predispone á creer en lo

sobrenatural.

De mí puedo asegurarles que no he podido ver á la actual bruja sin

sentir un estremecimiento involuntario, como si, en efecto, la

colérica mirada que me lanzó observando la curiosidad impertinente

con que expiaba sus acciones, hubiera podido hacerme daño. La vi hace

pocos días, ya muy avanzada la tarde, y por una especie de tragaluz,

al que se alcanza desde un pedrusco enorme de los que sirven de

cimiento y apoyo á las casas de Trasmoz. Es alta, seca, arrugada,

y no lo querrán ustedes creer, pero hasta tiene sus barbillas

blancuzcas y su nariz corva, de rigor en las brujas de todas las

consejas.

Estaba encogida y acurrucada junto al hogar entre un sinnúmero de

trastos viejos, pucherillos, cántaros, marmitas y cacerolas de

cobre, en las que la luz de la llama parecía centuplicarse con sus

brillantes y fantásticos reflejos. Al calor de la lumbre hervía yo

no sé qué en un cacharro, que de tiempo en tiempo removía la vieja

con una cuchara. Tal vez sería un guiso de patatas para la cena;

pero impresionado á su vista, y presente aún la relación que me

habían hecho de sus antecesoras, no pude menos de recordar, oyendo el

continuo hervidero del guiso, aquel pisto infernal, aquella horrible

_cosa sin nombre_ de las brujas del _Macbeth_ de Shakespeare.

[Ilustración]

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Obras escogidas · 第 75 / 158 题