Queridos amigos: En una de mis cartas anteriores dije á ustedes en
qué ocasión y por quién me fué referida la estupenda historia de
las brujas, que á mi vez he prometido repetirles. La muchacha que
se encuentra á mi servicio, tipo perfecto del país con su apretador
verde, su saya roja y sus medias azules, había colgado el candil
en un ángulo de mi habitación débilmente alumbrada, aun con este
aditamento de luz, por una lamparilla, á cuyo escaso resplandor
escribo. Las diez de la noche acababan de sonar en el antiguo reloj
de pared, único resto del mobiliario de los frailes, y solamente
se oían, con breves intervalos de silencio profundo, esos ruidos
apenas perceptibles y propios de un edificio deshabitado é inmenso,
que producen el aire que gime, los techos que crujen, las puertas
que rechinan y los animaluchos de toda calaña que vagan á su placer
por los sótanos, las bóvedas y las galerías del monasterio, cuando
después de contarme la leyenda que corre más válida acerca de la
fundación del castillo, y que ya conocen ustedes, prosiguió su
relato, no sin haber hecho antes un momento de pausa para calcular el
efecto que la primera parte de la historia me había producido, y la
cantidad de fe con que podía contar en su oyente para la segunda.
He aquí la historia, poco más ó menos, tal como me la refirió mi
criada, aunque sin giros extraños y sin locuciones pintorescas y
características del país, que ni yo puedo recordar, ni caso que las
recordase, ustedes podrían entender.
Ya había pasado el castillo de Trasmoz á poder de los cristianos,
y éstos á su vez, terminadas las continuas guerras de Aragón y
Castilla, habían concluído por abandonarle, cuando es fama que hubo
en el lugar un cura tan exacto en el cumplimiento de sus deberes,
tan humilde con sus inferiores, y tan lleno de ardiente caridad para
con los infelices, que su nombre, al que iba unido una intachable
reputación de virtud, llegó á hacerse conocido y venerado en todos
los pueblos de la comarca.
Muchos y muy señalados beneficios debían los habitantes de Trasmoz
á la inagotable bondad del buen cura, que ni para disfrutar de
una canongía con que en repetidas ocasiones le brindó el obispo
de Tarazona, quiso abandonarlos; pero el mayor sin duda fué el
libertarlos, merced á sus santas plegarias y poderosos exorcismos, de
la incómoda vecindad de las brujas, que desde los lugares más remotos
del reino venían á reunirse ciertas noches del año en las ruinas del
castillo, que, quizás por deber su fundación á un nigromante, miraban
como cosa propia y lugar el más aparente para sus nocturnas zambras y
diabólicos conjuros. Como quiera que, antes de aquella época, muchos
otros exorcistas habían intentado desalojar de allí á los espíritus
infernales, y sus rezos y sus aspersiones fueron inútiles, la fama de
_mosén Gil el limosnero_ (que por este nombre era conocido nuestro
cura) se hizo tanto más grande cuanto más difícil ó imposible se
juzgó hasta entonces dar cima á la empresa que él había acometido y
llevado á cabo con feliz éxito, gracias á la poderosa intercesión
de sus plegarias y al mérito de sus buenas obras. Su popularidad y
el respeto que los campesinos le profesaban, iban, pues, creciendo
á medida que la edad, cortando, por decirlo así, los últimos lazos
que pudieran ligarle á las cosas terrestres, acendraba sus virtudes
y el generoso desprendimiento con que siempre dió á los pobres hasta
lo que él había de menester para sí; de modo que, cuando el venerable
sacerdote, cargado de años y de achaques, salía á dar una vueltecita
por el porche de su humilde iglesia, era de ver cómo los chicuelos
corrían desde lejos para venir á besarle la mano, los hombres se
descubrían respetuosamente, y las mujeres llegaban á pedirle su
bendición, considerándose dichosa la que podía alcanzar como reliquia
y amuleto contra los maleficios un jirón de su raída sotana. Así
vivía en paz y satisfecho con su suerte el bueno de mosén Gil; mas
como no hay felicidad completa en el mundo, y el diablo anda de
continuo buscando ocasión de hacer mal á sus enemigos, éste sin duda
dispuso que por muerte de una hermana menor, viuda y pobre, viniese á
parar á casa del caritativo cura una sobrina que él recibió con los
brazos abiertos, y á la cual consideró desde aquel punto como apoyo
providencial deparado por la bondad divina para consuelo de su vejez.
Dorotea, que así se llamaba la heroína de esta verídica historia,
contaba escasamente dieciocho abriles; parecía educada en un santo
temor de Dios, un poco encogida en sus modales, melosa en el hablar
y humilde en presencia de extraños, como todas las sobrinas de los
curas que yo he conocido hasta ahora; pero tanto como la que más,
ó más que ninguna, preciada del atractivo de sus ojos negros y
traidores, y amiga de emperejilarse y componerse. Esta afición _á
los trapos_, según nosotros los hombres solemos decir, tan general
en las muchachas de todas las clases y de todos los siglos, y que en
Dorotea predominaba exclusivamente sobre las demás aficiones, era
causa continua de domésticos disturbios entre la sobrina y el tío,
que contando con muy pocos recursos en su pobre curato de aldea, y
siempre en la mayor estrechez á causa de su largueza para con los
infelices, según él decía con una ingenuidad admirable, andaba desde
que recibió las primeras órdenes procurando hacerse un manteo nuevo,
y aún no había encontrado ocasión oportuna. De vez en cuando las
discusiones á que daban lugar las peticiones de la sobrina solían
agriarse, y ésta le echaba en cara las muchas necesidades á que
estaban sujetos, y la desnudez en que ambos se veían por dar á los
pobres, no sólo lo superfluo, sino hasta lo necesario. Mosén Gil
entonces, echando mano de los más deslumbradores argumentos de su
cristiana oratoria, después de repetir que cuanto á los pobres se da
á Dios se presta, acostumbraba á decirle que no se apurase por una
saya de más ó de menos para los cuatro días que se han de estar en
este valle de lágrimas y miserias, pues mientras más sufrimientos
sobrellevase con resignación, y más desnuda anduviese por amor hacia
el prójimo, más pronto iría, no ya á la hoguera que se enciende los
domingos en la plaza del lugar, y emperejilada con una mezquina saya
de paño rojo, franjada de vellorí, sino á gozar del Paraíso eterno,
danzando en torno de la lumbre inextinguible, y vestida de la gracia
divina, que es el más hermoso de todos los vestidos imaginables.
Pero váyale usted con estas evangélicas filosofías á una muchacha de
dieciocho años, amiga de parecer bien, aficionada á perifollos, con
sus ribetes de envidiosa y con unas vecinas en la casa de enfrente,
que hoy estrenan un apretador amarillo, mañana un jubón negro, y el
otro una saya azul turquí con unas franjas rojas que deslumbran la
vista y llaman la atención de los mozos á tres cuartos de hora de
distancia.
El bueno de mosén Gil podía considerar perdido su sermón, aunque no
predicase en desierto, pues Dorotea, aunque callada y no convencida,
seguía mirando de mal ojo á los pobres que continuamente asediaban la
puerta de su tío, y prefiriendo un buen jubón y unas agujetas azules
de las que miraba suspirando en la _calle de Botigas_, cuando por
casualidad iba á Tarazona, á todos los adornos y galas que en un
futuro, más ó menos cercano, pudieran prometerle en el Paraíso en
cambio de su presente resignación y desprendimiento.
En este estado las cosas, una tarde, víspera del día del santo
patrono del lugar, y mientras el cura se ocupaba en la iglesia en
tenerlo todo dispuesto para la función que iba á verificarse á la
mañana siguiente, Dorotea se sentó triste y pensativa á la puerta
de su casa. Unas mucho, otras poco, todas las muchachas del pueblo
habían traído algo de Tarazona para lucirse en el Mayo y en el
baile de la hoguera, en particular sus vecinas, que sin duda, con
intención de aumentar su despecho, habían tenido el cuidado de
sentarse en el portal á coserse las sayas nuevas y arreglar los
dijes que les habían feriado sus padres. Sólo ella, la más guapa y
la más presumida también, no participaba de esa alegre agitación,
esa prisa de costura, ese animado aturdimiento que preludian entre
las jóvenes, así en las aldeas como en las ciudades, la aproximación
de una solemnidad por largo tiempo esperada. Pero, digo mal, también
Dorotea tenía aquella noche su quehacer extraordinario; mosén Gil le
había dicho que amasase para el día siguiente veinte panes más que
los de costumbre, á fin de distribuírselos á los pobres, después de
concluída la misa.
Sentada estaba, pues, á la puerta de su casa la malhumorada sobrina
del cura, barajando en su imaginación mil desagradables pensamientos,
cuando acertó á pasar por la calle una vieja muy llena de jirones y
de andrajos que, agobiada por el peso de la edad, caminaba apoyándose
en un palito.
--Hija mía--exclamó al llegar junto á Dorotea, con un tono compungido
y doliente:--¿me quieres dar una limosnita, que Dios te lo pagará con
usura en su santa gloria?
Estas palabras tan naturales en los que imploran la caridad pública,
que son como una fórmula consagrada por el tiempo y la costumbre,
en aquella ocasión, y pronunciadas por aquella mujer, cuyos ojillos
verdes y pequeños parecían reir con una expresión diabólica, mientras
el labio articulaba su acento más plañidero y lastimoso, sonaron en
el oído de Dorotea como un sarcasmo horrible, trayéndole á la memoria
las magníficas promesas para más allá de la muerte con que mosén Gil
solía responder á sus exigencias continuas. Su primer impulso fué
echar enhoramala á la vieja; pero conteniéndose, por respetos á ser
su casa la del cura del lugar, se limitó á volverle la espalda con un
gesto de desagrado y mal humor bastante significativo. La vieja, á
quien antes parecía complacer que no afligir esta repulsa, aproximóse
más á la joven, y procurando dulcificar todo lo posible su voz de
carraca destemplada, prosiguió de este modo, sonriendo siempre con
sus ojillos verdosos, como sonreiría la serpiente que sedujo á Eva en
el Paraíso:
--Hermosa niña, si no por el amor de Dios, por el tuyo propio, dame
una limosna. Yo sirvo á un señor que no se limita á recompensar á los
que hacen bien á los suyos en la otra vida, sino que les da en esta
cuanto ambicionan. Primero te pedí por el que tú conoces; ahora torno
á demandarte socorro por el que yo reverencio.
--¡Bah, bah! dejadme en paz, que no estoy de humor para oir
disparates--dijo Dorotea, que juzgó loca ó chocheando á la haraposa
vieja que le hablaba de un modo para ella incomprensible. Y sin
volver siquiera el rostro, al despedirla tan bruscamente, hizo ademán
de entrarse en el interior de la casa; pero su interlocutora, que no
parecía dispuesta á ceder con tanta facilidad en su empeño, asiéndola
de la saya la detuvo un instante, y tornó á decirle:
--Tú me juzgas fuera de mi juicio; pero te equivocas, porque no
sólo sé bien lo que yo hablo, sino lo que tú piensas, como conozco
igualmente la ocasión de tus pesares.
Y cual si su corazón fuese un libro y éste estuviera abierto ante sus
ojos, repitió á la sobrina del cura, que no acertaba á volver en sí
de su asombro, cuantas ideas habían pasado por su mente, al comparar
su triste situación con la de las otras muchachas del pueblo.
--Mas no te apures--continuó la astuta arpía después de darle esta
prueba de su maravillosa perspicacia;--no te apures: hay un señor
tan poderoso como el de mosén Gil, y en cuyo nombre me he acercado á
hablarte so pretexto de pedir una limosna; un señor que no sólo no
exige sacrificios penosos de los que le sirven, sino que se esmera y
complace en secundar todos sus deseos; alegre como un juglar, rico
como todos los judíos de la tierra juntos, y sabio hasta el extremo
de conocer los más ignorados secretos de la ciencia, en cuyo estudio
se afanan los hombres. Las que le adoran viven en una continua
zambra, tienen cuantas joyas y dijes desean, y poseen filtros de
una virtud tal, que con ellos llevan á cabo cosas sobrenaturales,
se hacen obedecer de los espíritus, del sol y de la luna, de los
peñascos, de los montes y de las olas del mar, é infunden el amor ó
el aborrecimiento en quien mejor les cuadra. Si quieres ser de los
suyos, si quieres gozar de cuanto ambicionas, á muy poca costa puedes
conseguirlo. Tú eres joven, tú eres hermosa, tú eres audaz, tú no has
nacido para consumirte al lado de un viejo achacoso é impertinente,
que al fin te dejará sola en el mundo y sumida en la miseria, merced
á su caridad extravagante.
Dorotea, que al principio se prestó de mala voluntad á oir las
palabras de la vieja, fué poco á poco interesándose en aquella
halagüeña pintura del brillante porvenir que podía ofrecerle, y
aunque sin desplegar los labios, con una mirada entre crédula y
dudosa, pareció preguntarle en qué consistía lo que debiera hacer
para alcanzar aquello que tanto deseaba. La vieja entonces, sacando
una botija verde que traía oculta entre el harapiento delantal, le
dijo:
--Mosén Gil tiene á la cabecera de su cama una pila de agua bendita
de la que todas las noches, antes de acostarse, arroja algunas gotas,
pronunciando una oración, por la ventana que da frente al castillo.
Si sustituyes aquella agua con esta, y después de apagado el hogar
dejas las tenazas envueltas en las cenizas, yo vendré á verte por la
chimenea al toque de ánimas, y el señor á quien obedezco, y que en
muestra de su generosidad te envía este anillo, te dará cuanto desees.
Esto diciendo le entregó la botija, no sin haberle puesto antes en
el dedo de la misma mano con que la tomara un anillo de oro, con una
piedra hermosa sobre toda ponderación.
La sobrina del cura, que maquinalmente dejaba hacer á la vieja,
permanecía aún irresoluta y más suspensa que convencida de sus
razones; pero tanto le dijo sobre el asunto y con tan vivos colores
supo pintarle el triunfo de su amor propio ajado, cuando al día
siguiente, merced á la obediencia, lograse ir á la hoguera de la
plaza vestida con un lujo desconocido, que al fin cedió á sus
sugestiones, prometiendo obedecerla en un todo.
Pasó la tarde, llegó la noche, llegando con ella la oscuridad y las
horas aparentes para los misterios y los conjuros, y ya mosén Gil,
sin caer en la cuenta de la sustitución del agua con un brebaje
maldito, había hecho sus inútiles aspersiones y dormía con el sueño
reposado de los ángeles, cuando Dorotea, después de apagar la lumbre
del hogar y poner, según fórmula, las tenazas entre las cenizas, se
sentó á esperar á la bruja, pues bruja y no otra cosa podía ser la
vieja miserable que disponía de joyas de tanto valor como el anillo,
y visitaba á sus amigos á tales horas y entrando por la chimenea.
Los habitantes de la aldea de Trasmoz dormían asimismo como lirones,
excepto algunas muchachas que velaban, cosiendo sus vestidos para el
día siguiente. Las campanas de la iglesia dieron al fin el toque de
ánimas, y sus golpes lentos y acompasados se perdieron dilatándose
en las ráfagas del aire para ir á expirar entre las ruinas del
castillo. Dorotea, que hasta aquel momento, y una vez adoptada su
resolución, había conservado la firmeza y sangre fría suficientes
para obedecer las órdenes de la bruja, no pudo menos de turbarse y
fijar los ojos con inquietud en el cañón de la chimenea por donde
había de verla aparecer de un modo tan extraordinario. No se hizo
esperar mucho, y apenas se perdió el eco de la última campanada,
cayó de golpe entre la ceniza en forma de gato gris y haciendo un
ruido extraño y particular de estos animalitos, cuando, con la cola
levantada y el cuerpo hecho un arco, van y vienen de un lado á otro
acariciándose contra nuestras piernas. Tras el gato gris cayó otro
rubio, y después otro negro, más otro de los que llaman moriscos, y
hasta catorce ó quince de diferentes dimensiones y color, revueltos
con una multitud de sapillos verdes y tripudos con un cascabel al
cuello, y una á manera de casaquilla roja. Una vez juntos los gatos,
comenzaron á ir y venir por la cocina, saltando de un lado á otro;
éstos por los vasares, entre los pucheros y las fuentes, aquéllos por
el ala de la chimenea, los de más allá revolcándose entre la ceniza
y levantando una gran polvareda, mientras que los sapillos, haciendo
sonar su cascabel, se ponían de pie al borde de las marmitas, daban
volteretas en el aire ó hacían equilibrios y dislocaciones pasmosas,
como los clowns de nuestros circos ecuestres. Por último, el gato
gris, que parecía el jefe de la banda, y en cuyos ojillos verdosos
y fosforescentes había creído reconocer la sobrina del cura los de
la vieja que le habló por la tarde, levantándose sobre las patas
traseras en la silla en que se encontraba subido, le dirigió la
palabra en estos términos:
--Has cumplido lo que prometiste, y aquí nos tienes á tus órdenes.
Si quieres vernos en nuestra primitiva forma y que comencemos á
ayudarte á fraguar las galas para las fiestas y á amasar los panes
que te ha encargado tu tío, haz tres veces la señal de la cruz con
la mano izquierda invocando á la trinidad de los infiernos, Belcebú,
Astarot y Belial.
Dorotea, aunque temblando, hizo punto por punto lo que se le decía,
y los gatos se convirtieron en otras tantas mujeres, de las cuales,
unas comenzaron á cortar y otras á coser telas de mil colores, á cual
más vistoso y llamativo, hilvanando y concluyendo sayas y jubones
á toda prisa, en tanto que los sapillos, diseminados por aquí y
por allá, con unas herramientas diminutas y brillantes, fabricaban
pendientes de filigrana de oro para las orejas, anillos con piedras
preciosas para los dedos, ó armados de su tirapié y su lezna en
miniatura, cosían unas zapatillas de tafilete, tan monas y tan bien
acabadas, que merecían calzar el pie de una hada. Todo era animación
y movimiento en derredor de Dorotea; hasta la llama del candil que
alumbraba aquella escena extravagante, parecía danzar alegre en su
piquera de hierro, chisporroteando y plegando y volviendo á desplegar
su abanico de luz, que se proyectaba en los muros en círculos
movibles, ora oscuros, ora brillantes. Esto se prolongó hasta rayar
el día, en que el bullicioso repique de las campanas de la parroquia
echadas á vuelo en honor del santo patrono del lugar, y el agudo
canto de los gallos, anunciaron el alba á los habitantes de la aldea.
Pasó el día entre fiestas y regocijos. Mosén Gil, sin sospechar la
parte que las brujas habían tomado en su elaboración, repartió,
terminada la misa, sus panes entre los pobres; las muchachas bailaron
en las eras al son de la gaita y el tamboril, luciendo los dijes y
las galas que habían traído de Tarazona y ¡cosa particular! Dorotea,
aunque al parecer fatigada de haber pasado la noche en claro amasando
el pan de la limosna, con no pequeño asombro de su tío, ni se quejó
de su suerte, ni hizo alto en las bandas de mozas y mozos que
pasaban emperejilados por sus puertas, mientras ella permanecía
aburrida y sola en su casa.
Al fin llegó la noche, que á la sobrina del cura pareció tardar
más que otras veces. Mosén Gil se metió en su cama al toque de
oraciones, según tenía de costumbre, y la gente joven del lugar
encendió la hoguera en la plaza donde debía continuar el baile.
Dorotea, entonces, aprovechando el sueño de su tío, se adornó
apresuradamente con los hermosos vestidos, presente de las brujas,
púsose los pendientes de filigrana de oro, cuyas piedras blancas
y luminosas semejaban sobre sus frescas mejillas gotas de rocío
sobre un melocotón dorado, y con sus zapatillas de tafilete y un
anillo en cada dedo, se dirigió al punto en que los mozos y las
mozas bailaban al son del tamboril y las vihuelas, al resplandor del
fuego; cuyas lenguas rojas, coronadas de chispas de mil colores,
se levantaban por cima de los tejados de las casas, arrojando á lo
lejos las prolongadas sombras de las chimeneas y la torre del lugar.
Figúrense ustedes el efecto que su aparición produciría. Sus rivales
en hermosura, que hasta allí la habían superado en lujo, quedaron
oscurecidas y arrinconadas; los hombres se disputaban el honor de
alcanzar una mirada de sus ojos, y las mujeres se mordían los labios
de despecho. Como le habían anunciado las brujas, el triunfo de su
vanidad no podía ser más grande.
Pasaron las fiestas del santo, y aunque Dorotea tuvo buen cuidado de
guardar sus joyas y sus vestidos en el fondo del arca, durante un mes
no se habló en el pueblo de otro asunto.
--¡Vaya! ¡Vaya!--decían sus feligreses á mosén Gil;--tenéis á vuestra
sobrina hecha un pimpollo de oro. ¡Qué lujo! ¡Quién había de creer
que, después de dar lo que dais en limosnas, aún os quedaba para esos
rumbos!
Pero mosén Gil, que era la bondad misma y que ni siquiera podía
figurarse la verdad de lo que pasaba, creyendo que querían
embromarle, aludiendo á la pobreza y la humildad en el vestir de
Dorotea, impropias de la sobrina de un cura, personaje de primer
orden en los pueblos, se limitaba á contestar sonriendo y como para
seguir la broma:
--¿Qué queréis? Donde lo hay se luce.
Las galas de Dorotea hacían entre tanto su efecto.
Desde aquella noche en adelante no faltaron enramadas en sus
ventanas, música en sus puertas y rondadores en las esquinas. Estas
rondas, estos cantares y estos ramos tuvieron el fin que era natural,
y á los dos meses la sobrina del cura se casaba con uno de los mozos
mejor acomodados del pueblo; el cual, para que nada faltase á su
triunfo, hasta la famosa noche en que se presentó en la hoguera,
había sido novio de una de aquellas vecinas que tanto la hicieron
rabiar en otras ocasiones, sentándose á coser sus vestidos en el
portal de la calle. Sólo el pobre mosén Gil perdió desde aquella
época para siempre el latín de sus exorcismos y el trabajo de sus
aspersiones. Las brujas, con grande asombro suyo y de sus feligreses,
tornaron á aposentarse en el castillo; sobre los ganados cayeron
plagas sin cuento; las jóvenes del lugar se veían atacadas de
enfermedades incomprensibles; los niños eran azotados por las noches
en sus cunas, y los sábados, después que la campana de la iglesia
dejaba oir el toque de ánimas, unas sonando panderos, otras añafiles
ó castañuelas, y todas á caballo sobre sus escobas, los habitantes de
Trasmoz veían pasar una banda de viejas, espesa como las grullas, que
iban á celebrar sus endiablados ritos á la sombra de los muros y de
la ruinosa atalaya que corona la cumbre del monte.
* * * * *
Después de oir esta historia, he tenido ocasión de conocer á la
_tía Casca_, hermana de la otra _Casca_ famosa, cuyo trágico fin he
referido á ustedes, y vástago de la dinastía de brujas de Trasmoz
que comienza en la sobrina de mosén Gil y acabará no se sabe cuándo
ni dónde. Por más que al decir de los revolucionarios furibundos,
ha llegado la hora final de las dinastías seculares, ésta, á juzgar
por el estado en que se hallan los espíritus en el país, promete
prolongarse aún mucho, pues teniendo en cuenta que la que vive
no será para largo en razón á su avanzada edad, ya comienza á
decirse que la hija despunta en el oficio y que una netezuela tiene
indudables disposiciones; tan arraigada está entre estas gentes la
creencia de que de una en otra lo vienen heredando. Verdad es que,
como ya creo haber dicho antes de ahora, hay aquí en todo cuanto
á uno le rodea un no sé qué de agreste, misterioso y grande que
impresiona profundamente el ánimo y lo predispone á creer en lo
sobrenatural.
De mí puedo asegurarles que no he podido ver á la actual bruja sin
sentir un estremecimiento involuntario, como si, en efecto, la
colérica mirada que me lanzó observando la curiosidad impertinente
con que expiaba sus acciones, hubiera podido hacerme daño. La vi hace
pocos días, ya muy avanzada la tarde, y por una especie de tragaluz,
al que se alcanza desde un pedrusco enorme de los que sirven de
cimiento y apoyo á las casas de Trasmoz. Es alta, seca, arrugada,
y no lo querrán ustedes creer, pero hasta tiene sus barbillas
blancuzcas y su nariz corva, de rigor en las brujas de todas las
consejas.
Estaba encogida y acurrucada junto al hogar entre un sinnúmero de
trastos viejos, pucherillos, cántaros, marmitas y cacerolas de
cobre, en las que la luz de la llama parecía centuplicarse con sus
brillantes y fantásticos reflejos. Al calor de la lumbre hervía yo
no sé qué en un cacharro, que de tiempo en tiempo removía la vieja
con una cuchara. Tal vez sería un guiso de patatas para la cena;
pero impresionado á su vista, y presente aún la relación que me
habían hecho de sus antecesoras, no pude menos de recordar, oyendo el
continuo hervidero del guiso, aquel pisto infernal, aquella horrible
_cosa sin nombre_ de las brujas del _Macbeth_ de Shakespeare.
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